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Capítulo 2

Chapter 3 by K45

Me quedé parado frente a ellas durante varios segundos, sintiendo cómo el aire caliente de la mañana me quemaba la garganta mientras procesaba la escena surrealista que tenía ante mis ojos. Kendra y Dania, las dos estudiantes más cotizadas, soberbias y crueles de toda la facultad de arquitectura, seguían de rodillas sobre el pavimento sucio de la banqueta, con las manos juntas en actitud de ruego, la ropa arrugada por la postura y los rostros completamente cubiertos de lágrimas y maquillaje corrido. Las miradas de algunos peatones que pasaban por la calle empezaban a ser demasiado evidentes; un par de señoras con bolsas de mandado nos observaban con desconfianza desde la acera de enfrente, y el conductor de un autobús urbano bajó la velocidad solo para quedarse mirando el espectáculo de dos universitarias suplicando a los pies de un muchacho con ropa gastada.

Sentí una punzada de nerviosismo en la boca del estómago. El viejo Ananías me había entregado una victoria aplastante y retorcida, pero si no tomaba el control de la situación de inmediato, la policía o el personal de seguridad de la universidad no tardarían en aparecer para averiguar por qué dos alumnas estaban teniendo una crisis nerviosa a mitad de la vía pública.

Tragué saliva, endurecí el gesto y di un paso al frente, mirándolas desde arriba con la voz más firme y seria que pude impostar.

—A ver, ya basta... Levántense las dos en este preciso instante —ordené, usando un tono seco que resonó con autoridad en la esquina.

Kendra y Dania alzaron la vista de golpe, parpadeando con sorpresa y temor, como si mi voz fuera la única orden que sus mentes alteradas estaban dispuestas a obedecer.

—Kennet... por favor... —sollozó Dania, secándose una lágrima del pómulo con el dorso de la mano tremola—. Dinos que no nos odias... Dinos que nos vas a dar una oportunidad para pagarte todo el daño que te hicimos...

—Les dije que se levanten —repetí, cruzándome de brazos y señalando con la cabeza hacia el interior del pasaje peatonal más cercano—. Las perdono, ¿de acuerdo? Escúchenme bien: las perdono por lo que hicieron. Pero lo primero que van a hacer ahora mismo es dejar de llamar la atención de esta manera tan ridícula. No quiero que armen un show en la calle, no quiero que sigan gritando barbaridades frente a todo el mundo y no quiero que la gente empiece a chismear más de la cuenta. ¿Les queda claro?

Kendra fue la primera en ponerse de pie a la prisa, tambaleándose ligeramente sobre sus sandalias antes de afianzarse en el piso. Se sacudió la falda con manos temblorosas y me miró con una devoción ciega, casi abrumadora, mientras las lágrimas aún le brillaban en las pestañas.

—¡Sí, Kennet! ¡Lo que tú digas! —exclamó Kendra en un murmullo apresurado, tomándole la mano a Dania para ayudarla a levantarse del suelo—. Tienes toda la razón, fui una tonta por montar este escándalo... Solo queríamos que supieras la verdad. No vamos a hacer nada que te moleste, te lo juro por mi vida.

Dania se puso de pie a su lado, limpiándose las rodillas sucias con visible vergüenza pero manteniendo la mirada baja, sumisa y completamente quebrada. El orgullo que la caracterizaba había desaparecido por completo, reemplazado por esa falsa culpa que la habilidad de Ananías le había sembrado en el fondo del cerebro.

—Perdónanos, Kennet... —murmuró Dania con la voz quebrada, juntando sus manos a la altura de la cintura—. No volveremos a hacer un espectáculo. Haremos exactamente lo que tú nos pidas. Si quieres que nos vayamos, nos vamos... pero dinos cuándo podemos verte. Por favor. Mis pechos, mi cuerpo... todo lo que te prometí sigue en pie. Solo dinos cuándo.

Respiré profundo, tratando de mantener la cabeza fría ante semejante oferta explícita soltada en voz baja a escasos metros de la avenida.

—Después veremos eso —contesté de manera tajante, manteniendo la distancia física—. No es el momento ni el lugar. Ahora mismo quiero que ambas se vayan a sus casas, se laven la cara, se arreglen y actúen como personas normales. No quiero verlas merodeando por la facultad en este estado ni quiero que le anden contando a nadie lo que pasó aquí. Si de verdad quieren reparar el daño que me hicieron, van a obedecerme al pie de la letra. Yo las buscaré cuando considere conveniente. ¿Entendieron?

Ambas muchachas asintieron con vehemencia al mismo tiempo, como si mis palabras fueran un mandato divino insoslayable.

—Sí, Kennet... Entendido perfectamente —dijo Kendra, esbozando una sonrisa tibia y aliviada dentro de su llanto—. Nos vamos ahora mismo. Esperaremos tu llamada o tu mensaje. Estamos a tu completa disposición para cuando quieras disponer de nosotras... de la forma que tú quieras.

—Sí, Kennet... Gracias por perdonarnos —añadió Dania, dándome una última mirada cargada de súplica y deseo contenido antes de dar la vuelta.

Kendra tomó a Dania del brazo y ambas empezaron a caminar a paso veloz hacia la parada del transporte público. Esta vez no iban peleando ni arrastrándose a la fuerza; iban juntas, conversando en murmullos bajos, compartiendo la misma fijación absoluta por cumplir mi voluntad y esperando ansiosas el momento en que yo decidiera cobrarme el "pago" que me habían prometido con sus cuerpos.

Me quedé parado en la banqueta viéndolas subir al autobús urbano. Cuando las puertas del camión se cerraron y el vehículo se incorporó al tráfico pesado de la avenida, solté una larga exhalación que tenía atorada en el pecho, sintiendo que las piernas me temblaban levemente por la descarga de adrenalina.

A mi lado, una tos seca y rasposa me hizo volver a la realidad.

El viejo Ananías estaba apoyado contra el tronco del ficus, sobándose la zona lumbar con una mueca de dolor artrítico pero luciendo una sonrisa llena de satisfacción cínica en sus labios desgastados. Se ajustó los lentes gruesos sobre la nariz y me miró de arriba abajo con complicidad.

—Vaya, vaya, muchacho... —raspó la voz del anciano, soltando una risita ahogada—. No lo hiciste nada mal. Supiste ponerles el alto justo a tiempo antes de que la policía viniera a meter las narices. Pero dime la verdad... ¿viste cómo te miraban? ¿Viste cómo se arrastraban por ti? Esas dos muchachitas están completamente convencidas de que eres el hombre de sus vidas y de que le deben hasta el alma a tu pene.

Le clavé una mirada seria, tratando de asimilar todo lo que acababa de presenciar en cuestión de minutos.

