What's next?

Ananias

Chapter 2 by K45

Aquel día la lluvia caía como si el cielo se estuviera desmoronando a pedazos. El agua helada me empapaba los pantalones de mezclilla y se me metía por el cuello de la chamarra, pero a mí me daba igual. Caminaba con la cabeza gacha, acomodándome los lentes a cada rato porque las gotas en los micas me nublaban toda la vista. Eran unos lentes normales, nada de armazones pesados ni micas gruesas de botella, simplemente el par que me acompañaba desde hacía tres años para ver bien de lejos. Apreté los puños dentro de las bolsas. Sentía las palmas duras, llenas de callos recientes. Eran las marcas de los meses que llevaba matándome en el gimnasio, levantando barras de hierro pesado hasta que las manos me temblaban y el pecho me ardía.

Todo por ella. Por la chica a la que consideraba mi amiga, la que un día, entre risas crueles con sus compañeras, me soltó a la cara que jamás saldría con alguien como yo. Que un tipo obsesionado con el anime, callado y sin gracia, simplemente no estaba a su nivel. En ese momento no le dije nada. Solo me tragué la humillación, me di la vuelta y me metí a entrenar. Quería dejar de ser el tipo invisible. Subí de peso, pero en músculo; mis hombros se ensancharon, mis brazos ganaron fuerza y mi abdomen se puso firme, pero por dentro seguía siendo exactamente el mismo chico de diecinueve años sin experiencia en nada. Nunca había dado mi primer beso. Jamás había tocado a una mujer de forma íntima. Era un completo novato en todo lo referente al sexo.

Iba perdido en esos pensamientos cuando un chillido de frenos me sacó del trance. Levanté la mirada de golpe. Un anciano cruzaba la calle a mitad del paso peatonal, desorientado por la lluvia torrencial, mientras una camioneta a toda velocidad patinaba sobre el asfalto mojado sin poder detenerse.

No lo pensé. No medí el peligro ni me puse a reflexionar en las consecuencias. Simplemente corrí. Mis piernas, reforzadas por los entrenamientos de sentadillas, respondieron con una potencia que ni yo sabía que tenía. Empujé al anciano con todas mis fuerzas hacia la banqueta. Él cayó a salvo sobre el pasto húmedo, pero yo no tuve tiempo de esquivar lo que venía. Un estruendo sordo resopló sobre mi cabeza, un resplandor blanco me cegó los ojos y un chasquido seco retumbó en mis oídos antes de que sintiera el impacto. Un rayo había bajado directo desde las nubes, golpeándome de lleno en medio de la tormenta.

El calor fue insoportable por una fracción de segundo, y luego sobrevino la nada. Pero justo en el abismo de mi inconsciencia, escuché una voz. Era una voz rasposa, cansada, pero cargada de una resonancia eléctrica que me retumbaba dentro del cráneo. El anciano me sujetaba la cabeza en medio del agua que corría por el suelo.

—Te lo mereces, chico... —susurró el viejo, tosiendo con fuerza—. Te daré mi poder. Por eso invoqué al rayo, para pasártelo a ti antes de que mi tiempo termine. A mí ya no me sirve de nada... Escucha bien: si miras fijamente a alguien a los ojos, podrás proyectarte dentro de su mente y tomar el control absoluto de su cuerpo. Pensarán que todo lo que hacen es por su propia voluntad. El mundo será tuyo.

Mis párpados cayeron como losas de plomo. Las sirenas de la ambulancia sonaban a lo lejos, apagándose lentamente hasta que caí en la oscuridad.

El olor a antiséptico y el pitido rítmico de un monitor me hicieron recuperar el sentido. Abrí los ojos despacio. Las luces del techo me encandilaron y parpadeé varias veces hasta que la vista se me aclaró. Me llevé la mano a la cara y sentí mis lentes puestos sobre la nariz; alguien se los había colocado con cuidado.

Estaba acostado en la cama de una habitación de hospital privada. A mi lado, sentadas en unos sillones de piel sintética, estaban mi madre Adriana y mi hermana Ashley. Mi madre, de cuarenta y cuatro años, tenía la mirada fatigada y se sobaba las manos con angustia. Ashley, de veinte años, revisaba su teléfono con gesto aburrido mientras se cruzaba de piernas.

—¿Ananías? —mi madre se levantó de golpe al verme mover—. ¡Dios mío, hijo! ¿Cómo te sientes? Nos dieron un susto horrible. Los paramédicos dijeron que te cayó un rayo.

