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Capítulo 3

Chapter 4 by K45

El silencio de la cocina se volvió espeso, casi asfixiante. La mano de Zarela continuaba presionando la mía contra la tela de su pantalón de vestir, permitiéndome sentir sin ningún tipo de filtro la calidez intensa y la humedad delgada que emanaba de su entrepierna. La blusa de mi cuñada permanecía medio desabrochada, dejando ver el encaje negro de su sostén y el arranque de sus pechos maduros, mientras la mirada fija, burda y provocadora del viejo me sostenía la vista, esperando una respuesta, una sola palabra o una simple orden para entregarme a la mujer de mi hermano mayor en la misma mesa del comedor.

Sin embargo, me quedé completamente mudo. La garganta se me secó por completo, y aunque la respuesta biológica de mi cuerpo me quemaba la sangre tras la intensa jornada con Yaelin, la culpa, el conflicto moral y la velocidad astronómica a la que mi realidad se estaba desmoronando me dejaron congelado en el lugar.

El anciano, manejando los ojos de Zarela, me observó durante un par de segundos en absoluto silencio. Al notar mi inmovilidad, mi falta de iniciativa y la mirada desencajada con la que lo contemplaba, soltó una mueca de fastidio, arrugando la nariz de mi cuñada con una mueca rústica.

—Vaya, vaya... Te volviste a quedar helado, muchacho —raspó la voz del viejo desde los labios de Zarela, soltando un resoplido cansado que le agitó el pecho—. Estás como un pasmado. Te pongo la mesa servida, te entrego a las mujeres más sabrosas a la puerta de tu casa y tú sigues pensando demasiado las cosas.

Zarela me soltó la mano con cierta brusquedad, dando un paso hacia atrás mientras se pasaba la palma por la frente con un gesto de agotamiento evidente.

—En fin... Este viejo ya hizo su parte por hoy —continuó hablando la voz de Ananías, notándose cada vez más débil y arrastrada dentro del cuerpo de mi cuñada—. Ya van cuatro posesiones en un solo día y mi lomo no da para tanto. Así que ahí te la dejo, Kennet... Que la muchacha haga lo que crea conveniente. A ver si ahora sí te animas a ser un hombre de verdad.

En cuanto la última palabra salió de sus labios, las pupilas de Zarela se dilataron de golpe. Su cuello perdió firmeza durante un microsegundo y su cuerpo se tambaleó levemente hacia un lado, obligándola a apoyarse con ambas manos contra la superficie de madera de la mesa del comedor para no perder el equilibrio.

El viejo se había salido. Había roto el vínculo mental para regresar a su propio cuerpo en la casa de al lado, dejando a Zarela a merced de la reescritura de recuerdos que su poder provocaba de manera automática.

Me quedé rígido frente a la barra de la cocina, viendo cómo la mirada de mi cuñada se aclaraba paulatinamente. La neblina de la posesión se disipó por completo en cuestión de dos segundos, pero la habilidad de Ananías hizo su trabajo habitual de inmediato: en el cerebro de Zarela, los recuerdos fueron reordenados con una precisión quirúrgica, borrando la presencia del anciano y convenciéndola firmemente de que todo lo que acababa de decir, cada confesión pervertida, el deseo de enseñarse por la ventana en el pasado y la necesidad desesperada de entregarme su cuerpo ahora mismo habían nacido de su propia voluntad reprimida.

Zarela parpadeó despacio, recuperando el aliento. Se pasó una mano por el cabello alborotado y luego bajó la vista hacia su propio pecho, notando su blusa abierta y el sostén expuesto. Lejos de avergonzarse, abrocharse con prisa o disculparse, una sonrisa tímida, tibia y cargada de una lujuria sumisa se dibujó lentamente en sus labios de treinta y dos años.

Me di cuenta al instante: el viejo ya no estaba allí. La que me miraba ahora era Zarela en persona, pero una Zarela completamente transformada por la magia siniestra de Ananías.

—Kennet... —murmuró mi cuñada con su voz real, una voz suave, madura y entrecortada que denotaba lo alterada que estaba fisiológicamente—. Por favor... no me mires así. Sé que suena horrible todo lo que te acabo de decir... pero es la verdad.

Tragué saliva con dificultad, manteniendo la espalda pegada contra la barra de la cocina.

—Zarela... estás confundida, tú no... —intenté articular con la voz temblorosa, pero ella dio un paso al frente, interrumpiéndome de inmediato.

