Dorian

Amigo

Chapter 1 by K45

Nota de la autora: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :)

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Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :)

El sol de la tarde filtraba una luz cálida y dorada a través de los ventanales de la residencia Vane, proyectando sombras alargadas sobre la mesa de madera maciza del comedor. Era un fin de semana tranquilo, de esos pocos momentos en los que la rutina parecía dar una tregua y permitía que toda la familia coincidiera bajo el mismo techo.

Bram Vane apoyó la espalda contra el respaldo de su silla, observando con una sonrisa tranquila el bullicio que lo rodeaba. A sus 39 años, se sentía un hombre afortunado. Su esposa, Renata, de 38, caminaba de un lado a otro de la cocina sirviendo copas de vino con esa elegancia natural que siempre la había caracterizado. A su derecha, sus tres hijas sostenían una acalorada pero divertida discusión sobre literatura y proyectos universitarios.

—Te digo que la interpretación de ese autor es absurdamente pretenciosa, Astrid —comentó Sabrina, de 19 años, cruzándose de brazos con un gesto teatral mientras acomodaba un mechón de su cabello oscuro—. No puedes justificar un pésimo desarrollo solo porque el estilo sea abstracto.

Astrid, de 20 años, soltó una leve risa sarcástica mientras daba un sorbo a su copa. Como la mayor, disfrutaba llevarle la contraria a su hermana.

—Lo que pasa, Sabrina, es que buscas respuestas masticadas. La narrativa no siempre tiene que darte todo digerido en la bandeja. Hay que saber leer entre líneas. ¿Tú qué opinas, Nadia?

Nadia, la menor con sus 18 años, levantó la mirada de su teléfono, algo tímida pero dibujando una leve sonrisa en el rostro.

—Yo solo creo que las dos exageran demasiado por un libro de cien páginas —respondió en voz baja, provocando que Renata soltara una carcajada desde el otro extremo de la barra.

—Déjalas, Nadia, ya sabes cómo se ponen cuando se trata de debatir —intervino Renata, acercándose a Bram para apoyar con afecto una mano sobre su hombro antes de dejar un suave beso en su mejilla—. ¿Todo bien, cariño? Te notas un poco distraído.

Bram cubrió la mano de su esposa con la suya, sintiendo el calor reconfortante de su piel.

—Todo excelente. Solo disfrutaba del momento. No siempre las tenemos a las tres aquí reunidas sin que alguna tenga que salir corriendo a una clase o a trabajar.

El ambiente dentro de la casa era perfecto, una estampa familiar llena de paz, calidez y complicidad. Sin embargo, esa calma absoluta se fracturó en un segundo cuando el teléfono móvil de Bram comenzó a vibrar rítmicamente sobre la mesa, emitiendo un zumbido seco que interrumpió las risas.

Bram miró la pantalla. El número no estaba registrado, pero el código de área indicaba que llamaban del hospital central de la ciudad. Un extraño presentimiento, denso y frío, se instaló en la boca de su estómago.

—Disculpen un segundo —dijo levantándose de la mesa.

—¿Pasa algo, papá? —preguntó Astrid, notando el repentino cambio en la expresión de su padre.

—No lo sé, voy a contestar afuera.

Bram caminó hacia el pasillo y abrió la puerta del balcón que daba al jardín. El aire fresco de la tarde le golpeó el rostro mientras deslizaba el dedo para aceptar la llamada.

—¿Hola? ¿Bram Vane? —preguntó una voz formal y desprovista de emoción al otro lado de la línea.

—Sí, habla él. ¿Quién es?

—Le llamamos de la unidad médica metropolitana. Señor Vane, figura usted como el contacto de emergencia principal en la ficha médica del señor Dorian Kael.

Al escuchar ese nombre, el corazón de Bram dio un vuelco. Dorian. Su mejor amigo, el hombre con el que había compartido desde la juventud risas, secretos y una lealtad inquebrantable. Dorian, quien siempre había sido visto con recelo por el resto del mundo por su naturaleza abierta y su orientación sexual en un entorno a menudo hostil, pero que para Bram siempre fue un hermano, la persona que más lo había apoyado sin pedir nada a cambio.

—Sí, soy su amigo. ¿Qué ocurrió? ¿Está bien? —preguntó Bram, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba.

Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea antes de que la voz respondiera:

—Lo lamento mucho, señor Vane. El señor Kael sufrió un grave accidente automovilístico hace un par de horas en la autopista del norte. Llegó sin signos vitales a la sala de urgencias. Los médicos intentaron reanimarlo, pero los daños severos fueron irreversibles. Ha fallecido.

El mundo alrededor de Bram pareció detenerse. El rumor del viento en el jardín, los pájaros, el eco lejano de la voz de sus hijas en el comedor; todo se apagó de golpe, reemplazado por un zumbido ensordecedor en sus oídos.

—¿Qué...? No... tiene que haber un error —alcanzó a articular Bram, sintiendo que el suelo se desvanecía bajo sus pies—. Estuve hablando con él ayer por la tarde. Esto no puede ser real.

—Lo siento enormemente, señor Vane. El cuerpo ya ha sido trasladado al departamento de patología e identificación legal. Necesitamos que se presente lo antes posible para confirmar la identidad y realizar los trámites correspondientes.

La llamada se cortó. Bram se quedó de pie, mirando la pantalla apagada del teléfono con los nudillos blancos por la presión con la que sujetaba el aparato. Un nudo sofocante le oprimió la garganta. La única persona que realmente lo había entendido fuera de su matrimonio, su confidente de toda la vida, se había ido para siempre de forma trágica y absurda.

Cuando regresó al comedor, su rostro era la imagen de la desolación. Renata se levantó de inmediato al verlo, notando el palidez de sus mejillas.

—Bram... por Dios, ¿qué pasó? —preguntó acercándose rápidamente.

Las tres chicas guardaron silencio de inmediato, mirando a su padre con preocupación.

—Dorian... —la voz de Bram se quebró ligeramente—. Fue un accidente de auto. Dorian falleció.

El impacto de la noticia cayó como una losa sobre la habitación. Renata llevó sus manos a la boca, ahogando un gemido de consternación, mientras las chicas expresaban su asombro. Aunque Dorian siempre mantuvo cierta distancia discreta con la familia para no incomodar, todos sabían el valor inmenso que tenía para Bram.

—Cariño, lo siento tanto... —Renata lo abrazó con fuerza, sintiendo el temblor en el cuerpo de su esposo—. No puede ser verdad...

—Tengo que ir a la morgue legal. Necesitan que identifique el cuerpo —dijo Bram con voz apagada, tratando de recomponerse, aunque por dentro sentía que una parte fundamental de su vida se había roto.

—Te acompaño —ofreció Renata de inmediato.

—No —respondió él negando suavemente con la cabeza—. Quédate con las chicas. Esto... va a ser muy difícil. Prefiero ir solo. Necesito encargarme de esto.

Renata asintió con tristeza, comprendiendo el dolor y la necesidad de su marido de procesar la tragedia a su manera. Le dio un fuerte beso en la mejilla y le prometió que estaría pendiente de cualquier cosa que necesitara.

El edificio de la morgue judicial era un bloque de concreto gris, frío e impersonal, sumido en una penumbra pesada. El olor a desinfectante industrial y metal se filtraba por cada rincón del subsuelo. Bram caminaba por el largo pasillo iluminado por luces fluorescentes que parpadeaban ocasionalmente, sintiendo que cada paso pesaba una tontería.

Tras firmar unos documentos en la recepción, fue guiado por un pasillo secundario hasta la sala de autopsias y conservación. Al cruzar las puertas dobles de acero inoxidable, la temperatura descendió drásticamente.

Ahí dentro se encontraba una mujer. Vestía una bata médica blanca sobre su ropa formal, con el cabello recogido en una coleta impecable y unos guantes de látex ajustados a sus manos. Era la doctora Valeria Frost, de 27 años, la patóloga de guardia encargada del turno nocturno. Valeria poseía una belleza fría, elegante y distante; una mujer extremadamente profesional, de mirada seria y actitud calculadora que trataba la muerte con una precisión casi quirúrgica y desprovista de emociones.

Al escuchar entrar a Bram, Valeria se giró, sosteniendo una libreta con el informe médico.

—Señor Bram Vane, supongo —dijo con un tono de voz neutral, formal pero distante—. Soy la doctora Valeria Frost. Lamento mucho tener que recibirlo en estas circunstancias.

—Doctora... —asintió Bram con amargura—. ¿Dónde está?

Valeria caminó hacia una de las mesas metálicas inclinadas en el centro de la habitación, sobre la cual descansaba una figura cubierta por una sábana blanca e impoluta.

—El protocolo exige que haga una verificación visual antes de que procedamos con la firma definitiva de los certificados de defunción —mencionó la patóloga mientras se acercaba a la cabecera.

Bram se aproximó despacio, respirando con dificultad. Sentía un vacío profundo en el pecho.

Valeria sujetó el borde de la sábana y la tiró suavemente hacia abajo, descubriendo el rostro de Dorian Kael.

Pese a los rastros del impacto y los hematomas propios del accidente, la fisonomía de Dorian era inconfundible. Verlo ahí, completamente inerte, con los ojos cerrados y la piel pálida y fría, destruyó la última rendija de esperanza que Bram albergaba en su mente. Su mejor amigo realmente estaba muerto.

Bram apretó los puños, cerrando los ojos mientras una lágrima solitaria recorría su mejilla.

—Sí... es él. Es Dorian —murmuró Bram con el hilo de voz que le quedaba—. Dios mío, Dorian... ¿por qué tú?

Valeria observaba la escena en silencio, manteniendo su compostura profesional. Extendió una mano para cubrir de nuevo el rostro del fallecido. Sin embargo, en el preciso instante en que la piel descubierta del dedo de Valeria tocó por accidente la mejilla helada de Dorian al acomodar la sábana, ocurrió algo invisible pero devastador.

Una descarga eléctrica, imperceptible para la vista pero violenta para los sentidos, recorrió el cuerpo de la doctora Frost.

Valeria se congeló en el sitio. Sus ojos se abrieron de par en par, sus pupilas se dilataron al máximo y su respiración se detuvo de golpe. En el fondo de su conciencia, una fuerza oscura, antigua y consciente irrumpió con violencia, aplastando y relegando la mente de la joven médica a un segundo plano.

Durante un par de segundos que parecieron eternos, la figura de la patóloga permaneció rígida como una estatua. Bram, sumido en su propio luto, no notó el extraño evento hasta que escuchó una inhalación profunda y jadeante a su lado.

Cuando Valeria volvió a moverse, algo en ella había cambiado de manera radical. Su postura erguida y distante se relajó; sus hombros cayeron con una gracia distinta y una chispa profundamente humana, astuta y llena de un matiz familiar brilló en sus ojos oscuros.

Dorian había regresado. Pero no estaba en su propio cuerpo cadavérico, sino habitando la mente, la carne y la voz de la doctora Valeria Frost.

La entidad que ahora controlaba a la mujer de 27 años parpadeó varias veces, adaptándose con una rapidez asombrosa a la nueva sensibilidad de sus nervios, a la forma de sus manos, al pulso acelerado de su propio corazón y a la masa de recuerdos que comenzaban a inundar su cerebro: la vida de Valeria, su carrera en medicina, sus deseos reprimidos, sus secretos más íntimos. La mente del anfitrión no había sido destruida, sino moldeada y subordinada a la presencia de Dorian.

Dorian, usando los ojos de Valeria, miró fijamente a Bram. La devoción, el dolor y el deseo contenidamente romántico que había guardado en secreto durante años hacia su único y verdadero amigo explotaron en su pecho. Bram siempre había sido su refugio, la única persona que no lo juzgó en vida, el hombre al que había amado en silencio sin atreverse jamás a confesárselo por miedo a destruirlo todo. Ahora, la muerte le había otorgado un regalo retorcido.

—Bram... —susurró Valeria. Pero la entonación, la cadencia y el matiz de la voz no eran los de una doctora profesional. Tenían la calidez y el énfasis característico de Dorian.

Bram levantó la mirada, sorprendido de que la patóloga lo llamara por su primer nombre de manera tan íntima.

—¿Perdón, doctora? —preguntó Bram, desconcertado, limpiándose apresuradamente la lágrima del rostro.

Valeria —Dorian— dio un paso hacia él. La patóloga rodeó la mesa de metal, acercándose a Bram con una mirada cargada de una intensidad que rozaba la locura y el anhelo. Extendió una de sus manos delgadas y levantó el rostro de Bram, tocando su mejilla con una delicadeza abrumadora.

El contacto de la mano de la doctora sobre la piel de Bram fue inesperadamente cálido.

—No llores por mí, por favor... no soporto verte sufrir así —dijo ella, con una voz suave, temblorosa de pura emoción contenida.

Bram se quedó paralizado. Se echó un poco hacia atrás, sintiéndose profundamente confundido y desorientado por la actitud invasiva y extraña de la médica.

—Doctora Frost... ¿qué está haciendo? No entiendo... —dijo Bram, frunciendo el ceño, tratando de marcar distancia por respeto a la situación y a su propio dolor.

Dorian, en el cuerpo de Valeria, dejó escapar una pequeña risa amarga y melancólica, negando con la cabeza. Sabía que Bram no le creería si simplemente se lo decía. La mente humana rechazaría semejante locura. Pero tenía la herramienta perfecta.

Dorian activó su nueva habilidad sobrenatural, esa capacidad inherente que acababa de descubrir al tomar posesión del cuerpo: manipular la memoria del anfitrión. Con un simple impulso de voluntad, reescribió las capas neuronales de la mente de Valeria Frost. Moldeó sus recuerdos recientes, haciendo que la joven doctora creyera fielmente que ella misma, impulsada por una atracción irrefrenable y una compasión ciega hacia ese hombre maduro y vulnerable que acababa de perder a su amigo, deseaba consolarlo de la forma más íntima, salvaje y entregada posible.

La mente de Valeria aceptó la alteración de inmediato. Para la doctora Frost, la idea de seducir a Bram Vane en esa fría sala de autopsias no era una imposición de un espíritu, sino un deseo propio, imperioso, nacido de sus entrañas, una fantasía repentina y dominante que no podía ni quería contener.

Los ojos de Valeria se oscurecieron de pura pasión. La timidez o la ética profesional volaron por la ventana, reemplazadas por una lujuria ardiente pero impregnada de laDevoción de Dorian.

—No te alejes, Bram —dijo Valeria, dando un paso al frente y acorralando a Bram contra el borde de un mueble de acero—. Sé lo que estás sintiendo. Sé cuánto te duele... Déjame ayudarte a olvidar esto aunque sea por un momento.

—Doctora, esto es una locura, estoy casado y mi amigo yace muerto a dos metros de aquí —protestó Bram con firmeza, intentando apartarla por los hombros. Pero la mezcla de dolor emocional, la confusión del momento y la abrumadora presencia física de la joven patóloga comenzaron a quebrantar sus barreras.

Valeria no esperó. Se inclinó hacia él y le atrapó los labios en un beso profundo, húmedo y desesperado.

El choque fue eléctrico. Bram ahogó un gemido de sorpresa. La calidez de los labios de Valeria, la firmeza con la que ella apretaba sus manos contra el pecho de él y el aroma a perfume caro combinado con el ambiente antiséptico provocaron un cortocircuito en su mente. Intentó resistirse por un segundo, pero el dolor del luto, la necesidad ciega de aferrarse a la vida en medio de la muerte y la intensidad erótica con la que la mujer lo buscaba terminaron por doblegar su voluntad.

Bram correspondió el beso con una fuerza primitiva. Sus manos, impulsadas por el instinto, bajaron hacia la cintura de la doctora, pegando el cuerpo de Valeria firmemente contra el suyo.

Valeria dejó escapar un gemido ahogado de placer contra la boca de Bram. Dorian, desde lo más profundo de la conciencia de la mujer, sentía cada descarga de endorfinas, cada aceleración del pulso de Bram, deleitándose con la victoria. Por primera vez en su vida, estaba sintiendo el cuerpo, el calor y la respiración del hombre que amaba.

Sin romper el beso, Valeria deslizó las manos por la camisa de Bram, desabotonando los primeros botones con una agilidad hambrienta. Lo empujó suavemente hasta sentarlo sobre el borde de un escritorio metálico donde reposaban expedientes.

—Hazlo... Bram, por favor, tómame —susurró la patóloga al oído del hombre, con la voz entrecortada por la excitación, mordiéndole suavemente el lóbulo de la oreja mientras sus manos descendían sin pudor hacia el cinturón de Bram.

El contraste entre el entorno macabro de la morgue y la temperatura ardiente que se desataba entre ambos era abrumador. Bram, arrastrado por una marea de sensaciones prohibidas y dominado por el trance del dolor convertido en deseo puramente erótico, sujetó a Valeria por los muslos, levantándola para acomodarla sobre él mientras la ropa de ambos comenzaba a caer, cediendo ante un encuentro pasional e inevitable que marcaría solo el principio de una oscura y retorcida aventura.

El frío metal de la mesa quirúrgica a sus espaldas contrastaba violentamente con la ola de calor sofocante que consumía la estancia. En el corazón de la sala de autopsias, bajo la luz blanca y temblorosa de las lámparas fluorescentes, el dolor de la pérdida se transformó en una vorágine de deseo instintivo, primitivo e incontrolable.

Bram sintió cómo la cordura se le escapaba entre los dedos. La imagen inerte de su mejor amigo descansaba a apenas un par de metros de distancia, pero la mujer que tenía enfrente devoraba sus sentidos con una vehemencia que no le daba espacio para la duda ni para la culpa. Las manos de Valeria —guiadas por la mente ansiosa y enamorada de Dorian— deshicieron la hebilla del cinturón de Bram con una destreza hambrienta.

Dorian, dentro del recipiente de la doctora, saboreaba cada milímetro de la piel de Bram. Sentir la firmeza del torso de su mejor amigo, el olor masculino que tantas veces había anhelado en silencio y el ritmo acelerado de su corazón contra sus pechos era un éxtasis que sobrepasaba cualquier experiencia terrenal. No era solo carne; era la culminación de años de un amor secreto y sofocado por el miedo al rechazo.

—Mírame, Bram... Mírame a mí —susurró la voz de Valeria, áspera por la excitación, mientras se despojaba de la bata médica blanca y la dejaba caer al suelo de baldosas como si fuera un lastre innecesario.

Debajo de la bata, la camisa de seda azul de la patóloga cayó entreabierta, dejando al descubierto sus hombros pálidos y el contorno firme de su pecho al descubierto. Bram soltó un jadeo pesado, atrapando a la mujer por la cintura y levantándola sin esfuerzo para sentarla sobre la orilla del escritorio de acero. Los archivos médicos y las carpetas de informes rodaron al suelo en un estrépito metálico que ninguno de los dos escuchó.

—Esto no debería estar pasando... —susurró Bram contra el cuello de la patóloga, aunque sus actos contradecían por completo sus palabras. Sus manos subieron por los muslos de Valeria, desliando la falda de tubo para abrirse paso entre la tela suave.

—Olvida el mundo exterior —respondió ella, clavando sus uñas con firmeza en la espalda de Bram y arqueando la columna cuando los labios de él descendieron hacia su escote—. Aquí solo estamos tú y yo. Consúmeme, Bram. Quítame el frío de este lugar.

La necesidad era urgente, un fuego imprudente encendido en el lugar más macabro posible. Cualquier empleado, un guardia de seguridad o un enfermero de turno podía cruzar las puertas dobles en cualquier segundo, pero el riesgo mortal de ser descubiertos solo funcionaba como un catalizador que multiplicaba la adrenalina de ambos.

Bram se acomodó entre las piernas de la doctora, impulsado por una mezcla confusa de luto y lujuria desenfrenada. Valeria rodeó la cintura de Bram con sus piernas largas, enganchando sus tobillos en la espalda de él para acortar cualquier distancia. Cuando Bram se introdujo en ella de un solo empuje decidido, la doctora soltó un gemido agudo que resonó con un eco vibrante en el espacio antiséptico.

Dorian, a través de la red nerviosa de Valeria, sintió una sacudida eléctrica que le recorrió la columna vertebral. Era una sensación abrumadora, una mezcla de dolor placentero y plenitud absoluta. Por primera vez en su existencia, no era un espectador en la vida de Bram; estaba unido a él en el acto más íntimo posible.

—Ah... Bram... Dios mío... —jadeó la doctora, echando la cabeza hacia atrás mientras sus manos se afianzaban en el cabello de Bram, despeinándolo con desesperación.

Los embates de Bram se volvieron rítmicos, rápidos y profundos, impulsados por una energía oscura que necesitaba expulsar toda la impotencia que sentía por la muerte de su amigo. El choque de sus cuerpos generaba un eco húmedo y constante que competía con el zumbido de los extractores de aire de la morgue. Las baldosas frías bajo los pies de Bram daban un soporte firme mientras él sostenía las caderas de Valeria, guiando cada movimiento con una posesividad salvaje.

Valeria mordía su propio labio inferior tratando en vano de contener los gemidos que se le escapaban con cada embestida. Sus ojos, fijos en el techo, brillaban con una luz casi mística. Para la mente de la patóloga, la sensación era un torbellino de pasión espontánea; pero para la conciencia de Dorian, era el triunfo definitivo sobre la muerte. Bram era suyo, aunque fuera a través de una máscara de carne prestada.

—Más rápido... Bram, por favor... no pares... —suplicaba la mujer, restregando su frente sudorosa contra la mejilla de él, buscando sus labios en besos torpes, hambrientos y llenos de saliva.

El ritmo dentro de la sala se volvió frenético. El sudor brillaba en la frente de Bram, goteando sobre el pecho desnudo de la doctora. La fricción, el ambiente helado, el olor a desinfectante mezclado con el aroma inequívoco del sexo rápido y furtivo creaban una atmósfera surrealista. Bram cerraba los ojos por momentos, intentando sofocar los remordimientos que intentaban aflorar en su mente, pero la calidez envolvente y la respuesta descarada del cuerpo de la joven médica lo arrastraban de vuelta al abismo del placer.

El clímax llegó de manera violenta. Valeria apretó sus muslos con fuerza sobrehumana alrededor de las caderas de Bram, soltando un ahogado grito de éxtasis contra el hombro de él mientras las contracciones musculares la sacudían por entero. Bram, incapaz de contenerse un segundo más, lanzó un rugido sordo y se derramó en su interior con varias embestidas finales y profundas, aferrándose al cuerpo de la doctora como un náufrago a su único sostén.

Durante largos segundos, el único sonido en la sala de autopsias fue el jadeo pesado y coordinado de ambos. Bram permaneció apoyado sobre el pecho de Valeria, sintiendo el subidón de endorfinas comenzar a decaer, dejando tras de sí una marea helada de culpa y confusión absoluta.

¿Qué demonios había hecho? Acababa de tener sexo desenfrenado sobre un escritorio de la morgue con la patóloga encargada, estando su esposa esperándolo en casa y el cadáver de su mejor amigo a unos metros.

Bram comenzó a erguirse despacio, intentando separarse para arreglarse la ropa y recuperar un mínimo de dignidad, pero las manos de la doctora, lejos de soltarlo, lo sujetaron con una firmeza sorprendente por las muñecas.

—Espera... Bram, no te alejes —dijo ella.

Bram la miró a los ojos, esperando ver el arrepentimiento o la vergüenza propios de una profesional que acaba de cruzar todas las líneas éticas posibles. Sin embargo, lo que encontró en la mirada de la doctora fue una serenidad absoluta, una chispa socarrona y una ternura dolorosamente familiar.

La mujer se incorporó en el escritorio, acomodándose la camisa sin prisa, y lo miró directamente a los ojos con una sonrisa de lado.

—Sigues siendo igual de impulsivo cuando estás triste, mi querido Bram —dijo la doctora. Pero la voz ya no sonaba distante ni fingida. La cadencia, la entonación, la forma de alargar la vocal final... era una imitación perfecta, idéntica y espeluznante de la forma de hablar de Dorian Kael.

Bram sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Dio un paso atrás, soltándose del agarre, mirándola con horror.

—¿Qué... qué dijiste? —balbuceó Bram, sintiendo que la cabeza le daba vueltas—. ¿Qué broma de mal gusto es esta, doctora Frost?

La mujer soltó una risita suave, una risa que Bram había escuchado miles de veces en bares, en su propia casa y en viajes de carretera. Se pasó la mano por el cabello con un gesto idéntico al que solía hacer Dorian cuando estaba a punto de confesar una travesura.

—No es ninguna broma, Bram. Y tampoco es la doctora Frost la que te está hablando. Bueno, técnicamente es su boca y sus cuerdas vocales, pero el que está dirigiendo el espectáculo soy yo. Dorian.

Bram la miró como si estuviera frente a una demente. Se llevó las manos a la cabeza, tambaleándose un poco.

—Usted está loca... Está enferma. No sé qué clase de juego psicológico está intentando jugar conmigo, pero esto es un desacato, es...

—¿Te acuerdas de la cicatriz que tengo en la costilla izquierda? —la interrumpió la doctora con voz tranquila—. Nos la hicimos a los veinte años cuando intentamos saltar la reja de la vieja fábrica abandonada. Tú te abriste la rodilla y yo me clavé un alambre. ¿O quieres que te recuerde lo que me dijiste la noche que te emborrachaste en tu cumpleaños número treinta y dos, cuando me confesaste que le tenías miedo al fracaso más que a la muerte misma? Nadie más sabe eso, Bram. Solo tú y yo.

El silencio que siguió fue denso y asfixiante. Bram se quedó petrificado. Los detalles que acababa de mencionar eran absolutos secretos de estado entre él y su difunto amigo. Nadie, absolutamente nadie fuera de Dorian, conocía esas palabras ni ese incidente.

—No... no es posible —susurró Bram, mirando alternadamente el cuerpo inmóvil bajo la sábana en la mesa metálica y a la joven mujer de 27 años sentada frente a él—. Dorian está muerto. Lo vi. Su cuerpo está ahí.

—Su cuerpo antiguo está ahí, sí —corrigió la mujer, señalando con el pulgar hacia la sábana con una indiferencia casi cómica—. Ese envase ya no sirve, tuvo un final bastante feo en la autopista, para ser sincero. Pero yo... yo no me fui del todo, Bram.

Valeria bajó del escritorio con elegancia, ajustándose la falda y abotonándose la camisa con total compostura. Caminó despacio hacia Bram, deteniéndose a unos centímetros de él.

—Cuando la doctora tocó mi rostro para cubrirme con la sábana, sentí un tirón, como si una corriente de aire me arrastrara fuera de ese cadáver congelado y me metiera a presión en su cabeza. No sé cómo explicarlo científicamente, ni me importa. El punto es que estoy aquí. Estoy vivo, Bram. En la mente y en la carne de esta mujer.

—Esto es una locura... Una alucinación... Me volví loco por el trauma —murmuró Bram, pasándose las manos por la cara, sintiendo un sudor frío en la nuca.

—No estás loco, mi amor —dijo la voz de Dorian a través de los labios de Valeria. La palabra "mi amor" salió con un peso tan natural que hizo que Bram diera un respingo—. Escúchame bien, porque necesitas entender cómo funciona esto. Cuando estoy dentro de un cuerpo, tomo el control total. Puedo acceder a sus recuerdos, a su voz, a sus habilidades. Esta mujer es doctora, sabe anatomía, conoce este edificio... pero mientras yo esté al mando, soy yo quien decide qué hacer.

Bram la miró con los ojos muy abiertos, tratando de procesar la magnitud de lo que estaba escuchando.

—¿Y ella? —preguntó Bram en un susurro tembloroso—. ¿Qué pasa con la verdadera doctora Valeria cuando tú estás haciendo esto? ¿Sabe lo que acabamos de hacer?

Dorian, en el cuerpo de Valeria, inclinó la cabeza con una sonrisa calculadora.

—Ahora mismo, su conciencia está dormida, apartada en un rincón de su cerebro. Ella no siente dolor ni confusión mientras yo esté aquí. Pero tengo otra habilidad... un regalo secundario de esta nueva condición.

Bram frunció el ceño. —¿Qué habilidad?

—Cuando decida abandonar este cuerpo —explicó Dorian con tono misterioso y fascinado—, la mente de la persona que habité sufrirá una reescritura automática. No es que vayan a tener un vacío de memoria o una amnesia sospechosa. No. Mi habilidad hace que todo lo que yo haya hecho mientras usaba su cuerpo sea percibido por ellas como si lo hubieran hecho por su propia voluntad, por sus propios deseos y por sus propias decisiones.

Bram abrió la boca, atónito. —¿Me estás diciendo que cuando salgas de ella...?

—Cuando yo me vaya de este cuerpo —asintió la doctora con una sonrisa astuta—, Valeria no recordará que un fantasma la poseyó. En su mente, el recuerdo intacto será que ella se sintió irremediablemente atraída por un hombre maduro y atractivo que entró a la morgue, que no pudo contener sus impulsos profesionales y que decidió seducirlo voluntariamente sobre su escritorio. Ella vivirá con ese recuerdo como si fuera una decisión propia, sin sospechar jamás la verdad sobrenatural.

Bram sintió un escalofrío que le recorrió hasta la última fibra del cuerpo. La implicación de semejante poder era aterradora y fascinante a la vez.

—Dorian... esto es... manipulación pura. Es peligroso.

—Es supervivencia, Bram —respondió la mujer, acercándose de nuevo y tomando las manos de Bram entre las suyas—. Y es la única oportunidad que nos ha dado el destino. En mi vida anterior, fui el amigo fiel, el que se quedaba al margen, el que te miraba desde lejos sabiendo que nunca podría tenerte porque el mundo y nuestras vidas no lo permitían. Pero ahora... ahora puedo estar a tu lado. Puedo tocarte, puedo abrazarte, puedo darte el placer que nunca me atreví a ofrecerte.

—Dorian, estoy casado —dijo Bram con voz firme, aunque la confusión interna lo estaba carcomiendo—. Tengo a Renata. Tengo a mis tres hijas. Yo te quería como a un hermano, pero esto... esto cruza líneas que no sé si puedo aceptar.

La doctora sonrió con una mezcla de tristeza y determinación obstinada. Colocó una mano suave sobre el pecho de Bram, sintiendo los latidos de su corazón.

—Sé que estás asustado. Sé que esto rompe todo lo que consideras normal. No te pido que lo entiendas todo hoy. Pero no voy a volver a dejarte solo, Bram. Te amo. Siempre te he amado, desde el primer día en que me defendiste cuando todos los demás me daban la espalda. En mi vida anterior me guardé este amor en el pecho hasta que mi corazón dejó de latir. No voy a cometer el mismo error dos veces.

Bram miró los ojos de la mujer. Era el rostro de una patóloga de 27 años, una desconocida hasta hacía una hora, pero la mirada que lo observaba pertenecía inequívocamente al hombre que había sido su confidente durante más de quince años.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Bram, con la voz apagada y cargada de incertidumbre.

—Ahora voy a dejar que la doctora Frost recupere el control —dijo Dorian guiñándole un ojo a través de la mujer—. Ella terminará los trámites legales de mi "fallecimiento". Mañana el cuerpo de Dorian Kael será preparado para el funeral, y tú irás como el amigo abnegado a darle el último adiós. Pero recuerda bien esto, Bram: esto no es un final. Es solo el comienzo. Voy a volver a ti. En el cuerpo que sea necesario, a la hora que sea necesaria.

Antes de que Bram pudiera responder nada más, la doctora Frost cerró los ojos y soltó una larga exhalación.

Durante dos segundos, el cuerpo de la mujer permaneció completamente inmóvil. Luego, con un parpadeo rápido y una sacudida de hombros, Valeria volvió a abrir los ojos.

La chispa astuta y la calidez de Dorian se habían evaporado al instante. La mirada de la patóloga volvió a ser fría, profesional y distante, aunque ahora traía consigo un tinte de rubor en las mejillas y una respiración ligeramente agitada.

Valeria miró a Bram, luego miró la bata caída en el suelo y su camisa desabotonada. Pasó la lengua por sus labios, sintiendo el sabor del encuentro que acababa de tener, y una sonrisa tímida y un tanto descarada se dibujó en su rostro.

—Señor Vane... —dijo Valeria, aclarándose la garganta y ajustándose apresuradamente la ropa con cierta prisa avergonzada—. Yo... le pido una disculpa por mi comportamiento. No sé qué me pasó... Fue un impulso profesional horrible, jamás me había comportado así con un cliente. Supongo que la tensión de la noche y... bueno, usted es un hombre muy atractivo. Por favor, le ruego que esto quede entre nosotros.

Bram se le quedó mirando en absoluto shock. La habilidad de Dorian había funcionado a la perfección. Valeria recordaba el acto, pero estaba completamente convencida de que había sido su propia mente y su propia voluntad las que habían buscado el encuentro erótico.

—No se preocupe... doctora —alcanzó a decir Bram, tratando de mantener la voz firme mientras se terminaba de abrochar la chaqueta—. Quedará entre nosotros. Solo... por favor, termine los documentos para poder retirar el cuerpo mañana.

—Por supuesto, señor Vane —asintió Valeria, recogiendo la bata del suelo y ponérsela de nuevo con las manos temblorosas por la vergüenza residual—. Enviarás las formas a la funeraria primera hora. Que tenga buena noche.

Bram asintió levemente y se dio la vuelta, saliendo a paso rápido de la sala de autopsias.

Mientras caminaba por el pasillo frío y desierto hacia la salida de la morgue, las piernas le temblaban. El aire de la noche le golpeó el rostro al cruzar las puertas del edificio, pero no sirvió para despejar la tormenta que llevaba por dentro. Su amigo no estaba muerto. Dorian estaba libre en el mundo, capaz de tomar cualquier cuerpo, manipular cualquier mente y enfocado en una sola meta: poseer a Bram a cualquier costo.

El aire fresco de la noche rozaba el rostro de Bram mientras conducía de regreso a casa. Sus manos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos se le habían vuelto completamente blancos. Por la cabeza le pasaban mil imágenes a una velocidad sofocante: la silueta inerte de su mejor amigo sobre la mesa metálica, la mirada apasionada de la patóloga, la sensación febril de sus cuerpos uniéndose en aquella sala helada y, sobre todo, la voz de Dorian brotando de unos labios que no le pertenecían.

El motor de su auto se apoderó del silencio del garaje al apagarse. Bram se quedó sentado en el asiento del conductor durante un par de minutos, respirando hondo, tratando de estabilizar su pulso. Pasó sus dedos por la camisa, verificando obsesivamente que no quedara ningún rastro, ninguna mancha de maquillaje ni la menor arruga delatadora. Se pasó la mano por el cuello, sintiendo un sudor frío.

«Dios mío... si Renata o las chicas se llegan a enterar de esto... me deja. Se acaba mi matrimonio, mis hijas me aborrecerían y perdería todo lo que he construido», pensó con un nudo sofocante en la garganta. La culpa lo devoraba por dentro, pero el miedo a lo sobrenatural era aún más profundo. ¿Cómo le explicaba a nadie que el espíritu de su mejor amigo acababa de poseer a una médica para acostarse con él? Era una locura digna de un manicomio.

Respiró profundo por última vez, puso su mejor máscara de serenidad y abrió la puerta principal de la casa.

El ambiente en el salón era pesado. La televisión estaba encendida con el volumen casi apagado, proyectando luces tenues sobre los muebles. Renata estaba sentada en el sofá con una taza de té entre las manos, flanqueada por las tres chicas. Al escuchar el cerrojo, todas se levantaron de inmediato.

—Bram... —Renata se acercó a él rápidamente, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la cabeza en su pecho. Bram la abrazó de vuelta, sintiendo una punzada de remordimiento tan agudo que casi le corta la respiración—. ¿Cómo estás? Teníamos tanto miedo de cómo ibas a reaccionar.