—Estoy... bien —murmuré con la garganta seca. Tragué saliva y miré a mi alrededor con la mente hecha un torbellino—. Mamá... ¿dónde está el anciano? El señor al que salvé en la calle... él me habló antes de que me desmayara.

Ashley soltó una pequeña risa y guardó su celular, mirándome con lástima.

—¿Cuál anciano, Ananías? La policía dijo que estabas solo en la calle cuando cayó el rayo. Estás alucinando por el impacto, hermano. El médico dijo que necesitabas descansar mucho porque tu cuerpo absorbió un choque eléctrico brutal.

—Sí, mi amor, descansa —agregó Adriana, dándome un beso en la frente—. Vamos a salir un momento a hablar con el doctor para ver si ya podemos llevarte a casa más tarde. No te muevas.

Ambas salieron de la habitación, cerrando la puerta con un chasquido suave. Me quedé a solas, mirando el techo blanco. ¿Había sido todo un sueño? ¿Una alucinación provocada por miles de voltios atravesando mi sistema nervioso? Me incorporé un poco sobre la almohada, sintiendo un peso enorme en el pecho y las extremidades pesadas, como si hubiera corrido un maratón.

De pronto, la puerta se abrió de nuevo. Una enfermera entró a la habitación llevando una tablilla con documentos. Tenía unos veinticuatro años, el cabello castaño recogido en una coleta impecable y un uniforme médico azul ajustado que remataba las curvas de su figura. Se acercó al pie de la cama sin levantar la mirada de sus hojas.

—Buenas tardes, Ananías. Voy a revisar tus signos vitales antes de que regrese la doctora —dijo con voz profesional y neutral.

Alzó los ojos para mirarme. En ese preciso instante, recordé la indicación del anciano. Contacto visual directo.

La miré fijo a las pupilas. Un chispazo invisible cruzó el aire de la habitación. De repente, una vibración eléctrica recorrió mi nuca. El entorno comenzó a girar vertiginosamente, las paredes del cuarto de hospital se desdibujaron y sentí como si mi alma fuera succionada por un túnel de aire helado. Cerré los ojos por un segundo y, cuando los volví a abrir... la perspectiva había cambiado por completo.

Ya no estaba acostado en la cama. Estaba de pie. Miraba hacia la cama de la habitación y me vi a mí mismo: mi propio cuerpo yacía allí, inmóvil, con la mirada perdida y los ojos entornados. Bajé la vista hacia mis nuevas manos. Eran manos finas, con las uñas pintadas de un tono claro. Llevaba puesto el uniforme médico azul.

Estaba dentro de ella. El poder del anciano era real.

Una oleada de adrenalina y excitación pura me recorrió de pies a cabeza. El control que tenía sobre sus músculos era absoluto, pero lo más impactante era lo que sucedía dentro de su mente. No había resistencia. Su conciencia estaba perfectamente integrada a mi voluntad; ella no se sentía atrapada ni forzada. Para la mente de Brisa, cada pensamiento que yo generaba era un deseo apasionado y genuino que nacía de su propio corazón.

—¡Dios mío, no puedo aguantarlo más! —exclamó la voz de Brisa, saliendo de su propia garganta con un tono ahogado de desesperación y deseo.

La emoción de tener el dominio total sobre un cuerpo femenino por primera vez en mi vida hizo que actuara sin dudar. Bajo mi mando, las manos de Brisa volaron hacia los botones de su filipina médica. Los desabrochó con torpeza y prisa, dejando caer la prenda al suelo. Después se bajó el pantalón azul junto con su ropa interior, dejándolos amontonados alrededor de sus tobillos. Su cuerpo blanco y curvilíneo quedó completamente expuesto en medio de la fría habitación de hospital.

Brisa se miró al espejo del lavabo que estaba a un lado de la puerta, respirando agitadamente.

—Soy la enfermera de este chico... —murmuró Brisa, hablando con la voz entrecortada mientras sus propias manos comenzaban a recorrer sus senos firmes, pellizcando sus pezones con fuerza—. Soy su puta enfermera. Si él me necesita para esto, para eso estoy... Si quiere sexo, para eso estoy. Solo soy de él... su enfermera más perra, solo para él y para nadie más.

