What's next?
13.-
Erick contempló por unos últimos segundos la escena en la sala. Su madre permanecía abrazada a las chicas, rodeada de promesas de apoyo económico, cuidado constante y una devoción ciega que no se extinguiría jamás. Viendo que el futuro de Elena estaba completamente asegurado y que la casa marcharía como un reloj bajo el mando implacable de las "secuelas productivas", sintió que su trabajo en ese lugar había concluido por el momento.
Atravesó el techo de la casa y se elevó hacia el cielo de la tarde. La brisa del plano espectral lo envolvió mientras dejaba atrás el barrio de su infancia. Sin embargo, no sentía deseos de seguir divirtiéndose con desconocidos o profesores de la facultad. En su mente apareció el rostro de alguien que de verdad había significado algo importante en su vida terrenal: Sebas.
Sebas no era como el resto de la gente de la universidad. Él había sido su verdadero amigo, un hermano de la vida que estuvo a su lado en las buenas y en las malas. Sebas fue el único que no lo buscó por interés, el único con quien compartió horas de pláticas, risas y derrotas. Y lo más importante: Sebas había estado en su funeral, destrozado por el dolor, despidiéndolo con lágrimas sinceras mientras los demás solo aparentaban o ignoraban su partida.
Erick recordaba bien que a Sebas, al igual que a él en su momento, siempre le había ido fatal con las mujeres. Era un chico leal, atento y de buenos sentimientos, pero sumamente tímido y desapercibido para las chicas de la facultad, quienes solían hacerlo a un lado o usarlo como el "amigo bonachón" para pedirle favores académicos.
—Es hora de ver cómo estás, hermano —pensó Erick con un toque de afecto genuino—. Te debo una grande por ser el único real.
Sabiendo la rutina de su amigo, Erick se desplazó a gran velocidad por el aire hasta llegar al sector residencial cercano al campus donde Sebas rentaba un pequeño departamento de estudiante.
Descendió lentamente y atravesó la pared exterior del segundo piso, entrando directamente a la habitación de su amigo.
El lugar estaba a oscuras, iluminado únicamente por la luz azulada de la pantalla de una computadora de escritorio y el leve resplandor de la televisión encendida en la esquina. El ambiente se sentía pesado, cargado de una tristeza silenciosa.
Sebas estaba sentado en su silla de escritorio, vistiendo una playera gris holgada y pantalón de pijama. Tenía la mirada perdida en el monitor, pero no estaba jugando ni estudiando. Sobre el escritorio descansaba un plato con comida a medio terminar, una lata de refresco y una fotografía impresa en la que aparecían ambos, Erick y Sebas, sonriendo durante un viaje de camping que hicieron el año anterior.
Erick flotó hasta ponerse a su lado, observando el rostro desgastado de su amigo. Sebas tenía ojeras profundas, los ojos rojos y la barba descuidada de varios días.
De pronto, Sebas estiró la mano, tomó la fotografía con cuidado y la miró en silencio durante largo rato. Una lágrima solitaria le corrió por la mejilla.
—Te extraño un chingo, hermano... —murmuró Sebas con la voz quebrada por la soledad del cuarto—. No tienes idea del vacío que dejaste aquí. La universidad es una porquería sin ti... Nadie entiende nada.
Erick sintió una punzada de calidez en su pecho espectral. Mientras medio mundo se volvía loco o actuaba por culpa artificial debido a su poder, Sebas era el único cuyo dolor nacía del amor puro y sincero de una amistad real.
—Tranquilo, Sebas... sigo aquí —pensó Erick, aunque sabía que su amigo no podía escucharlo—. Y te voy a pagar cada lágrima.
Sebas suspiró profundamente, dejó la foto de nuevo en su lugar y abrió una pestaña de mensajería en la computadora. Erick se inclinó sobre su hombro para ver la pantalla.
Sebas estaba revisando la conversación de un chat con una chica de su misma carrera llamada Mariana. Erick la conocía de vista: Mariana era una joven muy atractiva, de cabello castaño claro, ojos expresivos y una sonrisa encantadora que solía tener a varios chicos detrás de ella. Sebas llevaba meses enamorado en secreto de ella, pero nunca se había atrevido a confesarle sus sentimientos por miedo al rechazo.
En la pantalla se podía ver el último mensaje que Sebas le había enviado dos horas atrás:
"Hola Mariana, oye... me enteré de que mañana no habrá clase de historia por la tarde. Quería saber si te gustaría ir por un café o comer algo tranquilamente, si no estás ocupada claro."
La aplicación marcaba las dos palomitas azules de "visto", pero no había ninguna respuesta.