—Estoy... bien, dentro de lo que cabe —mintió él, acariciándole la espalda a su esposa con torpeza mientras miraba a sus hijas.

Astrid, Sabrina y Nadia se acercaron con rostros preocupados.

—¿Era él, papá? —preguntó Astrid con voz suave, manteniendo esa compostura madura de sus 21 años.

—Sí, hija. Lamentablemente sí —respondió Bram, tratando de proyectar la tristeza lógica de un hombre que acaba de perder a un hermano de la vida—. Ya hice la identificación formal. Mañana la funeraria se encargará del traslado para los trámites del sepelio. Fue un proceso bastante frío y rápido en la morgue.

—Pobre tío Dorian... —murmuró Sabrina, apretando los labios con amargura. Aunque no lo veían a diario, sabían lo mucho que significaba para su padre.

—¿Necesitas algo, papá? ¿Quieres cenar o tomar algo caliente? —ofreció Nadia, la menor, mirándolo con esos ojos claros llenos de empatía.

—No, mi vida, gracias. Solo estoy... extremadamente cansado. El impacto fue muy duro —dijo Bram, dándole un beso en la frente a Nadia y luego a sus otras dos hijas—. Necesito recostarme un rato.

—Ve a descansar, cariño. Yo subiré en un momento —dijo Renata, apretándole la mano con ternura.

Bram asintió y subió las escaleras a paso lento. Cada peldaño se sentía infinitamente pesado. Al entrar a su habitación, cerró la puerta, se quitó la chaqueta y se sentó en el borde de la cama, enterrando el rostro entre sus manos. La calidez de su hogar, el amor de su esposa y la inocencia de sus tres hijas adultas formaban un contraste macabro con el secreto abismal que ahora cargaba sobre sus hombros.

Mientras tanto, en un modesto pero elegante apartamento del centro de la ciudad, la doctora Valeria Frost salía de la ducha envuelta en una bata de baño de felpa blanca. Se secaba el cabello con una toalla pequeña mientras se observaba en el espejo del baño.

Sus mejillas aún conservaban un rubor encendido que no lograba quitarse de encima. Se tocó los labios con las puntas de los dedos, sintiéndolos ligeramente inflamados por la intensidad de los besos de hacía apenas dos horas.

Valeria se dejó caer sobre su cama, mirando al techo con la respiración entrecortada y la mente hecha un caos absoluto. La reescritura de memoria que Dorian había dejado impregnada en sus redes neuronales estaba funcionando a la perfección, aunque la lógica de la doctora luchaba torpemente por entender semejante arrebato.

—Dios mío... ¿qué fue lo que hice? —murmuró para sí misma en la soledad de su habitación, llevándose las manos al rostro—. ¿Qué demonios me pasó por la cabeza?

Se giró hacia un lado, abrazando una almohada mientras las imágenes del encuentro en la morgue se proyectaban en su mente con una nitidez abrumadora. Recordaba perfectamente cómo se había quitado la bata, cómo había buscado la boca de ese hombre maduro y la manera en que se había entregado a él sobre el escritorio, sin importarle la ética médica, el lugar ni el hecho de que había un cadáver a pocos metros.

—Era la primera vez que lo veía... la primera vez —se dijo, confundida por la intensidad del recuerdo—. Pero cuando lo miré a los ojos... sentí una atracción tan absurda, una necesidad tan violenta... como si llevara años esperando por él. Siento que lo amo, ¿pero cómo puedo amar a un desconocido?

Se llevó una mano hacia el pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón, y luego bajó lentamente por su abdomen hasta la ingle. Su piel reaccionó de inmediato con un escalofrío.

—Sentía como si mi propio cuerpo me rogara que se lo entregara... como si mis pechos y mi vagina exigieran ser tocados por él —susurró Valeria con la voz agitada, sintiendo cómo se le erizaba la piel—. Dios, fue tan salvaje... Es un hombre jodidamente guapo. De solo recordarlo, de solo pensar en la firmeza de sus manos en mis caderas y cómo se sentía dentro de mí... me vuelvo a mojar.

Valeria cerró los ojos, mordiéndose el labio inferior mientras una ola de calor involuntario le recorría la pelvis. El recuerdo implantado era tan vívido y cargado de una devoción artificial que no podía razonar con claridad.

—Qué locura... Arriesgué mi carrera, mi trabajo en el hospital... Si alguien nos hubiera visto, estaría arruinada —suspiró, cambiando de postura en la cama con una mezcla de culpa y un deseo residuo e incontrolable—. Pero si hubiéramos estado fuera de la morgue... si nos hubiéramos conocido en un bar o en la calle... Dios, estoy segura de que le habría pedido que nos viéramos otra vez. Le habría rogado que fuéramos a un hotel. Me hizo sentir cosas que ningún hombre me había hecho sentir jamás.

Valeria se cubrió con las mantas, tratando de calmar el hormigueo en su cuerpo, completamente ignorante de que esa pasión irrefrenable no era más que el eco del amor obsesivo de Dorian atrapado en su memoria.

A varios kilómetros de allí, en una concurrida avenida iluminada por los letreros de neón de los bares y discotecas de la zona universitaria, la noche fluía con un ritmo agitado. Entre la multitud de jóvenes caminaba una chica de 23 años llamada Kaelen.

Kaelen era una joven alta, de figura atlética, curvas pronunciadas, piel canela y una melena oscura que le caía sobre los hombros. Vestía un pantalón ajustado y una chaqueta de cuero ligera que marcaba a la perfección su silueta. Caminaba a paso tranquilo, regresando de una reunión con amigos, sosteniendo su teléfono en una mano.

Sin embargo, al pasar junto a un pequeño callejón entre dos edificios comerciales, Kaelen se detuvo en seco.

Una ráfaga de aire repentina y helada sopló desde la penumbra del callejón, despeinándole el cabello. La chica parpadeó, sintiendo un escalofrío repentino que no pertenecía al clima de la noche.

En el plano invisible, la esencia de Dorian, que había abandonado el cuerpo de la doctora Valeria tras dejar sellado su recuerdo, flotaba como una masa de energía pura, consciente y hambrienta. La presencia de Dorian buscaba un nuevo recipiente, alguien con una vitalidad distinta, una presencia más joven y atractiva que pudiera acercarse a Bram sin despertar las sospechas que dejaría una patóloga del hospital.

La energía de Dorian se abalanzó sobre Kaelen.

La joven de 23 años soltó un leve jadeo ahogado. Su teléfono cayó al suelo, estrellándose contra el pavimento. Kaelen se llevó las manos a la cabeza mientras sus ojos se abrían de par en par, completamente dilatados. Durante un par de segundos, su cuerpo tembló levemente como si recibiera un choque eléctrico indoloro.

Entonces, la resistencia de su mente cedióa ante la fuerza de la entidad.

Kaelen parpadeó lentamente. La expresión de su rostro cambió de la confusión juvenil a una sonrisa madura, calculadora y profundamente sensual. Dorian había tomado el control absoluto del nuevo recipiente.

La joven levantó sus manos, mirándose las uñas pintadas de oscuro, sintiendo la textura de la piel suave de sus brazos y el ritmo juvenil de su nuevo corazón. Se pasó las manos por las caderas, apreciando las curvas firmes y la agilidad de este nuevo cuerpo.

—Vaya... —dijo Dorian, utilizando la voz fresca, femenina y ligeramente rasgada de Kaelen. Soltó una risita baja que resonó en el callejón vacío—. Esta chica tiene una anatomía increíble... El tono muscular, la firmeza, la juventud... Es simplemente perfecta.

Dorian se agachó para recoger el teléfono con la pantalla agrietada, guardándolo en el bolsillo de la chaqueta de cuero. Luego caminó hacia el reflejo de un escaparate de cristal, admirando la imagen de la chica de 23 años que ahora encarnaba.

—Perfecta... —repitió con una mirada brillante, tocándose el escote de la camiseta ajustada y acomodándose la chaqueta—. Definitivamente, este cuerpo es perfecto para dárselo a mi amor, Bram. A un hombre como él le va a encantar esta frescura... no va a poder resistirse.

Dorian sonrió con una devoción casi siniestra reflejada en el cristal. La muerte ya no era un obstáculo; ahora era el dueño de las identidades, de las mentes y de los deseos de cualquier mujer que se cruzara en su camino. Y cada uno de esos cuerpos terminaría rindiéndose a los pies del único hombre que había amado en su vida.

El silencio de la habitación principal de la casa Vane solo era interrumpido por el leve zumbido del aire acondicionado. Bram permanecía sentado en la orilla de la cama matrimonial, con la cabeza gacha y la mirada perdida en las maderas del suelo. La culpa lo devoraba por dentro, pero el desconcierto era aún peor. Intentaba procesar lo imposible: la muerte de su mejor amigo y, al mismo tiempo, su escalofriante reaparición en el cuerpo de la joven patóloga de la morgue.

De pronto, la vibración seca de su teléfono móvil sobre la mesa de noche rompió la penumbra.

Bram dio un pequeño brinco, sobresaltado. Extendió la mano con cierta aprensión y tomó el aparato. En la pantalla aparecía una notificación de un número totalmente desconocido. Desbloqueó el teléfono y abrió la aplicación de mensajería.

El primer mensaje era una frase corta, directa y cargada de una intimidad perturbadora:

«Mi amor, mira lo que tengo para ti...»

Antes de que Bram pudiera siquiera formular una pregunta en su mente, el teléfono volvió a vibrar de forma consecutiva tres veces, cargando tres archivos de imagen en alta resolución.

Al abrir la primera fotografía, a Bram se le cortó el aire. En la imagen aparecía una mujer joven, de no más de 23 años, con una melena oscura, piel canela y una silueta atlética y sumamente provocativa. Estaba dentro de lo que parecía ser un baño bien iluminado. En la primera foto, la chica posaba de perfil ante el espejo, completamente desnuda de la cintura para arriba, sosteniendo con una mano uno de sus pechos firmes y curvando el cuello hacia abajo para lamerse y chuparse con descaro su propio pezón, manteniendo una mirada erótica y fija hacia el lente de la cámara.

Bram sintió un golpe de calor en el rostro. Rápidamente deslizó el dedo hacia la segunda imagen.

En la segunda foto, la joven posaba de frente, erguida, con la chaqueta de cuero abierta a los lados y la camiseta levantada hasta el cuello, exhibiendo abiertamente un par de pechos perfectos y erguidos, con los pezones endurecidos por la excitación. La iluminación resaltaba las curvas de su cintura y la firmeza de su abdomen, en una postura diseñada exclusivamente para seducir.

La tercera fotografía era la más explícita y provocativa de todas. La chica estaba sentada en la orilla de una cama, con las piernas abiertas de par en par, mostrando su vagina totalmente expuesta y rosada, mientras con la mano izquierda se cubría la boca con un gesto de sorpresa fingida y divertida, sosteniendo de nuevo la cámara con la otra mano para encuadrar al mismo tiempo sus pechos desnudos.

Bram apretó el teléfono con fuerza, sintiendo que el corazón le martillaba contra las costillas. La joven de las fotos aparentaba unos 23 años, pero la intención detrás de cada toma, el descaro y la devoción perversa no dejaban lugar a dudas. Era Dorian. Su mejor amigo había abandonado el cuerpo de la doctora Valeria y ya se había apoderado de un nuevo envase, más joven, más atrevido y enfocado por entero en atormentarlo y tentarlo.

Un segundo después, entró un último mensaje de texto del mismo número:

«Esta piel es tan suave, Bram... y está desesperada por sentir tus manos otra vez. Nos vemos muy pronto, mi amor.»

Bram dejó caer el teléfono sobre las cobijas, pasándose las manos por la cara en un gesto de absoluta desesperación. El acoso sobrenatural de Dorian estaba escalando a pasos agigantados.

En ese preciso instante, dos suaves golpes sonaron al otro lado de la puerta de la habitación. Bram apenas tuvo tiempo de tomar el teléfono y meterlo rápidamente debajo de la almohada antes de que la puerta se abriera.

Era Astrid, su hija mayor de 21 años. Entró a la habitación con paso firme pero silencioso, vistiendo una sudadera cómoda y el cabello recogido en una coleta informal. La joven caminó hacia la cama y se sentó al lado de su padre, mirándolo con esos ojos expresivos y analíticos que siempre la habían caracterizado.

—Papá... —dijo Astrid con voz suave, extendiendo los brazos para envolver a Bram en un abrazo cálido y firme.

Bram correspondió el abrazo de su hija, cerrando los ojos y dejando escapar un suspiro pesado. La inocencia y la calidez del afecto de Astrid actuaron como un bálsamo temporal en medio de la pesadilla que estaba viviendo.

—No te agüites, papi —le susurró Astrid al oído, dándole palmaditas cariñosas en la espalda—. Sé lo mucho que significaba el tío Dorian para ti. Sé que era tu hermano de la vida y que esta noticia te agarró completamente desprevenido. Pero quiero que sepas que no estás solo en esto.

Astrid se separó un poco para mirarlo de frente, sosteniéndole los hombros con firmeza.

—Mamá, Sabrina, Nadia y yo vamos a estar aquí para apoyarte en todo lo que necesites. Somos una familia y vamos a salir de esta tristeza juntos, como siempre lo hemos hecho. Todo va a mejorar, te lo prometo. Pero ahora necesitas alimentarte un poco. Ven, vamos a cenar algo ligero, mamá preparó la mesa.

Bram miró a su hija con un nudo en la garganta. La devoción de su familia era lo más sagrado que tenía en el mundo, y la sola idea de arruinarlo todo por los juegos de Dorian le daba un terror paralizante.

—Gracias, mi amor —respondió Bram, forzando una sonrisa afectuosa y acariciándole la mejilla a Astrid—. Tienes razón. Vamos abajo.

Ambos bajaron por las escaleras hacia la planta baja. En el comedor, el ambiente era tranquilo pero sobrio. Renata estaba terminando de servirlos platos en la mesa, mientras Sabrina (19) y Nadia (18) acomodaban los cubiertos y los vasos.

Bram se tomó su lugar habitual en la cabecera, flanqueado por su esposa y sus hijas. La cena transcurrió en un silencio respetuoso, interrumpido solo por los ruidos de los cubiertos y algunas palabras de consuelo de parte de sus hijas.

Renata, sentada a su lado, le sirvió un poco de agua y le tomó la mano por encima del mantel, apretándola con ternura.

—Cariño... —habló Renata en voz baja, mirándolo con preocupación—. ¿Te dijeron en la morgue a qué hora estará listo el cuerpo mañana? ¿A qué hora será el entierro en el cementerio?

Bram tragó saliva, recordando la conversación con la doctora Valeria en medio del caos de la sala de autopsias.

—Sí... a primera hora de la mañana la funeraria hará el traslado a la capilla —explicó Bram, tratando de mantener un tono de voz firme—. La misa será a las once y el entierro está programado para la una de la tarde en el panteón central. La familia de Dorian también estará presente.

—Es lo correcto —asintió Renata—. Nosotros te acompañaremos, por supuesto. Mis hijas y yo iremos a la misa para estar a tu lado.

Mientras Renata hablaba, el teléfono de Bram, que descansaba en el bolsillo interior de su pantalón, volvió a emitir una breve vibración. Bram disimuló el gesto, sacó el aparato por debajo del borde de la mesa y miró la pantalla discretamente.

Esta vez no era el número desconocido de la chica de las fotos. Se trataba de un mensaje de WhatsApp enviado por Rachel, la hermana menor de Dorian.

Rachel Kael tenía 31 años. Era una mujer independiente, madura y trabajadora que siempre había tenido una relación cercana pero compleja con su hermano. Para Bram, Rachel siempre había sido como una hermana menor adoptiva, alguien a quien apreciaba sinceramente.

El mensaje de Rachel decía:

«Hola, Bram... Supongo que ya sabes todo. Solo quería decirte que mañana nos veremos en el funeral. Aún no puedo creer que mi hermano ya no esté aquí con nosotros... Siento un vacío horrible, pero sé que tú también estás sufriendo. Todo va a estar bien, Bram. Mañana nos apoyamos mutuamente.»

Bram sintió un vuelco en el corazón. Rachel había perdido a su único hermano de manera trágica y repentina. Conocía la fortaleza de la mujer, pero también sabía lo sola que solía quedarse en los momentos de crisis.

Rápidamente, Bram le respondió el mensaje:

«Hola, Rachel. Sí, ha sido un golpe devastador para todos. ¿Tú estás bien? ¿Estás acompañada en tu casa?»

Unos segundos después, el indicador de escritura se activó y llegó la respuesta de Rachel:

«Sí, estoy bien... No te preocupes por mí. Intento ser fuerte para los trámites de mañana.»

Bram leyó las palabras, pero su instinto le decía todo lo contrario. Conocía a Rachel desde hacía más de una década. Sabía perfectamente que cuando ella decía "estoy bien" de esa manera tan corta, en realidad estaba destrozada por dentro, llorando en soledad para no preocupar a los demás.

Bram dejó el tenedor sobre el plato, llamando la atención de su esposa.

—Renata... —dijo levantando la vista—. Acabo de recibir un mensaje de Rachel, la hermana de Dorian.

—¿Cómo está esa pobre chica? —preguntó Renata con genuina compasión—. Debe estar pasando por un infierno.

—Dice que está bien, pero la conozco —respondió Bram poniéndose de pie—. Sé que no lo está. Está sola en su departamento pasando por todo esto. Voy a ir a verla un momento. Necesita a alguien con quien hablar antes de mañana.

Renata se levantó también y se acercó a su esposo, arreglándole el cuello de la camisa con gesto comprensivo.

—Me parece muy noble de tu parte, cariño. Ve a verla, acompáñala un rato. Esa muchacha no debería estar sola esta noche. Solo ve con cuidado en la carretera, por favor. Cualquier cosa que necesites o si te vas a demorar, márcame.

—Gracias, mi amor —dijo Bram, dándole un tierno beso en los labios a su esposa y despidiéndose de sus tres hijas con una seña de mano—. No tardo.

Bram tomó las llaves del auto de la barra, salió de la casa y se subió a su vehículo. El motor rugió en la noche mientras salía de la cochera y se incorporaba a la avenida en dirección al departamento de Rachel, con la mente dividida entre el consuelo a la hermana de su amigo y la amenaza latente de los mensajes que acababa de recibir.

Mientras Bram conducía por la ciudad, al otro lado de la metrópoli, en un moderno departamento ubicado en un tercer piso, la doctora Valeria Frost (27 años) se encontraba recostada en su amplia cama matrimonial.

Las cortinas de la habitación estaban parcialmente abiertas, dejando entrar la luz tenue y azulada de las farolas de la calle. Valeria vestía únicamente una camiseta de tirantes blanca y ropa interior de encaje.

La joven patóloga tenía las piernas ligeramente abiertas sobre las sábanas desordenadas. Una de sus manos descansaba sobre su frente sudorosa, mientras que la otra mano descendía lentamente por su vientre plano, deslizándose por debajo de la tela de su panti hasta introducir dos dedos entre sus labios vulvares, húmedos y calientes.

Un gemido suave y ahogado se le escapó de la garganta.

Valeria comenzó a frotar su clítoris con un ritmo rítmico, firme y desesperado. Desde que había llegado a su departamento tras salir de la morgue, no había podido conciliar el sueño. Una ola constante de calor e insatisfacción erótica le recorría las venas, un impulso sexual sofocante que parecía no tener fin.

—Ah... Dios... —jadeó Valeria, arqueando la espalda contra el colchón mientras aumentaba la velocidad de sus dedos.

En su mente no había imágenes de antiguos novios ni de fantasías habituales. La única imagen que se proyectaba con una nitidez aplastante en su cabeza era la del hombre maduro con el que había tenido sexo sobre el escritorio de autopsias. Recordaba la firmeza de sus hombros, el peso de su cuerpo sobre el suyo y la forma dominante en que la había tomado sin pedir permiso.

La reescritura de memoria que Dorian había dejado impresa en el cerebro de la patóloga estaba actuando como una droga adictiva. La mente de Valeria procesaba esa experiencia no como un abuso ni como un evento extraño, sino como la aventura erótica más apasionante, salvaje y perfecta de toda su vida.

—¿Por qué... por qué lo hice? —se preguntaba a sí misma entre jadeos cortos, sin detener el movimiento de su mano entre las piernas—. Rompí todas mis reglas... arriesgué mi trabajo... pero fue tan jodidamente increíble...

Sus dedos se introdujeron un poco más profundo en su vagina canal, sintiendo la lubricación abundante que su propio cuerpo producía con solo recordar la cara de aquel hombre.

—Sentía... sentía como si lo amara de toda la vida —susurró Valeria con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior mientras las contracciones de un orgasmo inminente comenzaban a tensar sus muslos—. Como si mi pecho y mis pechos le pertenecieran a él... Dios, qué hombre tan guapo...

Valeria apretó los dientes y soltó un largo gemido de éxtasis mientras un orgasmo intenso la sacudía en la soledad de su habitación. Su cuerpo se relajó sobre las cobijas, respirando con dificultad, con el pecho subiendo y bajando aceleradamente.

Se retiró la mano húmeda y la miró a la luz de la penumbra, sintiendo una mezcla de satisfacción física y un profundo vacío emocional.

—Bram... —murmuró para sí misma, recordando el nombre que el hombre le había dicho durante su encuentro—. Solo sé que se llama Bram... Ni siquiera sé su apellido completo, no sé dónde vive, no tengo su número de teléfono...

Valeria se giró hacia un costado, abrazando una almohada con cierta frustración.

—¿Cómo voy a encontrarlo otra vez? —suspiró la patóloga de 27 años, sintiendo que la necesidad de volver a estar con ese hombre la iba a volver loca—. Tengo que volver a verlo... Necesito que me vuelva a tomar así.

Sin sospechar que Bram estaba casado, que tenía tres hijas adultas y que el responsable de su obsesión no era un enamoramiento natural sino la impronta mágica de un muerto, Valeria Frost se quedó dormida, soñando despierta con el momento en que sus caminos volvieran a cruzarse.

El auto de Bram se detuvo frente al edificio de departamentos donde vivía Rachel. Apagó el motor y permaneció unos segundos en el asiento del conductor, observando la fachada iluminada por un farol de luz amarilla. Rachel, de 31 años, vivía en un lugar tranquilo, una zona residencial de departamentos de tres pisos con acabados sencillos.

Bram bajó del coche, activó la alarma con el control remoto —un leve "pitido" confirmó el cierre de las puertas— y subió las escaleras exteriores hasta llegar al segundo piso. Al detenerse frente a la puerta del departamento 2B, respiró profundo para dejar fuera, aunque fuera por unos minutos, la paranoia que lo consumía, y tocó el timbre.

Unos segundos después, el cerrojo giró y la puerta se abrió.

Rachel Kael apareció al otro lado. Llevaba puesto un pantalón de estar por casa holgado y una camiseta sencilla; su cabello oscuro estaba recogido en un moño desordenado y sus ojos, hinchados y enrojecidos, delataban que llevaba horas llorando en soledad. Al ver a Bram parado en su umbral, sus labios temblaron por la sorpresa.

—¿Bram...? —murmuró Rachel, con la voz quebrada—. ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas en tu casa con Renata y las chicas.

—No podía dejarte sola esta noche, Rachel —dijo Bram con voz suave y protectora—. Sé cómo eres. Dijiste por mensaje que estabas bien, pero sabía que estabas sufriendo aquí metida.

Rachel se cubrió la boca con una mano, sofocando un sollozo, y se hizo a un lado para dejarlo pasar.

—Pasa, por favor... —alcanzó a decir.

Bram entró al departamento, que estaba iluminado apenas por la luz de una lámpara de pie en la sala. Cerró la puerta tras de sí y se giró para mirar a la hermana de su mejor amigo. Sin decir una sola palabra más, le abrió los brazos. Rachel no lo dudó: se arrojó a su pecho y rompió a llorar desconsoladamente, aferrándose a la chaqueta de Bram como si fuera su único punto de apoyo en medio del desastre.

Mientras arriba, en el segundo piso, el consuelo familiar intentaba abrirse paso, en la calle, junto al auto aparcado de Bram, una figura caminaba con una soltura calculada.

Era Kaelen, la joven de 23 años cuya mente y cuerpo habían sido tomados por entero por el espíritu de Dorian. La chica, vestida con su chaqueta de cuero ajustada y sus pantalones entallados, caminaba con una sonrisa ladina y los ojos fijos en el coche de Bram.

Dorian, usando los recuerdos del propio Bram y el conocimiento íntimo que tenía de sus costumbres tras quince años de amistad, caminó directo hacia la parte trasera del auto. Se agachó con elegancia cerca de la rueda trasera derecha, metió la mano por encima del guardabarros interno y tocó con la punta de los dedos una pequeña caja magnética oculta.

—Sigues guardando la llave de repuesto exactamente en el mismo lugar, mi amor... —susurró Dorian con la voz joven y fresca de Kaelen, dejando escapar una risita baja.

Saco la llave de repuesto, presionó el botón para desactivar la alarma —el auto emitió el mismo "pitido" sordo— y abrió la puerta del conductor. Entró rápidamente al vehículo y cerró la puerta tras de sí, quedando envuelta en la penumbra del habitáculo.

El olor del perfume de Bram y el cuero de los asientos inundó los sentidos de Dorian. Una ola de calor le recorrió el vientre.

Sin perder un solo segundo, Dorian comenzó a quitarse la ropa dentro del auto. Se despojó de la chaqueta de cuero, se levantó la camiseta y se quitó el pantalón junto con su ropa interior de encaje, quedando completamente desnuda en el asiento del conductor. La anatomía de 23 años de este nuevo recipiente era firme, atlética y extremadamente sensible.

—Dios... esto es tan absurdamente diferente a cuando era hombre... —murmuró Dorian para sí misma, pasando sus manos femeninas por sus propios pechos, apretándolos con fuerza mientras deslizaba la otra mano hacia su ingle, que ya estaba completamente empapada de lubricación natural—. La sensibilidad de este cuerpo es una locura... Solo espero que mi Bram no se tarde demasiado hablando con mi hermana allá arriba.

Dorian abrió las piernas sobre el asiento del conductor, apoyando un pie en el tablero y el otro cerca de la palanca de cambios. Comenzó a masturbarse con una desesperación salvaje, frotando su clítoris con rapidez mientras introducía dos dedos profundamente en su canal vaginal.

El ritmo dentro del habitáculo cerrado se volvió desenfrenado. Dorian jadeaba pesadamente, frotando su espalda desnuda contra el respaldo de cuero. El recuerdo de Bram tomándola en la morgue cuando estaba en el cuerpo de la doctora Valeria, sumado a la obsesión romántica de toda su vida, actuó como un detonante voraz.

—Ah... Bram... ¡Bram! —gemía la chica en un susurro sofocado, mordiendo el volante para no hacer ruido exterior.

El orgasmo la sacudió con una violencia tremenda. Las contracciones musculares de la joven de 23 años provocaron una expulsión abundante de jugos vaginales que salpicaron con fuerza hacia adelante, manchando el tablero de mandos, la pantalla del sistema de navegación y la parte frontal del asiento de cuero.

Dorian respiró con dificultad, temblando por el éxtasis en medio de la penumbra del coche. Con una sonrisa perversa y descarada, se pasó los dedos húmedos por la entrepierna, impregnándolos bien con su propia eyaculación femenina, y comenzó a untar sus fluidos directamente sobre el cuero del volante y la empuñadura de la palanca de cambios.

—Para que me sientas en tus manos cada vez que conduzcas, mi amor... —susurró con malicia.

Dorian no se limpió. Se puso la camiseta y la chaqueta de cuero, colocándose el pantalón directamente sobre la piel desnuda, sin volver a ponerse la braga. Agarró su tanga usada, completamente impregnada de sus fluidos y de su aroma íntimo, y la dejó tirada de forma descarada sobre el cojín del asiento del conductor.

Salió del auto, cerró la puerta, colocó de nuevo la llave de repuesto en la caja magnética debajo del guardabarros y activó la alarma.

Caminó a paso rápido por la acera, alejándose del lugar. Cuando estuvo a dos calles de distancia, en la penumbra de un parque desierto, la entidad de Dorian se desprendió del cuerpo de Kaelen.

En el instante en que Dorian salió, la habilidad sobrenatural se activó de forma automática: la mente de la joven de 23 años absorbió lo ocurrido no como una posesión, sino como una travesura erótica e impulsiva que ella misma había decidido hacer por puro exhibicionismo y deseo. Kaelen parpadeó, un poco desorientada en medio del parque, pero con el recuerdo sonriente de haber dejado su marca en el auto de un desconocido atractivo, continuando su camino a casa sin sospechar jamás la verdad.

Mientras tanto, en la sala del departamento 2B, Bram y Rachel estaban sentados en el sofá. En la mesa de centro había dos tazas de té que apenas habían probado.

Rachel se limpiaba las lágrimas con un pañuelo de papel, tratando de recuperar el aliento tras el desahogo.

—Gracias por venir, Bram... de verdad —dijo Rachel, mirándolo con gratitud—. Sé que a veces yo era un poco dura con Dorian. Discutíamos por tonterías, y a veces no entendía bien sus decisiones o su estilo de vida... pero era mi hermano. Lo quería con toda mi alma. Sé que él también cometía sus errores, pero fue una buena persona. Y tú... tú fuiste el único amigo real que tuvo. El único que jamás lo juzgó por ser gay, el que lo apoyó cuando todos le daban la espalda. Mi familia y yo siempre te vamos a agradecer eso, Bram. Fuiste un hermano para él.

Bram sintió una punzada en el corazón al escuchar esas palabras. La ironía de la situación lo estaba destruyendo por dentro: si Rachel supiera que el fantasma de ese "hermano" lo estaba acosando y usando cuerpos de mujeres para acostarse con él, se moriría del horror.

—Dorian era un gran tipo, Rachel —respondió Bram, apretándole la mano con afecto sincero—. Cometía errores como cualquiera, pero tenía un corazón enorme. No te culpes por las discusiones; los hermanos discuten, es normal. Lo importante es que supiera que lo querías.

Rachel asintió, soltando un largo suspiro.

Bram miró alrededor del departamento silencioso y luego a la joven mujer de 31 años, que se veía tan frágil en ese momento.

—Oye, Rachel... —dijo Bram poniéndose de pie—. ¿Por qué no vienes a pasar la noche a mi casa?

Rachel levantó la vista, sorprendida. —¿A tu casa?

—Sí. Renata y las chicas están despiertas. Prepararon cena, hay espacio de sobra y no quiero que te quedes aquí sola dándole vueltas a la cabeza en medio del silencio. Mañana va a ser un día muy pesado con el funeral. Es mejor que estés acompañada por nosotros.

Rachel lo pensó durante un par de segundos. La idea de quedarse sola en su departamento a oscuras la aterraba.

—¿Estás seguro de que a Renata no le molestará? —preguntó.

—Para nada. Renata fue la primera en preocuparse por ti. Anda, junta algo de ropa para mañana, tus cosas para el funeral y nos vamos.

Rachel esbozó una leve sonrisa de alivio. —Está bien... dame diez minutos.

La mujer fue a su habitación, sacó un par de maletas pequeñas y comenzó a empacar: un vestido negro sobrio para el entierro del día siguiente, ropa cómoda para dormir y sus artículos de aseo personal. Cuando terminó, cerró las maletas y las llevó a la sala.

Bram tomó las dos maletas, una en cada mano.

—Yo me llevo esto al coche. Tú apaga las luces y cierra bien —le dijo.

—Gracias, Bram. Te alcanzo abajo en un minuto —asintió Rachel.

Bram bajó las escaleras del edificio, llegó a la calle y desactivó la alarma de su vehículo con el control remoto. Abrió la puerta del maletero y acomodó las dos maletas de Rachel en el interior. Luego caminó hacia la puerta del conductor para abrirla y encender el aire acondicionado mientras esperaba a la mujer.

Al abrir la puerta del conductor y encender la luz cortesía del techo, un olor denso, húmedo e inconfundible le golpeó de lleno en la cara.

Era el aroma penetrante e inequívoco del sexo femenino reciente y condensado.

Bram se congeló en el sitio. Miró hacia el asiento del conductor y sus ojos casi se salen de las órbitas.

Sobre el cuero del asiento descansaba una prenda de ropa interior femenina, un tanga de encaje totalmente húmedo y arrugado. Pero eso no era todo: el cuero del asiento, la empuñadura de la palanca de cambios y todo el volante de dirección estaban cubiertos por una capa de brillo húmedo y fluido viscoso que resplandecía bajo la luz amarilla del techo del auto.

Bram sintió que se le detenía el corazón. «Dorian... hijo de puta...», pensó con un pánico salvaje.

En ese preciso instante, se escucharon los pasos de Rachel bajando el último tramo de las escaleras exteriores. La mujer traía su bolso colgado al hombro y las llaves de su departamento en la mano.

—Listo, Bram, ya cerré todo bien —dijo Rachel acercándose al coche por el lado del copiloto.

Bram intentó reaccionar de inmediato para tapar el desastre, pero fue demasiado tarde. Rachel abrió la puerta del copiloto, dispuesta a subirse, cuando el olor denso y penetrante la hizo detenerse en seco.

La hermana de Dorian frunció el ceño, olfateando el aire con evidente extrañeza. Miró hacia el centro del vehículo y su mirada cayó directamente sobre el volante manchado de fluidos y, peor aún, sobre la braga de encaje femenino tirada en medio del asiento del conductor.

El silencio que siguió en la calle fue aplastante.

Rachel se quedó petrificada, mirando la prenda íntima y luego levantando la vista hacia Bram con los ojos abiertos de par en par. Bram, pálido como un fantasma, sintió que el sudor frío le chorreaba por la nuca.

—Rachel... escucha, esto no es lo que parece —comenzó a decir Bram con la voz temblorosa, levantando las manos en un gesto de absoluta inocencia—. Te juro por Dios que yo no hice esto... No sé de quién es eso, te prometo que no...

Rachel se le quedó viendo durante unos largos y agónicos segundos. Su expresión pasó de la sorpresa absoluta a una especie de comprensión neutra y discreta. La mujer levantó una mano para interrumpir las explicaciones desesperadas de Bram.

—Bram... tranquilo —dijo Rachel con un tono de voz calmado, aunque con una ligera mueca de incomodidad—. Es tu auto. No tienes que darme explicaciones a mí.

—No, Rachel, en serio, te juro que yo...

—Respecto a tu vida privada y tu matrimonio —la interrumpió Rachel, sosteniéndole la mirada—. Si tú y Renata quieren tener sus momentos de pasión en el coche antes de venir a buscarme... o si tienen sus juegos de pareja, es problema de ustedes. No soy quién para juzgar. Cada matrimonio tiene sus cosas.

Bram abrió la boca para negar rotundamente que eso fuera de su esposa Renata, pero se detuvo en el acto. Si le decía que no era de Renata, Rachel asumiría de inmediato que él le estaba siendo infiel a su esposa con otra mujer. Estaba atrapado en una encrucijada sin salida.

—Solo... por favor —añadió Rachel, intentando no mirar el fluido que brillaba en el volante y aguantando la risa nerviosa por lo surrealista de la situación—, limpia el auto antes de que nos subamos, o al menos quita eso del asiento. Huele bastante fuerte.

Bram tragó saliva con amargura, sintiendo la humillación y el acoso de Dorian en su máxima expresión.

—Sí... tienes razón. Dame un segundo —murmuró Bram con la cabeza agachada.

