What's next?
2.-
Julia sostuvo la puerta abierta, manteniendo una compostura imperturbable. Su rostro maduro, marcado por una belleza madura y bien conservada a sus cuarenta y cinco años, no mostró la menor sorpresa. En lugar de eso, sus párpados se entornaron despacio y sus pupilas parecieron dilatarse de un modo casi mecánico al enfocar alternadamente a Harrison y a Amelia.
—Parece que ya me descubrió tu novia... la perra —dijo Julia. Su voz era pausada, sin el pánico ni la histeria que cualquiera esperaría de alguien a quien acaban de desenmascarar.
A Harrison se le cortó la respiración. Dio un paso atrás en el porche, pero la mano de Amelia, apretada con firmeza alrededor de su antebrazo, lo mantuvo anclado al suelo. La realidad se resquebrajaba a su alrededor. La mujer que tenía enfrente vestía la ropa de su madre, usaba el perfume suave de lavanda que él recordaba desde niño y conservaba las facciones exactas de Julia, pero la mirada era abismalmente distante, fría y carente de cualquier humanidad genuina.
—¿Cuánto... cuánto tiempo llevas siendo mi madre? —alcanzó a articular Harrison, con la garganta seca y la mente tratando de encajar las piezas de una pesadilla que no dejaba de expandirse.
Julia inclinó la cabeza hacia un lado. El movimiento fue ligeramente brusco, un chasquido sutil en el cuello que no correspondía al lenguaje corporal de una persona normal. Hizo un gesto con la mano para invitarles a pasar.
—Entren —dijo con calma—. La puerta abierta solo atraerá miradas de los vecinos. Y este no es un asunto para discutir en la calle.
Harrison miró a Amelia de reojo. Ella le asintió, mostrando los dientes en un conato de gruñido silencioso, pero manteniendo la postura de alerta. Ambos cruzaron el umbral y Julia cerró la puerta a sus espaldas, pasando el cerrojo con una parsimonia calculadora. El aire dentro de la casa, tal como había advertido Mía, tenía una nota sutil y extraña: debajo del olor a limpiador de pisos y comida casera, flotaba una humedad densa, casi vegetal, idéntica a la de un terrario cerrado.
Julia caminó hacia la sala principal, acomodándose el cabello castaño sobre los hombros. Se apoyó contra el respaldo del sofá, cruzando los brazos sobre el pecho con una elegancia serena.
—Te voy a contar una historia, Harrison —comenzó a decir Julia, fijando esos ojos inquietantemente estáticos en su hijo—. Había una vez un joven muy bonito, un muchacho que estaba muy feliz con su vida hasta que descubrió el sexo. Con el paso de los días, el joven se adentró cada vez más en eso; se encerraba en su habitación y cada día se masturbaba, explorando su cuerpo como cualquier adolescente. Ese joven tenía una mascota... una pequeña mascota a la cual quería mucho y que lo cuidaba con toda el alma. Incluso a veces dormían juntos en la misma cama. La mascota veía cómo el joven hacía ese acto, sin entender realmente qué era, pero sabiendo que era algo íntimo de su amo.
Harrison sintió que la sangre le bajaba de golpe a los pies. Las manos le empezaron a temblar.
—Un día —continuó Julia, con un tono casi pedagógico—, mientras el joven se fue a sus clases en la escuela, la madre del joven entró a su cuarto a limpiar. Sobre la mesa y en el bote de basura encontró los papeles de baño usados, cubiertos con su líquido blanco. A la mujer le agarró un asco terrible, una repulsión exagerada. En ese momento vio a la mascota en la esquina de la habitación. La pobre mascota intentó camuflajearse, apretándose contra la pared, pero no pudo evitar que la descubriera por el miedo que sentía. La madre del joven, furiosa y asqueada, agarró a la mascota con brusquedad. Su primera intención fue tirarla a la basura junto con los papeles, pero no lo hizo. Dejó los papeles en la papelera y se llevó a la mascota directamente con el padre del joven.
La voz de Julia no temblaba. Relataba la escena como si hablara de un trámite cualquiera, lo que hacía que cada palabra fuera infinitamente más perturbadora para Harrison.