La llevé hacia la cama donde yacía mi cuerpo real. Brisa se arrodilló sobre las baldosas del suelo, junto al borde del colchón. Mis ojos desde su perspectiva veían la bata de hospital que cubría mi torso. Con dedos temblorosos por la excitación, Brisa levantó la tela y metió la mano dentro de mis pantalones cortos de algodón. Atravesó la tela hasta sujetar mi pene con firmeza.

El toque de una mujer sobre mi piel era algo que jamás había experimentado. Sentir la mano cálida y suave de Brisa rodeándome hizo que mi miembro reaccionara al instante, erigiéndose duro y pulsante entre sus dedos. A través de la mente de Brisa, la sensación de tener esa virilidad en su mano era la experiencia más embriagadora del mundo. Comenzó a masturbarme de arriba abajo, aumentando el ritmo de forma frenética mientras jadeaba cerca de mi muslo.

—Es tan grande... tan perfecto —gemía Brisa para sí misma, con los ojos nublados por una lujuria ciega que mi mente le imponía—. Necesito probarlo... tengo que servirle.

Sin perder un segundo, Brisa se inclinó hacia adelante. Abrió la boca y rodeó la cabeza de mi miembro con sus labios húmedos. Comenzó a darme una felación profunda, tragándose mi longitud centímetro a centímetro hasta tocar la base. La sensación dentro de mi cuerpo real era una locura de placer puro, pero experimentarlo simultáneamente desde la perspectiva de la enfermera era abrumador. Sentía la calidez de su boca, el roce de su lengua contra mi piel sensible y la devoción absoluta con la que trabajaba, chupando con fuerza y ritmo constante, emitiendo pequeños ruidos guturales de satisfacción cada vez que descendía por mi tronco.

Brisa aceleró el movimiento de su cabeza, subiendo y bajando sin parar, lamiendo la punta y devorándome con un hambre insaciable.

—Mmm... sí... toma todo de mí... —murmuraba entre chupada y chupada, con la saliva goteándole por la barbilla—. Tu perra enfermera te va a dejar limpio...

Sin embargo, el esfuerzo mental empezó a pasarme factura. Una punzada de dolor agudo me atravesó la frente. Mi respiración se volvió pesada y una fatiga extrema comenzó a arrastrarme hacia abajo. El cansancio acumulado por el impacto del rayo y la falta de costumbre al usar una habilidad tan descomunal me estaban consumiendo las fuerzas rápidamente. Sentí un tirón violento en el centro del pecho.

El túnel de aire helado volvió a aparecer, succionándome hacia atrás.

Parpadeé con fuerza. La vista se me nubló por un instante y el dolor de cabeza me sacudió la nuca. De pronto, la perspectiva regresó a mi propio cuerpo. Estaba recostado de nuevo en la cama del hospital, respirando con dificultad y con el pecho agitado. Levanté la cabeza con lentitud, sintiendo mis extremidades pesadas como el plomo.

Al pie de la cama, Brisa continuaba arrodillada sobre el suelo, completamente desnuda. Su ropa yacía tirada a un lado. Tenía los labios húmedos, el pecho al descubierto subiendo y bajando aceleradamente, y la cara encendida en un rubor intenso.

Al sentir que me movía, levantó la mirada hacia mí. No había pánico en sus ojos. No había gritos ni intención de llamar a seguridad. En su rostro solo había una mezcla de adoración profunda, confusión placentera y una sumisión absoluta. En su mente, alterada para siempre por mi incursión, ella había decidido desnudarse y entregarse a mí por puro deseo espontáneo.

Se pasó la mano por la boca, limpiándose un hilo de saliva, y me sonrió con timidez mientras se ponía de pie lentamente para recoger su uniforme.

—Perdón si fui demasiado impulsiva, Ananías... —dijo Brisa con una voz suave, mirándome con los ojos desorbitados por el afecto—. No sé qué me pasó, simplemente te vi ahí acostado y no pude contener las ganas de servirte de esta manera. Necesitaba sentirte... Prométeme que la próxima vez que vengas, me dejarás ir más lejos.

Me quedé en silencio, viéndola vestirse a toda prisa con las manos temblorosas pero con una sonrisa satisfecha en los labios. Se acomodó el cabello, me dedicó una última mirada cargada de complicidad erótica y salió de la habitación con el rostro sonrojado.