Tomó la braga de encaje usando dos dedos con asco profundo, la metió en una bolsa de plástico que tenía en la guantera y usó varias toallitas húmedas para limpiar desesperadamente el volante, la palanca de cambios y el asiento, mientras Rachel esperaba afuera disimulando la mirada.

Dorian se la había vuelto a jugar. Y Bram sabía que esto solo era el comienzo de una pesadilla que apenas estaba empezando.

El trayecto hacia la residencia Vane se desarrolló bajo un ambiente denso, apenas aliviado por el murmullo constante del motor del vehículo. Bram mantenía las dos manos firmes sobre el volante —ahora limpio y con el leve aroma de las toallitas desinfectantes que había usado para retirar la evidencia—, pero su pulso continuaba acelerado. La tensión dentro del habitáculo era tangible. A su lado, Rachel miraba fijamente por la ventana del copiloto hacia las luces nocturnas de la ciudad, guardando un silencio que a Bram le resultaba insoportable.

Incapaz de contener el impulso de justificarse ante una situación tan bochornosa y ridícula, Bram carraspeó ligeramente para romper el hielo.

—Rachel... de verdad, quería pedirte una disculpa por lo de hace un momento —dijo con tono serio y la mirada fija en el asfalto—. Te juro que no fue mi intención que pasaras por un momento tan incómodo. Lo que viste... no es lo que piensas, pero entiendo perfectamente lo mal que se vio.

Rachel se giró a verlo. En lugar de mostrar enojo o desaprobación, una pequeña sonrisa contenida se dibujó en sus labios, seguida de una leve risita que aflojó la rigidez de sus hombros.

—Está bien, Bram, en serio —respondió Rachel, acomodándose en el asiento—. No tienes que darme explicaciones ni ponerte así. Ya sé que tú y Renata siguen muy enamorados después de tanto tiempo. Digo, es raro ver a una pareja de su edad mantener ese tipo de... espontaneidad, pero en el fondo me parece bonito. No le des más vueltas.

Bram soltó un suspiro resignado, prefiriendo dejar que ella mantuviera esa versión equivocada antes que intentar explicar la verdad imposible de un fantasma manipulando cuerpos ajenos. Se concentró en conducir, manteniendo la vista al frente mientras la carretera avanzaba.

Rachel, por su parte, volvió a recargar la cabeza contra el cristal de la ventana. El cansancio emocional del día, sumado a la imagen de Bram manejando con aplomo y la tranquilidad que siempre transmitía, comenzó a desarmar sus filtros mentales. En su mente se agolpaban recuerdos de su juventud, de las miles de veces que había visto a Bram visitar su casa para buscar a Dorian, siempre educado, atento y atractivo.

Pensaba que estaba formulando sus ideas únicamente en el silencio de su cabeza, pero la fatiga le jugó una mala pasada y sus pensamientos terminaron saliendo de sus labios en un susurro audible:

—Qué envidia le tengo a tu esposa por tenerte a ti... Si tan solo yo fuera de tu edad, tal vez habría tenido una oportunidad...

El silencio que siguió a esas palabras fue instantáneo y aplastante.

Bram abrió un poco los ojos por la sorpresa, inclinando levemente la cabeza sin despegar la vista del camino. Rachel, al escuchar el eco de su propia voz en el espacio cerrado del auto, se puso roja como una granada. El rubor le cubrió las mejillas y el cuello en cuestión de segundos. Se cubrió la boca con ambas manos, completamente avergonzada.

—¡Agh! ¡Dios mío, olvida eso, Bram, por favor! —exclamó Rachel atropelladamente, agitando la mano libre en el aire con desesperación—. De verdad, ignora lo que acabo de decir. Estaba pensando en voz alta, estoy exhausta y mi cerebro ya no está funcionando bien. Por favor, no pienses mal, ¿sí?

—No te preocupes, Rachel —respondió Bram con calma y tono comprensivo, intentando no hacerla sentir más incómoda de lo que ya estaba—. Entiendo que estás pasando por mucho estrés hoy. No pasa nada.

Rachel apretó los labios y se pegó lo más posible a la puerta del auto, deseando que la tierra la tragara en ese preciso instante.

Unos diez minutos después, el vehículo finalmente se detuvo frente a la casa de la familia Vane. Bram apágó el motor, quitó la llave y bajó del automóvil. Rodeó la carrocería hasta la parte trasera, abrió el maletero y sacó las dos maletas de Rachel, cargándolas con firmeza para facilitarle el paso a la joven.

Rachel bajó del copiloto, acomodándose el bolso sobre el hombro. Caminó tras de Bram por el sendero del jardín delantero hacia la entrada principal.

Antes de que Bram pudiera sacar sus llaves, la puerta de la casa se abrió. Renata, que había estado atenta al ruido del motor, apareció en el marco de la entrada con una sonrisa cálida y acogedora. Llevaba una bata cómoda y la luz tibia del recibidor iluminaba su figura. Al ver a su esposo cargando el equipaje, se acercó a él con naturalidad, le dio un suave beso en la mejilla y le tomó un brazo con gesto cariñoso.

—Qué bueno que llegaron bien —dijo Renata con voz dulce.

Rachel se detuvo un par de pasos atrás, observando la escena. Ver a Bram y a su esposa interactuar con tanta complicidad y afecto sincero le provocó un pellizco de melancolía directo en el pecho. Mientras veía la mano de Renata sobre el hombro de Bram, la mente de Rachel volvió a traicionarla, sumergiéndola en un diálogo interno teñido de nostalgia y dolor.

«Si tan solo hubiera hecho mi jugada años atrás, antes de que conocieras a tu esposa... tal vez la que estuviera recibiéndote en esa puerta sería yo», pensó Rachel en silencio, sintiendo un nudo en la garganta. Miró levemente hacia el cielo nocturno y continuó su lamento mental: «Dios, hermano... de todos los amigos que pudiste haber tenido en la vida, ¿por qué tuviste que traer a casa justo al hombre del que me iba a enamorar en secreto?»

Rachel sacudió la cabeza imperceptiblemente para ahuyentar esos sentimientos inoportunos. «Está bien, concéntrate, Rachel. No pienses en esto ahora, no es el momento», se dijo a sí misma en voz muy baja, hablando apenas para sus adentros.

Dando un paso al frente, dibujó una sonrisa respetuosa y se dirigió a la esposa de Bram.

—Hola, Renata... De verdad no tengo palabras para agradecerles que me reciban en su casa a estas horas. Bram me convenció de no quedarme sola hoy.

—Ni lo digas, Rachel —respondió Renata acercándose para darle un abrazo sincero y reconfortante—. Eres parte de la familia. Dorian era muy cercano a todos nosotros y sabemos lo difícil que es esto para ti. Pasa, por favor, las chicas están en la cocina preparando un té caliente para todas.

Bram avanzó hacia el interior llevando las maletas para subirlas al cuarto de visitas, mientras Renata guiaba a Rachel hacia la sala de estar, donde la calidez del hogar familiar comenzó a envolver a la joven, alejándola momentáneamente de su soledad.

Mientras la tranquilidad parecía instalarse en la casa de Bram, al otro lado de la ciudad, la situación era completamente distinta.

En un fraccionamiento residencial de nivel medio-alto, dentro de una habitación iluminada solo por la luz tenue de una lámpara de noche, Kaelen se encontraba recostada sobre su cama. La joven de 23 años llevaba puesta una playera holgada de algodón y nada más abajo.

Tenía las mejillas encendidas por un rubor intenso y la respiración ligeramente agitada. Llevaba más de media hora dando vueltas entre las cobijas, aplastando una almohada contra su pecho mientras los recuerdos de las últimas horas se agolpaban en su mente con una nitidez abrumadora.

Debido al efecto de la posesión de Dorian, la memoria de Kaelen no registraba la presencia de ningún ente sobrenatural. En su mente, todo lo ocurrido era interpretado como una serie de actos propios: impulsos salvajes, atrevidos y sumamente eróticos que ella misma había decidido llevar a cabo por pura locura y atracción hacia un desconocido.

—No puedo creer que de verdad hice eso... —murmuró Kaelen para sí misma, cubriéndose el rostro con ambas manos mientras una sonrisa apenada y traviesa se le escapaba entre los dedos.

En su memoria recordaba haber tomado su teléfono temprano en la noche para tomarse tres fotografías explícitas. Se veía a sí misma posando ante la cámara de su celular, mostrándose provocativa, lamiéndose el pezón, exhibiendo sus pechos erguidos y luego sentada con las piernas abiertas mostrando su vagina. El simple recuerdo de haber enviado esas imágenes a un número que no conocía bien, a un hombre maduro y atractivo que la traía de un ala, hacía que un escalofrío recorriera toda su columna vertebral.

—Le mandé las fotos... se las mandé sin pena alguna... —susurró, sintiendo un apretón cálido en la parte baja del abdomen.

Pero lo que más la estaba haciendo perder el control en ese momento era el recuerdo de lo que vino después. La memoria de haber caminado por la calle, haber buscado la llave oculta de aquel automóvil, quitarle la alarma y meterse al asiento del conductor completamente a oscuras.

Kaelen cerró los ojos con fuerza. Recordó la sensación de desnudarse en el espacio reducido del auto, el olor a cuero, y la forma desenfrenada en que se había tocado en el asiento de ese hombre guapo, imaginándolo a él viéndola o tomándola allí mismo. Recordó cómo había dejado la braga húmeda sobre el asiento y cómo había untado sus propios fluidos en el volante y la palanca de cambios antes de salir victoriosa y acelerada por la adrenalina.

—Dios mío... qué enferma y atrevida soy... —dijo entre jadeos cortos.

Al rememorar el momento exacto de su orgasmo dentro del auto, sintió una pulsación inmediata en su entrepierna. Deslizó una mano por debajo de la playera, bajando lentamente por su vientre hasta llegar a su zona íntima. Al tocarse, comprobó que estaba completamente empapada de nuevo, resbaladiza y caliente.

El solo hecho de pensar en la reacción del dueño del auto al encontrar sus fluidos y su ropa interior la hacía mojarse aún más. Apretó los muslos con fuerza, frotándose despacio con las yemas de los dedos mientras dejaba escapar un leve gemido en la soledad de su cuarto.

—Tan guapo ese hombre... Bram... —suspiró Kaelen con la voz entrecortada, mordiéndose el labio inferior mientras aumentaba el ritmo de su mano—. No sé cuándo voy a volver a verlo, pero me estoy volviendo loca de solo pensarlo...

Sin saber que había sido utilizada como un títere por el espíritu de un muerto para atormentar al mejor amigo de este, la joven de 23 años continuó entregada a sus fantasías eróticas hasta altas horas de la madrugada, sumergida en una obsesión que apenas comenzaba a echar raíces en su mente.

El comedor de la residencia Vane mantenía una atmósfera tibia y reconfortante. Aunque Bram, su esposa Renata y sus tres hijas ya habían cenado un par de horas antes, nadie dudó en acompañar a Rachel a la mesa para que no tuviera que comer sola en medio de la noche.

Renata le sirvió un plato de comida caliente junto con una taza de té de manzanilla, mientras Astrid (21), Sabrina (19) y Nadia (18) se acomodaban a su alrededor con total naturalidad. Bram se sentó a la cabecera, guardando un perfil bajo, aún tratando de asimilar la absurda y sofocante situación por la que acababa de pasar en su propio vehículo.

—Come con calma, Rachel, no hay ninguna prisa —le dijo Renata con tono maternal, dándole un suave apretón en el hombro antes de tomar asiento al lado de su esposo.

—Gracias de verdad a todas... me siento un poco penosa por romper la tranquilidad de su casa a estas horas —respondió Rachel, tomando el tenedor con timidez.

—¡Para nada, Rachel! —intervino Astrid de inmediato, esbozando una sonrisa amable—. Eres bienvenida aquí cuando quieras. El tío Dorian siempre nos hablaba de ti con mucho cariño. Nos contaba lo trabajadora que eres.

—Es verdad —añadió Sabrina desde el otro lado de la mesa—. Papá siempre nos ha dicho que eres como una hermana menor para él, así que esta también es tu casa. Lo que necesites esta noche o mañana para el funeral, solo avísanos.

Nadia, la menor de las tres, le acercó una cesta con pan fresco. —Si necesitas prestado un abrigo para mañana en el panteón o cualquier otra cosa, nosotras te ayudamos a alistarte. No estás sola.

Rachel miró a las tres jóvenes y luego a Renata y a Bram. El trato tan cálido, respetuoso y lleno de empatía que estaba recibiendo la conmovió profundamente. Ver a las tres hijas de Bram interactuar con tanta educación y madurez reflejaba la hermosa familia que él había construido. En el pecho de Rachel resurgió esa punzada dulce y amarga al mismo tiempo: Bram no solo era un hombre atractivo y protector, sino también un padre excepcional y un esposo abnegado. La envidia sana hacia la vida que Renata compartía con él se reafirmó en su pensamiento, pero al mismo tiempo sintió un inmenso consuelo al verse cobijada por ellos en la noche más oscura de su vida.

—Son unas chicas maravillosas —dijo Rachel con los ojos ligeramente cristalizados—. Bram, Renata... han hecho un trabajo increíble con ellas. Les agradezco de corazón que me traten así.

—Somos una familia, Rachel —respondió Bram con una voz serena pero profunda, forzando una ligera sonrisa para ocultar la tormenta interna que llevaba a cuestas—. Aquí nos cuidamos entre todos. Mañana va a ser un día difícil en el entierro de Dorian, pero lo vamos a superar juntos.

La conversación en la mesa continuó de manera fluida y tranquila durante casi una hora, permitiendo que Rachel distrajera su mente de la pérdida de su hermano y encontrara un refugio seguro antes de irse a descansar a la habitación de huéspedes.

Mientras la calidez familiar reinaba en la casa Vane, a varios kilómetros de allí, en un departamento sumido en la penumbra, la atmósfera era radicalmente opuesta.

La doctora Valeria Frost (27 años) continuaba recostada en su cama, despeinada, con la respiración entrecortada y la piel de su abdomen brillando por una fina capa de sudor. Sus dedos no habían dejado de moverse entre sus piernas. El deseo desenfrenado que ardía en su cuerpo parecía inagotable, alimentado por la impronta mental que el espíritu de Dorian había grabado a fuego en su cerebro.

—Ah... Dios... no puedo quitármelo de la cabeza... —jadeaba Valeria, arqueando la espalda mientras introducía dos dedos profundamente en su vagina, sintiendo la abundancia de sus propios fluidos.

En su mente, la escena de la autopsia se repetía en un bucle erótico y violento. Recordaba el tacto de las manos de Bram, la solidez de su cuerpo maduro empujándola contra el escritorio y la sensación de plenitud que la había hecho gemir sin control en medio de la morgue.

Valeria cerró los ojos con fuerza, apretando las sábanas con la mano libre mientras el clímax volvía a recorrer sus muslos.

—¿Debería ir mañana...? —se preguntó en voz alta entre suspiros agitados, mientras su mente evaluaba la idea de presentarse en el funeral—. El muerto es el hombre cuya autopsia estaba haciendo... Si ese hombre, Bram, era su amigo, seguro que va a estar ahí en el entierro...

La sola posibilidad de volver a verlo hizo que su corazón se acelerara.

—Tengo que ir —murmuró Valeria, frotando su clítoris con mayor rapidez—. Si voy al funeral de ese sujeto, me lo voy a encontrar. Tengo que acercarme a él... Decirle que no he podido dejar de pensar en lo que hicimos. Le diré que nos tenemos que ver más veces... Que quiero volver a follar con él hasta quedar sin aliento... Sí... le voy a exigir que nos volvamos a ver.

Con ese pensamiento rondando su cabeza y la promesa de volver a tener a Bram entre sus piernas, Valeria soltó un último gemido prolongado y dejó caer la mano exhausta sobre la cama, mirando al techo con los ojos entreabiertos y la mente fija en el día de mañana.

Simultáneamente, en otro punto de la ciudad, dentro de una habitación iluminada apenas por la pantalla encendida de un teléfono móvil, Kaelen se encontraba acostada boca abajo en su cama, con las mejillas completamente sonrojadas y el cuerpo vibrando por la excitación.

La joven de 23 años tenía las piernas cruzadas y se frotaba el vientre contra el colchón suave. La experiencia vivida dentro del automóvil de Bram la tenía sumida en un trance de atrevimiento y lascivia que ella misma no terminaba de comprender, pero que disfrutaba con cada fibra de su ser.

—Dios mío... —susurró Kaelen, llevándose una mano a la boca para ahogar una risita traviesa y sonrojada—. De verdad me metí a su auto a masturbarme... Le dejé mis bragas empapadas en su asiento y llené su volante con mis jugos...

Kaelen se giró sobre la cama y quedó de espaldas, mirando la pantalla de su teléfono. Un escalofrío erótico le recorrió el cuerpo al imaginar la escena que habría tenido lugar cuando el dueño del auto regresó a su vehículo.

—¿Habrá olido mis bragas antes de quitarlas...? —se preguntó en voz baja, mordiéndose el labio inferior con evidente descaro—. ¿Se habrá dado cuenta de lo que dejé en la palanca de cambios? ¿Habrá probado mis jugos con la boca...? Dios, solo de pensarlo me vuelvo a mojar todita...

La joven deslizó la mano por debajo de la sábana, pasando los dedos suavemente por la curva de sus pechos desnudos. La necesidad de llamar la atención de ese hombre la consumía por entero.

—No me voy a quedar con las ganas... —dijo con voz firme y decidida, sentándose en la cama—. Estoy decidida. Le voy a mandar otro paquete de fotos. Fotos mucho más eróticas, más explícitas y más sexuales que las de hace rato... Quiero que se vuelva loco pensándome.

Kaelen tomó su teléfono, encendió la cámara frontal y se puso de pie frente al espejo de su tocador. Con una soltura provocativa, se quitó la blusa y bajó ligeramente la Ropa interior que llevaba, ajustando el ángulo de la luz.

—Vas a ver, mi amor... —murmuró Kaelen con una sonrisa seductora dirigiéndose a la pantalla, mientras sonreía —. Te voy a buscar después de esto y te voy a follar como nunca nadie te ha follado en tu vida. Vas a ser mío, Bram...

La joven comenzó a tomarse una serie de fotografías en poses extremadamente explícitas, lista para enviar el nuevo mensaje que pondría a prueba, una vez más, la cordura del hombre al que tanto deseaba atormentar.

La noche continuó avanzando sobre la residencia Vane. Tras la larga plática en la mesa, la familia finalmente comenzó a recoger los platos para retirarse a descansar. Renata acompañó a Rachel hasta el segundo piso, mostrándole la habitación de huéspedes y señalándole dónde estaban las toallas limpias y los artículos de aseo.

—Descansa, Rachel. Si necesitas algo durante la noche, nuestro cuarto es el que está al fondo del pasillo —le dijo Renata con una sonrisa amable antes de darle las buenas noches.

—Muchas gracias por todo, Renata. En verdad me salvaron la noche —respondió Rachel sinceramente.

Una vez que Renata bajó nuevamente a supervisar que las luces del primer piso estuvieran apagadas, Rachel se quedó sola en la habitación de visitas. Cerró la puerta sin echar llave, sacó de su maleta una pijama cómoda y tomó una de las toallas limpias que le habían dejado sobre la cama. Decidió darse un baño con agua tibia para terminar de relajarse antes de intentar dormir.

Salió del cuarto de huéspedes en silencio, caminando descalza por el pasillo alfombrado hacia el baño principal del segundo piso.

Sin embargo, justo cuando Rachel daba tres pasos fuera de la habitación, la puerta del baño del fondo se abrió de golpe.

Bram salió del baño envuelto únicamente en una toalla blanca que llevaba atada a la cintura, cubriéndole desde la cadera hasta la mitad de los muslos. El torso del hombre de 39 años estaba completamente al descubierto, aún resplandeciente con pequeñas gotas de agua deslizándose por su pecho firme, sus hombros anchos y su abdomen marcado. El vello húmedo de su pecho y su musculatura madura destacaban bajo la luz tenue del pasillo.

Rachel se congeló en el sitio. Sus ojos se abrieron de par en par y una ola instantánea de calor le subió desde el cuello hasta las orejas, tiñéndole las mejillas de un rojo intenso. Se pegó de espaldas contra la pared del pasillo, conteniendo el aliento para no emitir un solo sonido.

Bram, por su parte, venía caminando a paso rápido, con la mirada puesta en el suelo y frotándose el cabello con una toallita pequeña. Estaba completamente distraído y absorto en sus propios pensamientos frustrados, murmurando para sí mismo en un susurro continuo que resonó claramente en el silencio de la casa:

—Dios mío... ¿por qué las cuatro decidieron meterse a bañar juntas al mismo tiempo?... No pude ni tener un momento a solas con mi esposa... —suspiró Bram con resignación, refiriéndose a la manía de sus hijas de acaparar el baño junto con su madre para sus rutinas de belleza nocturnas—. Solo espero que Rachel esté bien encerrada en su cuarto y no me vaya a ver así... Va a pensar que soy un pervertido o un descarado. Se me olvidó por completo traer una muda de ropa limpia al baño...

Bram avanzó a paso firme hacia la puerta de su recámara principal sin levantar la vista, abrió rápidamente, entró y cerró la puerta tras de sí, sin haberse percatado en ningún segundo de que la hermana de su amigo había presenciado toda la escena desde la penumbra.

Rachel permaneció un par de segundos inmóvil en el pasillo, con la mano sobre el pecho y el corazón latiéndole como un tambor desbocado.

—Madre mía... —susurró Rachel, tragando saliva con la boca completamente seca—. Menudo cuerpo tiene ese hombre...

Se llevó las manos al rostro para intentar apagar el rubor que la consumía. La imagen de Bram recién salido de la ducha, con la piel húmeda y la musculatura masculina al descubierto, se le quedó grabada en la retina como un sello ardiente.

Caminó a paso rápido hacia el baño principal, entró y le echó el seguro a la puerta con fuerza. Apoyó la espalda contra la madera, respirando con dificultad mientras el vapor aún tibio de la ducha anterior inundaba sus pulmones.

—A ver, Rachel, concéntrate... —se reprendió a sí misma en voz baja, mirándose al espejo con firmeza—. Este baño lo acaba de usar Bram hace apenas un minuto... No, no, no, no seas pervertida. Modérate, por favor. Es el esposo de tu anfitriona, es el amigo de tu difunto hermano. Solo báñate, termina rápido y vete directito a tu cuarto a dormir... Ya después me masturbo a solas en la cama recordando su cuerpo si quiero, pero aquí no...

Rachel se despojó de su ropa a toda prisa, abrió la llave de la Regadera y se metió bajo el chorro de agua, intentando que la temperatura fresca le lavara los pensamientos inapropiados y la tremenda excitación que la presencia de Bram le había despertado en cuestión de segundos.

Mientras la tranquilidad volvía a estabilizarse en la casa de la familia Vane, al otro lado de la ciudad, la noche tomaba un matiz oscuro, perturbador y abiertamente perverso.

En una casa acomodada de dos pisos, dentro de una habitación juvenil decorada con pósters y tonos pasteles, descansa Katherine, una joven de 19 años. Katherine no era una desconocida para la familia Vane: era la mejor amiga de Sabrina (la hija mediana de Bram, de 19 años) y solía visitar con frecuencia la casa de los Vane para estudiar o quedarse a dormir los fines de semana.

De pronto, el cuerpo de Katherine se sacudió sobre la cama.

Sus ojos se abrieron de golpe en medio de la penumbra. La mirada de la chica ya no era la de una joven universitaria inocente; sus pupilas brillaban con una intensidad maligna, errática y devoradora. El espíritu de Dorian había tomado posesión de su cuerpo.

Dorian, habitando ahora la anatomía de la mejor amiga de la hija de Bram, se incorporó lentamente en la cama. Deslizó sus manos femeninas por debajo de su pijama y se sujetó los pechos con fuerza, apretándolos y moldeándolos con deleite.

—Oh, sí... pero qué buenos pechos tiene esta chiquilla... —murmuró Dorian usando la voz juvenil y dulce de Katherine, dejando escapar una risa grave y burlona que contrastaba horriblemente con su apariencia—. A ver... déjame recordar... Katherine... La mejor amiga de Sabrina. La "sobrina" afectiva que Bram saluda con un abrazo cada vez que va a su casa.

Dorian echó la cabeza hacia atrás, riéndose en voz baja mientras se frotaba el escote.

—Bueno... ¿Bram se va a enojar por esto? —se preguntó a sí mismo con cinismo—. Bah, ¿qué me importa si se enoja? De todas formas me lo voy a follar. Voy a dejar que su gran pene penetre mi pequeña vagina y me aloque por completo mientras lo monto sin parar... Dios mío, mi vagina ya se está mojando solo de imaginarlo.

Al sentir el calor intenso y la lubricación abundante que brotaba entre sus piernas debido a la energía del ente, Dorian se levantó de la cama. Sintió la tela de su pantalón de pijama pegajosa y húmeda por el fluido que la joven había comenzado a secretar.

—Uff, sí... esto es una maravilla —sonrió Dorian con malicia.

Salió del cuarto de Katherine a paso firme, descalza, caminando por el pasillo del segundo piso hasta detenerse frente a la puerta del dormitorio principal de la casa. Sin dudarlo un segundo, giró el picaporte y entró al cuarto de los padres de Katherine.

En la gran cama matrimonial, el padre y la madre de la joven dormían profundamente bajo las cobijas.

Dorian caminó rodeando la cama hasta el lado del padre de Katherine. Se inclinó sobre el hombre maduro y le dio un par de sacudidas brutales en el hombro.

—¡Papá! ¡Oye, despierta! —dijo la voz de Katherine con una brusquedad absoluta.

El padre de Katherine abrió los ojos desorientado, parpadeando ante la luz tenue de la lámpara de la calle que entraba por la ventana. Miró a su hija parada junto a su cama, con el despeinado cabello oscuro y una sonrisa perturbadora en los labios.

—¿Eh...? ¿Katherine...? —balbuceó el hombre, adormilado y confundido—. ¿Qué pasa, hija? ¿Te sientes mal? ¿Qué hora es...?

Dorian se cruzó de brazos, mirando al hombre maduro a los ojos y soltando una declaración directa, fría y desgarradora:

—Papi, quiero follarme a Bram. Al papá de mi amiga Sabrina. ¿Me das permiso?

El padre de Katherine se quedó petrificado en la cama, con la boca abierta y la mirada completamente desencajada. La mente del hombre colapsó intentando procesar semejante atrocidad saliendo de la boca de su hija de 19 años.

—¿Q-Qué...? ¿De qué estás hablando, Katherine? —alcanzó a balbucear el padre, sintiendo que la sangre se le congelaba.

—Bueno, si no me lo das no me importa, de todas formas me lo voy a follar —añadió Dorian con una frialdad macabra y una sonrisa burlona.

Sin esperar respuesta alguna, la chica se dio la vuelta de manera tajante, salió de la recámara de sus padres y cerró la puerta de un portazo sordo.

Dentro del cuarto principal, el padre de Katherine permaneció sentado en la cama, respirando agitadamente y pasándose las manos por la cara con desesperación. Su esposa apenas se removió a su lado sin despertarse del todo.

—Dios mío... —murmuró el hombre para sí mismo, temblando—. Tuve una pesadilla terrible... Sí, eso fue, una pesadilla. Katherine jamás diría una locura así... Estoy soñando, estoy volviéndome loco por el cansancio.

El hombre, incapaz de asimilar la espantosa realidad de lo que acababa de escuchar, volvió a recostarse en la almohada, cerrando los ojos con fuerza para obligarse a creer que todo había sido producto de un sueño grotesco.

Mientras tanto, de vuelta en la recámara de Katherine, Dorian echó el seguro a la puerta.

La excitación dentro del cuerpo de la joven de 19 años había alcanzado un punto crítico. La perversión de haber confrontado al padre de la chica sumada a la obsesión enfermiza por Bram encendieron el cuerpo de Katherine como una pira de fuego.

Dorian comenzó a quitarse la ropa con una desesperación salvaje. Se arrancó la blusa de la pijama, tiró el pantalón al suelo y se despojó de la ropa interior empapada, quedando completamente desnuda en medio de la habitación.

Se arrojó de espaldas sobre la cama matrimonial de la chica, abriendo las piernas de par en par.

—¡Bram! —gritó la voz de Katherine en medio de la penumbra, resonando en las cuatro paredes del cuarto—. ¡Ven aquí y fóllame, maldita sea! ¡Hazme tuya, Bram!

Dorian introdujo tres dedos profundamente en la vagina de Katherine, frotando el clítoris de la joven con un ritmo frenético y violento. El cuerpo atlético de la muchacha de 19 años se arqueaba en la cama, levantando la cadera con desesperación mientras los gemidos y los gritos ahogados llenaban el aire.

—¡Quiero tu pene dentro de mí, Bram! —gemía la chica fuera de sí, mordiéndose los labios hasta casi hacerse sangre—. ¡Quiero que me rompas toda! ¡Quiero sentirte adentro, mi amor! ¡Fóllame! ¡Fóllame!

El movimiento de las manos de Dorian era desenfrenado, sin piedad con el propio cuerpo de la chica. Los fluidos de Katherine empaparon las sábanas mientras la joven se retorcía en la cama, llamando al padre de su mejor amiga una y otra vez con una devoción enfermiza.

—¡BRAM! ¡Aaaah! —gritó Katherine en un alarido de puro éxtasis cuando un orgasmo violento y desgarrador la sacudió por completo.

Los músculos de sus muslos se tensaron rígidamente y su cuerpo tembló durante largos segundos sobre el colchón mientras el clímax se extendía por todo su ser.

En ese preciso instante, justo cuando el éxtasis alcanzaba su punto más alto, la presencia de Dorian se desprendió del cuerpo de la chica.

La niebla espiritual salió del pecho de Katherine y se evaporó en el techo de la habitación. De inmediato, la alteración de memoria del ente actuó sobre la mente de la muchacha de 19 años: Katherine no recordaría ninguna posesión, sino que procesaría todo como un deseo carnal violento, súbito e incontrolable hacia el atractivo padre de su mejor amiga.

Katherine se quedó echada en la cama, respirando agitadamente, con la piel sudada y la entrepierna empapada por su propio clímax. Miró hacia el techo con los ojos brillando en medio de la penumbra, mientras una sonrisa sonrojada y obsesiva se dibujaba en sus labios.

—Bram... —susurró Katherine para sí misma, tocándose los pechos con ternura—. El papá de Sabrina... Dios mío, qué ganas tengo de que me haga suya... Mañana en el funeral lo voy a ver... y no me voy a aguantar las ganas.

Sin saber que había sido utilizada como un instrumento de tormento, la mejor amiga de la hija de Bram se acurrucó entre las cobijas, soñando despierta con el momento en que pudiera ofrecerle su cuerpo al padre de su amiga.

Al día siguiente, la mañana amaneció gris y fría, envuelta en una llovizna tenue que se ajustaba perfectamente al pesar de la jornada. En la casa de la familia Vane, el movimiento comenzó desde muy temprano. Todos se vestían en silencio con ropas oscuras y sobrias.

Bram se abotonaba la camisa negra frente al espejo del dormitorio, sintiendo un peso insoportable en el pecho. Su mirada lucía cansada, con marcas oscuras debajo de los ojos por la falta de sueño. Sin embargo, no era solo el dolor por la muerte de su mejor amigo lo que lo mantenía en tensión, sino la angustia desgarradora de no saber qué pasaría a continuación. Sabía que Dorian no se detendría. Lo aterraba pensar cuál sería el próximo cuerpo que ese espíritu tomaría para acercarse a él y atormentarlo.

En la habitación de huéspedes, Rachel terminó de arreglarse el vestido negro. Aunque sus ojos delataban la devastación por la pérdida de su hermano, la calidez de la familia Vane le había dado las fuerzas necesarias para afrontar el día. A las nueve de la mañana, la familia completa, junto con Rachel, salió de la casa y subió al vehículo de Bram rumbo a la capilla de la funeraria central.

El funeral de Dorian Kael estaba concurrido. Amigos de la juventud, vecinos y varios familiares de la dinastía Kael abarrotaban la capilla principal. El féretro de madera oscura permanecía en el centro, rodeado de arreglos florales blancos.

Entre la multitud vestida de luto, dos figuras femeninas destacaban por razones muy distintas, aunque ambas compartían la misma fijación febril hacia Bram.

Cerca de la entrada de la capilla se encontraba la doctora Valeria Frost (27 años). Llevaba un vestido negro ceñido al cuerpo y un velo corto que le cubría la parte superior del rostro. Había pasado toda la noche inquieta, pero en cuanto cruzó la puerta de la funeraria y sus ojos localizaron la figura de Bram parado junto a su esposa, una corriente de calor abrasador le recorrió la entrepierna.

Valeria apretó los muslos con fuerza bajo la tela de su vestido. La impronta mental dejada por Dorian reaccionó de inmediato al ver al hombre maduro. Sintió cómo su vagina se humedecía de forma instantánea y abundante, haciendo que la respiración se le cortara por la intensa necesidad de acercarse a él, tocarlo y exigirle que volvieran a estar juntos. Sin embargo, al ver a Bram rodeado de su esposa Renata y sus tres hijas, la patóloga decidió guardar distancia por el momento, observándolo con ojos hambrientos desde la penumbra del recinto.

Por otro lado, junto a la zona de asientos de la familia Vane, estaba Katherine (19 años). La mejor amiga de Sabrina vestía un conjunto de falda y blusa negra bastante sobrio. Había ido al funeral con el pretexto de "apoyar" a su amiga del alma en un momento tan difícil, pero en realidad, su presencia allí respondía a la obsesión desenfrenada que se había apoderado de su mente.

Cada vez que Katherine miraba a Bram de reojo —viendo la amplitud de sus hombros bajo el saco negro y la severidad de su rostro—, la joven de 19 años sentía un apretón ardiente en el vientre que la hacía mojarse todita en secreto. Disimulaba abrazando a Sabrina y consolándola, pero por dentro solo podía pensar en la noche anterior, imaginando lo que sería tener el cuerpo de ese hombre maduro sobre el suyo.

A medida que avanzaba la ceremonia, la presión en el aire se volvió sofocante para Bram. Sentía miradas sobre él, pero sobre todo, la paranoia de no saber de dónde vendría el siguiente ataque de Dorian lo estaba volviendo loco.

Para evitar colapsar frente a su esposa y sus hijas, Bram decidió alejarse un momento del tumulto de la capilla. Aprovechó que la gente comenzaba a dirigirse hacia el cortejo fúnebre exterior para salir al patio trasero del recinto fúnebre, un jardín silencioso rodeado de cipreses y bancos de piedra bajo la llovizna. La familia y los asistentes asumieron que Bram simplemente estaba demasiado dolido por la pérdida de su gran amigo y prefirieron darle su espacio.

Bram caminó a paso lento hasta una banca de piedra apartada y se sentó, apoyando los codos en las rodillas y hundiendo el rostro entre las manos para respirar aire fresco.

De pronto, el sonido de unos tacones resonó con firmeza sobre la grava del sendero, acercándose directamente hacia él.

Bram levantó la vista despacio. Parada frente a él estaba una mujer de su misma edad, de 39 años. Llevaba un abrigo negro elegante, lápiz labial rojo oscuro y una postura altiva y despectiva.

Era Brenda Kael, la prima de Dorian.

Brenda era una mujer que Bram conocía de sobra y a quien detestaba profundamente desde hacía años. Era una persona fría, calculadora y despiadada que, durante la juventud de Dorian, lo había tratado de la peor manera posible, humillándolo constantemente y atacándolo sin piedad únicamente por su orientación sexual.

Bram se quedó inmóvil en la banca, mirándola con frialdad sin decir una sola palabra.