—Entre los dos, la madre y el padre, decidieron deshacerse de ella de la forma más cruel posible. Se la llevaron al taller donde el padre tenía una máquina trituradora pesada. Lo hicieron sin remordimiento. La mascota, aterrorizada, viendo cómo la acercaban a las navajas de metal, sintió una necesidad y un pánico desesperados. Y en ese instante supremo de peligro de muerte, usó la bendición del Dios de los Animales. No lo pensó bien... no calculó en quién usar la bendición debido al terror del momento, pero la fuerza de su deseo cayó directamente en el cuerpo de la madre.
Julia hizo una pausa corta. Se llevó los dedos a la sien, como si estuviera rescatando fragmentos de memoria almacenados en los pliegues del cerebro que ahora habitaba.
—Lo siguiente que supo la mascota es que estaba mirando la escena desde arriba, con dos ojos humanos. Vio desde los ojos de la madre cómo su antiguo cuerpo de reptil caía dentro de la trituradora y quedaba reducido a nada en un segundo. El esposo, creyendo que todo había sido ejecutado por su mujer, agarró los restos, los metió en una bolsa y se los llevó para enterrarlos en el jardín sin darle más importancia.
Harrison se llevó una mano a la boca, paralizado. Los recuerdos de su infancia comenzaron a reordenarse de forma traumática en su cabeza. Recordaba vagamente la pérdida de su primera mascota, el dolor de ser un niño al que le dijeron que su pequeño animalito había escapado por la ventana.
—La mascota en ese momento se dio cuenta de lo que había sucedido —siguió relatando Julia, dando dos pasos lentos hacia la mesa de centro—. Ahora era la hembra humana. Era la madre del joven... de su propio amo. Y como siempre lo había querido con toda su alma, decidió que haría lo que fuera por él, ayudándolo y dándole todo lo que quisiera. Lo engañó diciéndole que su mascota se había escapado por la ventana mientras él estaba en la escuela. El joven se sintió pésimo, lloró varios días, pero ella estuvo ahí para consolarlo. Mientras tanto, el animal atrapado en el cuerpo de la madre descubrió algo nuevo: disfrutó de la masturbación al experimentar la biología de la mujer humana, y al mismo tiempo utilizaba su posición de autoridad para facilitarle la vida a su joven amo.
Amelia/Mía dio un paso al frente, poniéndose ligeramente por delante de Harrison, observando a Julia con una mezcla de rivalidad territorial y fascinación.
—El padre —añadió Julia, dejando escapar una leve risa sin calidez— quiso varias veces tener sexo con la madre durante los meses siguientes. Pero la mascota ponía pretexto tras pretexto: dolores de cabeza, cansancio, cualquier excusa para no tener lo que había descubierto llamado sexo con ese macho humano que le daba asco. En lugar de eso, a solas, se daba placer a sí misma explorando el cuerpo maduro de la hembra y hacía absolutamente todo por su amo. Estuvo a punto de contarle la verdad muchas veces, de confesarle lo que había pasado para que supiera que su mascota seguía a su lado, pero nunca tuvo el valor de arruinar la vida que él llevaba.
Julia hizo un ademán con la mano hacia el pasillo donde se encontraban las recámaras de la casa.
—Llegó el punto en que su amo creció y se fue de la casa a vivir de forma independiente a los diecinueve años. Aunque vivía lejos, ella hacía todo lo posible por ayudarle con dinero, comida y apoyo. Lo malo es que el amo tenía una hermana tres años menor que él, y la mascota tuvo que quedarse en esta casa a cuidarla y criar a la chica como si fuera su verdadera madre humana, usando los recuerdos asimilados de la antigua Julia para que nadie sospechara jamás.
El silencio volvió a adueñarse de la sala. Harrison sentía las sienes pulsándole con violencia. La historia encajaba con aterradora precisión. La frialdad repentina de su madre hacia su padre en los años previos a su divorcio, la devoción absoluta e instintiva que Julia siempre había mostrado hacia él por encima de cualquier otra persona, la forma en que siempre parecía adivinar sus necesidades sin que él dijera una palabra.