Erick observó cómo Sebas actualizaba la página una y otra vez con la esperanza de ver aparecer el mensaje de "escribiendo...", pero nada ocurría. De pronto, el teléfono celular de Sebas, que estaba sobre la mesa, vibró al recibir una notificación de red social.
Sebas lo tomó con rapidez, pensando que era Mariana. Sin embargo, al abrir la aplicación de historias, su rostro se descompuso por completo.
En la pantalla del teléfono apareció una foto recién subida por Mariana. Estaba en una terraza bar de la zona rosa de la ciudad, rodeada de varios amigos y sonriendo junto a un sujeto alto y de buen porte que le rodeaba los hombros con el brazo. La leyenda de la historia decía: "Noche de drinks con los mejores ✨ nada como olvidar el estrés de la carrera".
Sebas cerró la aplicación de golpe, dejó el teléfono sobre la mesa con un golpe seco y se llevó ambas manos a la cara, soltando un largo suspiro de resignación y amargura.
—Obvio... qué pendejo soy —se dijo Sebas a sí mismo en un murmullo amargo, mirando al techo de su cuarto—. ¿Por qué carajos me iba a hacer caso a mí? Para ella soy un cero a la izquierda... el tipo raro que le pasa las tareas y al que ni se molesta en responderle un mensaje.
Erick cruzó los brazos en el aire, sintiendo cómo una chispa de rabia renacía dentro de él al ver la escena. Era la misma historia de siempre: chicas vanidosas y superficiales ignorando a los chicos valiosos para irse con tipos que solo las usaban por entretenimiento. Sebas no merecía ser tratado como un cero a la izquierda por nadie, y mucho menos por una chica a la que le dedicaba tiempo y atención sincera.
—Así que Mariana se hace la importante, ¿eh? —murmuró Erick con una sonrisa fría que se dibujó lentamente en sus labios invisibles—. Te deja en visto mientras se va de fiesta con otros... Típico.
Sebas se puso de pie torpemente, caminó hacia la pequeña cocina de su departamento y sirvió un vaso con agua. Se quedó mirando por la ventana que daba hacia la calle principal, contemplando las luces de los autos pasar en la noche.
—Ojalá estuvieras aquí, Erick... —dijo Sebas al aire, hablando con la nada mientras daba un trago al vaso—. Tú me dirías que mande todo a la mierda, que no le ruede a ninguna morra... Pero es que me siento bien solo, hermano. Desde que te fuiste, siento que no le importo a nadie en este mundo.
Erick descendió a su lado, caminando a la par de su amigo mientras este regresaba a la sala.
El plan comenzó a gestarse en la mente del espectro con una claridad impresionante. Había visto suficiente. Sabía exactamente en qué estado se encontraba Sebas: sumido en una depresión por su pérdida y aplastado por la indiferencia de la chica que le gustaba.
Erick no iba a actuar de inmediato esa misma noche. Quería observar un poco más al día siguiente, quería ver la actitud directa de Mariana hacia Sebas en el campus, evaluar el panorama completo y diseñar la jugada perfecta. Pero de algo estaba completamente seguro: iba a convertir a su mejor amigo en el hombre más deseado, respetado y servido de toda la universidad.
Si él había logrado que las chicas más populares y vanidosas se arrodillaran a pedir perdón y se convirtieran en sirvientas de su madre, hacer que Mariana y muchas otras se arrastraran a los pies de Sebas sería su obra maestra de lealtad.
—No estás solo, Sebas —pensó Erick mirándolo con determinación mientras su amigo se recostaba en el sofá a mirar la televisión con la mirada perdida—. Tu hermano sigue aquí. Y te prometo que para mañana, esa chica que hoy te deja en visto va a rogar por un segundo de tu atención.
Erick se acomodó en lo alto del salón, listo para velar el sueño de su amigo durante la noche y acompañarlo al campus al día siguiente para dar inicio a su nueva intervención.
Erick observó a Sebas recostarse en el sofá, con la mirada perdida en la pantalla de la televisión y el rostro marcado por la resignación. La calidez y la lealtad que sentía por su único amigo verdadero terminaron de sellar su resolución. Sebas no merecía pasar una noche más sintiéndose invisible ni arrastrándose por el interés de alguien que ni siquiera se tomaba la molestia de contestarle un mensaje.
—Descansa, hermano —pensó Erick con una determinación helada—. Tu suerte va a cambiar esta misma noche.
Sin hacer el menor ruido en el plano físico, Erick atravesó la ventana del departamento y se elevó hacia el cielo nocturno. La ciudad brillaba abajo como un entramado de luces y avenidas, pero su objetivo estaba claro: la terraza bar en la zona rosa donde Mariana había subido su última historia.
