What's next?

Capítulo 3: Ingrid

Chapter 3 by K45

Estaba en la sala de estar revisando unos correos en mi laptop mientras escuchaba el murmullo lejano de la televisión encendida. A mis veintidós años, me consideraba la hermana seria, la que siempre mantenía el control de todo en la casa mientras mi hermana Greta andaba en sus cosas.

De repente, un choque térmico invisible me golpeó la cabeza y bajó en picada hasta la punta de mis pies. Sentí que el piso bajo mis sandalias se volvía de goma. Mis piernas perdieron toda la fuerza por una fracción de segundo y di un tropezón sumamente torpe contra la esquina de la mesa de centro, haciendo que la laptop se me resbalara de las manos y cayera sobre el cojín del sofá.

—¡Ay! Pero qué carajos... —protesté, tambaleándome hasta apoyarme pesadamente contra la pared.

Parpadeé con fuerza. El leve mareo duró un pestañeo, pero apenas recobré el equilibrio, una oleada de fuego líquido me inundó las venas. Mi corazón comenzó a martillear contra mis costillas con una violencia desacostumbrada. Sentí que la piel me quemaba, especialmente en la zona del pecho y entre los muslos, donde una calidez húmeda comenzó a extenderse sin mi consentimiento.

Alcé la vista y me vi reflejada en el gran espejo decorativo del recibidor.

Llevaba un vestido de verano corto, de tirantes, bastante sencillo. Pero al mirarme en el cristal, la percepción de mi propia imagen cambió de forma drástica e instantánea. Mis ojos se fijaron en la curva de mis caderas, en la firmeza de mis piernas y en el escote que marcaba la tela. Una corriente de egolatría y lujuria desenfrenada inundó mi mente de forma absoluta: Pero mira qué pedazo de mujer estoy hecha. Dios mío... tengo un cuerpo perfecto. ¿Por qué diablos estoy perdiendo el tiempo vestido así?

Cualquier postura seria, mi habitual reserva o la dignidad que siempre presumía frente a los demás se esfumaron en el acto. Mis manos, movidas por un impulso irresistible, se llevaron a los tirantes del vestido. Los bajé de un tirón por mis brazos, dejando caer la parte superior de la prenda hasta mi cintura.

No llevaba sujetador. Mis pechos de veintidós años, firmes y redondos quedaron expuestos al aire fresco de la sala. Los miré en el espejo y se me escapó un jadeo entrecortado.

—Joder... miren estas tetas —murmuré, pasándome las palmas de las manos sobre los senos, amasándolos con crudeza y apretando los pezones erguidos hasta sacarme un gemido sordo—. Estoy buenísima. Estoy jodidamente deliciosa.

Se me olvidó la laptop, se me olvidó la casa, se me olvidó todo. Me subí la falda del vestido hasta la cadera y me deslicé la ropa interior hacia abajo con torpeza, tropezando con mis propias sandalias para sacármela por completo. Quedé a medio vestir, con el vestido amontonado en la cintura, mis pechos desnudos al aire y mi sexo expuesto en mitad de la estancia.

En ese momento, vi a Gustav aparecer en el pasillo.

Al verlo allí parado, mirándome con esa frialdad serena, algo dentro de mi cabeza hizo un clic definitivo. No sentí la menor intención de cubrirme ni de pedir disculpas. Al contrario: un pensamiento aplastante y lleno de un orgullo perverso se asentó en mi cerebro: Él es el rey de esta casa. Mi cuerpo es de él. Yo soy la zorra de Gustav.

—Gustav... mira esto —dije, dando un paso hacia él sin la menor vergüenza, arqueando el torso para mostrarle mis pechos firmes mientras me los sobaba con ambas manos—. Mira lo que te estás perdiendo por no mirar bien. Soy tu puta zorra... la zorra de Gustav y necesito que me uses ahora mismo.

Sin esperar una respuesta, me quité el vestido por completo y lo tiré al suelo. Quedé desnuda bajo la luz de la sala. Caminé hacia el sofá, me apoyé de rodillas sobre los cojines y levanté el trasero hacia él, abriéndome las nalgas con las manos para mostrarle mi cavidad íntima completamente mojada y dispuesta.

Gustav caminó hacia mí despacio. Escuchar el sonido de sus pasos acercándose hizo que mi cuerpo temblara de expectación. Se colocó detrás de mí, desabrochó sus pantalones y, agarrándome firmemente de la cintura, se empujó dentro de mí sin el menor preámbulo.

—¡AAAAA-HHH! ¡Dios! —grité, hundiéndome contra el respaldo del sofá mientras el impacto me recorría la columna.

Estaba tan apretada y tan empapada que cada embestida suya producía un chasquido húmedo que resonaba por toda la planta baja. Gustav no tenía piedad; marcaba un ritmo salvaje, clavan dose hasta el fondo y haciendo que mi cuerpo rebotara contra los cojines. Yo gemía fuera de mí, echando la cabeza hacia atrás y buscando su rostro con la mirada.

—¡Sí! ¡Fóllame así, Gustav! ¡Soy tu perra! ¡Soy la zorra de Gustav! —le supliqué a gritos, perdiendo por completo la noción de la elegancia o la compostura.

Me giró de lado en el sofá, tomándome una pierna y levantándomela hasta el hombro para entrar más profundo. Ver la expresión de poder en su rostro mientras me poseía me provocaba descargas eléctricas que me hacían apretar los dientes. Me pasaba las manos por el vientre, me pellizcaba los pezones y le pedía que me diera más fuerte, que me marcara como suya.

—Dilo otra vez, Ingrid —escuché su voz sobre mi oído mientras aumentaba la velocidad de sus estocadas.

—¡Soy tu zorra! ¡Soy la perra de Gustav y me encanta que me fólles así! —aullé con la vista nublada.

El clímax me atrapó de golpe. Mi vagina se contrajo con una fuerza brutal alrededor de su miembro, exprimiéndolo mientras un orgasmo salvaje me hacía temblar de pies a cabeza. Gustav dio tres estocadas finales, profundas y potentes, antes de vaciarse por completo dentro de mí. Sentir su semen caliente inundando mis entrañas hizo que mi orgasmo se prolongara en una serie de espasmos deliciosos.

Cuando terminó, se ajustó la ropa tranquilamente y salió de la estancia.

Yo me quedé acostada de lado en el sofá, respirando agitadamente, con la piel cubierta de sudor y una sensación de plenitud que jamás había experimentado.

La niebla de la posesión se aclaró poco a poco, pero la idea quedó firmemente arraigada en mi mente. Me senté en el sofá, me pasé la mano por los muslos húmedos y sonreí al reflejo del espejo. No había culpa, solo la certeza absoluta de mi nuevo papel.

Qué increíble se siente, pensé con una sonrisa perversa. Siempre fui la zorra de Gustav. Y no puedo esperar a la próxima vez.

Start your own immersive adult AI roleplay story
Ad

What's next?

Back Start Over View Story Map

0 comments