Julia dio un paso más hacia Harrison. La mirada impasible de su rostro dio paso a un matiz de insinuación explícita. Sin el menor atisbo de pudor maternal, levantó sus manos y se las llevó al pecho, ahuecando los dedos sobre la tela de su blusa, presionando los senos maduros de Julia por encima de la ropa mientras lo miraba fijamente.
—¿Ahora entiendes la historia, mi niño? —dijo con la voz suave, pero cargada de una intención desinhibida—. ¿O debería decir... mi amo?
Harrison tragó saliva con dificultad, dando un medio paso atrás. Ver el cuerpo de su madre de cuarenta y cinco años, una mujer atractiva y sumamente conservadora hasta ese día, adoptando una postura de sometimiento y deseo, le provocó un cortocircuito mental. La excitación que había estado conteniendo desde el episodio con Amelia en la alfombra volvió a encenderse, retorcida y densa, al procesar la escala de lo que estaba presenciando.
—Si quieres tener sexo con tu madre, adelante —soltó Julia sin rodeos, bajando una de sus manos hacia la cintura de su pantalón, deslizándola con lentitud por encima de la tela—. Yo he sido tu primera mascota, el reptil que tuviste de niño y la que realmente ha estado velando por ti durante todos estos años. Además... soy la única aquí que sabe exactamente quiénes más en tu círculo cercano son animales habitando cuerpos de personas.
Amelia/Mía apretó los dientes, dando un paso firme hacia Julia.
—Él es mi amo ahora —intervino Amelia con voz aguda y posesiva, encarando a la mujer madura—. Tu tiempo de cuidarlo como un reptil escondido ya pasó. Yo estoy en el cuerpo de su novia y yo voy a ser la hembra que lo satisfaga.
Julia miró a Amelia de arriba abajo con desdén, realizando un leve chasquido con la lengua.
—Tú eres solo una perra desbocada que acaba de conseguir un cuerpo humano y ni siquiera sabe cómo controlar sus fluidos —respondió Julia fríamente, sin soltar sus propios pechos—. Yo llevo años dominando este cuerpo de hembra adulta. Sé cómo funciona cada nervio de la madre de Harrison, sé lo que siente este cuerpo cuando se le toca y sé perfectamente lo que él necesita.
Harrison miraba a ambas mujeres en absoluto estado de shock. A su izquierda, Amelia: el cuerpo de su novia de veintidós años habitado por la mente leal y lasciva de su perrita Mía. A su derecha, Julia: el cuerpo de su madre de cuarenta y cinco años ocupado por la conciencia del pequeño camaleón que creyó perdido en su infancia, ofreciéndose a él sin ningún tipo de barrera moral humana.
—Deténganse... las dos —alcanzó a decir Harrison, pasándose una mano temblorosa por la frente—. Esto es... esto es demasiado.
—No hay nada de qué asustarse, mi amo —dijo Julia, dando un paso definitivo hacia él, reduciendo la distancia hasta que el aroma a lavanda y humedad vegetal envolvió a Harrison—. Las leyes de los humanos ya no aplican aquí. En el mundo de los animales, solo existe la jerarquía, la lealtad al macho y el deseo. Tu madre humana ya no existe; solo queda este cuerpo maduro que te pertenece si tú lo quieres tomar.
Julia deslizó los dedos hacia la botonadura de su blusa, desabrochando el primer botón con una parsimonia calculada, dejando al descubierto la curva superior de su escote. Los ojos de Harrison se clavaron involuntariamente en la piel clara de su madre, mientras Amelia, a su lado, soltaba un jadeo impaciente, atrapada entre los celos instintivos y la sumisión hacia él.
El ambiente en la sala de la casa se volvió denso, sofocante y cargado de una tensión erótica sin retorno, donde la realidad que Harrison conocía acababa de fracturarse para siempre.