—¡No estoy confundida nada! —dijo en un murmullo apasionado, dando otro paso hacia mí hasta romper la distancia que nos separaba. Extendió sus manos y me tomó delicadamente del rostro, obligándome a sostenerle la mirada—. Es la pura verdad, Kennet. Llevo meses sintiendo cómo esta casa se me cae encima de la soledad. Tu hermano nunca está, se la pasa semanas fuera por el trabajo y cuando viene ni siquiera me mira como a una mujer. Me tiene completamente abandonada... Y yo... yo no he dejado de verte a ti todos los días.

El calor de sus manos en mis mejillas era sofocante. La reescritura del viejo había mezclado la frustración real de su matrimonio con un deseo erótico desmedido hacia mí.

—Cuando oí que Yaelin bajaba de tu cuarto tan contenta y despeinada... me di cuenta de todo —prosiguió Zarela, acariciándome la mandíbula con la yema de sus dedos mientras sus ojos brillaban con un deseo casi febril—. Me di cuenta de que ella tuvo el valor de buscarte para quitarte el trago amargo que te hicieron pasar esas muchachas de la universidad... y yo me sentí una cobarde por no haberlo hecho antes. Siento una envidia enorme de Yaelin, Kennet. Me puse tan mojada ahí misma al verla salir que casi me da vergüenza decírtelo.

—Zarela, detente... si mi hermano se entera de esto, se va a armar un problema gigantesco —le advertí, tratando de soltarme de su agarre con firmeza pero sin empujarla con violencia.

—¡Tu hermano no se va a enterar de nada! —exclamó ella en un susurro desesperado, apretando sus dedos contra mi nuca para evitar que me alejara—. Te lo dije y te lo repito: a él no le importa lo que pasa en esta casa. Además, yo no quiero destruirte nada, Kennet. Al contrario... quiero ayudarte.

Zarela se acercó aún más, pegando la curva de sus caderas contra mis muslos. Pude sentir a través de la tela de su pantalón la forma en que su cuerpo se estremecía por la excitación física.

—Sé muy bien lo que pasó con esas universitarias, con Kendra y con Dania —continuó Zarela, bajando la voz a un tono confidente y perverso que me erizó la piel—. Sé que las tienes a tus pies y que están esperando tu llamada. Y si tú quieres... yo te ayudo a coordinarlo todo. Yo puedo prestarte la casa cuando no haya nadie, puedo buscarles pretextos a todos, puedo cuidarte las espaldas para que las tengas aquí a las tres o a las que quieras, atendiéndote como te mereces. Seré tu cómplice en lo que sea... Pero a cambio, solo te pido que a mí no me dejes fuera.

Mi cuñada bajó una de sus manos desde mi nuca hasta la cintura de mi pantalón de mezclilla, deslizándola por encima del cierre de manera provocadora, sintiendo la dureza que aún conservaba mi cuerpo tras el episodio anterior.

—Tócame, Kennet... Tócame para que veas que no te estoy mintiendo —me suplicó Zarela, llevándose la mano libre a la bastilla de su blusa y terminando de desabrocharla por completo, dejándola caer a los lados para exponer completamente su sostén negro y la piel canela de su abdomen maduro—. Siente cómo estoy hirviendo por ti. Tu amiga Yaelin ya tuvo su turno hoy... pero yo estoy aquí, en tu casa, esperándote.

—Zarela... no deberías estar haciendo esto —balbuceé, sintiendo cómo la moralidad que me quedaba luchaba encarnizadamente contra la imagen erótica de la esposa de mi hermano desnudándose a escasos centímetros de mí en medio del comedor familiar.

—Hagámoslo de una vez, Kennet... —insistió ella, rodeándome la cintura con un brazo mientras con la otra mano comenzaba a bajarse el cierre de su pantalón de vestir—. Nadie va a bajar, la casa está sola. Puedo ponerme sobre la mesa del comedor, o en el sillón de la sala, como tú prefieras. Te prometo que te voy a dar un placer que esa chiquita de Yaelin todavía no sabe dar. Pruébame... déjame ser tuya.

El ambiente en la cocina era tan espeso que el aire parecía cortarse con un cuchillo. La mujer que había visto a diario durante años preparando la comida y manteniendo el orden del hogar estaba ahora a punto de bajarse los pantalones frente a mí, ofreciéndome no solo su cuerpo maduro y experimentado, sino una complicidad absoluta para manipular a Kendra, Dania y Yaelin según mi conveniencia.

