Fragmentos
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Nota del autor: Todos los personajes son mayores de edad. Ya saben, historia, ayuda, IA, español, bla bla bla
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Author's note: All characters are of legal age. You know, history, help of AI, Spanish, blah blah blah
Capítulo 1
El sol veraniego caía a plomo sobre la acera de la avenida central, calentando el asfalto hasta hacer brotar un vapor denso. Brais caminaba con paso pesado, ajustando el agarre sobre una caja de cartón corrugado que amenazaba con deshacerse por el calor y el peso de su interior. A sus 22 años, sin empleo fijo y tras haber dedicado los últimos cinco años de su vida a encerrarse en su habitación soldering cables y quemando circuitos, llevaba en sus manos su mayor creación: un proyector electromagnético de frecuencia focalizada. O al menos, eso suponía él.
El aparato emitía un zumbido grave, casi orgánico, que hacía vibrar el cartón contra su pecho. Brais vestía unos jeans desgastados y una camiseta holgada que dejaba ver su contextura delgada. Estaba completamente ajeno a la masa de gente que cruzaba a su alrededor en esa concurrida zona comercial y ejecutiva.
En un rango de no más de cincuenta metros, doce mujeres transitaban la misma acera, ajenas entre sí, viviendo la rutina de sus vidas.
A pocos pasos de él, Nora Galván (39 años) caminaba con la altivez que le daban sus años como la abogada corporativa más cotizada de la zona. Ajustaba el cuello de su blusa de seda, la cual remarcaba unos pechos firmes y generosos que atraían miradas indiscretas. Su falda tubo marcaba la curva pronunciada de sus caderas maduras mientras avanzaba con tacones de aguja.
Cerca de un escaparate, Claudia Zepeda (42 años), dueña de una próspera firma de boutiques y banquetes, sostenía las bolsas de sus últimas compras. Lucía un vestido ceñido que resaltaba su silueta voluptuosa, su escote bien trabajado y sus muslos carnosos.
En la acera de enfrente, Valeria Sotomayor (21 años), estudiante de arquitectura y streamer, caminaba ajustándose una sudadera corta que dejaba al descubierto su abdomen plano y su ombligo atravesado por un piercing. Sus shorts ajustados remarcaban unas piernas tonificadas y un trasero firme.
A la salida del gimnasio, Mireia Beltrán (20 años) bajaba los escalones aún sudorosa tras su rutina como entrenadora personal. Lucía unos leggings tan pegados al cuerpo que delineaban a la perfección la curvatura de su cadera y la forma definida de su pelvis, acompañados por un top deportivo que duramente contenía el tamaño de sus senos.
Junto a la entrada de una clínica privada, la doctora Regina Montemayor (45 años) se desabrochaba los primeros botones de su bata médica, acalorada por la jornada, dejando ver un encaje negro desbordante sobre su piel madura y tersa.
A su lado, Silvana Barrientos (38 años), la cotizada agente inmobiliaria, caminaba balanceando su cadera con un traje sastre cuyo pantalón ceñido remarcaba un trasero voluminoso y firme.
En la entrada de una cafetería, Alba Cárdenas (23 años) reacomodaba las mesas vistiendo un delantal raso que acentuaba su cintura pequeña y sus pechos erguidos.
Karen Domínguez (22 años), modelo y recepcionista, cruzaba la calle luciendo un vestido playero semi transparente que permitía adivinar la lencería oscura que llevaba debajo.
Beatriz Mendiola (41 años), la estricta profesora universitaria, caminaba acomodándose las gafas mientras su blusa ajustada marcaba la firmeza de un busto maduro que poco tenía que envidiarle a sus alumnas.
Teresa Orozco (44 años), contadora ejecutiva, sostenía su café mientras las telas de su conjunto de vestir se pegaban a sus caderas anchas y turgentes.
Miriam Salgado (40 años), chef ejecutiva, supervisaba la terraza de su restaurante luciendo un escote profundo que dejaba ver la piel canela y caliente de su pecho.
Y finalmente, Giselle Villarreal (43 años), diseñadora de interiores, observaba una fachada ajustando un cinturón de cuero sobre un vestido ajustado que resaltaba su figura de reloj de arena.
De pronto, la caja que cargaba Brais comenzó a emitir un chisporroteo violento. Un humo denso, con aroma a azufre y hormonas quemadas, brotó de las hendiduras del cartón.
—¡Maldición! —maldijo Brais, deteniéndose en seco.
Antes de que pudiera soltar la caja, el circuito principal colapsó. Una onda electromagnética de color púrpura profundo emanó del aparato. No hubo explosión de metralla, sino una pulsación sorda, una vibración caliente que atravesó la carne, el aire y la materia en un radio de cincuenta metros.
Brais cayó de rodillas, tosiendo por el humo, mientras el prototipo quedaba convertido en un montón de plástico fundido y cables chamuscados.
—Cinco años a la basura... una simple chatarra inservible —rezongó Brais, levantándose, sacudiéndose los pantalones y dejando los restos quemados en el suelo. Sin saber lo que acababa de provocar, dio media vuelta y caminó de regreso a su departamento, decepcionado y convencido de su fracaso.
Sin embargo, para las doce mujeres alcanzadas por la onda púrpura, el universo se reconfiguró en un segundo.
La descarga de energía no lesionó sus cuerpos; inundó sus cerebros. En cada una de ellas, la consciencia original quedó desplazada y absorbida por un fragmento vivo de la mente de Brais. Al mismo tiempo, el banco entero de memoria de cada mujer —sus experiencias, sus técnicas secretas, sus contactos, el control de sus finanzas y sus apetitos sexuales más profundos— se integró a la mente de los nuevos "Yo".
Nora Galván (39 años):
La abogada sintió una sacudida ardiente en el vientre. Llevó sus manos de uñas pintadas de carmín hacia su propio pecho, apretando con firmeza la masa de carne madura y suave que emergía de su escote.
"Maldita sea... ¿soy yo? ¡Estoy en el cuerpo de esta mujerota!", pensó el fragmento de Brais dentro de Nora. Tocó sus caderas anchas, sintió la textura de sus muslos maduros y rozó la calidez húmeda que comenzaba a filtrarse en su lencería de encaje. Reorganizando los recuerdos de la abogada, se dio cuenta de su poder: cuentas bancarias con cientos de miles de dólares, influencias legales y un apetito insaciable. Miró hacia la calle y vio a su cuerpo original caminando a lo lejos. "Pobre infeliz, cree que falló. Pero ahora soy una madura con dinero y este cuerpo delicioso. Voy a usar todo mi dinero para mantenerlo, alimentarlo... y metérmelo a la cama cuantas veces quiera".
Claudia Zepeda (42 años):
El fragmento de Brais en Claudia jadeó fuertemente, apoyándose contra un poste. Deslizó sus manos por su propia cintura, bajando hasta su trasero voluminoso, apretando la carne firme a través del vestido.
"Siento cada nervio de este cuerpo maduro... y los recuerdos de esta mujer son una mina de oro", se dijo Claudia, tocándose los labios carnosos. Absorbió la información de sus tiendas de ropa y sus cuentas de cheques. Una corriente eléctrica de deseo le recorrió entre las piernas al pensar en su propio cuerpo original de 22 años. "Le voy a comprar la ropa que quiera, le voy a poner departamento y voy a usar esta carne de 42 años para malcriarlo como se debe".
Valeria Sotomayor (21 años):
Valeria se pasó las manos por los muslos al descubierto, bajando la mirada hacia su vientre plano y deslizándose los dedos por la cintura hasta apretar sus nalgas firmes.
"¡Qué locura! Tengo 21 años, un cuerpo deportista perfecto y un departamento solo para mí", pensó Valeria, sonriendo con malicia mientras sentía la humedad apremiante en su entrepierna. "Mi 'Yo' de 22 años no tiene dónde caerse muerto. Lo voy a invitar a mi canal, le voy a pagar por 'colaborar' y voy a hacer que se vuelva adicto a este cuerpo joven".
Mireia Beltrán (20 años):
La entrenadora personal sintió un calor sofocante entre las piernas. Deslizó una mano por su abdomen marcado y apretó su propio busto bajo el top deportivo, sintiendo los pezones erguidos y duros por la sobrecarga sensorial.
"Tengo la fuerza, la resistencia y la flexibilidad de una chica de 20 años que entrena a diario", pensó Mireia, ajustándose los leggings que se le hundían en las curvas. "Voy a llevar a mi cuerpo original al gimnasio, le voy a dar 'entrenamientos privados' y voy a dejar que use este cuerpo firme hasta que no pueda ponerse en pie".
Karen Domínguez (22 años):
Karen se miró en el reflejo de un auto. Pasó sus dedos por su cuello, bajando por su escote hasta tocar la tela delgada de su vestido.
"Soy una modelo cotizada y una recepcionista con acceso a contactos de dinero", asimiló Karen, sintiendo un escalofrío erótico al percibir la sensibilidad de su piel. "Mi 'Yo' chico necesita dinero y atenciones. Le voy a transferir fondos, voy a ir a su casa y voy a usar cada centímetro de este cuerpo de 22 años para complacerlo".
Alba Cárdenas (23 años):
Alba se cruzó de brazos, presionando sus pechos erguidos y sintiendo cómo su corazón latía acelerado.
"Controlo esta cafetería, tengo efectivo diario y una figura bastante atractiva", pensó Alba, humedeciéndose los labios. "A partir de hoy, mi 'Yo' original no vuelve a pagar por comida ni café, y cuando cierre el local por las noches, lo voy a atender en las mesas del fondo como se merece".
Regina Montemayor (45 años):
La médica deslizó las manos por dentro de su bata, sintiendo la firmeza de su busto maduro bajo la lencería de encaje.
"Tengo 45 años, estatus, consultorios y un deseo reprimido que ahora es completamente mío", pensó Regina, respirando con dificultad mientras sentía una pulsación caliente en su pelvis. "Le voy a recetar 'atención médica privada' a mi chico de 22 años. Le voy a pagar los estudios y voy a usar toda mi experiencia de mujer madura para volverlo loco en la camilla".
Silvana Barrientos (38 años):
Silvana se ajustó la falda del traje sastre, sintiendo cómo la tela oprimía sus caderas anchas. Pasó la mano por su muslo hasta la ingle, verificando la calidez que la invadía.
"Manejo propiedades de lujo, departamentos vacíos y comisiones altísimas", reflexionó Silvana, con la mente brillante del fragmento de Brais. "Le voy a dar las llaves de un penthouse a mi 'Yo' original y me voy a encerrar con él en cada propiedad que tenga disponible para estrenar las camas".
Beatriz Mendiola (41 años):
La profesora universitaria se pasó la mano por el cabello, sintiendo la autoridad y el atractivo señorial de su nuevo cuerpo.
"Tengo un sueldo seguro, posición académica y esta figura de madura que vuelve locos a los jóvenes", analizó Beatriz, acomodándose la blusa ceñida. "Le voy a conseguir becas, dinero y voy a enseñarle a mi cuerpo de 22 años lo que una mujer de 41 puede hacer en la cama cuando se propone dominar a un hombre".
Teresa Orozco (44 años):
La contadora apretó los muslos uno contra el otro, sintiendo una ola de calor que le recorrió la espina dorsal.
"Manejo las cuentas de grandes empresas. Sé mover el dinero sin dejar rastro", pensó Teresa, sintiendo el peso turgente de sus pechos maduros. "Voy a desviar fondos directo a las cuentas de mi chico y voy a usar este cuerpo voluptuoso para asegurarme de que me pague con favores de cuerpo presente".
Miriam Salgado (40 años):
La chef sonrió con sensualidad, tocándose la piel caliente del cuello y bajando la mano hacia el nacimiento de su escote profundo.
"Tengo un restaurante de alta cocina, comida de lujo y una casa amplia", se dijo Miriam, saboreando la saliva dulce de su propia boca. "Lo voy a atiborrar de la mejor comida, lo voy a emborrachar con los mejores vinos y lo voy a devorar en mi cocina cada noche".
Giselle Villarreal (43 años):
La diseñadora de interiores se pasó la mano por la cadera, disfrutando de la curvatura acentuada de su figura de reloj de arena.
"Tengo una firma de diseño, dinero de sobra y un gusto impecable", pensó Giselle, sintiendo cómo la excitación le humedecía la lencería fina. "Le voy a remodelar la vida y el departamento a mi 'Yo' original, y voy a usar cada mueble que diseñe para probarlo con él encima".
Ninguna de las doce sabía en ese momento que las demás existían. Cada fragmento de Brais, encerrado en su respectivo cuerpo de mujer joven o madura, creía ser la única anomalía resultante del accidente.
Todas miraron hacia la esquina por donde el Brais original caminaba cabizbajo, arrastrando sus tenis y lamentando la pérdida de su invento. Doce mentes con la misma esencia, doce cuerpos cargados de curvas, estatus, dinero y un deseo ardiente, comenzaron a trazar, de manera individual, el plan para cazar, financiar y complacer al muchacho de 22 años que no tenía la menor idea del ejército de mujeres que estaba a punto de irrumpir en su vida.
El sol matutino comenzó a filtrarse por las persianas de doce habitaciones distintas en la ciudad, marcando el inicio de la primera mañana real tras la explosión. Ninguna de las versiones había pegado ojo en toda la noche. La sobredosis de información, combinada con la alteración química y hormonal de sus nuevas anatomías, mantenía a los doce fragmentos de Brais en un estado de hiperactividad mental y física.
En la recámara principal de un elegante departamento en el sector financiero, Nora Galván (39 años) se despertaba envuelta en sábanas de seda negra. El calor de la mañana hacía que la prenda de dormir se le pegara a la espalda. Nora se sentó en la cama, pasándose las manos por el rostro y sintiendo la suavidad de su piel madura. Al bajar la mirada, contempló el volumen de sus pechos, que sobresalían con pesadez sobre el escote de su camisón.
Deslizó una mano con lentitud por su vientre plano hasta llegar a la curva pronunciada de sus caderas anchas. Incapaz de contener la curiosidad y la abrumadora excitación que le provocaba la química del cuerpo de una mujer de 39 años, metió los dedos por debajo de la lencería de encaje. La calidez y la humedad que encontró la hicieron ahogar un gemido contra la almohada. Arqueó la espalda, frotándose con desesperación contenida mientras los recuerdos de la verdadera abogada —sus casos legales, sus contraseñas, sus rutinas— se mezclaban con el ego del joven de 22 años.
"Dios santo... esta mujer tiene un apetito salvaje", pensó Nora, sintiendo cómo el placer le recorría la espina dorsal hasta hacerle temblar los muslos maduros. "Tengo el control total de su vida, su dinero y esta carne tan turgente".
En ese momento, el sonido de la puerta del pasillo la devolvió a la realidad. Mateo, el hijo de 19 años de la abogada, tocó a la puerta antes de asomarse.
—Mamá, ya me voy a la facultad. Dejé la lista de las colegiaturas en la barra —dijo el joven, mirando apenas a su madre sin notar nada extraño.
Nora acomodó las sábanas rápidamente sobre sus pechos para cubrirse, adaptando el tono de voz firme que rescató de la memoria de la abogada.
—Está bien, Mateo. Luego lo reviso —respondió con autoridad.
En cuanto el muchacho cerró la puerta, Nora dejó escapar un largo suspiro. Realmente tenía que actuar con extrema cautela. Si empezaba a regalar dinero o propiedades de la nada a un desconocido de 22 años llamado Brais, el banco, los socios del bufete o el propio Mateo comenzarían a sospechar que la respetada abogada estaba perdiendo el juicio o siendo extorsionada.
"Tengo que ser inteligente", razonó Nora, bajándose de la cama y dirigiéndose al espejo del vestidor para admirar la firmeza de sus nalgas y la anchura de sus caderas. "No puedo hacer transferencias millonarias a lo loco. Levantaría alertas de lavado de dinero o la familia de esta mujer pediría una auditoría. Necesito crear un contrato de asesoría técnica completamente legal, con pagos fraccionados que no llamen la atención de Hacienda ni de sus socios".
Mientras tanto, en una residencia de dos pisos en la zona residencial, Claudia Zepeda (42 años) se encontraba encerrada en su amplio baño principal. El vapor de la ducha llenaba el espacio. Claudia estaba parada frente al espejo de cuerpo entero, totalmente desnuda, pasándose las manos por la curva de sus caderas de reloj de arena y apretando con fuerza la masa blanda y carnosa de sus muslos maduros.
Apoyó una mano contra el azulejo caliente y deslizó la otra mano hacia su entrepierna, buscando el centro de su excitación. La mezcla entre su mente masculina y las hormonas desbordantes de una empresaria de 42 años en su pleno pico sexual la hizo jadear fuertemente. Rozó sus labios carnosos con los dedos, sintiendo cómo los pezones de sus pechos pesados se endurecían al instante.
"Maldita sea, qué cuerpo tan delicioso tengo ahora", pensó Claudia, apretando sus nalgas voluminosas frente al reflejo mientras alcanzaba un orgasmo rápido y sordo que le hizo temblar las piernas.
Al salir del baño envuelta en una bata corta, se topó en el pasillo con sus dos hijos: Santi (20 años) y Camila (18 años), quienes discutían por las llaves del auto familiar.
—Mamá, dile a Santi que me deje la camioneta, hoy tengo clases por la tarde —reclamó Camila.
Claudia respiró hondo, asumiendo el rol materno que los recuerdos de la verdadera Claudia le proporcionaban de forma automática.
—Se van juntos o ninguno usa el vehículo. Punto final —sentenció Claudia con frialdad.
Los dos jóvenes protestaron pero obedecieron, saliendo de la casa. Claudia regresó a su habitación y se sentó en su tocador. Sabía que no podía simplemente regalarle una camioneta del año a su cuerpo original sin que sus hijos o su contador personal hicieran preguntas peligrosas.
"Si le entrego un auto de la empresa a un chico de la nada, mis hijos van a pensar que me conseguí un amante joven y querrán intervenir la administración de las boutiques", analizó Claudia, tocándose los labios. "Tengo que meterlo en la nómina de la firma de banquetes como proveedor de sistemas. Así le pagaré un sueldo elevado y justificado, y nadie podrá objetar nada".
En un sector más universitario, Valeria Sotomayor (21 años) disfrutaba de la ventaja de vivir completamente sola en su departamento. Estaba tirada en su cama vistiendo únicamente una camiseta floja. Tenía las piernas cruzadas y levantadas, explorando con total libertad las sensaciones de su nuevo cuerpo joven. Deslizó sus dedos por dentro de su lencería, acariciando la piel suave de sus muslos y deleitándose con la firmeza de su abdomen plano.
"Es increíble lo sensible que es este cuerpo de 21 años", se decía Valeria a sí misma, mordiéndose el labio mientras gemía despacio en la soledad de su habitación. "Puedo hacer lo que quiera aquí sin que nadie me moleste, pero no puedo transferirle miles de dólares a mi 'Yo' chico de golpe. Mis padres, que me depositan para la universidad, revisan mis estados de cuenta cada mes. Si ven movimientos extraños, me van a exigir cuentas".
Valeria se levantó, abrió su computadora y comenzó a redactar una oferta de trabajo formal para invitar a Brais a ser el moderador y técnico principal de sus transmisiones en vivo, asegurándole un pago en efectivo por cada sesión para no dejar rastros bancarios sospechosos.
En el gimnasio exclusivo de la avenida, Mireia Beltrán (20 años) aprovechaba que el área de vestidores estaba vacía a primera hora. Llevaba puesto un conjunto deportivo de licra tan ceñido que parecía una segunda piel. Frente al espejo, Mireia levantó su top deportivo, observando la firmeza de sus pechos de 20 años y acariciando la línea marcada de sus abdominales. Flexionó una pierna y apretó su propio trasero contra el espejo, sintiendo una ola de calor que la hizo pasar una mano por su entrepierna sobre la tela de los leggings.
"Tengo una resistencia física brutal", pensó Mireia, soltando un suspiro caliente. "Pero si le doy acceso VIP gratis a mi chico sin registrarlo, la gerencia del gimnasio me puede despedir. Tengo que tramitarle un pase de prueba por capacitación y llevarlo a mi departamento para los 'entrenamientos personalizados'".
En la clínica privada, Regina Montemayor (45 años) cerraba la puerta de su consultorio con seguro. Se desabrochó la bata blanca, quedando en un conjunto de encaje negro que contenía a duras penas la madurez de su figura. Se sentó en su sillón ejecutivo, cruzó sus piernas maduras y metió una mano por debajo de su falda para explorarse con detenimiento, sofocando sus jadeos mientras asimilaba la anatomía de una mujer madura de 45 años.
"Mi directiva médica vigila cada centavo de las becas", reflexionó Regina, ajustándose la blusa tras terminar su exploración. "Si asigno una beca fantasma a un chico sin estudios concluidos, la auditoría interna del hospital me quitará la licencia. Debo contratarlo como asistente personal directo de mi consultorio privado. Le pagaré en efectivo de mis consultas particulares, fuera del registro del hospital".
De forma idéntica, el resto de las versiones procesaba las restricciones de sus nuevas vidas tras haber dedicado las primeras horas de la mañana a explorar minuciosamente sus cuerpos:
Silvana Barrientos (38 años) se vio obligada a cancelar la cesión directa del departamento. Entendió que la junta de socios de la agencia inmobiliaria detectaría el traspaso de la propiedad. En su lugar, decidió habilitar el inmueble como una "oficina de mantenimiento" que le cedería a Brais con un contrato de comodato totalmente legal.
Beatriz Mendiola (41 años) borró la aprobación automática del título universitario en el sistema. Los controles académicos de la facultad habrían descubierto la falsificación de actas. Optó por contratar a Brais como su asistente de investigación particular, pagándole con fondos de sus consultorías externas.
Teresa Orozco (44 años) detuvo el desvío directo de fondos corporativos. Sabía que los auditores del grupo financiero no tardarían en rastrear la tarjeta platino. Decidió abrir una cuenta personal secundaria a su nombre para entregarle una tarjeta adicional a Brais, haciéndolo pasar como un gasto personal de representación.
Karen Domínguez (22 años) tuvo que lidiar con su hermano Iker (18 años), quien le preguntó por qué compraba ropa masculina de marca. Karen tuvo que disimular diciendo que era material para una campaña fotográfica, planificando entregarle la ropa a Brais de manera discreta.
Alba Cárdenas (23 años) entendió que no podía regalar la comida de la cafetería sin descuadrar los inventarios diarios que revisaba el dueño del local. Decidió registrar a Brais como "evaluador de calidad de insumos", justificando los alimentos que le enviaría.
Miriam Salgado (40 años) se aseguró de pagar de su propio bolsillo los insumos gourmet de su restaurante para no levantar sospechas entre su personal de cocina ni con los proveedores.
Y Giselle Villarreal (43 años) detuvo el camión de mudanzas que iba hacia el departamento de Brais. Su hija Natalia (20 años) le había preguntado por qué sacaba muebles de diseño del almacén principal. Giselle tuvo que argumentar que eran piezas para una "exhibición de prueba" antes de coordinar el traslado de forma discreta.
Mientras todo esto se organizaba con absoluta cautela en distintos puntos de la ciudad, el Brais original despertaba en su humilde departamento. Tenía 22 años, seguía en la miseria y continuaba amargado por la pérdida de su invento.
Se sirvió un vaso con agua, miró su teléfono celular y notó que no había notificaciones extraordinarias ni depósitos sospechosos, ya que todas sus versiones habían frenado las transferencias masivas a tiempo para no meterlo en problemas legales.
—Bueno... a buscar trabajo de lo que sea —murmuró Brais para sí mismo, poniéndose unos tenis viejos y disponiéndose a salir a la calle a repartir currículums, completamente ajeno al hecho de que doce mujeres, entre jóvenes de su edad y maduras espectaculares, estaban perfeccionando los últimos detalles de sus contratos, ofertas y estrategias para acercarse a él sin levantar sospechas en su entorno.
La mañana avanzaba calurosa sobre el centro de la ciudad. Brais caminaba por la acera con una carpeta gastada bajo el brazo, donde guardaba un par de impresiones de su currículum. A sus 22 años, la búsqueda de empleo era un terreno hostil, pero la necesidad de pagar la renta del departamento lo obligaba a tocar puertas en locales comerciales, despachos y pequeñas oficinas. Lo que no sabía era que, a medida que avanzaba por las calles, doce pares de ojos lo monitoreaban discretamente gracias al uso estratégico de sus nuevos contactos, cámaras de seguridad y ubicaciones compartidas.
En el piso doce de un moderno edificio de cristal, Nora Galván (39 años) observaba la calle desde el ventanal de su oficina ejecutiva. Llevaba puesto un conjunto azul marino de falda ajustada hasta las rodillas y un saco que marcaba su cintura fina y la prominencia de su pecho. Con un bolígrafo entre sus dedos de uñas pulidas, Nora daba las últimas revisiones a un documento redactado a la perfección.
"No puedo regalarle el dinero directamente, pero un contrato de prestación de servicios técnicos por honorarios de mil quinientos dólares mensuales es totalmente justificable para la contabilidad del bufete", pensó la abogada, sintiendo una calidez sofocante subirle por los muslos maduros al recordar la figura de su cuerpo original. "Tendrá ingresos fijos, seguro, y vendrá a mi oficina dos veces por semana a 'firmar reportes'".
Nora llamó a su secretaria privada a través del intercomunicador.
—Licenciada Galván, dígame —respondió la joven al otro lado de la línea.
—Envía a un mensajero a la calle Hidalgo, cerca de la plaza central. Hay un joven de unos 22 años, vestido con jeans y playera gris, cargando una carpeta azul. Entrégale este sobre con la propuesta de entrevista para hoy a las tres de la tarde. Sé discreta.
—Entendido, licenciada.
En otro punto de la avenida, dentro de la cocina principal de su restaurante gourmet, Miriam Salgado (40 años) daba instrucciones a su personal mientras vestía su filipina blanca ajustada. El calor de los fogones encendidos hacía que finas gotas de sudor resbalaran por su cuello carnoso, perdiéndose en el escote de su filipina parcialmente desabrochada. Miriam se pasó la mano por el cuello, sintiendo la hipersensibilidad de su piel canela y la firmeza turgente de sus pechos de 40 años.
"Tengo la excusa perfecta", sonrió la chef, sintiendo cómo se le erizaba la piel del vientre. "El restaurante necesita una reestructuración urgente en el sistema de comandas digitales. Le ofreceré el trabajo de soporte técnico con comida corrida gourmet incluida todos los días".
Miriam tomó una tarjeta de presentación con bordes dorados, escribió una nota al calce con su número privado y llamó a uno de sus meseros para que saliera a la calle a buscar al muchacho.
Por su parte, Valeria Sotomayor (21 años) no quiso esperar a intermediarios. Apoyada contra su auto deportivo estacionado a unos metros de donde caminaba Brais, la joven streamer se ajustaba una falda corta de pliegues y una blusa ajustada sin mangas que dejaba al descubierto su abdomen plano. Sus piernas tonificadas y su figura joven llamaban la atención de varios transeúntes, pero la mente de Brais dentro de Valeria solo tenía un objetivo.
Caminó a paso ligero, haciendo sonar sus plataformas sobre el concreto, hasta colocarse a pocos metros de su cuerpo original. Al verlo de cerca —despeinado, cansado y revisando sus hojas con frustración—, un escalofrío de excitación pura le recorrió la entrepierna. La química del cuerpo de 21 años reaccionó de inmediato al tener frente a sí a su versión masculina.
—Disculpa... ¿eres Brais? —preguntó Valeria, modulando su voz para que sonara fresca, coqueta y dulce.
Brais se detuvo bruscamente, parpadeando al ver a la atractiva chica de su edad parada frente a él.
—Eh... sí, soy yo. ¿Nos conocemos? —respondió el joven, acomodándose la carpeta con torpeza.
—No en persona, pero me hablaron muy bien de tus habilidades con la tecnología y la programación —mintió Valeria con una sonrisa juguetona, dando un paso más cerca y dejando que el perfume frutal de su piel envolviera al muchacho—. Me llamo Valeria. Soy creadora de contenido y justo estoy buscando a alguien de confianza para que administre la parte técnica de mis transmisiones y equipos en mi departamento. Pagó bien y en efectivo. ¿Te interesaría revisar la propuesta?
Brais sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. En cuestión de minutos, dos mensajeros más se acercaron a él en la misma esquina: uno entregándole el sobre sellado del bufete de Nora Galván y otro con la tarjeta de la chef Miriam Salgado.
—¿Qué demonios está pasando hoy...? —murmuró Brais, mirando los tres sobres en sus manos y luego a la sonriente Valeria frente a él—. Hace dos horas no tenía nada y ahora tres personas distintas me ofrecen trabajo en la misma calle...
—Debe ser tu día de suerte —respondió Valeria, guiñándole un ojo con desfachatez mientras deslizaba sus dedos por la manga de la playera de Brais, haciendo rozar intencionalmente su pecho firme contra el brazo del joven—. Toma mi número. Te espero mañana por la mañana en mi departamento para la primera sesión. No me falles.
Valeria se dio media vuelta y caminó hacia su vehículo, balanceando su cadera con evidente provocación.
Mientras tanto, en sus respectivos espacios, las demás versiones comenzaban a mover sus fichas con cautela:
Claudia Zepeda (42 años) preparaba una orden de compra para contratar a Brais en el área de mantenimiento informático de sus boutiques, cuidando de no involucrar la caja chica que supervisaba su hija Camila.
Silvana Barrientos (38 años) redactaba el contrato de comodato para la oficina técnica, asegurándose de que la junta directiva de la inmobiliaria lo aprobara como un gasto de conservación de inmuebles.
Regina Montemayor (45 años) habilitaba una plaza de soporte de expedientes clínicos en su consultorio privado, financiándola directamente de sus honorarios de cirugías particulares.
Beatriz Mendiola (41 años) ingresaba la solicitud de un asistente de cátedra en el sistema universitario, justificando la vacante por carga de trabajo académico.
Teresa Orozco (44 años) configuraba la cuenta de débito adicional como un fondo operativo de representación personal, evitando que los auditores bancarios notaran anomalías.
Karen Domínguez (22 años) guardaba un paquete de ropa masculina de diseñador en su cajuela, planeando inventar que era utilería sobrante de una sesión fotográfica.
Alba Cárdenas (23 años) coordinaba el envío de cupones de consumo permanente para la cafetería a la dirección del departamento de Brais.
Giselle Villarreal (43 años) seleccionaba un juego de escritorio y silla ergonómica de su catálogo para enviárselo a Brais bajo el concepto de "muestra publicitaria".
Y Mireia Beltrán (20 años) preparaba una credencial de acceso temporal al gimnasio con validez extendida.
Sin embargo, a pesar de la extrema cautela con la que cada una operaba para no levantar sospechas en sus familias o empleos, el cruce inminente de sus caminos era inevitable. Cada uno de los doce fragmentos de Brais, encerrado en su respectiva anatomía femenina, continuaba creyendo firmemente que era el único que había cruzado tras la explosión. Ninguna sospechaba que en las próximas doce horas, el volumen de coincidencias alrededor del muchacho de 22 años terminaría por destapar la verdad.
El reloj marcaba poco más de la una de la tarde y la temperatura en el centro de la ciudad no daba tregua. Tras haber abordado a su propio cuerpo original en la esquina, Valeria Sotomayor (21 años) no se alejó demasiado. Se quedó a media cuadra, disimulando tras unas gafas de sol mientras observaba cómo el Brais de 22 años caminaba aturdido hacia su departamento sosteniendo la carpeta con las propuestas.
Sin embargo, Valeria no era la única vigilando.
Apenas unos metros más atrás, Nora Galván (39 años) salía del vestíbulo de su edificio para asegurarse de que su mensajero hubiera entregado el sobre. Al mismo tiempo, Miriam Salgado (40 años) caminaba por la acera enfilando hacia su restaurante, Claudia Zepeda (42 años) salía de su boutique con paso firme, e Isabela—el fragmento en el cuerpo de la cotizada médica cirujana Regina Montemayor (45 años)—cruzaba la calle vistiendo su elegante conjunto clínico.
En cuestión de tres minutos, la coincidencia espacial hizo lo suyo.
Nora reconoció la silueta de Valeria, la chica de 21 años que acababa de hablar con su cuerpo original de forma coqueta. Con la autoridad imponente de sus 39 años y la rabia contenida de sentir que una jovencita quería arrebatarle el control de Brais, la abogada apresuró el paso. Sus tacones de aguja resonaron con furia contra el concreto.
—Oye tú, la niña de la faldita —llamó Nora con voz grave, cruzándose en el camino de Valeria—. Te vi hablando con ese muchacho. Se puede saber qué pretendes ofreciéndole trabajo en tu departamento a solas.
Valeria se quitó las gafas de sol, midiendo de arriba abajo la figura voluptuosa de la abogada.
—¿Y a ti qué te importa, señora? —respondió Valeria con tono burlón, sacando la barbilla—. Es mi asunto lo que haga con mi dinero y con mi vida.
—Me importa porque ese chico... —Nora se detuvo en seco, mordiéndose la lengua para no gritar "¡porque ese chico soy yo!" en medio de la vía pública.
En ese instante, Claudia Zepeda, Miriam Salgado y Regina Montemayor se acercaron al grupo, atraídas por la tensión. A la escena se sumaron rápidamente Karen Domínguez (22 años), Mireia Beltrán (20 años) y Alba Cárdenas (23 años), quienes también rondaban la zona siguiendo los pasos del Brais original. Ocho mujeres en total, formando un círculo tenso a media calle.
—Un momento... —intervino Claudia, la empresaria de 42 años, cruzándose de brazos y dejando ver la prominencia de su pecho maduro—. ¿Por qué todas ustedes están rondando a ese mismo chico de jeans y playera gris?
—Porque es mi asistente técnico —mintió Miriam, la chef de 40 años, ajustándose la filipina.
