Bendición de los animales
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Nota de la autora: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :)
Historia escrita en español
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Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :)
Story written in Spanish
1.-
El silencio en la casa resultaba sofocante, denso, cargado de esa quietud helada que se instala únicamente cuando una presencia cotidiana desaparece de golpe. Harrison de 22 años llevaba más de seis horas caminando en círculos por la estancia, revisando debajo de los muebles, abriendo puertas de habitaciones vacías y llamando a la nada con la garganta rasposa por la preocupación. El piso de madera crujía bajo sus pisadas apresuradas mientras sus ojos escudriñaban cada rincón del pasillo.
—¡Mía! —gritó con firmeza, dejando que su voz rebotara contra las paredes del salón central—. ¡Mía, ven aquí! ¿Dónde estás?
No hubo respuesta. Ni el chasquido suave de sus garras contra el azulejo, ni el jadear afanoso que solía acompañar sus pasos cada vez que lo oía alzar la voz. Harrison respiró hondo, pasándose una mano por el rostro cansado. La incertidumbre le pesaba en el pecho como una piedra. Mía jamás se alejaba de la propiedad por tanto tiempo; era una perrita territorial, dependiente de su presencia, acostumbrada a seguirlo como una sombra a dondequiera que él fuera. La sola idea de que se hubiera salido a la calle, o que algún extraño la hubiera atrapado, le revolvía el estómago.
Se detuvo a mitad de la sala, junto al sofá principal, observando el plato de comida que permanecía intacto sobre la alfombra. El alimento seco ni siquiera había sido tocado. Harrison soltó un suspiro frustrado y giró sobre sus talones para dirigirse hacia la puerta trasera, dispuesto a revisar el jardín por quinta vez en la tarde, cuando el sonido de unos pasos descalzos lo hizo frenar en seco.
Desde el pasillo que conectaba con la recámara principal emergió Amelia de la misma edad de Harrison.
Caminaba de una forma extraña, con una torpeza sutil que no encajaba con su andar habitual. Llevaba una camiseta holgada que caía de lado, dejando al descubierto uno de sus hombros, y unos shorts de mezclilla sumamente ajustados. Sus ojos, fijos en Harrison, brillaban con una intensidad desmedida, una devoción brillante y casi salvaje que no coincidía con la distancia fría que ella había mantenido durante las últimas semanas.
—Aquí estoy, mi amo... tu buena perrita —dijo ella.
Su voz era la de Amelia, clara y femenina, pero el tono era completamente ajeno. Las palabras salieron aceleradas, atropelladas por una respiración agitada. Antes de que Harrison pudiera procesar la frase, ella redujo la distancia entre ambos con un impulso rápido. Se pegó a su pecho sin dudarlo, frotando su torso contra el de él con una desesperación física evidente, buscando el contacto de su piel con una insistencia casi instintiva. Al mismo tiempo, deslizó sus piernas alrededor de las muslos de Harrison, aferrándose a él con una fuerza firme, envolviéndolo por completo.
Esa presión contra su cuerpo, la forma en que ella se amoldaba a su cintura y el peso de su abrazo provocaron un choque inmediato en la mente de Harrison. El gesto, la inclinación de la cabeza y la búsqueda del cuello le recordaron de manera inconfundible la forma en que Mía solía abalanzarse sobre él cuando volvía a casa después de un largo día de trabajo.
—Amelia, por favor, ahorita no —dijo Harrison, apartándola con firmeza por los hombros mientras intentaba mantener el equilibrio—. Estoy buscando a Mía. Me preocupa muchísimo, lleva seis horas sin aparecer. Me dijiste temprano que se había ido a no sé dónde, y ahora apareces tú actuando así. Me gusta, no te voy a mentir, pero tú no eres así... Eso no quita que me encante, pero de verdad no es el momento.
Harrison la sujetó de los brazos, apartándola unos centímetros para mirarla a la cara. Amelia lo observaba con las mejillas encendidas y una sonrisa amplia, casi eufórica. Dio un pequeño brinco en su lugar, ajena por completo a la seriedad de la situación.
—Mi amo, en serio soy yo... Mía —declaró ella con una naturalidad pasmosa, dando otro saltito emocionado—. Bueno, ahora soy Amelia.