Traté de juntar la fuerza de voluntad necesaria para dar un paso atrás y ponerle un alto definitivo a la situación, pero la fijación en sus ojos y el roce continuo de sus dedos en mi cintura me tenían completamente paralizado, atrapado en una espiral de sometimiento y perversión de la que parecía imposible escapar.

El roce de la mano de Zarela sobre la parte delantera de mi pantalón se volvió más constante, más pesado y decidido. A diferencia del toque vacilante que uno esperaría de alguien atrapado en la vergüenza, sus dedos se movían con una destreza madura, acomodándose a la forma de mi cuerpo sin la menor duda. A través del encaje negro de su sostén, sus pechos subían y bajaban con una respiración agitada, y la frialdad del aire acondicionado de la casa le erizaba la piel del abdomen mientras el cierre de su pantalón de vestir terminaba de deslizarse hacia abajo con un chasquido metálico.

Me quedé completamente inmóvil contra el borde de la barra de la cocina. Por dentro, una tormenta de pensamientos me aplastaba la cabeza. La imagen de mi hermano trabajando a cientos de kilómetros de distancia intentaba cruzarse por mi mente, pero el recuerdo se sentía borroso, lejano e insignificante comparado con la presencia física de la mujer que tenía enfrente. El poder de Ananías no solo había alterado la percepción de Zarela; la habilidad del anciano actuaba como un catalizador que erosionaba los frenos morales de todos los que estábamos a su alrededor, convirtiendo lo que antes habría sido un escándalo familiar en un terreno de pura complacencia.

—No me digas que sigues pensando en tu hermano, Kennet... —susurró Zarela, bajando la cabeza para pegar sus labios a mi cuello y soltar una bocanada de aire caliente que me hizo temblar—. Él ni se acuerda de que existo cuando está allá fuera. Pasan semanas sin que me mande un solo mensaje para saber si comí o si necesito algo. Tú eres el que ha estado aquí todos los días... Tú eres el que me ayuda a cargar las bolsas del mandado, el que platica conmigo en la tarde, el que está vivo en esta casa.

Zarela introdujo sus manos por debajo de la cintura de su pantalón de vestir y, con un movimiento pausado de caderas, se lo bajó por los muslos junto con su prenda íntima de encaje negro. La tela cayó hasta sus tobillos, dejándola completamente desnuda de la cintura para abajo a mitad del comedor. Sus piernas maduras, bien formadas y ligeramente anchas se mostraron en toda su plenitud bajo la luz que entraba por la ventana de la cocina. La calidez que emanaba de su entrepierna era evidente; el vello recortado y su piel canela estaban cubiertos por un brillo húmedo que delataba la intensidad del deseo que la consumía desde que había visto a Yaelin bajar de mi cuarto.

Se zafó de las zapatillas de casa con un par de movimientos rápidos y dio un paso al frente, haciendo que su sexo desnudo rozara directamente la tela de mi pantalón de mezclilla.

—Mira cómo me tienes, Kennet... —murmuró, tomándome la mano de nuevo para obligarme a bajar los dedos hasta su hendidura húmeda. La temperatura de su carne era altísima, y al sentir el contacto de mi palma, Zarela soltó un jadeo ahogado y apretó los muslos contra mi mano—. Siente cómo está de abierta y de mojada tu cuñada por ti. Esto no es ninguna mentira de ese viejo... Esto es lo que yo llevo deseando desde hace meses cada vez que te veía salir de bañarte o cuando te quedabas en camiseta en la sala.

—Zarela... en serio, esto se está saliendo de control —balbuceé con la voz rasposa, aunque mis dedos, respondiendo a una inercia física incontrolable, se deslizaron suavemente por la curva de sus labios hinchados, sintiendo la lubricación densa que los cubría.

—Nada se está saliendo de control, mi amor... Al contrario, todo está empezando a acomodarse como debió ser siempre —contestó ella, pasándole los brazos por encima de los hombros y empujándome ligeramente hacia el comedor—. Ven... no te quedes parado ahí.