—Mentira, yo le acabo de mandar un contrato de consultoría clínica —interrumpió Regina, la cirujana de 45 años.
—¿Consultoría clínica? ¡Si el tipo es un programador que acaba de reventar un prototipo de realidad aumentada ayer por la tarde! —soltó Valeria sin pensar.
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto y sofocante.
Todas se congelaron. Ninguna persona externa a la explosión podía saber con tanta precisión qué era exactamente el aparato ni a qué hora había colapsado.
Nora Galván abrió los ojos de par en par. Miró a Valeria, luego a Claudia, luego a Regina y a las demás. La chispa del entendimiento cruzó las doce neuronas compartidas.
—Espérense un carajo... —murmuró Nora, llevándose las manos a la cabeza mientras su pecho maduro subía y bajaba agitadamente—. El proyector electromagnético... la onda púrpura... ¿Ustedes... ustedes también son...?
—¿Brais? —susurraron las ocho al mismo tiempo, con las voces superpuestas en un tono espeluznante.
Un minuto después, el grupo entero caminó a paso veloz hacia el pasillo privado detrás del restaurante de Miriam para no llamar la atención. Ahí se les unieron las cuatro restantes que andaban cerca: Silvana Barrientos (38 años), Beatriz Mendiola (41 años), Teresa Orozco (44 años) y Giselle Villarreal (43 años). Las doce versiones estaban reunidas por primera vez en un mismo espacio.
La revelación fue un impacto brutal para el ego de todas.
—¡No puede ser! ¡Yo creí que era la única! —exclamó Silvana, la agente inmobiliaria, apretando sus caderas maduras contra la pared.
—¡Yo también! ¡Creí que solo mi mente había saltado a este cuerpo de cirujana! —rezongó Regina, pasándose las manos por el rostro.
—A ver, a ver, cállense todas y escuchen —ordenó Nora con su voz más ejecutiva, tomando el mando del grupo—. La máquina no clonó la mente a un solo cuerpo. Nos fragmentó en doce. Todas somos Brais, todas tenemos los recuerdos de estas mujeres, sus cuentas bancarias, sus familias y sus recursos. Y todas estábamos haciendo lo mismo: intentar financiar y acostarnos con nuestro cuerpo original de 22 años.
—Exacto —asintió Claudia, acariciándose los labios carnosos—. Pero ahora que sabemos la verdad, no podemos ir a pelearnos a su puerta como locas. Lo vamos a asustar o va a pensar que es una broma pesada.
En ese momento, Regina Montemayor (45 años) dio un paso al frente, alzando la barbilla y ajustando la bata médica sobre su figura de madura imponente. Desabrochó un botón más de su blusa, dejando a la vista un escote abrumador que aplastaba el encaje negro.
—Bueno, si de competir por quién lo va a complacer mejor se trata... —dijo Regina con una sonrisa cargada de morbosa autosuficiencia—, creo que yo llevo la delantera. Miren nada más este par. Tengo los pechos más grandes, pesados y turgentes de todo este grupo de maduras. Una delicia de 45 años bien conservada. Se los voy a entregar enteros a mi 'Yo' chico para que se ahogue en ellos toda la noche.
Claudia y Nora le lanzaron miradas de odio puro, sintiendo la envidia hervirles en la sangre, pero antes de que las maduras comenzaran una discusión sobre volúmenes y medidas, Valeria Sotomayor (21 años) soltó una carcajada fresca y descarada.
Valeria se adelantó, colocándose las manos en la cintura y dejando ver la firmeza de su abdomen plano y la curva turgente de sus shorts ajustados.
—Por favor, Regina, no me hagas reír con tus atributos de cuarentona —se burló Valeria con tono coqueto y victorioso—. Tendrás mucho pecho, pero se te olvida un detalle biográfico crucial que acabo de descubrir al explorar este cuerpo por la mañana. Valeria Sotomayor... es decir, yo ahora... ¡es virgen!
Las once mujeres se le quedaron viendo, mudas de la impresión.
—¿Virgen? —preguntó Mireia Beltrán (20 años), parpadeando.
—¡Virgen! —reiteró Valeria con orgullo desbordante, dándose una palmadita en la cadera—. 21 años, cuerpo de streamer deportista, una figura intacta y la virginidad absolutal. Le voy a entregar la primera vez de este cuerpo a mi 'Yo' original. ¡A ver qué madura puede superar el morbo de desvirgar a una chica así!
Antes de que Valeria pudiera celebrar su victoria, Karen Domínguez (22 años), la escultural modelo y recepcionista, dio un paso adelante con una sonrisa maliciosa pintada en el rostro.
—No te sientas tan especial, mi amor —dijo Karen, pasándose la mano por el cuello y bajándola hasta la curva de sus caderas—. Porque los recuerdos de Karen Domínguez acaban de confirmarme exactamente lo mismo. 22 años, modelo de marcas locales, cuerpo cotizado... y jamás ha dejado que ningún hombre la toque. Yo también soy virgen en este cuerpo, y esa flor se la voy a regalar a mi chico de 22 años antes de que termine la semana.
El ambiente en el pasillo privado se volvió eléctrico.
—¡Espérense un segundo! —exclamó Alba Cárdenas (23 años), la administradora de la cafetería, alzando la mano con los ojos brillando de la emoción—. ¡Yo también! Los recuerdos de Alba son súper conservadores. ¡Esta chica de 23 años tampoco ha estado con nadie! ¡Tengo la virginidad intacta lista para entregársela a mi cuerpo original!
Tres de las jóvenes eran vírgenes en sus respectivos cuerpos de 20 a 23 años, mientras que las maduras poseían fortunas, estatus y cuerpos de una voluptuosidad devoradora.
—Esto es una locura bizarra... —murmuró Teresa Orozco (44 años), ajustándose las gafas mientras sentía el calor apremiante entre sus piernas—. Mentes masculinas compartidas, tres virginidades jóvenes en bandeja de plata y ocho maduras millonarias con ganas de devorarse al mismo muchacho.
—Por eso mismo tenemos que organizarnos —sentenció Nora Galván, sacando su teléfono inteligente de última generación—. Si actuamos por separado, la policía o las familias de estas mujeres van a sospechar. Vamos a crear un grupo de WhatsApp privado ahora mismo. Ahí coordinaremos los turnos, las transferencias de dinero, las ofertas de trabajo y quién se acuesta con él cada día de la semana. ¿Entendido?
Las doce asintieron al instante, sacando sus celulares para intercambiar números.
Mientras tanto, a tres calles de ahí, en el tercer piso del humilde edificio de departamentos, Brais estaba tirado de espaldas sobre su cama, mirando fijamente el techo de su recámara.
Sobre su estómago descansaban las tres propuestas que le habían entregado en la calle: la carta del prestigioso bufete de la abogada Nora Galván ofreciéndole mil quinientos dólares mensuales por "asesoría técnica", la tarjeta de la chef Miriam Salgado invitándolo a administrar el sistema del restaurante con comida gourmet gratis, y la nota manuscrita con perfume frutal de la hermosa streamer Valeria Sotomayor.
El muchacho de 22 años se llevó las manos a la cara, soltando un resoplido de pura frustración y confusión.
—A ver... concentrate, Brais —se decía a sí mismo en voz alta—. Ayer se me reventó la máquina en la cara, no tengo ni un peso, y hoy por la mañana tres mujeres espectaculares que no conozco de nada me ofrecen trabajo, dinero y facilidades absurdas en la misma cuadra...
Se sentó en el borde de la cama, tomando los tres papeles.
—La abogada es una mujer madura imponente... millonaria, formal, pero cuando me entregaron el sobre sentí que me miraba como si fuera su presa. La chef me ofrece comer como rey todos los días. Y la chica de la faldita... Valeria... me guiñó el ojo y me tocó el brazo como si quisiera devorarme en su departamento...
Brais se rascó la nuca, sintiendo un escalofrío de excitación y pánico recorrerle la espalda.
—¿A cuál de las tres debería decirle que sí primero? Si acepto lo de la abogada, aseguro la renta. Si acepto lo de Valeria... Dios santo, esa chica está riquísima. ¿Por qué siento que si acepto cualquiera de las tres, mi vida va a dar un giro del que no voy a poder regresar?
Sin saber que al otro lado de la ciudad doce versiones de su propia mente estaban terminando de configurar un grupo de chat titulado "Proyecto Brais: Consentir al Jefe", el joven de 22 años sostenía el teléfono en la mano, a punto de marcar el primer número para tomar la decisión que desencadenaría el caos.
El silencio en el pequeño departamento de Brais se interrumpió únicamente por el golpeteo constante de sus dedos contra la pantalla del teléfono. A sus 22 años, con la renta vencida a la puerta y el estomago reclamando alimentos decentes, el muchacho tomó una respiración profunda. Sabía que era una locura absoluta pretender cumplir con tres ofertas de trabajo simultáneas, pero la necesidad era más grande que el miedo al cansancio.
—Si no aprovecho este golpe de suerte, me van a correr del departamento —murmuró para sí mismo, apretando los labios—. Son horarios distintos y propuestas independientes. Voy a aceptar las tres.
Tomó aire y comenzó a redactar los tres mensajes de respuesta.
Al primero, enviado al contacto del bufete de la abogada Nora Galván:
"Estimada Licenciada Galván, acepto con gusto la propuesta de asesoría técnica. Quedo a sus órdenes para comenzar con la revisión de los sistemas cuando usted lo indique."
Al segundo, enviado al número directo de la chef Miriam Salgado:
"Hola, Chef Miriam. Acepto la propuesta para el mantenimiento del sistema de comandas del restaurante. Agradezco mucho la oportunidad y la atención."
Y al tercero, enviado a la streamer Valeria Sotomayor:
"Hola, Valeria. Decidí aceptar tu propuesta para ayudarte con las transmisiones en tu departamento. Dime a qué hora me presento mañana para coordinar los equipos."
Oprimió el botón de enviar en los tres chats casi de manera simultánea. Una vez que las tres palomitas se pusieron en azul, Brais dejó caer el teléfono sobre el colchón y se pasó las manos por la cara, sintiendo un sudor frío recorrerle la nuca.
En el otro extremo de la ciudad, en un reservado privado donde las doce versiones recién conectadas continuaban afinando los detalles de su alianza, los teléfonos celulares comenzaron a sonar y a vibrar en cadena sobre la mesa de madera.
Nora Galván (39 años) fue la primera en revisar su pantalla. Sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de triunfo y deseo al leer la confirmación.
—Aceptó —anunció Nora, mostrando la pantalla a las demás mientras una sonrisa dominante se dibujaba en sus labios carnosos—. El chico acaba de firmar su compromiso conmigo.
—Un momento... —interrumpió Miriam Salgado (40 años), mirando su propio teléfono con sorpresa—. A mí también me acaba de responder. Aceptó la propuesta del restaurante.
Valeria Sotomayor (21 años) soltó una risita picante, mostrando su pantalla donde el mensaje de Brais destacaba en la aplicación.
—Pues qué creen... a mí también me acaba de decir que sí. Mañana por la mañana estará en mi departamento listo para trabajar en mis transmisiones.
El grupo de doce mujeres se quedó en silencio por unos segundos, observándose entre sí.
—Ese muchacho está completamente loco o desesperado —comentó Claudia Zepeda (42 años), ajustándose el escote de su vestido rojo mientras soltaba un suspiro—. Aceptar tres trabajos en el mismo día... se va a matar del agotamiento.
—Exactamente por eso tenemos que intervenir —sentenció Nora Galván, tomando el control de la conversación y abriendo el grupo de WhatsApp que acababan de crear (Proyecto Brais: Consentir al Jefe)—. Somos doce. No podemos dejar que nuestro propio cuerpo original termine destruido por exceso de trabajo. Si Valeria, Miriam y yo lo saturamos en un solo día, no va a rendir en ninguna parte y va a colapsar.
—Tiene razón Nora —intervino Silvana Barrientos (38 años), la agente inmobiliaria, cruzando sus piernas maduras y tonificadas—. Lo que debemos hacer es cuadrar una agenda rotativa. Nos dividiremos los días de la semana entre las doce. Ninguna podrá citarlo o acapararlo fuera del turno que le corresponda en el grupo. Así él pensará que está cumpliendo con todos sus compromisos, pero en realidad descansará lo suficiente, ganará dinero de todas y nosotras podremos disfrutarlo por turnos sin agotarlo.
—Me parece perfecto —asintió la doctora Regina Montemayor (45 años), acomodándose la bata médica sobre sus pechos prominentes—. De esa forma, cada una de nosotras tendrá un día entero de la semana para atenderlo, alimentarlo, pagarle sus honorarios... y darle el uso que se merece a este par de maduras.
Las doce firmaron el pacto digital en el chat, estableciendo el calendario estricto de visitas y turnos para no sobrecargar la salud del Brais de 22 años.
Con la reunión concluida y el calendario pactado en el grupo de WhatsApp, las doce versiones regresaron a sus respectivos hogares y espacios privados para dar inicio a la preparación de las estrategias. Sin embargo, la tensión acumulada, la química desbordante de sus anatomías femeninas y la expectativa de tener a su propio cuerpo masculino a solas desencadenaron episodios de explícita excitación en varias de ellas.
En el vestidor de su residencia, Claudia Zepeda (42 años) se encerró con llave. Se quitó el vestido rojo de diseñador, dejándolo caer al suelo y quedando únicamente con un conjunto de encaje negro que aprisionaba la carne firme de sus caderas y pechos maduros. Se paró frente al espejo de cuerpo entero, mirando el reflejo de una mujer de 42 años en su pécora más alta. Deslizó sus manos con avidez por su cintura, apretando la masa blanda y voluptuosa de sus nalgas mientras leía las notificaciones que no paraban de entrar en el grupo de WhatsApp.
"Nora ya le programó el lunes... Valeria el martes...", leía Claudia mientras la respiración se le volvía pesada.
Incapaz de contener la pulsación ardiente en su vientre, Claudia introdujo la mano por debajo de su lencería. Rozó sus labios húmedos con los dedos, sintiendo cómo un escalofrío eléctrico le recorría la espina dorsal. Apoyó la mano libre contra el cristal del espejo, arqueando la espalda y sofocando los gemidos entre sus dientes mientras se frotaba con desesperada constancia, imaginando los labios de su cuerpo de 22 años recorriendo la piel caliente de su pecho de 42.
Al mismo tiempo, en su departamento de soltera, Valeria Sotomayor (21 años) se hallaba tirada en su sofá de terciopelo. Llevaba puesta solo una camiseta corta que le llegaba apenas abajo del busto. Tenía el teléfono en la mano izquierda, siguiendo los mensajes del grupo donde las maduras presumían cómo iban a consentir al muchacho.
—Creen que por tener dinero lo tienen todo ganado... —murmuró Valeria entre jadeos cortos, deslizando su mano derecha hacia abajo, colándose por dentro de sus bragas delgadas.
Valeria comenzó a acariciar su sexo joven y cerrado, sintiendo la sensibilidad desbordante de un cuerpo de 21 años que jamás había experimentado el contacto masculino real. La idea de que al día siguiente sería la primera en recibirlo en su departamento, teniendo la virginidad intacta de esa anatomía tan cotizada para entregársela en bandeja de plata, la hizo perder el ritmo de los dedos. Apretó los muslos tonificados contra su propia mano, soltando un gemido agudo y prolongado que retumbó en la sala vacía antes de dejarse caer exhausta sobre los cojines.
En la clínica privada, Regina Montemayor (45 años) mantenía la luz del consultorio a media intensidad. Sentada en su sillón ejecutivo de piel negra, la cirujana se había desabrochado por completo la bata y la blusa, dejando sus enormes pechos al descubierto. Sostenía el celular en una mano, escribiendo en el grupo de WhatsApp la lista de suplementos y vitaminas de alta calidad que le recetaría a Brais para mantener su energía al máximo.
Con la otra mano, Regina rodeó la base de uno de sus pechos maduros, apretando la masa pesada y cálida mientras masajeaba con firmeza el pezón erecto. Las hormonas de una mujer madura en su pico de excitación la hacían respirar con dificultad.
"Le voy a preparar la dieta perfecta... le voy a dar las mejores vitaminas... y cuando le toque venir a mi consultorio, voy a hacer que aplique toda esa energía sobre esta carne de 45 años", pensaba Regina, sintiendo cómo una marea de calor líquido le empapaba la entrepierna mientras continuaba acariciándose con fuerza en la penumbra de su despacho.
En el grupo de chat, los mensajes no se detenían:
Nora (39): Ya redacté el contrato de asesoría. Le asigné un salario de 2,000 USD mensuales pagados semanalmente en efectivo. Nada de rastro bancario que alarme a mi bufete.
Karen (22): Yo ya tengo listo el guardarropa de marca. Dije en la agencia que era para una prueba de vestuario masculino. Se lo voy a entregar en su departamento el miércoles.
Silvana (38): Le dejé las llaves de la oficina privada listas. Tiene aire acondicionado, sillones de piel y minibar abastecido. Estará como un rey.
Beatriz (41): En la universidad ya registré su pase libre para la biblioteca ejecutiva y el estacionamiento reservado. Nadie le pedirá explicaciones.
Mientras las doce versiones canalizaban su obsesión organizando recursos, dinero y desahogando la acumulación de excitación en sus nuevos cuerpos, el Brais de 22 años descansaba finalmente en su colchón.
Revisó su teléfono antes de dormir y notó que los tres contactos le habían enviado agendas perfectamente distribuidas: Valeria lo citaba el martes por la mañana, Nora el miércoles por la tarde y Miriam el jueves para la comida. Ningún horario se empalmaba, los pagos ofrecidos superaban por mucho cualquier expectativa razonable y el muchacho, suspirando de alivio, cerró los ojos convencido de que la fortuna finalmente le había sonreído, sin sospechar que cada día de la semana estaría bajo el dominio absoluto de una versión de su propia mente contenida en una anatomía dispuesta a devorarlo.
El despertador sonó con estridencia sobre la mesita de noche del departamento de Brais. El joven de 22 años abrió los ojos, estirándose con pesadez. Eran las nueve de la mañana del martes, el día acordado para presentarse en el departamento de Valeria Sotomayor. Gracias al calendario perfectamente estructurado que las doce versiones habían diseñado en el chat de WhatsApp para evitar colapsos y sospechas, su agenda del día estaba libre de cualquier otro compromiso.
Brais se levantó de la cama, se duchó con agua tibia y se puso unos jeans limpios y una playera negra sencilla. Al salir a la calle, notó una diferencia sustancial en su estado de ánimo: por primera vez en años, no llevaba el peso asfixiante de la incertidumbre financiera sobre los hombros. Los depósitos y las propuestas en firme le habían devuelto algo de color a su rutina.
Tomó el autobús que lo condujo hasta el sector universitario donde vivía la streamer. Tras caminar un par de cuadras, se detuvo frente a la fachada del edificio moderno señalado en la ubicación. Tocó el interfono y, a los pocos segundos, la puerta principal zumbó permitiéndole el acceso.
Subió al tercer piso y, antes de que alcanzara a tocar el timbre, la puerta del departamento se abrio de par en par.
Valeria Sotomayor (21 años) lo esperaba apoyada contra el marco. Lucía espectacular: una sudadera corta y holgada que dejaba al descubierto su abdomen plano y su ombligo con piercing, acompañada de unos shorts deportivos diminutos que estilizaban unas piernas perfectamente tonificadas y bronceadas. Su cabello castaño caía suelto sobre sus hombros, y su rostro destilaba una frescura juvenil que contrastaba con la intensidad de su mirada.
Al tener frente a sí a su propio cuerpo original de 22 años, el fragmento de Brais dentro de Valeria sintió una sacudida eléctrica tan violenta en el vientre que por poco le tiemblan las rodillas. Una humedad inmediata y cálida impregnó la lencería fina de la chica.
—Pasa, Brais. Te estaba esperando —dijo Valeria, modulando su voz con un tono dulce y deliberadamente coqueto.
Brais entró al departamento con algo de timidez, dejando la carpeta sobre la mesa de la entrada. El lugar era amplio, minimalista, con luces LED de colores tenues y equipos de transmisión de última generación ordenados en una esquina.
—Vaya... tienes un estudio impresionante, Valeria —comentó el joven, mirando alrededor con genuina admiración—. ¿De verdad necesitas a alguien para que maneje todo este equipo?
Cerrando la puerta con seguro mediante un suave clic, Valeria se dio la vuelta y comenzó a acortar la distancia entre ambos a paso lento, haciendo sonar sus calcetines contra el piso de madera.
—No solo necesito que manejes los equipos, Brais... necesito que me pongas atención a mí —respondió la joven, deteniéndose a menos de veinte centímetros de él.
El aroma a perfume frutal y a piel limpia de Valeria envuelve por completo al muchacho. Brais tragó saliva, sintiendo cómo el calor del cuerpo de la chica comenzaba a traspasar el aire.
—¿A ti...? ¿A qué te refieres? —balbuceó el joven, sintiendo que su corazón empezaba a latir con fuerza desbocada.
Valeria soltó una risita suave, cargada de una travesura contenida. Dio un paso más, pegando su torso al pecho de Brais. Al sentir la cercanía del muchacho, las hormonas de la joven de 21 años revolucionaron su sistema nervioso; la virginidad intacta de esa anatomía juvenil parecía gritar por ser reclamada, y el hecho de estar frente a su propia esencia masculina creaba una tensión insoportable y deliciosa.
—Me refiero a que las transmisiones pueden esperar un par de horas —susurró Valeria, alzando la barbilla para mirarlo fijamente a los ojos—. Digamos que parte de tu contrato como mi asistente técnico incluye... asegurarte de que la streamer esté totalmente cómoda y relajada antes de prender la cámara.
Sin darle tiempo a replicar, Valeria levantó las manos y rodeó el cuello de Brais, deslizando sus dedos por la nuca del muchacho. Los pechos firmes de la joven presionaban directamente contra el pecho del chico a través de la delgada tela de la sudadera.
Brais abrió los ojos de par en par, completamente descolocado por la audacia de la chica. Intentó retroceder un paso, pero las manos firmes de Valeria en su nuca se lo impidieron, acercando su rostro con una fuerza sorprendente.
—Espera, Valeria, vine a trabajar... —alcanzó a decir el joven, con la voz temblorosa.
—Y estamos trabajando, mi amor —murmuró ella con una sonrisa traviesa, rozando sus labios contra los de él—. Estás a punto de descubrir el mejor beneficio laboral de todo el mercado.
Valeria no esperó más y selló sus labios contra los de Brais en un beso profundo, hambriento y desesperado. Al principio, el muchacho se quedó rígido por la sorpresa, pero el calor de los labios de la chica, la suavidad de su piel y la insistencia de su lengua disiparon cualquier rastro de resistencia. Brais dejó escapar un suspiro contra la boca de Valeria y, de manera casi instintiva, rodeó la cintura estrecha de la joven con sus brazos, pegando las caderas de ella contra las suyas y sintiendo la perfecta firmeza de su anatomía de 21 años.
El beso se volvió cada vez más intenso y húmedo, acompañado por los suaves gemidos que Valeria ahogaba en la boca del muchacho mientras las manos del joven comenzaban a deslizarse por su espalda baja, apretando con deleite la curva perfecta de sus nalgas moldeadas por el ejercicio.
Con el pulso acelerado y el deseo desbordándose por completo, Valeria rompió el beso por un segundo, lo miró a los ojos con una mezcla de fuego y absoluta complicidad, y tiró suavemente de la mano de Brais.
—Ven conmigo a la habitación... —pidió la streamer con la respiración agitada, guiando a su propio cuerpo original hacia la cama, dispuesta a cumplir la promesa de entregarle la virginidad de su nuevo cuerpo en una mañana que ninguno de los dos iba a olvidar jamás.
Valeria avanzaba a paso lento tirando de la mano de Brais, guiándolo por el pasillo corto que conectaba la sala con la recámara principal. El muchacho la seguía con la respiración entrecortada y el pulso latiéndole con fuerza en las sienes. La mezcla de sorpresa, deseo y la evidente fermosura de la chica de 21 años lo mantenían en un estado de trance.
Al cruzar el umbral del cuarto, el teléfono celular de Valeria, que llevaba apretado en la mano izquierda, comenzó a vibrar de forma frenética. Eran notificaciones consecutivas del grupo privado de WhatsApp.
Instintivamente, Valeria levantó la pantalla para echar un vistazo rápido mientras avanzaban hacia el borde de la cama.
Nora (39): @Valeria Confirma que ya llegó. Y por favor, mantén la cabeza fría. Es su primer día de trabajo formal.
Claudia (42): Coincido con Nora. Ni se te ocurra intentar nada alocado o abalanzarte sobre él hoy mismo. Lo vas a asustar, va a pensar que estamos locas o que es una trampa y va a salir huyendo de todos los trabajos.
Regina (45): Paso a paso, Valeria. Que se familiarice con los espacios, págale su jornada al terminar el día y deja que la tensión crezca sola. No arruines la estrategia del grupo en el minuto uno.
Silvana (38): Si el muchacho se espanta hoy, se nos cae la agenda a todas. Compórtate.
Al leer los mensajes en menos de dos segundos, una descarga de agua helada pareció caer sobre la nuca de Valeria. La excitación ciega que la dominaba dio paso a un pánico frío y calculador.
"Maldita sea...", pensó el fragmento de Brais dentro de Valeria, deteniéndose en seco justo frente al colchón. "Tienen razón... Apenas cruzó la puerta, no llevamos ni diez minutos y ya lo acorralé, lo besé con desesperación y lo traje arrastrando a la cama. Si sigo hasta el final y le entrego la virginidad de este cuerpo en su primera hora de trabajo, va a sospechar que hay algo muy turbio detrás de todas estas ofertas tan perfectas".
Valeria se mordió el labio con rabia, sintiendo cómo los dedos le temblaban sobre la pantalla del teléfono mientras respondía rápidamente en el chat del grupo para disimular.
Valeria (21): Tranquilas todas... todo bajo control. Solo estamos revisando los equipos. No voy a arruinar nada.
Guardó el teléfono en el bolsillo de su short y se giró hacia el muchacho. Brais la miraba desde el borde de la cama, confundido por la repentina pausa y con las mejillas encendidas por el beso de hacía un momento.
Valeria forzó una sonrisa fresca, dando un paso hacia atrás para poner una distancia prudente entre ambos y tratando de nivelar su respiración agitada.
—Pensándolo bien... creo que me adelanté un poquito —dijo Valeria con tono juguetón pero firme, acomodándose la sudadera corta para cubrirse el abdomen—. No quiero que pienses que soy una jefa descarada o que esto es una especie de prueba extraña. Primero es el deber y luego la diversión, ¿de acuerdo?
Brais parpadeó dos veces, soltando un largo suspiro de alivio teñido de una pizca de decepción.
—Eh... sí, claro, no hay problema —respondió el joven, rascándose la nuca con torpeza—. La verdad es que me tomó un poco por sorpresa...
—Lo sé, lo sé —se rio ella, guiñándole un ojo para aligerar el ambiente—. Mira, la estación principal de transmisión, las cámaras y la mezcladora de audio están en el escritorio de la sala. ¿Por qué no te acomodas ahí y te vas familiarizando con las conexiones y el software mientras yo voy a la cocina a preparar algo de tomar?
—Me parece perfecto —asintió Brais, levantándose de la cama y encaminándose de regreso hacia la sala para enfocarse en los aparatos.
En cuanto el muchacho se alejó y el sonido de las sillas al moverse confirmó que estaba concentrado en el escritorio, Valeria caminó a paso veloz hacia la cocina, cerrando ligeramente la puerta corrediza tras de sí.
Se apoyó de espaldas contra la barra de granito, dejándose caer un poco y llevándose las manos al rostro en un gesto de pura angustia. Sentía el pecho subiendo y bajando aceleradamente y el centro de su entrepierna aún ardiendo por el contacto inconcluso.
"La regué... la regué feo", se decía a sí misma en un monólogo interno desesperado, pasándose los dedos por el cabello castaño. "Si no llego a frenar a tiempo, nos acostamos aquí mismo. Y si las demás se enteran de que casi arruino todo el plan por no aguantarme las ganas, las maduras me van a devorar viva. Nora me va a meter una demanda por incumplimiento de pacto y Regina me va a dar una tunda".
Valeria sirvió dos vasos con agua helada con manos temblorosas, apoyando los puños sobre la barra mientras respiraba hondo para serenarse.
"Tengo que disimular perfectamente el resto del día", concluyó, mordiéndose el labio mientras miraba hacia la sala por la rendija de la puerta. "Hoy será un día de trabajo impecable. Le pagaré sus honorarios en efectivo, lo trataré como a un rey, y dejaré que las ganas acumuladas hagan su trabajo para la próxima vez que le toque venir a mi turno".
Valeria respiró hondo en la penumbra de la cocina, sosteniendo los dos vasos de agua helada hasta que la frialdad del cristal le templó el pulso. Se miró en el reflejo de la barra de granito, acomodó el cuello de su sudadera corta para disimular la agitación de su pecho y esbozó una sonrisa cargada de complicidad.
"Está bien", se dijo mentalmente con la picardía intacta de su 'Yo' masculino. "Frené a tiempo para no arruinar el plan colectivo ni espantar a mi cuerpo original en su primer día. Pero eso no significa que tenga que portarme como una santa. Voy a dejarlo con las ganas acumuladas, tan picado que no pueda pensar en otra cosa durante toda la semana".
Salió de la cocina haciendo sonar sus calcetines sobre el piso de madera. Brais ya estaba sentado frente al imponente escritorio de transmisión, examinando con ojos de experto las conexiones XLR de los micrófonos de condensador y las tarjetas de captura de video de alta gama.
—Toma, para el calor —dijo Valeria, apoyando el vaso helado justo a un lado de la mano del chico, cuidando que sus dedos rozaran intencionalmente la piel tibia de Brais durante un par de segundos extras.
—Gracias, Valeria —respondió el joven, tomando un sorbo rápido para refrescarse la garganta. La cercanía de la chica, su aroma frutal y la visión de sus piernas tonificadas a escasos centímetros seguían haciendo mella en su concentración, pero el entusiasmo por los equipos tecnológicos terminó por ganar terreno—. Oye, estuve revisando la configuración de la mezcladora y las entradas de video. Tienes un setup increíble. Pero cuéntame más para entender bien cómo optimizarlo... ¿de qué es exactamente todo tu contenido?
Valeria sonrió, acomodándose sobre el borde del escritorio justo al lado de la silla de Brais. Al sentarse ahí, sus shorts deportivos se subieron un par de centímetros más, dejando sus muslos al descubierto justo a la altura de los ojos del muchacho. Se cruzó de piernas con pausada elegancia, saboreando el ligero nerviosismo que cruzó la mirada de su cuerpo original.
—Manejo dos nichos principales en mis canales principales —explicó Valeria, apoyando un codo sobre la mesa y mirando al chico con atención—. Por un lado, todo lo que es gaming, directos de juegos competitivos y transmisiones de eventos. Y por el otro, el mundo del anime: análisis de temporadas, eventos de cultura pop y reacciones. Esos dos públicos son gigantescos y muy fieles.
Brais asintió con genuino interés, desviando la mirada hacia la pantalla secundaria donde se desplegaban las métricas de transmisión de la joven.
—Eso explica los overlays y la iluminación temática —comentó él—. Pero vi que también tienes carpetas con pruebas de hardware y componentes de gama alta bastante raros.
—Ah, eso es porque abrí un tercer segmento que está creciendo muchísimo —respondió Valeria, guiñándole un ojo—. Review de tecnología y dispositivos. Varias marcas internacionales de laptops, monitores, periféricos y teléfonos me contactan constantemente para que pruebe sus productos antes de que salgan al mercado.
Brais alzó las cejas, sorprendido por el alcance comercial de la chica de 21 años.
—¿Y las marcas no te exigen que hables bien de sus productos aunque sean una basura? —preguntó el muchacho con curiosidad—. Casi todos los creadores grandes terminan vendiéndose.
Valeria soltó una risita orgullosa, inclinándose ligeramente hacia adelante. Su escote suelto se abrió un par de milímetros, dejando entrever la firmeza turgente de su busto joven ante la vista de Brais, quien tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener la mirada fija en los ojos de la chica.
—Para nada. Ese es precisamente mi sello y la razón por la que mi comunidad confía en mí —sentenció Valeria con firmeza—. Cuando firmo contratos con esas compañías, les pongo una cláusula de hierro totalmente innegociable: voy a probar su producto, pero la reseña será cien por ciento honesta. No endulzo nada ni engaño a mis seguidores por un cheque. Si un procesador se sobrecalienta o un par de audífonos tiene un audio de porquería, lo digo abiertamente en cámara. Al principio a las marcas les daba miedo, pero ahora valoran más esa transparencia porque cuando recomiendo algo de verdad, mis seguidores lo agotan en minutos.
Brais contempló a Valeria con una mezcla de admiración profesional y atracción inevitable. La chica no solo poseía una anatomía espectacular que le encendía la sangre, sino también la mente clara, la audacia y los principios técnicos que él mismo compartía.
—Eso es brillante, Valeria... —admitió el joven, sonriendo con sinceridad—. De verdad respetas a tu audiencia y tu trabajo.
—Y por eso mismo te contraté a ti —respondió ella con voz suave y rasposa, inclinando la cabeza—. Necesito a alguien con tus conocimientos para que supervise las pruebas técnicas de los aparatos mientras yo grabo. Alguien detallista, inteligente... y que me guste tener cerca.
Durante las siguientes tres horas, ambos trabajaron codo a codo en una armonía perfecta. Brais reconfiguró los parámetros de codificación de video, optimizó la respuesta de los micrófonos y organizó los cables del escritorio. Mientras tanto, Valeria se mantuvo a su lado todo el tiempo: a veces inclinándose sobre sus hombros para señalar la pantalla, dejando que su cabello rozara la mejilla de Brais, o apoyando suavemente su mano sobre la del muchacho para corregir el ángulo de una cámara.
