Nuevo Dominio
Team Rocket
En el camino tranquilo, rodeado de campos verdes y el suave zumbido de los Pokémon de tipo planta que pastaban a lo lejos, la paz se quebró de golpe. El rugido del motor de una motocicleta avanzando a toda velocidad hizo que los Pokémon cercanos se ocultaran entre la hierba alta y los arbustos. El conductor era un joven de complexión atlética, vestido de negro, con un casco oscuro que cubría por completo su rostro.
Poco después pasó frente a un gran letrero que daba la bienvenida a Ciudad Verde. Las letras doradas brillaban bajo el sol de la tarde e indicaban que aún faltaban algunos kilómetros para llegar al centro urbano.
De pronto se escucharon las sirenas de la policía. El joven miró por el espejo retrovisor y vio a una Oficial Jenny en motocicleta emergiendo detrás del mismo letrero. De poco a poco redujo la velocidad hasta detenerse a un lado de la carretera. La oficial también se detuvo, bajó de su vehículo y se acercó con paso firme.
—Señor, ¿sabe a qué velocidad viajaba?
—No parecía haber mucho tráfico —respondió él, quitándose el casco con calma.
La Oficial Jenny puso los ojos en blanco y sacó una tableta para preparar la multa.
—Eso no es excusa. Podría haber atropellado a un Pokémon… o a una persona.
—Tengo prisa —contestó el joven—. Prisa por salvar lo que mi padre está arruinando.
Jenny levantó la vista, curiosa.
—¿Y qué sería eso?
—El Equipo Rocket.
La oficial se detuvo en seco. El chico, de unos dieciocho años, acababa de quitarse el casco por completo, revelando una cabellera roja intensa y ojos afilados. Ella había oído los rumores.
—¿Eres el hijo de Giovanni?
—Sí. Estoy de camino a intentar salvar la organización… y tú me estás estorbando.
Jenny se inclinó de inmediato, con una mezcla de miedo y vergüenza.
—Lo siento mucho, señor. De verdad.
El joven la observó un momento antes de preguntar:
—Dime qué ha ocurrido exactamente.
—Bueno… como ya sabrá, su padre ordenó disolver el Equipo Rocket y desapareció poco después. Algunos obedecieron. Otros formaron pequeñas células que intentan tomar el control. Y hay quienes lo buscan desesperadamente —explicó ella—. Pierden el liderazgo y de pronto no saben qué hacer.
El joven suspiró con pesadez.
—La organización estaba demasiado centralizada. Tengo que arreglar eso… ¿Y ustedes? ¿La policía?
Jenny se tensó un segundo.
—Algunas se han rebelado y han empezado a arrestar a miembros del Equipo Rocket. ¡Yo no, por supuesto! —se defendió con rapidez, nerviosa—. La gran mayoría todavía somos leales.
El chico la miró en silencio, pensativo. Tras unos segundos, habló con voz baja pero firme:
—Necesito una mano derecha. ¿Estás dispuesta a seguirme y a obedecer todas mis órdenes?
Los ojos de Jenny se abrieron con una mezcla de sorpresa y determinación.
—¡Por supuesto! Estoy por completo a su servicio, señor. Por la gloria del Equipo Rocket.
Él asintió, satisfecho.
—Muy bien, Jenny. Vamos a la ciudad. Tú irás a la comisaría, explicarás la situación y renunciarás… pero conserva tu arma. Cuando termines, encuéntrame en el Gimnasio.
La oficial incluyó la cabeza con respuesta.
—Entendido, señor.
Ambos volvieron a subir a sus motocicletas. El rugido de los motores volvió a llenar el camino, pero esta vez no era solo el hijo de la velocidad: era el inicio de algo mucho más grande.
A donde ira?
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