—Ananías... esto es una locura —dije en voz baja, acercándome a él para que nadie en la banqueta nos escuchara—. De verdad hicieron todo eso porque usted se metió en sus mentes... Todo lo que gritaron en la escuela, lo del chantaje de la foto, lo de ofrecerse como pago... era usted usando sus voces.

—Yo solo les di un pequeño empujoncito, Kennet —respondió el viejo encogiéndose de hombros con desfachatez—. La habilidad hace el trabajo duro: borra la resistencia, reordena los recuerdos y hace que sus mentes crean firmemente que cada palabra, cada impulso erótico y cada deseo de sometimiento nació de sus propias voluntades. Para ellas, no hubo ningún viejo pervertido de por medio; para ellas, simplemente se dieron cuenta del error que cometieron al humillarte y ahora sus cuerpos están ardiendo de ganas de entregarse a ti para redimirse.

Me pasé las manos por el rostro, sintiendo el calor del sol pegándome en la nuca. La realidad de la situación era abrumadora. Las dos chicas que me habían amargado la vida durante semanas, las que me habían convertido en el centro de las burlas de la facultad, ahora estaban en la palma de mi mano, dispuestas a satisfacer cualquier capricho erótico que se me ocurriera, solas o juntas, sin oponer la menor resistencia.

—Bueno... ¿y ahora qué piensas hacer, eh? —preguntó Ananías, dándome un codazo suave en la costilla—. Las mandaste a su casa por hoy, lo cual estuvo bien para enfriar el ambiente... pero no vas a dejar pasar semejante regalo, ¿verdad? Esas dos carnes jóvenes están esperando tu llamada. Si quieres, puedo acompañarte cuando las veas para echarte una mano si se ponen difíciles, aunque no creo que haga falta.

—No, Ananías. Por ahora no —respondí con firmeza, mirando la calle por donde se había ido el autobús—. Necesito pensar con la cabeza fría. Tengo que regresar a la facultad a recoger mis cosas y luego irme a mi casa antes de que alguien empiece a hacer preguntas raras.

—Como quieras, muchacho —dijo el anciano, dando un par de pasos lentos hacia la banqueta mientras sacaba un paquete de cigarros aplastado del bolsillo de su chamarra café—. Pero acuérdate de lo que te dije ayer en mi sala: este regalo que tengo no es eterno para mí, pero si tú quieres... algún día puedo pasártelo. Por ahora, disfruta de tu venganza. Te la ganaste con creces.

Ananías prendió un cigarro con manos temblorosas, soltando una bocanada de humo denso hacia el aire matutino mientras caminaba a paso lento de regreso hacia la colonia.

Me quedé solo en la banqueta durante un par de minutos, viendo al viejo alejarse. Luego me di la vuelta y regresé a la facultad.

El ambiente dentro del campus era un hervidero de murmullos. Al cruzar el torniquete de entrada y caminar por el sendero arbolado hacia el edificio de arquitectura, me di cuenta de que la noticia del escándalo en la cafetería se había extendido como pólvora por todas las carreras. Los estudiantes estaban agrupados en las bancas de jardín, mostrando los videos que algunos habían alcanzado a grabar con sus teléfonos celulares. Escuché fragmentos de conversaciones al pasar: "¿Viste lo que dijo Kendra?", "¿De verdad Dania la chantajeaba con esa foto tan asquerosa?", "Kendra se le ofreció horriblemente a Kennet en medio del patio...", "Dicen que las dos terminaron arrodilladas en la calle pidiéndole perdón".

La narrativa de la universidad había dado un giro de ciento ochenta grados en menos de una hora. La humillación que yo había cargado a cuestas durante tres semanas se había disipado por completo; ahora, Dania era vista como una chantajista despreciable y manipuladora, mientras que Kendra quedaba como una víctima arrepentida que había terminado perdiendo la cordura por el deseo de redimirse ante mí. Y yo... yo ya no era el sujeto patético que había sido rechazado públicamente, sino el tipo al que las dos chicas más deseadas de la facultad le estaban ofreciendo sus cuerpos sin reservas.

Subí las escaleras hasta el tercer piso del edificio A. Entré al taller de diseño estructural, donde el profesor y mis compañeros me miraron en absoluto silencio. Nadie dijo una sola palabra despectiva; algunos me miraban con una mezcla de morbo y respeto renovado, mientras que otros simplemente bajaban la vista cuando los cruzaba con la mirada. Caminé hasta mi restirador, recogí mis láminas de dibujo, guardé la regla T en su funda y tiré la mochila sobre mi hombro sin dar explicaciones a nadie. Salí del salón y abandoné el edificio a paso firme.

El trayecto de regreso a mi casa en el transporte público fue un silencio largo y reflexivo. Apoyé la frente contra el cristal de la ventana del camión, viendo pasar las calles de la ciudad mientras la mente me daba vueltas a mil por hora. Los recuerdos de Kendra y Dania arrodilladas a mis pies, ofreciéndome sus pechos, sus vaginas y su sumisión total, se mezclaban en mi cabeza con el poder aterrador que Ananías poseía. El viejo había demostrado que sus palabras no eran desvaríos de la edad; la posesión corporal, la reescritura de recuerdos y el control sobre la voluntad ajena eran una realidad absoluta.

Al llegar a la colonia, caminé las tres cuadras que separaban la parada de mi casa. El sol del mediodía caía a plomo sobre las fachadas de las propiedades. Pasé frente a la casona desgastada de Ananías y vi a través de la ventana de su sala que el anciano ya estaba acomodado en su sillón reclinable, viendo la televisión tranquilamente con un plato de comida en el regazo, como si por la mañana no hubiera desatado un terremoto social en la universidad.

Empujé el portón de metal de mi hogar y entré al amplio patio. La casa estaba tranquila a esa hora. Cruzé la puerta principal y el olor a limpiador de pisos y a guisado casero me recibió de golpe. En la sala de estar, mi cuñada Zarela, de treinta y dos años, estaba terminando de limpiar la mesa del comedor con un trapo húmedo.

—¿Tan temprano de regreso, Kennet? —preguntó Zarela, alzando la vista con curiosidad al verme entrar con la mochila al hombro—. Pensé que tenías clases hasta las tres de la tarde.

—Se canceló la última taller, Zarela —mentí con naturalidad, dejando la mochila sobre una de las sillas del comedor—. Prefiri venirme a avanzar los planos aquí en la casa.

—Está bien, muchacho. Tu sobrina Vianey llegó hace un rato también, dijo que no tenía ganas de comer en la cafetería de su escuela —mencionó Zarela mientras doblaba el trapo—. Por cierto... ¿supiste algo del viejo Ananías? Lo vi pasar hace rato caminando desde la avenida, se veía bastante cansado.