Cada pequeño roce, cada aliento cálido que la chica dejaba escapar cerca de su oído y cada movimiento de su figura joven eran calculados con absoluta maestría para mantener al Brais de 22 años en un estado de excitación latente, al borde del colapso, deseando que el tiempo no se agotara.
Dando las dos de la tarde, Valeria dio por terminada la sesión de trabajo técnico.
—Por hoy es más que suficiente, Brais —anunció la streamer con una sonrisa radiante—. Dejaste el estudio impecable. Eres un genio.
Valeria caminó hacia su bolso de marca sobre la barra, sacó un sobre de papel manila y se lo entregó en la mano a Brais. El muchacho lo abrió con curiosidad y sus ojos se dilataron de la impresión al contar cinco billetes nuevos de cien dólares.
—Valeria... aquí hay quinientos dólares. Es demasiado dinero por solo unas horas de trabajo de configuración... —alcanzó a protestar el joven.
—Es lo justo por tu talento y por aguantar a una jefa tan exigente como yo —respondió ella, cerrándole las manos sobre el dinero y apretándole los dedos con ternura—. Además, consideralo un adelanto. Nos veremos el próximo martes para la transmisión en vivo de reseñas de tecnología.
Valeria lo acompañó hasta la puerta del departamento. Antes de que Brais saliera al pasillo, la chica se puso de puntitas, le rodeó el cuello con los brazos y le plantó un beso cálido y prolongado justo en la comisura de los labios, dejando que el aroma de su piel lo envolviera por última vez.
—Cuida mucho ese dinero, mi amor... y sueña conmigo —susurró Valeria al oído del chico antes de guiñarle un ojo y cerrar la puerta con un suave clic.
Brais se quedó parado en el pasillo durante unos segundos, tocándose la mejilla donde aún sentía el calor de los labios de la streamer. Guardó el sobre con quinientos dólares en el bolsillo de su pantalón, sintiendo que el corazón le latía a mil por hora y con el cuerpo ardiendo de ganas por volver a ver a la chica. Caminó hacia las escaleras aturdido, fascinado y completamente atrapado en la red que su propio "Yo" en el cuerpo de Valeria había tejido con tanta inteligencia.
Brais caminó de regreso a su departamento con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sintiendo el volumen del sobre con los quinientos dólares contra su muslo. El trayecto se le hizo inexplicablemente corto; su mente rebotaba sin cesar entre el recuerdo del beso ardiente que Valeria le dio al llegar, la calidez de sus manos, la firmeza de sus muslos madurados por el ejercicio y la extraña naturalidad con la que se entendieron al ajustar los equipos de transmisión.
Al abrir la puerta de su modesto espacio, el olor a humedad y la pila de recibos acumulados sobre la mesa lo devolvieron a la realidad. Miró el calendario de la pared: el pago de la renta vencía en tres días y los servicios básicos ya estaban al límite.
—Apenas trabajé unas cuatro horas... —murmuró Brais para sí mismo, sacando los billetes sobre la mesa y contándolos de nuevo, incrédulo—. Quinientos dólares en efectivo. Esto cubre la renta, la comida de un mes entero y todavía me sobra. ¿De verdad existe tanta suerte?
Se dejó caer en su viejo sillón, apoyando la cabeza en el respaldo. La imagen de Valeria rozando sus labios y el perfume frutal que aún impregnaba su playera negra lo hicieron suspirar. La tensión acumulada en su cuerpo no había bajado del todo; la mezcla de alivio financiero y excitación inconclusa lo dejó flotando en un estado de calma extraña pero electrizante.
Mientras tanto, en el departamento de la streamer, Valeria sostenía el teléfono en alto mientras enviaba una nota de voz al grupo privado de WhatsApp:
Valeria (21): Atención a todas. El chico ya se fue a su departamento. Le entregué quinientos dólares en efectivo como adelanto y pago de su primera jornada. Se fue sano, salvo... y bastante impresionado.
Las respuestas en el chat no tardaron en llegar en cascada.
Nora (39): Excelente movimiento, Valeria. Todas sabemos perfectamente el estado de su cuenta bancaria. La renta vence este fin de semana y los recibos de luz y agua están por cortar. Necesitaba ese flujo de dinero inmediato para sacarse la presión de encima.
Silvana (38): Así es. Si el cuerpo original está estresado por cómo pagar el techo donde vive, no va a rendir con ninguna de nosotras ni va a disfrutar los encuentros. Primero hay que asegurarle la estabilidad básica.
Claudia (42): Y quinientos dólares no son nada para lo que nosotras manejamos. Mañana que sea mi turno o el de Nora, le entregaremos una suma similar. Para el viernes, el muchacho tendrá un colchón financiero que jamás ha visto en su vida.
Regina (45): Fisiológicamente necesita estar bien alimentado y sin ansiedad. Bien hecho, Valeria. ¿Se fue muy sospechoso por el dinero?
Valeria (21): Le dio un poco de pena, pero le dejé claro que es por su talento técnico. Ah... y le dejé un recuerdito en la mejilla y en los labios para que no se le olvide quién es su jefa favorita.
Nora (39): No te abuses, pequeña. Mañana me toca a mí en la oficina del bufete y voy a asegurarme de que mi atención sea todavía más... personalizada.
Valeria guardó el celular sobre la barra de la cocina con una sonrisa de satisfacción. Sabía que sus otras once versiones entendían perfectamente la situación: darle dinero no era un acto de caridad, sino la inversión estratégica de su propia mente para garantizar que el Brais original estuviera descansado, bien alimentado, libre de deudas y con la mente puesta únicamente en cumplir con la agenda rotativa que sus doce cuerpos femeninos le habían preparado.
Sentado a la pequeña mesa de su comedor, Brais destapó una lata de refresco y dio un bocado a su comida. La pantalla del televisor proyectaba una serie cualquiera para hacer ruido de fondo, pero su atención no estaba ahí. Los quinientos dólares descansaban alineados sobre el mueble de la televisión, recordándole en cada parpadeo que el problema inmediato de la renta y los servicios estaba oficialmente resuelto.
Sin embargo, el alivio económico no lograba desplazar la marejada de pensamientos que traía desde la mañana. Se llevó la mano a los labios, pasando la yema de los dedos por la esquina de la boca donde todavía le parecía sentir la calidez de Valeria.
—Apenas crucé la puerta y ya me estaba besando así... —murmuró Brais en voz baja, soltando una risa nerviosa mientras movía la comida con el tenedor—. Y luego la forma en que se frenó, como si supiera exactamente hasta dónde tensar la cuerda. Todo en ella es comodísimo, habla de tecnología igual que yo, le apasiona lo mismo... pero tiene una soltura que me vuelve loco.
Dió otro bocado, fijando la vista en la pantalla sin registrar realmente las imágenes. Lo que más le inquietaba —y al mismo tiempo le encendía la sangre— era la anticipación del día siguiente.
Según la agenda impecable que le habían enviado, mañana miércoles no iría con la streamer. Le tocaba presentarse por la tarde en el edificio corporativo del centro, directamente en el despacho de la abogada Nora Galván (39 años).
—El bufete de la abogada Galván... —pensó Brais, reclinándose en la silla y pasándose una mano por el cabello largo para acomodárselo detrás de las orejas—. Valeria es joven, directa y coqueta. Pero la licenciada Nora... esa mujer emana una autoridad y una elegancia que imponen desde el primer segundo. Si la streamer me dejó así con solo unas horas, no tengo idea de qué me espera mañana en una oficina a puerta cerrada con una abogada madura que me ofreció pagar en efectivo y sin rodeos.
Se terminó la comida, lavó su plato en el fregadero y se recostó en la cama mirando hacia el techo. Intentó cerrar los ojos para descansar, pero la imagen de la figura de Valeria y la expectativa de lo que ocurriría en el despacho de Nora mantuvieron a su cuerpo en una tensión constante, esperando con el pulso acelerado a que el reloj marcara la llegada del día siguiente.
Brais se levantó del colchón y abrió las puertas de su pequeño armario de madera. El contraste entre la realidad y sus nuevos compromisos no podía ser más evidente. La mayoría de su ropa consistía en camisetas sencillas, sudaderas gastadas y jeans de uso diario. Mañana no iría a un departamento universitario a configurar computadoras de streamer; le tocaba presentarse en una de las torres corporativas más prestigiosas de la ciudad para trabajar con la abogada Nora Galván.
Revisó prenda por prenda hasta encontrar lo más formal que poseía: una camisa de vestir de manga larga en tono azul oscuro que guardaba para ocasiones especiales, un pantalón de vestir negro que le ajustaba bien a la cintura y sus mejores zapatos de piel, los cuales comenzó a limpiar meticulosamente con un paño húmedo.
—Un bufete de abogados... —murmuró mientras sacudía el polvo del pantalón—. Al menos con esto no me veré tan fuera de lugar en un edificio de cristal.
Sin embargo, por más que intentaba concentrarse en doblar la camisa y alistar la mochila, los pensamientos sobre Valeria regresaban a su cabeza con una terquedad absoluta.
Se apoyó contra el borde del armario, mirando su reflejo en el espejo medio empañado de la puerta.
—Es que no tiene sentido... —se dijo a sí mismo, pasándose las manos por la cara—. Valeria es una chica hermosa, popular en redes, con miles de seguidores y marcas importantes detrás de ella. Tiene dinero, tiene estatus... Podría haber contratado a cualquier ingeniero senior con años de experiencia o a un equipo entero de producción. ¿Por qué buscarme a mí? ¿Por qué darme quinientos dólares por cuatro horas de trabajo?
Y lo que más le quemaba la cabeza no era solo el trabajo, sino la actitud de la joven.
—¿Y el beso? —Brais soltó una risa ahogada, sintiendo cómo las orejas se le ponían rojas al recordarlo—. No fue un saludo educado ni un jueguito. Fue un beso con ganas, de esos que te dejan sin aire. ¿Por qué yo? Podría tener al tipo que quisiera a sus pies...
Brais cerró los ojos un segundo, reviviendo la sensación del cuerpo de Valeria pegado al suyo mientras la guiaba hacia la recámara, el olor de su perfume frutal y la firmeza de sus muslos madurados por el ejercicio.
—Dios, es ridículamente sexy... —suspiró, dejándose caer de nuevo en la orilla de la cama con el pecho agitado—. ¿Y qué habría pasado si no se hubiera detenido? Si no entra esa llamada o ese mensaje al teléfono cuando estábamos a punto de meternos a su cuarto... Nos habríamos acostado ahí mismo. En mi primer día. Con mi jefa.
Se cubrió la cara con ambas manos, tratando de calmar la calidez que se le acumulaba en la entrepierna. La duda de por qué una chica tan inalcanzable lo trataba como si fuera el único hombre en el mundo lo devoraba, pero la mezcla de deseo latente y la intriga de lo que sucedería al día siguiente con la abogada Nora no lo dejaban en paz.
El miércoles por la tarde llegó con un sol imponente que se reflejaba en los cristales de las grandes torres financieras del centro de la ciudad. Brais se ajustó el cuello de la camisa azul oscuro y revisó su reflejo en el espejo del elevador del edificio corporativo. El pantalón negro y los zapatos bien boleados le daban un aspecto impecable, aunque no podía evitar sentirse un poco fuera de lugar entre tanto traje ejecutivo y portafolios de piel.
Las puertas del ascensor se abrieron en el piso doce. El letrero en letras doradas no dejaba lugar a dudas: "Galván & Asociados – Bufete Jurídico".
Brais caminó por el pasillo de mármol pulido hasta la recepción. Antes de que pudiera identificarse con la secretaria, la puerta principal del despacho privado de la dirección se abrió de par en par.
Nora Galván (39 años) apareció en el marco. Portaba un traje sastre de falda tubo en tono gris marengo que moldeaba a la perfección la curvatura de sus caderas maduras y acentuaba una cintura estrecha. La blusa de seda blanca revelaba un escote elegante pero sugerente, y su cabello oscuro recogido en un moño impecable dejaba al descubierto un cuello esbelto y unos labios pintados de un rojo carmesí imponente.
Al fijar sus ojos en el joven de 22 años, la mirada de Nora brilló con una intensidad dominante. La química hormonal de su cuerpo de 39 años se disparó al instante, sintiendo un calor denso y líquido recorrerle el vientre al ver a su propio cuerpo masculino vestido tan elegante para ella.
—Brais... justo a tiempo —dijo Nora con una voz grave, pausada y envuelta en un tono de absoluta autoridad—. Pasa, te estaba esperando.
—Buenas tardes, Licenciada Galván —respondió el muchacho, entrando al amplio despacho.
La oficina era imponente: grandes ventanales con vista a la ciudad, estantes de madera noble llenos de libros de derecho y un escritorio ejecutivo de caoba. Nora caminó detrás de él y cerró la puerta con llave, haciendo sonar el pestillo de metal con un chasquido deliberado que no pasó desapercibido para Brais.
El joven se giró un poco sorprendido, y Nora aprovechó para acortar la distancia a paso firme. El sonido de sus tacones sobre la alfombra gruesa retumbó en la habitación. Se detuvo a escasos centímetros de él, obligando a Brais a alzar ligeramente la vista para sostenerle la mirada. El perfume amaderado y costoso de la abogada envolvió por completo los sentidos del chico.
—Te ves impecable hoy, Brais —comentó Nora, alzando una mano para acomodarle el cuello de la camisa azul con una lentitud calculada. Sus dedos rozaron la piel de la garganta del joven, haciéndole dar un leve trago de saliva—. Muy profesional. Me gusta cuando un hombre sabe cómo presentarse en mi despacho.
—G-gracias, Licenciada... intenté venir lo mejor preparado posible —alcanzó a decir Brais, sintiendo que el ritmo de su corazón se aceleraba tal como le había ocurrido el día anterior con Valeria.
Nora sonrió con una mezcla de superioridad y deseo contenido. Había leído detenidamente el reporte de Valeria en el grupo de WhatsApp de la noche anterior, sabiendo que la streamer había tenido que frenar sus impulsos para no asustar al muchacho. Nora, con la madurez y el control de una mujer de 39 años, sabía exactamente cómo manejar la situación.
—Olvídate del "Licenciada" cuando estemos a puerta cerrada, Brais —susurró Nora, deslizando las yemas de sus dedos desde su cuello hasta su hombro, apretando la firmeza de sus músculos masculinos—. Aquí soy Nora. Y el trabajo que vamos a hacer requiere muchísima confianza entre los dos.
La abogada rodeó al muchacho a paso lento, inspeccionando su figura desde atrás mientras el joven mantenía la postura rígida. Nora se detuvo a su espalda, inclinándose lo suficiente para que su aliento cálido rozara la oreja de Brais.
—Primero vamos a revisar el software del sistema de expedientes en mi computadora —murmuró ella, apoyando suavemente una de sus manos en la cadera del chico—. Y después... me encargaré personalmente de que te sientas tan cómodo como ayer.
Un frío repentino recorrió la espalda de Brais. La palabra "ayer" retumbó en sus oídos como un eco atronador.
"¿Ayer? ¿Cómo carajos sabe lo de ayer?", pensó el joven de inmediato, sintiendo que un nudo se le formaba en la garganta mientras intentaba mantener la mirada fija en el gran ventanal de la oficina. "Yo nunca le dije a nadie lo que pasó en el departamento de Valeria... Ni siquiera hablé de mi horario con la abogada. ¿Se conocen? ¿Valeria le contó? ¿Es una coincidencia o algo de esto está conectado?".
Las preguntas se agolparon en su mente a una velocidad vertiginosa, pero la presencia imponente de Nora, el perfume elegante que la rodeaba y la firmeza de su mano sobre su cadera lo mantuvieron paralizado por un segundo. Brais apretó la mandíbula. Sabía que no estaba en posición de hacer preguntas comprometedoras; necesitaba este trabajo, el pago era excelente y la mujer frente a él no era alguien a quien se le pudiera cuestionar a la ligera en su propio bufete.
Decidió tragar amargo, disimular el sobresalto y refugiarse en lo que mejor sabía hacer: su trabajo.
—Claro... entiendo, Nora —respondió Brais, esforzándose porque su voz sonara firme y profesional, aunque por dentro las dudas lo estuvieran devorando—. Muéstrame el equipo y el sistema de expedientes para empezar a revisar la seguridad y las bases de datos.
Nora, que notó la breve rigidez en los hombros del muchacho y la leve aceleración de su respiración, soltó una risita baja y aterciopelada. Como la mujer inteligente de 39 años que era, supo al instante que se le había escapado un detalle del plan, pero no se inmutó en lo más mínimo. Mantuvo su postura dominante y la calma impecable de una abogada experta.
—Por aquí —dijo ella, retirando la mano de su cadera con suma lentitud y guiándolo hacia el enorme escritorio de caoba.
Nora se acomodó en su gran sillón de piel ejecutiva y le indicó a Brais que se sentara a su lado en una silla auxiliar. La cercanía era inevitable. Cada vez que Brais se inclinaba hacia el monitor para revisar las líneas de código del programa de almacenamiento del bufete, el hombro de Nora rozaba la manga de su camisa azul, y el movimiento de la falda tubo de la abogada dejaba al descubierto sus piernas cruzadas con elegancia.
Pese a la tormenta de sospechas que llevaba por dentro, el joven logró concentrarse. Con dedos ágiles sobre el teclado, empezó a escanear los registros del servidor, identificando brechas de seguridad y optimizando la velocidad de acceso a los expedientes confidenciales.
—Tienes una mente brillante para esto, Brais —comentó Nora en voz baja, apoyando la barbilla sobre su mano mientras lo observaba trabajar de perfil—. No solo eres eficiente, sino muy observador. Eso es una virtud muy rara y muy atractiva en un hombre.
—Solo me aseguro de que el sistema quede impenetrable —respondió Brais sin despegar los ojos de la pantalla, intentando mantener la cabeza fría—. Un bufete como este no puede permitirse filtraciones de información.
—Exacto —susurró la abogada, inclinándose un poco más hacia él hasta que su aliento cálido volvió a tocar la mejilla del chico—. No nos gustan las filtraciones... nos gusta tener todo bajo un control absoluto. Y créeme, sé muy bien cómo cuidar y recompensar a la gente que trabaja bien para mí.
Brais sintió un escalofrío recorrerle los brazos. Siguió tecleando a paso firme, tratando de ignorar el calor que la presencia de Nora provocaba en su cuerpo, mientras por dentro la incertidumbre no paraba de crecer: ¿qué relación real había entre Valeria y esta poderosa abogada?
A lo largo de las siguientes dos horas, Brais mantuvo la cabeza gacha y los dedos firmes sobre el teclado. Logró crear un script personalizado que encriptaba los archivos de los clientes y aceleraba las búsquedas de jurisprudencia en el servidor local. Era un trabajo impecable, pero la tensión en la oficina era casi palpable.
Nora no se alejó ni un solo segundo. Permaneció sentada tan cerca de él que el roce constante de sus muslos maduros contra el pantalón de vestir de Brais era ineludible. De vez en cuando, la abogada levantaba la mano para acomodarle un mechón de cabello suelto detrás de la oreja o le rozaba la espalda al inclinarse para ver un comando en la pantalla. Cada movimiento de la mujer de 39 años exudaba una sensualidad pausada, madura y dominante que mantenía al muchacho al borde de un colapso nervioso y físico.
—Terminé, Nora —anunció Brais finalmente, soltando el ratón y dejando escapar un suspiro disimulado—. El sistema está completamente optimizado y los respaldos se harán de forma automática todas las noches a las tres de la mañana. Nadie podrá acceder a los expedientes sin las credenciales de encriptación que te acabo de configurar.
Nora contempló la pantalla unos momentos y luego giró lentamente su sillón ejecutivo para quedar de frente a él. La mujer cruzó las piernas, haciendo que la apertura de su falda tubo dejara al descubierto un tramo tentador de su muslo.
—Un trabajo excelente, Brais —dijo ella con una voz profunda, cargada de satisfacción—. Sabía que no me equivocaba contigo. Eres minucioso, rápido y muy discreto.
La abogada abrió el cajón principal de su escritorio de caoba y sacó un sobre de papel blanco, grueso y pesado. Lo deslizó sobre la madera pulida hasta apoyarlo directamente sobre la mano de Brais.
—Son seiscientos dólares en efectivo —dijo Nora, cerrando sus dedos delgados y de uñas bien manicuradas sobre el puño del chico, apretando con una calidez firme—. Tu pago por esta tarde.
Brais abrió los ojos con sorpresa al sentir el grosor del sobre.
—Nora... esto es demasiado. Ayer con Valeria fueron quinientos y hoy...
—Ayer fue con Valeria, hoy es conmigo —lo interrumpió Nora suavemente, alzando una mano para posar la yema de su índice directamente sobre los labios de Brais, silenciándolo al instante—. En mi bufete se paga por la calidad del trabajo y la lealtad. Y tú acabas de proteger años de información confidencial. Te ganaste cada centavo.
El contacto de su dedo sobre la boca del muchacho hizo que a este se le acelerara el pulso. Nora se levantó con elegancia de su sillón, rodeó el escritorio y se detuvo justo a un lado de la silla de Brais. Se inclinó sobre él, apoyando ambas manos en los descansabrazos para acorralarlo dulcemente.
—Nos veremos el viernes por la mañana aquí mismo para revisar los registros de acceso —susurró la abogada a pocos centímetros de su rostro, dejando que el perfume costoso y el calor de su cuerpo envolvieran al muchacho por completo—. Descansa mañana, come bien... y no pienses demasiado en las coincidencias del destino, mi amor. A veces las cosas simplemente encajan como deben.
Nora se acercó aún más y le plantó un beso pausado y profundo cerca de la comisura de la boca, dejando que el aroma de su labial rojo carmesí lo embriagara antes de erguirse con elegancia.
—Puedes retirarte, Brais. La recepcionista te abrirá el acceso abajo.
El joven se levantó de la silla en automático, guardando el sobre en el bolsillo interior de su saco improvisado. Estaba aturdido, excitado y repleto de preguntas sin respuesta. Salió del despacho sintiendo la mirada firme de Nora clavada en su espalda hasta que la puerta de madera noble se cerró tras de sí.
Al llegar a la calle y sentir el aire fresco de la tarde, Brais sacó el sobre y lo apretó con fuerza. En solo dos días había reunido más de mil dólares trabajando apenas unas cuantas horas para dos mujeres deslumbrantes, famosas o poderosas en sus respectivos campos. Las piezas del rompecabezas no cuadraban del todo en su cabeza, pero la red de tentación, dinero y misterio en la que acababa de caer era demasiado perfecta como para intentar escapar.
El trayecto de regreso en el camión fue un borrón. Brais estuvo sentado junto a la ventana, apretando la mochila contra sus piernas mientras el sobre con los seiscientos dólares en el bolsillo interior le quemaba el pecho. La ciudad pasaba en cámara lenta frente a sus ojos, pero su cabeza no dejaba de repetir las palabras de Nora en un bucle tormentoso.
"Ayer fue con Valeria, hoy es conmigo."
—¿Cómo mierda dijo eso? —murmuró Brais entre dientes, pasándose una mano por el cabello largo y suspirando con frustración—. Fue tan natural... No dijo "con tu otra jefa" o "con la chica de ayer". Dijo Valeria. Con nombre y apellido. Y sabía exactamente que ayer estuve con ella y cuánto me pagó.
El impacto de la sorpresa en la oficina lo había dejado petrificado, pero ahora, a solas con sus pensamientos, el coraje por no haber reaccionado a tiempo comenzaba a carcomerlo.
—Fui un imbécil por no haberle preguntado en ese momento —se recriminó a sí mismo, apretando los puños sobre sus muslos—. Se me congeló la sangre. Estaba tan impresionado con la oficina, con el dinero y con la forma en que Nora se me acercó, que me quedé mudo. Dejé pasar el detalle más jodidamente importante de todos.
Se bajó del autobús y caminó a paso rápido hasta su edificio. Al entrar a su departamento, arrojó las llaves sobre la mesa y sacó los dos sobres. Sobre la cubierta de madera colocó los quinientos dólares de Valeria y los seiscientos de Nora. Mil cien dólares en efectivo en menos de cuarenta y ocho horas.
—Esto no es normal... no tiene ningún sentido —dijo en voz alta, dando vueltas por la sala mientras se desabrochaba los botones superiores de la camisa azul—. Valeria es una streamer famosa de veintiún años que vive de la tecnología y las redes. Nora es una abogada corporativa de treinta y nueve años con un bufete de prestigio en el centro. Son dos mundos completamente distintos. ¿Cómo carajos se conocen? ¿Por qué hablan de mí? ¿Por qué ambas me pagan cantidades ridículas en efectivo y me tratan como si... como si me conocieran de toda la vida?
Se apoyó contra la barra de la cocina, recordando el roce de los labios de Nora en la comisura de su boca y la forma en que Valeria lo había besado el día anterior. Había una extraña concordancia en la manera en que ambas lo miraban, en cómo medían sus límites y en la forma en que lo consolaban económicamente para asegurarse de que estuviera tranquilo.
—Es como si se hubieran puesto de acuerdo... —pensó Brais, sintiendo un escalofrío helado recorrerle la nuca—. Como si supieran perfectamente qué necesita cada una de mí y cuándo me toca estar con quién.
El joven sacó su celular, buscando el contacto de Nora para mandarle un mensaje y exigir una explicación, pero se detuvo con el pulgar sobre la pantalla. Recordó la mirada dominante de la abogada y su advertencia antes de salir: "No pienses demasiado en las coincidencias del destino, mi amor."
Brais dejó caer el teléfono sobre la mesa. La duda lo estaba volviendo loco, pero la intriga y el deseo de descubrir qué clase de juego estaban jugando aquellas doce poderosas y atractivas mujeres era un imán del que ya no podía separarse.
La noche cayó sobre la ciudad y el pequeño departamento de Brais quedó sumergido en una penumbra apenas rota por la luz fría del alumbrado público que se filtraba por la ventana.
El muchacho continuaba sentado en la orilla de la cama. Frente a él, sobre la mesa de centro, los mil cien dólares en efectivo destacaban como un trofeo irreal. Sin embargo, su atención no estaba en el dinero, sino en el torbellino de imágenes, aromas y sensaciones que no dejaban de asediarlo.
Cerró los ojos y, al instante, la figura de Valeria Sotomayor volvió a proyectarse en su mente: la soltura juvenil de sus 21 años, el abdomen plano marcado por el ejercicio, la calidez de sus muslos tonificados y la desesperación dulce con la que lo había acorralado contra la cama antes de frenarse en seco. Recordó el roce frutal de su aliento y la audacia con la que hablaba de su contenido de videojuegos y reseñas de tecnología, combinando una inteligencia brillante con una sensualidad al límite.
—Valeria es puro fuego... —murmuró Brais en la oscuridad, pasándose las manos por la cara—. Jovial, directa, hermosa... me besó como si llevara años esperándome.
Pero en cuanto intentaba aferrarse a la imagen de la joven streamer, la silueta imponente de Nora Galván se interponía con una fuerza devoradora.
La abogada de 39 años era todo lo opuesto y, a la vez, igual de peligrosa. Brais revivió la visión de su falda tubo ceñida a la curvatura de sus caderas maduras, el escote elegante que dejaba adivinar un pecho voluptuoso y pesado, el perfume amaderado que inundaba el despacho ejecutivo y esa voz grave, pausada, que no admitía replicas. Nora no le había pedido permiso; lo había dominado con una elegancia absoluta, rozando su piel con dedos calculados y hablándole con una familiaridad que le helaba la sangre.
—Y Nora... Dios santo, Nora es una mujer madura en su punto máximo —exclamó en un suspiro pesado, sintiendo cómo la sangre volvía a concentrarse con fuerza en su entrepierna—. Un movimiento en falso con ella y siento que me devora entero. Y lo peor es que sabe exactamente quién es Valeria, cuánto me pagó y lo que hice ayer.
Brais se levantó de la cama, caminando a tientas hasta la cocina para servirse un vaso con agua helada. Bebió a grandes tragos, tratando de bajar la temperatura de su cuerpo.
—No puede ser una coincidencia —se dijo a sí mismo, apoyando las palmas contra la barra de granito desgastada—. Dos mujeres espectaculares, de mundos opuestos, que me ofrecen trabajo el mismo día, me pagan fortunas en efectivo por pocas horas, me acosan con una atracción desmedida y, para colmo, están conectadas entre sí.
Se miró las manos. En menos de cuarenta y ocho horas, su vida de joven universitario en la miseria había dado un vuelco surrealista. Sabía que meterse en medio de esta red era un movimiento arriesgado, que podía haber algo muy turbio detrás o que quizás estaba siendo manipulado en un juego del que no entendía las reglas.
Sin embargo, al recordar el beso de Valeria y la caricia de Nora en su cuello, un escalofrío de morbo y expectativa le recorrió la columna.
—Mañana jueves me toca el tercer trabajo... la chef Miriam Salgado —recordó Brais, apretando el vaso con fuerza—. Si Miriam también sabe de esto, si también me trata como si fuera de su propiedad... entonces confirmaré que hay un complot. Pero sea lo que sea... no voy a dar marcha atrás.
Con la mente dividida entre el deseo joven de Valeria, la tentación madura de Nora y la intriga de lo que le esperaba al día siguiente, el Brais de 22 años se acostó finalmente en su cama, esperando que las horas pasaran rápido para descubrir hasta dónde llegaba la extraña red que lo rodeaba.
El jueves por la mañana, la ciudad despertó envuelta en un bochorno sofocante. Brais se levantó temprano, sintiendo la mente cargada de dudas pero el cuerpo lleno de una expectativa electrizante. Se vistió con unos jeans cómodos y una playera de algodón limpia, guardando en su bolsillo parte del dinero recibido en los días anteriores.
A las once de la mañana se presentó en la entrada trasera del exclusivo restaurante gourmet “Salgado”, ubicado en una de las zonas más gastronómicas de la ciudad. El aroma a especias, mantequilla derretida y carne asada inundaba el ambiente desde la calle.
Al cruzar la puerta de la cocina principal, el bullicio de los ayudantes de cocina y los sartenes chirriando se detuvo por un instante. Parada frente a la estación central de mando, vistiendo una filipina blanca ajustada de manga corta, se encontraba la chef Miriam Salgado (40 años).
El calor de los fogones encendidos hacía que finas gotas de sudor resbalaran por el cuello carnoso de Miriam, perdiéndose en el escote de su filipina parcialmente desabrochada. Sus caderas anchas y la firmeza turgente de sus pechos de 40 años destacaban bajo la tela blanca.
Al ver entrar al joven de 22 años, la mirada de Miriam se encendió con una hambre madura y profunda. La química de su cuerpo de 40 años reaccionó al instante al tener enfrente a su propia versión masculina.
—Llegas justo a tiempo, Brais —dijo Miriam con una voz cálida, rasposa y envolvente, secándose la frente con un paño limpio mientras caminaba hacia él.
—Buenos días, Chef Miriam —saludó el muchacho, intentando mantener la compostura mientras el intenso aroma a perfume gastronómico y piel canela de la mujer lo envolvía.
—Nada de "Chef" a puerta cerrada, cielo. Dime Miriam —respondió ella con una sonrisa juguetona, tomándolo del brazo con firmeza pero con una suavidad tentadora—. Ven, te voy a mostrar la oficina privada de la cocina donde está el servidor de comandas digitales.
Miriam lo guió hacia un privado de cristal templado al fondo de la cocina. En cuanto ambos entraron, la chef cerró la puerta de madera noble y le echó el seguro, aislando el ruido de los sartenes y dejando el ambiente en un silencio denso.
El espacio era reducido. Miriam se apoyó contra el borde del escritorio de madera, cruzando sus piernas maduras y dejando que el escote de su filipina quedara justo a la altura de los ojos de Brais.
—El sistema de comandas ha estado fallando con los pedidos de las mesas VIP —explicó Miriam, inclinándose ligeramente hacia él—. Necesito que lo dejes impecable. Pero antes... dime, ¿cómo te han tratado tus otros dos trabajos? ¿Valeria y Nora te dejaron descansar bien?
Brais se congeló en su sitio. El aire pareció escapársele de los pulmones.
"¿Valeria y Nora...?", pensó el joven, sintiendo que el corazón le daba un vuelco violento dentro del pecho. "¡No puede ser! Lo dijo directamente... Mencionó a las dos sin que yo dijera una sola palabra".
Brais dio un paso al frente, mirando a Miriam fijamente a los ojos, incapaz de contenerse por más tiempo.
—¿Cómo... cómo sabes de Valeria y de Nora? —preguntó Brais con la voz entrecortada pero firme—. Ninguna de las tres debería conocerse, y mucho menos saber en qué días trabajo con cada una. ¿Qué está pasando aquí, Miriam?
Miriam soltó una risa suave, profunda y cargada de una complicidad absoluta. Lejos de ponerse nerviosa, la chef de 40 años dio un paso hacia él, acorralando al muchacho contra la puerta cerrada. Levantó una mano de dedos cálidos y acarició la mejilla de Brais, bajando su tacto lentamente hasta la barbilla.
—Eres un chico muy listo, Brais —susurró Miriam, acercando su rostro al de él hasta que su aliento cálido rozó los labios del joven—. Pero no te preocupes por las coincidencias del destino. Somos tres mujeres ocupadas, poderosas... que casualmente compartimos los mismos gustos por los hombres jóvenes, talentosos y guapos como tú.
Miriam se pegó un poco más, dejando que la masa pesada y cálida de sus pechos rozara la playera del chico.
—Concentrate en el sistema de comandas hoy, mi amor —murmuró la chef contra su boca, rozando sus labios sensuales con los de él en un beso lento y prometedor que le hizo temblar las rodillas—. Haz tu trabajo... y al terminar, la chef te preparará la mejor comida de tu vida y te dará tu pago. Las explicaciones vendrán a su debido tiempo.