Harrison frunció el ceño, completamente desorientado. La miró a los ojos buscando algún rastro de broma, pero la mirada de la mujer frente a él no reflejaba ironía alguna; solo una sinceridad desbordante y errática.
—Aunque claro... estas cosas de las hembras humanas están bastante más pesadas que las mías cuando estaba en mi cuerpo anterior —continuó ella, llevándose ambas manos hacia sus propios pechos y presionándolos por encima de la tela fina de la camiseta—. Y Dios... ¿mi vagina? Según los recuerdos de Amelia, así se llama esto aquí abajo.
Sin la menor timidez, descendió sus manos hacia la parte delantera de sus shorts de mezclilla, ahuecando los dedos justo sobre su pelvis. Exhaló un aire caliente entre los labios, entornando los ojos.
—Es muy sensible... quiero tener tu pene de macho humano, mi amo —soltó sin rodeos, mientras sus manos comenzaban a tirar del botón de sus pantalones cortos con torpeza, desabrochándolo y bajando la prenda junto con su ropa interior con movimientos descoordinados, como si sus dedos aún no dominaran por completo la motricidad fina de un cuerpo humano.
—Espera, ¿qué? —Harrison dio un paso hacia atrás, levantando las manos para detenerla, sintiendo cómo el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas—. ¿Eres... Mía? Pero ¿cómo? No entiendo nada de lo que estás diciendo, Amelia, esto no tiene sentido.
—Sí, mi amo —respondió ella, dejando que los shorts cayeran hasta sus tobillos para pisarlos y liberarse de ellos, quedando completamente al descubierto de la cintura para abajo—. Nosotros los animales podemos cambiar de cuerpo con los humanos. Esto nos lo dio como una bendición nuestro Dios... el mismo Dios, el Dios de los animales. Podemos cambiar de cuerpo con el humano que queramos, pero solo si se cumplen dos condiciones muy claras: si estamos en peligro de muerte, o si queremos con todo nuestro deseo cambiar con ese humano en concreto. Si no se cumplen esas dos cosas al mismo tiempo, el cambio simplemente no funciona.
Harrison la escuchaba en absoluto shock, paralizado a mitad de la estancia mientras su mente intentaba procesar las palabras que salían de la boca de su pareja. La explicación sonaba absurda, imposible, pero la actitud de Amelia, la postura corporal, la ausencia total de pudor y la devoción servil con la que le hablaba escapaban a cualquier comportamiento que ella hubiera tenido jamás.
—Ahora, cuando un animal cambia con un humano —siguió ella, llevándose una mano a uno de sus pechos para moldearlo con cierta curiosidad sensual—, el animal obtiene absolutamente todo de ese humano: sus recuerdos, sus habilidades, su inteligencia, su idioma y todo lo que le pertenece. El humano que entra en el cuerpo del animal se queda ahí... e irá desapareciendo poco a poco, su yo humano se irá apagando hasta convertirse únicamente en el animal en el que está atrapado.
Se detuvo un segundo, soltando un leve jadeo mientras sus dedos acariciaban su propia piel.
—Y yo quise con todo mi deseo estar en Amelia para estar contigo, mi amo —dijo, fijando sus ojos en los de él con una mezcla de fijación y afecto puro—. Yo te amo. Amelia te fue infiel una vez... tú ni te enteraste, pero yo sí me di cuenta. Ella dijo que no iba a volver a hacerlo, pero a mí me dio muchísima rabia. Así que estar ahora en mi antiguo cuerpo de perrita es su castigo... y yo seré tu perrita para siempre.
Sin dudarlo un segundo, se dejó caer sobre la alfombra de la sala, apoyando la espalda contra el costado del sofá. Abrió las piernas de par en par de manera explícita, exponiendo su intimidad directamente ante la mirada atónita de Harrison.
—Vamos a tener sexo —instó ella, deslizando dos de sus dedos entre sus pliegues humedecidos y soltando un gemido suave que resonó en el silencio de la casa—. Yo nunca te seré infiel. Algo que tenemos los perros es que somos ridículamente fieles a nuestro amo... por eso, mi amo, yo voy a ser tu perra.
Sus dedos comenzaron a moverse en un ritmo lento e inexperto pero eficaz, explorando las sensaciones de su nuevo cuerpo. Un jadeo entrecortado se le escapó entre los dientes mientras mantenía la mirada fija en los pantalones de Harrison, observando cómo la tensión en la habitación comenzaba a cobrar una forma distinta.