—Sí, me lo crucé cerca de la parada —contesté sin darle importancia—. Dice que salió a dar una caminata corta. Ya sabe cómo es, no se halla encerrado todo el día.

Zarela negó con la cabeza con cierta lástima.

—Ese señor debería tener más cuidado, a su edad un golpe de calor en la calle lo puede dejar tirado. Pero bueno, al menos te tiene a ti para echarle un ojo de vez en cuando.

Subí las escaleras de madera hacia la planta alta. En el pasillo me crucé con mi sobrina Vianey, de diecinueve años, quien salía de la cocina con un vaso de agua helada en la mano. Al verme, me dedicó una sonrisa cercana.

—Hola, Kennet. Te ves agitado... ¿pasó algo en tu facultad? —preguntó Vianey con curiosidad, apoyándose contra el marco de la puerta.

—Nada grave, Vianey. Solo un día pesado con las entregas de planos —respondí, dándole una palmadita suave en el hombro al pasar a su lado—. Voy a encerrarme un rato a descansar.

Entré a mi habitación, cerré la puerta con seguro y me dejé caer de espaldas sobre la cama. Me quedé mirando el techo blanco durante un largo rato, sintiendo el silencio de mi cuarto. Saqué mi teléfono celular del bolsillo del pantalón y encendí la pantalla.

Tenía dos notificaciones de números no guardados en la aplicación de mensajería.

Abrí la primera notificación. Era un mensaje de Kendra: "Kennet, ya estoy en mi casa como me lo pediste. Me lavé la cara y me arreglé. Por favor dime que estás bien y que no estás enojado conmigo. Estoy esperando tus órdenes para cuando quieras verme... Mi cuerpo es tuyo".

Abrí la segunda notificación. Era un mensaje de Dania: "Kennet, perdón por todo. Ya llegué a mi departamento. No he dejado de pensar en lo tonta que fui contigo. Te juro que todo lo que te dije de mi vagina, mis pechos y mi sumisión es verdad. Dime a qué hora puedo ir a buscarte o a dónde tengo que ir. Haré lo que tú me digas".

Miré la pantalla del teléfono con una mezcla de fascinación, morbo y un sentimiento de control absoluto que nunca antes había experimentado. Las dos chicas que se habían burlado de mí estaban ahí, guardadas en mi bolsa, esperando desesperadamente una sola palabra de mi parte para entregarse por completo, sumisas y convencidas de que su único propósito ahora era satisfacer cada uno de mis deseos eróticos.

Apreté el teléfono con la mano, apagué la pantalla y lo dejé sobre la mesa de noche. La venganza estaba servida, las reglas del juego habían cambiado para siempre y yo acababa de tomar el mando de una historia donde nada volvería a ser como antes.

El sol de la tarde empezaba a caer sobre el techo de la casa, proyectando sombras largas a través de los ventanales de mi recámara. El silencio de la planta alta solo se rompía por el murmullo lejano de la televisión en la sala y el sonido constante del ventilador de techo que apenas lograba refrescar el ambiente caluroso de mediados de agosto. Llevaba más de dos horas tirado en la cama, repasando los mensajes en la pantalla del celular y tratando de digerir la velocidad a la que mi vida se había vuelto un caos surrealista. La humillación pública que me había amargado las últimas semanas había quedado pulverizada, reemplazada por la sumisión absoluta de Kendra y Dania.

Mientras tanto, en la casona de al lado, el viejo Ananías descansaba en su sillón de cuero con una satisfacción enorme inflándole el pecho. Para él, haber humillado a esas dos universitarias y habérmelas puesto en la palma de la mano era solo el comienzo. Durante años, mientras la gente del vecindario lo trataba como a un viejo apestado y loco, yo había sido el único en llevarle un plato de comida caliente, en sentarme a escuchar sus historias y en tratarlo como a un ser humano. Ese viejo pervertido me tenía un afecto genuino y profundo, y en su mente retorcida sentía que devolverme el favor con un par de chicas arrodilladas en la banqueta no era suficiente para saldar la deuda de gratitud que tenía conmigo. Quería darme algo más grande, algo más cercano y personal.

Desde la ventana de su sala, Ananías había visto pasar un par de horas antes a Yaelin, de veintiún años, una de mis dos grandes amigas de la infancia. Yaelin y Briseida, de veintidós, habían sido mis pilares fundamentales desde que éramos niños; ambas me habían apoyado incondicionalmente tras el trago amargo en la facultad, consolándome y buscando formas de subirme el ánimo. Ananías lo sabía perfectamente porque las había visto entrar y salir de mi casa cientos de veces. Sabía que Yaelin tenía una figura espectacular, un carácter protector y un afecto sincero por mí que rozaba en algo más profundo que la simple amistad.

"Esa muchachita le tiene ganas a mi chico y ni ella misma se da cuenta", pensó el viejo para sus adentros con una mueca burlona, sobándose las rodillas cansadas. "Es hora de darle a Kennet la sorpresa de su vida".

Ananías se levantó del sillón con lentitud, salió a su porche y se acomodó cerca de la cerca de madera, esperando pacientemente. No tuvo que esperar mucho. A las cuatro de la tarde, Yaelin venía caminando por la banqueta con un bolso cruzado y una bolsa de pan casero que mi cuñada Zarela le había encargado. Lucía unos pantalones de mezclilla ajustados que resaltaban sus caderas firmes y una blusa de tirantes que dejaba al descubierto sus hombros moldeados.

Al pasar frente a la casa del vecino, Yaelin le dedicó un saludo cortés pero distante con la cabeza, sabiendo que era el anciano al que yo cuidaba. Ananías le devolvió la sonrisa de inmediato, ajustándose los lentes gruesos sobre la nariz. Clavó la mirada fijamente en los ojos de Yaelin, asegurándose de cumplir la regla primordial de su habilidad: la línea de visión directa.

En cuestión de tres segundos, el rostro de Yaelin se puso completamente rígido. Sus pasos se detuvieron en seco en medio de la banqueta, su bolso se resbaló levemente de su hombro y sus ojos oscuros quedaron totalmente vacíos de expresión durante un instante helado.

A escasos metros, en el porche, el cuerpo gastado de Ananías se desplomó pesado sobre una silla de mimbre, cayendo de lado con la cabeza sobre el pecho y los brazos flojos, iniciando su tercera posesión consecutiva del día.

En la banqueta, Yaelin parpadeó despacio. Sus hombros cayeron con esa pesadez característica y su cuello se tensó con una torpeza rústica. Se pasó la mano por el rostro, raspándose la mejilla con los nudillos exactamente como lo hacía el viejo, y miró sus propias manos delgadas con una sonrisa torcida, perversa y babosa que transformó por completo su rostro femenino.