El beso de Miriam fue distinto al de Valeria y al de Nora. Fue un beso cálido, denso, empapado del aroma a especias y vainilla de la cocina, con la madurez de una mujer de 40 años que sabía exactamente cómo dominar a un hombre sin perder la dulzura. Brais sintió que las piernas le fallaban por un segundo, atrapado entre la marea de dudas que le quemaban la cabeza y la respuesta inevitable de su cuerpo ante la firmeza turgente del busto de la chef presionando su pecho.
Cuando Miriam rompió el contacto, le guiñó un ojo con coquetería y retrocedió un paso, dejándolo respirar.
—A trabajar, mi amor. La cocina no se detiene y las mesas VIP esperan —dijo ella, señalando la terminal del servidor con una sonrisa tranquila.
Brais se pasó una mano por la boca, sintiendo el sabor a brillo labial y perfume en sus labios. Aceptó que confrontarlas en ese momento no le daría respuestas claras; las tres jugaban con las mismas reglas, el mismo control y la misma abrumadora atracción hacia él.
Se sentó frente a la pantalla del sistema de comandas, concentrando su frustración en el código. Durante casi tres horas, desarmó la base de datos del restaurante, corrigió los errores de sincronización entre la cocina y los meseros, y programó una interfaz táctil simplificada para que los pedidos de la zona VIP salieran en tiempo récord.
A las dos y media de la tarde, Miriam volvió a entrar al privado portando una bandeja de plata. El olor que emanaba de los platos hizo que a Brais se le hiciera agua la boca al instante: un corte de carne en reducción de vino tinto, guarniciones gourmet y un postre artesanal.
—Dijiste que te encargarías del sistema y yo dije que te prepararía la mejor comida de tu vida —dijo Miriam, acomodando la bandeja en la mesa y sentándose justo a su lado, tan cerca que sus muslos volvieron a rozarse.
Brais probó el primer bocado bajo la mirada atenta y complacida de la chef. La comida era sencillamente espectacular. Mientras él comía con ganas, Miriam estiró la mano y le limpió suavemente una comisura de los labios con un paño, mirándolo con un afecto casi devorador.
—Comes con tanta energía... me fascina verte así —susurró la mujer de 40 años, pasándole los dedos por el cuello para acariciarle la nuca.
Al terminar, Miriam sacó un sobre grueso de papel manila de su filipina y se lo entregó directamente en la mano.
—Son seiscientos dólares en efectivo, Brais —anunció con voz suave—. Y la promesa de que los jueves comerás como un rey aquí conmigo.
Brais miró el sobre. Con este pago, acumulaba 1,700 dólares en apenas tres días de trabajo.
—Miriam... de verdad, esto es una locura. Tres mujeres, tres ofertas perfectas, tres pagos en efectivo absurdamente altos y las tres sabiendo exactamente quiénes son las demás —dijo Brais, mirando el sobre y luego a los ojos de la chef—. Ya no es una coincidencia. Es un complot organizado.
Miriam se inclinó sobre él, apoyando sus manos en los hombros del muchacho y rodeándolo con el calor de su cuerpo maduro.
—Llamalo como quieras, cielo —murmuró ella al oído, dejándole un beso tibio y húmedo en el cuello que lo hizo estremecer—. Complot, suerte o destino. Lo único seguro es que mañana es viernes, descansas de nosotros tres... pero la agenda de tu vida ya no la manejas solo tú. Nos vemos el próximo jueves, mi vida.
Brais salió del restaurante Salgado aturdido, con el estómago lleno, el bolsillo pesado de billetes y la absoluta certeza de que Valeria, Nora, Miriam y quizás otras mujeres más estaban coordinando cada uno de sus pasos en una red perfecta de la que, sinceramente, no estaba seguro de querer salir.
El sol de la tarde comenzaba a ocultarse mientras Brais caminaba de regreso a su departamento. El peso de los $1,700 dólares en su bolsillo era una prueba irrefutable de que su vida había cambiado de golpe, pero la certeza de estar atrapado en un juego cuidadosamente orquestado no lo dejaba en paz. Subió las escaleras a paso lento, entró a su hogar y cerró la puerta con doble seguro.
Se dejó caer en el sillón de la sala, sacó los tres sobres de dinero y los alineó sobre la mesa de centro: $500 de Valeria, $600 de Nora y $600 de Miriam.
—Tres días... tres mujeres de mundos opuestos... y las tres mencionaron a las demás como si tuvieran una agenda compartida —murmuró Brais, pasándose ambas manos por la cara—. Ya no es una sospecha. Hay un complot directo, y ellas están organizando mi tiempo, mi dinero y hasta mi espacio.
Apoyó la cabeza en el respaldo del sillón, suspirando con fuerza. Por un lado, la sensación de estar controlado le encendía una alarma en la cabeza; por el otro, la calidez de los besos, el trato de reyes, la solvencia económica inmediata y la abrumadora atracción que las tres le demostraban hacían que cualquier intención de huir se disipara al instante.
En ese mismo instante, en la cocina privada del restaurante Salgado, Miriam guardó los platos de la bandeja y sacó su teléfono móvil. Abrió la aplicación de WhatsApp y entró directamente al chat grupal privado (Proyecto Brais: Consentir al Jefe).
Sus dedos volaron sobre la pantalla con agilidad mientras redactaba la notificación urgente para el resto de las doce versiones:
Miriam (40): @Todas Atención. Acabo de terminar el turno del jueves con el chico. Trabajó impecable en el servidor de comandas, comió como un rey y le entregué sus $600 en efectivo.
Nora (39): ¿Hubo alguna anomalía, Miriam? Conmigo el miércoles estuvo bastante tenso cuando mencioné a Valeria.
Miriam (40): A eso voy. El chico ya ató cabos por completo. Me confrontó directamente en la oficina. Me preguntó cómo era posible que las tres nos conociéramos y supiéramos sus horarios exactos. Sabe con absoluta certeza que hay algo amañado en su entorno.
Las respuestas en el grupo estallaron de inmediato, haciendo vibrar las pantallas de las doce mujeres en distintos puntos de la ciudad.
Valeria (21): ¡Se los dije! Les dije que era demasiado obvio mencionarle los nombres de las demás en los primeros días. Se nos iba a espantar.
Claudia (42): Tranquila, Valeria. El muchacho es inteligente, tiene la misma mente analítica que nosotras. Era imposible ocultárselo por mucho tiempo.
Silvana (38): ¿Y cómo reaccionó al final, Miriam? ¿Se puso agresivo o amenazó con renunciar a los trabajos?
Miriam (40): Para nada. Se quedó aturdido, pero aceptó la comida, aceptó el pago y se fue con una mezcla de intriga y excitación brutal. Saboreó cada segundo del beso que le di.
Regina (45): Fisiológicamente está fascinado. El choque entre la lógica de su mente y la recompensa biológica de nuestro trato lo mantiene atrapado. Que sepa que hay una red cuidándolo no es malo, al contrario; reducirá su resistencia para cuando le toque el turno a las demás.
Karen (22): Entonces el plan sigue en marcha. Mañana viernes descansa de las tres primeras, pero la agenda del fin de semana está lista. Nos toca a nosotras.
Miriam guardó el teléfono con una sonrisa satisfecha mientras las doce coordinaban los siguientes pasos. El Brais original de 22 años descansaba en su casa sabiendo que estaba rodeado por un complot, pero ignorando por completo que la red no estaba compuesta solo por tres mujeres... sino por doce versiones de su propia esencia listas para reclamar su turno.
Brais se recostó en el sillón de su sala, con los tres sobres alineados sobre la mesa frente a él. Pasó la yema de sus dedos por sus labios, recordando la secuencia de los últimos tres días: el roce juguetón y ardiente de Valeria, la caricia dominante de Nora y el beso cálido con sabor a vainilla de Miriam.
—Honestamente... ¿qué importa si esto está amañado? —murmuró Brais para sí mismo, dejando escapar una risa baja mientras miraba hacia el techo—. Tres mujeres espectaculares, de posiciones acomodadas, pagándome una fortuna por pocas horas de trabajo y dándome besos en la mejilla y en la boca. Si esto es un complot o un experimento, que me inscriban a la versión extendida.
Se reclinó un poco más, sonriendo al pensar detenidamente en la streamer de 21 años.
—Valeria... es solo un año menor que yo —pensó, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso—. Es hermosa, famosa, súper inteligente con la tecnología y el otro día se frenó solo porque quiso. Ahora que estoy ganando mi propio dinero y acomodando mis cosas, tal vez no sea tan descabellado intentar ligármela de verdad. En una de esas, la jefa termina siendo algo más.
Con ese pensamiento rondándole la cabeza, se levantó, se sirvió un plato de comida reconfortante y se acomodó frente al televisor para relajarse tras tres días de tensión acumulada.
Justo cuando estaba disfrutando del primer episodio de una serie, su teléfono celular sobre la mesa comenzó a vibrar con la melodía de un mensaje entrante. Brais estiró el brazo y lo tomó. En la pantalla destacaba el nombre de Noly.
Noly había sido su mejor amiga desde hacía doce años. Se conocían desde la infancia, habían compartido proyectos escolares, tardes enteras de videojuegos y risas incondicionales. En los últimos meses se habían distanciado un poco por la falta de dinero y las ocupaciones de cada uno, pero la complicidad entre ambos seguía intacta.
El mensaje decía:
Noly: ¡Hola, feo! Oye, ¿sigues vivo o te comió el trabajo? ? Estaba viendo que este fin de semana por fin se estrena en el cine "Declarando mi amor: ¿Amigos o algo más? (Parte 1)". Sé que querías verla. ¿Vamos a verla juntos?
Brais sonrió al leer la pantalla. Hacía tiempo que no salía a distraerse como un muchacho normal de 22 años, y ahora, con $1,700 dólares en la bolsa, el dinero ya no era ningún obstáculo para invitarla a las mejores entradas y dulcería.
Le respondió de inmediato:
Brais: ¡Claro que sí! Me parece una excelente idea, ya me hacía falta salir un rato. ¿Qué día tenías pensado ir?
A los pocos segundos, los tres puntos de escritura aparecieron en el chat:
Noly: ¡Súper! Pensaba que fuéramos el sábado por la tarde. Así alcanzamos buena función, y después de la película nos vamos por ahí a divertirnos, a cenar algo rico o a tomar una cerveza. ¡No nos hemos visto en días y me tienes que contar todo de tus nuevos trabajos!
Brais: Hecho. El sábado es una cita entonces. Yo invito las entradas y las palomotas grandes.
Noly: ¿Uhh, andamos adinerados? Jajaja me parece perfecto. ¡Nos vemos el sábado! ?
Brais dejó el teléfono sobre la mesa con una sensación de calidez en el pecho. La idea de pasar el sábado con su amiga de toda la vida le daba un respiro perfecto en medio del torbellino de emociones con sus tres jefas. Sin embargo, lo que Brais no imaginaba era que el sábado también figuraba en la misteriosa agenda de las doce versiones... y que sus planes de fin de semana estaban a punto de volverse mucho más interesantes.
El sábado por la tarde, Brais se tomó su tiempo para arreglarse. Eligió una playera negra bien ajustada que resaltaba la amplitud de sus hombros, unos jeans oscuros impecables y sus tenis limpios. Antes de salir, tomó un paquete pequeño envuelto con esmero: un peluche en miniatura del personaje favorito de anime de Noly que había comprado esa misma mañana. Con el sobre de dinero bien resguardado, se encaminó al centro comercial con una sonrisa relajada.
Al llegar a la entrada del cine, divisó a Noly esperándolo junto a la taquilla. Vestía una blusa sencilla de color claro, un pantalón de mezclilla y llevaba el cabello recogido de forma natural.
—¡Llegas a tiempo, feo! —exclamó Noly con una sonrisa radiante cuando lo vio acercarse.
—Nunca llego tarde cuando se trata de una buena película —respondió Brais, extendiéndole el pequeño regalo con un guiño—. Ten, para ti. Por aguantarme doce años.
Los ojos de Noly se iluminaron con auténtica sorpresa y emoción. Tomó el detalle, abrazándolo contra su pecho.
—¡Brais! No tenías que hacer esto... ¡está hermosísimo, gracias! —dijo ella, alzándose ligeramente para darle un beso tierno en la mejilla.
Compraron las entradas y una bandeja gigante de palomitas con refrescos. Durante la proyección de "Declarando mi amor: ¿Amigos o algo más? (Parte 1)", la atmósfera en la sala era de pura diversión. Reían con los chistes de la trama y comentaban las escenas en susurros.
Sin embargo, a lo largo de la función, Brais estuvo tan concentrado en la pantalla que no alcanzó a notar los pequeños detalles: cada tanto, en medio de las penumbras de la sala, Noly giraba el rostro para mirarlo de reojo. Su mirada no era la de una simple amiga de la infancia; había un brillo profundo, una mezcla de nostalgia, ternura y un anhelo contenido que llevaba años guardando en silencio.
Al terminar la película y encenderse las luces, salieron sonrientes entre la multitud que abandonaba el cine, caminando por el pasillo del centro comercial en busca de un restaurante para cenar.
—La película estuvo increíble, pero ese final de suspenso me dejó con ganas de la parte dos —comentaba Brais mientras bajaban por las escaleras eléctricas.
—¡Sí! Aunque el protagonista es un despistado total, no se da cuenta de lo que tiene enfrente —se rio Noly, dándole un leve codazo.
Justo cuando cruzaban el pasillo principal hacia la zona de restaurantes, dos figuras femeninas deslumbrantes aparecieron caminando en dirección contraria. Una de ellas llevaba un conjunto deportivo ceñido de marca que acentuaba sus curvas jóvenes: era Valeria Sotomayor (21). A su lado, luciendo un atuendo casual pero sumamente coqueto, caminaba Karen (22), otra de las doce versiones.
Valeria clavó la mirada en Brais e inmediatamente se le dibujó una amplia sonrisa en los labios.
—¡Brais! ¡Qué coincidencia encontrarte por aquí! —saludó Valeria con soltura, acortando la distancia a paso firme.
Brais se detuvo en seco, sorprendido.
—¿Valeria? Hola... no esperaba verte por el centro comercial —respondió el muchacho, sintiendo que la presencia de la streamer volvía a acelerarle el corazón.
—Andaba dando una vuelta con una gran amiga mía —explicó Valeria con naturalidad, girándose para presentar a la chica a su lado—. Ella es Karen.
—Un gusto, Brais —dijo Karen con una sonrisa dulce pero cargada de una picardía oculta que el joven no alcanzó a descifrar del todo.
—Mucho gusto, Karen —asintió el chico.
Lo que Brais no percibió fue la brevísima mirada de reconocimiento absoluto que cruzaron Karen y Valeria al fijar los ojos en Noly. Ninguna de las dos dijo nada que revelara la verdad —respetando la regla de no identificarse como sus 'Yo' pasados—, pero para ambas, la presencia de la amiga de la infancia no era ninguna sorpresa. Conocían a Noly desde hacía doce años; era la chica que siempre había estado al lado de su cuerpo original.
Asimismo, Valeria y Karen notaron de inmediato la tensión en el rostro de Noly. La chica se había quedado rígida a un lado de Brais, apretando el peluche contra su costado y mirando a la deslumbrante streamer con un destello inconfundible de celos y zozobra en los ojos. La diferencia de presencia, soltura y atractivo entre la famosa streamer y ella era un golpe directo a su inseguridad.
—Bueno, no los entretenemos más, seguro van a cenar —dijo Valeria, dando un paso adelante y tocando el brazo de Brais con la misma coquetería de siempre—. Nos vemos el martes en el estudio, Brais. Cuídate mucho.
—Que tengan bonita tarde —agregó Karen, regalándole a Brais un guiño discreto antes de alejarse junto a Valeria por el pasillo.
Brais se quedó viéndolas irse unos segundos hasta que la voz de Noly lo devolvió a la realidad.
—Así que... ella es tu jefa —comentó Noly en un tono bajo, apretando los labios mientras reanudaban la caminata.
—Sí, Valeria. Te conté que le ayudo con sus equipos de transmisión —respondió Brais, sin notar la tristeza contenida en su amiga.
—Es... es hermosísima. Y súper sexy —dijo Noly, intentando sonar neutral pero dejando escapar una mueca amarga—. Solamente... no vayas a hacer cosas indebidas con ella, ¿sí? No te vayas a meter en problemas...
Por dentro, el corazón de Noly se sentía encogido. Al ver a Valeria tan segura, tan hermosa y tan cercana a Brais, la chica sintió un abismo de diferencia entre la streamer y ella. Se sentía insignificante en comparación.
Cenaron en un lugar tranquilo, pero el ambiente ya no tenía la misma ligereza del principio. Brais intentó animar la conversación, pero Noly respondía con sonrisas forzadas y respuestas cortas.
Al salir del restaurante, Brais se ofreció a acompañarla hasta la puerta de su casa, como solía hacerlo siempre.
—No te preocupes, de verdad —dijo Noly, deteniéndose en la parada de autobuses y forzando una sonrisa amable—. Voy a pasar a hacer unas compras antes de ir a mi casa, así que me queda de paso otro camión. Muchas gracias por la película y el regalo, Brais. Me divertí mucho.
—Está bien... avísame en cuanto llegues, ¿sí? —respondió el joven, dándole un abrazo afectuoso que ella correspondió apretándolo un poco más de lo normal.
Se despidieron. Brais tomó su camino hacia el departamento, extrañado por el cambio de ánimo de su amiga, pero atribuyéndolo al cansancio.
Noly, por su parte, caminó a paso lento hacia la parada. Miró el pequeño peluche que llevaba en las manos y dejó escapar un suspiro entrecortado mientras se le cristalizaban los ojos. Miró hacia el cielo de la tarde y murmuró en voz muy baja, para la nada:
—Por favor... que Brais no se enamore de su jefa... Sería tan injusto que este amor que siento por él desde hace años... no sea correspondido...
El sol del domingo se filtraba flojamente por la persiana rota de Brais. Tras la extraña noche del sábado con Noly —quien se había despedido con un aura de melancolía que él no terminaba de descifrar—, el joven descansaba en su cama con la mente dividida. Por un lado, la nostalgia y el cariño de doce años de amistad con Noly; por el otro, la vertiginosa realidad de sus últimos días, donde $1,700 dolares en la billetera y tres mujeres despampanantes le habían cambiado la vida de la noche a la mañana.
Brais aún no tenía la menor idea de lo que su proyector electromagnético había provocado al explotar en aquella calle. Ignoraba por completo que doce mujeres albergaban fragmentos de su propia psique y que, tras Bambalinas, existía un chat grupal donde organizaban turnos para cuidarlo, financiarlo y entregarse a él. Para Brais, simplemente estaba teniendo una racha de suerte absurda, casi irreal.
A las 10:00 a.m., su teléfono vibró sobre la mesa de noche.
[WhatsApp - Valeria Sotomayor]
"¡Hola, mi técnico estrella! ? Traes cara de que necesitas un descanso de verdad. Mi departamento está solo, acabo de terminar un stream y el servidor secundario de mi PC de renderizado está dando lata. ¿Te vienes? Te pago la jornada completa y... bueno, nos quedamos donde nos quedamos el martes."
Brais sonrió, sintiendo un latido acelerado en el pecho. Valeria, la streamer de 21 años, de cuerpo atlético y tonificado, había sido la primera con quien tuvo contacto tras el incidente. Aquel beso del martes le había dejado los labios ardiendo toda la semana. Sin pensarlo dos veces, se levantó, se duchó, se vistió con sus jeans habituales y caminó hacia el edificio de departamentos donde vivía la joven.
Al llegar a la puerta del departamento de Valeria, Brais tocó un par de veces. La puerta se abrió casi al instante y el aliento se le congeló en la garganta.
Valeria estaba de pie frente a él. Llevaba una playera holgada de un anime que apenas le cubría a mitad de muslo y unos shorts deportivos tan cortos que eran prácticamente invisibles. Su cabello castaño estaba recogido en un desordenado moño alto, y sus ojos brillaban con una intensidad hambrienta, mezclada con una devoción sin reservas.
—Llegas justo a tiempo, Brais... —susurró ella, haciéndose a un lado para dejarlo pasar y cerrando la puerta con seguro de inmediato.
El departamento olía a una combinación de aroma dulce de vainilla y el calor tenue del equipo de cómputo encendido.
—Me dijiste que el servidor secundario... —empezó a decir Brais, girándose para mirarla, pero Valeria no lo dejó terminar.
El fragmento de la mente de Brais que habitaba en Valeria, fusionado con sus propios instintos y una atracción desenfrenada, terminó de quebrantar cualquier intento de contención. La joven dio dos pasos rápidos, se empinó y le rodeó el cuello con ambos brazos, sellando sus labios con los de él en un beso hambriento, sucio y sin rodeos.
Brais soltó su mochila, la cual cayó al suelo con un golpe sordo, y correspondió el beso rodeando la cintura firme de la streamer. La lengua de Valeria buscó la suya con desesperación, soltando gemidos ahogados contra su boca mientras pegaba su cuerpo tonificado contra el de él.
—No hay ningún servidor fallando, tonto... —gimió Valeria entre besos, separándose apenas unos milímetros, con la respiración entrecortada y las mejillas encendidas—. Desde el martes no puedo pensar en otra cosa... mi cabeza, mi cuerpo... todo en mí me exige tenerte. Ya no aguanto más.
La mirada de Valeria bajó directamente a la entrepierna de Brais, donde la proximidad de la joven ya había provocado una reacción biológica e inevitable. La tela de los jeans de Brais se tensaba con una firmeza imponente, dibujando un bulto rígido y voluminoso.
Valeria se quedó sin aliento. Un calor intenso y líquido comenzó a bajarle por el bajo vientre, empapando de inmediato su ropa interior de encaje. Se dejó caer de rodillas frente a él sin el menor rastro de duda o timidez.
—Valeria... ¿qué haces? —articuló Brais, sorprendido por la sumisión y la entrega absoluta de la chica.
—Lo que debí hacer desde el martes... —respondió ella con voz grave y temblorosa.
Con dedos ágiles, desabrochó el cinturón de Brais, bajó el cierre de sus jeans y deslizó la tela junto con su bóxer hacia abajo. Frente a los ojos desorbitados de la streamer quedó expuesto un miembro completamente erecto, grueso y venoso, que latía con fuerza exhalando un denso aroma a masculinidad pura.
Valeria tragó saliva, fascinada por la visión. Sin dudarlo, inclinó la cabeza y rodeó la gruesa cabeza del pene con sus labios calientes, soltando un gemido ahogado al sentir la firmeza del joven. Comenzó a succionar con un ritmo desesperado, subiendo y bajando la cabeza mientras sus manos acariciaban los muslos de Brais, entregándose por completo al placer de complacerlo.
—Ah... joder, Valeria... —maldijo Brais en un suspiro, echando la cabeza hacia atrás mientras las manos se le hundían instintivamente en el cabello de la joven.
Tras unos minutos de una felación intensa que dejó el miembro de Brais completamente bañado en lubricación y saliva, Valeria se puso de pie con las piernas temblorosas. Se quitó la playera holgada de un solo tirón y dejó caer sus shorts y su ropa interior al suelo, quedando completamente desnuda frente a él. Su cuerpo de 21 años, esculpido y de piel suave, estaba completamente expuesto; sus pechos firmes se elevaban con cada respiración rápida y su zona íntima brillaba por la abundante lubricación natural que escurría por la cara interna de sus muslos.
—Llévame al sofá... por favor, Brais... hazme tuya de una vez —suplicó ella, con la mirada empañada por el deseo puro.
Brais no necesitó más invitación. La tomó por la cintura, levantándola levemente, y la recostó sobre el amplio sofá de piel de la sala. Valeria abrió las piernas de par en par, arqueando la espalda y exponiendo sus labios vaginales hinchados y rosados, que destilaban jugos transparentes sobre el tapiz.
Brais se posicionó entre sus muslos, acomodando la punta caliente y húmeda de su miembro directamente en la entrada de la vagina de Valeria.
—Asegúrate de que sea profundo... no tengas piedad —susurró Valeria, aferrándose a los hombros de Brais.
Con un empuje firme y seco, Brais se hundió en su interior. La estrechez de Valeria era abrumadora, aprisionando el grosor del miembro en un abrazo cálido y asfixiante que le sacó un grito gutural a la joven.
—¡AAAAHHH! ¡Brais!... ¡Diablos, está tan grande!... ¡Me llenas por completo! —gritó Valeria, cerrando los ojos con fuerza mientras sus uñas se clavaban en la espalda del joven.
Brais no esperó a que se acostumbrara. Comenzó a embestirla con un ritmo pesado, profundo y constante. El sonido húmedo y rítmico del choque de sus pelvis retumbó en la estancia, acompañado por los gemidos descarados e incoherentes de Valeria, quien movía la cabeza de un lado a otro sobre los cojines.
—¡Sí... así!... ¡Fóllame, Brais!... ¡Soy tuya... completamente tuya! —deliraba la streamer, totalmente doblegada por el éxtasis y por la devoción que el fragmento de la mente de Brais le dictaba en cada fibra de su ser.
El ritmo de las embestidas se volvió más salvaje. Brais la sujetó de las caderas, levantándola ligeramente para clavarse aún más profundo en su cuello uterino. Cada golpe desataba una ola de espasmos en el cuerpo de Valeria, hasta que un orgasmo masivo la sacudió por entero, haciendo que las paredes de su coño se contrajeran violentamente alrededor del pene de Brais.
—¡Me vengo!... ¡Brais, me estoy viniendo! —chilló ella, arqueando el cuello hacia atrás.
Sintiendo la opresión salvaje de la vagina de Valeria y rozando su propio límite, Brais aceleró tres embestidas finales con toda su fuerza, sepultando su miembro hasta la base. Con un gemido sordo, descargó una ráfaga abundante y caliente de semen directamente en lo más profundo del útero de la joven.
Valeria soltó un último suspiro tembloroso, sintiendo la calidez de la eyaculación expandirse por su interior, lo que prolongó su clímax por varios segundos más.
Minutos después, la calma regresó a la sala.
Valeria descansaba con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Brais, trazando círculos perezosos sobre su abdomen con la yema de los dedos. El ambiente olía intensamente a sexo, y un hilo espeso de fluidos compartidos escurría lentamente hacia las sábanas del sofá.
—Eres increíble, Brais... —murmuró Valeria con una sonrisa de devoción absoluta, besándole el hombro—. No tienes idea de cuánto esperé este momento.
Brais sonrió, acariciándole el cabello, sintiendo una mezcla de satisfacción absoluta y asombro. Todo parecía un sueño perfecto.
Sin embargo, cuando Valeria se levantó un momento para ir al baño, su teléfono personal, que descansaba sobre la mesa de centro, se iluminó con la llegada de una notificación silenciosa de WhatsApp. Brais, que estaba estirando los brazos, echó un vistazo de reojo a la pantalla encendida.
Lo que vio lo dejó helado.
[WhatsApp - Grupo: "Proyecto Brais: Consentir al Jefe"]
Nora Galván: "Valeria, ya son las 2:00 p.m. Supongo que ya terminaste tu turno con el jefe. No lo agotes demasiado, recuerda que mañana lunes le toca a Claudia en las boutiques y necesita estar al 100%."
Dra. Regina: "Confirmado. Por favor asegúrense de que coma bien antes de que regrese a su departamento. Y Valeria... no te quedes con todo el crédito."
Brais se quedó petrificado en el sofá. Las palabras flotaban en la pantalla de cristal.
"¿Proyecto Brais: Consentir al Jefe?"
"¿Mañana le toca a Claudia?"
"¿Turno?"
El cerebro del joven técnico intentó procesar la información, pero nada tenía sentido lógico en su cabeza. Valeria, Nora, Regina... y una tal Claudia. Todas estaban conectadas. Todas sabían exactamente lo que hacía, con quién estaba y a qué hora. No era suerte. No era una racha casual.
Había una organización secreta operando a sus espaldas, y él era el centro absoluto de todo.
La pantalla del teléfono se apagó automáticamente, devolviendo el reflejo de un Brais con el rostro desencajado y la respiración contenida. La euforia y el placer del clímax se esfumaron en un segundo, reemplazados por un frío helado que le recorrió la espina dorsal.
Escuchó los pasos de Valeria regresando del baño. Venía secándose el cabello con una toalla pequeña, luciendo únicamente una bata de seda semiabierta. Sonreía con soltura, pero esa sonrisa se congeló al ver a Brais de pie junto a la mesa de centro, con los brazos cruzados y la mirada fija en ella como un halcón.
—Brais... ¿pasa algo? —preguntó Valeria, dando un paso atrás por el repentino cambio de atmósfera.
—¿Qué demonios es "Proyecto Brais: Consentir al Jefe"? —disparó él con voz seca, directa y sin espacio para rodeos.
Valeria palideció visiblemente. Su mano apretó la toalla contra su pecho y sus ojos revolotearon hacia el teléfono apagado sobre la mesa.
—Brais, yo... no es lo que piensas, es solo...
—No me vengas con rodeos, Valeria —la interrumpió él, dando un paso al frente con una autoridad imponente—. Leí el mensaje de Nora. Leí lo de Regina. Sé que tienen un grupo. Sé que se están turnando los días, sé que planean mis horarios, mis sueldos y hasta con quién voy a estar. Exijo que me digas la verdad ahora mismo o me voy, renuncio a lo que sea que esté haciendo para ustedes y no me vuelves a ver en tu vida.
Valeria dio un paso rápido hacia él, intentando tomarle las manos con desesperación.
—¡No! ¡Brais, no digas eso! Piénsalo bien... —dijo ella, intentando usar su tono más seductor mientras deslizaba la bata para dejar al descubierto sus hombros y el contorno de su pecho—. Si te vas... si renuncias a esto, te vas a quedar sin todo lo que hemos preparado para ti. Te quedarás sin el dinero, sin la estabilidad... y te quedarás sin nosotras, sin este sexo que tanto te gusta. Mira cómo nos complementamos, piensa en lo bien que la pasamos hace unos minutos...
Brais le apartó las manos con firmeza, sin dejarse manipular.
—No me cambies el tema, Valeria —dijo él mirándola fijamente a los ojos, con la voz firme—. Si me quedo sin dinero o sin trabajo, buscaré por otra parte. Sé lo que valgo y el sexo puede esperar. No voy a ser el juguete de nadie ni el experimento de un club secreto. O me dices exactamente qué carajos está pasando aquí y por qué todas están metidas en mi vida, o cruzo esa puerta en este mismo segundo.
Valeria se quedó en silencio, temblando levemente. Al notar que la amenaza de perder el trabajo o el placer no funcionaba y que la determinación de Brais era absoluta, soltó un largo suspiro de resignación. La máscara de coquetería cayó por completo, dejando al descubierto una mirada cargada de devoción pura, honestidad y una extraña lógica que a Brais le pareció aterradoramente familiar.
—Está bien... tienes razón. Te debo la verdad —murmuró ella, sentándose en el borde del sofá y cruzando las piernas—. Celular en mano, si quieres... pero escucha con atención, porque va a sonar a locura.
Brais no se sentó, pero mantuvo los brazos cruzados, atento a cada palabra.
—¿Te acuerdas del martes pasado? —empezó Valeria—. ¿Te acuerdas de la prueba de tu prototipo electromagnético en la calle? Cuando el condensador sobrecargó y el aparato explotó emitiendo esa onda de luz púrpura...
Brais frunció el ceño.
—Sí. El prototipo falló, la onda se expandió y destruí mi equipo. ¿Qué tiene que ver eso?
—Tiene que ver todo, Brais —explicó Valeria, mirándolo a los ojos con total seriedad—. Tu aparato no solo falló; emitió una frecuencia que fragmentó tu mente, tu psique. En un radio de cincuenta metros, doce mujeres fuimos alcanzadas por esa descarga. Para ser específicos... doce fragmentos de ti salieron expulsados de tu cuerpo original y se alojaron dentro de nosotras.
Brais parpadeó, completamente desconcertado.
—¿Qué?... ¿Me estás diciendo que están poseídas o algo así?
—No "poseídas" —corrigió Valeria, usando exactamente la misma lógica analítica que Brais empleaba para sus proyectos de software—. Tu mente no borró las nuestras. Tu psique se fusionó con nuestras memorias, nuestros cuerpos y nuestras vidas. Somos una copia exacta de ti en muchos aspectos: pensamos con tu lógica, compartimos tu pasión por la tecnología, tu sentido del orden... pero combinado con lo que ya éramos. Y al mismo tiempo, el ver al Brais original desató en todas una necesidad biológica y emocional de protegerte, de financiarte... y de entregarnos a ti.
Brais la miraba como si estuviera hablando en otro idioma, pero la precisión con la que Valeria explicaba la teoría del choque de frecuencias encajaba perfectamente con las leyes de la física que él mismo había calculado.
—¿Doce?... —alcanzó a articular él—. ¿Quiénes son las otras?
Valeria suspiró y comenzó a enumerarlas con total naturalidad, revelando la red completa que se había construido a su alrededor:
—Somos doce en total, divididas prácticamente por nuestras edades y sectores:
Las cuatro jóvenes (de 20 a 23 años):
• Yo, Valeria Sotomayor (21 años): Creadora de contenido, streamer y estudiante de arquitectura.
• Mireia Beltrán (20 años): Entrenadora personal con un físico atlético.
• Karen Domínguez (22 años): Modelo y recepcionista.
• Alba Cárdenas (23 años): Gerente de una cafetería.
Las ocho mujeres maduras (de 38 a 45 años):
• Nora Galván (39 años): La abogada corporativa que ya conociste en su bufete.
• Miriam Salgado (40 años): La chef ejecutiva de su propio restaurante gourmet.
• Dra. Regina Montemayor (45 años): Cirujana plástica y reconstructiva.
• Claudia Zepeda (42 años): Empresaria de la firma de boutiques y banquetes.
• Silvana Barrientos (38 años): Agente inmobiliaria de propiedades de lujo.
• Beatriz Mendiola (41 años): Profesora universitaria.
