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Capítulo 4: Freya

Chapter 4 by K45

De vuelta en nuestra propia casa, estaba sentada frente al tocador de mi habitación intentando peinarme antes de salir. Tenía veintitrés años y siempre me había preciado de ser la hermana mayor responsable, la que mantenía el orden en la familia y la que no se dejaba llevar por tonterías.

De pronto, un latigazo de frío invisible me atravesó las sienes y se extendió hacia abajo. El cepillo se me resbaló de los dedos y cayó al suelo. Sentí que la silla se movía debajo de mí y di un traspié tan feo al intentar ponerme de pie que casi me voy de lado contra la esquina del escritorio, teniendo que agarrarme del marco del espejo para no terminar en el piso.

—Pero qué demonios... —protesté, jadeando un poco por la pérdida de equilibrio.

Parpadeé desconcertada. El mareo se disipó en un segundo, pero fue reemplazado al instante por una marea de calor denso, pesado y fogoso que me subió desde la entrepierna hasta el cuello. Sentí que la piel me ardía. Mis pezones se endurecieron dolorosamente contra la tela de mi blusa y una humedad repentina y abundante empezó a empapar mi ropa interior.

Me miré detenidamente en el espejo del tocador.

Llevaba puesta una blusa de botones y una falda ajustada hasta las rodillas. Pero al contemplar mi reflejo, esa ropa me pareció una prisión absurda. Mi mirada recorrió el contorno de mis clavículas, la firmeza de mi busto de veintitrés años y la forma de mi cintura. Una certeza aplastante, egocéntrica y cargada de una lujuria sin frenos se apoderó de mis pensamientos: Pero si estoy divina... Dios mío, qué cuerpo tan perfecto tengo. ¿Por qué razón he pasado la vida fingiendo ser tan seria? Estoy hecha para que me disfruten.

Cualquier sentido de pudor familiar, mi postura de hermana mayor o el respeto a las normas se hicieron pedazos en un instante. Mis dedos, temblando de ansiedad, comenzaron a desabrochar los botones de mi blusa desde arriba hacia abajo. La abrí por completo y la arrojé al suelo.

Me quedé en un sujetador negro de encaje. Mis pechos estaban erguidos, firmes y llenos. Me pasé las manos por la carne desnuda, sobándome con fuerza, apretándome con una fascinación que me sacó un gemido grave de la garganta.

—Joder... miren nada más qué tetas —dije en un susurro cargado de deseo, mirándome al espejo mientras me desenganchaba el sujetador por detrás—. Son gloriosas. Estoy jodidamente buena.

Los tirantes cayeron y mis pechos quedaron libres. Me los amasé con las dos manos, pellizcando los pezones con fuerza mientras sentía cómo el sudor se acumulaba en mi escote. Me subí la falda hasta la cintura y me bajé la braguita roja de un tirón, dejándola tirada en la alfombra. Quedé a medio vestir, desnuda de la cintura para arriba y con el sexo expuesto, ardiendo de ganas de ser poseída.

En ese momento, la puerta de mi habitación se abrió sin llamar.

Era mi hermano, Gustav. En cualquier otra circunstancia de la vida, me habría tapado a gritos, escandalizada por la intrusión de un familiar en mi cuarto. Pero al verlo allí parado, mirándome con esa superioridad absoluta, todo mi sistema de valores se reconfiguró en un pestañeo. Una verdad incuestionable inundó mi cabeza: Él es el dueño de esta casa. Mi cuerpo le pertenece a Gustav y soy su zorra.

—Gustav... mira cómo me tienes —dije con una sonrisa abierta y perversa, arqueando la espalda para ofrecerle mis pechos desnudos mientras me pasaba una mano entre las piernas, tocándome la vulva empapada frente a él—. Mira lo caliente que me pones. Soy la zorra de Gustav... soy tu perra y necesito que hagas conmigo lo que quieras.

Gustav no dudó. Cerró la puerta tras de sí y se acercó a la cama, quitándose la ropa sin prisa. Ver su cuerpo desnudo me hizo salivar. Me acosté de espaldas sobre el colchón, me subí la falda hasta el vientre y me abrí de piernas de par en par, ofreciéndole mi cavidad íntima sin ningún tipo de reserva.

Él se colocó entre mis muslos y se hundió dentro de mí de un solo golpe seco.

—¡AAAAHHH! ¡Dios mío, sí! —grité hacia el techo, clavando las uñas en sus hombros.

El choque de su cuerpo contra el mío fue atronador. Mi vagina, completamente inundada, se apretó a su alrededor con rabia, respondiendo a cada estocada con espasmos de placer puro. Cualquier noción de lazo consanguíneo o tabú social se había borrado por completo de mi mente; lo único que importaba era la sensación aplastante de ser usada por mi dueño.

—¡Fóllame más fuerte, Gustav! ¡Soy tu zorra! ¡Soy la perra de la casa! —gemía sin control, moviendo mis caderas hacia arriba para recibir cada centímetro de su carne.

Él me tomó con fuerza de las muñecas, fijándolas sobre mi cabeza mientras aceleraba el compás de sus embestidas. El sonido de nuestra piel chocando resonaba en toda la habitación. Yo me retorcía debajo de él, con la vista nublada de euforia, sintiendo que cada estocada reafirmaba la idea en mi cerebro de que mi único valor real residía en pertenecerle.

Me giró sobre la cama, poniéndome a cuatro patas. Me tomó firmemente del cabello con una mano, echándome la cabeza hacia atrás, y se enterró de nuevo por detrás con violencia.

—Dilo, Freya... di de quién eres —escuché su orden retumbando en mi oído.

—¡Tuya! ¡Soy la zorra de Gustav! ¡Hazme lo que quieras, pero no pares! —aullé con la boca abierta, salivando sobre las sábanas.

El orgasmo me golpeó como un rayo. Todo mi cuerpo se tensó en un clímax salvaje que me dejó sin aliento, mientras Gustav daba las últimas estocadas profundas y se vaciaba por completo dentro de mi matriz. Sentir la descarga de su semen caliente me hizo soltar un último grito de éxtasis antes de derrumbarme sobre la almohada.

Gustav se retiró, se vistió tranquilamente y salió de la habitación.

Me quedé acostada boca abajo, jadeando pesadamente, sintiendo el calor que chorreaba entre mis muslos. Poco a poco, la bruma mental de la posesión se disipó, dejándome una claridad cristalina. Miré la pared, me pasé la mano por las nalgas marcadas y sonreí con plena satisfacción.

Qué maravilla, pensé con el corazón latiendo desbocado. Siempre he sido la zorra de Gustav. Esto es lo mejor que me ha pasado en la vida.

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