Harrison sentía cómo la tensión en la sala alcanzaba un punto de no retorno. La revelación de que el cuerpo maduro de su madre, Julia, estaba habitado por Wil —el camaleón al que creía muerto años atrás— resonaba en su cabeza con un peso extraño. Sus instintos y sus pensamientos chocaban frontalmente, pero la atracción reprimida que había comenzado a gestarse en su interior hacia la figura de Julia finalmente encontraba una justificación en la devoción absoluta de la criatura que habitaba su piel.
—¿Me dirás quienes son los otros animales en mi círculo? —preguntó Harrison con la voz carrasposa, intentando mantener un hilo de control sobre la situación.
Julia sonrió con una parsimonia madura, sin soltar la tela de su blusa, la cual ya dejaba ver gran parte de su encaje interior y la piel suave de su pecho.
—Sí, mi amo... te lo diré todo —respondió Julia, deslizando una mano suavemente por su propio abdomen hasta la pretina de sus pantalones—. Pero primero quiero tener sexo contigo. No he tenido relaciones con nadie en muchísimo tiempo... Me he estado guardando única y exclusivamente para ti. Durante todos estos años solo me he masturbado a solas pensando en este momento. Aparte, he estado pensando en ti... en tu hermoso pene de macho humano, ese que veía de lejos cuando yo aún era un pequeño animal en tu recámara.
Mientras decía esto, Julia metió la mano por debajo de su ropa interior, comenzando a estimularse de manera abierta y rítmica frente a él. Los pequeños suspiros que escapaban de sus labios maduros rompían la quietud de la sala, creando una atmósfera sofocante.
Harrison se quedó paralizado por unos segundos, procesando las opciones mientras la excitación lo consumía por completo. A su lado, Amelia dio un paso al frente, mirando a Julia con recelo y una marcada rivalidad.
—No te preocupes, mi amo —intervino Amelia rápidamente, pegándose al brazo de Harrison y frotando su busto contra él—. Si ella no quiere hablar ahora, yo puedo buscar a los demás animales. Puedo olfatearlos por toda la ciudad si me lo pides.
—No, Amelia —dijo Harrison, negando con la cabeza sin apartar la mirada de su madre—. Eso sería muy tardado y confuso. Ella sabe exactamente quiénes son los de mi círculo cercano y sería mucho más rápido así...
Harrison hizo una pausa y exhaló un aire pesado, admitiendo finalmente lo que cruzaba por su mente desde hacía tiempo.
—Además... no puedo negar que desde hace un tiempo he sentido algo por mi madre. Desde que empezó a tratarme tan bien, de una forma tan dedicada... Y saber que todo este tiempo fuiste tú, Wil, el camaleón que tanto cuidé de niño... me alegra saber que estás bien y que no te perdi en esa trituradora.
Al escuchar las palabras de Harrison, los ojos de Julia brillaron con un destello de devoción pura. La criatura en su interior reconoció la validación de su amo, y una sonrisa radiante transformó el rostro de la mujer de cuarenta y cinco años.
—Por eso eres y siempre serás mi único amo... —susurró Julia con la respiración entrecortada mientras dejaba de estimularse por un segundo para dar tres pasos decididos hacia él—. Este cuerpo que he estado habitando por tantos años, esta vida de hembra humana que he aprendido a dominar en cada detalle, es únicamente para ti.
Julia se inclinó levemente y tomó las manos de Harrison con firmeza pero con suavidad. Sin darle tiempo a dudar, guio la mano derecha de su hijo hacia abajo, deslizándola por debajo de su pantalón ya desabrochado hasta presionar la palma de Harrison directamente contra su coño completamente mojado y caliente.
El contacto directo con la intimidad húmeda de su madre hizo que Harrison soltara un jadeo involuntario. La piel de Julia estaba hirviendo, empapada por el deseo acumulado de años de abstención. Amelia observaba la escena con los labios entreabiertos, soltando un gemido bajo de celos e impaciencia, mientras se acariciaba a sí misma por encima de la ropa al ver cómo su amo tomaba posesión de la mujer madura.
—Tócame, mi amo... —pidió Julia, arqueando ligeramente la espalda y pegando su cuerpo al de Harrison—. Dime qué quieres que haga tu primera mascota para ti.
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