• Teresa Orozco (44 años): Contadora ejecutiva.
• Giselle Villarreal (43 años): Diseñadora de interiores con su propia firma.
Valeria hizo una pausa, dejando que la abrumadora lista de nombres, edades y puestos de poder resonara en la habitación.
—Nos encontramos por coincidencia en la calle tras la explosión —continuó la streamer con voz suave—. Reconocimos la misma vibración en cada una. Creamos el grupo de WhatsApp para organizarnos. Sabíamos que estabas pasando por un momento financiero miserable, así que acordamos una agenda rotativa. Te daremos trabajo, te pagaremos sueldos altos en efectivo, te protegeremos... y nos turnaremos para tenerte. Todo está coordinado para no agotarte y para que cada una tenga su momento contigo.
Brais se llevó una mano a la frente, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. Miró a Valeria, luego al teléfono y finalmente a la ventana. El rompecabezas que lo había atormentado durante los últimos días acababa de armarse de forma perfecta, pero la verdad era mil veces más surrealista de lo que jamás imaginó.
—Así que... —murmuró Brais, procesando la información—... no es coincidencia que todas ustedes me traten como si me conocieran de toda la vida... porque literalmente tienen una parte de mí adentro.
—Exactamente —respondió Valeria, poniéndose de pie despacio y acercándose a él con mirada humilde—. Ahora lo sabes todo, Brais. No hay más secretos. La decisión es tuya: puedes marcharte... o puedes dejar que tus 12 versiones cuiden de ti.
Valeria dio un par de pasos hacia adelante y tomó suavemente la mano de Brais, quien aún intentaba digerir la tremenda revelación.
—Hay algo más que debes entender, Brais —dijo ella con un tono más pausado y reflexivo—. ¿Recuerdas lo que pasó el sábado? Cuando nos encontramos
Brais parpadeó, frunciendo el ceño al conectar los puntos.
—Un momento... ¿Karen? ¿La chica alta y despampanante con la que estabas cuando nos encontramos por casualidad? ¿Ella también...?
—Sí, Karen Domínguez, la de 22 años —asintió Valeria con una sonrisa paciente—. Ella también es una de nosotras. Por eso reaccionó de esa manera tan natural contigo. El punto es lo que pasó cuando Noly vio como nos llevábamos.
Brais recordó la mirada de Noly en ese instante: la incomodidad, los celos mal disimulados, y más tarde, esa vibra de tristeza y melancolía con la que se despidió tras despedirse.
—Noly reaccionó muy raro —admitió Brais, pasándose una mano por la nuca—. Estaba distante, triste... Pensé que solo estaba cansada por el trabajo o estresada.
—No estaba cansada, Brais —interrumpió Valeria, mirándolo fijamente a los ojos—. Noly está profundamente enamorada de ti. De ti, del Brais original.
El joven se le quedó viendo, perplejo.
—¿Qué? No... Valeria, Noly y yo somos amigos desde hace doce años. Nos conocemos desde niños, nos tenemos confianza, jugamos videojuegos, nos contamos todo... ¿Cómo vas a saber tú eso? Ni siquiera la conoces.
Valeria soltó una pequeña risa, una mezcla de empatía y la misma lógica afilada que el propio Brais poseía.
—Brais, piénsalo por un segundo —explicó ella, señalándose el pecho—. Ahora nosotras somos mujeres. Tenemos la biología, los instintos, los recuerdos y la experiencia de ser mujeres, pero combinados con tu mente analítica. Sabemos perfectamente cómo funciona la mente femenina porque habitamos en este cuerpo, y al mismo tiempo tenemos tu capacidad de observación. Cuando una mujer mira a un hombre con ese nivel de devoción, celos contenidos y dolor al verlo con otra... no hay margen de error. Noly lleva años guardando ese sentimiento por ti en silencio, y ver que unas hermosas y despampanantes mujeres aparecieron en tu vida la está destrozando por dentro.
Brais se quedó en completo silencio. Las palabras de Valeria cayeron sobre él como un balde de agua fría. De repente, las miradas evasivas de Noly, sus abrazos prolongados, la forma en que apretaba el peluche al despedirse el sábado y su insistencia en saber si "alguna de sus jefas le gustaba" cobraron un sentido aplastante.
—Noly... enamorada de mí... —murmuró Brais para sí mismo, mirando hacia la nada mientras su mente encajaba la última pieza del rompecabezas.
Valeria soltó un suspiro de alivio al ver que Brais ya no estaba en la postura defensiva y agresiva de querer cruzar la puerta e irse para siempre. Con movimientos ágiles y precisos, tomó su teléfono celular de la mesa de centro, desbloqueó la pantalla y abrió de inmediato la aplicación de mensajería.
Sus dedos volaron sobre el teclado táctil a una velocidad impresionante.
[WhatsApp - Grupo: "Proyecto Brais: Consentir al Jefe"]
Valeria Sotomayor: "Chicas, código rojo desactivado... pero con cambios de código. El Brais original vio la notificación de Nora y terminó descubriéndolo todo. Ya le solté la sopa completa: los 12 fragmentos, la explosión del prototipo, el grupo, los turnos y la lista de quiénes somos. Ya sabe la verdad absoluta."
El teléfono de Valeria no tardó ni tres segundos en empezar a vibrar desquiciadamente sobre la mesa. La ráfaga de notificaciones era una tormenta de nombres y reacciones.
Nora Galván: "¡¿Qué?! Valeria, por Dios... ¡Habíamos quedado en llevar esto con cautela! ¿Cómo reaccionó? ¿Está molesto? ¿Quiere cancelar el proyecto?"
Dra. Regina Montemayor: "Mantengan la calma. Biológicamente es una reacción lógica ante un choque de realidad. Valeria, confirma su estado emocional ahora mismo."
Miriam Salgado: "¡Santo cielo! Voy saliendo de la cocina. ¿Necesita algo de comer? ¿Se asustó? Dime que no va a renunciar."
Claudia Zepeda: "Si necesita un espacio neutral para procesarlo, mi casa está lista para mañana lunes. Díganme si cancelamos la cita o se mantiene."
Valeria esbozó una sonrisa de suficiencia, disfrutando por un instante del caos generado en el chat de las doce ejecutivas y jóvenes, antes de redactar la respuesta definitiva.
Valeria Sotomayor: "Tranquilas todas. El jefe es un genio, procesó la lógica de la frecuencia electromagnética y lo entendió perfecto. No va a renunciar. El 'Proyecto Brais' sigue en pie más firme que nunca. Luego les doy los detalles, estamos ocupados."
Sin esperar las respuestas que comenzaban a caer como cascada, Valeria bloqueó la pantalla del teléfono y lo dejó caer sin cuidado sobre el cojín del sofá.
Se giró despacio hacia Brais. La bata de seda que llevaba puesta terminó de resbalar por sus hombros, cayendo al piso de madera y dejándola completamente desnuda bajo la luz cálida que entraba por la ventana de la sala. Su piel clara, sus curvas tonificadas por el ejercicio, la firmeza de sus pechos juveniles con los pezones erguidos y la humedad que aún brillaba entre sus muslos creaban un cuadro de provocación pura y sin filtros.
Valeria dio un par de pasos hacia él, acortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros. Levantó la mirada, con los ojos empañados por una mezcla de sumisión, lujuria desbordada y una devoción biológica hacia su creador original.
—Brais... —susurró ella con una voz notablemente más grave, ronca y cargada de un deseo casi animal—. Ahora que ya sabes todo... ¿te puedo chupar el pene otra vez? Es que mi cuerpo de puta está con muchas ganas de ti. Siento que me voy a volver loca si no lo tengo dentro de mi boca ahora mismo.
Brais sintió un escalofrío de calor directo en la entrepierna. La combinación de la confesión sincera con la abierta y descarada lujuria de la joven le hizo acelerar el pulso. Su miembro, que apenas había comenzado a relajarse tras el clímax previo, reaccionó de inmediato a la oferta, volviendo a ganar firmeza debajo de la tela de sus pantalones.
Sin embargo, antes de ceder a la tentación, Brais la miró de arriba abajo, deteniendo sus manos a la altura de las caderas de la chica para sostenerla. La mente analítica del joven técnico continuaba procesando el catálogo de mujeres que Valeria le había enumerado instantes atrás.
—Espera, Valeria... —dijo Brais, manteniendo la voz firme aunque la respiración se le comenzaba a agitar—. A ver, déjame entender algo. Aparte de Nora y Miriam, que tienen unos cuerpos de milfs espectaculares, con esas curvas maduras y esa presencia imponente... y aparte de Karen, que la vi ayer y tiene ese cuerpo de modelo sexy que roba miradas en la calle... ¿las demás también están así? ¿Todas tienen cuerpos de ese nivel?
Valeria soltó un jadeo suave al sentir las manos de Brais firmes sobre sus caderas. Una sonrisa descarada y orgullosa se dibujó en sus labios mientras inclinaba la cabeza ligeramente hacia un lado.
—¡Sí, Brais! —afirmó ella sin el menor rastro de vergüenza, arqueando la espalda para empujar su busto hacia el pecho del joven—. ¡Todas estamos así! ¡Todas somos unas perras espectaculares! Cuerpazos de gimnasio, figuras de reloj de arena, rostros de portada, maduras ardientes y jóvenes deseables... ¡Las doce somos unas putas totales, pero escúchame bien: somos putas únicamente para ti! Tu psique en nosotras borró cualquier interés por otros hombres. Ninguna de nosotros tiene ojos, ni deseo, ni piel para nadie más en este mundo que no seas tú. Cincuenta por ciento nuestra experiencia de mujeres, cincuenta por ciento tu mente... y cien por ciento dedicadas a satisfacerte en la cama y en la vida.
Brais tragó saliva con dificultad. La sola idea de tener a doce mujeres con físicos despampanantes, desde abogadas, doctoras y empresarias hasta modelos y entrenadoras, completamente entregadas a sus deseos más oscuros y dispuestas a complacerlo sin reservas, era un pensamiento casi abrumador para cualquier hombre.
—Pero hay algo que tenemos muy claro en el grupo, Brais —continuó Valeria, cambiando el tono de su voz por uno más serio, maduro y lleno de una extraña nobleza—. Y esto lo discutimos las doce en el chat la misma noche que nos dimos cuenta de la existencia de Noly.
Brais levantó las cejas, sorprendido por la mención de su amiga de la infancia en medio de aquella atmósfera de tensión sexual.
—¿Noly? ¿Qué discutieron sobre ella?
—Decidimos que vamos a hacer que Noly sea tu mujer oficial —declaró Valeria con total seguridad, fijando sus ojos castaños en los de Brais—. La novia, la esposa, la mujer que esté a tu lado públicamente. Ella se lo merece, Brais. Nosotras tenemos tu mente y tus instintos, sí, pero Noly ha estado enamorada de ti desde hace doce años, cuando no tenías nada, cuando eras un chico común sin un peso en la bolsa y cuando nadie daba un centavo por tus inventos. Ella es la única mujer en este mundo que te ha amado de verdad por quien eres, sin ondas electromagnéticas, sin fragmentos de memoria y sin magia.
Brais se quedó en silencio, sintiendo un nudo en la garganta. La afirmación de Valeria resonó con una verdad aplastante en su pecho. Noly había estado ahí en los peores momentos, compartiendo comida barata, escuchando sus proyectos absurdos y apoyándolo sin pedir nada a cambio.
—Nosotras seremos tu red secreta, tus amantes, tus jefas, tus esclavas de cama, las que te provean de dinero, lujo y placer desenfrenado cuando quieras —siguió explicando Valeria, bajando las manos por el abdomen de Brais hasta llegar a la hebilla de su cinturón—. Pero Noly tiene que ser la reina. Nosotras nos encargaremos de ir amoldando las cosas, de darle su lugar, de hacer que ella pierda el miedo y se te declare, o que tú des el paso con ella. Ninguna de las doce le va a quitar ese puesto. Nosotras compartimos el 'Proyecto Brais', pero el corazón del Brais original le pertenece a ella por derecho.
La combinación de esa lealtad absoluta con la imagen de Noly y la devoción carnal de Valeria terminó de derribar la última barrera de contención en la mente de Brais. La nobleza de la propuesta, sumada a la visión de la streamer completamente desnuda a sus pies, desató una oleada de testosterona pura en su organismo.
—Está bien... —murmuró Brais con la voz gruesa, tomándola del cabello suavemente pero con firmeza—. Hablaremos de Noly y de las demás más tarde. Ahora... haz lo que me dijiste.
Valeria dejó escapar un chillido ahogado de pura excitación. Sin perder un solo segundo, se dejó caer sobre sus rodillas frente a él. Con movimientos rápidos y casi desesperados, jaló hacia abajo los pantalones de jeans y el bóxer de Brais, liberando nuevamente su miembro, que ya se encontraba en un estado de erección impresionante, rígido, latiendo de calor y con la vena principal marcándose a lo largo del tronco.
—¡Gracias... gracias, mi amor! —gimió Valeria, contemplando la anatomía del joven como si fuera el tesoro más valioso del universo.
Sin la menor vacilación, la joven streamer abrió la boca y recibió la imponente cabeza del pene de Brais. La calidez de su cavidad bucal, combinada con la textura suave de su lengua, envió un corrientazo eléctrico directamente a la espina dorsal del técnico. Valeria no se limitó a una succión suave; guiada por el instinto salvaje del fragmento y su propio deseo desbordado, comenzó a tragar la longitud del miembro, metiéndoselo hasta el fondo de la garganta en embestidas rítmicas y voraces.
—Ah... joder, Valeria... —maldijo Brais en voz alta, echando la cabeza hacia atrás y clavando la mirada en el techo de la sala mientras sus dedos se enredaban en el moño desordenado de la chica, guiando el ritmo.
El sonido húmedo de la felación llenó la estancia. Valeria emitía pequeños ruidos de ahogo y gemidos guturales de placer cada vez que la punta tocaba la parte posterior de su garganta. Sus manos no se quedaban quieta; una de ellas rodeaba la base del pene para apretar con la fuerza justa, mientras que la otra bajaba hacia los testículos de Brais, masajeándolos con suavidad y ritmo.
La saliva de la joven escurría por las comisuras de sus labios, bañando la piel erecta de Brais y facilitando un deslizamiento cada vez más profundo y sucio. Cada movimiento de la lengua de Valeria estaba diseñado para llevarlo al límite, usando el conocimiento que el propio fragmento de la mente de Brais le otorgaba sobre los puntos de mayor sensibilidad masculina.
Tras varios minutos de una felación salvaje que tenía a Brais al borde del colapso, el joven la tomó de los hombros y la jaló hacia arriba con fuerza.
—Ponte de pie... ahora —ordenó Brais con una voz autoritaria que hizo temblar las piernas de la streamer.
Valeria obedeció al instante, con los ojos empañados, los labios hinchados y brillantes por los fluidos y la respiración completamente desbocada. Se giró de inmediato, apoyando ambas manos con firmeza contra el respaldo de piel del sofá. Elevó sus glúteos redondos y tonificados, abriendo sus piernas de par en par para ofrecerle a Brais una vista directa y sin censura de su zona más íntima.
Su vagina estaba hinchada, enrojecida por el encuentro anterior y chorreando un flujo espeso, transparente y abundante que caía en finos hilos hacia el suelo.
—Dámela toda... destruye a tu perra, Brais... —suplicó Valeria, mirando hacia atrás por encima de su hombro con una expresión de pura demencia erótica—. Hazme sentir que soy tuya otra vez.
Brais no dio rodeos. Se posicionó detrás de su cuerpo perfecto de 21 años, sujetó con fuerza sus caderas moldeadas por el ejercicio y alineó la punta húmeda de su miembro con la entrada de la chica. Con un empuje seco, potente y despiadado, se hundió en su interior de un solo golpe, alcanzando el fondo de su cuello uterino.
—¡AAAAHHHHHH! —gritó Valeria a pleno pulmón, afianzando las uñas en el tapiz de piel del sofá mientras su espalda se arqueaba en un ángulo impresionante—. ¡Joder!... ¡Es demasiado grande!... ¡Me abres por completo, Brais!
Sin darle un solo segundo para asimilar la penetración profunda, Brais comenzó a embestirla con una ferocidad renovada. El ritmo ya no era suave ni exploratorio; era un castigo de placer puro. El choque violento de la pelvis de Brais contra los glúteos de Valeria producía un chasquido húmedo y constante que retumbaba en todo el departamento.
—¡Sí!... ¡Así, mi amor!... ¡Fóllame como la perra que soy para ti! —deliraba la streamer, moviendo la cabeza de lado a lado mientras su cabello se soltaba por completo, cayendo sobre sus hombros—. ¡Soy tu juguete!... ¡Las doce somos tuyas!... ¡Aaaah!
Brais apretó el agarre en sus caderas, dejando las marcas de sus dedos en la piel suave de la joven. Cada embestida era más profunda que la anterior, haciendo que las paredes internas de la vagina de Valeria se contrajeran en espasmos violentos y apretaran el miembro del joven con una fuerza asfixiante. La estimulación constante y la brutalidad del ritmo desataron en la chica un segundo orgasmo masivo en cuestión de minutos.
El cuerpo de Valeria comenzó a temblar de forma incontrolable. Sus rodillas amagaron con ceder, pero Brais la sostuvo con firmeza, continuando los golpes profundos sin importar las rachas de placer que sacudían a la streamer.
—¡Me vengo!... ¡Me estoy viniendo otra vez, Brais!... ¡Lléname toda!... ¡Déjame tu leche adentro! —chilló ella, perdiendo completamente el control de sus sentidos.
Sintiendo la estrechez extrema de la vagina de Valeria apretando su tronco y alcanzando su propio clímax inevitable, Brais dio tres embestidas finales con todo el peso de su cuerpo, sepultando su pene hasta la base de la pelvis. Con un gruñido sordo que brotó desde lo más profundo de su garganta, descargó una ráfaga abundante, densa y ardiente de semen directamente en el fondo del útero de la joven.
El impacto de la eyaculación interna hizo que Valeria soltara un último alarido de éxtasis, contrayéndose salvajemente a su alrededor mientras recibía cada gota del fluido caliente de su creador.
Ambos quedaron inmóviles durante varios segundos, unados por el punto de contacto, escuchando únicamente el sonido de sus respiraciones agitadas y el goteo constante de la lubricación mezclada que comenzaba a escurrir por los muslos de la streamer.
Pasada media hora, la paz volvió al departamento.
Brais estaba sentado en el amplio sofá, vistiendo únicamente sus jeans descasados. Valeria descansaba a su lado, completamente acurrucada contra su costado, con la cabeza apoyada en su pecho desnudo y una mano trazando líneas perezosas sobre su abdomen. El ambiente del lugar olía a una mezcla densa de sudor, perfume de vainilla y el aroma característico del acto sexual reciente.
El teléfono de Valeria volvió a sonar. Esta vez era una llamada entrante. Valeria estiró el brazo, vio la pantalla y sonrió antes de contestar y poner el altavoz para que Brais también escuchara.
—¿Bueno? —dijo Valeria con voz todavía un poco ronca.
—Valeria, soy Nora —resonó la voz elegante, firme y sumamente sensual de la abogada de 39 años al otro lado de la línea—. Veo que el jefe sigue vivo y que lograste calmar las cosas tras el descubrimiento.
Brais miró el teléfono con una mezcla de diversión y asombro al escuchar la voz de su jefa del miércoles.
—Hola, Nora —intervino Brais con tranquilidad, tomando el teléfono en sus manos—. Ya sé todo. Valeria me explicó la situación completa, los doce fragmentos y la red que armaron.
Se produjo un breve silencio al otro lado de la línea, seguido por una risa suave, madura y cargada de satisfacción por parte de la abogada.
—Me alegra enormemente escucharte tan sereno, mi querido Brais —respondió Nora con un tono abrumadoramente coqueto—. Nos quitaste un peso de encima a todas. Ocultarte esto se estaba volviendo complicado, especialmente cuando todas nos morimos por tener nuestro tiempo a solas contigo. Ahora que las cartas están sobre la mesa, las cosas serán mucho más sencillas y directas.
—Eso veo... —dijo Brais sonriendo de lado—. Valeria me estuvo contando un poco sobre la lista completa y sobre cómo se dividieron las cosas.
—Y apenas estás empezando, mi amor —añadió Nora con voz sugerente—. Mañana es lunes. Te toca jornada con Claudia Zepeda, 42 años. Es la dueña de la firma de boutiques y banquetes de lujo. Tiene una figura de reloj de arena que te va a dejar sin aliento y una casa enorme que ya preparó especialmente para recibirte. Te garantizo que la vas a pasar bastante bien.
—¿A qué hora debo estar allá? —preguntó Brais, adaptándose con absoluta naturalidad a la nueva dinámica de su vida.
—Claudia mandará un auto privado por ti a tu departamento a las 9:00 a.m. —explicó la abogada—. Ah, y por cierto... el pago de tu jornada de mañana ya está autorizado en efectivo: $600 dolares limpios, más cualquier "bono" en especie que ella decida entregarte en privado.
Valeria soltó una risita traviesa al lado de Brais, dándole un beso suave en el cuello.
—Entendido, Nora. Nos vemos pronto —despidió Brais.
—Hasta mañana, mi Jefe. Descansa... y no dejes que Valeria te agote del todo lo que queda del domingo.
La llamada se cortó. Brais dejó el celular a un lado y miró el techo por unos instantes. De ser un técnico miserable a punto de ser desalojado de su departamento, había pasado a convertirse en el centro absoluto de un imperio compuesto por doce mujeres espectaculares, adineradas y devotas que organizaban su vida, cuidaban su economía, satisfacían sus deseos más oscuros y, para colmo, planeaban ayudarlo a coronar a Noly como la mujer de su vida.
Brais esbozó una sonrisa confiada. El futuro que se abría ante él era algo que jamás habría podido diseñar en ningún programa informático. Y el lunes con Claudia Zepeda apenas estaba por comenzar.
El lunes por la mañana amaneció con un cielo limpio y una brisa fresca que presagiaba un día movido. A las 8:50 a.m., puntual como un reloj suizo, el sonido de un claxon sobrio resonó frente al modesto edificio de Brais. Al asomarse por la ventana, el joven técnico vio un sedán de lujo negro con cristales polarizados estacionado junto a la acera.
Brais se ajustó la camisa, se echó la mochila al hombro y bajó las escaleras. En su billetera descansaban los billetes acumulados de la semana pasada, pero en su mente la perspectiva de las cosas había cambiado drásticamente. Ya no era el chico confundido que sospechaba de una extraña conspiración; ahora sabía perfectamente que al otro lado de la ciudad lo esperaba Claudia Zepeda, la cuarta mujer de la lista de doce que albergaba una parte de su propia psique.
El chofer, un hombre maduro de uniforme impecable, le abrió la puerta trasera con una reverencia respetuosa.
—Buenos días, señor Brais. La señora Zepeda lo está esperando en la residencia principal.
El trayecto duró unos veinte minutos, adentrándose en una de las zonas residenciales más exclusivas de las colinas. La propiedad de Claudia era una majestuosa mansión de arquitectura contemporánea, rodeada de jardines perfectamente podados y muros altos de piedra. La firma de boutiques de moda y banquetes de alta gama que regentaba la empresaria evidentemente le proporcionaba una vida de lujos absolutos.
Al cruzar el portón automático y detenerse frente a la entrada principal, el chofer le abrió la puerta. Brais caminó hacia la enorme puerta de madera fina, la cual se abrió antes de que tuviera tiempo de tocar.
Frente a él apareció Claudia Zepeda, de 42 años.
La visión fue instantáneamente impactante. Claudia poseía una figura de reloj de arena verdaderamente espectacular, con unas caderas anchas y firmes que acentuaban una cintura estrecha, y un busto maduro, firme y prominente que llenaba con elegancia un vestido entallado de color crema. Su cabello castaño oscuro caía en ondas suaves sobre sus hombros, y sus ojos expresaban una mezcla de autoridad ejecutiva con una calidez materna y una lujuria contenida que hizo que a Brais se le acelerara el pulso.
—Brais... al fin llegas, mi amor —dijo Claudia con una voz suave, terciopelada y profundamente madura, dibujando una sonrisa radiante.
Sin importarle la presencia del chofer que se retiraba hacia el garaje, Claudia dio dos pasos al frente, rodeó la cintura de Brais con sus brazos maduros y pegó su cuerpo voluptuoso contra el de él. Sus labios se encontraron en un beso cálido, profundo y experto, impregnado de un perfume carísimo con notas de orquídeas y madera. El choque de sus lenguas fue inmediato, y Brais sintió la calidez del cuerpo de la empresaria vibrar contra el suyo.
Al separarse tras un largo suspiro, Claudia le acarició la mejilla con una mano de manicura perfecta, mirándolo con devoción absoluta.
—Nora y Valeria me contaron por el chat que ayer te enteraste de todo —murmuró Claudia, tomando la mano de Brais para guiarlo hacia el interior de la mansión—. No sabes qué alivio nos da a todas. Tener que pretender que solo éramos jefas casuales se estaba volviendo una tortura... especialmente cuando todas nos morimos por tenerte así, a solas.
—Hola, Claudia —respondió Brais, contemplando el impresionante vestíbulo de mármol y las grandes cristalerías que daban hacia la alberca—. Debo admitir que todavía estoy asimilando la magnitud de todo esto, pero estar aquí contigo lo hace bastante más fácil de procesar.
Claudia soltó una risita madura, llena de coquetería, mientras lo conducía hacia su despacho privado, una habitación espaciosa con un escritorio de caoba, sofás de piel blanca y varios equipos de cómputo de última generación donde gestionaba la logística de sus eventos y tiendas.
—Hoy tenemos trabajo real, mi técnico estrella —dijo Claudia, indicándole el servidor central de su red privada—. El sistema de inventarios de la cadena de boutiques está teniendo un fallo de sincronización con la plataforma de ventas en línea. Los programadores que contraté me cobran una fortuna y tardan días. Pero sé perfectamente que para tu mente esto es un juego de niños.
—Déjamelo a mí —sonrió Brais, sacando su laptop de la mochila y conectándose a la red local.
Mientras Brais se sentaba frente al escritorio y sus dedos comenzaban a volar sobre el teclado identificando las líneas de código defectuosas, Claudia se sirvió una copa de vino tinto y se inclinó sobre el hombro del joven para observar el proceso.
El escote del vestido crema de la empresaria quedó a escasos centímetros del rostro de Brais. El aroma de su piel madura, combinado con el roce involuntario de sus senos firmes contra el hombro del técnico, generó una tensión erótica casi palpable en el despacho. El fragmento de la mente de Brais dentro de Claudia avivaba en la mujer un deseo desbordado que amenazaba con romper la compostura ejecutiva en cualquier momento.
—Es fascinante ver cómo trabajas... —susurró Claudia en su oído, pasándole la mano suavemente por el cuello y bajando por su pecho—. Pensar que tu lógica está alojada aquí dentro de mí, haciéndome entender lo brillante que eres... pero al mismo tiempo mi cuerpo de mujer madura solo puede pensar en lo bien que se sentiría tenerte dentro.
Brais detuvo los dedos sobre el teclado un segundo, sintiendo una corriente de calor que le bajaba directo a la entrepierna.
—Claudia... si sigues haciendo eso, no voy a terminar la sincronización del servidor a tiempo.
—El servidor puede esperar veinte minutos, mi vida —respondió Claudia con una sonrisa descarada.
La empresaria se rodeó el escritorio y se posicionó directamente frente a él. Con un movimiento pausado pero firme, se sujetó el cierre invisible de la parte trasera de su vestido y lo bajó lentamente. La tela crema resbaló por sus curvas de reloj de arena, cayendo en un montón sobre el piso de madera y dejándola únicamente en un conjunto de lencería de encaje negro que resaltaba su piel clara y madura de 42 años.
Su cuerpo era una obra de arte de la madurez: caderas amplias, vientre suave con una leve curva femenina, piernas carnosas y tonificadas, y un busto imponente que desbordaba las copas del sujetador.
—Mira lo que me haces, Brais... —gimió Claudia, tomando la mano del joven y llevándola directamente hacia la entrepierna de su panti de encaje.
El tejido estaba completamente empapado, caliente y pegajoso por una lubricación abundante que la empresaria había estado generando desde que él cruzó la puerta.
—Estás hirviendo, Claudia —murmuró Brais con la voz gruesa, sintiendo la humedad atravesar la lencería.
—Es por ti... solo por ti —respondió ella, dejándose caer de rodillas sobre la alfombra afgana frente a la silla de Brais.
Con una soltura y una devoción sin límites, Claudia desabrochó el pantalón de Brais y bajó la tela junto con su ropa interior. El miembro del joven se liberó de inmediato, completamente rígido, venoso y latiente de calor.
La empresaria de 42 años contempló la imponente anatomía del chico con los ojos empañados por la lujuria. Se inclinó hacia adelante y envolvió la cabeza del pene con sus labios pintados de carmín, soltando un gemido ronco y maduro al sentir la firmeza del joven. Comenzó a succionarlo con una técnica experta, usando su lengua para masajear el frenillo y tragando la longitud con un ritmo constante que hizo que Brais sujetara los apoyabrazos de la silla con fuerza.
—Ah... joder, Claudia... qué bien lo haces... —maldijo Brais en voz alta, dejando que la cabeza se le fuera hacia atrás.
Claudia no se detuvo hasta dejar el miembro completamente bañado en saliva. Se puso de pie con elegancia, desabrochó su sujetador y se despojó del panti negro, quedando completamente desnuda. Se subió al amplio escritorio de caoba, apartando algunos documentos, y se recostó sobre la superficie de madera, abriendo sus piernas de par en par.
Su zona íntima de mujer madura estaba hinchada, enrojecida y destilando jugos transparentes que brillaban bajo la luz del despacho.
—Ven aquí, mi jefe... hazme tuya sobre mi propio escritorio —suplicó Claudia, arqueando la espalda y mostrando sus pechos maduros con pezones erguidos.
Brais se levantó de la silla, se quitó los pantalones por completo y se posicionó entre las caderas anchas de la empresaria. Acomodó la punta húmeda de su pene directamente en la entrada de la vagina de Claudia.
Con un movimiento firme y decidido, Brais se empujó hacia adelante, sepultando la totalidad de su miembro en el interior de la mujer de un solo golpe seco.
—¡AAAAHHHHHH! —gritó Claudia a pleno pulmón, echando la cabeza hacia atrás mientras sus manos se aferraban a los bordes del escritorio de caoba—. ¡Diablos, Brais!... ¡Qué profundo!... ¡Me llenas toda!
La estrechez y la calidez de la vagina de Claudia eran abrumadoras. Las paredes internas, maduras y experimentadas, abrazaron el grosor de Brais con un apretón húmedo y asfixiante. Sin darle tregua, Brais comenzó a embestirla con un ritmo pesado, profundo y acelerado. El choque constante de su pelvis contra los glúteos carnosos de la empresaria producía un sonido rítmico y sucio que retumbaba en las paredes del despacho.
—¡Sí!... ¡Así, mi amor!... ¡Fóllame sobre el escritorio!... ¡Haz lo que quieras con tu perra madura! —deliraba Claudia, moviendo la cabeza de lado a lado mientras su cabello se desordenaba por completo sobre la madera.
Brais la tomó de los muslos, abriéndoselos aún más para clavar su miembro hasta el fondo de su cuello uterino en cada estocada. La estimulación brutal y la devoción ciega que el fragmento ejercía sobre la psique de la empresaria desataron en ella un orgasmo masivo e instantáneo. Su cuerpo de 42 años comenzó a convulsionar en espasmos violentos, apretando el pene de Brais con una fuerza salvaje.
—¡Me vengo!... ¡Brais, me estoy viniendo totalmente!... ¡Aaaahhh! —chilló Claudia, clavando las uñas en los brazos del técnico.
Sintiendo la opresión salvaje de la mujer y alcanzando su propio límite de placer, Brais aceleró las embestidas finales con toda la fuerza de sus caderas, hundiendo su pene hasta la base. Con un gruñido sordo, descargó una ráfaga abundante, densa y ardiente de semen directamente en lo más profundo del útero de la empresaria.
Claudia soltó un último alarido de éxtasis, contrayéndose salvajemente a su alrededor mientras recibía cada ráfaga del fluido caliente.
Pasada una hora, el orden había regresado al despacho.
Brais, ya vestido y renovado, terminó los últimos ajustes en la pantalla de su laptop. El servidor de las boutiques quedó perfectamente optimizado y sincronizado, funcionando a una velocidad tres veces superior a la normal.
Claudia, luciendo una bata de seda azul marino y sosteniendo dos tazas de café recién hecho, se acercó a él y le dejó una taza sobre la mesa antes de besarle la mejilla con ternura.
—Eres un genio absoluto en todo lo que haces, Brais —dijo ella con una sonrisa radiante de satisfacción pura—. El sistema quedó perfecto... y mi cuerpo quedó completamente renovado.
—Fue un placer resolver ambos problemas, Claudia —sonrió Brais, dándole un trago al café.
La empresaria caminó hacia su escritorio, abrió uno de los cajones de madera y sacó un sobre de papel manila elegante. Se lo extendió a Brais con respeto.
—Aquí tienes tu pago por la jornada de hoy —dijo Claudia—. Son $600 dolares en efectivo, como acordamos en el grupo... más un bono de $400 por la eficiencia con la que reparaste la base de datos de mi firma. Te lo has ganado con creces.
Brais tomó el sobre, guardando los $1,000 dolares limpios en su mochila. La suma acumulada en su poder ya era una cifra considerable que le garantizaba meses de tranquilidad absoluta.
—Gracias, Claudia —dijo el joven, poniéndose de pie.
—Gracias a ti, mi amor —respondió ella, tomándolo de las manos—. Mañana es martes. Te toca jornada con Mireia Beltrán, 20 años. Es la entrenadora personal del grupo, con un cuerpo atlético y una resistencia física que te va a exigir al máximo. Te sugiero que descanses esta tarde, porque Mireia no te va a dar ni un segundo de tregua en su gimnasio privado.