Zarela dio un par de pasos hacia atrás hasta quedar apoyada contra la orilla de la gran mesa de madera del comedor. Se subió de un salto ágil, acomodando las nalgas sobre la superficie barnizada y abriendo las piernas de par en par. La posición dejó su vagina completamente expuesta hacia mí, rosada, dilatada y brillando bajo la luz matutina. Con los brazos apoyados hacia atrás y la blusa negra abierta de par en par revelando el sostén que apenas le sujetaba los pechos, Zarela parecía una ofrenda servida a mitad de la casa familiar.

—Ven aquí, Kennet... —me llamó con un tono ronco y suplicante, dando golpecitos con los talones contra el borde de la mesa—. Ven y quítate ese pantalón. Hazme tuya en la misma mesa donde comemos todos los días. Quiero sentir lo duro que te pusiste para mí... Quiero que me llenes igual que llenaste a la jovencita esa de Yaelin.

Caminé hacia ella como en un trance. La mezcla de la sumisión de Kendra y Dania en la calle, el encuentro apasionado con Yaelin hace apenas unas horas y ahora la imagen de la esposa de mi hermano abierta de piernas sobre la mesa del comedor terminó por demoler mi última barrera de contención. Llegué hasta la orilla de la mesa, desabroché mi cinturón, bajé el cierre y me despojé del pantalón y de la ropa interior de un solo tironazo, dejando mi miembro erguido y rígido al aire libre, pulsando con fuerza tras la estimulación previa.

Zarela abrió los ojos con una mezcla de sorpresa y fascinación al ver la firmeza de mi carne desnuda.

—Dios mío... qué barbaridad... —susurró mi cuñada, estirando la mano temblorosa para envolver mi pene con sus dedos cálidos y suaves—. Con razón la chiquita esa bajó tan atontada de tu cuarto... Tienes una carne hermosa, Kennet. Toda una herramienta de hombre de verdad... No como el tarado de tu hermano que ni para eso sirve ya.

Zarela empezó a masturbarme de arriba abajo con un ritmo lento y apretado, usando la propia humedad de su mano para suavizar el roce. Me incliné sobre ella, apoyando mis manos en la mesa a los costados de sus caderas, y le pegué la boca a la suya. Nos besamos con una fuerza brutal. Zarela me abrió los labios de inmediato, metiéndome la lengua con voracidad, saboreándome con el hambre de una mujer que llevaba meses reprimida y soltando gemidos ahogados que resonaban contra las paredes de la cocina.

Mientras nos besábamos, mi cuñada usó sus manos para guiar la punta de mi miembro erguido directamente hacia la entrada de su vagina. La cavidad de Zarela estaba tan sumamente dilatada y lubricada que la cabeza de mi sexo resbaló hacia adentro sin encontrar casi ninguna resistencia.

—¡Ahhh... Kennet! —gritó Zarela contra mi boca, arqueando la espalda sobre la mesa del comedor en cuanto sintió la primera penetración profunda.

Dejé caer el peso de mi cadera hacia adelante, hundiéndome en ella de un solo golpe hasta llegar al fondo. La estrechez de una mujer madura era distinta a la de Yaelin; Zarela tenía una musculatura pélvica experimentada que se contrajo inmediatamente alrededor de mi pene, abrazándolo con una calidez y una presión apretadísima que me hizo soltar un gruñido ronco al oído.

—¡Eso es... métemelo todo, mi amor! —me suplicó Zarela con los ojos entreabiertos y la respiración completamente cortada, rodeándome la cintura con sus piernas desnudas y afianzando sus talones en mi espalda baja para pegarme aún más a su cuerpo—. ¡Siente cómo te recibe tu cuñada! ¡Siente qué apretada estoy para ti!

Comencé a moverme sobre ella con embestidas largas, pesadas y constantes. El sonido de la madera de la mesa chirriando bajo nuestro peso y el golpe húmedo de nuestras caderas chocando en la quietud de la planta baja llenaban el espacio. Cada vez que me retiraba casi hasta la salida y volvía a empujar con fuerza hacia adentro, Zarela enterraba sus uñas en mis hombros, echando la cabeza hacia atrás y dejando ver la línea de su cuello tenso mientras soltaba gemidos agudos y sin filtro.

—¡Maldita sea... qué rico se siente! —jadeaba Zarela, dándome tirones del cabello para obligarme a mirarla a los ojos—. ¡Años... llevaba años sin sentir a un hombre que me agarrara con esta fuerza! ¡Eres un monstruo, Kennet! ¡Métemelo más profundo!

