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14.-

Chapter 14 by K45

Erick sobrevolaba los tejados de la ciudad iluminados por la luna, pero un cosquilleo de curiosidad volvió a invadir su conciencia espectral. Dejar a Sebas en medio de semejante revelación había sido satisfactorio, pero la tentación de presenciar el desenlace directo de su intervención era demasiado grande. Quería ver con sus propios ojos cómo su tímido y reservado amigo navegaba la posición de poder absoluto en la que lo acaba de colocar.

Dando una curva fluida en el aire, Erick retornó hacia el edificio de apartamentos. Atravesó el muro exterior sin emitir el menor ruido y se acomodó suspendido en el aire, cerca del techo de la sala, justo sobre la lámpara principal.

La atmósfera dentro del departamento había cambiado de manera drástica. La tristeza y la pesadez que dominaban el lugar una hora atrás se habían evaporado por completo, reemplazadas por una tensión eléctrica y febril.

Sebas y Mariana continuaban abrazados en el centro de la estancia. Sin embargo, la brecha de timidez que siempre había frenado a Sebas comenzó a fracturarse a una velocidad pasmosa. El choque inicial de ver a la chica de sus sueños llorando a sus pies había dado paso a una ola de adrenalina y confianza que jamás había experimentado en su vida. Sentir el cuerpo de Mariana temblar contra el suyo, percibir su respiración agitada y escuchar las promesas de devoción que ella le musitaba al oído despertaron en el joven un dominio impetuoso.

—Sebas... me haces tanta falta... —murmuraba Mariana entre sollozos de alivio, pegando su rostro al cuello de él y apretando los dedos contra su espalda.

Sebas no respondió con palabras. En lugar de eso, la tomó firmemente de la cintura con ambas manos, sosteniendo la curvatura de sus caderas con una energía decidida que tomó por sorpresa a la propia chica. La miró fijamente a los ojos, notando el contraste entre sus labios pintados, el rímel corrido y la mirada desorbitada de pura sumisión.

—Si de verdad quieres estar conmigo, Mariana... no vamos a perder más el tiempo —dijo Sebas con una voz grave y firme que jamás le había escuchado nadie en la universidad.

Mariana parpadeó, sorprendida por el tono imperioso del muchacho, pero las "secuelas productivas" implantadas en su mente respondieron con una chispa de excitación incontrolable.

—Lo que tú quieras, Sebas... Haz conmigo lo que quieras —susurró ella, entregándose por completo a la firmeza de su gesto.

Sin dudarlo un segundo más, Sebas la atrajo hacia sí y la besó en los labios con una pasión salvaje, casi desesperada, acumulada tras meses de deseo reprimido y rechazos silenciosos. Mariana soltó un leve gemido de sorpresa que fue devuelto por el contacto frenético de sus bocas. Ella le rodeó el cuello con los brazos, inclinando la cabeza hacia atrás para profundizar el beso, entregándole el control absoluto de la situación.

Desde las alturas, Erick sonrió con malicia espectral, cruzándose de brazos mientras observaba la escena.

—Eso es, hermano... toma lo que es tuyo —pensó Erick con regocijo.

Sebas no esperó a llevarla a la habitación. La prisa y el deseo desbordado lo dominaron por completo. Mientras la besaba con vehemencia, sus manos bajaron por la espalda de Mariana, enganchándose en la tela de su vestido negro. Con un tirón decidido, terminó de romper el tirante que ya venía dañado desde el antro, haciendo que la prenda de seda deslizara hacia abajo, cayendo al suelo de la sala junto con sus zapatillas de tacón.

Mariana quedó únicamente en lencería de encaje en medio de la estancia iluminada por el resplandor de la televisión. Lejos de sentir vergüenza o vacilación, la chica dio un paso adelante, pegando su piel caliente contra la camiseta de Sebas, desabrochándole torpemente el pantalón de pijama para quitárselo y arrojarlo a un lado.

Sebas la cargó de un solo movimiento, tomándola por los muslos. Mariana soltó un jadeo ahogado y le rodeó la cintura con las piernas, afianzándose a sus hombros mientras ambos continuaban devorándose a besos. Sebas la llevó a tropezones hacia el pequeño sofá de la sala, dejándola caer de espaldas sobre los cojines.