Brais esbozó una sonrisa confiada, acomodándose la mochila sobre el hombro.
—Estaré listo para Mireia.
Tras despedirse de Claudia con un último beso apasionado en la puerta principal, Brais abordó el auto de lujo que lo esperaba para llevarlo de vuelta a su departamento. Mientras el vehículo descendía por las colinas de la ciudad, el joven miró por la ventana, sabiendo que su vida marchaba a un ritmo imparable donde el dinero, el poder, el placer desenfrenado y el destino de Noly se entrelazaban en una red perfecta que apenas comenzaba a desplegarse.
El auto de lujo lo dejó justo frente a su edificio. Brais subió las escaleras a paso lento, todavía procesando la vertiginosa ráfaga de sensaciones que lo habían envuelto desde el fin de semana.
Al entrar a su departamento, el silencio del lugar contrastaba de forma brutal con el lujo de la mansión de Claudia Zepeda. Brais tiró la mochila sobre el sofá, se dejó caer en su silla y sacó el sobre de papel manila. Contó los billetes: entre lo que traía acumulado y los $1,000 dolares recién ganados de hoy, la cifra en efectivo ya rozaba los $2,700 dolares. Una verdadera locura para alguien que hace una semana no tenía ni para la renta.
Se llevó ambas manos al rostro, soltando un largo suspiro.
—Madre mía... —murmuró para sí mismo, mirando hacia el techo.
Todavía le costaba trabajo digerirlo. En menos de cuarenta y ocho horas había tenido sexo salvaje, explícito y sin censura con dos mujeres absolutamente espectaculares: Valeria, la streamer de 21 años de cuerpo atlético, y Claudia, la despampanante empresaria de 42 años con figura de reloj de arena. La lógica de su cabeza le recordaba que, técnicamente, ambas albergaban un fragmento de su propia psique y que pensaban con su mismo sentido analítico. Pero su cuerpo de hombre y sus instintos sabían perfectamente la verdad: había estado con dos mujeres reales, de carne y hueso, con cuerpos de infarto que cualquier hombre soñaría con tocar, y ambas se habían entregado a él con una devoción ciega y desenfrenada.
Y eso apenas era la cuarta parte del grupo. Faltaban ocho mujeres más.
Mientras contemplaba esa idea con una mezcla de fascinación y vértigo, la pantalla de su teléfono móvil se iluminó sobre la mesa. No era el grupo de las doce ni una notificación de trabajo. Era un mensaje privado con un nombre que le hizo dar un vuelco en el corazón.
[WhatsApp - Noly]
"Hola, Brais... Oye, ¿estás ocupado? Quería saber si podemos hablar un rato por llamada o si tienes tiempo de verme al rato. Necesito contarte algo... es un poco importante."
Brais se quedó mirando el mensaje durante varios segundos. Las palabras de Valeria del domingo resonaron de inmediato en sus oídos con una claridad aplastante: "Noly está profundamente enamorada de ti... Ver que aparecieron doce mujeres en tu vida la está destrozando por dentro".
Brais tragó saliva. La melancolía de Noly el sábado por la noche, sus miradas evasivas y sus preguntas cargadas de inseguridad tras verlo con Karen tomaban ahora un peso real. Ella no sabía nada del experimento, ni de los fragmentos, ni del 'Proyecto Brais'. Para Noly, el chico del que llevaba enamorada en secreto durante doce años simplemente estaba empezando a alejarse hacia un mundo de mujeres perfectas y adineradas.
Sabiendo que Noly era la única mujer que lo había querido de verdad cuando él no tenía un solo peso en la bolsa, Brais acomodó la espalda en la silla, tomó el teléfono y comenzó a escribir su respuesta.
Brais tomó aire, deslizó los dedos sobre la pantalla y redactó una respuesta cálida pero directa:
[WhatsApp - Brais]
"Hola, Noly. No estoy ocupado para ti. Si quieres te marco ahora mismo o si prefieres voy a tu casa y platicamos en persona con calma. Tú dime qué te acomoda mejor."
La respuesta de ella llegó casi de inmediato, como si hubiera estado sosteniendo el teléfono esperando su mensaje:
[WhatsApp - Noly]
"Mejor llamada si no te molesta... Es que si te veo en persona siento que me voy a acobardar y no me van a salir las palabras."
Un segundo después, la pantalla de Brais cambió a la interfaz de llamada entrante. Él presionó el botón verde y se llevó el teléfono al oído, poniéndose de pie para caminar despacio por la sala de su departamento.
—¿Bueno? Noly... —saludó con voz suave.
Al otro lado de la línea se escuchó un suspiro largo, entrecortado, seguido por el sonido de una respiración agitada.
—Hola, Brais... —respondió Noly. Su voz sonaba baja, pequeña, muy distinta a la chica alegre y bromista con la que solía jugar videojuegos los fines de semana—. Qué bueno que me contestaste tan rápido.
—Claro que sí. ¿Cómo estás? Te noté un poco triste el sábado cuando nos despedimos en el cine. ¿Pasó algo en tu casa o en el trabajo?
Se hizo un silencio pesado durante varios segundos. Brais podía escuchar el roce de las cobijas del otro lado, adivinando que su amiga estaba sentada en la orilla de su cama, apretando las manos como solía hacer cuando estaba nerviosa.
—No es nada del trabajo, Brais —dijo ella al fin, tragando saliva con dificultad—. Es... sobre nosotros. O más bien, sobre ti.
—¿Sobre mí?
—Sí... —Noly tomó aliento, juntando el valor que evidentemente le había tomado días reunir—. El sábado, cuando te vi con Valeria... no sé, me dio un choque fuertísimo. Ella es una mujer hermosa, elegante, alta, con un cuerpo increíble... Y luego me dijiste que estabas trabajando para varias jefas así, igual de guapas y exitosas.
Brais guardó silencio, dejando que ella desahogara todo lo que traía guardado en el pecho, tal como Valeria le había advertido.
—Esa noche no pude dormir nada, Brais —continuó Noly, y su voz comenzó a quebrarse levemente por la emoción—. Me quedé pensando en todos estos años. Desde haces unos años, cuando hacías tus planos en libretas viejas y nadie te prestaba atención... Siempre estuve ahí porque para mí nunca importó si tenías dinero o no, si vestías ropa de marca o si tenías un gran trabajo. Tú siempre has sido mi persona favorita en el mundo.
Brais sintió un tirón sincero en el pecho. Las palabras de Valeria no podían ser más ciertas: Noly lo amaba sin filtros, sin fragmentos electromagnéticos ni interés material de por medio.
—Y al verte el sábado con alguien como Valeria —prosiguió Noly, dejando escapar un pequeño sollozo que intentó ahogar—... me di cuenta de que tengo un pánico horrible a perderte. Me di cuenta de que... de que no te quiero solo como un amigo, Brais. Llevo años enamorada de ti en silencio. Pero me daba miedo decírtelo porque pensaba que si arruinaba nuestra amistad me iba a quedar sin ti. Y ahora que estás conociendo a mujeres de ese nivel, siento que te vas a ir muy lejos de mí y que ya no voy a encajar en tu vida...
La confesión quedó flotando en el aire. Noly guardó silencio, respirando de forma agitada, esperando el rechazo o la incomodidad de su amigo.
Brais se detuvo en medio de la sala. Recordó las palabras de las doce ejecitivas y la promesa que Valeria le había hecho en nombre de todo el grupo: Noly tiene que ser la reina. El corazón del Brais original le pertenece a ella por derecho.
—Noly —habló Brais con una firmeza y una ternura que tomaron por sorpresa a la chica—. Escúchame muy bien.
—¿...Sí? —respondió ella con la voz temblorosa.
—Tú nunca vas a dejar de encajar en mi vida. Nadie, absolutamente ninguna mujer en este mundo, va a ocupar el lugar que tú tienes conmigo. Esas ejecutivas con las que trabajo son eso, colaboradoras y jefas con las que tengo proyectos de trabajo... Pero ninguna de ellas tiene los doce años de historia que tú y yo construimos juntos.
Al otro lado de la línea se escuchó un jadeo ahogado de Noly.
—¿De verdad... de verdad piensas eso? —preguntó ella, sin podérselo creer.
—De verdad —aseguró Brais con una sonrisa sincera—. No tengas miedo. No me voy a ir a ninguna parte. De hecho... ¿qué te parece si este fin de semana nos vemos solo tú y yo? Sin trabajo, sin interrupciones, como en los viejos tiempos. Vamos por algo de comer y platicamos de esto frente a frente.
—¡Sí! Me encantaría, Brais... no sabes el peso que me quitas de encima —dijo Noly, y por primera vez en días, se escuchó un atisbo de su risa dulce y aliviada—. Perdón si me puse muy dramática...
—No te disculpes. Me alegró mucho que me lo dijeras. Descansa, ¿sí? Nos hablamos al rato por mensaje.
—Descansa, Brais... te quiero mucho.
—Yo también te quiero, Noly.
Al colgar la llamada, Brais dejó el teléfono sobre la mesa y soltó un largo suspiro, sintiendo que una pieza fundamental de su vida finalmente caía en el lugar correcto. Noly ya había dado el paso más difícil, y con el respaldo secreto de las doce mujeres de su red, el camino para hacerla su novia oficial estaba más despejado que nunca.
Sin embargo, el teléfono volvió a sonar brevemente con una notificación. Era un mensaje de texto de un número nuevo con una foto de perfil de una chica en ropa deportiva.
[Mireia Beltrán]
"Hola, mi Jefe. Soy Mireia. Claudia me avisó que ya terminaste con ella. Mañana martes te espero a las 8:00 a.m. en mi gimnasio privado. Trae ropa cómoda... porque te voy a hacer sudar de verdad."
Brais sonrió de lado, guardó el teléfono en el bolsillo y se caminó hacia la cocina para prepararse algo de cenar, listo para enfrentar el martes con la entrenadora personal.
La noche transcurrió tranquila. Brais durmió como hacía meses no lo hacía, con la mente despejada tras la llamada con Noly y la satisfacción de tener sus finanzas aseguradas.
A las 7:30 a.m. del martes, Brais se vistió con un conjunto deportivo negro, tenis cómodos y su fiel mochila. La dirección que Mireia le había enviado lo llevó a una zona exclusiva de la ciudad, justo en la planta baja de un complejo de departamentos de alto nivel. El lugar no era un gimnasio comercial abarrotado de gente; era un estudio privado de alto rendimiento, con cristales templados, iluminación LED tenue y equipo de entrenamiento de última generación.
Brais empujó la puerta de cristal. El ambiente olía a limpio, a goma nueva y a un ligero toque de perfume cítrico.
—Puntual... Me gusta que el Jefe no ponga excusas para levantarse temprano —resonó una voz firme y con un tono de vitalidad contagiosa.
De la zona de peso libre salió Mireia Beltrán, de 20 años.
La visión dejó a Brais sin aliento por un instante. Mireia poseía un cuerpo puramente atlético y esculpido: abdomen marcado con líneas definidas, piernas tonificadas y potentes, y una cintura diminuta que contrastaba con unos glúteos firmes y elevados por el entrenamiento constante. Llevaba un top deportivo corto de color gris que dejaba al descubierto su firme abdomen y unos leggings ajustados al cuerpo que remarcaban cada curva de su figura. Su cabello castaño estaba recogido en una coleta alta, y sus ojos avellana brillaban con una energía desbordante.
Mireia caminó hacia él con paso decidido. Sin dudar un solo segundo, se aproximó a Brais, rodeó su cuello con sus brazos fuertes y suaves a la vez, y lo jaló hacia abajo para sellar sus labios en un beso apasionado, húmedo y lleno de fuerza. La respiración de la entrenadora era cálida, y la firmeza con la que presionó sus pechos contra el pecho de Brais hizo que la temperatura del lugar se elevara al instante.
Al separarse, Mireia sonrió con picardía, pasándole la mano por el cuello.
—Valeria y Claudia dejaron la barra muy alta en el chat —dijo Mireia,guiñándole un ojo—. Pero hoy es mi turno, y como la menor del grupo de las jóvenes junto con Valeria, no pienso quedarme atrás.
—Buenos días, Mireia —respondió Brais, tratando de mantener el control mientras sentía el aroma a frutos rojos de su piel—. Me dijiste que había trabajo técnico que hacer aquí.
—Así es, mi amor —asintió ella, guiándolo hacia una oficina acristalada al fondo del estudio—. La red de sensores biomecánicos y el software de evaluación física de mis clientes elite se descalibraron tras un apagón ayer. Los datos de rendimiento no se están guardando en la nube. Necesito que tu mente analítica lo deje impecable.
—Pan comido —dijo Brais, sacando su laptop.
Durante la siguiente hora, Brais se enfocó por completo en la terminal de la oficina. Mireia, mientras tanto, no se alejó de él. Se sentaba en la orilla del escritorio, estirando sus piernas tonificadas, o se inclinaba sobre su espalda para ver las líneas de código, rozando deliberadamente sus firmes senos contra los hombros del joven. El fragmento de la psique de Brais dentro del cuerpo atlético de Mireia desataba en la joven de 20 años un deseo brutal, intensificado por su alta resistencia y condición física.
—Listo —declaró Brais, dando el último enter—. La sincronización biomecánica está restablecida y la base de datos está encriptada.
Mireia cerró la laptop de Brais de un golpe suave y la hizo a un lado.
—Perfecto... Ahora me toca evaluar tu rendimiento físico a mí —susurró ella con una voz ronca y sensual.
Mireia se llevó las manos a la pretina de sus leggings deportivos y, con un movimiento fluido y ágil, los bajó de un solo tirón junto con su panti de deporte. Su zona íntima quedó expuesta: labios carnosos, perfectamente depilados y brillando con una lubricación natural abundante que delataba lo encendida que había estado observándolo trabajar.
Sin darle tiempo a reaccionar, la entrenadora de 20 años se dejó caer de rodillas frente a la silla de Brais. Desabrochó su pantalón deportivo y liberó su miembro, el cual reaccionó al instante, erigiéndose con una firmeza impresionante, grueso y latiendo de calor.
—Dios mío... Es mil veces mejor verlo en persona que en las fotos del grupo —gimió Mireia.
Inclinó la cabeza y devoró la cabeza del pene de Brais de un solo bocado. La succión de Mireia era potente, rítmica y atlética. Usaba su lengua con una precisión quirúrgica, rodeando el tronco y bajando hasta la base, sacándole gemidos profundos a Brais, quien clavó las manos en las pesadas mancuernas ajustables a los lados de la silla para no perder el control.
—Ah... joder, Mireia... —maldijo Brais, sintiendo la calidez y la fuerza de la boca de la chica.
Tras llevarlo al límite con una felación salvaje, Mireia se puso de pie, se quitó el top deportivo y quedó completamente desnuda. Su cuerpo atlético brillaba con una fina capa de sudor. Se subió sobre la banca plana de pesas, se colocó en cuatro puntos y elevó sus glúteos firmes y redondos hacia él, mirando hacia atrás por encima del hombro.
—Ven aquí, Jefe... Lléname con tu fuerza —suplicó Mireia, con la mirada empañada por el deseo.
Brais se posicionó detrás de ella en la banca. Sujetó las caderas firmes de la entrenadora con fuerza y alineó la punta de su miembro húmedo con la entrada de su vagina. Con una estocada seca y potente, se sepultó en su interior de un solo golpe.
—¡AAAAHHHHHH! —gritó Mireia a pleno pulmón, afianzando sus manos en los bordes de hierro de la banca de pesas—. ¡Es enorme!... ¡Me abres toda, Brais!
El ritmo que imprimió Brais fue despiadado. Las paredes vaginales de Mireia, sumamente fuertes y tonificadas por su condición física, aprisionaban el pene del joven en un abrazo estrecho y caliente. El choque violento de la pelvis de Brais contra las nalgas duras de la atleta retumbaba en todo el estudio privado.
—¡Sí!... ¡Así, mi amor!... ¡Fóllame con fuerza!... ¡Demuéstrame de qué estás hecho! —deliraba la joven, arqueando la espalda para recibir cada embestida en lo más profundo de su cuello uterino.
La resistencia física de Mireia le permitía soportar un ritmo salvaje, contrayéndose en espasmos de placer puro. Brais aceleró el paso, tomándola por la cintura y levantándola levemente para clavar su longitud hasta la base. La combinación del esfuerzo físico y la devoción desbordada llevó a Mireia a un orgasmo masivo que hizo temblar todo su cuerpo atlético.
—¡Me vengo!... ¡Brais, me estoy viniendo salvajemente!... ¡Aaaah! —chilló ella, contrayendo su vagina con una fuerza descomunal alrededor del miembro del chico.
Sintiendo el apretón sobrehumano de la entrenadora y rozando su propio clímax, Brais dio tres embestidas finales con toda la potencia de sus caderas y descargó una ráfaga abundante, densa y ardiente de semen directo en lo más profundo del útero de Mireia.
Ambos quedaron jadeando sobre la banca de entrenamiento, unidos por un hilo espeso de fluidos, mientras el eco de sus respiraciones se apagaba lentamente en el estudio.
Una hora más tarde, Brais salía del gimnasio privado con una sonrisa de satisfacción. En su mochila llevaba un nuevo sobre con $600 s en efectivo entregados por Mireia, sumando ya una pequeña fortuna en su haber.
Antes de tomar el transporte de regreso, revisó su teléfono. Tenía un mensaje de Mireia en el chat grupal avisando que la jornada había sido un éxito rotundo, y un mensaje privado de Alba Cárdenas, la chica de 23 años que administraba la cafetería gourmet:
"Hola, Brais... Soy Alba. Mañana miércoles te espero en la cafetería a las 9:00 a.m. Tengo la oficina privada lista para ti... y estoy muy nerviosa por verte."
Brais guardó el celular en el bolsillo, sintiendo la brisa de la mañana en el rostro. El "Proyecto Brais" continuaba su marcha imparable, y él estaba más listo que nunca para lo que venía.
El miércoles por la mañana, la ciudad despertó envuelta en un clima fresco y agradable. Brais caminó a paso firme hacia la zona comercial donde se ubicaba la cafetería gourmet administrada por Alba Cárdenas (23 años). Con $3,300 pesos acumulados en efectivo y la certeza absoluta de cómo operaba la red de las doce mujeres, el joven técnico avanzaba con una seguridad en sí mismo que jamás había experimentado en su vida.
Al llegar, el aroma a grano de café recién molido y repostería fina inundó sus sentidos. El establecimiento era elegante, iluminado con luces cálidas y con una clientela selecta. Al anunciar su llegada en la barra, una de las empleadas sonrió con amabilidad.
—Señor Brais, bienvenido. La señorita Alba lo está esperando en su oficina privada del fondo. Pase directo.
Brais caminó por el pasillo hasta la puerta de madera clara con un pequeño cartel que decía Gerencia. Tocó suavemente y escuchó una voz dulce, ligeramente temblorosa, desde el interior.
—P-pase, por favor...
Al abrir la puerta, Brais se encontró con Alba Cárdenas. A sus 23 años, Alba era una joven de figura pequeña pero de curvas impresionantes y abrumadoramente voluminosas. Llevaba una blusa de manga corta color pastel que apenas lograba contener la magnitud de su busto, y una falda ejecutiva entallada que remarcaba unas caderas anchas y redondas. Su cabello castaño claro estaba peinado en una trenza suave, y sus ojos expresaban una timidez encantadora combinada con un rubor intenso en las mejillas.
Al ver entrar a Brais, Alba dio un salto involuntario en su silla ejecutiva. Sus manos temblaron levemente mientras acomodaba unas carpetas.
—Hola, Brais... qué bueno que llegaste —dijo ella con voz suave, mirando hacia el piso por un segundo antes de juntar valor para sostenerle la mirada.
—Hola, Alba. Buenos días —saludó él con una sonrisa tranquila, cerrando la puerta con seguro detrás de sí.
El fragmento de la mente de Brais alojado en la psique de Alba chocaba de frente con su naturaleza tímida y reservada, creando una tormenta interna de deseo reprimido y devoción ciega. La joven dio unos pasos hacia él, temblando visiblemente.
—En el chat del grupo... las chicas no paran de hablar de lo increíble que es estar contigo —murmuró Alba, con el rostro encendido de rojo—. Yo... yo soy muy tímida, Brais... pero desde el día de la descarga electromagnética no puedo dormir pensando en este momento. Mi cuerpo se siente tan caliente cada vez que escucho tu nombre.
Brais dio dos pasos hacia ella, acortando la distancia y tomándole suavemente las manos.
—No tienes por qué estar nerviosa, Alba. Estoy aquí contigo.
La calidez del contacto de Brais terminó por derretir el pudor de la gerente. Alba soltó un suspiro tembloroso y, alzándose de puntitas, rodeó su cuello con sus brazos suaves. Su beso no fue agresivo como el de Mireia ni dominante como el de Regina; fue un beso tímido, dulce y sumiso, que poco a poco se volvió más húmedo y hambriento a medida que la lengua de Brais buscaba la suya.
—Ah... Brais... —gimió ella contra sus labios, pegando sus voluminosos pechos contra el tórax del joven.
—Dime qué trabajo técnico tenemos para hoy, Alba —sonrió Brais, acariciándole la cintura.
—El... el sistema de punto de venta y la red de comandas digitales de la cafetería —articuló ella con la respiración agitada—. Se desincronizaron los inventarios de insumos. Pero la verdad... el sistema puede esperar unos minutos. Necesito que me quites los nervios de encima... ahora mismo.
Alba no esperó. Guiada por el impulso irracional del fragmento, se dejó caer sobre sus rodillas frente al sillón ejecutivo. Con dedos temblorosos pero decididos, desabrochó el pantalón de Brais y deslizó la tela hacia abajo, liberando su miembro completamente erecto, grueso y palpitante.
La joven de 23 años ahogó un chillido de asombro ante la imponente anatomía del chico.
—Es tan grande... —susurró, tragando saliva.
Inclinó la cabeza y envolvió la gruesa cabeza del pene de Brais con sus labios carnosos. A pesar de su timidez inicial, la succión de Alba se volvió profunda y envolvente, usando su boca cálida y abundante saliva para recorrer el tronco del joven en embestidas rítmicas que sacaron los primeras groserías de placer de la boca de Brais.
Tras dejarlo completamente lubricado, Alba se puso de pie. Con movimientos torpes pero cargados de sensualidad, se desabrochó la blusa y dejó caer la falda junto con su ropa interior. Su cuerpo pequeño, de piel suave y extremadamente voluminoso quedaba expuesto; sus senos grandes se elevaban con cada respiración rápida y su estrecha zona íntima destilaba un flujo transparente y abundante que corría por sus muslos.
Se subió al amplio escritorio de madera de la gerencia, apartando una laptop, y se recostó de espaldas, abriendo sus piernas de par en par.
—Por favor... no seas suave conmigo, Brais... hazme tuya —suplicó Alba, con la mirada perdida en el éxtasis.
Brais se posicionó entre sus caderas, alineó la punta húmeda de su miembro con la entrada de la chica y, de un solo empuje potente y decidido, se sepultó en su interior hasta la base.
—¡AAAAHHHHHH! —gritó Alba a pleno pulmón, aferrándose con fuerza a los bordes del escritorio mientras su espalda se arqueaba—. ¡Dios mío!... ¡Me abres toda!... ¡Brais!
La estrechez de Alba era casi sofocante, aprisionando el pene de Brais en un abraza caliente y apretado. Brais comenzó a embestirla con un ritmo pesado, constante y profundo. El sonido húmedo del impacto de su pelvis contra los glúteos carnosos de la chica retumbaba en la pequeña oficina.
—¡Sí!... ¡Así, mi amor!... ¡Fóllame... quítame todo el pudor!... ¡Soy tuya, completamente tuya! —deliraba Alba, perdiendo el control de su timidez y entregándose a gemidos descarados e incoherentes.
Brais la tomó de las piernas, elevándolas para clavar su longitud directo en su cuello uterino. La brutalidad del placer y la devoción del fragmento hicieron que Alba convulsionara en un orgasmo masivo en cuestión de minutos, contrayéndose salvajemente alrededor del miembro del técnico.
—¡Me vengo!... ¡Brais, me estoy viniendo bastante!... ¡Aaaah! —chilló la chica.
Sintiendo la opresión extrema de la vagina de Alba y rozando su propio límite, Brais aceleró tres estocadas finales con toda la fuerza de sus caderas y descargó una ráfaga abundante, densa y ardiente de semen directo en lo más profundo del útero de la joven.
Ambos quedaron jadeando sobre el escritorio de la gerencia, unidos por el contacto físico mientras la respiración de Alba se normalizaba lentamente.
Una hora más tarde, el sistema de la cafetería estaba completamente reparado y optimizado por los dedos ágiles de Brais.
Alba, luciendo nuevamente impecable pero con un brillo radiante en los ojos y una sonrisa de satisfacción absoluta, le entregó a Brais un sobre elegante.
—Aquí tienes tu pago por la jornada, mi amor —dijo ella, besándole la mejilla con ternura—. Son $600 pesos en efectivo.
—Gracias, Alba. El sistema no te volverá a dar problemas —respondió Brais guardando el sobre en su mochila, alcanzando ya la cifra de $3,900 dólares en su haber.
—Descansa esta tarde, Brais —sonrió la chica—. Mañana es jueves y te toca jornada con Silvana Barrientos (38 años), la agente inmobiliaria. Sé que te tiene preparada una visita a un penthouse de lujo absolutamente privado.
Brais se despidió con un beso profundo, salió de la cafetería y caminó hacia la parada de transporte, sintiendo que su vida avanzaba a pasos agigantados por un sendero de poder, dinero y placer inagotable.
A las 8:45 a.m., un vehículo deportivo de alta gama de color plata se estacionó frente a su edificio. Al bajar la ventanilla, una mujer de mirada penetrante y sonrisa enigmática le hizo una seña con la mano.
Era Silvana Barrientos, de 38 años, la cotizada agente inmobiliaria especializada en propiedades de ultralujo.
—Sube, mi amor... No queremos que se nos haga tarde para la inspección —dijo Silvana con una voz madura, firme y seductora.
Brais abordó el asiento del copiloto. La fragancia a perfume importado de notas amaderadas y florales inundaba el habitáculo de piel del auto. Silvana vestía un traje sastre blanco impecable; el saco entallado dejaba ver un escote pronunciado que resaltaba un busto firme y maduro, mientras que la falda de tubo remarcaba unas caderas anchas y tonificadas.
—Buenos días, Silvana —saludó Brais, mirándola de reojo mientras ella aceleraba.
—Buenos días, Jefe —sonrió la empresaria, dándole una mirada rápida cargada de complicidad—. Las chicas en el grupo no han dejado de comentar lo eficiente que has sido esta semana. Hoy nos toca a nosotros. Te llevo al Penthouse de la Torre Reforma. Es una propiedad de $25 millones de dolares que tengo en exclusiva. El sistema domótico y la red de acceso biométrico están dando fallas y el cliente VIP viene por la tarde.
—Consideralo resuelto —respondió el joven técnico con absoluta confianza.
El trayecto hacia la zona financiera duró apenas quince minutos. La Torre Reforma se elevaba imponente entre los rascacielos. Subieron por el elevador privado directamente hasta el piso 42, donde el elevador abría sus puertas directamente al vestíbulo del penthouse.
El lugar era espectacular: ventanales de piso a techo con una vista panorámica de toda la ciudad, pisos de mármol pulido y un diseño minimalista de catálogo.
—Impresionante propiedad —comentó Brais, dejando su mochila sobre una barra de granito.
—Es un lugar donde nadie puede vernos ni escucharnos... completamente insonorizado —murmuró Silvana, caminando hacia él con el resonar firme de sus tacones.
Antes de que Brais pudiera sacar su laptop, Silvana recortó la distancia, le tomó el rostro con ambas manos de manicura perfecta y lo atrajo hacia sí, sellando sus labios en un beso maduro, dominante y hambriento. La lengua de la agente inmobiliaria buscó la suya con una desesperación contenida por días. Su cuerpo de 38 años, firme y esculpido, se pegó contra el de Brais de forma deliberada.
Al separarse, la respiración de Silvana era agitada y sus ojos grises brillaban con un deseo incontrolable.
—Desde el lunes que Claudia habló del trabajo con ella, no he podido concentrarme en ninguna venta —susurró Silvana, pasándole las manos por los hombros—. El fragmento que habita en mí me exige tenerte... pero mi cuerpo de mujer madura lo desea con más fuerza aún.
—Primero la red domótica, Silvana —dijo Brais con una sonrisa confiada, manteniendo el control—. Un trabajo bien hecho merece la mejor recompensa.
Silvana soltó una risa ronca y sensual.
—Trato hecho, mi Jefe.
Brais se conectó al panel central del penthouse. En cuestión de cuarenta minutos, reescribió las líneas de código del sistema biométrico, recalibró los sensores de iluminación y optimizó la red de seguridad del departamento.
Al ver que la pantalla principal marcaba "Sistema Operativo 100%", Brais cerró la laptop.
Silvana, que había estado observándolo recargada contra el ventanal principal sosteniendo una copa de champán, dejó la copa a un lado. Con un movimiento elegante, se desabrochó el saco del traje sastre y lo dejó caer al suelo de mármol, seguido por la falda de tubo.
Quedó de pie frente a la vista panorámica de la ciudad, vestida únicamente con un conjunto de lencería de encaje fino de color rojo pasión. Su cuerpo de 38 años era una combinación perfecta de madurez, firmeza y elegancia: piel suave, cintural definida, caderas amplias y unos pechos maduros y erguidos que desafiaban la gravedad.
—El penthouse está listo... y yo también, Brais —dijo ella con voz grave.
Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra blanca del salón. Sin perder un segundo, desabrochó el pantalón de Brais y deslizó su ropa interior hacia abajo. El miembro del técnico emergió de inmediato, completamente erguido, grueso y venoso, latiendo con fuerza.
Silvana ahogó un gemido de fascinación. Con la maestría y la desenvoltura de una mujer madura que sabe exactamente lo que quiere, envolvió el tronco con sus manos y recibió la cabeza del pene en su boca. Su felación fue profunda, cálida y rítmica, usando su saliva para deslizarse hasta la base y sacándole los primeros gruñidos de placer a Brais.
Tras varios minutos de una succión intensa, Silvana se puso de pie, desabrochó su lencería y quedó completamente desnuda frente al ventanal. Se apoyó de manos contra el cristal templado, elevando sus glúteos carnosos y abriendo sus piernas. Su zona íntima brillaba por la abundante lubricación natural que escurría por sus muslos.
—Fóllame con la ciudad a nuestros pies, Brais... hazme sentir que soy tuya —suplicó Silvana, mirando sobre su hombro.
Brais se posicionó detrás de ella. Sujetó las caderas anchas de la mujer madura y alineó la punta húmeda de su miembro con su entrada. Con una estocada seca, potente y profunda, se sepultó en su interior de un solo golpe.
—¡AAAAHHHHHH! —gritó Silvana, pegando las palmas de las manos contra el cristal mientras su cuerpo temblaba por la penetración—. ¡Dios mío!... ¡Es enorme!... ¡Me llenas toda!
Brais no le dio descanso. Comenzó a embestirla con un ritmo pesado, continuo y despiadado. El sonido de sus pelvis chocando retumbaba en el amplio salón del penthouse, mientras la vista panorámica de la metrópoli servía de fondo para el encuentro.
—¡Sí!... ¡Así, mi amor!... ¡Destruye a tu agente inmobiliaria!... ¡Soy tu perra madura! —deliraba Silvana, perdiendo toda compostura ejecutiva y entregándose a un frenesí de placer puro.
Las paredes internas de la vagina de Silvana, calientes y estrechas, aprisionaban el pene de Brais en cada estocada. El joven la sujetó con firmeza, clavándose profundo hasta su cuello uterino. La intensidad del ritmo desató en Silvana un orgasmo masivo que hizo que sus muslos temblaran violentamente mientras se contraía a su alrededor.
—¡Me vengo!... ¡Brais, me estoy viniendo!... ¡Lléname! —chilló la mujer.
Sintiendo el apretón salvaje de la empresaria y rozando su propio límite, Brais aceleró tres embestidas finales con toda su fuerza, sepultando su miembro hasta la base. Con un gruñido profundo, descargó una densa y abundante ráfaga de semen caliente directamente en lo más profundo del útero de Silvana.
Ambos quedaron jadeando contra el cristal del penthouse, unidos por un hilo espeso de fluidos mientras la respiración de Silvana se apaciguaba lentamente.
Pasada una hora, ambos estaban impecablemente vestidos en la terraza del penthouse.
Silvana le entregó a Brais un sobre de papel crema.
—Aquí tienes tu pago por la jornada de hoy, mi vida —dijo ella, besándolo apasionadamente en los labios—. Son $600 pesos en efectivo, como marca la regla del grupo.
—Gracias, Silvana. El cliente VIP no tendrá ningún problema con la domótica —sonrió Brais, guardando el dinero. Su cuenta en efectivo ya alcanzaba los $4,500 pesos.
—Descansa esta tarde —dijo Silvana mientras bajaban por el elevador privado—. Mañana viernes te toca jornada con Beatriz Mendiola (41 años), la profesora universitaria. Sé que te citó en su biblioteca privada por la mañana.
Brais abordó el auto que lo llevaría de vuelta, sabiendo que el fin de semana se acercaba y con él, la cita tan esperada con Noly para consolidar el paso más importante de su vida personal.
Hacía apenas una semana estaba al borde del desalojo, comiendo lo que podía y desesperado por un milagro, y hoy tenía la vida financiera resuelta, pagada al contado y por adelantado.
Pero no era solo el dinero. Se llevó las manos a la nuca y cerró los ojos, recordando las últimas jornadas.