Harrison permanecía inmóvil, sintiendo un torbellino de emociones contradictorias. La preocupación inicial por su mascota chocaba frontalmente con la revelación, con la visión explícita que tenía enfrente y con la atracción inevitable que la escena comenzaba a ejercer sobre sus instintos.
—Entonces... ¿Amelia va a desaparecer? —preguntó Harrison con la voz un tanto carrasposa, intentando asimilar el destino de su novia.
—Sí y no —respondió ella, acelerando el movimiento de sus dedos mientras su cadera se elevaba levemente sobre la alfombra—. Es decir, ella está en mi cuerpo anterior y su conciencia humana sí va a desaparecer del todo con los días... Pero yo, al estar en el cuerpo de ella, al tener todos sus recuerdos, su forma de ser, su voz y todo lo que era suyo, en realidad ella no desaparece del todo... O sea, no sé si me explico bien, ¡ah! —soltó entre risas jadeantes, concentrada en el placer desconocido que recorría su vientre.
—Entiendo... ¿Este... Mía? —murmuró Harrison, dudando sobre cómo llamarla en ese instante tan surrealista.
—Umm... ahora sería Amelia, cariño —dijo ella con un tono juguetón, interrumpiendo su frase para soltar un gemido más agudo mientras el ritmo de su mano se volvía errático—. Llámame, Amelia...
Harrison tragó saliva. La mezcla de la explicación mística, la visión de su pareja entregada a una conducta tan desinhibida y la certeza de que la lealtad que emanaba de ella era real, comenzó a sobrepasar su capacidad de resistencia. La excitación, reprimida durante meses de distanciamiento con la Amelia original, empezaba a abrirse paso por encima de su incredulidad.
—Está bien... Amelia —dijo él, dando un paso lento hacia la alfombra—. Entonces... ¿todos los animales pueden hacer esto?
—Claro que sí, mi amor... —respondió ella con la respiración entrecortada, apretando los muslos mientras el clímax comenzaba a envolverla—. Todos pueden... pero solo si se cumplen las condiciones... y aun así... ¡a veces no sale y depende de la suerte del animaaaal!
El grito final de Mía, ahora habitando la piel de Amelia, resonó en la sala cuando su cuerpo se agitó bajo el impacto del orgasmo, dejándola jadear sobre la alfombra, con la mirada perdida en el techo y una sonrisa absoluta dibujada en el rostro, esperando la respuesta del hombre al que consideraba su único amo.
Harrison permaneció de pie a pocos pasos de la alfombra, observando el cuerpo agitado de Amelia —o de Mía, en la piel de Amelia— mientras los jadeos de ella se iban apaciguando lentamente. El choque inicial, la incredulidad y la sobrecarga de información comenzaron a asentarse en su mente. Por mucho que su razón intentara buscar una explicación lógica o una salida a semejante locura, la realidad física estaba ahí, frente a él: el cambio ya era un hecho consumado. No había un botón de reinicio, ni un hechizo para revertir el proceso. Amelia, la mujer con la que había compartido los últimos años de su vida y que le había ocultado una infidelidad, estaba ahora atrapada en la fisonomía de un perro, mientras que la mente devota, pura y sin filtros de su mascota tomaba las riendas de un cuerpo femenino plenamente adulto.
Una corriente de calor denso le recorrió la espina dorsal. Ver a su pareja —físicamente la misma mujer de siempre, pero con una actitud completamente desinhibida, desnuda sobre la alfombra, expuesta y vibrando de placer— despertó en Harrison una excitación primitiva que hacía meses no experimentaba. La antigua Amelia solía ser distante, reservada y calculadora; esta versión, en cambio, respiraba un deseo transparente y una lealtad absoluta hacia él. La combinación de la anatomía de su novia con la entrega incondicional de Mía creaba un contraste perturbador pero intensamente estimulante.
Tragando saliva, Harrison se acercó un par de pasos más, ajustándose el pantalón para disimular la evidente erección que comenzaba a marcarse en su ropa.
—Mía... quiero decir, Amelia —dijo él, tratando de mantener la voz firme mientras la miraba desde arriba—. Si lo que dices es verdad... si este poder del Dios de los Animales existe y funciona así... ¿sabes si hay más personas en esta situación? ¿Hay otros animales viviendo las vidas de seres humanos ahora mismo?