—Aver, aver... qué sabroso está este cuerpecito de veintiún años —murmuró Yaelin —o Ananías usando sus cuerdas vocales— con una entonación ronca y pausada—. Mi muchacho Kennet se va a ir de espaldas con esta sorpresa.

Ajustó la bolsa de pan bajo el brazo, caminó con pasos amplios y decididos hacia el portón de mi casa, empujó la reja y cruzó el patio. Entró a la vivienda como si fuera la dueña del lugar. En la sala, mi cuñada Zarela estaba doblando ropa cerca del comedor y alzó la vista al verla entrar.

—¡Hola, Yaelin! Qué rápida, gracias por traer el pan —saludó Zarela con una sonrisa amable.

—De nada, Zarela... Aquí te lo dejo —respondió Yaelin con una voz anormalmente pausada y grave, dejando la bolsa sobre la mesa sin detener su paso hacia las escaleras.

—¿Te sientes bien, muchacha? Te oyes un poco mada —preguntó Zarela extrañada por la actitud repentina de la amiga de la infancia de su cuñado.

—Perfectamente... Solo voy a subir a ver a Kennet al cuarto. Le llevo una atención especial —dijo Yaelin con una risita ahogada que hizo que Zarela alzara las cejas con confusión, aunque no le dio mayor importancia pensando que eran cosas de jóvenes.

Yaelin subió los escalones de madera de dos en dos, con una soltura física que el cuerpo viejo de Ananías no había experimentado en décadas. Recorrió el pasillo del segundo piso, pasó de largo la puerta de mi hermana Odalis y se detuvo justo frente a la mía. Giró la perilla con firmeza y empujó la puerta sin molestarse en tocar.

Yo estaba sentado en la orilla de la cama, revisando unas láminas de dibujo en mi computadora portátil. Al escuchar la puerta abrirse de golpe, alcé la vista con molestia.

—Vianey, te he dicho que toques antes de... —comencé a decir, pero la frase se me atoró en la garganta al ver a Yaelin parada en el umbral.

—Hola, Kennet... —dijo Yaelin, cerrando la puerta detrás de sí y pasándole el seguro con un chasquido metálico que resonó en toda la habitación.

—¿Yaelin? ¿Qué haces? ¿Por qué le pones seguro a la puerta? —pregunté desconcertado, levantándome de la cama.

No me respondió con palabras. En lugar de eso, me clavó una mirada que me congeló la sangre. Sus ojos no tenían el brillo cálido y protector de mi amiga de toda la vida; tenían esa malicia oscura, cínica y perversa que pertenecía sin lugar a dudas a la cara arrugada de mi vecino. Antes de que pudiera procesar la situación, Yaelin se llevó las manos a la bastilla de su blusa de tirantes y, con un movimiento fluido y descarado, se la quitó por la cabeza, tirándola desinteresadamente al suelo.

Me quedé helado. Mi amiga de la infancia estaba parada a mitad de mi recámara en un sujetador negro de encaje que resaltaba la firmeza de sus pechos de veintiún años y la tersura de su piel canela.

—¡Yaelin, ¿qué carajos te pasa?! ¡¿Estás loca?! —grité en un murmullo desesperado, dando un paso hacia atrás y tapándome los ojos con la mano—. ¡Pónte la ropa ahora mismo! ¡¿Qué demonios estás haciendo en mi cuarto?!

—Tranquilo, muchacho... No te asustes —dijo Yaelin, y fue la entonación ronca, pausada y babosa lo que me hizo abrir los ojos de golpe, sintiendo un sudor helado empaparme la nuca.

—No... no puede ser —susurré horrorizado—. ¡¿Ananías?!

—El mismo que viste y calza, Kennet —respondió Yaelin —el viejo dentro de su cuerpo— con una sonrisa torcida que deformaba los labios de mi amiga. Se llevó las manos a la cintura del pantalón de mezclilla, desabrochó el botón de un tironazo y bajó el cierre lentamente—. Te dije que este viejo no se iba a quedar con los brazos cruzados. Lo de la facultad estuvo sabroso, sí... pero tú te mereces algo mejor. Te mereces probar la carne firme de esta chiquita que te cuida tanto.

—¡Deténgase, Ananías! ¡Sálgase de su cuerpo ahora mismo! —le exigí fuera de mí, avanzando hacia la puerta para quitar el seguro—. ¡Yaelin es mi amiga de la infancia! ¡Es como mi hermana! ¡No voy a permitir que haga esta cochinada con ella!

Intenté llegar a la puerta, pero el viejo, moviendo el cuerpo ágil de Yaelin, se interpuso en mi camino con rapidez. Con una maniobra decidida, se bajó el pantalón junto con su prenda íntima hasta los tobillos, zafándose de los tenis de un par de patadas.

El cuerpo de Yaelin quedó completamente desnudo frente a mí en medio de mi recámara.

Traté de voltear la cara hacia la pared, pero la escena era abrumadora. Mi amiga de la infancia poseía una figura espectacular: senos erguidos y simétricos, una cintura estrecha que se curvaba hacia unas caderas amplias y redondeadas, y entre sus muslos bien torneados, su vagina expuesta, húmeda y rosada, brillando bajo la luz que entraba por la ventana.

—Mírala, Kennet... Mírala bien —dijo la voz de Yaelin, cargada con la vulgaridad del viejo—. Mira qué chulada de vagina tiene tu amiguita. Está limpiecita, suavecita y muriéndose de ganas por sentir tu carne adentro. Este viejo te está regalando lo mejor de su repertorio.

—¡No quiero ver nada! ¡Sálgase de su cabeza, carajo! —grité enojado, sujetándola bruscamente por los hombros para tratar de empujarla hacia la cama y cubrirla con la sábana.

Pero Ananías no tenía la menor intención de ceder. Al sentir mis manos sobre la piel desnuda de los hombros de Yaelin, el viejo usó la fuerza y agilidad del cuerpo joven para abalanzarse sobre mí. Me empujó con firmeza hacia atrás, haciéndome caer sentado sobre la orilla de mi cama. Antes de que pudiera reaccionar o ponerme de pie, Yaelin se dejó caer de rodillas entre mis piernas.

—¡Ananías, no! ¡Déjeme en paz! —protesté con vehemencia, tratando de cerrar las piernas y empujarla por la cabeza para apartarla.

Pero la resistencia física era inútil contra la determinación del anciano operando una musculatura joven. Yaelin me metió las manos por debajo de la cintura de mi pantalón de mezclilla con una velocidad pasmosa. Con dedos hábiles y descarados, desabrochó mi cinturón, bajó mi cierre y metió la mano directamente por dentro de mi ropa interior, envolviendo la base de mi miembro con sus dedos cálidos y suaves.