Me dejé caer sobre las almohadas, mirando mis propias manos. El cansancio me aplastaba los músculos y el corazón me latía a mil por hora, pero una sonrisa lenta se dibujó en mi rostro. El anciano no me había mentido. El poder era real, perfecto e imparable. Todas las humillaciones, el rechazo de mi amiga y los años de ser un invisible habían quedado atrás. Apenas estaba empezando a entender de lo que era capaz, y esto era solo el comienzo.

El crujido de la puerta al cerrarse tras la salida de Brisa dejó la habitación en un silencio absoluto, solo interrumpido por el pitido rítmico del monitor cardíaco. Permanecí recostado durante varios minutos, intentando regular mi respiración mientras la fatiga se disipaba lentamente de mis músculos. El esfuerzo de proyectar mi conciencia fuera de mi propio recipiente me había dejado con un leve zumbido en los oídos, pero la euforia que recorría mis venas opacaba cualquier malestar físico. Mis manos, marcadas por los callos del gimnasio, apretaron las sábanas de la cama. Ya no era el tipo insignificante al que cualquiera podía pisotear; tenía en mis manos una facultad capaz de doblegar cualquier voluntad sin dejar rastro de resistencia.

La puerta volvió a abrirse de par en par. Mi madre, Adriana, entró primero sosteniendo una carpeta con las altas médicas, seguida de mi hermana Ashley, quien caminaba despacio mientras tecleaba distraídamente en su teléfono móvil. La luz blanca de los tubos fluorescentes del pasillo iluminó la estancia, proyectando sus sombras sobre el suelo de vinilo.

—El doctor dice que tus parámetros están estables, Ananías —comentó Adriana, acercándose a la cabecera para acomodarme la cobija con esa preocupación maternal tan característica—. Dicen que es un milagro que la descarga no te causara daños internos. En un par de horas podremos volver a casa.

—Está bien, mamá —respondí con tono pausado, manteniendo la voz firme para no delatar la agitación que aún sentía en el pecho—. Me siento mucho mejor.

Ashley se dejó caer en el sillón individual de la esquina, cruzando sus piernas largas vestidas con unos vaqueros ajustados. A sus veinte años, mi hermana poseía una presencia imponente: alta, con una melena negra que le caía sobre los hombros y un rostro de facciones marcadas que solía mantener una expresión de ligera indiferencia hacia casi todo lo que la rodeaba. Se quitó la chaqueta de mezclilla, dejándola sobre el respaldo, y suspiró con fastidio.

—Qué bueno que ya te dan de alta —dijo Ashley sin levantar la vista de la pantalla—. Papá llamó desde el trabajo para preguntar si necesitábamos que viniera, pero le dije que mamá y yo nos encargábamos de llevarte en el coche.

La observé fijamente desde la cama. Mis micas rectangulares filtraban el reflejo de sus ojos oscuros mientras ella revisaba sus notificaciones. La duda sobre el alcance de mi capacidad volvió a instalarse en mi mente. Necesitaba comprobar si lo ocurrido con Brisa había sido un evento aislado o si la fijación del contacto visual funcionaba sin importar la persona o el entorno.

—Ashley —la llamé con voz clara.

Mi hermana alzó la cabeza por instinto, rompiendo la distancia y clavando su mirada directamente en la mía.

El efecto fue instantáneo. La sensación de aire helado volvió a envolver mi cuello, acompañada por esa vibración eléctrica que aceleró mi pulso. El cuarto de hospital pareció encogerse mientras mi visión de primera persona se distorsionaba en una espiral de luz. En cuestión de un segundo, mi punto de vista se elevó radicalmente.

Ya no estaba recostado en la superficie mullida del colchón. Estaba sentada en el sillón de piel sintética de la esquina, sosteniendo el teléfono inteligente entre unos dedos finos y cuidados con manicura oscura. La ropa me apretaba el torso de una forma completamente distinta: el top de algodón se ceñía a un pecho erguido y firme, y la tela rígida de los pantalones de mezclilla me oprimía los muslos con fuerza.

Giré ligeramente la cabeza y me vi a mí mismo. Mi cuerpo real yacía en la cama, con los párpados caídos en un trance profundo, inmóvil como una estatua. A pocos metros, Adriana estaba de espaldas, guardando las recetas en su bolso de mano sin percatarse del cambio.

Dentro de la mente de Ashley, el proceso de integración fue idéntico al de la enfermera. No existió pánico, ni extrañeza, ni ningún intento de defensa psicológica. La alteración reescribió sus pensamientos en una fracción de segundo, convirtiendo mi voluntad en un impulso irrefrenable que ella asumió como una revelación propia de su conciencia.