—Sebas... por favor... hazme tuya ya... —rogaba Mariana con la voz entrecortada por la respiración agitada, con las mejillas encendidas y los ojos clavados en los de él—. Necesito sentir que me perdonaste... Necesito ser completamente tuya...

Sebas se despojó de la camiseta de un solo tirón, dejándola caer al piso. La transformación en su actitud era total: el chico dócil y reservado que pasaba los apuntes en la clase había desaparecido, sustituido por un hombre que reclamaba con vehemencia lo que por tanto tiempo se le negó. Se posicionó sobre ella en el sofá, tomándole las muñecas y sujetándolas por encima de su cabeza contra el respaldo del sillón.

—A partir de hoy no vuelves a ignorarme, Mariana... Ni a mí, ni a mis mensajes —sentenció Sebas mirándola desde arriba con una intensidad que hizo temblar a la joven de puro deseo.

—¡Nunca más! ¡Te lo juro por mi vida, Sebas! —chilló Mariana en un gemido ahogado, arqueando la espalda sobre los cojines para ofrecerle su cuerpo por completo—. ¡Soy tuya! ¡Haz lo que quieras conmigo!

El encuentro se desató con una intensidad salvaje e imprevista. Sebas se entregó por completo al acto, guiado por un instinto primario de posesión y afecto desbordado, mientras Mariana respondía a cada uno de sus movimientos con gemidos agudos y sollozos de absoluta entrega. El sofá de la sala rechinaba bajo el ritmo frenético y desordenado de sus cuerpos, mientras la sombra de las cortinas se movía al compás de la luz parpadeante del televisor.

Mariana enterraba las uñas en la espalda desnuda de Sebas, soltando vítores y suplicas en voz baja, pidiéndole que no se detuviera, entregándose a un trance de placer y expiación donde su único propósito en la tierra parecía ser la satisfacción del joven que antes despreciaba. Sebas, por su parte, aceleraba el ritmo con una energía inagotable, tomando sus caderas con fuerza, marcando su dominio en cada embestida hasta llevar a la chica a un clímax convulsivo que la hizo gritar el nombre de Sebas a todo volumen, resonando en las cuatro paredes del departamento.

Pocos segundos después, Sebas soltó un largo suspiro de liberación, dejándose caer exhausto sobre el pecho de Mariana, respirando de manera agitada mientras el sudor cubría la piel de ambos.

Mariana le rodeó la cabeza con los brazos, besándole el cabello y la frente con una ternura casi religiosa, mientras las lágrimas de satisfacción le rodaban por las mejillas.

—Gracias, Sebas... gracias por aceptarme... —murmuraba la chica entre jadíos, acariciándole la espalda con delicadeza—. Prometo que nunca te vas a arrepentir de esto... Voy a ser la mejor mujer para ti.

Sebas alzó la vista, mirándola con una sonrisa de absoluta satisfacción y poder. Le acarició el rostro con el pulgar, limpiándole las lágrimas.

—Te vas a quedar a dormir conmigo —ordenó Sebas en un tono suave pero firme.

—Sí, mi amor... lo que tú digas —asintió Mariana de inmediato, pegándose a su cuerpo con total sumisión.

En lo alto de la habitación, suspendido en el aire, Erick presenciaba el desenlace con una risa silenciosa que le llenaba el pecho espectral. La velocidad con la que su tímido amigo había tomado el control de la situación y la devoción ciega con la que la chica más codiciada de la clase se entregaba a sus pies eran la prueba irrefutable del alcance de sus poderes.

—Buen trabajo, Sebas... Te lo ganaste —pensó Erick mirando a su amigo descansar abrazado a Mariana en el sofá.

Sabiendo que la vida de su hermano de la infancia había cambiado para siempre y que su lealtad estaba más que recompensada, Erick se dio la vuelta en el aire, atravesó el techo del departamento y se elevó una vez más hacia la inmensidad del cielo nocturno, listo para buscar su siguiente entretenimiento en la ciudad.

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