—Diablos... —murmuró con una risa contenida—. Qué barbaridad de mujeres.
Los cuerpos de las mujeres que albergaban a sus "otros yo" eran sencillamente irreales. No importaba si eran las jóvenes de 20 a 23 años o las maduras de 38 a 45: pechos firmes, voluminosos, pezones erguidos, caderas espectaculares y vaginas calientes, estrechas y húmedas que lo apretaban hasta volverlo loco en cada embestida. La sola idea de recordar la textura de la piel de Valeria, las curvas de reloj de arena de Claudia, la potencia atlética de Mireia, la timidez apretada de Alba o el lujo desenfrenado de Silvana le hacía acelerar el pulso. Era un banquete carnal que cualquier hombre envidiaría, hecho a su exacta medida.
De pronto, la vibración continua de su teléfono sobre la mesa lo sacó de sus pensamientos.
[WhatsApp - Noly]
"¡Hola, Brais! Oye... sé que habíamos quedado de vernos el fin de semana, pero mi jefe en la oficina acaba de avisar que nos van a dar libre todo el viernes por mantenimiento del edificio. ? ¿Crees que nos podamos ver mañana viernes? Me muero de ganas de verte y platicar de lo que quedamos pendientes..."
Brais sonrió con ternura al leer el mensaje. Noly era su prioridad absoluta para su vida personal y el amor de su vida, así que no dudó ni medio segundo en responderle que sí, que mañana viernes se veían desde temprano.
Sin embargo, surgió un dilema logístico inmediato. El viernes era el turno de la Dra. Beatriz Mendiola (41 años), la profesora universitaria. Brais revisó la lista de contactos en su agenda para avisarle que tendría que posponer la cita para el sábado o la próxima semana, pero se dio cuenta de que no tenía guardado el número directo de Beatriz.
Rápido y práctico, abrió la conversación privada con Valeria.
[WhatsApp - Valeria Sotomayor]
"Valeria, hola. Oye, ¿tendrás por ahí el número de Beatriz, la profesora universitaria? Es que mañana viernes me toca con ella, pero Noly me acaba de mandar mensaje para vernos mañana y necesito avisarle a Beatriz que no podré ir."
La respuesta de Valeria no tardó ni un minuto.
[WhatsApp - Valeria Sotomayor]
"¡Hola, mi Jefe! ? Uy, no te preocupes por pedirme el número uno por uno. Voy a hacer algo mucho mejor para que no andes batallando."
A los diez segundos, una notificación de sistema apareció en la pantalla de WhatsApp de Brais:
"Valeria Sotomayor te añadió al grupo: 'Proyecto Brais: Consentir al Jefe'"
Brais se quedó mirando la pantalla, viendo cómo la lista de integrantes se desplegaba de golpe frente a sus ojos: Valeria, Nora, Miriam, Regina, Claudia, Silvana, Beatriz, Teresa, Giselle, Karen, Mireia y Alba. Todas las 12 mujeres reunidas en un solo espacio digital.
Sin perder tiempo, Brais escribió directo en el chat grupal:
[WhatsApp - Grupo: "Proyecto Brais: Consentir al Jefe"]
Brais: "Hola a todas. Chicas, les escribo por aquí porque surgió un cambio de planes importante. Mañana viernes no podré ir a la cita con Beatriz. Noly me acaba de mandar mensaje diciéndome que tiene el día libre y que quiere que nos veamos mañana para hablar de nosotros."
El teléfono de Brais comenzó a sonar sin parar mientras las doce mujeres leían el mensaje al mismo tiempo...
La reacción en el chat fue instantánea. Las notificaciones comenzaron a llover una tras otra en una ráfaga descontrolada que hizo vibrar el teléfono de Brais sin pausa sobre la mesa de centro.
Valeria Sotomayor: "¡SIII! ¡Sabía que Noly no iba a aguantar las ganas de buscarte! ??"
Nora Galván: "Excelente noticia, Brais. La prioridad del proyecto siempre ha sido tu estabilidad emocional y la consolidación con Noly. Beatriz entenderá perfectamente."
Beatriz Mendiola: "Por supuesto que sí, mi amor. No te preocupes en absoluto por mi turno. Mi biblioteca privada y los servidores de la facultad pueden esperar hasta el lunes. Tu momento con Noly es lo más importante ahora mismo."
Dra. Regina Montemayor: "Confirmado por parte de la mesa directiva del grupo. El viernes queda totalmente libre para la cita oficial con Noly. Disfrútala, que bien merecido lo tienes."
Claudia Zepeda: "Si necesitas que reservemos un restaurante discreto o cualquier detalle de lujo para impresionarla, solo dinos y nos encargamos de todo al instante."
Miriam Salgado: "¡Yo puedo preparar un paquete de postres gourmet para que se los lleves! A las mujeres nos conquista el estómago, créeme."
Brais sonrió de lado, impresionado por la sincronía y la lealtad absoluta de las doce mujeres hacia su felicidad con Noly. Escribió rápido en el grupo:
Brais: "Gracias a todas, de verdad. Prefiero llevarla a algo sencillo, como a ella le gusta, pero les agradezco el apoyo. Les aviso cómo me va."
El viernes por la mañana, el sol iluminaba la ciudad con un tono cálido y despejado. Brais se preparó con calma: se puso unos jeans limpios, una playera negra bien entallada y sus tenis favoritos. Guardó algo de efectivo en la cartera y caminó hacia el parque central, el punto de reunión que Noly le había propuesto.
Al llegar, la vio de lejos sentada en una banca bajo la sombra de un gran árbol.
Noly llevaba un vestido sencillo de flores que resaltaba su figura natural, con el cabello suelto cayéndole por los hombros. En las manos sostenía una malteada, mirando hacia el piso con gesto pensativo. Brais sintió un tirón cálido en el pecho. Recordó los doce años de risas, de tardes jugando videojuegos en su departamento desordenado y de cómo ella había estado a su lado cuando él no tenía un solo peso en la bolsa.
—Hola, Noly —saludó Brais con voz suave, acercándose.
Noly levantó la mirada de golpe. Al verlo, una sonrisa radiante y sincera iluminó su rostro, aunque sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor.
—¡Brais! Llegaste... —dijo ella, poniéndose de pie de inmediato.
Sin dudarlo, Brais la envolvió en un abrazo firme y cálido. Noly se pegó a su pecho, escondiendo el rostro en su cuello y soltando un largo suspiro de alivio, como si por fin hubiera recuperado la paz que le faltó durante toda la semana.
—Te extrañé mucho —murmuró ella con la voz temblorosa contra su playera.
—Yo también, Noly —respondió él, separándose apenas lo suficiente para mirarla a los ojos—. Vamos a caminar un rato y a comer algo rico, ¿sale?
Caminaron juntos por el corredor del parque, compartiendo una charla fluida que de inmediato disipó cualquier rastro de tensión. Hablaron de cosas triviales, de recuerdos de la infancia y de cómo las cosas habían cambiado. Sin embargo, al sentarse en la mesa de una cafetería al aire libre, Noly jugueteó con el popote de su bebida, juntando valor para abordar el tema pendiente.
—Brais... sobre lo que te dije por teléfono el lunes —empezó ella, mirando el vaso—. De verdad no quiero que pienses que estoy celosa de tus jefas o que quiero meterme en tu trabajo. Es solo que... ver que de repente estás rodeado de mujeres tan hermosas y exitosas me hizo darme cuenta de lo mucho que te quiero y del miedo que tengo de perderte.
Brais extendió la mano sobre la mesa y tomó suavemente la mano de Noly. Ella lo miró con los ojos cristalinos.
—Noly, escúchame bien —dijo Brais con una seguridad absoluta en la voz—. Esas mujeres son solo colaboradoras y clientes con las que tengo proyectos de trabajo técnicos. Nada más. Pero tú... tú eres la única mujer que ha estado conmigo cuando no tenía nada. Tú eres la persona más importante en mi vida.
Noly guardó silencio, tragando saliva mientras una lágrima de felicidad se le escapaba por la mejilla.
—¿De verdad, Brais? —susurró ella.
—De verdad —sonrió él, apretándole la mano con ternura—. Por eso quería decirte hoy... que quiero que seamos novios oficiales. Si tú quieres, claro.
Noly soltó un jadeo ahogado de pura emoción. Se levantó de su silla sin importarle la gente alrededor, se inclinó sobre la mesa y rodeó el cuello de Brais, sellando sus labios en un beso dulce, apasionado y lleno de un amor que llevaba doce años esperando salir a la luz.
—¡Sí!... ¡Claro que sí, tonto! —gimió ella al separarse, sonriendo con lágrimas en los ojos—. Claro que quiero ser tu novia.
La tarde transcurrió de forma maravillosa. Pasearon tomados de la mano por el centro, riendo y disfrutando de la compañía mutua como una pareja oficial. Al caer la noche, Brais la acompañó hasta la puerta de su casa.
Se despidieron con un beso largo y profundo en el porche, prometiendo verse el fin de semana para celebrar formalmente con sus familias.
Al regresar a su departamento, Brais respiró hondo, sintiendo una plenitud que nunca antes había experimentado. Sacó su teléfono y abrió el chat grupal para darles la noticia a las doce mujeres que, desde la sombra, habían respaldado cada uno de sus pasos.
[WhatsApp - Grupo: "Proyecto Brais: Consentir al Jefe"]
Brais: "Chicas, ya regresé a casa. Todo salió perfecto con Noly. Ya somos novios oficiales."
La pantalla del celular volvió a encenderse con una lluvia de mensajes de felicitación, aplausos y corazones por parte de Valeria, Nora, Regina, Claudia y las demás. Todas celebraban el triunfo del Brais original.
Valeria Sotomayor: "¡FELICIDADES, MI JEFE! ? Se lo merecen los dos. Noly es la reina oficial."
Nora Galván: "Nos alegra enormemente, Brais. Mañana sábado y el domingo los tienes completamente libres para estar con ella."
Beatriz Mendiola: "Así es. Y el lunes me toca a mí en la facultad... prepárate, porque te voy a recibir como te mereces por esta gran noticia."
Brais guardó el teléfono con una sonrisa confiada. Con Noly como su novia oficial y las doce mujeres espectaculares listas para seguir consintiéndolo, financiándolo y entregándose a él en su red secreta, el futuro no podía ser más brillante.
El Primer Día como Novios
La mañana del sábado amaneció con una luz tibia y dorada que se filtraba pacíficamente a través de la ventana de Brais. El apartamento, habitualmente impregnado de una sensación de prisa y tensión por la falta de dinero, se sentía ahora como un santuario de absoluta serenidad.
Brais se despertó sin la necesidad de una alarma. Se quedó recostado un momento sobre la almohada, con los brazos detrás de la cabeza, contemplando el techo mientras una sonrisa involuntaria se dibujaba en sus labios. Todo en su vida había dado un giro tan drástico y vertiginoso que parecía una fantasía programada a la medida; sin embargo, al extender la mano sobre la mesa de noche y sentir la textura de su teléfono, la realidad se reafirmaba con la precisión de un cálculo matemático.
Tomó el dispositivo y abrió la aplicación de mensajes. La pantalla estaba inundada de notificaciones del grupo secreto.
[WhatsApp - Grupo: "Proyecto Brais: Consentir al Jefe"]
Nora Galván: "Buenos días, Jefe. Tras la excelente noticia de ayer, la mesa directiva del grupo ha tomado una decisión unánime. Te otorgaremos varios días libres consecutivos para que los disfrutes plenamente junto a Noly. Tu estabilidad emocional y la consolidación de tu relación con tu novia oficial son la máxima prioridad para todas nosotras."
Dra. Regina Montemayor: "Exacto. Biológicamente necesitas afianzar este vínculo sin distracciones de trabajo ni agendas divididas. Nosotras nos encargaremos de ajustar las fechas de la rotación para la próxima semana. Tómate el tiempo necesario con ella."
Valeria Sotomayor: "¡Disfruta mucho con la reina, Brais! ? Nosotras aquí estaremos esperando pacientemente cuando toque volver a las jornadas. ¡Un abrazo de parte de las doce!"
Claudia Zepeda: "Cualquier gasto que surja en estos días corre por cuenta de la caja de viáticos del proyecto, así que no escatimes en consentirla."
Brais soltó una pequeña risa llena de incredulidad y gratitud. La lealtad y la consideración de aquellas doce mujeres —que albergaban dentro de sí los fragmentos de su propia psique— resultaban asombrosas. Sabían cuándo apretar el paso en el aspecto laboral y carnal, pero también entendían a la perfección la importancia de darle a Noly el espacio absoluto que se había ganado a lo largo de doce años de devoción incondicional.
Apenas terminó de leer los mensajes del grupo, una nueva notificación emergió en la pantalla. Era un mensaje directo de Noly.
[WhatsApp - Noly]
"¡Buenos días, mi amor! ☀? ¿Cómo amaneciste? Oye, me acaba de avisar mi supervisora que por reestructuración de la oficina también nos dieron libre el día de hoy sábado. ¡No lo puedo creer! Tengo el día completamente desocupado para estar contigo... ¿A qué hora nos vemos?"
El corazón de Brais dio un vuelco cálido. Que el universo —o la casualidad de las agendas laborales— se alineara de tal manera para regalarles todo el día sábado juntos parecía el toque final para un inicio perfecto.
[WhatsApp - Brais]
"¡Excelente noticia, mi vida! Amanecí de maravilla. Quédate descansando un rato más; yo paso por ti a tu casa a las 10:30 a.m. Te tengo preparada una sorpresa para desayunar juntos. Te quiero mucho."
[WhatsApp - Noly]
"¡Aquí te espero con ansias! Yo también te quiero muchísimo. ❤"
Brais se levantó de la cama con una vitalidad renovada. Se dirigió al baño, disfrutó de una ducha caliente sin prisas y se vistió con esmero: una camisa casual de tonos oscuros que resaltaba su figura, jeans cómodos y tenis limpios. Antes de salir, revisó su billetera. Entre el efectivo acumulado de sus jornadas técnicas con Valeria, Claudia, Mireia, Alba y Silvana, disponía de más de $4,500 pesos en billetes limpios. Sabía que no necesitaba gastar una fortuna para hacer feliz a Noly, pero la tranquilidad de saber que podía pagar cualquier capricho o antojo de su novia sin preocuparse por el presupuesto le otorgaba una postura de confianza firme y masculina.
A las 10:20 a.m., Brais bajó de su edificio y abordó un taxi con rumbo a la casa de Noly. El trayecto por la ciudad le sirvió para reflexionar sobre la dualidad de su nueva vida. Por un lado, la red secreta de las doce mujeres espectaculares que lo rodeaban de lujo, dinero y un placer desenfrenado basado en la devoción de sus fragmentos; por el otro, la pureza del amor de Noly, la chica que lo había abrazado en la escasez y que ahora caminaba a su lado como su novia oficial. Ambos mundos encajaban en una armonía perfecta que él estaba dispuesto a defender a toda costa.
El taxi se detuvo frente a la modesta casa de Noly. Brais bajó, pagó al chofer con un billete de cien pesos dejando una generosa propina y caminó hacia la entrada. Apenas llegó al pequeño porche de madera, la puerta principal se abrió de par en par.
Noly estaba de pie en el umbral, luciendo sencillamente hermosa. Llevaba un vestido blusa de color lila sujetado por un cinturón delgado que acentuaba su talle natural, su cabello castaño caía en suaves ondas sobre sus hombros y su rostro no llevaba más maquillaje que un ligero brillo en los labios y una capa de rímel que resaltaba sus ojos grandes y expresivos.
Al ver a Brais, la joven soltó una risita ahogada y dio dos pasos rápidos hacia adelante, arrojándose a sus brazos.
—¡Brais! —exclamó ella, rodeándole el cuello con fuerza.
Brais la sujetó por la cintura con firmeza, levantándola ligeramente del suelo mientras la estrechaba contra su pecho. La fragancia dulce a jazmín y jabón fresco que emanaba de la piel de Noly lo envolvió de inmediato.
—Hola, mi amor —murmuró Brais en su oído antes de posar sus labios sobre los de ella.
El beso fue pausado, dulce y profundo. Noly entreabrió los labios con timidez, dejando que sus lenguas se rozaran en un juego cálido que reflejaba todo el afecto acumulado durante doce años de espera. Al separarse, las mejillas de la chica estaban encendidas en un suave tono carmesí, pero sus ojos brillaban con una felicidad radiante.
—Aún no puedo creerlo... —susurró Noly, acomodándole el cuello de la camisa a Brais con dedos temblorosos—. Sentir que te puedo besar así, abiertamente, sin tener que tragarme lo que siento... Parece un sueño del que no quiero despertar.
—No es ningún sueño, Noly —respondió él con voz firme, tomándola de la mano y entrelazando sus dedos con los de ella—. Es nuestra realidad. Y hoy el día es completamente nuestro.
—¿A dónde vamos a ir? —preguntó ella con curiosidad, cerrando la puerta de su casa con llave y guardándola en su pequeño bolso cruzado.
—A un lugar que sé que te encanta desde que éramos niños, pero a donde nunca podíamos ir porque siempre andábamos cortos de cambio.
Noly lo miró con los ojos abiertos de par en par.
—No me digas que... ¿al restaurante del jardín botánico?
—Exactamente ahí —sonrió Brais.
El restaurante del jardín botánico era un establecimiento hermoso situado en la periferia de la ciudad, rodeado de invernaderos de cristal, fuentes de agua natural y pérgolas cubiertas de flores enredaderas. Durante su adolescencia, cuando paseaban por los senderos públicos del parque, solían mirar a la gente desayunar en las terrazas de ese lugar, prometiéndose en juego que algún día tendrían el dinero suficiente para sentarse a comer allí sin fijarse en los precios de la carta.
Tomaron un auto que los llevó directamente al complejo. El clima del mediodía era perfecto, con una brisa fresca que atenuaba el calor del sol. Al llegar a la entrada del jardín, el recepcionista del restaurante los recibió con una reverencia amable.
—Buenos días. ¿Tienen reservación? —preguntó el empleado.
—No tenemos reservación, pero nos gustaría una mesa en la terraza exterior, cerca de la fuente central —solicitó Brais con tono tranquilo y seguro.
El recepcionista revisó la libreta de control y sonrió.
—Tienen suerte, señor. Una de nuestras mejores mesas de la terraza se acaba de liberar. Acompáñenme, por favor.
Siguieron al empleado por un camino de piedra rodeado de orquídeas y helechos gigantes hasta llegar a una mesa redonda de hierro forjado blanco, situada justo al lado de una fuente de piedra por donde corría un hilo de agua cristalina. La vista de los jardines floridos era espectacular.
Noly se tomó un momento para contemplar el lugar, visiblemente conmovida. Se sentó en la silla que Brais le acomodó con caballerosidad y apoyó los codos sobre la mesa, mirando a su novio con una mezcla de admiración y ternura.
—Brais... esto es demasiado hermoso —dijo ella en voz baja—. Pero... ¿estás seguro de que no es muy caro? No quiero que te quedes corto por mi culpa. Sé que estás ganando bien con tus nuevos trabajos, pero no tienes que gastar tanto en mí.
Brais extendió la mano por encima del mantel y cubrió la mano de Noly, mirándola fijamente con absoluta ternura.
—Noly, escúchame bien —dijo él con firmeza—. A partir de hoy, nunca más vas a tener que preocuparte por si algo es caro o no cuando estés conmigo. Me he esforzado mucho esta semana, mis proyectos técnicos han sido un éxito y me han pagado lo justo por mi trabajo. Te mereces esto y mucho más. Años atrás mirábamos este lugar desde afuera; hoy estamos aquí sentados juntos, como novios. Así que disfruta, pide lo que más te guste y déjame consentirte.
Una lágrima de pura emoción se desprendió del ojo derecho de Noly. Se limpió rápidamente con la yema del dedo y esbozó una sonrisa dulce y resplandeciente.
—Está bien... me voy a dejar consentir —cedió ella, apretándole la mano.
Un mesero de uniforme impecable se acercó para tomar la orden. Noly pidió unos chilaquiles artesanales con salsa de flor de calabaza, cecina fina y un jugo de naranja recién exprimido, mientras que Brais solicitó unos huevos benedictinos sobre pan de masa madre con café de grano recién molido. Para acompañar el centro de la mesa, Brais ordenó una canasta de pan dulce gourmet recién horneado.
Durante el desayuno, la conversación fluyó de forma mágica y espontánea. No había lugar para incómodos silencios ni rodeos. Hablaron de los recuerdos de su infancia, de las tardes de lluvia en las que compartían una sola bolsa de papas fritas mientras ideaban proyectos imposibles, y de cómo el destino los había mantenido unidos a lo largo de doce años. Noly reía con soltura, haciendo gestos gracioso con las manos y dejando ver esa faceta infantil y genuina que Brais tanto adoraba.
En cierto momento, mientras probaban el pan dulce, Noly se inclinó hacia adelante y tomó una servilleta para limpiar con delicadeza una pequeña gota de mermelada que había quedado en la comisura de los labios de Brais.
—Listo... te veías gracioso —dijo ella con voz suave, dejando la servilleta a un lado pero manteniendo la mirada fija en los ojos de él.
—Gracias, mi vida —respondió Brais, tomando su barbilla con delicadeza y acercándose para darle un beso tierno en los labios, saboreando el dulzor del café en la boca de su novia.
Noly soltó un pequeño suspiro contra su boca, cerrando los ojos para disfrutar plenamente del contacto. Cuando se separaron, ella mantuvo sus manos entrelazadas con las de él.
—¿Sabes algo, Brais? —murmuró Noly, mirando el agua de la fuente—. Esta semana estaba aterrorizada. Cuando te vi con esa chica... con Karen... sentí que el mundo se me venía encima. Pensé que una persona como tú, tan inteligente y capaz, tarde o temprano se daría cuenta de que podía tener a cualquier mujer elegante y adinerada, y que yo me quedaría atrás, siendo solo la amiga de la infancia a la que se le llama de vez en cuando por pura nostalgia.
Brais apretó el agarre de sus manos, recordando la lealtad de la red secreta de las doce mujeres que habían insistido en que Noly fuera la reina indiscutible de su vida.
—Eso nunca iba a pasar, Noly —aseguró Brais con una convicción que le erizó la piel a la joven—. Karen, las doctoras, las abogadas o cualquier otra mujer con la que yo trabaje son solo eso: trabajo y proyectos profesionales. Pero ninguna de ellas estuvo cuando mi prototipo no funcionaba, ni cuando no tenía para la renta, ni cuando nadie creía en mí. Tú fuiste la única que estuvo ahí, creyendo en mí sin pedir nada a cambio. Tú tienes un lugar en mi corazón que nadie, absolutamente nadie en este mundo, podrá ocupar jamás.
Noly mordió su labio inferior, aguantando las ganas de llorar de felicidad. Se levantó de su silla, bordó la mesa redonda y se sentó directamente sobre las piernas de Brais. Rodó el cuello del chico con sus brazos y escondió su rostro en el hueco de su hombro, respirando hondo.
—Te amo, Brais... Te amo desde hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo cuándo empezó —confesó ella en un susurro cargado de devoción pura—. Prométeme que nunca nos vamos a soltar.
Brais rodeó la cintura de Noly con sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo delgado y femenino ajustándose perfectamente contra el suyo. La besó en la sien, oliendo su cabello suave.
—Te lo prometo, Noly. Nunca nos vamos a soltar —respondió él con el alma.
Permanecieron así durante varios minutos, abrazados en medio de la terraza del jardín botánico, disfrutando del susurro del viento entre las flores y del sonido constante de la fuente. Para Brais, la sensación de plenitud era absoluta: tenía el control de su destino, el respaldo económico y técnico de su imperio secreto de doce mujeres, y el amor genuino de la mujer de su vida descansando sobre su pecho.
Tras concluir el desayuno y pedir la cuenta —la cual Brais pagó en efectivo sin el menor titubeo, dejando una propina impecable—, la pareja decidió aprovechar la tarde libre para caminar por los senderos privados del jardín.
Caminaron tomados de la mano bajo la sombra de los grandes árboles, deteniéndose en los puentes de madera sobre el lago de carpas para tomarse fotos juntos. Noly reía como una niña pequeña cada vez que Brais la tomaba por la cintura para robarle un beso entre los pasillos de vegetación tupida. Se tomaron varias fotografías con el teléfono de Noly; en todas ellas, la chica lucía una sonrisa radiante, abrazada al brazo de Brais con un orgullo y una devoción que no dejaban espacio a ninguna duda.
A eso de las 5:00 de la tarde, se sentaron en el pasto de una pequeña colina que dominaba la vista del estanque principal. Noly recostó su cabeza sobre el pecho de Brais, mientras él le acariciaba el cabello con paciencia y ritmo.
—Ha sido el mejor día de toda mi vida, Brais —susurró Noly, cerrando los ojos al sentir las caricias de su novio en la cabeza—. Siento que me he quitado una tonelada de peso de encima. No hay preocupaciones de trabajo, no hay miedos... solo tú y yo.
—Y apenas es el primer día de muchos, mi amor —respondió Brais, sonriendo—. Mañana domingo también lo tenemos completamente libre. Podemos ir a donde tú quieras.
—¿De verdad? —Noly levantó la cabeza para mirarlo con entusiasmo—. Me encantaría que fuéramos a la laguna que está a las afueras de la ciudad. Podríamos rentar una pequeña lancha y hacer un picnic sobre el pasto.
—Hecho. Mañana nos vamos a la laguna desde temprano —decretó Brais, dándole un beso corto en los labios.
Cuando la luz del sol comenzó a teñirse de tonos anaranjados y violetas indicando el atardecer, Brais y Noly se pusieron de pie, se sacudieron el pasto de la ropa y caminaron hacia la salida del parque. Abordaron un transporte que los llevó de vuelta a la casa de la chica.
Al llegar al porche de la casa de Noly, la atmósfera nocturna se sentía íntima y tranquila. Las luces de la calle iluminaban suavemente el rostro de la joven, que miraba a Brais con una devoción y un cariño absolutos.
—Gracias por este día tan maravilloso, mi amor —dijo Noly, tomando las manos de Brais entre las suyas—. De verdad hiciste que me sintiera como la mujer más especial del mundo.
—Lo eres, Noly. Para mí lo eres todo —respondió Brais, dándole un beso largo, cálido y apasionado en los labios, sujetándola firmemente por la cintura.
Noly correspondió al beso con ímpetu, pegando su cuerpo contra el de él y soltando un leve gemido de satisfacción contra su boca. Al separarse, le dedicó una última mirada cargada de amor.
—Te veo mañana temprano para ir a la laguna. Descansa, mi vida —se despidió ella.
—Descansa, mi amor. Mañana paso por ti.
Brais esperó a que Noly entrara a su casa y cerrara la puerta con seguro antes de darse la vuelta y caminar hacia la esquina para tomar el transporte de regreso a su apartamento.
Al subir al vehículo y acomodarse junto a la ventana, sacó su teléfono personal. Abrió el chat del grupo secreto para revisar las novedades. Tenía varios mensajes de las doce mujeres, pero todos mantenían el mismo tono de respeto y lealtad hacia su descanso.
[WhatsApp - Grupo: "Proyecto Brais: Consentir al Jefe"]
Valeria Sotomayor: "Reportando desde el grupo: espero que el Jefe la esté pasando de maravilla con la reina hoy sábado. ¡No olviden que aquí seguimos al pendiente de todo!"
Silvana Barrientos: "Que disfrute su fin de semana con Noly. El lunes reanudamos las jornadas técnicas con la Dra. Beatriz con toda la energía."
Beatriz Mendiola: "Así es. Que aproveche cada segundo con su novia. Mi biblioteca privada está lista y esperando para cuando el Jefe decida volver."
Brais sonrió con absoluta confianza, guardó el celular en el bolsillo y contempló las luces de la ciudad a través del cristal. El primer día como novios oficiales había sido un éxito rotundo, dejando claro que su relación con Noly era indestructible, mientras que el imperio secreto de sus doce fragmentos lo esperaba pacientemente en la sombra para continuar elevando su vida hacia niveles de poder, dinero y placer que jamás imaginó alcanzar.
El trayecto de regreso en el transporte público le sirvió a Brais para reflexionar sobre cada detalle de la cita. Había sido un día perfecto, pero al recordar el camino de vuelta a la casa de Noly, un detalle muy específico comenzó a darle vueltas en la cabeza: se había fijado en cómo ella, hacia el final de la tarde, intentaba disimular una leve cojera debido al cansancio y a los tacones que llevaba puestos. Caminar varios kilómetros, esperar los autobuses y lidiar con los trayectos a pie no era la forma en que quería cuidar a su novia oficial.
A Brais no le tembló la mano. Sabía exactamente quiénes eran las doce mujeres que lo respaldaban y el nivel de devoción que sentían por su "yo original". Tan pronto como cruzó la puerta de su apartamento y se quitó los tenis, sacó el celular y redactó un mensaje directo en el chat grupal.
[WhatsApp - Grupo: "Proyecto Brais: Consentir al Jefe"]
Brais: "Chicas, buenas noches. Hoy el día con Noly fue increíble, pero me di cuenta de un detalle importante. Caminamos muchísimo y al final le dolían los pies por los tacones; además, depender del transporte público para llevarla a lugares más lejanos o para sus cosas no es cómodo. Necesito un auto. Quería preguntarles si en las próximas jornadas podemos ajustar el pago a un aumento mucho mayor para poder juntar lo de un vehículo pronto."
Las respuestas no tardaron ni quince segundos en comenzar a inundar la pantalla. La lealtad colectiva de las doce ejecitivas volvió a quedar demostrada de inmediato.
Valeria Sotomayor: "¡Pero claro que sí, mi Jefe! Por mí no hay ningún problema, duplicamos o triplicamos la tarifa por jornada si es necesario. ¡Noly no tiene por qué andar sufriendo en camión!"
Dra. Regina Montemayor: "Totalmente de acuerdo. Mi presupuesto personal y el de la clínica están a tu entera disposición. Podemos darte un bono extraordinario este mismo lunes."
Claudia Zepeda: "Iba a sugerir lo mismo. Te transferimos un adelanto de viáticos alto y compras la agencia que tú quieras."
Nora Galván: "Desde la perspectiva financiera del grupo, es una inversión totalmente justificada para la movilidad y seguridad de nuestro Jefe."
Alba Cárdenas: "¡Sí! Lo que tú necesites, Brais. Nosotras te damos el dinero que haga falta."
Mientras varias de ellas seguían ofreciendo montos en efectivo y transferencias inmediatas para juntar la suma de un auto del año, un mensaje en particular hizo que los demás comentarios se detuvieran. Era de Karen, la elegante empresaria con la que Brais había iniciado esta travesía.
Karen: "Chicas, esperen. No hace falta que el Jefe pierda tiempo juntando dinero ni haciendo trámites molestos en agencias. Brais, en la cochera de mi residencia tengo tres autos de gama alta que casi no uso. Uno de ellos es una SUV deportiva negra impecable, con menos de cinco mil kilómetros. Te la regalo hoy mismo, las llaves y los papeles a tu nombre los tengo listos."
El chat se llenó de emojis de aplausos y aprobación por parte de las demás.
Silvana Barrientos: "Excelente idea, Karen. Al final del día, todas nosotras estamos aquí para ayudar y facilitar la vida de nuestro yo original de la forma más rápida posible."
Mireia Beltrán: "¡Eso es eficiencia! Así mañana mismo te llevas a Noly a la laguna en tu propio auto deportivo, Jefe. ?"
Brais leyó el mensaje de Karen con una sonrisa de incredulidad y satisfacción. Sabía que para el nivel socioeconómico de Karen un auto de lujo era un detalle menor, pero la velocidad y disposición con la que se lo cedía demostraban que la influencia de los fragmentos en su psique estaba más fuerte que nunca.
[WhatsApp - Brais]
Brais: "Karen, te lo agradezco muchísimo. Me vendría de maravilla para pasar por Noly mañana temprano e irnos a la laguna cómodamente."
Karen: "No hay nada que agradecer, mi amor. Es un placer ayudarte. Mando a mi chofer ahora mismo a tu departamento para que te entregue el auto, la carpeta con la factura endosada a tu nombre y las dos llaves. En veinte minutos lo tienes abajo."
Brais guardó el teléfono sobre la mesa de centro y dejó escapar un largo suspiro, sintiendo cómo su vida se transformaba a pasos agigantados. De no tener ni para la renta a poseer miles de pesos en efectivo, el amor sincero de Noly y una camioneta de lujo esperándolo en la puerta de su edificio.
Exactamente a los veinte minutos, el timbre del interfón sonó. Brais bajó a la entrada del edificio, donde un chofer de uniforme impecable lo saludó con una reverencia respetuosa, le entregó una carpeta de cuero con la documentación del vehículo a nombre de Brais y le extendió la llave inteligente.
Estacionada junto a la acera brillaba una imponente SUV deportiva de color negro profundo, con rines oscuros, interiores de piel y el olor característico de un vehículo prácticamente nuevo.
Brais subió al asiento del conductor, encendió el motor —que rugió con una potencia suave y elegante— y acomodó el retrovisor. Tomó su teléfono y le envió una foto del volante con el emblema de lujo a Noly, junto con un breve mensaje:
[WhatsApp - Brais]
"Mañana no caminas ni un solo paso, mi amor. Paso por ti a las 9:00 a.m. para irnos a la laguna en nuestro nuevo auto."
La respuesta de Noly no tardó en llegar, llena de emojis de sorpresa e ilusión. Brais apagara el motor, cerró el vehículo con el control y subió a su departamento con una sensación de control y poder absoluto, listo para disfrutar del domingo con su novia antes de retomar las jornadas de placer y trabajo con las doce mujeres el lunes por la mañana.
El Viaje a la Laguna y la Revelación del Lujo
La luz del domingo despuntó con una serenidad perfecta sobre la ciudad, bañando las calles con un todo dorado y limpio. En el modesto departamento de Brais, el ambiente era una extraña y fascinante mezcla de sencillez y opulencia. Sobre la mesa de centro descansaba la carpeta de cuero con los documentos del vehículo, junto con la llave inteligente de la SUV deportiva de color negro profundo que Karen le había otorgado la noche anterior.