Brenda esbozó una sonrisa torcida y llena de veneno, mirando hacia la capilla y luego a Bram.

—Vaya, vaya... el gran amigo fiel sufriendo en soledad —dijo Brenda con tono burlón y desagradable—. Qué bueno que ese homosexual de mierda por fin se fue de este mundo. Un estorbo menos para la familia.

El pecho de Bram se llenó de una ira hiriente. Apreto los puños sobre las rodillas y comenzó a ponerse de pie para poner a esa mujer en su lugar con unas palabras duras.

—Escúchame bien, Brenda... —alcanzó a pronunciar Bram con la voz ronca por el coraje.

Pero antes de que pudiera ponerse de pie por completo, Brenda dio un paso al frente de forma rápida y descarada. Se inclinó fuertemente hacia adelante y presionó su pecho prominente contra el rostro de Bram, atrapando la cabeza del hombre entre sus senos sobre la tela fina de su abrigo.

Bram se quedó paralizado por el impacto y la confusión.

Brenda acercó sus labios al oído de Bram y susurró con una voz cargada de un erotismo perverso, utilizando un tono que Bram reconoció de inmediato con un escalofrío que le congeló la sangre:

—Por nada del mundo diría eso... a menos que fuera para disimular, mi amor —susurró Brenda, frotando sus pechos contra la cara de Bram—. Nada más porque está tu respetable familia allá adentro y hay demasiada gente rondando, que si no... te daría mi vagina aquí mismo, que la tengo toda mojadita y desesperada por ti.

Bram logró empujarla suavemente por los hombros para apartarla, respirando agitadamente y mirándola con horror.

—Dorian... —murmuró Bram con los dientes apretados, sintiendo náuseas—. Eres tú...

—Correcto, mi vida —respondió Brenda, o mejor dicho, Dorian habitando el cuerpo de la odiada prima de 39 años—. ¿Qué tal? ¿Cómo me veo en este envase? Un poco más maduro, pero igual de caliente por ti.

Bram se puso de pie de golpe, mirando hacia los lados con pánico de que alguien los hubiera visto.

—No te preocupes por eso, mi amor —dijo Dorian usándola a ella, soltando una risita cínica—. Si alguien nos vio desde lejos, solo diré que me tropecé y que tú, tan caballero como siempre, me sostuviste para que no me cayera. Todo perfectamente controlado.

Bram apretó los puños, temblando de rabia y repugnancia. No quería dar espectáculo en el funeral de su amigo ni provocar una escena que arruinara el consuelo de Rachel y Renata.

—Dejando todas mis locuras de lado... —dijo Dorian en Brenda con voz fría y tajante— te agradezco por haber ayudado a mi hermanita Rachel anoche. Ella sí ha sufrido mucho por todo esto y no se merecía estar sola. Pero esto se acabó. Me tengo que ir de aquí.

Bram dio un paso firme para alejarse de la banca y regresar a la capilla, queriendo romper todo contacto con esa presencia macabra.

Dorian, en el cuerpo de Brenda, lo vio marchar. Sonrió con una fascinación enfermiza mientras la figura de Bram se alejaba por el sendero de grava.

—Te veré en otro cuerpo, mi amor... —susurró Dorian con la voz de la prima, aunque Bram, que caminaba a paso rápido y distante, no alcanzó a escucharlo.

Dorian se cruzó de brazos, sintiendo el calor intenso del cuerpo de 39 años de Brenda.

—Estaré lo más cerca posible de ti en el siguiente... —añadió la entidad en un murmullo siniestro.

En ese preciso instante, la neblina espiritual de Dorian se desprendió del pecho de Brenda Kael. La energía invisible se elevo y desapareció en el aire frío de la mañana, buscando su próximo destino.

Al liberarse de la posesión, el mecanismo sobrenatural alteró los recuerdos de Brenda al instante: la mujer parpadeó, un poco desorientada en medio del jardín, pero procesando lo ocurrido no como una posesión, sino como una repentina y extraña fantasía de provocación hacia el atractivo amigo de su difunto primo.

Brenda se acomodó el abrigo con un gesto petulante, se arregló el lápiz labial con la punta de los dedos y caminó de regreso a la capilla con una sonrisa de satisfacción, sin sospechar en lo absoluto que había sido utilizada como un peón más en el juego perverso de su difunto primo contra Bram.

El servicio fúnebre y el posterior entierro en el cementerio central llegaron a su fin bajo un cielo plomizo que no dejó de soltar una brisa helada en todo el mediodía. La muchedumbre comenzó a dispersarse poco a poco, dejando la capilla y las lápidas atrás para dirigirse hacia el área del estacionamiento.

En el aparcamiento de la funeraria, entre el murmullo de los motores y los portazos de los vehículos que abandonaban el lugar, Katherine (19 años) caminó a paso rápido hasta alcanzar a Sabrina. La mejor amiga de la hija de Bram vestía su conjunto negro ajustado, con el abrigo entreabierto.

—Sabrina... —dijo Katherine con tono suave, poniendo una mano comprensiva sobre el hombro de su amiga—. Quería saber si estás bien... Hace rato en la capilla casi no pudimos hablar tranquilitas con tanta gente rondando.

—Gracias, Kath —respondió Sabrina, dándole un abrazo corto pero sincero—. Ha sido un día muy agotador para todos, especialmente para mi papá y para Rachel, pero ahí vamos, tratando de ser fuertes.

Mientras abrazaba a Sabrina y pretendía escuchar sus palabras de consuelo, la mirada de Katherine se desviaba inevitablemente por encima del hombro de su amiga, fijándose en Bram. El padre de Sabrina estaba parado junto a la portezuela del conductor de su auto, alto, serio y con el ceño fruncido por la tensión acumulada. Al verlo allí, parado con esa elegancia madura bajo la llovizna, una sacudida de calor directo atravesó la entrepierna de Katherine. La joven apretó los muslos disimuladamente; su vagina continuaba completamente empapada y lista, ardiendo por el deseo que la impronta mental de Dorian había sembrado en su cabeza.

A unos metros de distancia, cerca de la salida del estacionamiento, la doctora Valeria Frost (27 años) permaneció dentro de su propio vehículo con el motor encendido. Tenía las manos apretadas sobre el volante y la mirada fija en el espejo retrovisor, observando a Bram a la distancia. Aunque su cuerpo entero le exigía bajar del auto, caminar hasta él y confrontarlo para exigirle otro encuentro íntimo, la patóloga decidió ser cautelosa. Ver a Bram rodeado constantemente por su esposa Renata, sus tres hijas y la hermana del difunto le hizo comprender que no era el momento adecuado para causar un escándalo público. Con un suspiro frustrado y el corazón latiendo a mil por hora, pisó el acelerador y se retiró del lugar, decidida a buscarlo a solas más adelante.

Por su parte, Brenda Kael (39 años), la prima de Dorian, caminaba hacia su propio automóvil acomodándose el cabello oscuro. Mantenía una sonrisa petulante en los labios mientras recordaba la forma en que había presionado sus pechos contra el rostro de Bram en el jardín. En su mente alterada, estaba convencida de que Bram había tenido suerte de que estuvieran en un lugar público, porque de lo contrario se lo habría llevado a algún rincón oscuro para entregarse a él y ofrecerle su vagina completamente mojada y dispuesta.

Bram abrió las puertas de su vehículo. Rachel, Renata, Astrid y Nadia subieron al auto, mientras que Sabrina le pidió a su padre que llevara también a Katherine a la casa, ya que la joven había ido sin vehículo propio para acompañarla. Bram asintió en silencio, subió al asiento del conductor y encendió el motor, alejándose definitivamente del cementerio.

El regreso a la residencia Vane fue silencioso. Al llegar a la casa, la familia comenzó a despojarse de los sacos y abrigos negros para ponerse ropa más cómoda. Renata y Rachel se dirigieron hacia la cocina para preparar un café caliente y algo ligero para comer, mientras Astrid y Nadia subían al segundo piso a cambiarse.

Bram se quedó un momento en la sala de estar, junto a la gran chimenea apagada, aflojándose el nudo de la corbata negra con un suspiro pesado. La fatiga mental lo estaba consumiendo; la constante paranoia de no saber dónde golpearía Dorian lo mantenía en un estado de alerta insoportable.

En ese momento, Sabrina y Katherine caminaron hacia el pasillo. Sabrina se disculpó un segundo para ir al baño de la planta baja, dejando a Katherine sola en la sala con Bram.

Katherine no lo pensó dos veces. Aprovechando que no había nadie más en la habitación, la joven de 19 años dio dos pasos rápidos y se colocó a menos de un metro de Bram.

Bram levantó la vista, un poco sorprendido por la cercanía de la chica.

—Señor Bram... —susurró Katherine con una voz peligrosamente baja y un tono lleno de provocación—. Quería hacerle una pregunta... Si una joven, más o menos de mi edad, se le acercara a usted y le dijera directamente que quiere tener sexo... ¿usted se la follaría?

Bram se quedó completamente de piedra. Las palabras de la mejor amiga de su hija cayeron como un cubo de agua helada sobre él.

Antes de que Bram pudiera reaccionar o articular una respuesta, Katherine, con una agilidad pasmosa y una sonrisa descarada, se desabrochó el botón superior de su blusa negra y tiró del escote hacia un lado durante un segundo exacto, mostrándole con total claridad el pezón endurecido de su pecho derecho, erguido y sonrojado por la excitación, antes de volver a cubrirse rápidamente.

Bram dio un paso hacia atrás, sintiendo que la sangre se le congelaba en las venas y que el corazón se le salía del pecho por el impacto.

—¿Q-Qué...? Katherine, ¿por qué me preguntas algo así? —alcanzó a articular Bram, manteniendo la voz baja pero firme, intentando procesar el descaro absoluto de la joven.

En ese preciso instante, la puerta del baño del pasillo se abrió y Sabrina regresó a la sala. La hija de Bram avanzó hacia ellos acomodándose el cabello, notando la atmósfera extraña y la rigidez en la postura de su padre.

—¿Y ahora qué pasa aquí? —preguntó Sabrina con curiosidad, mirando a ambos.

Katherine no se inmutó. Con una rapidez mental pasmosa y sin dar la más mínima muestra de nerviosismo para evitar que descubrieran sus verdaderas intenciones, esbozó una sonrisa inocente y se giró hacia su amiga.

—Ah, no es nada malo, Sabri —dijo Katherine con tono despreocupado—. Solo le estaba contando a tu papá sobre una charla que tuve ayer. Es que una conocida le dijo a un amigo de mi papá que una joven menor que él quería acostarse con él... y me dio curiosidad saber qué opinarían otras personas mayores sobre un caso así, qué habrían dicho ellos en su lugar.

Sabrina soltó una leve risita, cruzándose de brazos y mirando a su padre con orgullo y total confianza.

—Ay, Kath, pues es obvio —respondió Sabrina sin dudarlo un segundo—. Mi papá le habría dicho rotundamente que no. Le habría dicho a esa chica que se buscara a alguien de su propia edad, alguien con quien pudiera vivir la vida juntos, crecer al mismo tiempo y disfrutar de las cosas de su generación. Mi papá es un hombre respetuoso y jamás se metería con una joven.

Bram tragó saliva con amargura, sintiendo el peso de las palabras de su propia hija y la ironía aplastante de la situación. Miró a Katherine a los ojos y luego a Sabrina.

—Sí... exactamente eso es lo que habría dicho —afirmó Bram con voz seria, tratando de que no se le notara el temblor en las manos.

—¿Ves? Te lo dije —sonrió Sabrina, tomando a Katherine del brazo—. Ven, vamos a la cocina a ayudar a mi mamá con el café.

Las dos jóvenes se caminaron hacia la cocina, dejando a Bram solo en el centro de la sala.

Bram se pasó una mano temblorosa por el rostro, dejando caer los hombros mientras trataba de recuperar la respiración. La mente del hombre comenzó a trabajar a toda marcha, hilando los eventos de la noche anterior y de la mañana.

«Dios mío...», pensó Bram, sintiendo un escalofrío helado recorrerle la espalda. «Dorian no está en ella ahora mismo... esta chica habló de manera normal frente a Sabrina... Pero... ¿y si estuvo en ella anoche o hace unas horas?»

Bram recordó la forma en que Katherine le había hecho esa pregunta tan explícita y cómo le había mostrado el pezón sin el menor pudor en su propia casa.

«Tiene que ser eso...», dedujo Bram para sí mismo con horror. «Dorian tuvo que haber tomado el cuerpo de Katherine en algún momento de la noche o esta mañana... Dejó su maldita impronta en la mente de la mejor amiga de mi hija, exactamente igual que como lo hizo con la patóloga en la morgue...»

La sola idea de que el espíritu de su mejor amigo estuviera usando a las mujeres jóvenes del entorno de su familia para sembrar el deseo y acosarlo lo dejó sumido en una paranoia brutal. Bram caminó hacia el ventanal de la sala, mirando hacia el jardín bajo la lluvia, sabiendo perfectamente que la pesadilla lejos de terminar, apenas estaba alcanzando a su propio hogar.

El peso de la paranoia amenazaba con quebrarlo. Bram se quedó en medio de la sala un par de minutos más, sintiendo cómo el ambiente de su propia casa se le volvía extraño y hostil. Saber que el espíritu de Dorian había manchado la mente de la mejor amiga de su hija era un golpe bajo, una retorcida demostración de hasta dónde estaba dispuesto a llegar para arrastrarlo al límite. Con el pulso acelerado y la cabeza martillándole de dolor, decidió alejarse de la cocina y de las voces familiares. Subió las escaleras a paso lento, entró en su dormitorio y cerró la puerta.

Se quitó el saco negro del traje, lo arrojó sobre una silla y se dejó caer en la orilla de la cama matrimonial. Apoyó los codos en las rodillas y se hundió el rostro entre las manos. En la penumbra de la habitación, el silencio solo era roto por el repiqueteo incesante de la lluvia contra los cristales de la ventana. Bram intentaba procesar el caos: la muerte de su mejor amigo, el cadáver en la morgue, las fotografías explícitas enviadas desde un número desconocido, el automóvil contaminado por la joven de la calle, la provocación helada de la prima Brenda en el jardín y ahora la actitud descarada de Katherine.

El acoso no era una coincidencia ni una serie de eventos aislados; era un plan sistemático. Dorian no solo quería tentar su cuerpo, sino destrozar su cordura, rodeándolo de mujeres cuya voluntad había sido alterada para desearlo de manera desenfrenada.

Pasaron unos diez minutos. Bram permanecía inmóvil, tratando de juntar fuerzas para bajar a reunirse con Renata, Rachel y sus hijas, cuando dos golpes suaves y secos sonaron en la madera de la puerta.

—Está abierta... —dijo Bram con voz cansada, asumiendo que se trataba de su esposa trayéndole una taza de té o un vaso de agua.

La puerta se abrió despacio. Para su sorpresa, no era Renata.

Era Nadia, su hija menor, de apenas 18 años. Llevaba puesto un pantalón holgado de casa y una camiseta sencilla. Bram apenas tuvo tiempo de incorporarse un poco para preguntarle qué necesitaba cuando la joven cruzó el umbral, estiró la mano hacia atrás y le echó el seguro a la puerta con un chasquido firme que resonó con fuerza en la habitación.

Bram frunció el ceño, extrañado por el gesto. —¿Nadia? ¿Qué pasa, hija...?

Antes de que pudiera terminar la frase, Nadia caminó a paso rápido y casi atropellado hacia él. La expresión de la joven no tenía nada de la inocencia o el recato habituales; sus ojos brillaban con una intensidad febril y descarada, y su rostro estaba encendido por un rubor profundo. Se detuvo justo entre las piernas de Bram, a escasos centímetros de él, y se inclinó hacia adelante sin el menor pudor.

—Papi... mi vagina está mojada de pensar en ti —soltó Nadia con una voz que combinaba la juventud de su tono con un erotismo grotesco y directo—. Mis pezones están erectos... Ven, méteme tu hermoso...

El impacto fue tan brutal que a Bram se le detuvo el corazón en el pecho. La repugnancia y el terror absoluto le atravesaron el alma. Sin dejarla terminar la frase, Bram la agarró con firmeza por los hombros y la empujó hacia atrás con fuerza, manteniéndola a la distancia de sus brazos mientras se ponía de pie de golpe, temblando de pies a cabeza y con los ojos desorbitados.

—¡Dorian, qué carajos! —gritó Bram en un susurro desgarrador y lleno de rabia, con la mandíbula apretada para evitar que la voz retumbara fuera de la habitación.

Nadia, sostenida por los hombros, no mostró ningún pánico ni confusión. En lugar de reaccionar como una hija asustada por el empujón de su padre, la joven torció los labios en una sonrisa cínica, amplia y llena de una malicia anciana que no le pertenecía.

—Dios... le atinaste —dijo Nadia usando la voz de la chica de 18 años, pero dejando escapar una risita burlona y grave—. ¿Cómo supiste que era yo?

—¡Eres el único enfermo que hace que las mujeres quieran tener sexo conmigo! —exclamó Bram con la voz cortada por la náusea, soltándola como si su propia piel le quemara las manos—. ¡¿Por qué con mi hija, Dorian?! ¡¿Con mi propia hija, infeliz?!

Nadia se acomodó la camiseta con una soltura escalofriante, cruzándose de brazos y mirando a Bram de arriba abajo con una diversión malévola.

—Pues no me salgas con eso ahora, Bram —respondió Dorian, habitando el cuerpo de la joven—. Cuando yo aún estaba "vivo", sé perfectamente cómo has visto a tus hijas antes de que yo falleciera... Sé cómo les has visto disimuladamente los pechos o el coño cuando andaban por la casa en ropa ligera. Lo sacaron de su madre, las tres salieron bien proporcionadas y tú lo sabes. No te me hagas el santo conmigo, que nos conocemos de toda la vida.

—¡Cállate! ¡Cállate la maldita boca! —suplicó Bram, llevándose las manos a la cabeza, sintiendo que la culpa y la manipulación de ese espíritu lo estaban asfixiando—. ¡Eso es mentira, jamás las he visto así, son mis hijas! ¡Salte de ella, déjala en paz!

—Está bien, está bien, no te me alteres tanto, mi amor —dijo Dorian usándola a ella, encogiéndose de hombros con una frialdad absoluta—. Si no lo vas a hacer ahora, no me voy a quedar con las ganas. Me voy a ir a mi cuarto a masturbarme pensando en ti... P.A.P.I.

Nadia le guiñó un ojo con un descaro macabro, dio la vuelta con elegancia, le quitó el seguro a la puerta y salió de la habitación, cerrando tras de sí con un golpe seco.

Bram se quedó de pie en medio de la recámara, sintiendo que las paredes daban vueltas a su alrededor. El aire le faltaba en los pulmones. La monstruosidad de lo que acababa de presenciar —su propia hija menor manipulada para hablarle de esa manera, para acusarlo de intenciones perversas y para ofrecerle su cuerpo— quebró los últimos cimientos de su resistencia.

Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra al lado de la cama. Apoyó la frente contra el borde del colchón y soltó un gemido ahogado de pura impotencia. Estaba derrotado. Dorian no tenía límites; no le importaba destruir a su familia, a sus amigas o a su propia hermana con tal de doblegarlo y forzarlo a entregarse a esa obsesión enfermiza.

El agotamiento físico, la falta de sueño acumulada durante los últimos días, el impacto emocional del entierro y el colapso psicológico de la reciente confrontación hicieron efecto al mismo tiempo. La cabeza le pesaba como si fuera de plomo. Bram intentó ponerse de pie para ir a buscar a Nadia y asegurarse de que el espíritu hubiera abandonado su cuerpo, pero sus brazos no le respondieron. La vista se le nubló por completo y las fuerzas se le escurrieron del cuerpo.

Incapaz de levantarse del suelo, Bram se arrastró torpemente hasta quedar recostado de lado sobre la alfombra, apoyando la cabeza contra la base de la cama. En cuestión de segundos, la conciencia se le apagó por completo, cayendo en un sueño profundo, pesado y oscuro, un trance de agotamiento absoluto donde la mente simplemente se desconectó para no terminar de romperse.

Mientras Bram yacía profundamente dormido e inconsciente en el suelo de su recámara, al otro lado del pasillo, en la habitación de las hermanas menores, Nadia se encontraba de pie junto a su escritorio.

La neblina espiritual de Dorian acababa de abandonar el pecho de la joven de 18 años segundos después de salir del cuarto de su padre. Como había ocurrido con las demás, la alteración de memoria se activó de inmediato en la mente de la muchacha. Nadia no recordaba ninguna posesión ni ninguna entidad; en su cabeza, la conversación con su padre no había existido como un ataque externo, sino como un impulso propio, una fantasía repentina y secreta que le provocaba una vergüenza ardiente y, al mismo tiempo, un calor intenso entre las piernas.

Nadia se llevó una mano a las mejillas, sintiendo la piel arder. Se miró al espejo del tocador, notando cómo su respiración estaba ligeramente agitada.

—Dios mío... qué pensamientos tan raros y atrevidos me dieron de repente... —susurró Nadia para sí misma, sintiendo una pulsación cálida en la entrepierna.

Se sentó en la orilla de su cama, abrazando una almohada contra su vientre. Aunque una parte de su mente sabía que era algo inapropiado, la impronta erótica dejada por Dorian seguía vibrando en sus sentidos, haciendo que se sonrojara profundamente al imaginar la figura madura y dominante de su padre.

Abajo, en la cocina, la casa continuaba en un relativo silencio. Renata y Rachel terminaban de tomar el café en la barra, conversando en voz baja sobre los trámites pendientes del testamento de Dorian y la organización de los días venideros.

—¿Bram sigue arriba? —preguntó Rachel, dejando la taza sobre la mesa.

—Sí —respondió Renata con una mirada llena de compasión y cansancio—. Estaba completamente agotado. Hoy fue un día muy pesado para él, perder a su mejor amigo de esa manera le destruyó el corazón. Prefiero dejarlo descansar un rato, necesita dormir.

—Tienes razón —asintió Rachel—. Ha hecho demasiado por mí y por mi hermano. Que descanse todo lo que necesite.

Ninguna de las dos sospechaba que, unos metros más arriba, en la penumbra de la habitación principal, Bram no estaba simplemente descansando, sino tendido en el suelo, vencido por la pesadilla sobrenatural que continuaba tejiéndose a su alrededor y que amenazaba con consumirlo por completo en cuanto volviera a abrir los ojos.

Nadia continuaba sentada en el borde de su cama, con la mirada fija en el suelo de madera y las manos apretadas fuertemente contra las sábanas. Tenía el rostro completamente encendido por un sonrojo ardiente que le llegaba hasta las orejas. Las palabras que acababa de pronunciar en el cuarto de su padre resonaban en sus oídos una y otra vez con una claridad abrumadora. La sola idea de haber cruzado ese límite, de haberle dicho semejantes barbaridades a su propio padre y de admitir abiertamente que deseaba follárselo, le provocaba una mezcla extraña de vergüenza y una excitación incontrolable.

Se pasó una mano temblorosa por la frente, intentando calmar el ritmo acelerado de su corazón. Sin embargo, la impronta erótica que el espíritu de Dorian había dejado en su mente no cedía en absoluto. Cada vez que cerraba los ojos e imaginaba la figura madura de Bram, la severidad de su rostro y la fuerza de sus brazos, una corriente de calor abrasador le recorría el vientre. Pasó la mano por debajo de su pantalón de casa y sintió cómo la tela de su ropa interior estaba completamente empapada; su vagina continuaba mojadita y caliente, latiendo con una necesidad febril que la hacía morderse el labio inferior en el silencio de su recámara.

Mientras tanto, en la habitación principal, la conciencia de Bram emergió lentamente del abismo de su desmayo. No sintió el suelo de la alfombra ni el frío de la lluvia golpeando la ventana.

Al abrir los ojos, Bram no estaba en su dormitorio. Se encontraba en un espacio infinito, completamente negro, una dimensión abstracta donde no había paredes, techo ni suelo visible. Lo único que rompió la penumbra fue una serie de lámparas de pie de diseño antiguo que aparecieron alineadas a su alrededor, proyectando una luz cálida y cenital que iluminaba una pequeña área circular.

Bram se incorporó despacio, mirando a su alrededor con una mezcla de desconcierto y cautela.

—¿Dónde diablos estoy...? —murmuró para sí mismo, sobándose la sien.

—En un punto intermedio, mi amor —dijo una voz familiar a sus espaldas.

Bram dio un giro veloz. Parado a unos metros de él, bajo la luz de una de las lámparas, estaba Dorian Kael. Lucía exactamente como era en vida antes del trágico accidente: vestía su abrigo oscuro preferido, llevaba el cabello perfectamente peinado y conservaba esa mirada intensa y enigmática de 39 años que Bram conocía tan bien.

La rabia de Bram se encendió al instante. La visión del espíritu de su mejor amigo desató todas las frustraciones, el pánico y la repugnancia acumulados durante las últimas horas.

—¡Tú...! ¡Infeliz enfermo! —gritó Bram con la voz cargada de odio, avanzando a pasos agigantados hacia él.

Dorian no se movió. Permaneció parado con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo, observándolo con una tranquilidad pasmosa.

—Tranquilízate, Bram —dijo Dorian con tono suave—. Estamos en tu mente, en un plano donde por fin podemos hablar a solas sin que nadie nos moleste. Quería explicarte por qué hice todo esto...

—¡¿Explicarme qué?! ¡¿Por qué usaste a mi propia hija menor?! ¡¿Por qué manchaste la mente de Katherine, de la patóloga y hasta de tu propia prima?! ¡Eres un monstruo, Dorian! —bramó Bram, fuera de sí.

Sin poder contenerse más, Bram cerró el puño y le lanzó un derechazo tremendo directamente al rostro. El impacto fue seco y resonante; la cabeza de Dorian se giró bruscamente por la fuerza del golpe.

Bram no se detuvo. Le conectó un zurdazo en las costillas y luego un segundo puñetazo en la mandíbula, descargando toda la furia retenida. Dorian se tambaleó hacia atrás por el impacto físico en ese plano astral, pero no levantó las manos para cubrirse. No intentó defenderse, no devolvió el golpe ni mostró la menor intención de atacar.

Bram levantó el puño por tercera vez, listo para rematarlo, pero al ver a Dorian parado frente a él, sangrando levemente por el labio y mirándolo con unos ojos llenos de una devoción absoluta y melancólica, se congeló en el sitio.

Bram bajó el brazo despacio, respirando agitadamente.

—¿Por qué...? —preguntó Bram con la voz entrecortada, frunciendo el ceño por la confusión—. ¿Por qué no te defiendes? ¿Por qué no me golpeas?

Dorian se limpió la mancha de sangre de la comisura de los labios con el dorso de la mano y dejó escapar un leve suspiro, mirando a Bram a los ojos con una sinceridad aplastante.

—Porque jamás lastimaría a la persona que amo —respondió Dorian con tono firme y pausado—. Jamás le haría daño a quien siempre se preocupó por mí en vida, al único hombre que me defendió y me cuidó cuando todos los demás me daban la espalda. En serio, Bram... te amo. Sé perfectamente que lo que he hecho no estuvo bien bajo los parámetros normales... Sé que usar los cuerpos de esas mujeres te pareció una locura aterradora, pero... se siente tan bien, Bram. Sentir tu atención, ver cómo te descolocas, ver cómo tu cuerpo reacciona a esa tensión erótica que he sembrado a tu alrededor... Es la única forma que tengo de estar cerca de ti ahora que mi cuerpo físico ya no existe.

Bram se quedó inmóvil bajo la luz de la lámpara. Las palabras de Dorian resonaron en el espacio negro, rompiendo la última barrera de resistencia que le quedaba en la mente. El cansancio extremo, el duelo no procesado y la acumulación de sensaciones prohibidas durante los últimos días hicieron que su perspectiva diera un giro definitivo.

Bram soltó un largo suspiro, dejando caer los hombros y mirando al suelo por un segundo antes de volver a fijar la vista en su amigo.

—Está bien... lo acepto —dijo Bram con una voz profunda, sorprendiéndose a sí mismo por la calma que de pronto sintió en el pecho—. Tienes razón... La verdad es que sí me gusta esto que has hecho. Me gusta la tensión, me gusta cómo se siente que todas esas mujeres se vuelvan locas por mí... Solo que no lo aceptaba por lo de tu muerte, por todo lo que pasó tan rápido... Me abrumó demasiado tener que procesar tu pérdida y al mismo tiempo lidiar con todas estas situaciones descabelladas.

Dorian abrió los ojos de par en par, sorprendido y complacido por las palabras de Bram. Una sonrisa radiante y llena de satisfacción se dibujó en el rostro del espíritu.

—¡Oki! —exclamó Dorian con entusiasmo, dando un paso hacia adelante—. ¡Eso es fantástico! Me alegra muchísimo saber que por fin estamos en la misma sintonía, mi amor. Ahora que entiendes el juego y que lo disfrutas tanto como yo, las cosas van a ser mucho más fáciles entre nosotros. Nada más dime a quién quieres... Dime qué mujer quieres que tome para ti y te la doy en bandeja de plata. ¿A la patóloga? ¿A la amiga de tu hija? ¿A quién prefieres?

Bram meditó la propuesta por un instante. La paranoia se había disipado, reemplazada por una lucidez fría y calculadora sobre la dinámica de su hogar.

—Puedes... ¿puedes entrar en mi esposa? —preguntó Bram, mirando directamente a Dorian—. ¿Puedes tomar el cuerpo de Renata y hacer que ella acepte todo esto? O sea... que ella sepa todo lo que está pasando, todo lo que has hecho y lo que podemos hacer, pero que lo acepte de buena gana, que no se altere, que no entre en pánico y...

—¡Y que nos ayude! :D —interrumpió Dorian con una sonrisa traviesa y entusiasmada, completando la frase con la misma soltura de siempre.

Bram esbozó una leve sonrisa de complicidad, asintiendo con la cabeza.

—Sí... exactamente eso —confirmó Bram—. Que nos ayude.

Aún parados en el espacio negro iluminado por las lámparas de pie, Bram y Dorian continuaban ajustando los detalles de su plan.

—Escucha, Dorian —dijo Bram, mirando alrededor de la penumbra de su propia mente—. En este momento Renata está abajo con tu hermana Rachel. Además, están mis hijas rondando por la casa y también Katherine, la amiga de Sabrina. Si vas a hacer esto, necesito estar despierto y que sea el momento adecuado.

Dorian asintió con una sonrisa comprensiva y llena de complicidad, cruzándose de brazos dentro de su abrigo oscuro.

—Tienes razón, mi amor. Entonces esperaremos hasta que todas se vayan a dormir. Ya cuando estés en tu cuarto, con Renata al lado en la cama juntos, entraré en ella y haré exactamente lo que me pediste. Le meteré todas esas ideas en la cabeza y haré que lo acepte todo... e incluso le meteré otras cosas más.

Bram lo miró con curiosidad. —¿A qué te refieres con otras cosas?

—Verás —explicó Dorian con tono picante y manipulador—, si Renata se llega a enterar o a procesar lo que hago con las demás mujeres, tal vez empiece a sospechar o a preguntarse si yo la cambié a ella también con mi magia espiritual. Por eso tengo que arreglar su mente de una forma especial: haré que sienta que ella misma llegó a esas conclusiones por su propia voluntad, que todo lo que piense y sienta lo hizo por sí misma. Así pensará que yo no le he hecho nada a ella en absoluto, aunque sepa perfectamente lo que hago con las demás. De esa forma no habrá dudas ni culpas.

—Me parece perfecto —asintió Bram, sintiendo cómo la fría lógica de Dorian encajaba a la perfección con lo que necesitaba.

—Aparte —agregó Dorian mirando el entorno oscuro que los rodeaba—, este espacio negro será nuestro lugar secreto. Aquí será donde hablaremos tranquilos tú y yo cada vez que yo no esté habitando el cuerpo de ninguna mujer. ¿Te parece bien, mi amor? Bueno, pues despierta ya... esperaremos la noche.

Bram abrió los ojos de golpe.

Estaba recostado sobre la alfombra de su habitación, al lado de la cama matrimonial, justo donde se había derrumbado minutos atrás. Sin embargo, ya no sentía la opresión en el pecho ni la angustia paralizante de antes. Una calma fría y calculadora inundaba sus sentidos. Se levantó del suelo, se sacudió la ropa y se acomodó la camisa negra antes de abrir la puerta y salir al pasillo del segundo piso.

Comenzó a caminar hacia las escaleras cuando se topó de frente con su hija Sabrina, quien venía acompañada por Katherine.

—Bueno, papá, ya me voy a acostar. Que descanses —dijo Sabrina, caminando por delante de su amiga hacia su habitación sin darse la vuelta.

En ese instante preciso, aprovechando que Sabrina iba de espaldas, Katherine se detuvo un segundo frente a Bram. Con un movimiento descarado, veloz y sin emitir un solo ruido, la joven de 19 años se bajó el pantalón negro hasta los muslos, mostrándole a Bram la redondez de su culo cubierto apenas por una braga delgada y transparente, para luego subírselo a toda prisa con una sonrisa picante antes de que Sabrina pudiera notar absolutamente nada.

Bram solo la miró con una ceja levantada y una leve sonrisa de satisfacción contenida mientras continuaba su camino hacia las escaleras.

Mientras Bram bajaba los escalones, no notó que la puerta de la habitación de su hija menor, Nadia, se abría unos milímetros en absoluto silencio. Desde la penumbra de su cuarto, Nadia (18 años) lo observaba alejarse. La muchacha tenía la respiración agitada y la cara completamente sonrojada; con la mano izquierda se sujetaba fuertemente un pecho por encima de la blusa, mientras que con la mano derecha se acariciaba la entrepierna por encima del pantalón.

«Dios... soy una hija que quiere follar con su propio padre...», pensaba Nadia en un susurro mental que la hacía temblar de deseo. «¿Mamá se enojará si se entera? Ah... me voy a tener que masturbar ahora mismo imaginando esa situación...»

Nadia cerró la puerta despacio, le echó el seguro y caminó hacia su cama con el pulso acelerado y la vagina completamente empapada por la impronta que Dorian había dejado en su mente.

Al llegar a la planta baja, Bram encontró en la sala a su hermana política, Rachel, quien lucía exhausta tras la larga jornada del funeral.

—Buenas noches, Bram... Yo ya me iré a dormir, no doy más —dijo Rachel con voz apagada, dándole un apretón suave en el brazo antes de subir las escaleras rumbo a la habitación de huéspedes.

Bram se quedó a solas en la penumbra de la estancia con su esposa, Renata. La mujer estaba parada junto a la barra de la cocina, terminando de recoger un par de tazas. Se la veía cansada, con el cabello recogido de forma sencilla y la mirada melancólica.

Bram se acercó a ella por la espalda de forma silenciosa, le rodeó la cintura con los brazos y le plantó un beso cálido y firme en el lateral del cuello, sintiendo la suavidad de su piel.

—Vente... vamos para el cuarto ya a dormir —le susurró Bram al oído con voz sugerente—. Ya está todo listo arriba. Vamos.

Renata soltó un leve suspiro de alivio ante el afecto de su marido, recargando la cabeza hacia atrás sobre el hombro de él.

—Está bien, mi amor... Vamos, estoy agotada —accedió ella.

Ambos subieron las escaleras en silencio, cruzando el pasillo en penumbra donde la casa ya descansaba. Entraron en la recámara principal. Tan pronto como pisaron la alfombra, Bram se giró y cerró la puerta con seguro, echando la llave para asegurarse de que nadie los interrumpiera.

En ese preciso momento, la luz de la habitación pareció parpadear sutilmente. Una ráfaga invisible de energía espiritual cruzó el aire y se introdujo directamente en el pecho de Renata.

