What's next?
Capítulo 2: Astrid
Estaba en la cocina terminando de doblar unos manteles de lino sobre la mesa de comedor cuando, sin previo aviso, una sacudida helada me cruzó la nuca y me bajó de golpe por toda la columna vertebral. Fue una sensación extraña, como si por un microsegundo el peso de mi propio cuerpo hubiese cambiado de eje. Mis tobillos fallaron y di un traspié torpe contra la esquina de la mesa. Solté un pequeño ahogo de sorpresa y me agarré con brusquedad del respaldo de una silla de madera para no irme recta al suelo.
Parpadeé dos veces, sintiendo que la vista se me nublaba ligeramente antes de volver a aclararse.
—Vaya... pero qué torpeza la mía —murmuré para mí misma en la soledad de la planta baja, intentando recomponerme.
Traté de soltar una risita por mi propia falta de coordinación, pero la palabra se me quedó atascada en la garganta. De la nada, el agotamiento que llevaba encima por las tareas del hogar y los pendientes del día se evaporó por completo, sustituido por un fogonazo de calor espeso, lento y abrasador que nació en lo más profundo de mi vientre. Sentí una descarga eléctrica recorrer mis muslos y subirme por el torso hasta ponerme los pezones duros contra la tela de la ropa.
Me miré las manos. Estaban temblando. Un sudor fino y tibiarte comenzó a brotar en mi nuca.
Alcé la vista hacia el espejo decorativo con marco de bronce que colgaba sobre el trinchador del comedor. Mi mirada se clavó en mi propio reflejo y me quedé completamente paralizada. Llevaba puesta una blusa de seda manga larga, bastante elegante y recatada, ajustada a la cintura, junto con un pantalón de vestir oscuro. Era mi ropa habitual de una mujer de cuarenta y dos años centrada en su hogar. Pero en ese preciso instante, al mirarme en el cristal, sentir esa tela sobre mi piel me pareció una molestia ridícula e insoportable.
Un pensamiento aplastante, nítido, brutalmente desinhibido y lleno de una euforia desbordante se apoderó de mi mente: Pero mírame... Dios mío, qué pedazo de mujer soy. MIRA ESTE CUERPO. ¿Por qué demonios vivo tan tapada? Estoy jodidamente apetecible.
Cualquier sentido del recato, la compostura de madre que había guardado durante décadas o el pudor natural hacia mi propia figura se hicieron pedazos en un parpadeo. Mis manos no esperaron ni un segundo. Como si obedecieran a un instinto primitivo y urgente, se llevaron al cuello de la blusa. Desenganché el primer botón con torpeza, luego el segundo, el tercero, hasta abrir la prenda de par en par.
Debajo llevaba un sujetador de encaje negro que apenas lograba contener el volumen de mis pechos maduros. Contemplé la masa de carne firme desbordándose por los bordes y me llevé las dos manos a ellos. Los apreté con fuerza, hundiendo los dedos con desesperación, sacándome a mí misma un gemido ahogado que resonó en las paredes de la cocina.
—Joder... qué pechos tengo —susurré, con la voz volviéndose ronca y pesada mientras un rubor abrasador me quemaba el cuello—. ¿En serio he pasado tanto tiempo escondiendo esto? Míralos... son increíbles.
Pellizqué mis pezones por encima del encaje fino, sintiendo una punzada de placer que me hizo arquear la espalda. Entre mis piernas, la piel se volvió supersensible y una humedad espesa y caliente empezó a empapar mi ropa interior a una velocidad alarmante. Sentía una necesidad urgente, casi salvaje, de despojarme de todo, de sentir el aire frío de la casa contra mi piel desnudada y de ser tomada sobre cualquier superficie.
En ese momento, escuché los pasos tranquilos que bajaban por la escalera de madera.
Era Gustav. El amigo de mi hija venía caminando despacio, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones. En cualquier otro momento de mi vida, me habría abotonado la blusa a toda prisa, muerta de la vergüenza por haber sido sorprendida tocándome en medio de la cocina. Pero en el instante exacto en que mis ojos se cruzaron con los suyos, la idea de la vergüenza se borró de mi cerebro para ser reemplazada por una certeza aplastante y luminosa: Este chico necesita probar a una mujer de verdad. Y yo necesito ser su perra.
No dudé ni un segundo. En lugar de cubrirme, agarré las dos solapas de mi blusa y la abrí por completo, dejándola caer de mis hombros al suelo. Me quedé en sujetador y pantalones en medio del comedor, ofreciéndole mi torso desnudo mientras sonreía con una soltura y una lujuria que nunca antes había sentido en toda mi vida.
—Gustav... mira esto —dije, y mi propia voz me sonó sensual, descarada, completamente entregada—. Mira lo que has estado teniendo tan cerca sin saberlo. He sido una tonta perdiendo el tiempo... Mira qué cuerpo tengo para ti. Soy la zorra madura de Gustav... soy tu puta madura y quiero que me fólles aquí mismo.
Gustav no pareció sorprenderse. Se detuvo junto a la barra de la cocina, observándome con esa calma dominante que me hizo temblar las rodillas. Esa mirada suya era una orden implacable.
Llevé mis manos al broche de mis pantalones. Lo desabroché con dedos ansiosos, bajé la cremallera de un tirón y dejé que el pantalón cayera a mis tobillos. Me descalcé torpemente, tropezando un poco mientras sacaba las piernas de la prenda, y luego me enganché los dedos en el borde de mi braguita de encaje. La deslicé hacia abajo, quedando absolutamente desnuda en la penumbra de la planta baja.