Un escalofrío eléctrico me recorrió toda la columna vertebral. La sensación física de la mano de mi amiga de la infancia frotando mi piel desnuda era un contraste violento contra el horror mental de saber que era la mente de un anciano pervertido la que manejaba esos movimientos.

—Eso es... ponte duro para ella, muchacho —le salió la voz a Yaelin con un resoplido caliente pegado a mi muslo—. Mira cómo responde tu cuerpo aunque tu cabeza diga que no. Los jóvenes son tan fáciles de encender...

—¡Suelteme! ¡Le digo que me suelte! —trate de zafarme, apoyando las manos contra sus hombros para empujarla hacia atrás, pero el contacto directo y el roce continuo de sus dedos subiendo y bajando por mi cuerpo empezaron a traicionarme biológicamente. Mi pene se hinchó de golpe en su mano, erigiéndose firme y pulsante bajo la caricia experta que Ananías ejecutaba con el cuerpo de Yaelin.

Yaelin soltó una risita baja y victoriosa al sentir la firmeza de mi miembro entre sus dedos. Sin darme tiempo a reaccionar, terminó de bajarme el pantalón hasta las rodillas, dejando mi pene completamente expuesto y erguido en el aire caliente de la habitación.

—Qué chulada de garganta va a probar esta muchachita —murmuró Yaelin, acercando su rostro desnudo a mi entrepierna.

Apreté los puños contra la sábana de la cama, debatiéndome en una lucha interna feroz. Por un lado, la moral y el respeto por mi amiga de toda la vida me gritaban que detuviera esa locura a como diera lugar; por el otro, la estimulación física abrumadora de ver a una mujer hermosa, completamente desnuda de rodillas frente a mí y acariciándome con esa devoción erótica, me nublaba el juicio.

Yaelin pegó los labios carnosos a la punta de mi miembro, rodeando la cabeza con la lengua húmeda mientras su mano no dejaba de masturbarme de arriba abajo con un ritmo constante, denso y envolvente. Solté un gemido ahogado contra mi voluntad, echando la cabeza hacia atrás sobre la pared de mi cuarto.

—Eso es, Kennet... disfruta de la ayuda de este viejo —susurró Yaelin entre beso y beso a mi piel erizada—. Ella no se va a acordar de nada malo, te lo prometo. Para ella esto va a ser el mejor día de su vida.

Yaelin se puso de pie bruscamente sobre la alfombra, luciendo su cuerpo completamente desnudo en toda su plenitud. Pasó una pierna por encima de mis muslos y se montó a horcajadas sobre mi regazo, apoyando sus rodillas a los costados de mi cadera. La cercanía de sus pechos firmes rozando mi camiseta y el calor que emanaba de su vagina expuesta me dejaron sin aliento.

Ananías, usando las manos de Yaelin, tomó mi pene erguido y guió la punta directamente hacia la entrada de su sexo. La cavidad de Yaelin estaba notablemente húmeda por la excitación física que la habilidad había inducido en sus hormonas.

—¡Ananías, espere... no lo haga así! —alcancé a articular con la voz entrecortada por la agitación.

Pero el viejo no me escuchó. Con un movimiento lento, pesado y decidido hacia abajo, Yaelin dejó caer el peso de sus caderas sobre mi regazo, haciendo que mi miembro penetrara su vagina de un solo tironazo profundo.

Un jadeo colectivo pareció llenar la habitación. La estrechez y el calor de Yaelin abrazaron mi sexo con una firmeza brutal. Mi amiga poseída echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido agudo, femenino y cargado de un placer fisiológico puro que resonó contra las paredes de mi recámara.

—¡Ahhh... Kennet! —se escuchó la voz de Yaelin, esta vez mezclada con una respiración entrecortada mientras comenzaba a mover sus caderas de arriba abajo sobre mi pene, embistiendo con un ritmo lento pero implacable—. ¡Siente cómo entra todo! ¡Siente qué apretadita está tu amiga para ti!

Apreté los brazos alrededor de sus caderas sin poder evitarlo, respondiendo al vaivén instintivo de su cuerpo. El placer físico de penetrar a Yaelin era abrumador; cada embestida hacia arriba me hundía más profundo en su vagina húmeda, haciendo que sus pechos rebotaran levemente frente a mis ojos con cada movimiento. La mezcla de la resistencia inicial con la entrega física total creó una tormenta de sensaciones que me hizo perder el control de la situación.

Yaelin aumentó la velocidad del bofeteo de sus caderas contra mis muslos, soltando gemidos cada vez más continuos y sonoros que retumbaban en la habitación.

—¡Eso es, muchacho... méteselo todo! —raspó la voz de Ananías desde los labios de Yaelin, mientras ella se inclinaba hacia adelante para pegarme los pechos al tórax y plantar un beso sucio, profundo y lleno de saliva en mi boca, metiéndome la lengua con voracidad mientras mantenía el ritmo frenético del coito.

El encuentro se volvió un torbellino de carne, sudor y gemidos ahogados a mitad de la tarde, dentro de la casa donde mi propia familia caminaba por los pasillos sin sospechar el acto de posesión y placer descontrolado que el viejo Ananías estaba ejecutando dentro del cuerpo de mi mejor amiga.

La intensidad del movimiento en la orilla de la cama llegó a su punto más alto cuando Yaelin, acelerando el vaivén de sus caderas sobre mi regazo, soltó un jadeo largo que pareció congelar el aire del cuarto. Sus pechos erguidos subían y bajaban al ritmo agitado de su respiración, y el calor de su cuerpo me envolvía por completo mientras sus muslos apretaban con fuerza los míos.

En ese preciso instante, justo cuando el éxtasis parecía haber tomado el control total de la habitación, los ojos oscuros de Yaelin se pusieron rígidos por una fracción de segundo. La mirada perversa, cínica y burda del anciano desapareció en un parpadeo.

El salto de la mente de Ananías hacia su propio cuerpo fue limpio y fulminante.

El cuerpo desnudo de Yaelin se volvió pesado sobre mí de golpe. La tensión muscular de su espalda se aflojó y la chica soltó un suspiro profundo, entrecortado, parpadeando despacio mientras la luz del sol que filtraba la cortina volvía a reflejarse en sus pupilas. La neblina de la posesión se disipó al instante, pero las reglas del poder de Ananías comenzaron a ejecutarse sin piedad en el fondo de su cerebro: la mente de Yaelin reordenó los recuerdos en un segundo, borrando cualquier rastro de la presencia del viejo y sustituyéndolo con la firme creencia de que ella misma había entrado a mi recámara por su propia voluntad, impulsada por un deseo ardiente, reprimido y desesperado por entregarse a mí.

