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3.-

Chapter 3 by K45

—Está bien... vamos a tener sexo —dijo Harrison, dejando que la excitación venciera por completo cualquier rastro de duda. La palma de su mano sentía el calor y la humedad profunda entre las piernas de su madre, un contraste abrasador que le aceleró el pulso a mil por hora.

Sin embargo, un destello de lucidez cruzó por su mente al recordar la dinámica de esa casa.

—Pero... ¿cuándo llega mi hermana? —preguntó Harrison, con la voz grave y rasposa por la excitación que lo dominaba.

Julia soltó un leve jadeo mientras mantenía la mano de su hijo presionada contra su intimidad, sonriendo con absoluta complacencia.

—No te preocupes por ella, mi amo... Le falta tiempo —respondió Julia, dejando escapar un suspiro entrecortado—. Hoy tenía su entrenamiento de softball. No llegará a la casa hasta dentro de dos horas. Tenemos tiempo de sobra para nosotros.

Harrison tragó saliva y miró a ambas mujeres. A su lado, Amelia vibraba de impaciencia, respirando con agitación y mirando el cuerpo de Julia con una mezcla de celos e instinto competitivo. La combinación de su novia de veintidós años y su madre de cuarenta y cinco, ambas totalmente entregadas a su voluntad y desprovistas de cualquier pudor humano, era una imagen que sobrepasaba cualquier fantasía que él hubiera tenido jamás.

—Perfecto —dijo Harrison, tomando el mando con firmeza—. Desnúdense las dos. Vamos a tener un trío... Pero antes, vamos a tu cuarto, madre.

Hizo una breve pausa, mirando directamente a los ojos maduros de Julia mientras sentía el peso de la situación.

—Bueno... aunque ya sepa toda la verdad, te tendré que seguir diciendo así. Porque aunque sé que en el fondo eres Wil, el camaleón que cuidé, también eres ella en este cuerpo y en esta vida... Así que sigues siendo mi madre. Vamos.

Julia sonrió con una devoción casi conmovida. Para la criatura que habitaba la fisonomía de la mujer de cuarenta y cinco años, escuchar a su amo dirigirse a ella con esa mezcla de autoridad y reconocimiento era la recompensa máxima a años de espera y contención.

—Lo que tú ordenes, mi amo... Tu madre hará exactamente lo que le pidas —susurró Julia con la respiración agitada.

Sin perder un solo segundo, los tres se dirigieron hacia el pasillo principal de la casa. Julia caminaba al frente, guiándolos con un andar pausado y maduro que remarcaba las curvas de sus caderas, mientras Amelia la seguía de cerca, frotándose los pechos por encima de la blusa con una impaciencia transparente. Harrison cerraba el grupo, observando el movimiento de ambas mujeres mientras se ajustaba el pantalón, sintiendo la dureza de su pene exigiendo ser liberado.

Entraron a la recámara principal de Julia. El cuarto olía a lavanda limpia combinado con esa nota imperceptible de terrario que solo la presencia del reptil desprendía. Era una habitación amplia, iluminada por la luz tenue del atardecer que filtraba las cortinas, dominada por una gran cama matrimonial con sábanas impecables.

Julia no dudó. Se paró a un costado de la cama y comenzó a quitarse la ropa con una parsimonia calculada. Desabrochó los botones restantes de su blusa, dejándola caer al suelo para revelar un sujetador de encaje negro que sostenía sus pechos firmes y generosos, propios de una mujer madura bien cuidada. Luego llevó sus manos a la cintura de sus pantalones y los bajó junto con su ropa interior, quedando completamente desnuda ante la mirada de su hijo. La piel de su madre era clara, suave, con las curvas marcadas de su cadera y un monte de piedad bien perfilado que brillaba por la intensa humedad que continuaba segregando.

A su lado, Amelia no esperó órdenes. Se quitó la playera de un solo tirón, arrojándola al piso, y se desabrochó los jeans, bajándolos torpemente junto con sus bragas hasta quedar completamente desvestida. La figura esbelta, firme y joven de veintidós años de Amelia contrastaba de manera espectacular con la madurez voluptuosa y sofisticada de Julia.

Harrison se quedó un segundo contemplando la escena: dos mujeres hermosas, su novia y su madre, desnudas en medio de la recámara, mirándolo con una devoción canina y reptiliana que trascendía cualquier moralidad humana.

—Desnúdate tú también, mi amo... por favor —pidió Amelia, arrodillándose de inmediato sobre la alfombra al pie de la cama, mirando con fijeza la pelvis de Harrison.

Julia se arrodilló justo al lado de Amelia, manteniendo la espalda recta y el pecho erguido, exhibiendo su cuerpo maduro sin la menor timidez.

—Deja que te atendamos entre las dos —añadió Julia, pasando la lengua por sus labios carnosos mientras sus ojos maduros se clavaban en el pantalón de su hijo—. Deja que tu primera mascota y tu perrita te demuestren su lealtad.

Harrison se quitó la camiseta y la arrojó sobre una silla. Luego se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones y el bóxer de un solo movimiento. Su pene, completamente erecto, rígido y pulsante, quedó al descubierto en el aire de la habitación.