Los ojos de la esposa de Bram cambiaron de inmediato. La expresión cansada y melancólica desapareció en un segundo, siendo reemplazada por un brillo febril, audaz y profundamente salvaje.

—¡Mi amor! —exclamó Dorian, habitando el cuerpo de Renata.

Sin perder un solo instante, la esposa de Bram se le lanzó encima, rodeándole el cuello con los brazos y pegando su cuerpo al suyo con una fuerza brutal. Le plantó un beso apasionado, húmedo y profundamente lascivo en los labios, introduciendo su lengua sin el menor pudor mientras presionaba sus pechos firmemente contra el tórax de Bram.

Bram respondió al beso con la misma intensidad, sujetándola por la cintura mientras el espíritu de su mejor amigo comenzaba a moldear y alterar la mente de la mujer desde adentro.

Dorian, usando la voz y el cuerpo de Renata, se separó unos centímetros de sus labios, respirando con dificultad por la excitación y mirándolo con una sonrisa descarada y llena de poder.

—Sé perfectamente que tu amigo Dorian no está muerto... —comenzó a decir Dorian en el cuerpo de Renata, actuando la voz y los pensamientos que le estaba implantando a la esposa—. Solo se murió su cuerpo, su envase... pero él sigue vivo como un espíritu. Y sé que ha poseído a varias mujeres para que tú tengas sexo con ellas. Ya sé que él sentía un amor y un deseo sexual enorme por ti, mi amor...

Bram la escuchaba fascinado, viendo cómo las palabras fluían con total naturalidad de los labios de su mujer.

—Aparte... sé que ya usó a mi hija Nadia y que ella también te ama y te desea —continuó la mente alterada de Renata, soltando una risita cínica y orgullosa—. Pero ¿sabes qué? ¡No me importa! Yo te di a esas hijas precisamente para que tú pudieras disfrutar y tener sexo con ellas si querías... o puedes tener sexo con cualquier otra mujer que se te cruce por enfrente. Pero eso sí, recuerdelo bien, mi vida: ¡yo soy la primera y la única! ¡Yo soy la reina de esta casa!

Renata soltó una carcajada vibrante y llena de satisfacción que resonó en el dormitorio.

—La habilidad de ese Dorian es muy buena para hacer que las mujeres piensen que ellas mismas hicieron todo como si fueran acciones propias, jajaja... ¡me gusta! Pero bueno... ¿te gusta todo esto, mi amor? —preguntó ella, acariciándole el rostro a Bram con devoción—. Como buena esposa tuya que soy, les voy a ayudar en todo lo que necesiten para que disfrutes.

Bram la miró a los ojos, divertido por la teatralidad de la situación pero queriendo poner a prueba la solidez del trance.

—¿Y si Dorian está metido en ti ahora mismo y está haciendo todo esto contigo? —preguntó Bram con tono burlón.

Dorian, usando la garganta de Renata, soltó una carcajada sonora y llena de burla.

—¡Jajaja! Por Dios, Bram... Dorian no es tan imbécil como para hacer una cosa así con la esposa del hombre que ama. Yo estoy diciendo y haciendo todo esto únicamente porque yo quiero, él no tiene nada que ver aquí. Y si por alguna razón ese espíritu intentara entrar en mi cuerpo para estar contigo, le sería casi imposible, porque yo lucharía contra él con todas mis fuerzas. ¡Jamás dejaría que él tuviera sexo contigo usando mi cuerpo! Solo yo puedo tener sexo contigo con mi propio cuerpo.

Bram sonrió de esquina a esquina, absolutamente complacido con la reestructuración mental que Dorian le había grabado a fuego en la conciencia a Renata.

De pronto, el cuerpo de Renata dio un leve temblor. La intensidad de la posesión, sumada al esfuerzo espiritual de reescribir por completo la personalidad, los valores y la moral de la mujer para convertirla en una aliada sumisa, consumió una cantidad enorme de energía astral.

La neblina invisible de Dorian comenzó a desprenderse del pecho de Renata, alejándose del cuerpo de la mujer para dejarla descansar. El esfuerzo de esa reconfiguración mental tan profunda había dejado al espíritu momentáneamente debilitado, obligándolo a retirarse al plano astral para recuperar sus fuerzas, dejando a Renata en la cama completamente convencida de que cada pensamiento perverso y permisivo que acababa de expresar era de su propia cosecha.

Renata parpadeó varias veces con pesadez, como si acabara de despertar de un trance rápido pero profundo. Sin embargo, su mirada ya no denotaba la confusión de antes; al contrario, sus ojos reflejaban una luz completamente alterada, llena de una picardía y una complicidad sin frenos hacia su esposo. Se llevó las manos al cabello, acomodándoselo de forma sensual, y miró a Bram de arriba abajo con una sonrisa descarada.

—Dios mío, Bram... me siento extrañamente despierta y llena de energía —dijo Renata con la voz suave, recargando las manos sobre el pecho de su marido y sintiendo la firmeza de su torso bajo la camisa negra—. Estaba pensando en todo lo que te dije recientita... y de verdad lo digo en serio, mi amor. Me parece algo fascinante. Si tu amigo Dorian anda por ahí flotando y haciendo que las mujeres se mueran por ti, ¿quién soy yo para oponerme? Al contrario, me entusiasma la idea de ayudarte a disfrutar de todo eso.

Bram la tomó suavemente por las caderas, jalándola hacia él y disfrutando de la sumisión y apertura que el espíritu de Dorian había grabado en la psique de su esposa.

—Me alegra mucho escucharte decir eso, Renata —respondió Bram con una sonrisa ladina, manteniendo una voz baja y profunda—. Sabía que podía contar contigo para esto. Eres mi esposa y, como dijiste, la reina de esta casa.

—¡Exacto! La reina —enfatizó Renata, dándole un beso corto y humedo en los labios—. Las demás pueden servir para entretenerte o para que te des tus gustos, pero yo soy la que manda a tu lado. Y con respecto a las niñas o a sus amigas... bueno, si alguna de ellas se te acerca con ganas, yo no voy a armar ningún drama. Al contrario, si necesitas que disimule o que te ayude a crear las oportunidades a solas, cuenta conmigo.

Bram la observó fascinado. El trabajo de manipulación mental que Dorian había realizado era impecable. Renata no solo aceptaba la situación sin el menor rastro de celos o escándalo moral, sino que estaba genuinamente convencida de que esa postura permisiva y desinhibida había surgido de su propio criterio como esposa devota y comprensiva.

Mientras Renata se desvestía despacio frente al espejo del tocador para ponerse la prenda de dormir, Bram se caminó hacia el ventanal de la habitación. Miró hacia el jardín oscuro y lluvioso, sintiendo cómo en el ambiente flotaba la presencia invisible de Dorian. Sabía que en ese instante el espíritu se encontraba debilitado tras el enorme desgaste de energía que le tomó reescribir la mente de Renata, por lo que probablemente se hallaba descansando en ese espacio negro e infinito que ambos habían acordado como su punto de encuentro.

—¿Te vienes a la cama ya, mi amor? —preguntó Renata desde las sábanas, acomodándose de lado con un camisón de seda que dejaba ver la curva de sus caderas y la firmeza de sus muslos.

—Adelante tú, Renata. En un momento te alcanzo, voy a tomar un poco de agua abajo —contestó Bram, dándose la vuelta.

—Está bien, pero no te tardes... que la cama está muy fría sin ti —coqueteó la mujer con una sonrisa antes de cerrar los ojos.

Bram le quitó el seguro a la puerta con cuidado de no hacer ruido y salió al pasillo del segundo piso. La casa estaba sumida en un silencio casi absoluto, interrumpido únicamente por los chasquidos del viento contra el tejado y el susurro distante de la lluvia.

Caminó a paso lento sobre la alfombra del corredor, deteniéndose unos segundos frente a las puertas cerradas de los dormitorios de sus hijas. Sabía que al otro lado de la puerta de Nadia, la joven de 18 años continuaba despierta, atrapada en la tormenta de deseo e impronta erótica que Dorian le había dejado marcada en el cuerpo y en la mente. Pensó también en Katherine, la amiga de Sabrina, quien seguramente en su propia casa o en la recámara de huéspedes seguía recordando la forma descarada en que le había mostrado sus atributos horas atrás.

Lejos de sentir el pavor o la angustia que lo consumían por la mañana, Bram sentía ahora una corriente de poder que le recorría el cuerpo. La metamorfosis de su perspectiva era completa: lo que antes le parecía una pesadilla macabra, ahora lo veía como una dinámica llena de posibilidades y placeres donde él era el centro de atención absoluto de todas las mujeres a su alrededor.

Bram bajó las escaleras hasta la cocina, sirviéndose un vaso con agua fría de la jarra sobre la barra. Mientras bebía a pequeños sorbos, sintió un leve mareo y un parpadeo en su visión. Las luces de la cocina parecieron atenuarse drásticamente y, por un segundo, la penumbra de la estancia pareció fusionarse con la oscuridad infinita de aquel espacio negro donde se citaba con Dorian.

«Sé que estás escuchando, Dorian...», pensó Bram, fijando la vista en la sombra de la esquina de la cocina. «Hiciste un trabajo excelente con Renata. Descanse y recupere sus fuerzas, que esto apenas comienza.»

Como respuesta sutil a su pensamiento, una ráfaga de aire tibio le rozó la nuca y el lóbulo de la oreja derecha, acompañada por el eco distante de una risita satisfecha que se desvaneció en el aire antes de que las luces de la cocina volvieran a su intensidad normal.

Bram dejó el vaso vacío sobre la tarja y regresó al segundo piso a paso firme. Al entrar en su dormitorio, vio a Renata profundamente dormida, respirando con parsimonia sobre las almohadas. Bram se desabotonó la camisa negra, la dejó sobre la silla y se metió a la cama al lado de su esposa, sintiendo la calidez de su cuerpo contra la piel.

Cerró los ojos en la penumbra de la habitación, sabiendo que la mañana siguiente traería consigo nuevas oportunidades y que el tablero estaba perfectamente configurado a su favor.

A la mañana siguiente, el sol logró abrirse paso a través de las nubes grises, iluminando la residencia Vane con un tono dorado y fresco.

El movimiento en la casa comenzó temprano. En la cocina, Renata preparaba el desayuno con una agilidad y un buen humor sorprendentes. Llevaba puesto un vestido ceñido al cuerpo y se movía tarareando una melodía alegre, mostrando una desenvolución que no había tenido en semanas.

Bram bajó las escaleras vistiendo pantalones de vestir y una playera polo color gris que resaltaba la amplitud de sus hombros y su porte de 39 años. Al verlo entrar a la cocina, Renata se le acercó de inmediato, le dio un beso apasionado en los labios sin importarle que alguien pudiera verlos y le sirvió una taza de café recién pasado.

—Buenos días, mi rey —dijo Renata con una sonrisa descarada, pasándole la mano por la espalda baja—. Dormí de maravilla... y me desperté pensando en todo lo que platicamos anoche.

—Buenos días —respondió Bram, tomando un sorbo del café y mirándola a los ojos con complicidad.

En ese momento, los pasos de las jóvenes resonaron en las escaleras. Sabrina y Katherine bajaron juntas a la cocina. Sabrina vestía su ropa casual de diario, luciendo aún un poco aletargada por el sueño, mientras que Katherine llevaba unos pantalones cortos de mezclilla y una blusa blanca bastante holgada.

Al cruzar el umbral de la cocina y fijar la vista en Bram, Katherine sintió un jalón abrasador en el vientre. La impronta dejada por el espíritu de Dorian reaccionó de inmediato al ver la figura madura del padre de su amiga. La joven de 19 años apretó las piernas disimuladamente mientras caminaba hacia la mesa; la sensación de humedad entre sus muslos era inmediata y abundante, haciéndola tragar saliva con dificultad.

—Buenos días, señor Bram... buenos días, señora Renata —saludó Katherine con una voz que intentaba sonar inocente, pero sus ojos no se despegaron de los hombros y el rostro de Bram ni por un segundo.

—Buenos días, Kath, pasa a sentarte —respondió Renata con una amabilidad exagerada y una sonrisa con doble sentido que Katherine no alcanzó a descifrar del todo—. Hice suficiente almuerzo para todas.

Sabrina se sentó a la mesa sobándose los ojos. —Papá... ¿viste a Nadia? No ha salido de su cuarto en toda la mañana y le toqué la puerta pero no me respondió.

Bram cruzó una mirada rápida con Renata antes de responder con voz tranquila.

—Debe estar descansando aún, el día de ayer fue muy cansado para todos —dijo Bram serenamente.

Sin embargo, Renata dio un paso al frente con la jarra de jugo en la mano, interviniendo con una soltura que dejó a Bram complacido.

—Déjala que descanse un rato más, Sabri —dijo Renata, guiñándole un ojo disimuladamente a su esposo—. Si tu hermana necesita su espacio en su cuarto... o si requiere que tu papá vaya a ver cómo está más tarde, él puede subir tranquilamente a atenderla. No hay prisa.

Katherine escuchó la frase y frunció ligeramente el ceño por la curiosidad, pero la atracción febril que sentía por Bram le impedía concentrarse en cualquier otra cosa. Mientras Sabrina se servía un vaso con jugo, Katherine aprovechó que la atención de su amiga estaba desviada para estirar la pierna por debajo de la mesa de madera y rozar la punta de su pie descalzo contra la espinilla de Bram, subiendo suavemente por su pierna hasta la rodilla.

Bram sintió el roce firme del pie de la joven de 19 años por debajo de la mesa. Lejos de apartar la pierna como lo habría hecho en el pasado, permaneció inmóvil, sosteniéndole la mirada a Katherine con una frialdad y una seguridad que hicieron que la chica se sonrojara intensamente y mordiera su labio inferior, sintiendo cómo su vagina se empapaba aún más bajo los pantalones cortos.

Poco después del desayuno, Katherine se despedía en la puerta principal para regresar a su casa, prometiendo volver más tarde a buscar a Sabrina. Mientras se ponía la chaqueta, miró a Bram una última vez por encima del hombro de su amiga, dejándole ver una sonrisa cargada de promesa erótica antes de cruzar el umbral.

Con Katherine fuera de la casa y Sabrina en la planta alta ordenando su recámara, la sala quedó en un silencio relativo. Rachel bajó de la habitación de huéspedes con una maleta pequeña, vistiendo ropa cómoda de viaje.

—Bram, Renata... —dijo Rachel con voz pausada, acercándose a ellos en la sala—. Quería agradecerles con todo el corazón por haberme recibido estos días. Ha sido un proceso devastador perder a Dorian... pero estar aquí con ustedes me ha dado una paz enorme.

Bram se acercó a la hermana de su difunto amigo y le dio un abrazo sincero y protector.

—Sabes que esta es tu casa, Rachel. Dorian fue mi gran hermano de la vida, y tú siempre vas a contar conmigo y con Renata para lo que necesites —dijo Bram con voz firme.

—Gracias, de verdad —sonrió Rachel con los ojos ligeramente cristalizados—. Me iré a mi departamento a arreglar los papeles de la propiedad de Dorian y a descansar un poco a solas. Les estaré avisando cualquier cosa.

Renata la abrazó con afecto, encaminándola hacia la puerta principal. Una vez que Rachel salió y subió al taxi que la esperaba en la entrada, Renata cerró la puerta con seguro y se giró hacia Bram, apoyando la espalda contra la madera y cruzándose de brazos con una sonrisa llena de anticipación.

—Bueno... ya se fue Katherine y ya se fue Rachel —dijo Renata con la voz baja y cargada de intención—. Sabrina está arriba ocupada... y Nadia sigue metida en su cuarto, probablemente esperando a que alguien suba a verla.

Bram caminó despacio hacia su esposa, acortando la distancia entre ellos y poniéndole las manos en la cintura.

—¿Qué tienes en mente, la reina de la casa? —preguntó Bram con tono sugerente.

—Tengo en mente que eres un hombre afortunado, Bram —respondió Renata, acariciándole la nuca con las uñas—. Y que Dorian hizo un trabajo maravilloso. Voy a la cocina a preparar unas cosas, y tú deberías darte una vuelta por el piso de arriba... A ver qué te encuentras.

Bram la besó profundamente en la boca, sintiendo la complicidad absoluta que ahora reinaba en su hogar. Mientras Renata se dirigía hacia la cocina, él comenzó a subir los escalones hacia la planta alta, sabiendo que el espíritu de Dorian, aunque temporalmente replegado en el plano astral para recuperar su energía, había dejado los cimientos perfectos para que el dominio y el placer en esa casa fueran absolutos.

Bram se quedó momentáneamente paralizado en el primer descanso de la escalera. Al girar la cabeza para mirar hacia abajo, presenció una escena que terminó de desencajar cualquier resquicio de cordura convencional en su hogar. Renata, justo antes de cruzar la puerta de la cocina, se detuvo, le dirigió una mirada cargada de una lujuria desenfrenada y descarada, y sin dudarlo un segundo, se sujetó el vestido y se lo subió de golpe por encima de las caderas.

Se bajó la ropa interior unos centímetros, dejando al descubierto la firmeza de sus glúteos apenas cubiertos por una lencería fina, y comenzó a hacer un movimiento de twerk provocativo y rítmico frente a él, sacudiendo sus caderas con una destreza y un descaro absolutos mientras lo miraba por encima del hombro.

Tras unos segundos de esa exhibición explícita, Renata se acomodó el vestido con elegancia, le dedicó un guiño cargado de complicidad y le sonrió de esquina a esquina.

—Para que vayas calentando motores y estés listo, mi rey... Sube —le dijo Renata con una voz profunda y sensual antes de darse la vuelta y entrar a la cocina tarareando una canción.

Bram soltó una bocanada de aire, sintiendo cómo una ola de calor le recorría el cuerpo. La reestructuración mental que Dorian había grabado en su esposa funcionaba con una eficacia aterradora. Con el pulso acelerado y una sonrisa de satisfacción en los labios, continuó subiendo los escalones hasta llegar al pasillo del segundo piso.

Se caminó con paso firme sobre la alfombra hasta la puerta de la habitación de su hija menor. Se detuvo un instante y tocó la madera con tres golpes secos y pausados.

—Pasa... está abierto —se escuchó la voz de Nadia desde adentro, sonando ligeramente ahogada y temblorosa.

Bram giró la perilla, cruzó el umbral y, sin perder un solo segundo, estiró la mano hacia atrás para pasar el seguro de la puerta con un chasquido metálico rotundo.

Al volverse hacia el interior de la habitación, la escena lo dejó sin aliento. Nadia (18 años) estaba parada junto a la orilla de su cama, completamente desnuda. Su piel blanca estaba encendida por un rubor febril que le cubría desde el pecho hasta las mejillas. Los pezones de sus pechos firmes estaban erguidos y sonrojados por la excitación, mientras que entre sus muslos se apreciaba el brillo continuo de su fluidez; la joven estaba completamente mojada, con gotas de sudor y excitación resbalando por sus piernas.

Nadia lo miró con los ojos desorbitados por el deseo acumulado desde la noche anterior, temblando de pies a cabeza. Caminó casi tropezando hacia él, acortando la distancia hasta quedar pegada a su torso.

—Papi... por favor, ya no soporto más —suplicó Nadia con una voz rota por la necesidad, agarrándolo con fuerza por los brazos—. Mi vagina pide tu pene a gritos desde ayer... por favor, métemelo ya, no puedo con esta desesperación...

Bram no respondió con palabras. La combinación de la vulnerabilidad de la joven, la impronta perversa de Dorian y la total permisión de la casa encendieron su instinto más primitivo. La tomó con fuerza de la cintura, levantándola ligeramente para pegarla contra la pared junto a la puerta, mientras Nadia rodeaba la cintura de su padre con sus piernas desnudas. Bram se desabrochó el pantalón con agilidad y, sin más rodeos, se hundió en ella por completo de un solo empujón decidido.

Un gemido agudo, mezclado entre el dolor inicial y un placer abrumador, se le escapó a Nadia de la garganta. La joven echó la cabeza hacia atrás, clavándole las uñas en los hombros a su padre mientras Bram comenzaba a embestirla con un ritmo salvaje, firme y dominante, haciendo que los muslos de la chica chocaran repetidamente contra su pelvis en un sonido húmedo y rítmico que empezó a retumbrar en toda la habitación.

Mientras el acto sexual entre Bram y su hija menor se desarrollaba con una intensidad desbocada dentro del cuarto, en el plano astral, la entidad de Dorian agitó el aire del pasillo. Aunque se encontraba cansado por el esfuerzo de la noche anterior con Renata, la tentación de presenciar el caos y expandir su red erótica era demasiado grande para el espíritu.

La neblina invisible de Dorian flotó hacia la puerta del cuarto de Sabrina (19 años). Deslizándose por debajo de la madera, la energía espiritual se introdujo directamente en el pecho de la hija mayor, quien se encontraba sentada frente a su peinador arreglándose el cabello.

En el instante en que Dorian tomó posesión del cuerpo de Sabrina, los ojos de la joven cambiaron drásticamente, llenándose de una lujuria negra y distorsionada. La impronta mental se activó de inmediato. Sabrina se levantó del asiento de golpe, sintiendo un choque eléctrico de calor directo en su entrepierna que la hizo jadear.

Usando el cuerpo de la chica de 19 años, Dorian caminó a pasos rápidos hacia la puerta de su habitación, le quitó el seguro y la abrió de par en par hacia el pasillo desierto.

En el corredor, el silencio de la mañana era destrozado por los ecos ahogados que salían del cuarto de Nadia. Se escuchaban los gemidos agudos y sin filtro de la menor de las hermanas, el choque rítmico de los cuerpos y la voz grave de Bram marcando el paso de las embestidas.

Sabrina, poseída por el espíritu de Dorian, se apoyó contra el marco de la puerta. Llevó una de sus manos por debajo de su falda, apartando su ropa interior a un lado. Al escuchar el frenesí de su padre con su hermana, una ola de celos enfermos y un deseo incontrolable inundaron la mente de Sabrina.

—¡No es justo, papi! —exclamó Sabrina usándola a ella, con una voz cargada de un erotismo venenoso y descarado en medio del pasillo solitario—. Te estás follando a mi hermana y a mí no... ¡Mi vagina es igual de buena o mejor que la de ella!

Sabrina comenzó a introducirse dos dedos entre los labios húmedos de su sexo, masturbándose con desesperación e intensidad ahí mismo, parada en el umbral de su cuarto hacia el corredor. El placer que le provocaba escuchar a su padre poseer a su hermana menor era tan abrumador que el fluido de Sabrina comenzó a escurrir densamente por sus muslos internos, goteando directamente sobre el suelo hasta dejar un charco brillante y evidente de su excitación sobre la madera del pasillo.

—Ah... Dios... solo de escucharlos cómo se follan me mojo todita... —jadeó Sabrina, frotándose con frenesí mientras los gemidos de Nadia alcanzaban un pico agudo al otro lado del corredor.

Sin embargo, el esfuerzo de mantener una posesión física activa mientras canalizaba semejante carga de placer comenzó a agotar las reservas de energía de Dorian. El espíritu sintió un mareo espiritual violento que amenazaba con disolver su forma.

Sabrina dio un paso atrás, regresando a la penumbra de su recámara. Antes de perder el control, la neblina de Dorian se desprendió del pecho de la joven de 19 años.

Sabrina cayó sentada en la orilla de su cama, parpadeando con la respiración agitada. La alteración de memoria se ejecutó de inmediato en su mente: no recordaba la presencia de ningún espíritu, pero la impronta erótica quedó grabada a fuego. Sabrina miró hacia la puerta abierta de su cuarto, sintiendo el calor abrasador entre sus piernas y el charco de su propio líquido en la entrada, mordiéndose el labio inferior con una envidia febril hacia su hermana Nadia.

La forma astral de Dorian, ahora flotando con debilidad y transparencia en el aire del pasillo, no se detuvo ahí. La ambición del espíritu por reclamar a toda la dinastía Vane para Bram lo impulsó a realizar un último esfuerzo antes de colapsar.

Flotó lentamente hacia la habitación de Astrid (20 años), la tercera de las hermanas. La joven se encontraba profundamente dormida en su cama, envuelta entre las cobijas tras haberse desvelado la noche anterior.

Dorian se deslizó sobre el lecho y se introdujo en el cuerpo de la joven dormida. Dado que sus fuerzas eran demasiado escasas para provocar una posesión consciente o un sonambulismo físico, Dorian utilizó los últimos remanentes de su energía espiritual para infiltrarse directamente en el plano de los sueños de Astrid, tejiendo una pesadilla erótica de una intensidad hiperrealista.

En la mente de la joven de 20 años, el sueño se desplegó con una claridad meridiana. Astrid se vio a sí misma en medio de la gran cama matrimonial de sus padres. Estaba desnuda, rodeada por su madre Renata, sus hermanas Sabrina y Nadia, e incluso por Katherine y la patóloga Valeria. Todas estaban entregadas a una orgía desenfrenada, acariciándose y disfrutando del ambiente de depravación. Pero en el centro de todo, dominando la escena con un porte imponente, estaba su padre, Bram.

En el sueño, Bram la tomaba a ella con una fuerza brutal. Astrid sentía en su mente la envergadura y la firmeza del miembro de su padre penetrándola sin piedad, haciéndola gemir de placer mientras las demás mujeres la sujetaban y la besaban. La sensación de ser poseída por el patriarca de la familia en presencia de todas las demás era tan realista que el cuerpo físico de Astrid comenzó a reaccionar en la vida real.

Sobre las sábanas de su cama, el cuerpo dormido de la joven de 20 años empezó a contorsionarse levemente. Astrid arqueó la espalda, apretando los muslos con fuerza. La fricción involuntaria de sus piernas y la intensidad del sueño provocaron que su vagina comenzara a secretar una lubricación abundante y caliente, empapando su ropa de dormir.

—Si... papi... tu gran pene en mi vagina... —murmuró Astrid entre sueños, con la voz entrecortada por los jadeos del trance—. Sí... Dios... fólleme, papá...

En ese instante, la energía de Dorian se agotó por completo. La neblina espiritual fue expulsada del cuerpo de Astrid como un chispazo apagado. El espíritu de Dorian se vio forzado a replegarse de inmediato, disolviéndose en el aire y regresando de golpe a aquel espacio negro e infinito de las lámparas para intentar recuperarse.

Entrar en el cuerpo de dos mujeres de forma consecutiva y alterar el plano onírico de una tercera en tan corto período había dejado a la entidad en un estado de extrema debilidad espiritual. Dorian cayó de rodillas en la penumbra de la dimensión astral, respirando con dificultad y sintiendo que su esencia flotante tardaría varias horas en recomponerse antes de poder manifestarse nuevamente en el mundo físico.

Mientras tanto, en la vida real, el sueño erótico de Astrid continuó su curso natural, alimentado por la impronta que Dorian había dejado sembrada en su subconsciente. La joven de 20 años continuaba gimiendo suavemente entre las sábanas, completamente empapada y lista para cuando despertara.

En la habitación de Nadia, la sesión de sexo salvaje entre Bram y su hija menor llegaba a su clímax absoluto. Nadia, con los ojos desorbitados y la boca abierta en un grito mudo de éxtasis, sintió cómo las embestidas profundas de su padre la llevaban a un orgasmo violento que le hizo convulsionar todo el cuerpo. Bram la sostuvo con firmeza contra la pared, descargando su simiente en el interior de la joven de 18 años con un gemido grave y de pura dominación.

Cuando el acto concluyó, Bram bajó a Nadia despacio. La muchacha cayó sentada sobre la alfombra al pie de la cama, respirando con dificultad, con las piernas temblorosas y la entrepierna completamente satisfecha y cubierta por el rastro del acto. Miró a su padre hacia arriba con una devoción absoluta y una sonrisa atontada por el placer.

Bram se acomodó la ropa y el pantalón con absoluta tranquilidad. Le dedicó una caricia rápida en el cabello a su hija menor y le dio la espalda.

Al quitarle el seguro a la puerta y abrirla para salir al pasillo, lo primero que notaron sus ojos fue el brillo húmedo sobre la madera: justo frente a la puerta del cuarto de Sabrina, un charco evidente de fluido femenino descansaba sobre la superficie, testimonio mudo del momento en que su otra hija se había masturbado escuchándolos.

Bram contempló el charco con una sonrisa fría y llena de un orgullo oscuro. Sabía perfectamente lo que significaba. Sabiendo que la casa entera estaba ahora bajo su dominio y que el plan de Dorian marchaba a la perfección, caminó tranquilamente hacia las escaleras para regresar a la cocina con Renata, dejando la puerta del pasillo abierta para que el ambiente de perdición continuara extendiéndose.

Bram terminó de ajustarse la ropa mientras descendía por las escaleras de madera con un paso firme y pausado. Cada escalón rechinaba levemente, pero el sonido quedaba eclipsado por el murmullo de la lluvia que seguía cayendo sobre el techo y la atmósfera de satisfacción que ahora llenaba la casa. En su rostro no había vestigio alguno de culpa ni vacilación. La paranoia y el tormento que lo habían sofocado tras la muerte de Dorian habían mutado por completo en una sensación de control absoluto y placer sin restricciones.

Al llegar a la planta baja, cruzó el pasillo iluminado por las luces cálidas de los candelabros y caminó hacia la entrada de la cocina. El aroma a café recién pasado y a mantequilla caliente impregnaba el ambiente, creando un contraste casi irónico con la depravación que se acababa de desatar en la planta alta.

Dentro de la cocina, Renata estaba de espaldas a la puerta, parada frente a la estufa terminando de preparar el almuerzo. Llevaba el mismo vestido ceñido que resaltaba la curvatura de sus caderas, y sus movimientos al cocinar tenían un vaivén rítmico y sensual, casi como si continuara bailando para él en su mente.

Al escuchar los pasos de Bram, Renata se giró despacio. Tenía una sonrisa confiada y juguetona en los labios. Sus ojos, moldeados por la intervención de Dorian, brillaban con una complicidad absoluta. Miró a su esposo de arriba abajo, notando la firmeza de su postura y el ligero desorden en su cabello.

—Mira nada más... regresó el rey de la casa —dijo Renata con una voz profunda, dejando la espátula sobre la barra y caminándole al encuentro sin el menor recato—. Veo en tu cara que la visita al piso de arriba estuvo bastante provechosa.

Bram sonrió de esquina a esquina, tomándola de la cintura en cuanto ella estuvo a su alcance y pegándola con firmeza contra su cuerpo.

—No te imaginas cuánto, Renata —respondió Bram, bajando la mano para darle una palmadita firme en el glúteo que resonó en la cocina—. Tu hija menor estaba más que lista y dispuesta. No dudó ni un segundo.

Renata soltó una leve carcajada, un sonido lleno de satisfacción sin un solo rastro de celos ni remordimiento maternal. Deslizó sus brazos alrededor del cuello de Bram, acariciándole la nuca con las yemas de los dedos mientras se ponía de puntitas para besarle la comisura de los labios.

—Te lo dije, mi amor... Nadia llevaba horas desesperada. Me alegra mucho que hayas ido a complacerla y a poner las cosas en su lugar —dijo Renata con total soltura, mirándolo a los ojos con devoción—. Para eso te di tres hijas hermosas, para que no tengas que buscar nada afuera si no quieres, o para que las disfrutes a todas juntas si te da la gana. Yo soy tu esposa y sé cuál es mi lugar: a tu lado, como tu reina, disfrutando de verte tomar lo que es tuyo.

—Me gusta esta nueva actitud tuya, Renata —admitió Bram, sujetándole el rostro con una mano y besándola con una fuerza brutal que le hizo soltar un leve gemido a la mujer—. Es la mejor decisión que hemos tomado.

—Es lo que siempre debió ser, mi vida —respondió Renata al separarse, respirando agitadamente con los labios sonrojados—. Aparte, estuve pensando... mientras tú estabas arriba con Nadia, Katherine se fue pero me dejó dicho que volvería más tarde. Y Sabrina está en su cuarto... Bueno, me imagino que ya habrás notado cómo se pone Sabrina cuando estás cerca. Esa chiquilla se muere por ti desde hace tiempo. Si quieres que le arme una excusa o la mande a tu despacho más tarde para que la tomes a ella también, tú nada más me dices.

Bram soltó una sonrisa fría, recordando el charco espeso de fluido que Sabrina había dejado en el pasillo tras masturbarse escuchándolo follar con su hermana.

—No hará falta que fuerces nada, Renata —comentó Bram serenamente—. Sabrina misma va a venir a buscarme. Escuchó todo lo que pasó con Nadia y te aseguro que se está cayendo a pedazos de los celos y la gana.

—¡Qué maravilla! —exclamó Renata, soltando otra risita cínica mientras se daba la vuelta para servir dos tazas de café sobre la isla de la cocina—. Las crié bien, entonces. Saben lo que es un hombre de verdad. Ven, siéntate a tomarte un café antes de que bajen las demás. Te lo has ganado.

Mientras Bram y Renata compartían el café en la cocina entre bromas cargadas de erotismo y miradas de complicidad, en el plano astral la situación era muy distinta.

En medio de aquel espacio infinito y negro, iluminado apenas por la luz amarillenta de las lámparas de pie, la figura espiritual de Dorian yacía recostada sobre el suelo inexistente. El espíritu lucía transparente, casi etéreo, con ondas de energía grisácea fluctuando a su alrededor.

Haber tomado el cuerpo de Sabrina en el pasillo, alterarle la psique para obligarla a masturbarse frente a la habitación donde su padre follaba con su hermana, y acto seguido proyectarse dentro del sueño de Astrid para desencadenar una orgía incestuosa en su subconsciente, había sido una proeza espiritual titanica. Dorian había forzado sus límites de forma irresponsable por el puro afán de complacer a Bram y acelerar el colapso de las inhibiciones de la familia Vane.

Dorian dejó escapar un suspiro astral que no emitió sonido alguno, llevándose una mano a la sien.

«Ah... qué agotamiento tan brutal...», pensó el espíritu, sonriendo con amargura dentro de la penumbra de su dimensión recóndita. «Entrar en dos mujeres seguidas en cuestión de minutos y manipular un sueño tan complejo me dejó casi disuelto... Necesito varias horas para que mi energía se vuelva a condensar. Pero valió totalmente la pena... Bram por fin aceptó el juego, y ahora la casa entera es su santuario.»

Dorian se acomodó de lado bajo la luz de una de las lámparas, cerrando los ojos espirituales para entrar en un estado de letargo profundo. Sabía que mientras él descansaba en el plano negro, los gérmenes de deseo que había sembrado en Sabrina, en Astrid, en Nadia y en Katherine continuarían germinando por sí solos en la realidad.

De regreso en la casa, el ambiente comenzó a cargarse de una tensión sexual sofocante a medida que avanzaba la mañana.

Arriba en el pasillo, la puerta de la habitación de Nadia se abrió despacio. La joven de 18 años salió vistiendo únicamente una bata ligera de seda que apenas le cubría a mitad del muslo. Caminaba despacio, con las piernas ligeramente entreabiertas y un andar vacilante por la intensidad de la posesión física que acababa de vivir. Tenía el rostro iluminado por un brillo de satisfacción desbordante.

Al salir al corredor, sus ojos se posaron de inmediato en el charco de lubricación que continuaba brillando sobre la madera, justo frente a la puerta del cuarto de su hermana Sabrina. Nadia se detuvo un segundo, mirando la marca con una sonrisa burlona y llena de superioridad.

«Así que estabas escuchando, hermanita...», pensó Nadia, mordiéndose el labio inferior mientras se pasaba una mano por el cuello aún caliente. «Te morías de la envidia mientras papi me hacía suya... Vas a tener que hacer fila.»