Yaelin parpadeó dos veces. Sintió la humedad entre sus piernas, la presión de mi miembro profundamente introducido en su vagina y el roce de su piel desnuda contra la mía. Miró hacia abajo, viendo cómo sus pechos se apoyaban contra mi pecho, y luego alzó la vista para encontrar mi mirada aterrorizada y agitada.

En lugar de gritar, asustarse o intentar cubrirse, el rostro de mi amiga de la infancia se iluminó con una expresión de alivio absoluto, ternura y un deseo feroz que jamás le había visto en los diez años que llevábamos de conocernos.

—Kennet... —murmuró Yaelin con su voz real, una voz suave, femenina y temblorosa, pero cargada de una devoción que me puso los pelos de punta—. Al fin... al fin estoy aquí contigo...

Me quedé completamente petrificado, con los brazos apoyados en el colchón detrás de mí, incapaz de articular palabra mientras la veía.

—Por favor... no me pidas que pare... —sollozó Yaelin levemente, llevando sus manos hacia mi cuello para acariciarme la nuca con una delicadeza infinita—. No sabes cuántas ganas tenía de hacer esto... No sabes lo feo que se sentía verte sufrir todos estos días por culpa de esas malditas de la facultad, mientras yo me moría por dentro deseando ser la única mujer en tu vida.

—Yaelin... espera... —alcancé a balbucear, sintiendo cómo su cuerpo volvía a moverse sobre el mío, pero esta vez no con la brusquedad rústica del viejo, sino con una cadencia suave, húmeda y profundamente pasional.

—No voy a esperar más, Kennet... —respondió ella, pegando su frente a la mía mientras sus caderas comenzaban a describir un círculo lento y apretado alrededor de mi sexo—. Soy tuya... Siempre he sido tuya, solo que era demasiado cobarde para demostrártelo. Mi cuerpo, mi vagina, mi pecho... todo de mí está aquí para ti. Úsame como quieras, hazme tuya las veces que necesites para sacarte todo el dolor que te hicieron sentir.

El calor dentro de ella era sofocante. La reescritura de la habilidad de Ananías no solo le había hecho creer que ella había tomado la iniciativa de desnudarse y montarse sobre mí, sino que había potenciado sus sentimientos de afecto hacia mí hasta convertirlos en una necesidad física y emocional aplastante. Yaelin comenzó a embestir hacia abajo de nuevo, pero ahora con un ritmo natural, envolvente y suave que hacía que su vagina apretara mi pene con un abrazo apretadísimo.

Soltó un gemido largo y dulce que resonó en el cuarto, apoyando sus manos sobre mis hombros para ganar impulso.

—¡Ahhh... Kennet! —jadeó Yaelin, cerrando los ojos con una mueca de puro placer mientras sus caderas subían y bajaban con fuerza sobre mi regazo—. ¡Siente cómo me pongo de apretada para ti! ¡Dime que te gusta! ¡Dime que sientes mi vagina rodeándote toda!

La escena era tan erótica como aterradora. La chica con la que había compartido tareas de la escuela, la que me recibía en su casa a comer y la que me había consolado semanas atrás cuando me sentía en el fondo del pozo, estaba ahora completamente desnuda sobre mí, entregándose con un frenesí absoluto, convencida de que su propósito supremo en ese instante era darnos el placer más intenso que pudiéramos experimentar.

Traté de mantener la compostura, pero la respuesta física de mi cuerpo era incontrolable. La calidez de su sexo, el roce constante de sus muslos contra los míos y la visión de sus senos de veintiún años bamboleándose al ritmo de sus embestidas terminaron por romper mi última barrera de contención. La tomé por la cintura firme con ambas manos, sujetándola con fuerza mientras empezaba a empujar hacia arriba, devolviéndole cada una de las embestidas con una potencia que hizo que la cama de madera chirriara levemente.

—¡Sí... así, Kennet! ¡Métemelo todo! —gritó Yaelin en un susurro desesperado, inclinándose hacia mí para buscar mis labios.

Nos besamos con una hambre voraz. Yaelin me metió la lengua hasta el fondo, saboreando el momento con un apasionamiento desmedido, mientras sus caderas no dejaban de golpear las mías con un sonido húmedo y rítmico que llenaba la recámara. El sudor de sus hombros y de su pecho se mezclaba con el mío. Cada vez que mi pene llegaba al fondo de su cavidad, Yaelin arqueaba la espalda y apretaba los nudillos contra mi espalda, soltando gemidos entrecortados que ahogaba contra mi cuello.

—¡Soy tu amiga... pero hoy soy tu mujer, Kennet! —me dijo al oído con la voz completamente alterada por el placer—. ¡Quiero que me dejes bien marcada! ¡Quiero que cada vez que me veas en la calle te acuerdes de cómo me abrí de piernas para ti en tu propia cama!

El ritmo se volvió desenfrenado. Las caderas de Yaelin bajaban con una fuerza increíble, dejándose caer sobre mi regazo una y otra vez sin darle tregua a mi sexo. La fricción constante me estaba llevando directamente al límite. Sentí la acumulación del espasmo final en la base de mi vientre y apreté las manos contra sus glúteos redondeados para pegarla lo más posible a mí.

—Yaelin... me voy a venir... —le advertí con la voz ronca, tratando de retenerme un segundo.

—¡Venirse adentro, Kennet! ¡Lléname toda la vagina con tu semen! —me suplicó Yaelin con los ojos inyectados en placer, acelerando el movimiento de sus caderas en un último tramo desesperado—. ¡Quiero sentir tu calor dentro de mí! ¡Lléname, mi amor, lléname!

Con una última embestida brutal hacia arriba, mi cuerpo se tensó por completo. Clavé los dedos en su cadera y solté una exhalación profunda mientras mi miembro comenzaba a pulsar con violencia dentro de su vagina. Inyecté chorro tras chorro de semen caliente en el fondo de su cavidad, llenándola por completo mientras Yaelin, al sentir la descarga tibia en sus adentros, soltó un grito ahogado y convulsionó levemente sobre mí, alcanzando un orgasmo intenso que hizo que sus paredes vaginales apretaran mi pene en un espasmo largo y apretado.

Nos quedamos abrazados en esa posición durante más de un minuto, respirando a bocanadas profundas, sintiendo los latidos agitados de nuestros corazones pegados uno contra el otro. El sudor nos cubría la piel y el olor al acto íntimo llenaba la habitación.

Yaelin apoyó su cabeza sobre mi hombro, con la sonrisa más dulce y realizada que jamás le había visto. Me acarició la mejilla con la yema de sus dedos, dándome un beso suave en la comisura de los labios.