El trayecto fue rápido. Flotando a gran velocidad por encima del tráfico, Erick llegó en un par de minutos al corazón de la zona de antros. Descendió lentamente sobre el edificio de tres pisos hasta posarse en el borde de la azotea, justo donde la música electrónica retumbaba a todo volumen y las luces de neón teñían el ambiente de tonos morados y azules.
La terraza estaba repleta de jóvenes bebiendo, bailando y conversando en grupos. Erick no tardó en ubicar a Mariana. Estaba sentada en una mesa alta cerca de la barra, rodeada por tres amigas de su círculo social y el tipo alto de buena presencia que aparecía en la fotografía de su red social.
Mariana lucía un vestido ajustado de color negro que resaltaba su figura, el cabello castaño claro peinado con ondas sueltas y una sonrisa coqueta mientras sostenía una copa de vino. Reía de los comentarios del sujeto a su lado, quien le hablaba al oído con familiaridad mientras le pasaba el brazo por la cintura.
Erick se deslizó sin prisa hacia la mesa, flotando a pocos centímetros de ella. Observó cómo Mariana sacó su teléfono del bolso por un instante, vio la pantalla iluminarse con la notificación del chat de Sebas —que aún permanecía en visto— y, sin el menor remordimiento, deslizó la pantalla para borrar la notificación y volver a bloquear el aparato, dejándolo boca abajo sobre la mesa.
—¿Quién te escribió, Mar? —preguntó una de sus amigas entre risas, dándole un trago a su bebida.
—Nadie importante —respondió Mariana con un gesto de desinterés, acomodándose el cabello—. El chico raro de la clase, Sebas... El que siempre me pasa los apuntes de la materia. Me invitó a salir mañana, pero qué flojera. No sé por qué piensa que tiene alguna oportunidad conmigo.
El grupo de chicas soltó una risita burlona, mientras el tipo a su lado sonreía con superioridad y le apretaba la cintura a Mariana.
—Haces bien, amiga —añadió la otra chica—. Tú estás para cosas mucho mejores que un tipo común que ni viste bien.
Erick, suspendido a espaldas de Mariana, sintió cómo una sonrisa siniestra se dibujaba en su rostro fantasmal. La arrogancia y el desprecio con el que hablaban de Sebas eran la excusa perfecta que estaba esperando. La lección que estaba a punto de impartirle a Mariana no solo aplastaría su orgullo, sino que transformaría su mentira de "nadie importante" en una obsesión enferma hacia el chico que acababa de rechazar.
—Vamos a ver si piensas que es "nadie importante" cuando sientas lo que es estar bajo mi control, linda... —murmuró Erick en el aire.
Sin dudarlo un segundo más, Erick se lanzó de cabeza contra la espalda de Mariana, penetrando directamente en su cuerpo.
La entrada fue un choque térmico instantáneo. El cuerpo de Mariana se congeló en medio de la risa. Sus dedos apretaron la copa de vino con tanta fuerza que el cristal estuvo a punto de romperse. Erick tomó las riendas de su sistema nervioso, de sus músculos, de sus cuerdas vocales y de cada pulso de su corazón.
De inmediato, Erick hizo que Mariana soltara la copa sobre la mesa, derramando el vino rojo sobre la madera y sobre la camisa blanca del tipo que estaba a su lado.
—¡Oye, Mariana! ¿Qué te pasa? ¡Me manchaste toda la camisa! —se quejó el sujeto, haciéndose hacia atrás con molestia.
Mariana no le respondió a él. Bajo el dominio absoluto de Erick, se puso de pie bruscamente, tirando la silla hacia atrás con un golpe seco que resonó sobre la música de la terraza.
—¡Cállate la boca, idiota! —gritó la voz de Mariana, profunda, rasgada y llena de una furia temblorosa que dejó a sus amigas con la boca abierta.
—¿Mariana?... ¿Estás bien? ¿Te tomó mal la bebida? —preguntó una de sus amigas, intentando tomarla del brazo.
Erick hizo que Mariana le apartara la mano de un manotazo violento. Llevó ambas manos de la chica hacia su propio rostro, desordenándole el peinado impecable con desesperación, mientras las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos a causa de la manipulación emocional y la culpa artificial implantada en su mente.
—¡Soy una estúpida superficial! —gritó Mariana a todo volumen, sobrepasando el ruido de la música de la terraza y haciendo que las mesas vecinas voltearan a ver el espectáculo—. ¡Un asco de persona! ¡Eso es lo que soy!
El tipo de la camisa manchada intentó calmarla tomándola de los hombros.
—A ver, cálmate, estás haciendo un ridículo enorme...
Erick usó toda la fuerza del cuerpo de Mariana para darle una bofetada sonora en el rostro al sujeto, haciéndolo retroceder en shock.