Ambas mujeres soltaron un jadeo simultáneo al verlo. Para Amelia, era la recompensa instintiva de la mascota que siempre había querido estar cerca de su dueño; para Julia, era la culminación de años de abstinencia y de observar en secreto al muchacho que había criado.

Amelia fue la primera en abalanzarse. Acercó su rostro con avidez y tomó la base del pene de Harrison con sus manos, pegando los labios a la carne caliente para darle una primera lamedura larga y húmeda desde la base hasta el glande. Harrison soltó un gruñido bajo, echando la cabeza hacia atrás al sentir la calidez de la boca de su novia.

—Aprende a compartir, perrita —dijo Julia con tono de autoridad madura, abriéndose paso suavemente.

Julia inclinó su rostro y envolvió la cabeza del pene de Harrison con sus labios maduros. A diferencia de la precipitación de Amelia, la mujer de cuarenta y cinco años usó una técnica lenta, experta y envolvente, utilizando los recuerdos asimilados de la madre humana combinados con el deseo desbordante del reptil. Usó su lengua para delinear el frenillo con pasadas circulares, absorbiendo las primeras gotas de líquido preseminal con un deleite evidente.

Amelia no se quedó atrás. Se acomodó entre los muslos de Harrison y comenzó a lamer la parte inferior del miembro y sus testículos, usando su lengua con un ritmo rápido e inexperto pero extremadamente placentero. Harrison tenía que apoyarse contra el marco de la cama para mantener el equilibrio, sintiendo la succión combinada de ambas mujeres: la boca madura y experta de su madre en la parte superior del glande, y los besos húmedos y hambrientos de su novia en la base.

—Ah... mierd... —maldijo Harrison entre dientes, sintiendo cómo el calor le subía por toda la columna—. Lo hacen increíble... las dos.

Julia se retiró un segundo de la carne de su hijo, dejando salir un hilo de saliva que conectaba sus labios con el glande de Harrison. Lo miró desde abajo con los ojos entrecerrados y las mejillas sonrojadas por el calor del momento.

—Es porque eres nuestro amo... y este cuerpo maduro solo quiere darte placer —susurró Julia con voz ahogada antes de volver a tragar gran parte del miembro de Harrison, llevándolo hasta el fondo de su garganta, haciendo trabajar sus músculos faciales con una entrega absoluta.

Amelia ahuecó sus manos alrededor de los glúteos de Harrison, pegando su rostro a su muslo mientras continuaba lamiendo con desesperación, compitiendo abiertamente por la atención del hombre. El sonido de los lamedores, la succión húmeda y los jadeos de las dos mujeres llenaba el silencio de la recámara principal.

Después de varios minutos de una felación coordinada que mantuvo a Harrison al borde del colapso, el hombre les sujetó las cabezas por el cabello y las obligó a apartarse suavemente.

—Suficiente... ya no aguanto más arrodillados —dijo Harrison con la respiración agitada—. A la cama. Ahora.

Julia se puso de pie con una gracia madura, subiendo a la cama matrimonial y colocándose de rodillas, apoyando las manos sobre la cabecera. Se arqueó profundamente, ofreciendo su trasero amplio y su intimidad completamente expuesta, chorreando fluidos transparentes que empapaban la sábana.

—Tómame primero a mí, mi amo... —rogó Julia, mirando por encima de su hombro con los labios entreabiertos—. Toma a tu madre... he esperado años para sentir tu miembro dentro de este cuerpo.

Amelia se acomodó justo al lado de Julia en la cama, recostándose de lado, abriéndose de piernas y metiéndose dos dedos en su propia vagina mientras miraba la escena con ojos brillantes.

—Sí, entra en ella, mi amo... y luego entra en mí —dijo Amelia jadeando, estimulándose a sí misma a un ritmo frenético.

Harrison no hizo esperar más a la mujer de cuarenta y cinco años. Se colocó detrás de Julia sobre la cama, sujetándola con firmeza por las caderas maduras. Alineó la punta de su pene erecto con la entrada húmeda de su madre y presionó hacia adelante con decisión.

La entrada de Julia estaba increíblemente estrecha debido a los años de abstinencia, pero la abundante lubricación permitió que la carne de Harrison se deslizara hacia el interior con una presión densa y deliciosa. Julia soltó un grito ahogado que resonó en toda la habitación, clavando las uñas en las sábanas mientras su espalda se arqueaba al máximo.

—¡Aaaah! ¡Dios mío... mi amo! —gritó Julia, con la voz quebrada por una mezcla de dolor placentero y éxtasis puro—. ¡Está tan grande... entra todo... entra en tu madre!

Harrison comenzó a embestir con un ritmo constante y profundo, sintiendo cómo las paredes internas del cuerpo de Julia se contraían rítmicamente alrededor de su miembro, intentando aprisionarlo. La sensación de poseer el cuerpo maduro de su madre, sabiendo la devoción de la criatura que la habitaba, impulsó a Harrison a acelerar el movimiento de sus caderas. El choque de sus pelvis producía un sonido húmedo y rítmico que llenaba la recámara.