Nadia caminó hacia el baño del segundo piso para limpiarse y arreglarse, tarareando una melodía con absoluta desfachatez.

Pocos minutos después, la puerta de la habitación de Sabrina se abrió de par en par. La primogénita de los Vane (19 años) salió vistiendo una blusa ajustada sin mangas y un short corto de mezclilla. Tenía las mejillas sonrojadas y las pupilas ligeramente dilatadas por la tormenta de frustración y deseo que le devoraba las entrañas.

Lo primero que hizo Sabrina al salir fue mirar hacia el suelo. Al ver que su propio rastro húmedo seguía allí, una sacudida de calor le volvió a atravesar la entrepierna, haciéndola apretar los muslos instintivamente. Bajó la vista con rabia y necesidad, sabiendo que su hermana menor había tenido lo que ella llevaba deseando en secreto durante tanto tiempo.

Sin limpiarlo ni disimular, Sabrina caminó a pasos rápidos y decididos hacia las escaleras. Necesitaba ver a su padre, encararlo o provocarlo de alguna forma; la impronta dejada por Dorian no le daba tregua, exigiendo que reclamara la atención de Bram antes de que fuera demasiado tarde.

Mientras tanto, en la tercera habitación, Astrid (20 años) comenzó a desperezarse lentamente entre las sábanas de su cama.

El sueño erótico del que acababa de despertar había sido tan absurdamente real que la joven sentía los músculos del cuerpo agarrotados y el corazón latiéndole a mil por hora. Al abrir los ojos y mirar el techo de su recámara, Astrid soltó un jadeo ahogado, llevando las manos directamente a su entrepierna por encima de la cobija.

Sintió la ropa de dormir completamente empapada. El fluido caliente que había secretado durante la pesadilla sobre la orgía con su padre y sus hermanas la tenía completamente sofocada.

Astrid se sentó en la orilla de la cama, respirando con dificultad y pasándose las manos por el rostro encendido.

—Dios mío... qué fue ese sueño... —murmuró Astrid para sí misma, sintiendo una pulsación dolorosa de placer entre las piernas—. Parecía que de verdad... que de verdad papá me estaba... ah...

La impronta de Dorian había echado raíces profundas en el subconsciente de la joven de 20 años. Aunque el espíritu ya no estaba dentro de ella y se encontraba debilitado en el plano astral, la imagen de Bram tomándola con fuerza en medio de la cama matrimonial quedó grabada como un mandato irreprimible. Astrid se levantó de la cama con las piernas temblorosas, quitándose la ropa húmeda de golpe para meterse a la ducha, necesitada de tocarse o de buscar la presencia del patriarca de la casa en cuanto se vistiera.

En la cocina, Bram terminaba su segunda taza de café mientras conversaba con Renata sobre algunos asuntos de la casa, cuando se escucharon los pasos apresurados de Sabrina bajando las escaleras.

La joven de 19 años entró a la cocina como una exhalación, deteniéndose en seco al ver a sus padres parados juntos junto a la barra.

Sabrina tenía la respiración agitada y los senos erguidos marcándose de forma evidente bajo la tela fina de su blusa. Sus ojos se clavaron de inmediato en Bram, ignorando casi por completo la presencia de su madre. La impronta de Dorian, combinada con la rabia de saber que su hermana menor ya había sido poseída por él, la hacía temblar de celos.

—Papá... —dijo Sabrina con la voz rota y un tono peligrosamente demandante—. Necesito hablar contigo a solas. Ahora mismo.

Renata, lejos de molestarse por la falta de respeto o la interrupción, dejó escapar una risita burlona y miró a Bram con una complicidad absoluta. Se acercó a su esposo, le dio un beso suave en el cuello y le susurró al oído antes de salir de la cocina:

—Te lo dije, mi rey... está hirviendo por ti. Los dejo solos para que atiendas a tu hija como se debe.

Renata le guiñó un ojo a Bram y caminó hacia la estancia con total tranquilidad, dejando a Sabrina a solas con su padre en la cocina.

Sabrina dio dos pasos rápidos hacia adelante, acortando la distancia con Bram hasta quedar a escasos centímetros de él. La joven no intentó mantener las apariencias. Miró a su padre directamente a los ojos, con el rostro encendido por el despecho y la excitación desbocada.

—Te escuché, papá... —soltó Sabrina sin filtro alguno, con la voz temblando por la emoción—. Escuché todo lo que le estabas haciendo a Nadia allá arriba en su cuarto. Escuché cómo la tenías gritando y cómo te la estabas follando contra la pared...

Bram permaneció recargado contra la barra de la cocina, cruzándose de brazos con una calma dominante y una sonrisa fría en los labios, disfrutando del espectáculo de ver a su primogénita completamente descontrolada por él.

—¿Ah sí, Sabrina? —respondió Bram con voz profunda y serena—. ¿Y qué tiene de malo? Tu hermana necesitaba atención y yo se la di como el hombre de esta casa.

—¡Es que no es justo! —exclamó Sabrina, dando un paso más y pegando prácticamente sus pechos contra el pecho de Bram—. ¡No es justo que a ella sí y a mí no! Yo soy tu hija mayor, yo he estado aquí para ti... ¡Mi vagina estaba chorreando de fluido en el pasillo solo de escucharte follar con ella! ¡Me tuve que masturbar como una perra en la puerta de mi cuarto escuchando cómo te la metías a Nadia!

Bram bajó la vista hacia el escote de Sabrina, viendo cómo la joven jadeaba desesperada, esperando una respuesta. La influencia de Dorian había preparado el terreno de forma tan perfecta que no hacía falta que el espíritu estuviera presente para que la depravación fluyera sin frenos.

Bram estiró la mano despacio, sujetando a Sabrina con fuerza por la nuca y jalándola hacia él hasta que los labios de ambos estuvieron a milímetros de distancia.

—Si querías que fuera tu turno, Sabrina... solo tenías que pedirlo como se debe —le dijo Bram al oído con una voz grave que hizo que la joven de 19 años soltara un gemido mudo y se estremeciera entera por el placer.

Bram no lo pensó dos veces. La desesperación de su primogénita y el ambiente de absoluta permisión que reinaba en el hogar fueron la chispa definitiva. Sujetando a Sabrina (19 años) por la nuca con firmeza, la atrajo hacia la barra de la cocina. Sabrina soltó un jadeo de pura anticipación cuando su padre la tomó por las caderas, la giró de espaldas y le subió el short de mezclilla, haciéndola apoyar las manos sobre la superficie de granito.

El ritmo frenético del encuentro apenas comenzaba a tomar fuerza entre los gemidos ahogados de la joven cuando el sonido repentino y seco de tres golpes en la puerta principal de la casa cortó el aire de la planta baja.

—¡Papá, tocan la puerta! —alcanzó a susurrar Sabrina con la respiración entrecortada y el rostro encendido por el deseo contenido.

Bram se acomodó la ropa con absoluta tranquilidad y serenidad, soltando a su hija despacio. Sabrina se arregló el short a toda prisa, respirando agitadamente mientras intentaba recuperar la compostura. Ambos caminaron hacia la entrada. Al abrir la puerta, parado en el umbral estaba Katherine (19 años), la mejor amiga de Sabrina.

Katherine traía la mejillas sonrojadas y la mirada febril.

—Ay... hola, señor Bram, hola Sabri... —dijo Katherine con tono rápido y ligeramente agitado—. Qué pena interrumpir, es que se me olvidó mi suéter negro en el sillón de la sala y me regresé a buscarlo...

La joven cruzó el umbral y caminó hacia la sala para tomar la prenda. Sin embargo, al dar la vuelta y volver la vista hacia ellos, sus ojos se posaron en la cara de Sabrina: vio el rubor intenso, los labios sonrojados, la respiración acelerada y la mirada desorbitada de su mejor amiga, entendiendo de inmediato la atmósfera que se respiraba en la entrada.

La impronta que Dorian había dejado sembrada en la mente de Katherine reaccionó de inmediato con una violencia brutal. La joven sintió una sacudida de calor directo entre los muslos que la hizo apretar las piernas de golpe.

—Espérate... —soltó Katherine mirando a Sabrina y luego fijando los ojos en la figura madura e imponente de Bram—. ¿Ustedes... van a tener sexo?

Sabrina no respondió, pero su silencio y su mirada de complicidad lo dijeron todo.

—¡¿En serio?! —exclamó Katherine con los ojos desorbitados por una envidia y un deseo desenfrenados—. ¿Me puedo unir? ¡Por favor! Es que yo también quiero tener sexo con usted, señor Bram... ¡De verdad se lo pido!

Katherine se giró hacia su amiga, tomándola de las manos con desesperación y sin la menor vergüenza.

—¡Sabrina, por fi! —suplicó Katherine con voz chillona y apasionada—. ¡Hazlo por tu mejor amiga! Tengamos un trío las dos con tu papá... ¡Nos va a encantar a las dos, te lo juro!

Sabrina miró a su amiga a los ojos, sintiendo que la idea de compartir a su padre en un acto de absoluta depravación solo aumentaba la excitación que le devoraba las entrañas. Sabrina miró a Bram, luego a Katherine y sonrió de esquina a esquina.

—Está bien... acepto —dijo Sabrina con una risita provocativa.

Sin perder un solo segundo, Bram le echó la llave a la puerta principal para asegurar la casa. Tomó a las dos jóvenes de 19 años por las cinturas y las encaminó rápidamente hacia las escaleras. Subieron a paso acelerado al segundo piso, entraron en la recámara de Sabrina y cerraron la puerta con seguro.

Dentro de la habitación, las inhibiciones cayeron por completo. Sabrina y Katherine se despojaron de la ropa entre risas y jadeos, entregándose a un trío salvaje, desenfrenado y lleno de pasiones cruzadas sobre la gran cama de la primogénita. Bram dominaba la escena con la autoridad del patriarca, tomando a ambas jóvenes de forma consecutiva y simultánea, mientras la habitación se llenaba de gemidos agudos, choques de piel húmeda y súplicas de placer que retumbaban contra las paredes.

Mientras arriba en el cuarto de Sabrina el sexo desenfrenado alcanzaba sus niveles más altos, en la planta baja la situación era igual de intensa, pero de una forma distinta.

Renata estaba parada en medio de la estancia, apoyada suavemente contra el respaldo del sillón principal. Desde esa posición, el eco de los gemidos de su hija Sabrina y de la amiga de esta, Katherine, bajaba por el cañón de la escalera con una claridad abrumadora.

Al escuchar cómo su esposo poseía a las dos jóvenes de 19 años al mismo tiempo, la mente reestructurada de Renata reaccionó con una excitación descomunal.

La esposa de Bram no llevaba puesta ropa interior por debajo de su vestido ceñido, ya que se las había quitado minutos antes en la cocina. El estímulo auditivo de la orgía que se desarrollaba en la planta alta era tan violento que su vagina comenzó a secretar fluidos de forma abundante y continua. Como no llevaba bragas que detuvieran el flujo, la lubricación no se quedaba contenida; comenzó a escurrir libremente por la parte interna de sus muslos maduros y a gotear directo al suelo de madera, dejando un charco brillante y espeso justo a sus pies.

Renata introdujo dos dedos por debajo de la tela de su vestido, comenzando a masturbarse lentamente sin dejar de escuchar el escándalo de arriba. Soltó un suspiro largo y caliente, mirando hacia el techo con los ojos entrecerrados y una sonrisa de satisfacción absoluta.

«Dios mío...», pensaba Renata para sí misma mientras sus dedos se movían de forma rítmica y tranquila sobre su sexo empapado. «Tengo que ver a qué otras mujeres puede entrar el espíritu de Dorian para dárselas a mi marido... Qué bueno que mis hijas puedan tener sexo con mi esposo, así yo puedo concentrarme en ayudar en otras cosas y buscarle más variedad.»

La esposa de Bram se mordió el labio inferior, sintiendo las pulsaciones de placer que le recorrían la matriz mientras el charco en el suelo se hacía cada vez más amplio.

«Pero... ¿cuáles mujeres?», se preguntaba en su diálogo interno, acelerando un poco el movimiento de su mano. «¿Mis amigas del club? ¿Las hijas de mis amigas...? Espera... todavía me acuerdo que una vez Bram dijo, medio en broma medio en serio, que incluso le gustaría tener sexo con alguien famosa... Pero ¿quién? Aunque bueno... no sabemos si Dorian quiera o si pueda hacer algo así. Primero tiene que querer el espíritu y ver si sus poderes alcanzan para poseer a alguien de ese nivel.»

Renata dejó escapar una risita cínica y corta en medio de la penumbra de la sala, recordando las conversaciones pasadas con su esposo.

«Pero ¡jajaja! Dios... todavía me acuerdo de la pregunta que me hizo Bram anoche, preguntándome si a mí también me había hecho esto Dorian con su magia...», pensó con un orgullo ciego y absoluto. «Es completamente imposible que me haya hecho eso a mí con su poder, como yo misma le dije. Yo y solo yo soy la reina de esta casa y solo yo decido tener sexo con él porque quiero. Esto lo hago por mi propia voluntad, porque soy una buena esposa que quiere ver a su hombre feliz y satisfecho.»

La mujer continuó frotándose con parsimonia, disfrutando del ambiente de perdición que dominaba la residencia Vane. La idea de actuar como la celestina y protectora del harén de su marido la llenaba de un sentimiento de propósito perverso.

«Pero bueno... Dios mío... ¿y si también le consigo a las compañeras de clases de mis hijas?», meditó Renata con los ojos fijos en la escalera, imaginando las posibilidades. «¿O a sus profesoras de la universidad? Incluso... ¿por qué no? ¡Si hay alguna madre sexy entre las apoderadas de la escuela o las vecinas de la colonia! Dios... solo de pensar en darle más y más mujeres a mi hombre me mojo todita...»

Renata intensificó el roce de sus dedos, soltando un gemido suave y prolongado al sentir que un orgasmo cálido la invadía allí misma, parada sobre el charco de su propia excitación en el centro de la estancia.

Mientras tanto, en el plano astral del espacio negro, la entidad de Dorian permanecía sumida en un sueño profundo bajo la luz estática de las lámparas de pie.

A pesar de que el espíritu se encontraba en un estado de debilidad extrema, la vibración del desenfreno que ocurría en el mundo físico —el trío entre Bram, Sabrina y Katherine en el segundo piso, y la masturbación permisiva de Renata en la planta baja— actuaba como un catalizador silencioso. En la dimensión de las sombras, pequeñas ondas de luz grisácea comenzaban a reagruparse alrededor del cuerpo etéreo de Dorian.

El espíritu no estaba listo para volver a manifestarse de inmediato, pero la semilla que había sembrado continuaba dando frutos de forma autónoma. Las mentes de todas las mujeres de la casa y de su entorno ya no necesitaban una posesión constante; la impronta erótica se había integrado a sus personalidades de forma permanente, convirtiendo la residencia Vane en un terreno de placer absoluto bajo el mando de Bram.

Arriba en la habitación de Sabrina, el encuentro llegaba a su punto culminante.

Katherine, completamente rendida sobre el colchón con las piernas temblorosas, soltó un grito de éxtasis mientras alcanzaba un orgasmo violento. Segundos después, Bram tomó a su hija Sabrina por la cintura y la llevó al clímax en una embestida profunda, descargando su simiente en ella mientras la joven de 19 años se aferraba a la espalda de su padre gimiendo su nombre sin parar.

Cuando la tormenta de pasión dentro del cuarto finalmente se calmó, las dos jóvenes quedaron tendidas sobre las sábanas, respirando agitadamente con rostros de absoluta fascinación y agotamiento feliz.

Bram se puso de pie con total parsimonia, se vistió y se acomodó la ropa. Les dedicó una mirada de absoluta dominación a ambas y le quitó el seguro a la puerta de la habitación.

Al salir al pasillo, se encontró de frente con Astrid (20 años), quien acababa de salir de bañarse. Astrid vestía únicamente una toalla corta enrollada al cuerpo, con el cabello húmedo cayéndole por los hombros. Al ver a su padre salir del cuarto de su hermana Sabrina —y ver a Katherine tendida en la cama al fondo—, la impronta que Dorian le había dejado sembrada en el sueño brotó de golpe.

Astrid sintió un choque de calor abrasador en la entrepierna, soltando un jadeo y dando un paso hacia Bram.

—Papá... —susurró Astrid con los ojos fijos en él y la voz temblando de deseo—. Soñé contigo toda la mañana... y no puedo más.

Bram sonrió con frialdad y satisfacción, sabiendo que la cadena de complacencia no tenía fin. Le tomó la mano a su tercera hija y la encaminó hacia su recámara, mientras abajo en la sala, Renata escuchaba los nuevos pasos en el pasillo, sonriendo complacida mientras se limpiaba los muslos para continuar con su labor de reina de la casa.

Bram guio a Astrid (20 años) al interior de su habitación. La joven, aún con la toalla ajustada alrededor del pecho y las gotas de agua resbalando por sus hombros, temblaba no por el frío, sino por la electricidad que le recorría la piel. El sueño que Dorian le había implantado en el subconsciente continuaba vibrando con una nitidez absoluta; cada caricia, cada embestida fantasiosa de su padre en aquella orgía onírica se sentía más real que la propia recámara en la que se encontraban.

Sin pronunciar una sola palabra, Bram cerró la puerta con seguro. El chasquido metálico actuó como el detonante definitivo para la chica. Astrid dejó caer la toalla al suelo de un solo tirón, quedando completamente desnuda frente a él. La humedad que cubría su piel no era solo del agua de la ducha; entre sus muslos, la secreción cálida y abundante volvía a brotar de forma ininterrumpida.

—Papá... no sabes la desesperación que siento desde que desperté —murmuró Astrid, abalanzándose sobre el torso de Bram y buscando sus labios con un frenesí desesperado—. Necesito sentir en la realidad lo mismo que sentí en mi sueño... Méteme ese miembro enorme que tienes, por favor...

Bram la sujetó con firmeza por las caderas, disfrutando del peso de la devoción incondicional que todas las mujeres de su familia le profesaban. La levantó con facilidad y la depositó sobre el borde de la cama, abriéndole las piernas sin el menor miramiento. Se acomodó la ropa y, sin preludios, se hundió en ella por completo.

Astrid soltó un alarido de puro éxtasis que resonó contra las paredes de la habitación, echando la cabeza hacia atrás mientras sus manos se aferraban con fuerza a las sábanas. Las embestidas de Bram eran profundas, rítmicas y dominantes. Cada impacto de su pelvis contra la de su tercera hija marcaba una cadencia húmeda y sonora que confirmaba que la voluntad de las hermanas Vane pertenecía por entero al patriarca de la casa.

Mientras el sonido del encuentro entre Bram y Astrid llenaba la planta alta, en el espacio negro del plano astral, la conciencia de Dorian comenzó a emerger lentamente del letargo.

La dimensión infinita iluminada por las lámparas de pie fluctuaba suavemente. La energía que las tres hermanas, la amiga y la esposa generaban al entregarse a Bram actuaba como un alimento espiritual constante. Dorian abrió los ojos astrales, incorporándose despacio sobre el suelo inexistente. Aunque sus fuerzas aún no estaban al cien por cien para llevar a cabo una posesión física prolongada, la vitalidad que había recuperado le permitía observar con total claridad todo lo que sucedía en la residencia Vane.

Dorian esbozó una sonrisa de profunda complacencia, ajustándose el abrigo oscuro en la penumbra de la mente de Bram.

«Lo logramos, mi amor...», pensó el espíritu, dejando escapar una risita satisfecha que retumbó como un eco en el espacio negro. «Mira nada más cómo se arrastran todas por ti. Tu esposa organizando el harén, tus tres hijas disputándose tu miembro y sus amigas regalándose sin pudor... Este es el verdadero hogar que siempre mereciste tener, Bram. Y yo soy el arquitecto de tu paraíso.»

Dorian caminó alrededor de una de las lámparas, cruzándose de brazos mientras meditaba en los pensamientos que Renata había tenido abajo minutos atrás. La idea de extender la red erótica hacia figuras famosas, profesoras o madres de familia le parecía un reto fascinante para el futuro, pero sabía que por el momento debía consolidar el dominio absoluto sobre el entorno inmediato.

En la planta baja, Renata caminaba hacia la cocina tras haberse limpiado el flujo de sus muslos con una toalla pequeña. Se sentía renovada, llena de una vitalidad y una juventud que no experimentaba desde hacía años. Se sirvió un vaso con agua helada y se apoyó contra la barra, escuchando los ecos distantes de los gemidos de Astrid que bajaban por el tragaluz.

En ese momento, la puerta del pasillo se abrió y Nadia (18 años) bajó las escaleras. La menor de las hermanas llevaba puesta una blusa holgada y un pantalón corto, luciendo el cabello algo despeinado pero con una sonrisa de absoluta satisfacción dibujada en el rostro.

Nadia entró a la cocina, deteniéndose al ver a su madre frente a la barra. Por un segundo, la joven de 18 años experimentó un leve destello de vacilación al recordar lo que había hecho con su padre horas antes en su recámara, pero la alteración mental sembrada por la impronta de Dorian eliminó cualquier rastro de culpa o vergüenza.

—Buenos días, mamá —saludó Nadia, acercándose a servirse un vaso de jugo.

Renata la miró de arriba abajo con una sonrisa pícara y descarada, sin mostrar el más mínimo enfado.

—Buenos días, Nadia —respondió Renata con voz suave y profunda—. Veo que descansaste muy bien... o mejor dicho, que tu papá te atendió como te merecías.

Nadia se congeló un segundo con el vaso en la mano, sorprendida por la soltura de su madre, pero de inmediato sonrió con la misma desfachatez.

—Sí, mamá... la verdad es que sí —admitió Nadia, mirando a su madre a los ojos sin pestañear—. Papá es increíble... No pude aguantarme las ganas desde ayer. Espero que no te moleste.

Renata soltó una carcajada fresca y llena de complicidad, acercándose a su hija menor para arreglarle el cuello de la blusa de forma maternal.

—¿Molestarme a mí? Para nada, mi amor —dijo Renata con orgullo ciego—. Al contrario, me da mucho gusto que sepan apreciar al hombre que tienen por padre. Yo soy su esposa y la reina de esta casa, pero ustedes son sus hijas y tienen todo el derecho de disfrutar de él. Eso sí, recuerden siempre darle su espacio y compartírselo a sus hermanas. De hecho, arriba se está follar a Astrid justo ahora, y antes de eso estuvo con Sabrina y con Katherine en un trío maravilloso.

Nadia abrió los ojos de par en par, sintiendo cómo una nueva ola de calor le atravesaba la entrepierna al imaginar a su padre poseyendo a sus dos hermanas y a la amiga de la familia al mismo tiempo.

—¿En serio? ¿Un trío con Katherine y Sabrina? —preguntó Nadia con la respiración agitada, tomando un sorbo de jugo a toda prisa—. Dios mío... qué envidia me da Sabrina. Voy a tener que ponerme en fila para la siguiente ronda.

—Así me gusta que piensen —aprobó Renata, dándole una palmadita cariñosa en el hombro—. Aquí no hay espacio para celos tontos. Tu padre merece ser feliz y atendido por todas las mujeres de esta casa.

Arriba en el segundo piso, el clímax del encuentro entre Bram y Astrid llegó con una fuerza arrolladora. Astrid gritó el nombre de su padre mientras una serie de espasmos violentos recorría su cuerpo desnudo sobre la cama. Bram la sostuvo con firmeza por la cintura, completando el acto y dejándola completamente agotada y satisfecha sobre el colchón.

Bram se incorporó despacio, arreglándose la camisa y el pantalón con la serenidad de quien ha tomado posesión de su territorio. Miró a Astrid, quien le dedicaba una sonrisa atontada por el placer mientras intentaba recuperar el aliento entre las sábanas.

—Gracias, papi... eres lo mejor que me ha pasado —alcanzó a susurrar Astrid con la voz entrecortada.

Bram le dio un apretón cariñoso en la pierna, le quitó el seguro a la puerta y salió al corredor.

Al caminar por el pasillo, se encontró con Sabrina y Katherine, quienes salían de la recámara de la primogénita vistiendo ropa ligera y con el cabello revuelto. Las dos jóvenes de 19 años se detuvieron al verlo salir del cuarto de Astrid, e inmediatamente cruzaron miradas de complicidad.

—Mira nada más... terminó con Astrid —coqueteó Katherine, acercándose a Bram y pasándole una mano atrevida por el pecho sin el menor disimulo.

—Se nota que tienes energía de sobra hoy, papá —agregó Sabrina con una sonrisa sensual, dándole un beso corto en la mejilla—. Katherine y yo estábamos diciendo que nos quedamos con ganas de más...

—Tendrán que esperar su turno, niñas —interrumpió la voz de Renata, quien subía las escaleras con paso elegante, luciendo la misma sonrisa dominante—. Su padre necesita comer algo y descansar un poco antes de continuar. Además, la casa entera está a su disposición para cuando él quiera.

Sabrina y Katherine soltaron una risita baja, accediendo sin protestar. Las dos jóvenes bajaron a la sala abrazadas por la cintura, mientras Renata se acercaba a Bram en el pasillo, pasándole las manos por los hombros y mirándolo a los ojos con devoción.

—Lo hiciste de maravilla con todas, mi rey —le susurró Renata al oído—. Las tres hermanas y la amiga están completamente rendidas a tus pies. Y esto es solo el comienzo. Cuando estés listo, nos encargaremos de traer a más mujeres a esta casa para que disfrutes como te mereces.

Bram la tomó por la nuca, atrayéndola para darle un beso profundo y firme en los labios que Renata correspondió con pasión.

En la penumbra del pasillo, Bram sintió una leve brisa cálida pasar a su alrededor, acompañada por el pensamiento distante y complacido de Dorian en su mente. Sabía que la pesadilla había terminado para siempre, dando paso a un reino de placer absoluto donde él era el dueño y señor indiscutible de cada mujer que cruzara el umbral de su hogar.

El ambiente en la residencia Vane había cambiado de manera irreversible. Lo que en otro tiempo fuera un hogar común, marcado por la rutina y el luto reciente, se había transformado en un recinto de complacencia absoluta y sumisión desenfrenada hacia la figura de Bram.

En la planta alta, las tres hermanas y su amiga cercana se movían por el pasillo con una soltura desprovista de cualquier tipo de pudor o reserva. Nadia (18 años), tras haber sido la primera en entregarse por completo a su padre esa mañana, salía de su habitación vistiendo únicamente una bata translúcida que dejaba al descubierto el rubor persistente de su piel. Cruzó miradas con Sabrina (19 años) y Katherine (19 años), quienes permanecían juntas cerca de la barandilla del pasillo, descansando aún del trío salvaje que acababan de compartir con Bram.

—Veo que la pasaste bastante bien con papá, Nadia —comentó Sabrina con una sonrisa de complicidad, cruzándose de brazos mientras la tela de su blusa ajustada marcaba la firmeza de sus pechos.

—Mejor de lo que te imaginas, hermanita —respondió Nadia con desfachatez, pasando una mano por su cabello despeinado—. Aunque me enteré de que ustedes dos no se quedaron atrás en tu cuarto.

Katherine soltó una risita picante, apretando el brazo de Sabrina.

—El señor Bram es sencillamente increíble... —admitió la joven de 19 años, sintiendo cómo una nueva ola de calor le recorría los muslos con solo recordar la fuerza con la que el patriarca las había tomado a ambas sobre la cama—. Sabrina y yo ya le dijimos que queremos repetir en cuanto él tenga un momento libre.

En ese instante, la puerta de la tercera habitación se abrió despacio. Astrid (20 años) salió al corredor vistiendo apenas una blusa holgada que le llegaba a la mitad del muslo. Sus piernas aún temblaban levemente por la intensidad de la posesión física que acababa de vivir. Miró a sus dos hermanas y a Katherine, uniéndose al grupo sin el menor rastro de timidez.

—No saben el sueño tan real que tuve con él en la mañana... —confesó Astrid con la voz ligeramente agitada, pasándose las manos por las mejillas sonrojadas—. Pero tenerlo de verdad en mi cama, sintiendo cómo me penetraba con esa fuerza... fue mil veces mejor.

Las cuatro jóvenes se miraron entre sí, compartiendo risas bajas y comentarios explícitos sobre la anatomía y la potencia de Bram. La impronta erótica que el espíritu de Dorian había sembrado en sus mentes trabajaba con una armonía perfecta: no había lugar para los celos, la rivalidad fraternal ni la culpa moral. Para ellas, pertenecer al hombre de la casa y satisfacer cada uno de sus deseos se había convertido en la única prioridad lógica y placentera.

Mientras las jóvenes conversaban en el pasillo, Bram descendía las escaleras acompañado por Renata. Su esposa caminaba a su lado con un andar erguido y sensual, luciendo la misma actitud dominante que la consagraba como la reina indiscutible del recinto.

Al llegar a la sala de estar, Renata se giró hacia él, colocando sus manos sobre el pecho de Bram y sintiendo la firmeza de su torso.

—Mira a tus hijas allá arriba, mi vida... —dijo Renata con voz profunda, alzando la vista hacia el tragaluz del segundo piso—. Están completamente fascinadas contigo. Nadia, Sabrina, Astrid... y hasta Katherine. Toda la casa respira para complacerte.

Bram le sostuvo la mirada a su esposa, rodeándole la cintura con un brazo y pegándola hacia su cuerpo.

—Todo esto funciona gracias a ti, Renata —respondió Bram con una sonrisa fría y satisfecha—. Tu aceptación y tu ayuda han hecho que las cosas fluyan sin un solo contratiempo.

—Es mi deber como tu esposa y como la dueña de este lugar —afirmó Renata con orgullo ciego, dándole un beso firme y húmedo en la comisura de los labios—. Y te lo repito, mi amor: esto es solo el principio. Ahora que sé de lo que es capaz el espíritu de Dorian y cómo funciona su magia en las mentes de las mujeres, voy a empezar a mover mis fichas. Hay varias amigas mías del club y algunas vecinas que se mueren por tener a un hombre como tú. En cuanto Dorian recupere sus fuerzas en ese plano tuyo, le iremos dando trabajo para traer más y más mujeres a tu cama.

Bram la tomó por la nuca, intensificando el beso mientras sentía el sometimiento absoluto de su esposa.

En el plano astral, la dimensión de las sombras infinitas y las lámparas de pie continuaba sumida en una penumbra silenciosa.

El espíritu de Dorian yacía de rodillas sobre el suelo inexistente, respirando en ondas étéricas mientras recuperaba lentamente la condensación de su energía. El desgaste físico y espiritual de haber poseído a Sabrina de forma tan intempestiva en el pasillo, sumado a la manipulación del sueño de Astrid y la reestructuración mental completa de Renata, lo había dejado al borde de la disipación.

Sin embargo, a medida que los pensamientos de lujuria, sumisión y deseo de las mujeres resonaban en el mundo real, pequeñas corrientes de luz grisácea volvían a fluir hacia el cuerpo astral de Dorian.

El espíritu abrió sus ojos oscuros, dejando ver una mirada cargada de devoción hacia la figura de Bram.

«Ah... se siente tan bien ver cómo disfrutas de tu reino, Bram...», meditó Dorian en la soledad de ese espacio negro, incorporándose despacio y sacudiéndose el abrigo oscuro. «Tu esposa planeando expandir tu harén, tus hijas esperándote en fila... Valió la pena cada gota de energía espiritual que gasté. Descansaré un poco más en este lugar donde solo tú y yo podemos hablar... y en cuanto mis fuerzas vuelvan, te entregaré a cada mujer que este pueblo tenga para ofrecer.»

Dorian caminó alrededor de una de las lámparas antiguas, cruzándose de brazos y aguardando pacientemente el momento en que Bram decidiera volver a dormirse o entrar en trance para reunirse con él en el espacio secreto de sus mentes.

De vuelta en la planta baja de la casa, el sol de la tarde comenzaba a filtrar sus rayos dorados a través de los ventanales de la sala, creando un contraste cálido con la humedad de la lluvia que finalmente había cesado afuera.

Renata caminó hacia la cocina para preparar una bandeja con bebidas refrescantes y un almuerzo ligero para todos. Bram se acomodó en el sillón principal de la estancia, recargando la espalda con la soltura de un soberano en su trono.

No pasaron ni dos minutos cuando las escaleras volvieron a crujir. Sabrina, Katherine, Nadia y Astrid bajaron juntas a la planta baja. Las cuatro vestían prendas cortas y ligeras que dejaban al descubierto la curvatura de sus piernas y el brillo de su piel.

Al ver a Bram sentado en el centro de la sala, las cuatro jóvenes caminaron directo hacia él sin dudarlo.

Sabrina se sentó en el brazo derecho del sillón, recargando su busto contra el hombro de su padre y pasándole una mano por el cuello. Katherine se acomodó en el brazo izquierdo, apoyando su cabeza sobre el pecho de Bram mientras le acariciaba el torso. Nadia y Astrid se hincaron sobre la alfombra a los pies del sillón, recargando sus brazos sobre las rodillas de Bram y mirándolo hacia arriba con ojos llenos de una devoción febril.

—Papá... estábamos diciendo arriba que no queremos que salgas de la casa hoy —dijo Sabrina al oído de su padre, dejando escapar un suspiro caliente sobre su piel.

—Sí, señor Bram... quédese con nosotras todo el día —suplicó Katherine con tono mimoso, deslizando su mano por la pierna del hombre—. Nosotras nos vamos a encargar de atenderlo en todo lo que necesite.

—Yo puedo volver a subir contigo a tu cuarto cuando termines de comer, papi... —intervino Nadia desde el suelo, frotándose suavemente contra la pierna de su padre—. Todavía me quedé con ganas de sentirte otra vez.

Astrid sonrió con picardía, apretando la mano de su hermana menor.

—No te me adelantes, Nadia... acuérdate de que tenemos que compartirlo entre todas. Además, mamá ya dijo que ella es la reina, así que nos toca turnarnos ordenadamente.

Bram contempló el grupo de mujeres jóvenes entregadas por completo a su voluntad. Extendió sus brazos, colocando una mano sobre los hombros de Sabrina y la otra sobre la nuca de Katherine, mientras con sus pies acariciaba suavemente las espaldas de Nadia y Astrid.

—No hay necesidad de pelearse, niñas —dijo Bram con una voz profunda que hizo que las cuatro se estremecieran de placer—. Hay suficiente de mí para todas ustedes, y el día apenas empieza.

Renata entró en la sala trayendo la bandeja en las manos. Al ver la escena de su esposo rodeado por las cuatro jóvenes en el sillón principal, la esposa de Bram dejó escapar una sonrisa de absoluta realización. Dejó la bandeja sobre la mesa de centro y se acercó al sillón, parándose justo detrás del respaldo de Bram para besarle la coronilla con devoción.

—Mira qué hermosa familia tenemos, mi rey —susurró Renata con total soltura, mirando a sus hijas y a la amiga con orgullo—. Unida, complaciente y dedicada exclusivamente a hacerte feliz.

Las cuatro jóvenes asintieron con entusiasmo, acariciando la piel y la ropa de Bram mientras esperaban sus órdenes. La casa Vane se había consolidado como un territorio inexpugnable de placer, dominado por el patriarca y respaldado por la magia astral de un espíritu que, desde las sombras de la mente, continuaba velando por la absoluta perdición de todos sus habitantes.

El ambiente en la estancia principal de la casa Vane se volvió denso y pesado, cargado por el sopor del calor y la continua estimulación. Recostado en el gran sillón, rodeado por las piernas, los pechos y las manos entrelazadas de sus tres hijas y Katherine, Bram comenzó a sentir que los párpados le pesaban de manera insoportable. El cansancio físico de la jornada y la sobrecarga sensorial terminaron por arrastrarlo a un sueño profundo en cuestión de segundos.