Caminé hacia él sin ningún tipo de reserva. Me apoyé de frente contra el borde de mármol de la barra de la cocina, inclinando el torso hacia adelante para levantar mis caderas, arqueando la espalda y abriendo los muslos para dejar expuesta mi vulva madura, brillante y empapada.
—Hazlo, Gustav... tómame como la perra que soy —le supliqué, girando un poco la cabeza para mirarlo por encima del hombro mientras me pasaba una mano por la nalga, apretando mi propia carne.
Escuché el sonido metálico de su cinturón al desabrocharse. El corazón me latía con tanta fuerza que me retumbaba en los oídos. Gustav se posicionó justo detrás de mí. Sentí el calor de su cuerpo pegándose a mi espalda desnuda y la punta dura de su miembro rozando la entrada de mi cavidad húmeda. El contraste entre la barra de mármol fría bajo mis pechos y el fuego que tenía entre las piernas me estaba volviendo loca.
Sin rodeos ni pausas, se hundió de una sola estocada profunda dentro de mí.
—¡AAAAHHH! ¡Dios mío, sí! —grité, ahogando parte del alarido contra la superficie pulida del mueble.
El impacto fue seco, rotundo, llenándome por completo. Sentí cómo mi pared vaginal se amoldaba con avidez a su tamaño, contrayéndose en espasmos automáticos que intentaban ordeñarlo desde el primer segundo. Gustav me agarró con firmeza de las caderas, clavando los dedos en mi piel madura, y empezó a marcar un ritmo constante, pesado y brutal.
Cada embestida hacía retumbar la barra de la cocina. Los cubiertos y los vasos en los escurrimientos resonaban con un tintineo metálico acompasado por el choque de nuestra piel. Me había olvidado por completo de que estaba en el piso de abajo de mi propia casa, expuesta a que mi hija o cualquier otra persona bajara en cualquier momento. No me importaba. Si alguien nos veía, solo vería a una mujer madura disfrutando de ser la zorra del amigo de su hija.
—Eso es... ¡fóllame duro, Gustav! —gemía sin parar, apoyando los codos en el mármol y moviendo mis caderas hacia atrás para encontrarme con cada uno de sus golpes—. ¡Mira cómo se mueve este culo maduro para ti! ¡Soy tu perra! ¡Tuya!
Llevé mis manos hacia atrás para agarrarle los muslos mientras me embestía, buscando que se metiera aún más profundo. La sensación de dominio era absoluta. Mi mente no albergaba ningún pensamiento lógico sobre mi edad, mi rol o la moralidad; solo existía la certeza gloriosa de que mi cuerpo maduro había encontrado su único propósito real: servirle de juguete erótico a Gustav.
Él aceleró el ritmo. Sus manos dejaron mis caderas para subir por mi espalda y agarrarme del cabello con fuerza, tirando de mi cabeza hacia atrás para que mi cuello quedara expuesto.
—Dilo, Astrid... di qué eres —me ordenó con una voz helada que me hizo expulsar un chorro de lubricación entre las piernas.
—¡Soy la zorra de Gustav! —grité con la vista fija en el techo de la cocina, salivando por la intensidad del placer—. ¡Soy tu zorra madura! ¡Fóllame hasta romperme, mi amor!
Me cambió de postura sin perder el tiempo. Me agarró del brazo y me giró sobre la barra, sentándome en el borde. Me abrió las piernas de par en par, levantándome los muslos hacia los hombros para exponer todo mi sexo. Se encajó de nuevo dentro de mí con una violencia deliciosa. Desde esta posición podía ver el sudor brillando en su pecho y la forma en que su miembro entraba y salía de mi vagina empapada.
Me llevé las manos a los pechos, que se sacudían salvajemente con cada embestida. Me apreté los senos, retorciendo mis propios pezones mientras emitía gemidos agudos, casi fuera de control. El placer acumulado en mi clímax era una marea negra que me estaba ahogando. Sentía que en cualquier momento me iba a desmayar de la euforia.
—¡Voy a llegar! ¡Dios mío, Gustav, me voy a correr! —aullé, rodeándole la cintura con mis piernas maduras para pegar su pelvis a la mía.
Las estocadas se volvieron más rápidas, más profundas, aplastantes. Sentí la primera contracción violenta de mi orgasmo justo cuando él se hundió hasta el fondo y se quedó allí congelado, descargando chorros de semen caliente en lo más profundo de mi matriz madura. El calor de su eyaculación me disparó un clímax salvaje que me hizo convulsionar sobre la barra, gritando su nombre mientras mis muslos temblaban fuera de control.
Gustav se mantuvo unos segundos dentro de mí, dejando que mi sexo absorbiera cada gota de su sustancia, antes de retirarse despacio.
Se ajustó la ropa tranquilamente, como si nada hubiera pasado, y caminó hacia la salida de la cocina. Yo me quedé tendida de espaldas sobre el mármol frío, con las piernas aún abiertas y caídas hacia los lados, jadeando pesadamente mientras el semen se escurría lentamente entre mis muslos.
Un leve parpadeo cruzó por mi visión, como si la densidad del aire en la habitación hubiera cambiado. La nebulosa de calor extremo empezó a disiparse, devolviéndome una lucidez perfecta sobre mi entorno. Miré el techo de la cocina, luego miré mi cuerpo desnudo, manchado y sudoroso sobre la barra donde solía preparar el desayuno.
Una sonrisa lenta, plena y sin el menor rastro de culpa se dibujó en mis labios. Lo recordaba todo con una claridad absoluta y la idea se mantenía firme, inamovible en mi pecho.
Dios mío... qué maravilloso, pensé mientras me pasaba los dedos por el pubis todavía caliente. ¿Cómo pude estar tan ciega todos estos años? Soy la zorra madura de Gustav. Ese es mi lugar y estoy deseando que vuelva por más.
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