Amelia, aún reclinada sobre el piso, acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja con cierta torpeza. Su piel blanca conservaba un leve rubor por el orgasmo reciente, y sus labios, entreabiertos, dibujaron una sonrisa cómplice.
—Por supuesto que sí, mi amor —respondió ella, incorporándose despacio hasta quedar sentada sobre sus talones, sin mostrar la más mínima intención de cubrir su desnudez—. El Dios de los Animales no solo nos dio la bendición de cambiar cuando estamos en peligro o cuando nuestro deseo es infinito... también nos dio una forma de reconocernos entre nosotros. Aunque ahora estemos atrapados en carne humana, usando cuerdas vocales de personas y caminando en dos patas, conservamos el aroma de nuestra verdadera naturaleza. Mantenemos el olor animal que fuimos.
Harrison frunció el ceño, intrigado.
—¿Un olor? Yo no huelo nada distinto en ti. Hueles a tu perfume habitual... a vainilla.
—Tú no puedes percibirlo, mi amo —dijo ella, alzando un dedo con aire sabiondo mientras se pasaba la lengua por los labios—. Los humanos son ciegos y sordos para esas cosas, tienen la nariz adormecida. Solo los animales que logramos dar el salto y ahora habitamos cuerpos humanos podemos olerlo en otros. Es como una firma invisible en el aire. Un rastro que nos dice: "Tú eras un perro, tú eras un gato, tú eras un ave".
De pronto, Amelia se detuvo a mitad de su explicación. Su rostro cambió por completo. Levantó la barbilla, cerró los ojos y expandió las fosas nasales, tomando una inhalación profunda y prolongada del aire de la sala. Sus orejas no se movieron porque ya no las tenía, pero el gesto instintivo de ladeó de cabeza fue idéntico al que hacía Mía cuando escuchaba un ruido extraño en el patio.
—Espera... —murmuró ella, arrugando la nariz de nuevo—. Huelo algo. Hay un rastro aquí.
A Harrison se le apretó el estómago. Un escalofrío helado reemplazó de golpe la excitación que sentía hace apenas unos segundos.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —preguntó, poniéndose en alerta—. ¿Qué hueles?
Amelia no respondió de inmediato. Se puso de pie con una agilidad felina, completamente desnuda. Su muslo interno aún conservaba las huellas del fluido de su excitación, chorreando levemente por su pierna mientras caminaba sin ningún tipo de pudor sobre la madera del salón. Harrison la siguió con la mirada, paralizado, viendo cómo el cuerpo de su novia avanzaba con pasos sigilosos e instintivos hacia la esquina de la sala donde se encontraba un gran ropero de madera oscura, el mueble donde habitualmente guardaban las chaquetas, abrigos y pertenencias de las visitas.
Amelia se detuvo frente al ropero. Acercó la nariz a las ranuras de la puerta doble y aspiró con fuerza, emitiendo un pequeño chasquido con la lengua. Estiró la mano, abrió ambas puertas de par en par y comenzó a husmear entre los abrigos colgados. Hizo a un lado dos chaquetas de Harrison y luego sujetó una prenda específica que estaba doblada en la repisa superior: un suéter de lana tejido, de color verde oliva.
Era el suéter que su madre, Julia, había dejado olvidado la semana pasada cuando fue a visitarlos para cenar.
Amelia tomó la prenda, la pegó directamente a su rostro e inhaló con fuerza, cerrando los ojos con deleite y sorpresa.
—Este suéter... —dijo Amelia, bajando la prenda pero manteniéndola apretada contra su pecho—. Huele a un animal. Y no a un mamífero como yo... Huele a escamas, a tierra seca, a humedad... En especifico, huele a un camaleón.
El aire en los pulmones de Harrison pareció congelarse. Dio un paso atrás, sintiendo que el piso se le desdibujaba bajo los pies.
—¿Qué... qué estás diciendo? —alcanzó a articular con la voz quebrada por el pánico—. ¿Un camaleón? Amelia, no juegues con eso. Ese suéter es de mi mamá Julia. Ella estuvo aquí hace unos días...