Brais se despertó temprano, con la mente fresca y una energía vibrante recorriéndole el cuerpo. Se tomó su tiempo para arreglarse: eligió una camisa de lino azul claro, arremangada con un toque desenfadado hasta los antebrazos, jeans obscuros bien ajustados y mocasines cómodos. Frente al espejo del baño, mientras se acomodaba el cabello, se observó a sí mismo por unos segundos. Su postura había cambiado de forma radical. Ya no quedaba rastro de la mirada esquiva o de la rigidez del joven técnico acorralado por las deudas y la incertidumbre. Había en él una presencia firme, masculina y magnética; el aura de un hombre que controlaba los hilos de un imperio secreto y que no tenía por qué pedirle permiso a la vida para tomar lo que deseaba.
Tomó la llave del auto, una hielera compacta donde guardó refrescos, fruta fresca y un par de bocadillos finos que había comprado la noche anterior, y bajó las escaleras.
Al cruzar la puerta del edificio, la imponente camioneta de lujo lo esperaba estacionada junto a la acera. La carrocería de tono negro metalizado brillaba bajo los rayos del sol matutino, y sus cristales entintados le otorgaban un aire de imponencia indiscutible. Brais tocó el sensor de la manija, el cual emitió un suave pitido al desbloquear las puertas de piel. El aroma a cuero nuevo e impecable inundó sus sentidos en cuanto se deslizó al asiento del conductor. Encendió el motor con solo pulsar un botón; el rugido grave de los ocho cilindros retumbó en la calle con una elegancia brutal antes de estabilizarse en un murmullo silencioso y perfecto.
Con el aire acondicionado regulado a una temperatura fresca y la música de su preferencia sonando suavemente a través del sistema de audio envolvente, Brais puso la palanca en marcha y se incorporó al tráfico matutino, rumbo a la casa de Noly.
A las 8:55 a.m., la SUV negra dobló la esquina de la cuadra de Noly. Las calles de ese vecindario popular estaban compuestas por casas sencillas, vecinos barriendo sus aceras y niños jugando en la banqueta. La aparición de un vehículo de esa categoría, con rines deportivos oscuros y una línea futurista, atrajo de inmediato la mirada curiosa de varios transeúntes.
Brais estacionó el vehículo frente al porche de Noly. Apagó el motor, bajó de la camioneta y caminó con paso tranquilo hacia la puerta de madera. Apenas puso un pie en el primer escalón, la puerta se abrió.
Noly salió luciendo sencillamente encantadora. Llevaba un vestido playero de algodón color blanco con bordados florales amarillos en el dobladillo, un sombrero de paja de ala ancha y una pequeña bolsa tejida al hombro. Su rostro irradiaba una frescura absoluta, con sus mejillas sonrosadas y una sonrisa radiante que se expandió al ver a Brais de pie frente a ella.
—¡Brais! ¡Buenos días, mi amor! —dijo ella, avanzando a paso rápido para envolverlo en un abrazo cálido.
Brais la sostuvo por la cintura, sintiendo la tela suave del vestido contra sus manos y oliendo el perfume a frutas y flor de naranjo que ella siempre usaba. Le devolvió el abrazo con firmeza y se inclinó para sellar sus labios en un beso profundo y romántico que hizo que Noly soltara un suspiro alegre.
—Buenos días, hermosa. Te ves increíble hoy —murmuró Brais, acariciándole el talle al separarse.
—Gracias, mi vida —respondió ella, acomodándose el sombrero—. Oye... ¿y el auto del mensaje? Pensé que vendríamos en taxi o que habías rentado algo sencillo, pero no veo...
Noly se interrumpió a sí misma cuando sus ojos se posaron en la enorme e impecable camioneta deportiva negra estacionada justo a unos metros, con la pintura reflejando la fachada de su propia casa. Sus ojos grandes se abrieron como platos y se llevó una mano a la boca, paralizada en su lugar.
—Brais... no me digas que... ¿esa es...? —articuló ella con la voz entrecortada, señalando el vehículo con un dedo tembloroso.
—Esa es, mi amor —sonrió Brais, tomando su mano con ternura y guiándola hacia el lado del copiloto—. Es nuestro auto para el viaje de hoy. Y para cuando quieras salir.
Noly caminaba como si pisara sobre nubes, mirando la camioneta de arriba abajo como si fuera un espejismo a punto de desvanecerse. Cuando Brais abrió la puerta del copiloto, el olor a piel nueva y el lujo del tablero iluminado digitalmente terminaron por abrumar a la chica.
—¡Dios mío, Brais! —exclamó ella mientras él le ayudaba a subir y acomodarse en el mullido asiento de cuero—. Esto es... esto es un auto de lujo de verdad. Siento que voy a ensuciar el asiento solo con sentarme. Parece el auto de un diplomático o de un actor de cine. ¿De dónde sacaste esta maravilla?
Brais rodeó el auto, colocó la hielera en el amplio cajón trasero y se acomodó en el asiento del conductor. Cerró la puerta, aislando por completo el ruido exterior gracias al insonorizado cristal del vehículo.
—Te lo dije ayer, Noly: los proyectos técnicos y de infraestructura que estoy manejando para las empresas y los clientes de la ciudad han sido un éxito absoluto —explicó Brais con una voz serena, segura y natural mientras abrochaba su cinturón de seguridad y encendía el motor—. Una de mis colaboradoras principales me cedió el vehículo directamente como parte del pago y paquete de incentivos por el trabajo realizado. Es un beneficio totalmente legal, merecido y a mi nombre. Así que relájate, estira las piernas y disfruta, porque te prometí que nunca más ibas a tener que pasar calor en el camión ni terminar con los pies cansados por caminar de más.
Noly se quedó mirándolo fijamente. La seguridad y la elegancia con la que Brais manejaba el volante y manipulaba las pantallas del tablero la dejaron fascinada. Una mezcla de admiración, orgullo y un profundo amor brillaba en sus ojos. Se inclinó hacia el centro del auto, le tomó el brazo derecho con ambas manos y recostó la mejilla sobre su hombro mientras él ponía el auto en marcha.
—A veces siento que estoy viviendo un cuento de hadas, Brais... —susurró ella, apretando el brazo de su novio—. De verdad estoy tan orgullosa de ti. Supiste salir adelante, valerte por ti mismo y ahora eres un hombre tan increíble. Me siento la mujer más afortunada del mundo.
—Y yo soy el hombre más afortunado por tenerte a mi lado, Noly —respondió él, dándole un tierno beso en la frente mientras mantenía la vista en la carretera.
El viaje hacia la laguna duró aproximadamente cuarenta y cinco minutos. La camioneta se deslizaba sobre el asfalto de la autopista con una suavidad asombrosa, amortiguando cualquier bache del camino y permitiendo que ambos disfrutaran de una charla amena, acompañada por la música que Noly elegía en la pantalla táctil de la consola central.
Al salir de la carretera principal y tomar el camino derivado hacia el complejo turístico, el paisaje urbano fue reemplazado por frondosos bosques de pinos, colinas verdes y, finalmente, la espectacular vista de la laguna de aguas cristalinas que brillaba bajo el sol como un espejo gigantesco.
Brais estacionó el vehículo en una zona reservada y arbolada a pocos metros de la orilla. El ambiente estaba fresco, impregnado del aroma a pino húmedo y agua pura. Pajarillos cantaban entre las ramas y una leve brisa levantaba suaves ondas sobre la superficie del agua.
—¡Es precioso! —dijo Noly emocionado, bajando del auto de un salto en cuanto Brais abrió su puerta.
Caminaron juntos hacia el embarcadero principal, tomados de la mano. Brais solicitó la renta de una pequeña embarcación de madera con remos y toldo para cubrirse del sol. Pagó la tarifa con un billete de quinientos pesos sin dudarlo, ante la mirada atenta y complacida de Noly, quien no dejaba de sonreír al ver la soltura con la que su novio resolvía todo.
Subieron a la lancha. Brais se acomodó en la bancada central para remar con soltura y fuerza, mientras Noly se sentó en la parte trasera, acariciando el agua limpia con las puntas de los dedos y riendo libremente. Se internaron hacia el centro de la laguna, lejos del bullicio de los pocos turistas que empezaban a llegar a las orillas. El silencio de la naturaleza los envolvió por completo.
—Deja de remar un momento, mi amor —pidió Noly con voz suave.
Brais aseguró los remos y se deslizó hacia la bancada trasera para sentarse al lado de ella. La pequeña embarcación se mecía lentamente sobre el agua tranquila. Noly se acomodó en su regazo, rodeándole el cuello con los brazos y mirando sus labios con un deseo dulce y manifiesto.
—¿En qué piensas, hermosa? —preguntó Brais, pasándole las manos por la cintura.
—En lo mucho que te amo... y en lo feliz que me haces —murmuró ella, acortando la distancia para unir sus labios en un beso apasionado y prolongado.
Las manos de Noly se enredaron en el cabello de Brais mientras el beso se volvía más húmedo y profundo. La joven soltó un leve gemido de satisfacción, pegando su pecho contra el de él y disfrutando de la sensación de fuerza y protección que la presencia de Brais le transmitía. Al separarse, sus respiraciones estaban levemente agitadas y sus miradas conectadas en una complicidad absoluta.
Pasaron un par de horas en el agua, platicando de sus proyectos a futuro, de la casa que a Noly le gustaría tener algún día y de la posibilidad de hacer viajes juntos a la playa más adelante. Para Noly, cada palabra de Brais sonaba a una promesa firme y realizable; ya no había dudas ni temores de escasez en su mente.
Cerca de las 2:00 de la tarde, regresaron a la orilla. Brais sacó la hielera de la camioneta y extendieron una manta tejida bajo la sombra de un enorme sauce llorón a la orilla del césped. Disfrutaron del picnic que él había preparado: sándwiches de jamón serrano y queso maduro, fruta picada fresca y refrescos fríos. Noly comía con verdadero gusto, recostando de vez en cuando la cabeza sobre las piernas de Brais para que él le jugueteara con los mechones de cabello.
La tarde transcurrió en una calma idílica. Entre risas, besos compartidos sobre el césped y caminatas tomados de la mano por los senderos de pino, el tiempo pareció detenerse solo para ellos dos. Noly no tuvo que preocuparse por el cansancio de sus pies ni por la molestia de caminar sobre la tierra, pues cada vez que el terreno se volvía irregular o pendiente, Brais la tomaba en brazos con facilidad, haciéndola reír con deleite y ganándose besos juguetones en la mejilla.
Cuando el sol comenzó a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de matices dorados, púrpuras y anaranjados sobre la laguna, ambos regresaron al auto. Noly, visiblemente cansada por las emociones del día pero con el rostro iluminado por un brillo de felicidad pura, se acomodó en el asiento del copiloto y ajustó la reclinación para ir más cómoda.
Brais encendió la camioneta y tomó el camino de regreso a la metrópoli. La suave luz tenue del tablero y el murmullo de la música suave crearon una atmósfera íntima y reconfortante dentro del vehículo. A los veinte minutos de camino, Noly se quedó profundamente dormida, con la cabeza apoyada en un cojín de piel del asiento y la mano extendida sobre la consola central, buscando el contacto con la mano de Brais incluso en sueños.
Brais sonrió de lado, sujetando suavemente los dedos de su novia mientras manejaba con absoluta destreza y precaución.
Al llegar a la ciudad, el tráfico nocturno fluía sin contratiempos. Brais condujo hasta la casa de Noly y estacionó la camioneta frente a la puerta. Apagó el motor y se giró para mirarla por un momento. La luz de la luna atravesaba el cristal entintado, iluminando el rostro pacífico y hermoso de la chica.
Con delicadeza, le acarició la mejilla.
—Noly... mi amor, ya llegamos —susurró Brais con voz pausada.
Noly abrió los ojos lentamente, parpadeando con pereza mientras se desperezaba con la gracia de un felino. Sonrió al ver la cara de Brais tan cerca.
—Ay... me quedé dormidísima —dijo ella con la voz ronca por el sueño—. El auto es tan cómodo que sentí que flotaba.
—Te lo mereces, hermosa —respondió él, ayudándola a acomodar su sombrero y su bolsa.
Brais bajó del auto y corrió a abrirle la puerta. Noly bajó, se estiró un poco y lo abrazó por el talle con fuerza, escondiendo el rostro en su pecho.
—Gracias por otro día perfecto, Brais —dijo ella, mirándolo a los ojos con devoción absoluta—. No tengo palabras para decirte lo feliz que soy a tu lado. De verdad... eres el hombre de mi vida.
—Y tú eres la mujer de la mía, Noly —respondió él, tomándole el rostro con ambas manos y dándole un beso de despedida largo, cálido y lleno de una ternura infinita.
La acompañó hasta el porche y esperó a que ella abriera la puerta y encendiera la luz del interior. Desde el umbral, Noly le lanzó un último beso con la mano y le dedicó una sonrisa llena de amor antes de cerrar con seguro.
Brais regresó a la camioneta de lujo, abordó el asiento del conductor y cerró la puerta. Por un instante, se quedó en silencio dentro del habitáculo, escuchando únicamente el suave murmullo del aire acondicionado. La satisfacción que sentía en el pecho era absoluta. Había cumplido con crecer cada una de sus promesas para con la chica que estuvo a su lado en los momentos más oscuros.
Sacó su teléfono personal del bolsillo de la camisa. Pantalla principal: WhatsApp.
Al abrir la aplicación, notó que el chat grupal del "Proyecto Brais" acumulaba decenas de mensajes de las doce mujeres, quienes habían respetado religiosamente su fin de semana pero estaban atentas a su regreso.
[WhatsApp - Grupo: "Proyecto Brais: Consentir al Jefe"]
Karen: "Espero que la camioneta haya estado a la altura de las necesidades del Jefe y de Noly hoy en la laguna. Los papeles y la factura endosada a tu nombre ya están formalizados en mi oficina."
Valeria Sotomayor: "¡Seguro que la reina quedó fascinada! Nos alegra mucho que hayan disfrutado su fin de semana libre, Brais."
Dra. Regina Montemayor: "El descanso biológico y emocional de nuestro Jefe ha sido completado con éxito. Mañana lunes se reanuda la rotación técnica oficial."
Beatriz Mendiola (41 años): "Así es, Regina. Mañana primera hora te espero en mi biblioteca privada y en los servidores del departamento académico, Brais. Todo el material y el acceso exclusivo están preparados. Prepárate, porque después de este descanso, vas a recibir la atención y el devoto trato que te mereces."
Nora Galván: "Confirmado por la mesa directiva. Mañana inicia la segunda semana del proyecto con la Dra. Beatriz. Que descanses esta noche, Jefe."
Brais leyó cada uno de los mensajes con una sonrisa dominada por la confianza y el poder. La paz y la pureza del amor de Noly estaban aseguradas, y la red secreta de sus doce mujeres albergando sus fragmentos estaba lista para seguir alimentando su ascenso técnico, financiero y carnal.
[WhatsApp - Brais]
Brais: "Gracias a todas por el auto y por el espacio del fin de semana. Todo salió perfecto. Beatriz, nos vemos mañana temprano en la universidad."
Guardó el teléfono, encendió el motor de la SUV negra y aceleró por la avenida principal hacia su departamento, sabiendo que el lunes traería consigo una nueva jornada de éxito, dinero en efectivo y el entregado placer de una mujer madura esperando por él.
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El silencio de la noche en el departamento de Noly se volvió absoluto en cuanto la puerta principal se cerró tras la despedida.
Noly permaneció unos segundos recargada de espaldas contra la madera, escuchando el rugido lejano del motor de la SUV negra alejándose por la calle. La expresión dulce, inocente y tímida que había mantenido durante todo el fin de semana comenzó a derretirse de su rostro como una máscara, siendo reemplazada por una sonrisa cínica, pesada y cargada de una lujuria sin frenos.
Se caminó hacia el espejo del pasillo, se quitó el sombrero de paja de un manotazo y comenzó a desabrocharse el vestido blanco con brusquedad. La prenda cayó al suelo junto con su ropa interior. Quedó completamente desnuda bajo la luz tenue del pasillo. Su mirada en el espejo era fijamente lasciva, casi salvaje.
Llevó sus manos de inmediato hacia sus muslos, deslizándolas hacia arriba hasta llegar a su zona íntima. Con solo recordar la voz firme de Brais, la vibración del motor de la camioneta y la cercanía de su cuerpo durante el día, su vagina comenzó a contraerse violentamente, escurriendo un flujo abundante y espeso que le chorreaba por los muslos.
—Dios mío... esta vagina es una bendición —susurró con una voz ronca y entrecortada, pasándose los dedos húmedos por los labios superiores para esparcir su propio lubricante.
Caminó desnuda y sin ningún pudor hacia su habitación. De uno de los cajones del buró sacó un dildo de silicona negra de dimensiones desmedidas, grueso y venoso. Ni siquiera necesitó prepararse: alineó la cabeza del juguete contra su entrada hiperlubricada y se lo sepultó de un solo empujón fluido hasta la base. La vagina de Noly, completamente adaptada y hambrienta de placer, recibió el objeto masivo sin el menor esfuerzo, ahogando un gemido ronco mientras el látex chocaba contra su cuello uterino.
Con el enorme juguete sepultado entre las piernas y marcándose bajo la piel de su abdomen, caminó descalza hacia la cocina. Se sirvió un tazón con leche y cereal con total naturalidad, sosteniendo la cuchara con una mano mientras con la otra se apretaba y moldeaba los pechos firmes frente al refrigerador.
Se dirigió al sofá de la sala, dejando una marca húmeda y brillante sobre el tapiz al sentarse con las piernas entreabiertas. Encendió la laptop que estaba sobre la mesa de centro y abrió el portal de noticias locales de la ciudad.
En la portada del sitio web destacaba una nota roja con fotografías de peritos acordonando una calle secundaria:
"EXPLOSIÓN POR DISPOSITIVO DESCONOCIDO DEJA UN FALLECIDO Y MUESTRAS DE RADIACIÓN EXTRAÑA."
"El incidente ocurrió hace cuatro días, cuando un sujeto manipuló un extraño artefacto metálico semidestruido que encontró en la vía pública. El objeto explotó al instante, no dejando rastro del dispositivo ni del individuo identificado como Jeison N."
La persona sentada en el sofá leyó el titular y soltó una carcajada estridente que resonó en todo el departamento, mientras se daba una estocada profunda con el dildo ajustado dentro de ella.
—Así que mi cuerpo original quedó hecho trizas... —murmuró, llevándose una cucharada de cereal a la boca—. El viejo Jeison murió en esa explosión, pero terminé atrapado en este pedazo de cuerpo de puta. Y no me quejo en absoluto... ¡Dios, cómo me encanta estar aquí!
Se sujetó ambos pechos con fuerza, pellizcándose los pezones rígidos mientras el líquido que salía de su vagina mojaba cada vez más el cojín del sillón.
—Esta mujer en verdad ama a Brais... —sonrió de lado, sintiendo cómo los recuerdos de Noly y sus doce años de enamoramiento se mezclaban con su propia conciencia—. Aunque, viéndolo bien, parece que yo también lo amo ahora. La influencia de la memoria y la química hormonal de este cuerpo de puta es demasiado fuerte... Pero qué bendición que soy su novia oficial.
Se acomodó en el sillón, recordando perfectamente lo que había sucedido ese día hace cuatro días. Él, en su cuerpo original de Jeison —el mejor amigo de Brais—, iba caminando por la calle justo detrás de tres chicas: Noly, la hermana de esta, Nataly, y la mejor amiga de ambas, Sofi. Al ver el extraño artefacto calcinado en el suelo, la curiosidad de Jeison lo hizo levantarlo. La detonación fragmentó su conciencia y su esencia espiritual en tres partes exactas, las cuales salieron disparadas e invadieron los cuerpos de las tres mujeres que estaban más cerca.
—Qué locura de destino... —reía entre dientes, acelerando el ritmo del juguete dentro de su pelvis—. La zorra de mi hermana (19 años) Nataly fue invadida por un fragmento de mi psique, la perra de Sofi (21 años) fue invadida por el otro, y yo me quedé con la mejor parte en el cuerpo de Noly (22 años). Tres grandes putas tomadas por Jeison para servirle al mismo hombre.
Sintió un espasmo violento recorrerle la espalda mientras la vagina de Noly se contraía como un puño alrededor del dildo. La mezcla entre los recuerdos del Jeison original —el mejor amigo de Brais— y la devoción romántica de Noly por el chico generaba una sumisión y un deseo devorador que no podía contener.
—Solo hace falta que le hable a Nataly y a Sofi... —dijo respirando con dificultad, con la vista nublada por la intensidad del orgasmo que se avecinaba—. Las otras dos tienen que hacer exactamente lo mismo con Brais, nosotras tres nos vamos a encargar de que no le falte nada en su vida personal 7w7...
Se clavó el juguete hasta el tope una vez más, soltando un alarido de placer que retumbó en la sala mientras una marea caliente de lubricante empapaba por completo el sillón.
La respiración de Noly tardó varios minutos en recuperar su ritmo habitual. Sobre el tapiz del sillón de la sala, la mancha de humedad continuaba expandiéndose como un testimonio mudo de la potencia con la que la química de ese cuerpo femenino reaccionaba ante la sola evocación de Brais. El gran dildo de silicona negra continuaba sepultado en su interior, latiendo rítmicamente a medida que los últimos espasmos involuntarios del orgasmo terminaban de recorrer las paredes de su vagina.
Noly —con la conciencia fragmentada de Jeison guiando cada uno de sus impulsos— estiró la mano hacia la mesa de centro y tomó su teléfono móvil. Las yemas de sus dedos, humedecidas con su propio flujo, dejaron marcas brillantes sobre la pantalla de cristal.
Con los párpados entornados por la pesadez de la lujuria, abrió la aplicación de mensajería y seleccionó el chat privado que compartía con las otras dos mujeres afectadas por la detonación de hace cuatro días: su hermana Nataly y su mejor amiga Sofi.
Ninguna de las tres tenía la menor idea de la existencia del "Proyecto Brais", ni de las doce ejecitivas que financiaban, consentían y compartían al Brais original. Para la entidad que habitaba dentro de Noly, la ecuación era mucho más directa y terrenal: Jeison, el mejor amigo leal, había muerto físicamente en aquella explosión de la vía pública, pero su psique había resucitado dividida en las estructuras biológicas de tres jóvenes espectaculares. Y la única brújula que le quedaba a esa conciencia compartida era elevar, servir y satisfacer incondicionalmente al hombre que siempre había sido su hermano de vida.
[WhatsApp - Chat: "Las Tres Zorras"]
Noly: "Escuchen bien, par de perras. Vengan a mi departamento de inmediato. Traigan ropa cómoda o de plano no traigan nada, porque el departamento está solo. Acabo de regresar de mi fin de semana con Brais y las cosas cambiaron drásticamente. Ya soy su novia oficial. Necesitamos trazar la estrategia para poner nuestros tres cuerpos a su entera disposición a partir de esta misma semana. No tarden."
Las respuestas llegaron casi en paralelo, cargadas de la misma mezcla de sumisión, morbo y devoción desbordada que caracterizaba a los receptáculos biológicos invadidos por los fragmentos de Jeison.
Nataly: "Voy para allá volando, hermana. Estoy en mi cuarto terminando de vestirme. No sabes las ganas que tengo de escuchar cómo te fue... mi vagina no ha parado de escurrir desde que me mandaste la foto del auto en el que andaban."
Sofi: "Llego en quince minutos. Vivo a tres cuadras. Me muero de hambre por saber qué le vamos a hacer a Brais ahora que eres la oficial. Voy para allá."
Noly soltó una risa baja y maliciosa. Se puso de pie con lentitud, sosteniendo con una mano el tazón de cereal a medio terminar y permitiendo que el juguete masivo permaneciera bien introducido entre sus muslos. El peso del dildo la obligaba a caminar con las piernas ligeramente abiertas, acentuando el balanceo pronunciado de sus caderas mientras se dirigía hacia la cocina para dejar el plato en la tarja.
Se miró de nuevo en el espejo del pasillo. La combinación entre los rasgos delicados de Noly y la mirada perversa del fragmento de Jeison creaba un contraste perturbadoramente atractivo.
—Qué pedazo de zorra eres, Noly... —se murmuró a sí misma en el espejo, pasándose la mano por el vientre plano y sintiendo la dureza del juguete presionando desde adentro—. Pero qué suerte tuviste de que me tocara a mí administrarte. Brais no va a saber ni qué lo golpeó cuando tenga a las tres a sus pies.
Veinte minutos más tarde, el timbre de la puerta principal sonó con tres toques cortos y firmes.
Noly ni siquiera se molestó en cubrirse con una bata. Caminó desnuda como estaba, con la silicona sobresaliendo entre sus labios vaginales hinchados, y abrió la puerta de par en par.
Al otro lado del umbral aparecieron Nataly y Sofi.
Nataly, la hermana menor de Noly, llevaba únicamente una playera holgada de algodón que apenas le cubría a medias las nalgas y unas pantuflas suaves. Sofi, la mejor amiga de la infancia, vestía un short deportivo ultra corto y un top de tirantes sin sostén debajo, dejando transparentar los pezones duros por el aire fresco de la noche.
Al ver a Noly completamente desvestida y con el enorme dildo de silicona introducido de esa forma tan explícita, ni Nataly ni Sofi mostraron la más mínima sorpresa o pudor. Al contrario, sus miradas se llenaron de un brillo carnal e instantáneo. La química del fragmento de Jeison en sus propios cerebros reconoció de inmediato a la matriz principal.
—Entren y cierren con seguro —ordenó Noly con voz autoritaria, dándoles la espalda para regresar a la sala.
Nataly cerró la puerta y le pasó el pestillo, mientras Sofi se quedaba contemplando el andar de Noly, fijándose en las gotas de flujo que caían sobre el suelo de la entrada.
—Carajo, Noly... —exclamó Sofi con una risita ahogada, quitándose los tenis y dejándolos en la esquina—. Veo que no perdiste el tiempo esperando. ¿Desde a qué hora traes esa cosa metida?
—Desde que Brais me vino a dejar a la puerta —respondió Noly, dejándose caer pesadamente sobre el sillón de la sala, abriendo las piernas de par en par sin la menor reserva—. No se imaginan la energía que trae ese hombre. El auto en el que vino a recogerme es una camioneta de lujo impresionante, de esas que solo ves en las películas de ejecutivos. Me llevó al jardín botánico, pagó todo en efectivo sin parpadear, luego nos fuimos a la laguna en el auto... y finalmente, me pidió oficialmente que fuera su novia.
Nataly se llevó las manos a las mejillas, dejando escapar un jadeo suave mientras se acomodaba sobre la alfombra, justo a los pies del sillón de Noly.
—¿De verdad? —preguntó Nataly con los ojos muy abiertos, sintiendo cómo su propia zona íntima comenzaba a humedecerse por la mera narración—. ¿Ya eres su novia oficial? ¡Dios mío! Eso significa que el Jeison original logró lo que siempre quiso antes de la explosión... asegurarle a Brais la mujer más leal a su lado.
—Exactamente —asintió Noly con firmeza, sujetándose el dildo por la base y dándole un giro lento que la hizo arquear la espalda y soltar un leve gemido de placer—. El viejo Jeison murió en aquella calle cuando agarró ese artefacto maldito, pero sus recuerdos, su lealtad hacia Brais y la devoción de estos tres cuerpos de putas se fusionaron perfectamente. Ahora nosotras somos las herramientas para que Brais tenga la vida de un verdadero rey.
Sofi se acercó al sillón, se quitó el top de un solo movimiento y dejó al descubierto dos pechos firmes y erguidos con pezones oscuros y marcados. Se sentó a un lado de Noly, pasando una mano por el muslo desnudo de su amiga hasta tocar la zona húmeda donde el juguete entraba y salía.
—Cuéntanos el plan, entonces —pidió Sofi con la voz ronca por el deseo, comenzando a masajearse sus propios pechos con la otra mano—. ¿Cómo vamos a manejar a los tres cuerpos? Porque si tú eres la novia oficial, Nataly y yo no nos vamos a quedar afuera mirando por la ventana. Nosotras también sentimos este fuego estúpido en el vientre cada vez que escuchamos el nombre de Brais. La influencia de la memoria de Jeison y las hormonas de estas zorras nos están volviendo locas.
Noly se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas abiertas. Miró a su hermana Nataly y luego a su mejor amiga Sofi con una expresión de dominio absoluto.
—Escuchen bien lo que vamos a hacer —comenzó a trazar Noly con voz calculadora—. Yo soy la cara pública y la novia oficial. Brais me va a llevar a cenar, me va a presentar con la gente, me va a comprar cosas y me va a dar el amor romántico que la Noly original siempre deseó durante doce años. Pero biológicamente, este cuerpo de puta no va a ser suficiente para satisfacer todo el apetito que Brais va a desarrollar ahora que tiene dinero y éxito.
Nataly sonrió con malicia desde el suelo, deslizando sus manos por debajo de su playera para acariciarse las caderas y la entrepierna.
—Ahí es donde entramos nosotras dos... —dedujo Nataly.
—Exacto —confirmó Noly con una sonrisa perversa—. Tú eres mi hermana menor, Nataly, y Sofi es mi mejor amiga de toda la vida. Vamos a crear la dinámica perfecta en este departamento. Brais va a tener acceso libre a esta casa a la hora que quiera. Cuando venga a verme, nosotras tres vamos a estar disponibles para él. No va a haber celos, no va a haber reclamos y no va a haber límites de ningún tipo.
Sofi soltó una carcajada cargada de morbo, inclinándose para morder levemente el hombro desnudo de Noly.
—O sea que vas a compartir a tu novio con tu hermana y con tu amiga... Qué puta tan generosa me saliste, Noly —bromeó Sofi, introduciendo dos dedos directamente en su propia vagina por encima del short deportivo, el cual ya estaba completamente empapado.
—No soy generosa, Sofi —corrigió Noly con la mirada encendida—. Somos el mismo Jeison fragmentado en tres vaginas deliciosas. Nuestra prioridad absoluta es el placer, el descanso y la satisfacción de Brais. Si él quiere llegar cansado después de sus trabajos y meterse a la cama con las tres al mismo tiempo, las tres le vamos a abrir las piernas sin dudarlo un segundo. Le vamos a entregar los pechos, las vaginas y los culos a la hora que se le antoje.
Nataly dejó escapar un gemido ahogado desde la alfombra. No pudo contenerse más: se subió la playera hasta la cintura y comenzó a meterse los dedos con desesperación en su vagina abierta y chorreante, escuchando el chapoteo líquido de su propio cuerpo.
—¡Dios, sí! —gimió Nataly, arqueando el cuello hacia atrás—. ¡Necesito que Brais me llene toda! La memoria de Jeison en mi cabeza me exige ser la zorra más devota para él... Si él supiera cómo estamos ahora mismo por su culpa, se volvería loco.
—Todavía no es el momento de decirle todo de golpe —advirtió Noly, sujetando el dildo de su vagina y tirando de él hacia afuera con un sonido húmedo y succionante que resonó en toda la sala.
El enorme juguete salió bañado en un flujo blanco y espeso. Noly lo sostuvo frente al rostro de Sofi, quien no dudó en inclinar la cabeza y pasarle la lengua para limpiarlo con devoción, saboreando el jugo de su amiga mientras la miraba a los ojos.
—Primero —continuó Noly mientras Sofi limpiaba la silicona con la lengua—, voy a afianzar mi lugar como la novia abnegada durante esta semana. Lo voy a recibir aquí en las noches, le voy a cocinar, lo voy a atender como un rey y le voy a dar las primeras noches de sexo desenfrenado en mi cama. Poco a poco, voy a ir metiendo a Nataly y a Sofi en la dinámica. Un día le diré que Nataly se quedó a dormir porque le daba miedo la lluvia; otro día invitaré a Sofi a tomar unos tragos con nosotros... y para cuando se dé cuenta, estará atrapado en un trío o en un trío doble con las tres mujeres más cercanas de su vida.
Sofi se separó del dildo, dejando un hilo de saliva conectando su boca con la punta del juguete.
—Es un plan perfecto... —dijo Sofi, respirando con dificultad mientras se quitaba el short empapado y quedaba totalmente desnuda al lado de Noly—. Brais piensa que solo tiene a una novia dulce e inocente esperando por él en su casa, y en realidad tiene a tres perras listas para entregárselo todo en bandeja de plata.
—Así es —afirmó Noly, volviendo a alinear la cabeza del dildo contra su entrada hinchada y sepultándoselo de un solo empujón violento que la hizo ahogar un grito de puro éxtasis—. Tres zorras con la lealtad intacta del mejor amigo, listas para que el Jefe original haga con nosotras lo que se le venga en gana.
Nataly se arrastró por la alfombra hasta quedar entre las piernas abiertas de Noly. Sin pedir permiso, bajó la cabeza y comenzó a lamer apasionadamente la base del dildo y los labios vaginales de su hermana, mezclando los flujos de ambas mientras Sofi se acomodaba a la espalda de Noly para amasarle los pechos con fuerza.
La sala del departamento se transformó en un santuario de Lujuria y sumisión absoluta. Las tres jóvenes, dominadas por la entidad fragmentada de Jeison y la química desbocada de sus cuerpos femeninos, continuaron entregándose a un juego carnal entre ellas durante el resto de la noche, perfeccionando cada detalle del plan con el que recibirían a Brais en cuanto él cruzara esa puerta durante la semana.
Sin saber nada de las doce ejecitivas del "Proyecto Brais", y creyendo ser las únicas en la vida del chico, las tres zorras del círculo personal de Brais quedaron listas para ofrecerle el dominio total sobre sus vidas, sus mentes y sus cuerpos.
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