—¡Eso es... maza fuerte, mi amo! —gemía Julia, moviendo sus caderas hacia atrás para encontrar cada estocada de su hijo—. ¡Años... años deseando esto... sintiendo cómo masturbaba este cuerpo pensando en ti! ¡Ahora eres mío... eres el macho de esta casa!

Amelia, incapaz de quedarse solo observando, se arrastró por la cama hasta quedar justo debajo del rostro de Julia. La mujer de veintidós años levantó la cabeza y comenzó a besar apasionadamente a Julia en la boca, uniendo sus lenguas en un beso húmedo mientras Harrison continuaba embestiendo con fuerza por detrás. La imagen de su novia y su madre besándose mientras él poseía a la mayor de las dos aceleró el pulso de Harrison a niveles críticos.

Harrison cambió de ángulo, sujetando a Julia por el talle y levantándole la pierna derecha para profundizar la penetración. Las estocadas resonaban con fuerza en el cuarto. El cuerpo de cuarenta y cinco años de Julia respondía con una flexibilidad e intensidad que solo el deseo desinhibido de la criatura podía proporcionar, retorciéndose y apretando la carne de su amo con cada embestida.

—¡Me voy a correr... me voy a correr ya, mi amo! —gritó Julia fuera de sí, con la mirada perdida en la cabecera de la cama mientras un orgasmo violento comenzaba a sacudir todo su cuerpo maduro, haciendo que sus paredes internas exprimieran el pene de Harrison con espasmos continuos.

Antes de llegar al límite dentro de ella, Harrison se retiró con un movimiento rápido, dejando a Julia jadeando y temblando sobre las sábanas, con la intimidad abierta y latiendo.

Sin perder el ritmo, Harrison jaló a Amelia por la cintura, colocándola boca arriba en el centro de la cama y abriéndole las piernas de par en par. La joven de veintidós años lo miró con los ojos empañados de lujuria, alzando los brazos para recibirlo.

—Ahora yo... por favor, mi amo, hazme tu perra de verdad —suplicó Amelia.

Harrison se posicionó entre sus muslos y se hundió de un solo golpe en la estrechez de su novia. Amelia soltó un chillido agudo de placer, envolviendo la cintura de Harrison con sus piernas delgadas y apretándolo con fuerza. Harrison comenzó a embestir con rapidez y fuerza, haciendo que el cuerpo de la joven se sacudiera sobre el colchón.

Julia no se quedó quieta. Aún temblando por su propio clímax, la mujer madura se acomodó a un costado de ellos, inclinándose sobre el pecho de Amelia para besarle los pechos y lamerle los pezones erectos mientras Harrison la penetraba sin piedad.

—Mírala, mi amo... es perfecta para ti —decía Julia entre beso y beso a la joven—. Una perrita joven para acompañar a tu madre... las dos somos tuyas.

El ritmo de Harrison se volvió desenfrenado. Las dos mujeres se entregaban por completo bajo su cuerpo: Amelia gimiendo descontrolada bajo el impacto de cada estocada, y Julia acariciando la espalda de su hijo y ayudando a empujar sus caderas para que penetrara aún más profundo en la joven.

La recámara era un caos de cuerpos desnudos, fluidos, jadeos agudos y declaraciones de sumisión absoluta. Harrison sentía que el clímax era inevitable; la presión en su bajo vientre exigía una liberación total.

—¡Me voy a salir! —advirtió Harrison con la voz ronca, acelerando las últimas embestidas dentro de Amelia.

—¡No te salgas... déjalo adentro o échanoslo en la cara! —gritó Amelia, apretando sus muslos alrededor de él.

Julia se acercó de inmediato, pegando su rostro al lugar donde los cuerpos de Harrison y Amelia se unían, abriendo la boca esperanzada.

Harrison sacó su miembro en el último segundo posible. Con un gemido gutural, comenzó a eyacular con fuerza. Chorros densos y calientes de su semen cayeron sobre el vientre y los pechos de Amelia, así como sobre la cara y los labios esperanzados de Julia, quien se apresuró a lamer la carne de su hijo y la piel de la joven para no perder una sola gota del líquido de su amo.

El silencio volvió a instalarse gradualmente en la recámara, roto únicamente por la respiración agitada y entrecortada de los tres. Harrison se dejó caer de espaldas sobre la cama entre ambas mujeres, sintiendo el cuerpo exhausto pero completamente satisfecho.

Amelia se acurrucó contra su costado izquierdo, pegando la cabeza a su pecho como una mascota fiel, mientras que Julia se acomodó a su derecha, abrazando su brazo maduro contra sus pechos aún manchados, cerrando los ojos con una sonrisa de felicidad absoluta.

—Gracias... mi amo —susurró Julia, besándole el hombro suavemente—. Has hecho oficialmente feliz a tu primera mascota.

Harrison respiró hondo, mirando el techo de la habitación mientras sus dedos acariciaban el cabello de ambas. La primera parte de la tarde había terminado, pero aún quedaba pendiente el misterio de los demás animales infiltrados en su círculo social.

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