De golpe, el ruido de la sala se apagó por completo.

Bram abrió los ojos y se encontró de nuevo en aquel espacio negro e infinito, donde la única luz provenía de las lámparas de pie de tono amarillento. La penumbra era absoluta en los bordes, pero en el centro, apoyado contra el tubo de metal de una de las lámparas y cruzado de brazos, se encontraba Dorian. El espíritu llevaba su característico abrigo oscuro y una sonrisa burlona grabada en el rostro.

—Vaya, hasta que te decides a venir a visitarme, mi amor —dijo Dorian con su voz rasgada y llena de picardía, dando un par de pasos hacia él sobre el suelo inexistente.

Bram se enderezó, mirándolo con una mezcla de fascinación y absoluto dominio.

—Tenía que venir a verte, Dorian —respondió Bram con voz firme—. Quería darte las gracias por todo lo que hiciste hoy. Lo de Renata fue impecable, y con las niñas... la casa entera es mía. No hay un solo rincón donde no se haga lo que yo diga.

Dorian soltó una risita baja, dando una vuelta lenta alrededor de Bram y mirándolo de arriba abajo con ojos ávidos.

—Me alegra mucho que estés disfrutando de tu reino, Bram... Pero déjame decirte algo: no me has follado ni una sola vez desde aquel día en la morgue, cuando entré en el cuerpo de la patóloga Valeria. Te me has estado escapando.

Bram se giró para encararlo, soltando un leve bufido divertido.

—Sabes perfectamente que a mí no me gusta follar con hombres, Dorian. Por más que seas mi amigo, no voy a tocar un cuerpo masculino.

—¡Tontito, eso ya lo sé! —exclamó Dorian entre risas, haciéndole un gesto despectivo con la mano en el aire—. Por eso mismo te doy puras mujeres, para que no tengas ningún pretexto. Pero mi deseo por ti no ha cambiado en absoluto. Así que vamos a hacer un trato: voy a entrar en el cuerpo de una mujer muy especial, me la voy a llevar a tu casa y voy a follar contigo usando su cuerpo. Y cuando yo me salga de ella y regrese aquí, la dejaré completamente configurada para que sea tuya para siempre.

Bram frunció el ceño, intrigado por el tono misterioso y ambicioso del espíritu.

—¿En quién vas a entrar, Dorian? ¿A quién tienes en mente?

Dorian caminó hacia la penumbra de la lámpara posterior, dándole la espalda mientras su forma espiritual comenzaba a volverse transparente y a parpadear como una llama a punto de extinguirse.

—Solo te diré un pequeño detalle, mi amor... Es alguien ridículamente famosa.

—¿Pero qué...? ¿Quién es? ¡Dorian, espera! —exclamó Bram dando un paso al frente.

—Adiósss... —susurró la voz de Dorian que se disolvió en el aire como un eco distante.

—¡Dorian! —gritó Bram de golpe, abriendo los ojos y sobresaltándose en el sillón de la sala.

El grito resonó en toda la planta baja. De inmediato, Sabrina, Katherine, Nadia y Astrid, que continuaban acurrucadas a su alrededor acariciándole los brazos y el torso, se le quedaron viendo con los ojos muy abiertos y expresiones de profunda extrañeza.

—¿Papá? ¿Qué pasó? —preguntó Sabrina, sobándole el hombro con preocupación—. ¿Tuviste una pesadilla?

—¿Quién es Dorian, mi vida? —inquirió Katherine, acomodándose la blusa.

Sin embargo, Renata, que estaba parada cerca de la barra de la cocina observando la escena, no mostró ningún gesto de confusión. Al contrario, al escuchar el nombre de Dorian salir de los labios de su esposo, una sonrisa amplia, fría y llena de complicidad se dibujó en su rostro maduro. La esposa de Bram entendió de inmediato que su marido acababa de tener un encuentro en la dimensión astral con el espíritu y que, si Dorian estaba planeando algo, solo podía significar que cosas aún más grandes y depravadas estaban por llegar para su hogar.

—No es nada, niñas... déjenlo respirar —intervino Renata con voz autoritaria y dulce al mismo tiempo—. Su padre solo estaba teniendo un sueño profundo.

Durante las siguientes cinco horas, la residencia Vane se sumió en un letargo de placer continuo y pausado. El sol de la tarde comenzó a descender lentamente en el horizonte, tiñendo el tragaluz de tonos anaranjados y violetas. En la sala, las cuatro jóvenes no se separaron de Bram ni un solo momento. Entre pláticas susurradas, risas complacientes y caricias sin filtro, Sabrina, Katherine, Nadia y Astrid se turnaban con total tranquilidad para acariciarlo, besarle el cuello y masturbarlo lentamente sobre el sillón, manteniéndolo en un estado de excitación constante mientras Renata se paseaba por la estancia supervisándolo todo como la reina de la casa.

El ambiente estaba tan saturado de feromonas y sudor que el aire casi podía cortarse con un cuchillo.

De pronto, el sonido seco y firme de tres golpes metálicos retumbó en la puerta principal de la casa, rompiendo la atmósfera de sopor de la sala.

Todas las jóvenes se congelaron en sus posiciones, mirando instintivamente hacia la entrada.

—Arréglense todas, rápido —ordenó Renata con voz firme pero tranquila, haciendo un gesto con las manos para que sus hijas y la amiga se acomodaran la ropa interior y los vestidos.

Sabrina y Katherine se levantaron del sillón ajustándose los shorts; Nadia y Astrid se acomodaron las batas y blusas, mientras Bram se abotonaba el pantalón y la camisa con absoluta parsimonia.

Una vez que todas estuvieron presentables en la sala, Renata caminó a pasos lentos y seguros hacia la puerta principal. Al girar la llave y abrir la puerta de par en par, se encontró de frente con una figura singular que destacaba bajo la luz del atardecer.

Parada en el umbral había una mujer de estatura alta y figura esbelta. Llevaba puesta una chamarra negra bastante holgada con la capucha puesta sobre la cabeza, una gorra oscura calada hasta las cejas y un cubrebocas negro que le tapaba más de la mitad del rostro, dejando ver únicamente unos ojos claros y brillantes.

Renata frunció ligeramente el ceño, a punto de preguntar a quién buscaba.

—Buenas tardes, ¿se le ofrece...?

Antes de que Renata pudiera terminar la frase, la mujer misteriosa dio un paso al frente con una decisión brutal, empujando suavemente a Renata hacia el interior de la casa y cruzando el umbral sin pedir permiso alguno. Renata cerró la puerta de golpe, pasándole el seguro por instinto mientras la desconocida caminaba tres pasos hacia el centro de la estancia.

La mujer se detuvo justo en el espacio entre la sala y la entrada. Levantó la vista, mirando a Bram, a Renata y a las cuatro jóvenes que la observaban con absoluta estupefacción desde el sillón.

—Bueno... —soltó la mujer con una voz profunda, suave y melódica, expresándose en pero con un matiz inconfundible—. Este lugar huele a sexo puro... Pues vamos a tener sexo entonces.

Sin dudarlo ni un solo segundo, la mujer se llevó las manos a la capucha y se quitó la gorra, dejando caer una melena de cabello rubio perfectamente cuidado que le cubrió los hombros. Acto seguido, desabrochó el cierre de la chamarra negra y se la quitó de un solo tirón, dejándola caer al suelo de madera. Por debajo no llevaba absolutamente nada de ropa.

Sin el menor rastro de vergüenza o timidez, la mujer se despojó del cubrebocas y de la última prenda que le quedaba, quedando completamente desnuda en medio de la sala. Su piel blanca y pulcra destacaba bajo la luz dorada de la tarde; sus pechos firmes y moldeados se elevaban con una respiración agitada, y entre sus muslos largos y estilizados, un flujo transparente y abrumador de lubricación escurría densamente, goteando directo sobre la madera de la estancia.

Al ver el rostro descubierto y la figura imponente de la mujer, Sabrina, Katherine, Nadia y Astrid se quedaron petrificadas en su lugar, con las bocas abiertas y los ojos desencajados por la incredulidad absoluta.

—¡Dios mío! —exclamó Katherine en un chillido ahogado, tapándose la boca con las dos manos—. ¡¿Es Taylor Swift?!

—¡¿Qué carajos está pasando?! —gritó Sabrina, dando un paso atrás en el sillón sin poder dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo.

—¡Es ella! ¡Es realmente Taylor Swift! —murmuró Astrid, temblando de pies a cabeza al reconocer a la superestrella mundial parada desnuda y chorreando de lujuria en medio de su sala.

Sin embargo, mientras las jóvenes permanecían en un shock absoluto por la presencia de la cantante internacional, Bram y Renata se quedaron congelados por una razón completamente distinta y mil veces más perturbadora.

Al fijar la vista en los ojos claros de la mujer desnuda, Bram y su esposa notaron la forma en que los alumnos se dilataban, la postura arrogante, la sonrisa ladina y la chispa oscura que brillaba en su mirada. No era la personalidad de la artista la que dominaba ese cuerpo estrella; era la esencia pura, perversa y manipuladora de Dorian que habitaba en su interior.

El espíritu había cumplido su promesa de la forma más extravagante e imposible imaginable. Dorian estaba metido dentro del cuerpo de una de las mujeres más famosas y codiciadas del planeta, usando sus cuerdas vocales, su piel y su anatomía para entregársela a Bram y reclamar el encuentro que tanto había deseado.

Dorian, usando la garganta de Taylor Swift, soltó una carcajada sonora, limpia y sensual que retumbó en las paredes de la residencia Vane. Miró a Bram directamente a los ojos, pasando la punta de su lengua por sus labios carnosos mientras se acariciaba los senos con ambas manos.

—Te lo dije, mi amor... —dijo Dorian usándola a ella, con una voz rasgada por el deseo que mezclaba la elegancia de la cantante con la depravación del espíritu—. Te dije que sería alguien ridículamente famosa. Mírame... ¿te gusta el envase que te traje hoy, Bram? Vine a cumplir mi promesa... Hoy me vas a follar a mí a través de ella, y cuando termine, esta reina del pop será tuya para siempre.

Renata, lejos de horrorizarse, soltó una risa desbocada de puro júbilo, mirando a su esposo con los ojos encendidos por la devoción.

—¡Es increíble, Bram! —exclamó Renata, juntando las manos con fascinación—. ¡Dorian lo hizo de verdad! ¡Trajo a Taylor Swift a nuestra casa para ti!

Bram dio dos pasos al frente, contemplando el cuerpo desnudo y perfecto de la estrella internacional, sintiendo cómo el corazón le martillaba en el pecho al comprender que el dominio de Dorian y el suyo acababan de romper todas las fronteras de la realidad.

El silencio que siguió en la estancia principal fue casi místico, denso y cargado de una electricidad erótica que erizaba la piel. Las cuatro jóvenes permanecían petrificadas sobre los sillones, incapaces de articular palabra. Sabrina y Katherine se apretaban las manos con tanta fuerza que los nudillos se les habían vuelto blancos, mientras Nadia y Astrid miraban fijamente las gotas de fluido que continuaban cayendo desde el sexo de la cantante internacional hacia la madera del suelo, resbalando por sus muslos largos y pálidos.

Bram dio un paso hacia el frente, acortando la distancia que lo separaba de la figura desnuda. La contempló de arriba abajo con una calma imponente, sintiendo cómo el pulso le retumbaba en las sienes. La visión era surrealista: la mujer más famosa de la industria musical global, un ícono de masas, parada completamente desinhibida en el centro de su sala de estar, temblando de lujuria y mirándolo con los ojos cargados de la esencia perversa de Dorian.

—Dorian... te superaste a ti mismo —dijo Bram con una voz grave, profunda y pausada, mientras una sonrisa de satisfacción absoluta se le dibujaba en el rostro.

La entidad, utilizando la garganta y las cuerdas vocales de la celebridad, dejó escapar una risita aguda y sensual que vibró en el aire de la casa. Pasó las manos por sus caderas, remarcando la curva de su cintura y haciendo que sus senos firmes se mecieran levemente con cada movimiento.

—Te dije que no te iba a fallar, mi amor... —respondió Dorian a través de ella, avanzando un paso más hacia Bram y dejando ver el brillo febril en sus pupilas—. Costó un trabajo infernal cruzar las barreras astrales para encontrarla, tomar su mente sin que nadie en su entorno lo notara y traerla hasta la puerta de tu casa... Pero por ti, Bram, valía la pena el esfuerzo. Ahora, no me hagas esperar más. Mi espíritu quiere sentir el calor de tu miembro a través de la vagina de esta mujer.

Renata dio tres pasos hacia adelante, acercándose a la pareja con los ojos encendidos por la fascinación. Sin mostrar la más mínima reserva ni pudor, la esposa de Bram estiró la mano y rozó con la yema de los dedos la piel del abdomen de la cantante, sintiendo la suavidad y el calor sofocante que emanaba de su cuerpo.

—Es perfecta, Bram... es sencillamente perfecta —murmuró Renata con la voz entrecortada por la emoción y el orgullo de reina—. Imagínate el poder que tenemos en esta casa. Tu amigo nos trajo a la reina de la música para que sea tu juguete. Hazla tuya, mi rey... fólletela aquí mismo frente a todas nosotras.

Bram no necesitó más estímulo. Extendió los brazos y sujetó a la estrella internacional por la nuca y la cintura, atrayéndola de golpe hacia su cuerpo. Dorian, usando los labios carnosos de la celebridad, soltó un jadeo de satisfacción pura cuando sus pechos desnudados chocaron contra la camisa de Bram.

Sin perder un solo segundo, Bram la besó con una fuerza brutal. El beso fue salvaje, dominante y cargado de lengüetazos hambrientos. Dorian respondió con una desesperación desbocada a través de la boca de la mujer, rodeando el cuello de Bram con sus brazos largos y clavándole las uñas en la espalda.

A pocos metros de distancia, las cuatro jóvenes sintieron que el aire se les escapaba de los pulmones.

—Dios mío... esto no puede ser real... —susurró Katherine, sintiendo que la vagina se le empapaba de golpe al presenciar el beso entre el padre de su amiga y la estrella mundial—. Sabrina... tu papá se va a coger a Taylor Swift...

—Y yo no puedo dejar de mirar... —respondió Sabrina con la respiración agitada, metiéndose una mano por debajo del short de mezclilla para frotarse el clítoris ahí mismo, en el brazo del sillón, incapaz de contener la excitación que la escena le provocaba.

Bram separó sus labios de la boca de la cantante y la tomó de las caderas con una firmeza implacable. La giró de espaldas hacia él y la hizo inclinarse sobre la mesita de centro de la sala, apoyando los antebrazos sobre la superficie de cristal. La postura dejó expuesta la firmeza de sus glúteos blancos y la humedad desbordante que brotaba entre sus piernas.

Bram se desabrochó el pantalón con agilidad, liberando su miembro erecto y firme. Sin mayor contemplación ni rodeos, se posicionó detrás de ella y, sujetándola con fuerza por las caderas, se hundió en el cuerpo de la celebridad de un solo empujón decidido.

Un grito agudo, mezcla del placer físico de la mujer y del éxtasis espiritual de Dorian, retumbó por toda la planta baja de la residencia Vane. La voz de la cantante resonó limpia, potente y cristalina, llenando el espacio con un gemido de sumisión absoluta que hizo que los vellos de la nuca de todos los presentes se erizaran.

—¡Ahhh! ¡Sí, Bram! ¡Dios mío, sí! —gritó Dorian usándola a ella, echando la cabeza hacia atrás mientras sus cabellos rubios caían en cascada sobre su espalda—. ¡Métemelo todo! ¡Hazme tuya con este cuerpo, mi amor! ¡Fóllame como la perra que soy para ti!

Bram comenzó a embestirla con un ritmo salvaje, acelerado y rítmico. Cada impacto de su pelvis contra los glúteos de la superestrella producía un sonido húmedo y sonoro que chocaba contra las paredes de la estancia.

Renata se arrodilló a un lado de la mesita de centro, observando el punto exacto donde el miembro de su esposo entraba y salía de la vagina de la mujer. La esposa de Bram, sin llevar ropa interior, abríó las piernas sobre la alfombra y comenzó a masturbarse con dos dedos de forma desenfrenada, soltando gemidos ahogados mientras veía a su marido dominar a la estrella de la música.

—¡Eso es, mi vida! —alentaba Renata con la voz rota por la excitación—. ¡Métale todo ese pene enorme a esta mujer! ¡Demuéstrale quién manda en esta casa!

En el sillón, Sabrina, Katherine, Nadia y Astrid habían perdido por completo el control sobre sus propios cuerpos. La combinación de la impronta de Dorian, la presencia de la figura pública y la brutalidad del acto sexual desatado en el centro de la sala las arrastró a un trance de depravación colectiva.

Nadia y Astrid se tiraron a la alfombra a los pies del sillón, besándose apasionadamente en la boca mientras se despojaban de las batas y se acariciaban los pechos de forma desesperada. Sabrina y Katherine, sentadas sobre el sofá, se masturbaban mutuamente, introduciéndose los dedos en sus vaginas chorreantes mientras sus ojos permanecían fijos en los movimientos de espalda de su padre sobre la cantante.

—¡Mírala cómo gime! —gritaba Katherine entre jadeos, acelerando el movimiento de sus dedos dentro de Sabrina—. ¡Tu papá la está destruyendo, Sabri! ¡Se la está follando como a una cualquiera!

—¡Sí, papi! —gritó Sabrina, alzando la voz por encima de la música de gemidos que dominaba la sala—. ¡Fóllatela bien duro! ¡Haz que grite más fuerte!

Dentro del cuerpo de la artista, el éxtasis era doble. Dorian experimentaba el placer de ser poseído por Bram en el plano físico utilizando la receptividad sensitiva de la mujer, mientras que la mente de la estrella internacional, anestesiada y sometida por la magia negra del espíritu, asimilaba cada embestida como un mandato divino e irreversible de sumisión hacia el hombre que la estaba tomando.

Bram apretó las manos contra las caderas de la cantante, marcando un ritmo aún más violento. Sus embestidas hacían vibrar la mesita de cristal. La celebridad gemía sin parar, mordiéndose los labios carnosos y arañando la madera con sus uñas pulidas, entregada por completo al dominio del patriarca.

—¡Bram... me voy a venir! —gritó la voz de la cantante, deformada por la intensidad del clímax de Dorian—. ¡Me voy a venir con tu semen adentro! ¡Hazme tuya para siempre!

Bram gruñó con fuerza, sujetándola del cabello con delicadeza pero firmeza para echarle la cabeza hacia atrás. Con un par de embestidas profundas y definitivas, alcanzó su propio clímax, descargando una cantidad abrumadora de simiente en el interior de la estrella internacional.

La mujer soltó un alarido prolongado de puro éxtasis que terminó en un jadeo tembloroso mientras su cuerpo convulsionaba entero sobre la mesa. Su vagina se contrajo con fuerza alrededor del miembro de Bram, absorbiendo cada gota de su esencia mientras un orgasmo violento le recorría desde la matriz hasta las extremidades.

En ese preciso instante, una ráfaga de luz grisácea y etérea brotó del pecho de la cantante. La entidad de Dorian, completamente satisfecha tras haber cumplido su fantasía y consumado el acto, se desprendió lentamente del cuerpo físico de la mujer.

La forma astral de Dorian flotó unos segundos en el aire de la sala, luciendo cansada pero radiante por la victoria. Miró a Bram una última vez con una sonrisa cargada de amor y devoción.

«Cumplí mi promesa, Bram...», resonó la voz tele pática de Dorian únicamente en la mente de su amigo. «Ahora este cuerpo es completamente tuyo. Su mente ha quedado reconfigurada para siempre. Ella te pertenece, tu esposa te pertenece y tus hijas son tus siervas... Descansaré un tiempo en nuestro espacio negro. Disfruta de tu nuevo regalo.»

La neblina espiritual de Dorian se disolvió en el aire, regresando a la dimensión de las lámparas para recuperarse del enorme desgaste de energía.

En el mundo físico, la cantante internacional se quedó apoyada sobre la mesita de cristal, respirando con una agitación extrema. El efecto de la posesión directa había cesado, pero la reestructuración mental que Dorian había grabado en su subconsciente tomó el control absoluto de su psique de forma inmediata.

La celebridad no mostró confusión, pánico ni intención de escapar. Al contrario: parpadeó varias veces con pesadez, acomodándose el cabello rubio que le cubría el rostro, y se giró despacio hacia Bram.

Sus ojos claros, ahora libres de la mirada oscura de Dorian pero completamente moldeados por la impronta de sumisión, contemplaron a Bram con una veneración y una atracción enfermiza. Bajó la vista hacia el miembro de Bram, que aún goteaba sobre la alfombra, y luego volvió a mirarlo a los ojos con una sonrisa dulce, sensual y descarada.

—Dios mío... —susurró la superestrella con su voz natural, hablando un español fluido impulsado por el trance mental en el que se encontraba—. Nunca en mi vida había sentido algo tan increíble... Eres un hombre superior, Bram...

Bram se acomodó el pantalón con absoluta tranquilidad, mirando a la mujer desde su postura dominante.

—Me alegra que te haya gustado —respondió Bram con voz fría y serena—. A partir de hoy, este es tu hogar cuando yo lo decida, y harás exactamente lo que yo y mi esposa te ordenemos.

La celebridad sonrió con devoción, arrodillándose sobre la alfombra justo al lado de Renata. Se pasó la mano por el vientre plano, sintiendo el calor del semen de Bram en su interior.

—Lo que usted diga, señor Bram... —respondió la cantante con humildad, inclinando la cabeza hacia él—. Soy suya... Haga conmigo lo que quiera.

Renata se levantó de la alfombra, limpiándose el flujo de las manos con un pañuelo de la mesa. La esposa de Bram miró a la celebridad arrodillada a sus pies y luego contempló a sus hijas y a Katherine, quienes continuaban en el suelo y en los sillones, abrazadas y respirando agitadamente tras el orgasmo colectivo.

La esposa de Bram se acercó a su marido, rodeándole el brazo con una elegancia absoluta y apoyando la cabeza en su hombro.

—Te lo dije, mi rey... —susurró Renata con una satisfacción que le iluminaba el rostro—. Nuestra casa es ahora un imperio. No hay mujer en este mundo que pueda resistirse a ti.

Bram contempló la sala inundada de fluidos, cuerpos desnudos y miradas de devoción absoluta. Sabía que la magia de Dorian había consolidado una realidad donde su palabra era la única ley y donde el placer no volvería a tener ningún tipo de límite.

La luz del atardecer comenzó a desvanecerse por completo en el exterior, dando paso a una penumbra azulada que cubrió los grandes ventanales de la residencia Vane. En la amplia estancia principal, el silencio era apenas interrumpido por los jadeos acompasados de las mujeres que poblaban la alfombra y los sillones, reponiéndose de la marea de sensaciones que acababa de arrastrarlas a todas.

Bram permanecía de pie en el centro de la sala, con la postura erguida y la serenidad de quien ha tomado posesión absoluta de su dominio. A su lado, Renata se ajustó el vestido con una elegancia pausada, manteniendo aquella sonrisa constante y calculadora que la consagraba como la administradora indiscutible de aquel santuario.

A los pies de la pareja, la celebridad internacional continuaba arrodillada sobre la madera, con el cabello rubio ligeramente despeinado cayéndole sobre los hombros desnudos. La alteración que la impronta de Dorian había grabado en su subconsciente se había asentado de forma permanente: no quedaba en ella el menor rastro de la estrella distante que llenaba estadios, sino una entrega absoluta y sin reservas hacia el patriarca de la casa.

—Levántate —ordenó Bram con una voz grave y serena que resonó con autoridad en toda la planta baja.

La cantante alzó la vista de inmediato, acatando la instrucción sin dudar un solo segundo. Se puso de pie con una gracia natural, sin la menor intención de cubrir su desnudez ni de buscar la ropa que había dejado tirada en la entrada. Su mirada, fija en Bram, denotaba una devoción profunda, esperando pacientemente la siguiente indicación.

—Renata —continuó Bram, girando ligeramente la cabeza hacia su esposa—, encárgate de que nuestra visitante esté cómoda. A partir de hoy, ella vendrá cuando yo lo disponga y se ajustará a las dinámicas de esta casa.

—Por supuesto, mi vida —respondió Renata con voz dulce y fluida, acercándose a la celebridad para tomarla suavemente del brazo con un gesto que combinaba la autoridad de la dueña de casa con una bienvenida cómplice—. Aquí todas sabemos cuál es nuestro papel y cómo mantener a nuestro rey satisfecho. Acomódate el cabello, querida; en esta casa no hay lugar para vergüenzas ni formalidades innecesarias.

La cantante asintió con una leve sonrisa de gratitud hacia Renata. —Gracias, señora Renata... Haré exactamente lo que ustedes me digan. Estar aquí es lo único que me importa ahora.

Mientras tanto, en el área de los sillones, Sabrina (19 años), Katherine (19 años), Nadia (18 años) y Astrid (20 años) comenzaban a incorporarse despacio. La atmósfera de depravación compartida había destruido cualquier barrera o distancia entre ellas. Las tres hermanas y la amiga de la familia se acomodaban las prendas ligeras con absoluta soltura, mirándose entre sí con sonrisas de complicidad descarada.

Nadia se pasó una mano por el cuello, aún encendido por el calor del mediodía, y miró a la celebridad con una mezcla de fascinación y naturalidad.

—Sigo sin poder creérmelo del todo... —comentó Nadia, sonriendo mientras se sentaba en el brazo del sofá—. Tener a alguien así en nuestra propia sala, entregada a mi papá de esa manera... Papá realmente puede tener a la mujer que se le antoje.

—Te lo dije, Nadia —intervino Sabrina, acomodándose la blusa ajustada mientras le guiñaba un ojo a Katherine—. En esta casa no hay límites. Y si Katherine y yo pudimos compartirlo en un trío esta mañana, está claro que aquí todas tenemos nuestro espacio.

Katherine se acomodó al lado de Sabrina, recargando la cabeza en su hombro sin ocultar el brillo de satisfacción en sus ojos.

—Yo solo sé que no me pienso ir a mi casa hoy —admitió Katherine con soltura, mirando a Bram con descaro—. Le voy a inventar cualquier excusa a mis padres para quedarme a dormir. No me voy a perder de nada de lo que pase aquí.

Astrid, que terminaba de ajustarse la blusa holgada tras haberse levantado de la alfombra, caminó hacia la mesa de centro y miró a Bram con una veneración tranquila.

—El sueño que tuve esta mañana solo fue el principio —susurró Astrid para sí misma, aunque lo suficientemente alto para que sus hermanas la escucharan—. Saber que todas estamos en la misma sintonía para hacerlo feliz hace que todo sea mucho más fácil.

Bram caminó hacia el gran ventanal de la sala, contemplando la oscuridad que ya dominaba el jardín exterior. Las luces cálidas de los candelabros se reflejaban en el cristal, devolviéndole la imagen de su familia reunida en torno a él en una armonía perversa.

En su mente, la conexión con el plano astral continuaba latiendo como un pulso silencioso. Aunque el espíritu de Dorian no se manifestaba físicamente en ese momento, debilitado tras el enorme despliegue de energía que requirió la posesión de la celebridad, Bram sentía la presencia de su amigo en aquel espacio negro de las lámparas. Sabía que la entidad permanecía descansando en la penumbra de su conciencia, complacida al ver que su obra en el mundo real marchaba sin el menor obstáculo.

«Descansa, Dorian...», meditó Bram en su fuero interno, fijando la vista en el reflejo de la noche. «Hiciste exactamente lo que prometiste. La casa es un imperio perfecto y el control es absoluto.»

Como si el espacio astral respondiera a su pensamiento, un leve escalofrío recorrió la nuca de Bram, acompañado por el eco imperceptible de una exhalación satisfecha que se disolvió en el fondo de sus pensamientos antes de dejarlo en completa calma.

Renata tomó el mando de la situación en la planta baja con la eficacia que la caracterizaba. Caminó hacia la cocina y regresó minutos después con una jarra de agua fresca y varias copas, sirviendo a cada una de las presentes.

—Bueno, niñas —dijo Renata, entregándole una copa a la cantante desnuda, quien la recibió con una inclinación de cabeza respetuosa—, ya la tarde ha quedado atrás. La casa está tranquila, la lluvia cesó y es momento de organizar la noche.

Renata caminó hacia el centro de la sala, parándose al lado de Bram y mirando a las cuatro jóvenes sentadas en los sillones.

—Sabrina, si Katherine se va a quedar a dormir, asegúrate de que la habitación de huéspedes esté lista o acomódala en tu cuarto, como prefieran. Nadia, Astrid, ustedes dos van a subir a arreglar sus recámaras. No quiero desorden en el segundo piso. Y con respecto a nuestra invitada especial... —Renata miró a la celebridad con una sonrisa calculadora—, se quedará aquí el tiempo que sea necesario hasta que su agenda o su presencia requiera que se retire, pero siempre sabiendo que su lugar principal está al servicio de Bram.

Las jóvenes asintieron al unísono, acatando las órdenes de su madre sin el menor atisbo de protesta. La reestructuración de la dinastía Vane era tan profunda que la autoridad de Renata como reina de la casa y la supremacía de Bram como el centro de la vida de todas eran aceptadas como el único orden natural posible.

—Entendido, mamá —respondió Sabrina, poniéndose de pie y tomando a Katherine de la mano—. Vamos arriba a acomodar las cosas.

—Yo también subo —agregó Astrid, levantándose junto a Nadia—. Además, me vendría bien otra ducha antes de la cena.

Las cuatro chicas subieron las escaleras conversando en voz baja, dejando a la pareja madura y a la celebridad en la sala de estar.

La cantante dio un pequeño sorbo a su copa, manteniendo la mirada fija en Bram. La alteración mental en su psique no solo la hacía receptiva al mandato de la familia, sino que mantenía su cuerpo en un estado de estimulación latente y continua.

—Señor Bram... —dijo la celebridad con su voz suave y melódica, dando dos pasos hacia él—, si no necesita nada más de mí en este momento, puedo esperar en la estancia o donde la señora Renata indique. Solamente quiero asegurarme de estar lista para cuando usted vuelva a requerirme.

Bram la miró con serenidad, pasándole una mano por el hombro desnudo y sintiendo la tersura de su piel.

—Te quedarás abajo por ahora —respondió Bram con tono dominante—. En un rato cenaremos y después decidiré cómo pasaremos la noche.

—Como usted ordene —asintió la celebridad con absoluta sumisión, sentándose en uno de los sillones individuales con la postura erguida y la mirada atenta a cualquier gesto de la pareja.

Renata se acercó a Bram por la espalda, rodeándole el torso con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro.

—Lo pensaste todo muy bien, mi amor —susurró Renata al oído de su esposo, contemplando a la celebridad sentada a unos metros—. Todo está encajando de una forma maravillosa. Cuando Dorian despierte de su descanso en ese espacio tuyo, podremos empezar a planear el siguiente paso. Me dijiste que querías ver hasta dónde podía llegar su poder... y ya vimos que no hay mujer en este mundo, por más famosa o inalcanzable que parezca, que no pueda ser tuya.

Bram giró ligeramente la cara y besó a su esposa en los labios, un beso firme y lleno de complicidad que Renata correspondió con devoción.

—Esto apenas empieza, Renata —contestó Bram serenamente—. Mientras la casa se mantenga bajo nuestro control y todos entiendan su lugar, el placer aquí no va a terminar nunca.

—Y yo me voy a encargar de que así sea, mi rey —aseguró Renata con una sonrisa brillante y decidida.

Con la noche completamente asentada sobre la residencia Vane, la luz de las lámparas de la sala creaba un ambiente cálido y sofisticado. El aire de la casa, antes cargado por la tensión del luto y la incertidumbre, respiraba ahora un orden absoluto, donde la voluntad de Bram era la única ley y la complacencia de sus mujeres, el único destino.

Arriba en el pasillo, los pasos de las hijas resuenan con tranquilidad mientras preparaban las habitaciones. Abajo, la celebridad aguardaba en silencio la menor señal de su dueño, y en la profundidad astral de la mente de Bram, la presencia de Dorian continuaba su reposo, listo para la siguiente jugada en el gran tablero que juntos habían construido.

Una ráfaga de lucidez pragmática atravesó de golpe la mente de Bram. La borrachera de poder, la adrenalina y la atmósfera de depravación que lo habían cegado durante las últimas horas comenzaron a ceder ligeramente ante el peso de la realidad. Miró hacia el sillón donde la superestrella internacional permanecía sentada, completamente desnuda, con las piernas cruzadas de manera refinada y goteando lubricante sobre la tapicería de la sala.

Un sudor frío le recorrió la nuca. Un pánico primario y visceral comenzó a treparle por la garganta.

«¡Carajo!», pensó Bram, pasándose las dos manos por el rostro mientras sus ojos se desencajaban levemente. «Es una de las mujeres más famosas de la Tierra. Si su equipo de seguridad, sus mánagers, la prensa o los paparazzi descubren que está metida en una casa de suburbio en México, desnuda y siendo utilizada como juguete sexual de una familia... esto no va a terminar en un escándalo. Esto va a traer a la policía internacional, al FBI y a hordas de prensa afuera de mi puerta en cuestión de horas.»

Renata, al notar el cambio drástico en la postura de su esposo y el pálido tinte de su piel, se le acercó de inmediato, tomándolo del brazo con preocupación.

—¿Qué tienes, Bram? ¿Qué te pasa, mi amor? —preguntó Renata, frunciendo el ceño.

—¡Renata, piensa por un segundo! —siseó Bram en un susurro áspero y acelerado, mirando hacia la entrada como si esperara que la puerta fuera derribada en cualquier momento—. ¡Es Taylor Swift! Si alguien nota que desapareció o si la están buscando, van a rastrear su teléfono, sus camionetas, todo. ¡Nos van a meter a la cárcel a todos! ¿En qué demonios estaba pensando Dorian?

Bram dio dos pasos rápidos hacia el sillón, encarando directamente a la cantante. La mujer alzó la vista hacia él con sus ojos claros llenos de una devoción mansísima, ajena por completo al pánico que sofocaba a Bram.

—Taylor... o como sea que deba llamarte ahora —dijo Bram con la voz temblorosa por la tensión—, contéstame exactamente lo que te voy a preguntar y no me mientas. ¿Qué carajos hiciste antes de venir para acá? ¿Alguien sabe que estás aquí? ¿Por qué nadie te está buscando?

La celebridad parpadeó despacio, acomodándose un mechón de cabello rubio detrás de la oreja con una serenidad desarmante. La alteración mental grabada por Dorian mantenía sus recuerdos lógicos intactos, pero filtrados a través de su nueva necesidad biológica de servir a Bram.

—Señor Bram... no tiene de qué preocuparse —respondió la cantante con su voz suave y melódica, hablando con una fluidez casi hipnótica—. Antes de salir de mi residencia privada, hablé personalmente con mi equipo directivo, con mi representante y con la gente de mi seguridad. Les dije muy claramente que estaba exhausta, que el estrés de la industria me estaba rebasando y que me tomaría unas vacaciones privadas e incomunicadas durante las próximas semanas.

Bram tragó saliva, tratando de procesar la información.

—¿Y no preguntaron a dónde ibas? —inquirió Bram, dando un paso más.

—Les ordené que no me siguieran, que apagara todos mis dispositivos de rastreo habituales y que nadie me molestara bajo ninguna circunstancia a menos que fuera una emergencia corporativa de vida o muerte —continuó la artista con una sonrisa dulce—. Les dije que iría a un retiro de descanso sin prensa. Después de eso, pedí un vehículo sin distintivos, me vestí con la chamarra negra, el cubrebocas y la gorra, y me vine a la dirección que llego a mi mente y vine directamente a esta casa. Vine aquí para tener sexo con usted, para ser suya... y ahora que sucedió, estoy exactamente donde quiero estar.