El ritmo del coito se volvió frenético. La posición en la mesa me permitía un ángulo de penetración directo y brutal. Mis manos tomaban sus muslos maduros para abrirla aún más, mientras mi pene entraba y salía de su vagina saturada de lubricación. Zarela, lejos de mantenerse pasiva, devolvía cada embestida empujando su pelvis hacia arriba, buscando el contacto completo con mi hueso púbico y contrayendo sus paredes vaginales en cada estocada para exprimir el mayor placer posible de mi carne erguida.

—¡Sí... así! ¡No pares, por lo que más quieras, no pares! —gritaba mi cuñada en un murmullo desesperado, con el rostro rojo de excitación y el sudor cubriéndole el pecho—. ¡Quiero que me dejes bien satisfecha! ¡Quiero que te acostumbres a buscarme cada vez que tu hermano no esté! ¡Yo voy a ser tu mujer de la casa, Kennet!

La idea de tener a la esposa de mi hermano disponible en mi propio hogar, sumada a la sumisión de las chicas de la universidad y a la entrega de Yaelin, creó una sobrecarga sensorial en mi mente. La fricción constante contra el cuello uterino de Zarela me estaba llevando aceleradamente al límite. Sentí la acumulación del espasmo final latiendo con fuerza en la base de mis testículos y apreté las manos contra la madera de la mesa para mantener el ritmo devastador de las embestidas.

—Zarela... me voy a venir... —le advertí con la voz entrecortada, sintiendo que el control se me escapaba por completo.

—¡Vente adentro! ¡Lléname todita la vagina, Kennet! —me ordenó Zarela con la mirada extraviada por la lujuria, abriendo aún más las piernas y apretándome con sus brazos—. ¡Quiero sentir tu leche caliente chorreando dentro de mí! ¡Lléname la cueva como llenaste a tu amiga! ¡Hazme tuya por completo!

Con una última embestida brutal que hizo crujir la mesa de madera con violencia, me hundí hasta el tope en su interior y me quedé clavado ahí. Mi cuerpo se tensó de la cabeza a los pies mientras una descarga masiva de semen caliente comenzaba a brotar de mi miembro, inyectando chorro tras chorro en lo más profundo de la cavidad de mi cuñada.

Zarela soltó un alarido ahogado contra mi cuello, cerrando los ojos con fuerza mientras su vagina entraba en una serie de espasmos orgásmicos violentos. Las paredes de su carne se contraían frenéticamente alrededor de mi pene, exprimiendo cada gota de mi semilla mientras ella temblaba de pies a cabeza sobre la mesa, alcanzando un clímax devastador que la dejó sin aliento.

Nos quedamos unidos en esa posición durante varios minutos, escuchando únicamente el sonido de nuestras respiraciones agitadas y el goteo constante del exceso de flujo y semen que comenzaba a escurrir desde su entrepierna hacia la madera barnizada de la mesa.

Zarela me rodeó la cabeza con los brazos, besándome la sien, la mejilla y los labios con una ternura y una devoción insaciables.

—Gracias... gracias, mi vida... —susurró mi cuñada con la voz totalmente quebrada por el cansancio y el placer—. No te imaginas lo feliz que me acabas de hacer... De verdad sentí que volvía a estar viva.

Despacio, retiré mi miembro de su interior. Al salir, un hilo denso de mi fluido combinado con el suyo cayó sobre la superficie del comedor. Zarela no hizo ningún intento por cubrirse de inmediato; se quedó recostada sobre la mesa un momento más, sonriéndome con la mirada brillante y acariciándome el brazo con infinita dulzura.

Se incorporó lentamente, ajustándose el sostén y abrochándose la blusa con manos expertas. Se bajó de la mesa, se limpió la entrepierna con un pañuelo de papel que sacó del delantal de la cocina y se enfundó el pantalón de vestir con absoluta tranquilidad, como si acabar de tener un encuentro sexual salvaje en la mesa de la casa familiar fuera la rutina más normal del mundo.

—Voy a subir a darme un baño rápido y a limpiar la mesa con un trapo húmedo antes de que Vianey baje a buscar algo de comer —me dijo Zarela con una sonrisa complaciente, dándome un último beso cariñoso en la boca—. Tú ve a tu cuarto a descansar, mi amor. Te ves agotado... Y recuerda lo que te dije: cuando quieras a Kendra, a Dania o a Yaelin, solo avísame. Yo te organizo todo aquí en la casa para que no tengas ningún problema.