—Gracias... gracias por recibirme así, Kennet —murmuró ella con una paz absoluta en la voz—. No te imaginas lo feliz que me hace saber que al fin rompimos esa barrera entre nosotros.

Despacio, Yaelin se levantó de mi regazo. Al salir mi sexo de su interior, un hilo de semen mezclado con su propia humedad se resbaló por la parte interna de sus muslos. Lejos de avergonzarse, ella sonrió al verlo, se pasó la mano por la frente para acomodarse el cabello alborotado y comenzó a recoger su ropa del suelo con absoluta naturalidad.

Se puso el sujetador negro, se pasó la blusa de tirantes por la cabeza y se enfundó el pantalón de mezclilla sin quitarme la mirada amorosa de encima. Se abrochó el botón, se puso los tenis y caminó hasta la orilla de la cama para darle un último beso largo y tierno en la boca a mi rostro todavía desencajado.

—Voy a bajar a saludar a tu cuñada Zarela y a tomarme un vaso de agua —dijo Yaelin con una ligereza pasmosa, ajustándose el bolso en el hombro—. Te veo al rato o mañana, mi amor. Cuando quieras que regrese a tu cuarto... solo mándame un mensaje y vendré corriendo.

Yaelin quitó el seguro de la puerta, la abrió tranquilamente y salió al pasillo, tarareando una canción en voz baja como si acabara de tener la tarde más hermosa de toda su vida.

Me quedé sentado en la cama, con los pantalones abajo, el pecho descubiertos y mirando fijamente hacia la puerta abierta, sintiendo un vacío extraño y una turbación brutal en la cabeza.

A través de la ventana de mi recámara, que daba hacia el pasaje lateral, escuché una risita seca y rasposa.

Me asomé inmediatamente por el cristal. Abajo, en el patio de la casona vecina, el viejo Ananías estaba sentado en una banca de madera bajo la sombra de un árbol de nísperos. Lucía notablemente fatigado tras haber ejecutado tres posesiones consecutivas en un solo día, con la piel pálida y los ojos cansados tras sus gruesos lentes, pero la expresión de su cara era la de un anciano victorioso.

Al verme asomado por la ventana, Ananías alzó su mano temblorosa, me hizo un gesto burlón con los dedos y se llevó dos dedos a la boca para imitar la forma de un beso, soltando una carcajada ahogada que solo yo pude escuchar.

El viejo había cumplido su palabra de la manera más perversa y retorcida posible. No solo me había entregado el sometimiento de las dos chicas que me habían humillado en la universidad, sino que acababa de derribar la muralla de amistad con Yaelin, convirtiéndola en una mujer enamorada, servil y dispuesta a todo por mi placer, dejando mi vida envuelta en un control absoluto sobre el que ya no había vuelta atrás.

Me quedé un par de minutos más en la orilla de la cama, tratando de acomodarme la ropa con manos temblorosas y la mente hecha un torbellino. El olor de Yaelin y el rastro de la pasión desenfrenada que habíamos compartido aún flotaban en el aire caliente de mi habitación. Me subí el pantalón de mezclilla, me abroché el cinturón y me pasé la mano por el rostro húmedo de sudor. La sensación de control era tan intensa como abrumadora: las dos chicas que me habían humillado en la facultad estaban totalmente sometidas a mi voluntad desde sus casas, y mi mejor amiga de la infancia acababa de marcharse feliz, tarareando una canción tras haberme entregado su cuerpo sin reservas.

Con el pulso aún acelerado, abrí la puerta de mi cuarto y bajé las escaleras de madera en absoluto silencio. Necesitaba tomar un vaso de agua helada, lavarme la cara y tratar de poner en orden mis pensamientos antes de que la tarde se terminara de consumir.

Al llegar al descansillo de la planta baja, vi que la puerta principal estaba entreabierta y el silencio reinaba en el pasillo. Caminé hacia la sala de estar y me encontré a mi cuñada Zarela, de treinta y dos años, de pie junto a la mesa del comedor. Estaba de espaldas a mí, guardando en un recipiente de plástico los restos del pan dulce que Yaelin había traído hacía un rato.

—Zarela... —pronuncié con la voz un poco ronca, tratando de sonar lo más normal posible.

Zarela se dio la vuelta despacio. Vestía una blusa holgada de tela delgada y un pantalón de vestir que resaltaba la figura madura y bien conservada que siempre la había caracterizado.

—Ah, Kennet. Ya bajaste —dijo con una calma aparente, dejando el recipiente sobre la mesa—. Tu amiga Yaelin ya se fue. Me dijo que te había dejado descansando en tu cuarto y que luego te buscaba. La vi un poco despeinada y roja de la cara, pero se veía muy contenta, la verdad.

Tragué saliva, dando un par de pasos hacia la barra de la cocina.

—Sí... se fue rápido —murmuré, buscando un vaso en el alacena—. Oye, Zarela... ¿te acuerdas de lo que te conté ayer? ¿Lo que te dije sobre el viejo Ananías y la habilidad rara que tiene para meterse en la cabeza de la gente?

Zarela no respondió de inmediato. Se cruzó de brazos, recargando las caderas contra el borde del comedor.

—Sí, claro que me acuerdo, Kennet —respondió con un tono pausado, casi arrastrado—. Me dijiste que ese viejito de al lado tiene el poder de poseer a las mujeres, de manejar sus cuerpos y de cambiarles los recuerdos para que hagan lo que él quiera... Pensé que estabas bromeando o que te estabas volviendo loco por el estrés de la facultad.

—Pues no era ninguna broma, Zarela —dijo mientras me servía agua de la jarra, dándole la espalda por un segundo—. Hoy en la mañana pasó algo increíble en la universidad. Ananías poseyó a Kendra y a Dania... las dos chicas que me hicieron la vida imposible durante semanas. Se metió en sus cuerpos a mitad de la explanada, las hizo gritar toda la verdad, las hizo confesar el chantaje de la foto y luego las obligó a venir hasta la calle a arrodillarse a mis pies. Les hizo decir cosas degeneradas, explícitas y puramente sexuales... ofrecieron sus pechos, sus vaginas y sus cuerpos enteros con tal de que yo las perdonara.

Hice una pausa, apretando el vaso de vidrio con la mano mientras sentía un escalofrío al recordar la escena más reciente.

—Y no solo a ellas... Hace rato, cuando Yaelin entró a mi cuarto, no era ella. Ananías se metió en su cuerpo en la banqueta y la hizo subir a buscarme. Se desnudó completa en mi habitación, se me arrodilló entre las piernas, me masturbó y me obligó a tener sexo con ella mientras el viejo controlaba sus movimientos. Fue algo de locos, Zarela... Las tres terminaron haciendo cosas pervertidas y buenas para mí, totalmente entregadas porque el viejo las poseyó.