—Dios mío... —susurró la voz de Ashley, brotando de su propia garganta en un tono grave y rasposo que denotaba una excitación repentina—. ¿Por qué no me había dado cuenta antes?

Se levantó del sillón con cierta torpeza física, adaptándose al centro de gravedad de su propia fisonomía. Sus manos descendieron instintivamente hacia el dobladillo de su blusa. La levantó sobre su cabeza y la arrojó al suelo junto al sillón, dejando al descubierto un sujetador negro de encaje que apenas lograba contener el volumen de sus senos. Sus respiraciones se volvieron cortas y profundas, haciendo que sus costillas se marcaran bajo la piel suave de su abdomen.

—Él se ha vuelto tan fuerte... —murmuró Ashley, observando el cuerpo de su hermano menor postrado en la cama—. Tanto tiempo metido en el gimnasio, volviéndose un hombre de verdad... ¿Cómo pude ser tan ciega? Es mi hermano, pero es tan atractivo. Necesito tocarlo, necesito mostrarle que no soy una extraña para él.

Adriana se giró al escuchar el sonido de la ropa caer. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a su hija en paños menores en medio de la habitación médica.

—¡Ashley! ¿Qué estás haciendo? —exclamó la madre con el rostro desencajado por el estupor—. ¡Ponte la ropa inmediatamente! ¿Te has vuelto loca? Estamos en un hospital.

Pero la mente de Ashley estaba completamente alienada por mi dominio. Ignoró las palabras de su madre como si fueran un simple ruido de fondo y caminó a pasos lentos hacia la orilla del colchón. Se desabrochó el botón del pantalón y bajó la cremallera, dejando resbalar la mezclilla por sus caderas hasta que la prenda cayó sobre sus tobillos junto con su calzado. Quedó completamente desnuda ante la mirada atónita de Adriana, exhibiendo sus formas firmes y sus piernas moldeadas.

—No me importa nada, mamá —respondió Ashley con una sonrisa desinhibida y los ojos brillantes por la fijación—. Míralo... Ananías ya no es el chico tímido de antes. Tiene un cuerpo increíble. Se ha esforzado tanto y yo solo lo he ignorado. Merece que lo trate como el hombre que es.

Ashley se subió a la cama de madera y metal, colocándose a ganchas sobre el cuerpo inmóvil de su hermano. La fricción de su piel expuesta contra las piernas de él hizo que un gemido involuntario se escape de sus labios. Con dedos temblorosos, bajó la manta de la cama y metió la mano por debajo del elástico del pantalón de algodón que vestía Ananías, buscando la calidez de su entrepierna.

—Quiero sentirlo... quiero que me use —continuó musitando Ashley para sí misma, acariciando con frenesí la firmeza que comenzaba a erigirse bajo el tejido—. Mi cuerpo es suyo si él lo quiere. Seré todo lo que él necesite para estar satisfecho.

Adriana dio dos pasos hacia adelante, agarrando a su hija por el hombro desnudo para intentar apartarla.

—¡Basta, Ashley! ¡Suéltalo! —gritó la mujer, con la voz temblando por una mezcla de pánico y confusión moral—. ¡Es tu hermano! No sé qué te está pasando, pero te vas a vestir ahora mismo.

Sin embargo, Ashley apenas sintió el agarre de su madre. La densidad de la posesión era tan profunda que los pensamientos que yo proyectaba desde su mente aplastaban cualquier norma social o sentido del pudor. Ashley se inclinó sobre el rostro de Ananías, acercando sus labios a los de él, sintiendo el aliento tibio del chico que permanecía inconsciente mientras su mano no dejaba de frotar la virilidad de su hermano.

—Es tan caliente... tan duro —jadeó Ashley, pasando la lengua por el labio inferior de mi cuerpo real—. Me da igual lo que digas, mamá. Él es el hombre de esta familia ahora. Si él quiere tomarme, me voy a entregar entera. Voy a ser su mujer privada si él me lo pide.

El esfuerzo de mantener dos conciencias conectadas mientras coordinaba las acciones del cuerpo de mi hermana empezó a generar un desgaste brutal en mi sistema nervioso. Una punzada de migraña punzante me atravesó la nuca, como si un clavo ardiente se incrustara en la base del cráneo. Mi visión dentro del campo visual de Ashley comenzó a parpadear en tonos rojizos y el aire en sus pulmones se sintió pesado, insostenible.