—¡No me toques! —vociferó Mariana con los ojos inyectados en sangre por las lágrimas y el rímel comenzando a correrse por sus mejillas—. ¡Tú no eres nadie! ¡Ninguno de los imbéciles con los que me juntaba vale nada comparado con el único hombre verdadero de esta universidad!
Las tres amigas de Mariana se pusieron de pie, aterradas y avergonzadas por la escena que se estaba desarrollando en medio del antro abarrotado.
Erick no dio tregua. Obligó a Mariana a tomar su teléfono de la mesa con manos temblorosas. Hizo que desbloqueara la pantalla frente a todos y abriera el chat de Sebas.
—¡Miren esto! —chilló Mariana en medio de la terraza, mostrando la pantalla del teléfono a los clientes de las mesas cercanas que ya sacaban sus teléfonos celulares para grabar el colapso—. ¡El mejor hombre del mundo, el más noble, el más apasionado, me escribió para invitarme a salir! ¡Sebas me buscó y yo lo dejé en visto por venir a perder el tiempo con ustedes, pedazos de basura!
—Mariana, por favor, vámonos de aquí, estás loca... —suplicó una de sus amigas intentando jalarla hacia la salida.
—¡Loca me voy a volver si ese hombre no me perdona! —gritó Mariana bajo el yugo de Erick, dejándose caer de rodillas sobre el suelo de la terraza, sin importarle que el vestido negro se le subiera por los muslos o que el piso estuviera sucio de alcohol derramado—. ¡Me moría de ganas por él! ¡Cada vez que Sebas me miraba en la clase sentía que las piernas me temblaban! ¡Pensaba en su cuerpo, en sus manos, en lo mucho que deseaba que me tomara como suya y me quitara esta ropa ridícula! ¡Y lo ignoré por miedo a lo que dijeran ustedes, bola de víboras!
El público de la terraza observaba en absoluto silencio y shock. Los murmullos corrían como pólvora mientras decenas de pantallas registraban a una de las chicas más cotizadas de la facultad arrodillada en el suelo, llorando a mares y confesando su obsesión enfermiza por el chico introvertido de la carrera.
Erick llevó la humillación física un paso más lejos. Hizo que Mariana agarrara la tela de su vestido por el escote y la tirara hacia abajo con violencia, rompiendo una de las tirantes de seda y dejando al descubierto su lencería frente a la multitud.
—¡Sebas! ¡Perdóname, mi amor! —gritaba el cuerpo de Mariana, frotándose el pecho con desesperación mientras sollozaba de forma convulsiva—. ¡Todo este cuerpo es tuyo! ¡A partir de hoy no existo para nadie más! ¡Voy a ir a tu departamento, me voy a hincar en tu puerta y no me voy a levantar hasta que me pises la cara o me hagas tu mujer!
Erick empujó el sistema nervioso de la chica a una sobrecarga de placer y angustia entrelazados, haciéndola arquear la espalda en el suelo, temblando de arriba abajo mientras un orgasmo involuntario la dejaba sin aire frente a todos. Mariana quedó tendida sobre el piso de la terraza, respirando con dificultad, despeinada, con el vestido roto y la cara completamente arruinada por las lágrimas.
Satisfecho con el espectáculo, Erick se desprendió del cuerpo de Mariana con un impulso hacia el aire, quedando suspendido sobre la azotea para presenciar las "secuelas productivas".
El impacto de la liberación hizo que Mariana soltara un gemido ahogado. La niebla de la posesión se disipó, pero la reescritura mental tomó el control inmediato de su conciencia. No sintió vergüenza por haber sido grabada, ni por haber golpeado a su acompañante, ni por tener el vestido destrozado. En su mente, la epifanía era real e incontestable: amaba a Sebas con una locura desesperada y su vida no tenía sentido si él no la aceptaba.
Mariana se puso de pie torpemente sobre sus tacones. Ignoró los gritos de sus amigas y las miradas de la gente. Se sostuvo el vestido roto contra el pecho con una mano, recogió su bolso del suelo y echó a correr hacia la salida del lugar, bajando las escaleras a toda prisa hacia la calle.
—Tengo que ir con Sebas... —murmuraba Mariana entre sollozos mientras corría por la banqueta buscando un taxi—. Tengo que pedirle perdón... Tengo que ser suya hoy mismo...
Erick, desde las alturas, siguió la trayectoria de Mariana con una sonrisa victoriosa. La vio abordar un taxi y darle la dirección del departamento de Sebas.
—Llegó tu momento, hermano —dijo Erick al viento nocturno mientras volaba detrás del vehículo—. Prepárate para ver cómo la chica que te dejó en visto viene a rogarte de rodillas.
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