—No estoy jugando, mi amo —respondió ella con total firmeza, mirándolo con esos ojos llenos de una devoción sincera que no admitía mentira—. El olor está impreso en la lana. Quien usó esta ropa no es una humana normal. Es un camaleón que logró cambiar de cuerpo con una mujer... con tu madre Julia.
El impacto de la frase cayó sobre Harrison como un mazo. Un shock helado le recorrió las entrañas. ¿Julia? ¿La mujer madura y atractiva que lo había criado, que le había hablado por teléfono apenas el día anterior, a la que conocía de toda la vida... era en realidad un reptil habitando su piel? ¿Había ocurrido el cambio recientemente o llevaba años siendo ocupada por una criatura distinta? La sola idea de que la verdadera conciencia de Julia pudiera estar atrapada en el cuerpo de un pequeño reptil, extinguiéndose poco a poco como le había explicado Mía, le provocó una náusea violenta.
—No, no, no... esto no puede ser —dijo Harrison, llevándose las manos a la cabeza, caminando de un lado a otro en la sala mientras el sudor frío le cubría la frente—. Tengo que verla. Tengo que ir a su casa ahora mismo.
—Señor, cálmate —dijo Amelia, acercándose a él y apoyando su mano desnuda sobre el pecho de Harrison, sintiendo cómo el corazón del hombre latía a mil por hora—. Si vamos a ir, iré contigo. Seré tu protectora. Pero no puedes ir así de alterado.
—Tú... tú límpiate y ponte ropa de inmediato —le ordenó Harrison con voz temblorosa, tratando de recuperar el control de sus pensamientos—. No podemos salir a la calle así. Límpiate, vístete, rápido. Vamos a ir a la casa de Julia a comprobar esto.
Amelia asintió obediente. Antes de dirigirse al baño, sus ojos se posaron en la esquina de la sala, debajo de la mesa auxiliar. Allí, acurrucada sobre una manta vieja, yacía la pequeña perrita. El cuerpo físico que antes pertenecía a Mía estaba ahora ocupado por la mente desorientada de la Amelia original. El animal ni siquiera levantó la cabeza con energía; apenas emitió un gemido sordo, con la mirada perdida, mostrando los primeros síntomas de la asimilación paulatina que el proceso ejercía sobre la mente humana atrapada.
Amelia caminó hacia el rincón. Sin mostrar un ápice de lástima, tomó la correa de cuero y la cadena de paseo que colgaban del perchero. Con movimientos fríos y prácticos, rodeó el cuello de su antiguo cuerpo con el collar y enganchó la cadena a la pata de la mesa de centro, asegurándola con un nudo firme.
—¿Por qué haces eso? —preguntó Harrison, observando la escena con una mezcla de horror y fascinación.
—Para que no se escape mientras no estamos —respondió Amelia con una frialdad matemática, como si estuviera asegurando un objeto cualquiera—. Ahora ella es solo un perro. Y si se sale a la calle en ese estado de confusión, terminará bajo las ruedas de un auto antes de que su mente humana termine de borrarse. Aquí estará segura... es su castigo y su nueva realidad.
Harrison contempló por un segundo a la perrita en el suelo. La criatura dejó escapar un sollozo ahogado, un sonido profundamente humano saliendo de un hocico canino, pero no ofreció resistencia. Harrison apretó los puños, cerró los ojos y giró la cabeza. El dolor por la pérdida de la verdadera Amelia chocaba contra el pragmatismo absoluto de la nueva situación.
Amelia caminó hacia el baño principal. Harrison escuchó el ruido del agua del grifo abrirse. Minutos después, ella salió secándose entre las piernas con una toalla blanca, limpiecita y fresca. Se dirigió al armario del dormitorio y comenzó a vestirse. Harrison la observaba desde la puerta: la forma en que elegía la ropa era casi mecánica, guiada por los recuerdos asimilados de la mujer que solía ser. Se puso ropa interior limpia, unos pantalones de mezclilla cómodos, una blusa ligera y un par de zapatillas. Aunque se vestía como la Amelia de siempre, la manera en que se estiraba, la soltura de sus hombros y la mirada clavada en Harrison delataban la presencia de Mía.
—Estoy lista, mi amo —dijo ella, ajustándose el cabello en una cola de caballo rápida—. Puedo oler el rastro de ese camaleón a kilómetros si es necesario. Te acompañaré y te protegeré de lo que sea.