El desgaste energético era el límite estricto de este poder. La falta de práctica me impedía sostener la proyección por más de unos pocos minutos seguidos sin arriesgarme a un colapso.

El tirón magnético me arrastró de vuelta a través del abismo oscuro.

Abrí los ojos bruscamente dentro de mi propia piel. El dolor de cabeza se intensificó por un segundo y solté una bocanada de aire mientras mi pecho se elevaba con fuerza. Recuperé el control de mis brazos y piernas de inmediato. Sentía la piel de los muslos de Ashley sobre mi cadera y la calidez de su mano apretada alrededor de mi miembro eréctil a través de la tela de la ropa.

Ashley parpadeó varias veces, sacudiendo la cabeza como si estuviera saliendo de un sueño profundo. No obstante, la impronta mental que le había dejado durante la posesión permaneció intacta en sus pensamientos. Al ver que yo había abierto los ojos y la observaba directamente a través de las micas de mis lentes, una expresión de devoción y sonrojo intenso cubrió sus mejillas.

—Ananías... —susurró mi hermana, sin retirar la mano de mi entrepierna—. Qué bueno que despertaste. Estaba esperándote... No pude evitarlo, hermano. Te vi ahí tan fuerte, tan cambiado por el gimnasio, que sentí un deseo insoportable de tocarte.

Adriana, que aún sostenía a su hija por el hombro, se quedó paralizada al ver la reacción de la joven.

—Ashley, por el amor de Dios, bájate de ahí... —suplicó la madre, con los ojos llenos de lágrimas de desconcierto—. Estás actuando como una demente.

—No estoy loca, mamá —respondió Ashley con total serenidad, bajando lentamente de la cama pero sin hacer el menor intento por cubrir su desnudez—. Solo estoy aceptando lo que siento. Ananías ha cambiado. Ya no es el niño que todos ignoraban. Y si él quiere que sea suya, no me voy a negar nunca más.

Ashley recogió su ropa interior del suelo con parsimonia, vestida únicamente con la luz del ventanál que daba al patio del centro médico, y me dedicó una mirada cargada de complicidad erótica antes de empezar a colocarse los pantalones.

Me incorporé despacio en la cama, apoyando la espalda contra la almohada. Sentía el cuerpo agotado, pero la mente completamente lúcida. El poder no solo alteraba las acciones de mis víctimas durante el trance; reescribía su percepción de la realidad de forma permanente, haciendo que justificaran sus actos más desinhibidos como deseos auténticos nacidos de su propia voluntad.

—Mamá —dije con voz serena pero autoritaria, haciendo que Adriana se girara hacia mí—. Ya podemos irnos a casa. Me siento completamente recuperado.

Adriana me miró a los ojos con una mezcla de temor reverencial y confusión profunda. Asintió en silencio, incapaz de articular una sola palabra para reprochar lo que acababa de presenciar.

El trayecto de regreso a casa en el vehículo de la familia transcurrió en un silencio tenso. Adriana conducía manteniendo la vista fija en la carretera mojada por la llovizna que aún caía sobre la ciudad, mientras Ashley iba en el asiento del copiloto, mirándome constantemente a través del espejo retrovisor interior. Cada vez que nuestros ojos se cruzaban en el reflejo, mi hermana esbozaba una sonrisa tenue y mordía su labio inferior, recordando las sensaciones del hospital.

Llegamos a la vivienda a última hora de la tarde. La casa era una construcción de dos plantas en un barrio tranquilo, rodeada por un pequeño jardín frontal. Entré primero, quitándome la chamarra húmeda y dejándola en el perchero del recibidor. El ambiente de la casa me resultaba extrañamente ajeno; durante años había sido el espacio donde me escondía a leer manga, jugar videojuegos y pasar desapercibido para evitar los comentarios sobre mi falta de vida social.

Ahora, cada rincón de ese lugar se perfilaba como un escenario bajo mi absoluto control.

Subí las escaleras hacia mi habitación para cambiarme de ropa. Entré y cerré la puerta con seguro. El cuarto conservaba los carteles de series de animación en las paredes, la computadora de escritorio sobre el mueble de madera y la pesa de disco que utilizaba para mis rutinas caseras antes de inscribirme en el gimnasio. Me acerqué al espejo del ropero y me retiré los lentes para limpiarlos con el dobladillo de la Playera.

