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Chapter 23
by
bla12
¿Qué pasa cuando termina la sesión?
Ya no es ella
El último click de la cámara resonó como el portazo de una celda. Las luces se apagaron con un zumbido agonizante, sumiendo el estudio en una penumbra que a Magi le pareció tan densa y opresiva como la luz que la había cegado momentos antes. Permaneció inmóvil, aún congelada con sus músculos temblorosos. El micro bikini de seda negra, empapado en sudor frío, se le adhería a la piel, una jaula de hilos que delineaban sin proteger.
El fotógrafo empaquetó su equipo con la frialdad de un cirujano después de una operación exitosa. Un breve asentimiento dirigido a Elara fue su único comentario: “El material responde. Tenemos buenas tomas.” Luego se fue, su silencio diciendo más que cualquier palabra sobre lo que Magi representaba ahora: material, no persona.
Los clientes, en cambio, no fueron tan discretos. Una risa baja, cargada de una satisfacción lasciva, brotó del hombre del traje caro. “Increíble, Elara. La timidez inicial… ese miedo en los ojos. Esa es la mercancía que vale millones.” Su mirada recorrió el cuerpo de Magi una última vez, como un coleccionista admirando una adquisición. “Espero ver el editorial completo.” Las risas de los demás clientes se mezclaron, formando un coro de aprobación que envenenó el aire.
Elara se acercó entonces. Su voz era un terciopelo untado en veneno.
—Las fotos son magníficas, Magi. La vergüenza justo bajo la superficie… es el toque de genialidad que convierte una imagen en icono. — Hizo una pausa, dejando que el elogio se convirtiera en dagas.
Al salir a la calle, el aire fresco de la noche le pareció una bofetada. Su cuerpo, aún entumecido por la tensión del estudio, se sentía como una marioneta con los hilos cortados. El micro bikini, ahora oculto bajo una chaqueta que se sentía demasiado grande, era un secreto sucio que la quemaba por dentro. El camino a casa era un ritual que, antes, le había brindado un alivio cotidiano, la promesa del refugio, pero hoy se sentía como un trayecto interminable hacia una nueva prisión.
El autobús se detuvo con un chirrido que le taladró los oídos. Se subió y encontró un asiento en la parte de atrás, junto a la ventana. El vidrio frío contra su mejilla era un consuelo mínimo. De la nada, el recuerdo de una mano áspera en su rodilla la asaltó. Aquella vez, el hombre se había reído cuando ella se apartó, un gesto tan casual y lleno de poder que la hizo sentir como una bolsa de basura que se podía tocar sin permiso. Hoy, ese mismo recuerdo no era solo una anécdota perturbadora, era la prueba de un patrón, la premonición de un futuro que se le presentaba como un túnel oscuro.
A su alrededor, el mundo continuaba su ritmo indiferente. Un adolescente reía a carcajadas con sus amigos, una pareja de ancianos charlaba en voz baja y un hombre de negocios revisaba su teléfono. Nadie la miraba, pero Magi se sentía expuesta, desnuda. Se encogió sobre sí misma, las manos ocultas en los bolsillos de la chaqueta, su cuerpo convertido en una fortaleza de vergüenza. El vaivén del autobús, el paisaje urbano que se deslizaba como una película sin sentido, solo acentuaban el sentimiento de irrealidad. Se sentía como un fantasma atrapado en un cuerpo que ya no le pertenecía.
El clic de la cerradura resonó en la penumbra del apartamento como el sonido de una celda cerrándose. Magi giró la llave dos veces, un ritual fútil que no podía protegerla de lo que ya cargaba dentro: el eco de las miradas, el peso de las manos ajenas, la memoria de la seda diminuta sobre su piel. Se apoyó contra la puerta, la madera fría un contraste brutal con el calor de la vergüenza que aún le quemaba la espalda. El silencio de su hogar debería haber sido un bálsamo, pero era una burla cruel. Este silencio no podía limpiar la suciedad que sentía impregnada en cada poro.
Arrastró los pies por el pasillo, su cuerpo un manojo de nervios al límite, cada músculo tenso como si aún esperara el próximo toque no deseado, la próxima evaluación lasciva. Con dedos que tardaron en responder, se desprendió del micro bikini. La tela, húmeda de sudor frío, se resistió un instante antes de ceder, despegándose de su piel con un susurro que le pareció obsceno. Por un segundo, el aire de la habitación sobre su cuerpo desnudo fue un alivio punzante, pero inmediatamente fue reemplazado por un vacío más profundo y aterrador. La prenda en el suelo era solo un pedazo de tela, pero representaba todo lo que le habían arrancado.
Se enfrentó al espejo del baño. La figura que la devolvía era una extraña, una fantasma pálida con ojos desorbitados. No era Magi. Los grandes ojos verdes que una vez habían tenido chispa ahora eran pozos de un dolor mudo e insondable. Su rostro, demacrado y pálido, parecía pertenecer a otra persona. Su piel, aunque libre de la tela, aún sentía el calor fantasma de las luces y el frío de las miradas.
—¿Quién eres? —susurró, y su voz sonó ronca, ajena, en el silencio.
Levantó una mano temblorosa. Los dedos tocaron el vidrio frío, pero no sintieron nada. No había conexión. El reflejo era solo eso: un reflejo. Una imagen hueca. La persona que había sido Magi se había esfumado, dejando atrás esta cáscara, este cuerpo que ya no sentía como un refugio, sino como una prisión de carne y hueso que pertenecía a otros: a Elara, a las cámaras, a los clientes, a las manos del hombre en el autobús.
El dolor no era una emoción que pudiera liberar con lágrimas. Era un peso físico, una losa de plomo incrustada en su pecho, que la aplastaba contra el suelo. Se dejó caer sobre la cama, sintiendo cómo el colchón cedía bajo un peso que era mucho más que físico. Cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta ver explosiones de luz, buscando el consuelo de la oscuridad, de la nada. Pero ni siquiera eso le fue concedido. Detrás de sus párpados, las imágenes se repetían en un bucle cruel: el click-click-click de la cámara, la sonrisa de satisfacción de Elara, la mirada hambrienta del cliente, la mano áspera en su rodilla.
Era la prueba irrefutable de su derrota final. No había perdido una batalla contra la vergüenza o el pudor. Había perdido la guerra por su propia identidad.
¿Qué pasa el próximo día?
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Bajo la Superficie
Crónica de una Humillación
Magi es una joven solitaria y reservada que prefiere la compañía de los libros a la de las personas. Con su cabello negro indomable, pecas tenues y ropa holgada, proyecta una imagen de practicidad y comodidad. Sus grandes ojos verdes, aunque curiosos, evitan el contacto visual, revelando su naturaleza introvertida. A pesar de su apariencia serena, una profunda inquietud la acecha, anticipando un inminente e inevitable cambio que amenaza con romper el frágil equilibrio de su vida tranquila.
Updated on Jun 6, 2026
by bla12
Created on Aug 28, 2025
by bla12
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