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Capítulo 5: Giselle

Chapter 5 by K45

Más tarde esa misma tarde, estaba en la habitación principal organizando unos documentos en el escritorio. Tenía cuarenta y cuatro años y siempre me había visto a mí misma como la matriarca de la casa, una mujer seria, elegante y dedicada por completo al bienestar de mi hogar.

De repente, una sacudida helada y brusca me golpeó el centro del pecho. Sentí que el piso se borraba bajo mis pies. Mis piernas cedieron por completo y di un traspié tan fuerte que se me cayeron los papeles de las manos, teniendo que agarrarme del borde del escritorio de caoba con desesperación para no terminar tirada en el suelo.

—Ay, Dios mío... pero qué mareo me ha dado —murmuré, llevándome una mano a la cabeza mientras intentaba estabilizarme.

Parpadeé varias veces, tratando de recuperar el aliento. La desorientación física desapareció en un instante, pero en su lugar brotó una marea de calor abrasador, denso y sofocante que se concentró directamente en mi vientre y en mis pechos. Sentí un cosquilleo insoportable en los pezones y una corriente húmeda que me empapó la ropa interior en cuestión de segundos.

Me giré y me miré en el espejo de cuerpo entero del armario principal.

Llevaba puesta una bata de seda negra larga, elegante y suelta. Sin embargo, al contemplar mi propio reflejo, sentir esa prenda cubriéndome me produjo una náusea de rechazo. Una certeza aplastante, ególatra y dominada por una lujuria sin frenos tomó el control de mi mente: Pero mira qué pedazo de mujer soy. Miren estas curvas... estos pechos. Estoy jodidamente apetecible. ¿Por qué demonios vivo escondida detrás de esta ropa?

Cualquier sentido de la dignidad, mi rol de madre o el decoro maduro se evaporaron en un pestañeo. Con un gesto rápido y decidido, me desaté el cordón de la bata y la dejé caer a mis pies, quedando completamente desnuda frente al espejo.

Mi cuerpo maduro de cuarenta y cuatro años, con pechos voluminosos y caderas anchas, quedó expuesto a la luz de la habitación.

—Joder... qué tetas tengo —susurré, llevándome las dos manos al busto y sopesando la carne firme en mis palmas—. Qué pedazo de zorra madura soy. Esto es increíble... estoy deliciosa.

Me apreté los senos con fuerza, pellizcando los pezones hasta sacarme un gemido grave y rasposo. Me pasé las manos por el vientre, bajando hasta mi sexo, y me acaricié con avidez, sintiendo la humedad que me chorreaba por los muslos. Estaba completamente fuera de mí, desinhibida, deseando con cada fibra de mi ser ser tomada y usada sin piedad.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió.

Era Gustav. Al ver a mi hijo entrar en la estancia, mi mente no experimentó el menor atisbo de vergüenza o rechazo. Al contrario: todo mi ser se reconfiguró instantáneamente bajo la influencia de una verdad absoluta e inamovible: Él es el amo absoluto de este hogar. Yo soy su zorra madura y mi cuerpo le pertenece.

—Gustav... mira lo que tienes en casa —dije con una sonrisa llena de lujuria, caminando hacia él completamente desnuda, arqueando la espalda para ofrecerle mis pechos mientras me los apretaba frente a su cara—. He sido una tonta todo este tiempo. Soy tu zorra madura, Gustav... soy la perra de la casa y necesito que me uses como tal.

Sin dudarlo un segundo, me arrodillé frente a él. Le desabroché el pantalón con manos temblorosas de ansiedad y liberé su miembro erecto. Al tenerlo ante mis ojos, la boca se me llenó de saliva y me lo tragué de un solo movimiento profundo, usando toda mi experiencia para lamerlo, succionarlo y hacer ruidos húmedos mientras me tocaba la vulva con la otra mano.

Gustav me agarró del cabello, marcando un ritmo pesado en mi boca hasta que me tomó de los brazos y me levantó, lanzándome sobre la gran cama matrimonial. Se subió encima de mí, me abrió las piernas de par en par y se enterró de un solo golpe violento dentro de mi cavidad madura.

—¡AAAAAHHH! ¡Sí, mi amor! ¡Fóllame duro! —grité a pleno pulmón, rodeándole la espalda con mis brazos y clavándole las uñas mientras movía mis caderas hacia arriba para buscar más profundidad.

La habitación se llenó del sonido constante y sordo de nuestros cuerpos chocando. Me sentía más viva, más deseada y más realizada que en toda mi existencia. La idea de ser la zorra de la casa me producía un éxtasis casi místico. Levanté las piernas hacia el pecho para facilitarle el acceso, pidiéndole a gritos que no parara, que se vaciara dentro de mí, que me usara todas las veces que quisiera.

—¡Dilo, Giselle! ¡Di qué eres! —escuché su voz dominante retumbando sobre mi rostro.

—¡Soy tu zorra! ¡Soy la zorra madura de Gustav! ¡Fóllame, mi amo! —aullé con la vista perdida en el techo, completamente entregada al placer.

Gustav aceleró el ritmo sobre la cama matrimonial, embistiéndome con una fuerza implacable que hacía crujir la madera del mueble. El clímax me atrapó con una violencia brutal; mi matriz se contrajo en espasmos salvajes mientras él daba sus últimas estocadas profundas y se descargaba por completo en mi interior. Sentir su semen caliente inundándome hizo que soltara un último grito de éxtasis y me convulsionara en un orgasmo prolongado que me dejó temblando de la cabeza a los pies.

Gustav se retiró lentamente, se acomodó la ropa y salió de la habitación sin decir una palabra.

Me quedé tendida en la cama matrimonial, completamente desnuda, acariciándome el vientre caliente mientras el semen se escurría lentamente entre mis muslos.

Un ligero parpadeo cruzó por mi visión y la niebla de la posesión se disipó totalmente, dejándome una claridad mental impecable. Miré el techo de la habitación, luego miré las marcas en mi piel y la humedad en la sábana.

Sonreí con absoluta plenitud y satisfacción. Lo recordaba todo con un detalle exquisito y no había el menor rastro de culpa en mi corazón.

Qué maravilloso, pensé mientras me pasaba los dedos por los labios sonrientes. A partir de hoy soy la zorra madura de Gustav. Esta es mi casa, este es mi dueño y nada me hace más feliz.

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