Mi rostro en el reflejo lucía diferente. Había una determinación en mis ojos que nunca antes había visto. Los meses de entrenamiento físico me habían dado una estructura sólida, pero era este don incomprendido el que me otorgaba un dominio definitivo sobre el entorno.

Escuché unos pasos ligeros en el pasillo que se detuvieron justo frente a mi puerta. La manija giró lentamente, pero al encontrar el seguro puesto, se produjeron dos pequeños golpes con los nudillos.

—Ananías... —era la voz de Ashley desde el otro lado—. Abre. Traigo algo de cenar que preparó mamá, pero quiero estar a solas contigo un momento.

Caminé hacia la puerta y quité el seguro. Al abrir, Ashley estaba de pie en el marco. Se había cambiado la ropa del hospital por un conjunto casero compuesto por un short deportivo muy corto de tela gris y una camiseta holgada sin mangas que dejaba ver los contornos de su pecho sin sujetador. Sostenía una bandeja con un plato de comida y un vaso de agua, pero sus ojos oscuros no miraban el plato, sino directo a mi rostro.

—Pasa —le dije, haciéndome a un lado.

Ashley entró en la habitación y colocó la bandeja sobre el escritorio de madera. Luego se giró inmediatamente hacia mí, cerrando la puerta a sus espaldas sin echar el seguro, simplemente dejando que la madera encajara en el marco.

—Mamá está en su cuarto, diciendo que le duele la cabeza por todo lo que pasó en el hospital —comentó Ashley, dando un paso en mi dirección hasta quedar a pocos centímetros de mi pecho—. Pero a mí no me engañas, Ananías. Sé que entre tú y yo algo cambió hoy. No puedo dejar de pensar en lo que sentí cuando estaba sobre ti en esa cama.

Su proximidad física permitía oler el perfume dulce que usaba para estar en casa. Me mantuve firme, mirándola desde mi altura, disfrutando de la sumisión implícita que mostraba cada uno de sus gestos.

—¿Qué es lo que quieres, Ashley? —pregunté con tono neutro.

—Te quiero a ti —respondió sin dudarlo, alzando las manos para posarlas suavemente sobre mis hombros trabajados en el gimnasio—. Quiero que me demuestres que eres el hombre de esta casa. No me importa lo que piense la gente ni lo que diga mamá. Si tú me pides que me desnude ahora mismo y me ponga de rodillas frente a tu cama, lo voy a hacer feliz. Solo dime qué quieres que haga.

Su confesión era la prueba definitiva de la profundidad del hechizo mental. La barrera del parentesco, los prejuicios y la moralidad convencional habían sido completamente eliminados de su psicología, reemplazados por una devoción incondicional nacida de mi propia voluntad.

—Quiero que esperes —le respondí, sujetándola por las muñecas con firmeza para marcar la pauta de la interacción—. Vas a bajar a la cocina, vas a actuar normal frente a mamá y vas a esperar a que yo te llame.

Ashley respiró con dificultad, sus senos subiendo y bajando velozmente contra la tela de su camiseta mientras sentía la fuerza de mis manos sobre sus brazos.

—Está bien... lo que tú digas —asintió con los ojos encendidos de subordinación—. Seré paciente. Pero no me hagas esperar mucho, Ananías... Mi cuerpo es tuyo para cuando lo desees.

Se dio la vuelta lentamente, dándome una última mirada cargada de insinuación antes de salir de la habitación y dejar la puerta entornada.

Me senté en el borde de la cama, mirando la bandeja de comida sobre el escritorio. La sensación de agotamiento en el cerebro continuaba disminuyendo a medida que descansaba, y comprendí que el uso continuo del poder iría incrementando mi resistencia mental con el paso de los días. Lo que en el hospital me había costado un mareo agudo, ahora lo manejaba con mayor estabilidad.

Escuché el sonido suave del televisor encendido en la planta baja. Mi madre Adriana intentaba distraerse en la sala de estar, probablemente abrumada por los acontecimientos recientes y la incapacidad de procesar la conducta de su hija. Sonreí en la penumbra de la habitación mientras me acomodaba los lentes sobre el puente de la nariz. El tablero estaba servido y cada pieza en esa casa respondería a mi voz sin oponer la menor resistencia.

Start your own immersive adult AI roleplay story
Ad

What's next?

Back Start Over View Story Map

0 comments