Terminé de hablar y me llevé el vaso a los labios para tomar un trago largo de agua. No me había fijado con atención en la cara de mi cuñada mientras le soltaba toda la historia, pero al bajar el vaso y volver la mirada hacia ella, me quedé helado a mitad del trago.

Zarela me estaba mirando de una forma completamente distinta.

Su postura relajada de ama de casa había desaparecido. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, los hombros erguidos y en sus labios se dibujaba una mueca perversa, burlona, llena de una lujuria descarada y cínica que no pertenecía en absoluto a la mujer seria y reservada que estaba casada con mi hermano mayor. Sus ojos maduros me recorrían el cuerpo de arriba abajo con una fijación casi animal.

—¿Así que me estabas contando todo eso, Kennet? —soltó Zarela con una voz extrañamente ronca y sensual, pasándose la punta de la lengua por el labio superior de manera explícita—. Bueno... pues para mí mejor.

Un sudor helado me empapó la nuca al instante. El tono de voz, la forma de rasparse la mejilla con los nudillos al acomodarse el cabello y la mirada socarrona eran inequívocos.

—No... no puede ser —susurré dando un paso hacia atrás contra la barra de la cocina—. ¡Ananías! ¡¿Otra vez usted?!

La mujer de treinta y dos años soltó una risita ahogada y sabrosa que resonó en el comedor vacío.

—El mismo que viste y calza, muchacho —dijo Zarela —el viejo dentro de su cuerpo— mientras daba dos pasos lentos hacia mí, meciendo las caderas con una provocación descarada—. Pero déjame decirte algo que no sabes, Kennet... Este cuerpecito de tu cuñada no es la primera vez que lo visito. Yo ya conocía perfectamente la carne de Zarela desde hace tiempo.

Me quedé mudo, con los ojos abiertos de par en par.

—¿De qué carajos está hablando? —exigí saber, sintiendo que la cabeza me iba a explotar.

—Como lo oyes, tonto —respondió Zarela, pasándose las manos por la cintura y acariciándose los costados de los muslos sobre la tela del pantalón de vestir—. Hace meses que descubrí que esta mujer se ponía nerviosa cuando me veía por la ventana. Un día me le metí a la cabeza cuando estaba sola en la casa... La hice desnudarse completita en su recámara, la hice pararse frente a la ventana que da directamente hacia mi casa y la obligué a tocarse solita mientras me enseñaba sus pechos maduros y desnudos a través del cristal. A esta chiquita le fascina la perversión, solo que se la tenía bien guardadita.

La revelación me dejó sin aliento. Ver a la esposa de mi hermano mayor hablando con la voz y los gestos del anciano de al lado, confesando semejante secreto, era algo que superaba cualquier límite que me hubiera imaginado.

—Usted está completamente loco, Ananías... ¡Es la esposa de mi hermano! —reclamé en un murmullo lleno de pánico, mirando hacia la escalera para asegurarme de que nadie bajara.

—¡A mí no me vengas con santismos a estas alturas, Kennet! —se burló Zarela, acercándose a mí hasta quedar a escasos centímetros de mi pecho—. Mírame bien... ¿Tú crees que a ella le importa tu hermano? Tu hermano se la pasa trabajando fuera todo el santo día, ni siquiera viene a la casa en toda la semana y la tiene aquí abandonada, pasando necesidades de carne. A ella no le va a importar nada, y a tu hermano mucho menos porque ni cuenta se va a dar de lo que pase entre nosotros.

Zarela estiró la mano y me tomó con firmeza de la playera, pegando su cuerpo maduro al mío. Pude sentir el calor de su vientre y la firmeza de su pecho presionando contra mi tórax.

—Escúchame bien, muchacho —prosiguió la voz del viejo desde los labios de mi cuñada—. Cuando vi entrar a tu amiguita Yaelin hace rato, me di cuenta de inmediato de que ella era una de las afectadas por mi poder. Y déjame decirte que verla subir a tu cuarto a entregarse me puso a esta mujer completamente mojada. Zarela se mojó todita la vagina al darse cuenta de lo que estaba pasando arriba. Esta carne madura se encendió de solo imaginar la perversión que estabas ejecutando con la joven.

—¡Ananías, por favor, ya deténgase! —intenté zafarme del agarre de Zarela, pero el viejo, manejando la musculatura firme de una mujer de treinta y dos años, se mantuvo pegado a mí con fuerza.

—¡No me voy a detener nada! —proclamó Zarela con una sonrisa depravada—. Esta mujer va a hacer todo lo posible por ayudarte a ti a tener sexo con todas las mujeres afectadas. Si necesitas que te consiga un lugar, que te busque a Kendra, a Dania o a Yaelin para que las tengas a las tres juntas, Zarela te va a hacer el paro. Va a ser tu complice perfecta para que disfrutes de tu harén de sumisas... ¡E incluso, si tú quieres tener sexo con ella ahora mismo, lo va a hacer sin protestar!

—¡¿Qué?! —exclamé horrorizado y excitado al mismo tiempo por la brutalidad de la propuesta.

—Como lo oyes, Kennet —dijo Zarela, llevándose la mano libre a los botones de su blusa y desabrochando los tres primeros con una lentitud descarada, dejando al descubierto el encaje negro de su sostén y el inicio de sus pechos maduros y firmes—. Si tú quieres tomar a tu cuñada aquí mismo, en la mesa del comedor o en el sillón de la sala, ella lo va a hacer encantada. Está hirviendo por dentro, deseando que le metas esa carne joven que le diste a Yaelin hace un rato. Total... tu hermano no está, no viene en días y nadie en esta casa se va a enterar de la cochinada que hagamos.

La propuesta retumbaba en mis oídos con el eco de la perversión pura. La combinación de ver a Zarela desnudándose parcialmente en medio de la cocina de mi casa, sabiendo que era la mente del viejo la que coordinaba la oferta pero que el cuerpo de mi cuñada estaba reaccionando fisiológicamente con una humedad real, me puso el corazón a mil por hora.

—Mírala, Kennet... Mírala bien —susurró Zarela, tomándome la mano y obligándome a bajarla hasta la entrepierna de su pantalón de vestir, donde pude sentir a través de la tela el calor denso y la humedad acumulada de su sexo maduro—. Siente cómo está de mojada por ti. Solo dime qué quieres que haga... ¿Quieres que me desnude en el comedor? ¿Quieres que me ponga de perrito sobre la mesa para que me uses como a tu amiga? Dilo y este viejo hace que esta mujer sea completamente tuya a partir de este momento.

Me quedé parado a mitad de la cocina, respirando con dificultad, atrapado entre el respeto familiar y el abismo de placer descontrolado al que el viejo Ananías me estaba arrastrando sin darme tregua.

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