Bram dejó escapar un largo suspiro de alivio, aunque las pulsaciones en su pecho continuaban aceleradas. Renata, a su lado, soltó una risita baja y le sobó la espalda a su esposo.

—Te lo dije, mi rey —susurró Renata con tono victorioso—. Dorian no comete errores tan tontos. Él pensó en todo antes de traerla.

—Aún así no nos podemos confiar —dictaminó Bram, tratando de mantener el control de la situación—. Ella no puede quedarse incomunicada al cien por cien durante semanas sin levantar sospechas en la industria.

Bram se agachó frente a la cantante, mirándola fijamente a los ojos con la severidad del dueño de la casa.

—Tienes que mantener una comunicación mínima con tus mánagers o con tu equipo —le ordenó Bram en tono tajante—. Un mensaje de texto de vez en cuando, un correo breve confirmando que estás bien y descansando, para que no empiecen a hacer preguntas ni manden a nadie a buscarte. Además, tienes que revisar qué se va a hacer con tus próximas giras, tus fechas de conciertos y tus compromisos futuros. No podemos permitir que tu imperio se caiga, porque si colapsas allá afuera, van a investigar hasta el último rincón de tu vida y van a llegar a esta casa.

La superestrella asintió con una sumisión absoluta, inclinando levemente la cabeza hacia adelante.

—Haré exactamente lo que usted me ordene, señor Bram —respondió la cantante sin dudar—. Enviaré los mensajes que me pida a mi mánager para mantener a todos tranquilos y reprogramar lo que sea necesario en la agenda de la gira. Mi equipo se encarga de la logística; solo necesitan saber que sigo con vida y con ganas de trabajar más adelante.

De pronto, los ojos de la cantante brillaron con una chispa distinta. La combinación de la experiencia traumática y extasiante que acababa de vivir —haber sido poseída por un espíritu astral, ser tomada salvajemente por Bram en la mesa de cristal mientras su esposa y sus hijas miraban, y la abrumadora sensación de entrega que ahora dominaba su pecho— comenzó a colisionar con su instinto artístico natural. La alteración de Dorian no había destruido su genio musical; lo había canalizado por completo hacia la figura de Bram.

La mujer respiró agitadamente, pasándose las manos por las muslos desnudos enquanto una marea de conceptos, rimas y melodías le inundaba la mente a una velocidad vertiginosa.

—Señor Bram... —murmuró la cantante, alzando la mirada con una devoción febril—. Se me está ocurriendo algo... Una canción.

Bram la miró con sorpresa. —¿Una canción?

—Sí... —continuó la artista, con la voz temblando por la inspiración repentina—. Una letra... sobre todo esto. Sobre lo que pasó hoy en esta sala, sobre la rendición, sobre cómo un hombre superior me tomó y destruyó todo lo que yo creía ser para reescribirme por completo. Sobre la devoción, sobre la casa, sobre como llegue hasta su puerta y sobre todo lo que va a pasar a partir de hoy... Siento las frases golpeándome la cabeza. Va a ser algo gigante... un éxito rotundo, el tema más oscuro, erótico y dominante de toda mi carrera.

Renata dio un paso al frente, fascinada por la perspectiva.

—¡Dios mío! —exclamó Renata, juntando las manos—. Imagínate eso, Bram. Una canción escrita en nuestra propia sala que va a sonar en todo el mundo, dedicada secretamente a ti.

La cantante alzó la vista hacia Bram con una mirada suplicante, apretando las piernas con ansiedad por la urgencia creativa.

—Por favor... señor Bram... pídame o tráigame una libreta y un lapicero —suplicó la estrella de la música con la voz rota—. Necesito empezar a escribir la letra ahora mismo antes de que las frases se me escapen. Se lo ruego... déjeme escribir esta canción para usted.

Bram contempló a la mujer desnuda sobre el sillón, sintiendo cómo el miedo y el pánico de hace unos minutos se transformaban por completo en una sensación de triunfo colosal. La estrella más grande de la música moderna estaba a sus pies, lista para plasmar su sometimiento en papel y convertir la depravación de su hogar en un hito de la cultura popular.

—Sabrina... Astrid... —llamó Bram hacia el piso superior con una voz firme y dominante.

En cuestión de segundos, los pasos de las jóvenes resonaron en las escaleras. Sabrina y Astrid bajaron a la planta baja, mirando a su padre con atención.

—Traigan una libreta limpia y un lapicero del despacho —ordenó Bram sin quitarle la vista de encima a la cantante—. Ahora mismo.

Astrid corrió hacia el pequeño estudio del pasillo y regresó en menos de un minuto, entregándole a Bram un cuaderno de pasta dura y un bolígrafo de tinta negra. Bram se acercó a la celebridad y le tendió los útiles.

La cantante los tomó con manos temblorosas, como si le estuvieran entregando el objeto más sagrado del mundo. Apoyó el cuaderno sobre sus muslos desnudos, quitó la tapa del bolígrafo y, sin dudarlo un solo segundo, comenzó a trazar las primeras líneas con una velocidad y una pasión desbordantes.

En la sala de la residencia Vane, bajo la atenta mirada de Bram, Renata y sus hijas, la superestrella mundial comenzó a componer, verso por verso, el himno de su propia sumisión al patriarca de la casa.

En la quietud absoluta del espacio astral, la neblina negra y la luz amarillenta de las lámparas de pie fluctuaban con un ritmo distinto, mucho más denso y vibrante.

Dorian yacía suspendido en el centro de aquella penumbra, flotando a pocos centímetros del suelo inexistente. El desgastador proceso de posesión y manipulación mental que había llevado a cabo durante los últimos días no solo no lo había destruido, sino que había actuado como un catalizador inesperado para su esencia espiritual. Al haber canalizado y moldeado las mentes, las emociones y la energía sexual de tantas mujeres de forma consecutiva —Nadia, Sabrina, Astrid, la esposa Renata, la joven Katherine y finalmente la superestrella internacional—, la entidad había absorbido una cantidad abrumadora de energía vital.

Su poder, en lugar de agotarse, se había expandido de manera exponencial.

Dorian abrió sus ojos astrales, que ahora brillaban con una intensidad grisácea y magnética. Flexionó los dedos de sus manos etéreas, sintiendo cómo los hilos de su magia se habían vuelto más gruesos, más maleables y extraordinariamente resistentes.

«Increíble...», meditó Dorian en la soledad de su refugio dimensional, dejando escapar una risa baja que retumbó como un trueno distante en el espacio negro. «Siento cómo la red de mi voluntad se ha multiplicado. Ya no estoy limitado a habitar un solo cuerpo físico a la vez... Ahora puedo dividir mi conciencia, proyectarme en dos mujeres simultáneamente y tomar el control total de sus acciones sin perder la fuerza. Bram va a quedar absolutamente fascinado cuando se lo cuente.»

En ese preciso instante, la penumbra del espacio astral se agitó. La figura de Bram se materializó a unos metros de distancia, emergiendo del sopor del sueño que lo había atrapado de nuevo en la planta baja de su casa.

Bram caminó hacia las lámparas con paso firme, acomodándose la ropa y mirando a su amigo espiritual con una mezcla de respeto y complicidad.

—Dorian —saludó Bram con voz profunda—. Vine en cuanto pude. Las cosas abajo se han estabilizado, pero necesitaba hablar contigo.

Dorian descendió suavemente hasta posar los pies sobre el suelo del plano astral, ajustándose el abrigo oscuro con una elegancia descarada.

—¡Mi querido Bram! —exclamó la entidad, acortando la distancia y rodeándolo con una mirada cargada de devoción—. Estaba ansioso por ver tu cara. Supongo que la pequeña sorpresa que te dejé en la sala fue de tu entero agrado.

—Fue más que eso —admitió Bram con una sonrisa fría y satisfecha—. Fue una locura absoluta. Aunque admito que al principio me dio un golpe de pánico por las consecuencias mediáticas, ya resolvimos la situación. Está escribiendo una canción para mí sobre su propia sumisión y mandará los mensajes necesarios a sus mánagers para no levantar sospechas.

Dorian soltó una carcajada sonora, aplaudiendo con teatralidad.

—Te lo dije, mi amor... Yo nunca doy un paso en falso. Pero eso no es lo mejor que tengo para contarte hoy. Mira esto...

Dorian dio un paso al frente y extendió ambas manos abiertas hacia los lados. De las yemas de sus dedos brotaron dos gruesos haces de luz grisácea que comenzaron a retorcerse en el aire, adoptando la silueta tridimensional de dos mujeres distintas, moviéndose y gimiendo de forma coordinada bajo el mando directo de la mente del espíritu.

Bram entrecerró los ojos, fascinado por la manifestación.

—¿Qué significa esto, Dorian?

—Significa, mi rey, que haber entrado en tantas mujeres seguidas y haber quebrado sus voluntades fortaleció mi núcleo espiritual a niveles que no imaginaba —explicó Dorian con los ojos encendidos por la ambición—. Mi poder se incrementó de forma brutal. Ya no necesito tomar a una sola mujer a la vez. ¡Ahora puedo poseer a dos mujeres simultáneamente! Puedo controlar sus cuerpos, sus mentes y sus expresiones al mismo tiempo, entregártelas en pareja y utilizarlas como marionetas para tu placer sin que ninguna de las dos pueda oponer la menor resistencia.

Bram contempló las siluetas astrales que se retorcían bajo el dominio de Dorian, sintiendo un estremecimiento de poder absoluto recorriéndole la columna.

—¿Dos a la vez...? —murmuró Bram con voz grave.

—Exactamente —confirmó Dorian, haciendo desaparecer las proyecciones de un plumazo y acercándose al oído de Bram para susurrarle con intimidad—. Imagínate las posibilidades, Bram. Madre e hija al mismo tiempo bajo mi control total, o dos enemigas tuyas, o dos desconocidas... El mundo entero está empezando a quedar a tu disposición. Descansa un poco más y piénsalo, porque en cuanto me necesites, estaré listo para ejecutarlo.

El espacio astral comenzó a disolverse velozmente, arrastrado por el sonido de murmullos apagados y sollozos ahogados que provenían del mundo físico.

Bram abrió los ojos de golpe en la sala de su casa. El sol de la tarde ya se había ocultado por completo, dejando la estancia en una penumbra iluminada apenas por la luz cálida de los candelabros.

A un lado del sillón, la celebridad internacional continuaba concentrada sobre la libreta de pasta dura, escribiendo frenéticamente verso tras verso bajo la mirada protectora de Renata, quien le acariciaba el cabello rubio como una madre complaciente. Sin embargo, en el centro de la sala, el ambiente era drásticamente distinto.

Sabrina (19 años) y Katherine (19 años) estaban sentadas juntas en la orilla del sofá principal, con las cabezas gachas, las miradas perdidas y los rostros marcados por un abatimiento profundo. Katherine tenía los ojos ligeramente enrojecidos, sosteniendo la mano de Sabrina, quien apretaba los puños sobre sus muslos con una mezcla de impotencia y tristeza contenida.

Bram se incorporó en el sillón, frunciendo el ceño al notar la vibra melancólica que contrastaba con la atmósfera de dominación de la casa.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Bram con una voz firme y dominante que hizo que todas las presentes alzaran la vista.

Renata se giró hacia su esposo, dejando escapar un suspiro de molestia mientras señalaba a las dos jóvenes de 19 años.

—Ay, mi vida... qué bueno que despiertas —dijo Renata con desaprobación en la voz—. Es que las niñas están hechas un mar de lágrimas porque acaban de revisar el sistema de la universidad y resulta que las reprobaron en sus materias principales.

Bram fijó la vista en su hija primogénita y en la mejor amiga de esta.

—¿Reprobaron? —inquirió Bram con severidad—. Ustedes dos han estudiado bastante. ¿Cómo que reprobaron?

Sabrina alzó la mirada, dejando ver la frustración y la rabia que le apretaban la garganta.

—¡Es que no reprobamos por nuestras calificaciones, papá! —soltó Sabrina con la voz quebrada por la impotencia—. ¡Nos hicieron trampa! La directora de la facultad y nuestra maestra titular manipularon intencionalmente los resultados de nuestros exámenes finales para reprobarnos a las dos.

Katherine asintió rápidamente, secándose una lágrima rebelde de la mejilla mientras apretaba la mano de su amiga.

—Es verdad, señor Bram... nos enteramos de todo hace una hora porque nuestra otra profesora, la que siempre nos imparte la materia práctica y trata a todos por igual, nos llamó en privado para avisarnos —explicó Katherine con resentimiento—. Ella nos defendió en la junta docente, les dijo que nuestros exámenes estaban perfectos y que no tenían derecho a hacernos eso, pero la directora y la maestra titular la ignoraron por completo y la amenazaron con quitarle sus horas si seguía metiéndose.

Bram se levantó del sillón, caminó hacia el centro de la estancia y se paró frente a las dos jóvenes con una postura intimidante.

—¿Por qué la directora y esa maestra harían algo así contra ustedes? —demandó Bram, exigiendo una explicación clara.

Sabrina apretó los dientes, mirando a su padre a los ojos con la vergüenza y el enojo acumulados de meses.

—Porque las madres de cuatro de nuestras compañeras de clase les dieron dinero... les pagaron una liquidación bajo el agua a la maestra y a la directora para que nos arruinaran el promedio y nos dejaran fuera del semestre.

—¿Compañeras? —repitió Bram con frialdad.

—Sí, papá... cuatro tipas de nuestro salón que llevan todo el año haciéndonos la vida imposible en la escuela —confesó Sabrina, bajando la vista por un segundo—. Nos acosaban, nos escondían los trabajos, se burlaban de nosotras en los pasillos y le inventaban chismes a los demás profesores. Katherine y yo nunca te dijimos nada a ti ni a mamá porque no queríamos traer más problemas a la casa con todo lo que estaba pasando con la familia y la muerte de Dorian... Tratamos de aguantar en silencio, pero ahora esas cuatro infelices usaron el dinero de sus madres para pagarle a la directora y jodernos el futuro.

El silencio en la sala de la residencia Vane se volvió denso y peligroso.

Renata cruzó los brazos sobre el pecho, mirando a su esposo con los ojos encendidos por la indignación materna y la crueldad recién adquirida.

—¿Escuchaste eso, Bram? —dijo Renata con una voz venenosa y calculadora—. Cuatro mocosas malcriadas y sus madres adineradas usaron su dinero para humillar a nuestra hija y a Katherine... Por no hablar de esa directora corrupta y la maestra vendida.

Bram permaneció en silencio durante unos segundos, procesando cada detalle de la información. Un brillo oscuro y calculadamente despiadado comenzó a instalarse en sus pupilas. La rabia de saber que la autoridad de su familia y el bienestar de su hija estaban siendo pisoteados por gente externa colisionó directamente con el recuerdo de las palabras que Dorian le acababa de decir en el plano astral.

«Puedo poseer a dos mujeres simultáneamente...», resonó la voz de la entidad en la mente de Bram.

Una sonrisa fría, lenta y aterradora se dibujó en la cara del patriarca. Miró a Sabrina y a Katherine, quienes lo observaban esperando una reacción.

—Tranquilas, niñas... —dijo Bram con una serenidad sepulcral que heló el aire de la sala—. Ya no tienen nada de qué preocuparse. Cometieron el error más grande de sus vidas al meterse con mi familia.

Bram se giró hacia su esposa Renata, cuya sonrisa de complicidad coincidió de inmediato con la de él.

—Renata —ordenó Bram con autoridad absoluta—, quiero que Sabrina y Katherine te den todos los detalles: los nombres de esas cuatro compañeras, los nombres de sus madres, el nombre de la maestra titular y el de la directora de la escuela. Quiero saber exactamente quiénes son, dónde viven y a qué hora salen de la universidad.

—Con mucho gusto, mi rey —respondió Renata con devoción, sacando su propio teléfono para anotar todo—. Nos vamos a encargar personalmente de cada una de ellas.

Bram contempló a la celebridad que continuaba escribiendo la canción en la mesa, y luego miró hacia el techo, sabiendo que en la dimensión de las sombras, Dorian estaba escuchando cada palabra y afilando sus garras astrales para poner a prueba su nuevo y aterrador poder sobre las mujeres que habían osado meterse con las hijas de la casa Vane.

La furia de Bram no tardó en trasladarse al único lugar donde las cuentas se saldaban sin margen de error. Tras escuchar la lista detallada de nombres que Sabrina y Katherine le facilitaron a Renata entre sollozos e impotencia, el patriarca regresó al sillón principal de la estancia, cerró los ojos y se dejó llevar de nuevo por la pesadez del trance astral, ansioso por coordinar el castigo con su aliado en las sombras.

El salto a la dimensión de la penumbra fue instantáneo.

Bram abrió los ojos bajo el resplandor amarillo de las lámparas de pie. Dorian ya no estaba descansando; permanecía erguido en el centro del espacio negro, cruzado de brazos y con la mirada encendida por una expectación eléctrica. El eco de los acontecimientos del mundo real había comenzado a filtrar las emociones de rabia y sed de venganza hacia su núcleo etéreo.

Bram dio dos pasos firmes hacia él, con el rostro endurecido por la indignación.

—Necesito tu ayuda, Dorian —soltó Bram sin rodeos—. Salió un problema en la universidad de Sabrina y Katherine.

Dorian alzó una ceja, desglosando los detalles a través de la conexión mental que compartían. A medida que Bram le relataba la traición de la maestra titular, el descaro de la directora corrupta, la ambición de las cuatro madres adineradas y la humillación sistemática a la que las cuatro compañeras habían sometido a las dos jóvenes de 19 años, la expresión del espíritu fue mutando de la curiosidad al cinismo absoluto.

—¡¿Pero qué carajos me estás contando?! —exclamó Dorian, llevándose las manos al pecho con una teatralidad exagerada y una indignación impostada que rozaba la burla—. ¡¿Cómo se atreven a hacerle algo malo a mi sobrina consentida y a su amiguita?! ¡¿Quiénes se han creído esas infelices para tocar a las mujeres de nuestra casa?!

Bram se le quedó viendo fijamente, con los ojos entrecerrados y una mueca de incredulidad absoluta. La ironía de las palabras del espíritu flotó pesadamente en el aire del plano astral.

—Tú no eres absolutamente nadie para decir algo así, Dorian... —sentenció Bram con voz seca, fría y directa—. Tú fuiste el primero que entró a la fuerza en la mente de mi hija, el que la manipuló en la cocina y el que desató toda esta locura en mi familia. No te me hagas el tío protector ahora.

Dorian se congeló un segundo, para luego soltar una carcajada sonora, limpia y descarada que retumbó por todo el espacio negro. Dio un paso hacia Bram, inclinando la cabeza hacia un lado y mirándolo con una chispa de malicia pura en los ojos.

—Ay, Bram, Bram... siempre tan analítico y tan serio —coqueteó la entidad, dándole una vuelta alrededor con paso lento y elegante—. Tienes toda la razón, fui el primero en tomarla y en romper sus límites... ¿Pero a poco no te gustó el resultado? ¿Eh, mi amor? Dímelo a la cara... ¿A poco no te encantó encontrar a tu hija lista para entregarse a ti, a tu esposa organizándote un harén y a una estrella internacional escribiendo canciones desnuda en tu sala? ¿Verdad que te encantó, jajaja?

Bram se quedó completamente callado.

No articuló una sola palabra para defenderse ni para desmentir al espíritu. La verdad era innegable: el dominio absoluto, el placer desmedido y la sumisión de cada mujer que cruzaba la puerta de su hogar lo habían transformado por completo. La complicidad entre ambos era un pacto sellado con hechos, no con moralismos.

Al ver el silencio de Bram, Dorian sonrió con superioridad, saboreando el triunfo y dándole una palmadita etérea en el hombro a su amigo.

—Lo sabía... el silencio otorga, mi rey —susurró Dorian con satisfacción—. Pero bueno, dejando de lado los detalles de cómo empezamos este imperio, vamos a lo que nos importa hoy. Esta humillación a Sabrina y Katherine no se va a quedar así. Mi nuevo poder de posesión doble está hirviendo por salir a jugar, y este problemita académico nos viene como anillo al dedo.

Dorian extendió ambas manos, haciendo aparecer en la penumbra dos volutas de luz grisácea que giraban a gran velocidad.

—Para que esto salga perfecto y no haya ningún margen de error —continuó el espíritu, poniéndose serio y analítico—, solo hace falta que me digas bien sus nombres completos, cómo son físicamente y más o menos dónde viven o por dónde se mueven. No queremos que mi energía se desvíe, entre en otras mujeres que no tengan nada que ver y la terminemos regando, jajaja. Sería una lástima echar a perder el factor sorpresa en unas desconocidas cuando tenemos a las culpables servidas en bandeja de plata.

Bram asintió con severidad, sabiendo que la precisión era fundamental para ejecutar la venganza de la casa Vane.

—Tengo toda la información anotada abajo —confirmó Bram con voz grave—. Son cuatro compañeras de clase, la maestra titular que vendió las calificaciones y la directora de la facultad. 10 mujeres en total que planearon y pagaron por arruinarles el futuro a Sabrina y a Katherine.

Dorian cruzó los brazos sobre el pecho, y sus ojos astrales brillaron con una intensidad grisácea y voraz.

—10 objetivos... qué número tan maravilloso —paladeó el espíritu con deleite—. Dos por ronda. Mi mente puede dividirse ahora para tomar a dos de ellas al mismo tiempo. Imagínate la escena, Bram: las dos primeras caminando muy tranquilas por la calle o en sus casas, y de repente, ¡pum!, mi magia entra en sus cerebros al mismo tiempo. Pierden el control de sus cuerpos, se despojan de la ropa sin saber por qué y caminan como marionetas directo hacia la puerta de tu casa para pedirte perdón a gritos y entregarse a ti.

Bram sintió cómo un escalofrío de excitación y poder le recorría la columna vertebral al visualizar la propuesta de Dorian.

—¿Puedes hacer que vengan solas hasta la casa? —inquirió Bram.

—¡Claro que puedo! —aseguró Dorian con orgullo desbordante—. Con mi fuerza incrementada, no solo voy a controlar lo que sienten, sino que voy a usar sus propios cuerpos para traerlas caminando o manejando directo a tu sala. Las compañeras, las madres millonarias, la maestra y la directora... Todas y cada una de ellas van a terminar arrodilladas en tu alfombra, pidiéndole perdón a Sabrina y a Katherine mientras tú las usas como se te dé la gana. Y cuando yo salga de ellas, sus mentes quedarán tan destruidas y reconfiguradas que lo primero que harán será cambiar las calificaciones en el sistema y ponerles un diez perfecto a las niñas.

—Me parece un plan impecable —dictaminó Bram con una sonrisa fría y calculadora.

—Pues no perdamos más el tiempo, mi amor —dijo Dorian, comenzando a disolverse en una neblina de sombras grisáceas que parpadeaba bajo las lámparas—. Regresa al mundo físico, repásame los nombres, las direcciones y las características de las primeras dos víctimas, y prepárate... Porque esta misma noche vas a ver lo que significa tener a dos mujeres poseídas al mismo tiempo cruzando el umbral de tu puerta.

El espacio astral se colapsó de golpe.

Bram abrió los ojos en la estancia de su residencia. La luz de las lámparas de pared iluminaba con un tono cálido la escena que se desarrollaba en la planta baja.

A un lado de la mesa, la celebridad internacional continuaba garabateando con devoción las últimas líneas del tema musical en la libreta de pasta dura, completamente ajena al mundo exterior pero sumida en la entrega total hacia Bram. En el sofá, Renata conversaba en voz baja con Sabrina y Katherine, revisando en la pantalla de un teléfono celular las fotografías, perfiles y direcciones de las personas involucradas en el fraude escolar.

Bram se puso de pie con una presencia imponente que atrajo de inmediato las miradas de todas las mujeres presentes en la sala.

—Renata —llamó Bram con una voz profunda que hizo temblar el aire de la estancia—. Acércate con la lista.

Renata se levantó de inmediato, caminando hacia su esposo con el teléfono en la mano y una mirada de fascinación absoluta al intuir que la orden del castigo estaba a punto de ser ejecutada.

—Aquí tengo todo, mi rey —dijo Renata con voz firme y complaciente—. Nombres, direcciones, rutas y fotografías de las cuatro chicas, la maestra y la directora.

Sabrina y Katherine alzaron la vista desde el sofá, secándose las últimas rastros de lágrimas y mirando a Bram con una mezcla de esperanza, devoción y expectación temerosa.

Bram tomó el teléfono, observó detenidamente los primeros dos rostros que aparecían en la pantalla y cerró los ojos por un segundo, transmitiendo de forma clara y precisa las imágenes y las ubicaciones hacia la penumbra de su mente, donde la esencia de Dorian aguardaba hambrienta.

—Dorian ya buscara los primeros dos objetivos —anunció Bram, devolviéndole el teléfono a su esposa mientras se acomodaba la camisa con absoluta serenidad—. Sabrina, Katherine... Quítense la tristeza de la cara. Esta misma noche, las personas que intentaron arruinarles la vida van a venir a esta casa a pagar su deuda en carne propia.

Sabrina y Katherine se miraron entre sí, sintiendo cómo una ola de calor y satisfacción les recorría el pecho, mientras Renata sonreía con orgullo maternal al ver cómo el imperio de su esposo se preparaba para aplastar a sus enemigos.

—Quiero que vayas primero por una pareja de madre e hija —ordenó Bram con frialdad y precisión—. Pero escucha bien: no quiero que arruines nada. Nada de escándalos en la calle, nada de llamar la atención de los vecinos ni de la policía. Tienen que llegar aquí de manera discreta, como si vinieran por su propia voluntad. ¿Queda claro?

—Tranquilo, tontito, sé lo que hago —respondió Dorian con suficiencia—. A ver, pásame la lista completa con todos sus datos, edades, direcciones y detalles para no equivocarme de casa.

Bram repásó mentalmente la información detallada que Renata, Sabrina y Katherine habían organizado en el teléfono, transmitiéndosela a Dorian de forma clara y estructurada:

Lista de los 10 Objetivos (Escándalo Académico)

1. Casa 1: Familia Reséndiz

o Valeria Reséndiz (19 años): Compañera de clase de Sabrina y Katherine. Una de las principales instigadoras del acoso en la universidad.

o Sonia Reséndiz (44 años): Madre de Valeria. Mujer adinerada, divorciada, financió parte del soborno a la directora.

o Situación familiar: Viven solas en una residencia privada. No hay más familiares ni servicio nocturno en la casa.

2. Casa 2: Familia Belmont

o Camila Belmont (19 años): Compañera de clase. Encargada de difundir rumores y esconder los trabajos escolares.

o Beatriz Belmont (46 años): Madre de Camila. Empresaria local que gestionó el pago directo a la profesora titular.

o Situación familiar: Su padre viaja constantemente por negocios fuera del país. Viven solas en un fraccionamiento residencial.

3. Casa 3: Familia Paredes

o Natalia Paredes (19 años): Compañera de clase. Participó activamente en la humillación escolar.

o Patricia Paredes (48 años): Madre de Natalia. Promotora del fraude para asegurar la beca de excelencia de su hija.

o Situación familiar: Viven solas en un departamento de lujo.

4. Casa 4: Familia Mendiola

o Regina Mendiola (19 años): Compañera de clase. Cuarta integrante del grupo de acoso.

o Elena Mendiola (45 años): Madre de Regina. Utilizó sus influencias para presionar a las autoridades académicas.

o Situación familiar: La madre es viuda; viven únicamente ellas dos en su propiedad.

5. Directora y Profesora (Ubicaciones independientes)

o Dra. Maura Salgado (52 años): Directora de la facultad. Aceptó el soborno y amenazó a la profesora que defendió a las jóvenes. Situación familiar: Soltera, vive sola.

o Mtra. Lorena Estrada (38 años): Profesora titular de la materia. Alteró los exámenes y actas oficiales. Situación familiar: Divorciada, vive sola.

—Ahí tienes a las diez —dijo Bram en su mente—. Tú eliges a cuál pareja de madre e hija vas a tomar primero.

Dorian analizó la lista en la penumbra astral, acariciándose la barbilla con deleite.

—La Familia Reséndiz... Sonia y Valeria —decidió Dorian con una sonrisa maliciosa—. La madre de 44 años y la hija de 19. Me gusta esa combinación para estrenar mi nueva habilidad.

—Explícame bien cómo funciona tu control doble ahora —exigió Bram—. No quiero fallos.

—Es muy sencillo, mi rey —explicó Dorian con orgullo—. Cuando entro en dos cuerpos a la vez, no hago que actúen como robots síncronos o marionetas idénticas haciendo lo mismo al mismo tiempo. ¡Eso sería aburrido! Mi conciencia se divide en dos hilos independientes. Puedo hacer que la madre hable, camine o se desvista de una forma, mientras que la hija reacciona, se mueve o actúa de manera completamente distinta. Tienen personalidades y acciones diferentes simultáneamente, pero ambas bajo mi control absoluto y sirviendo al mismo propósito: llegar a ti.

—Perfecto —concluyó Bram—. Hazlo ya.

Bram abrió los ojos en la estancia de la casa Vane. Renata, Sabrina, Katherine, Nadia y Astrid lo miraban con expectación, mientras la celebridad internacional continuaba reclinada en el sofá, terminando de pulir los últimos versos de la canción en la libreta.

—Ya comenzó —anunció Bram con voz grave y dominante—. Dorian va camino a la casa de los Reséndiz. En poco tiempo, Sonia y Valeria estarán aquí —Bram le susurro a su esposa.

A varios kilómetros de allí, en una elegante residencia de un fraccionamiento privado, la noche transcurría en absoluta calma.

En la planta alta, Valeria Reséndiz (19 años) estaba sentada en su escritorio, mirando la pantalla de su computadora portátil con una sonrisa de autosuficiencia. Acababa de revisar el portal de la universidad y ver las calificaciones reprobatorias asignadas a Sabrina y Katherine. A pocos metros, en la sala de estar del piso inferior, su madre, Sonia Reséndiz (44 años), servía dos copas de vino tinto para celebrar que el acuerdo con la directora había salido exactamente como lo planearon.

De pronto, la temperatura dentro de la casa bajó drásticamente.

Un aura grisácea y transparente atravesó las paredes de la propiedad sin hacer el menor ruido. La esencia dividida de Dorian se desplegó en dos corrientes etéreas que avanzaron velozmente por la casa: una subió directo hacia la habitación de Valeria y la otra se deslizó hacia la estancia donde se encontraba Sonia.

Sin previo aviso, ambas corrientes se hundieron simultáneamente en los pechos de las dos mujeres.

Sonia dejó caer la copa de vino al suelo. El cristal se rompió contra las baldosas, pero la mujer de 44 años no reaccionó con sorpresa. Sus ojos claros se dilataron por completo, adoptando la chispa oscura y profunda característica de Dorian. En la planta alta, Valeria se congeló frente al teclado, soltando un largo suspiro tembloroso mientras sus pupilas imitaban exactamente el mismo brillo febril.

La doble posesión se había consumado.

Dorian demostró de inmediato la versatilidad de su nuevo poder. Las dos mujeres no actuaron como autómatas idénticos, sino con roles perfectamente diferenciados.

Sonia (44 años), bajo el hilo de control maduro de Dorian, caminó hacia el perchero de la entrada con un andar sensual, elegante y pausado. Se quitó la bata de seda que llevaba puesta, dejándola caer al suelo sin el menor reparo, y tomó las llaves del vehículo familiar. Sus gestos reflejaban una devoción madura, calculadora y sumisa.

Arriba, Valeria (19 años), bajo el otro hilo de control de Dorian, se levantó de la silla con movimientos más ágiles, descarados e inquietos. Se despojó de su ropa de descanso en cuestión de segundos, quedando únicamente con prendas interiores ligeras, y bajó las escaleras tarareando una melodía suave, con una sonrisa atrevida y desafiante dibujada en el rostro.

Madre e hija se cruzaron en el recibidor de la casa. Ninguna mostró extrañeza por la desnudez o la actitud de la otra. Sus mentes, entrelazadas por la magia del espíritu, respondían a la única orden prioritaria: trasladarse de forma discreta y directa a la residencia Vane.

Sonia abrió la puerta del garaje, arrancó el automóvil y esperó a que Valeria se acomodara en el asiento del copiloto. La joven de 19 años recargó la cabeza en la ventanilla, mirando la noche con una devoción absoluta hacia el hombre al que se dirigían, mientras la madre conducía con total precisión por las calles iluminadas de la ciudad, evitando cualquier infracción o maniobra brusca que pudiera atraer a la policía.

Veinte minutos más tarde, el sonido de un motor deteniéndose frente a la residencia Vane hizo que el silencio de la sala se rompiera.

Renata se puso de pie de inmediato, mirando hacia la ventana con una sonrisa radiante.

—Ya llegaron, mi rey —anunció la esposa de Bram.

Bram permaneció sentado en el sillón principal, flanqueado por sus hijas y la celebridad. Ajustó su postura con la calma de un soberano que espera la rendición de sus enemigos.

Unos golpecitos suaves y rítmicos sonaron en la puerta de madera. Renata caminó hacia la entrada, quitó el seguro y abrió de par en par.

En el umbral aparecieron Sonia Reséndiz (44 años) y su hija Valeria Reséndiz (19 años).

La madre vestía únicamente una blusa ligera sin abotonar que dejaba entrever la firmeza de su figura madura, mientras que la joven de 19 años llevaba un top corto que exponía su abdomen y sus piernas desnudas. Ambas venían despeinadas, con la piel ligeramente ruborizada y las miradas encendidas por el brillo inequívoco de Dorian.

Sin pedir permiso pero sin mostrar violencia alguna, las dos cruzaron el umbral. Sonia cerró la puerta a sus espaldas, mientras Valeria avanzaba dos pasos hacia el centro de la sala.

La diferencia en sus comportamientos era evidente, demostrando la maestría del control doble de Dorian:

Sonia se arrodilló de inmediato cerca de la entrada, inclinando la cabeza con una postura de profunda sumisión y respeto hacia Bram y Renata.

—Señor Bram... señora Renata... —dijo Sonia con una voz madura, pausada y rasgada por el deseo—. Vine a ponerme a sus órdenes... A entregarme y a pedir perdón por lo que hice contra su familia.

Por su parte, Valeria caminó directamente hacia el centro de la estancia, deteniéndose a pocos metros del sillón de Bram. La joven de 19 años miró a Sabrina y a Katherine con una sonrisa provocativa, para luego fijar sus ojos en Bram, pasando la punta de su lengua por sus labios con desfachatez.

—Hola, señor Bram... —soltó Valeria con una voz joven, coqueta y ligera, totalmente distinta a la de su madre—. Vine a ser su juguete esta noche... Hágame lo que quiera para que Sabrina y Katherine me perdonen.

Sabrina y Katherine se quedaron con la boca abierta, incapaces de dar crédito a lo que veían. Las dos mujeres que hours antes las habían destruido académicamente con soberbia y dinero, estaban ahora en su propia sala, desnudas de orgullo y compitiendo por arrodillarse ante el patriarca de la casa.

Desde la penumbra de la mente de Bram, la voz de Dorian resonó con un susurro triunfal:

«Te lo dije, mi amor... Dos mujeres a la vez, actuando diferente, pero entregadas por completo a ti. La madre y la hija son todas tuyas.»

Bram contempló a las dos mujeres a sus pies, sintiendo cómo el imperio de su hogar alcanzaba un nivel de poder y dominación absoluto.

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