—Vamos —respondió Harrison escuetamente, tomando las llaves del auto sobre la mesa.
Salieron de la casa en silencio. La tarde comenzaba a caer, tiñendo el cielo de un tono anaranjado y plomizo. El trayecto en auto hacia la casa de su madre duró apenas quince minutos, pero para él cada segundo pareció una eternidad. Mientras conducía con los nudillos blancos apretados contra el volante, no podía evitar mirar de reojo a Amelia, quien viajaba en el asiento del copiloto con la cabeza pegada a la ventana, olfateando el aire que entraba por la rendija del cristal con una concentración casi animal.
—¿Estás segura de lo que oliste? —preguntó Harrison, rompiendo el tenso silencio del habitáculo—. Julia siempre ha sido una mujer normal. Trabaja, cuida su jardín, habla conmigo... No hay nada en ella que parezca raro.
—Los reptiles son silenciosos, mi amo —contestó Amelia sin apartar la mirada del camino—. No son como los perros o los gatos, que somos ruidosos y emocionales. Un camaleón es paciente. Se adapta, cambia de color, se mimetiza con el entorno para que nadie note que está ahí. Si un camaleón tomó el cuerpo de tu madre, habrá aprendido a imitar cada uno de sus movimientos, sus recuerdos y sus rutinas a la perfección para sobrevivir sin levantar sospechas.
Las palabras de Mía le helaron la sangre a Harrison. La idea de una criatura de sangre fría gestionando la vida de Julia, fingiendo afecto materno y haciendo llamadas cotidianas, resultaba infinitamente más inquietante que la devoción directa de su perrita.
Finalmente, el auto se detuvo frente a una casa de una sola planta con un jardín delantero bien cuidado, rodeado por una cerca de madera blanca. Las luces del porche estaban encendidas, proyectando una luz cálida sobre el césped.
Harrison apagó el motor y se quedó unos segundos con las manos puestas sobre el volante, tratando de controlar el temblor de sus dedos.
—Recuerda —murmuró Harrison, mirando a Amelia—: no vas a hacer nada extraño. Entramos, hablamos con ella y dejamos que tú percibas lo que tengas que percibir. No podemos llegar acusándola de nada sin estar seguros.
—Entendido, mi amor —dijo Amelia, inclinándose hacia él para darle un beso rápido y húmedo en la mejilla, un gesto cargado de ese afecto instintivo que a Harrison aún le costaba procesar—. Yo solo seré tu sombra. Pero mantente alerta.
Ambos bajaron del vehículo y caminaron por el sendero de piedra que conducía a la entrada principal. Harrison subió los tres escalones del porche, levantó la mano y tocó la puerta con tres golpes secos.Pasaron unos segundos de silencio absoluto. Luego, se escuchó el sonido suave de unas zapatillas deslizándose sobre el piso interior, seguido por el chasquido del cerrojo al girar.
La puerta se abrió despacio.
Allí de pie estaba Julia. Lucía como la mujer de cuarenta y cinco años que era: de figura elegante, con el cabello castaño cayéndole en ondas suaves sobre los hombros, vistiendo ropa cómoda de casa que resaltaba su porte maduro y una sonrisa amable dibujada en el rostro. Sin embargo, antes de que Harrison pudiera articular una sola palabra de saludo, Amelia dio un paso al frente, clavando los ojos en la mujer.Harrison notó un detalle diminuto pero aterrador: los ojos de Julia tardaron una fracción de segundo más de lo normal en enfocarse en él, moviéndose de manera independiente, uno primero y el otro después, con una lentitud mecánica y calculada antes de fijar la mirada.
—Hola, hijo... qué sorpresa verte a esta hora —dijo Julia con una voz serena, madura y pausada—. ¿Ocurre algo?
Amelia apretó el brazo de Harrison con sus dedos, clavándole las uñas a través de la tela de su camisa. Se inclinó levemente hacia adelante, aspirando el aire que emanaba del interior de la casa.
—Es ella... —susurró Amelia al oído de Harrison, con un hilo de voz tan bajo que solo él pudo escuchar—. El aire de esta casa huele a terrario. Es el camaleón.
Harrison sintió que el corazón le daba un vuelco y se le subía a la garganta al cruzar la mirada con Julia, quien los observaba desde el umbral con una calma gélida que, de repente, le resultó totalmente ajena en su madre.
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