Zarela acomodó las sillas del comedor, recogió su ropa interior del suelo y subió las escaleras a paso ligero, tarareando suavemente mientras desaparecía en el piso superior.

Me quedé solo en medio de la cocina, abrochándome el pantalón con manos torpes y sintiendo el peso de un imperio de sumisión que se expandía a pasos agigantados. Todas las barreras habían caído. Las mujeres de mi entorno, desde las estudiantes que me despreciaban hasta mi mejor amiga y la esposa de mi hermano, estaban ahora integradas en una red de dominación erótica moldeada por el poder del anciano de al lado.

Caminé hacia la ventana de la cocina que daba hacia el pasaje lateral. A través del cristal, vi la casona de Ananías. El viejo estaba recostado en un sillón de lona en su porche, con los ojos cerrados y una manta sobre las piernas, descansando del agotamiento físico de sus múltiples posesiones del día. Sin embargo, en sus labios arrugados se dibujaba esa misma sonrisa cínica y satisfecha de quien sabe que ha cambiado las reglas del juego para siempre, dejando el destino de todas esas mujeres de manera irreversible en mis manos.

El aire de la tarde pegaba denso y bochornoso en mi rostro mientras cruzaba el patio de mi casa. El olor a limpio y el aroma a sexo mezclados que habían quedado flotando en la planta baja todavía me revolvían el estómago, pero la adrenalina y la frustración que llevaba atoradas en la garganta eran mucho más fuertes. Traía las manos apretadas en puños dentro de las bolsas del pantalón de mezclilla, avanzando a pasos agigantados por el pasillo lateral hasta llegar al portón de hierro que separaba mi terreno de la casona del viejo Ananías.

Sentía una mezcla insoportable de enojo, turbación y una punzada de culpa que no terminaba de cuajar. En menos de seis horas, la humillación pública que había cargado en la facultad se había transformado en un escenario grotesco de dominación absoluta: Kendra y Dania arrastrándose en la banqueta, Yaelin entregándome su virginidad emocional y física en mi propia cama, y finalmente Zarela, la esposa de mi hermano mayor, abriéndose de piernas sobre la mesa del comedor familiar. Todo coordinado, empujado y orquestado por la mente perversa del anciano de al lado.

Empujé la reja de madera de su jardín sin molestarme en tocar. Las hojas secas del árbol de nísperos crujieron bajo mis tenis mientras caminaba directamente hacia el porche.

Ahí estaba él. El viejo Ananías seguía recostado en su sillón de lona desgastado, con una manta raída cubriéndole las piernas delgadas y un cigarro a medio consumir prendido entre sus dedos temblorosos y amarillentos. Lucía demacrado; el esfuerzo de haber ejecutado cuatro posesiones seguidas en un solo día le había pasado una factura física evidente. Tenía la piel pálida, los ojos hundidos detrás de sus gruesos lentes y una respiración corta y rasposa que le hacía silbar el pecho con cada inhalación. Pero a pesar del agotamiento, la mueca de satisfacción cínica y triunfante seguía bien clavada en su rostro arrugado.

—¡Ananías! —grité en un murmullo furioso, subiendo los dos escalones del porche de un solo zancada y parándome frente a él para taparle la luz del sol—. ¡Se volvió completamente loco! ¡¿Qué carajos le pasa por la cabeza?!

El anciano no se inmutó. Tardó un par de segundos en alzar la vista, dio una chupada lenta a su cigarro y soltó un hilo de humo denso hacia el techo de lámina del porche.

—Cálmate, muchacho... Pareces perro rabioso —raspó la voz del viejo, soltando una risita ahogada que le provocó un ataque de tos seca—. Vas a hacer que se me pare el corazón de un susto y luego ¿quién te va a hacer los favores?

—¡Deje de decir estupideces! —le recriminé enojado, inclinándome hacia él con los nudillos blancos de apretar las manos—. ¡Se metió en el cuerpo de mi cuñada! ¡En el cuerpo de Zarela, Ananías! ¡Es la esposa de mi hermano! ¡¿Tiene idea de la porquería que acaba de armar en mi propia casa?! ¡Primero Yaelin y ahora Zarela! ¡Cruzó todos los límites!

El viejo Ananías tiró la colilla del cigarro al suelo, la aplastó con la suela de su chancla de meter y se acomodó los lentes sobre el puente de la nariz. Me miró fijamente, con esa mirada oscura, cansada pero cargada de una astucia perversa que me congeló el impulso.

—¡Ya cállate la boca, Kennet! —me interrumpió el viejo, alzando la voz con una firmeza seca que me hizo guardar silencio de golpe—. Cállate y deja de decir mamadas, carajo.

Me quedé parado a mitad del porche, parpadeando con sorpresa ante el tono tajante del anciano.

—Te llenas la boca gritando que si crucé los límites, que si es la esposa de tu hermano, que si tu amiga de la infancia, que si la moral... —prosiguió Ananías, señalándome con un dedo tembloroso y arrugado—. A ver, dime una cosa, genio... Si tanto te molestó lo que hice, si tan asqueado estás de mi poder... ¿por qué carajos tuviste sexo con ellas, eh?

La pregunta cayó como una losa de concreto en medio del porche.

—Yo... usted las poseyó y las hizo... —intenté excusarme, pero las palabras se me atoraron en los dientes.

—¡A mí no me vengas con cuentos, muchacho! —se burló el viejo, soltando una carcajada rasposa que le llenó la cara de arrugas—. Yo me salí del cuerpo de Zarela antes de que le pusieras una sola mano encima. Te dejé la mesa servida, sí, pero cuando me fui de su cabeza, ella ya estaba actuando por su propia cuenta con los recuerdos alterados. Y tú no te quitaste. Te quedaste bien paradito en la cocina, le bajaste el pantalón, la subiste a la mesa del comedor y le metiste todo el miembro hasta llenarla de leche. ¿O me vas a decir que también te obligué a venirte adentro de tu cuñada?

Tragué saliva con rabia, sintiendo cómo un ardor caliente me subía por el cuello hasta las orejas. No tenía forma de rebatirle nada. La verdad era cruda y aplastante.

—A Yaelin le diste un repaso que la dejó tarareando canciones por toda la casa —continuó Ananías, disfrutando de mi silencio mientras sacaba otro cigarro del bolsillo de su chamarra—. Y a Zarela la dejaste temblando en la mesa del comedor. Tú te haces el santo, Kennet... pero la verdad es que te encantó. Te fascina sentir cómo se arrastran por ti. Te fascina ver cómo las mujeres más santas, las más orgullosas o las que se supone que estaban prohibidas para ti, terminan abiertas de piernas pidiéndote por favor que les metas la carne. Estás disfrutando cada segundo de esta perversión aunque tu cabecita pendeja no lo quiera aceptar.

Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolieron las mandíbulas. La frustración me quemaba por dentro porque el viejo tenía toda la razón del mundo. Me resultaba imposible negar la realidad: el placer físico, la sensación de poder absoluto y el morbo de tener a todas esas mujeres entregadas a mi voluntad me habían dominado por completo. La resistencia moral que intentaba aparentar era solo una fachada que se desmoronaba en cuanto tenía la piel desnuda de una mujer frente a mí.

Me pasé las manos por la cara, soltando una exhalación pesada y derrotada. Miré hacia el patio de mi casa, viendo las ventanas de la planta alta donde mi familia realizaba sus actividades cotidianas sin sospechar nada de lo que pasaba en la penumbra.

Si la situación ya era irreversible, si Ananías iba a seguir usando su habilidad para manipular el entorno y meterse en la vida de las mujeres que me rodeaban, tenía que evitar a toda costa que esto se saliera de control con personas externas que pudieran armar un desmadre legal o arruinarme la reputación fuera del vecindario. Tenía que acotar el terreno.

Volteé a ver al viejo, que me observaba con una sonrisa ladina mientras encendía el nuevo cigarro con un cerillo.

—Está bien... —dije en un murmullo bajo, con la voz cargada de una resignación oscura y perversa que me desconoció a mí mismo—. Ya entendí. No voy a seguir discutiendo con usted por esto.

—Así me gusta... que te dejes de pendejadas —respondió el anciano, soltando la primera bocanada de humo.

—Pero escúcheme bien, Ananías —le advertí, dando un paso hacia adelante y clavándole la mirada—. Si va a seguir metiéndose en los cuerpos de las mujeres, si tiene pensado volver a usar su poder para ponérmelas en la bandeja... tan siquiera hágalo con la gente de mi casa.

El viejo detuvo el movimiento de su mano a mitad del aire, alzando una ceja con curiosidad detrás de sus lentes gruesos.

—¿Ah sí? ¿A qué te refieres, muchacho? —preguntó con un tono de sincero interés.

—A que no quiero más problemas afuera —contesté con frialdad, dejando que el morbo y la conveniencia tomaran el mando de mi cabeza—. Ya fue suficiente con el show de Kendra y Dania en la calle. Si va a poseer a otra mujer para traérmela a la cama, que sean mis dos hermanas o mi sobrina.

Ananías soltó un silbido bajo, lleno de una perversa admiración.

—Vaya, vaya... Miren nada más al muchachito santo —se burló el viejo, pelando sus dientes amarillos en una sonrisa descarada—. Resultaste más hambreado que yo. ¿Tus hermanas Odalis y la otra, y la jovencita de tu sobrina Vianey?

—Sí —asentí sin pestañear, sintiendo cómo el límite de lo prohibido terminaba de romperse en mi mente—. Ellas están aquí en la casa, todo se queda entre cuatro paredes, no hay peligro de que nadie afuera se entere ni de que armen un escándalo en la colonia. Además, si las cosas van a ser así, prefiero que sean ellas las que estén a mi disposición antes de que ande poseyendo a desconocidas que puedan meterte o meterme en problemas. Así no hay ningún riesgo.

El anciano dejó caer la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sillón de lona, soltando una carcajada limpia, ruidosa y rasposa que le hizo temblar la pancita.

—¡Eso carajo! ¡Así se habla, Kennet! —exclamó el viejo dándose una palmadita en la pierna—. Ya me estabas cayendo gordo con tanta lloradera. Me parece un plan excelente, muchacho. Tus hermanitas y la sobrina Vianey... Esas tres chiquitas van a quedar bien entrenaditas para ti. Déjamelo a mí, que este viejo sabe perfectamente cómo acomodarles los recuerdos para que piensen que te tienen unas ganas feroces desde hace años.

—Solo avíseme antes de hacer cualquier cosa —dicho esto, me di la vuelta sin esperar a que terminara de hablar—. Me voy a la casa.

—¡Ve a descansar, muchacho! —me gritó Ananías desde el porche mientras yo bajaba los escalones—. ¡Acuérdate de lavarte bien la herramienta, que bastante trabajo le dimos hoy! ¡Ja, ja, ja!

Ignoré sus risotadas vulgares y caminé a paso firme de regreso hacia el portón de mi propiedad. Cruzar la reja de madera se sintió diferente esta vez. Ya no llevaba la carga de la duda ni el pánico de ser descubierto; la conversación con el viejo me había obligado a quitarme la máscara y aceptar que la dinámica de poder que teníamos entre manos era demasiado adictiva como para renunciar a ella.

Entré a la casa por la puerta posterior de la cocina. El piso del comedor estaba impecable; Zarela ya había bajado a limpiar cualquier rastro del encuentro previo con un trapo húmedo y desinfectante, dejando el ambiente oliendo a pino y flor de sal. No había nadie en la planta baja.

Subí las escaleras de madera despacio, sintiendo el cansancio acumulado en las piernas. Al llegar al pasillo del segundo piso, la puerta del cuarto de mi hermana Odalis estaba entreabierta. Escuché el murmullo de la televisión encendida y el sonido de sus pasos mientras ordenaba algo en su clóset. Unas puertas más allá, en la habitación de mi sobrina Vianey, de diecinueve años, la luz se filtraba por debajo del marco, acompañada por la música suave que solía poner mientras estudiaba o revisaba su teléfono.

Me detuve un segundo en medio del pasillo, observando las puertas cerradas con una mirada completamente nueva. La idea de lo que Ananías planeaba hacer con ellas flotó en mi cabeza, despertando una corriente eléctrica de anticipación en mi entrepierna. Ya no había vuelta atrás. La culpa había quedado enterrada en el porche del viejo, y lo que venía a continuación dentro de las paredes de mi propio hogar prometía ser un escenario de complacencia absoluta que estaba más que dispuesto a disfrutar.

Caminé hasta mi recámara, entré y cerré la puerta con seguro. Me quité los tenis, me tiré de espaldas sobre la cama y me quedé mirando el techo blanco en silencio, esperando pacientemente el momento en que el viejo decidiera dar su siguiente paso.

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