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Ananias 2

Chapter 3 by K45

Terminé de cenar en el borde de la cama, masticando cada bocado despacio mientras las ideas me daban vueltas en la cabeza. Las palabras del anciano bajo la tormenta volvieron a resonar en mi memoria con una claridad impecable. «El mundo será tuyo», me había dicho antes de esfumarse entre la lluvia y las sirenas. El viejo tenía razón. No había sido un delirio por la descarga eléctrica ni una alucinación provocada por el traumatismo. El poder era completamente real, preciso y devastadoramente efectivo.

Solo lo había puesto a prueba con dos mujeres: Brisa, la enfermera del centro médico, y Ashley, mi propia hermana. En ambas, la respuesta física y psicológica había sido idéntica. No existía la menor resistencia mental; al contrario, la habilidad reescribía sus percepciones en tiempo real, transformando mi control absoluto en un deseo feroz, devoto y supuestamente propio. Ni siquiera cuando salía de sus cuerpos mostraban confusión o rechazo; asumían cada acto desinhibido como una decisión personal nacida de un impulso irrefrenable.

Me limpié los labios con la servilleta y fijé la vista en la pared de mi habitación. Si el hechizo había borrado sin esfuerzo los límites morales de Ashley hasta volverla adicta a mi presencia, ¿qué pasaría si unía a mi madre a esta ecuación? Adriana siempre había sido una mujer entregada a la familia, estricta en sus costumbres y cargada de preocupaciones cotidianas. Si tomaba el dominio de su mente, rompería la última barrera de control en este hogar. Las dos mujeres de mi vida quedarían unidas en la misma red de sumisión, actuando únicamente para complacerme.

Me puse de pie, acomodándome los lentes sobre el puente de la nariz. Mi cuerpo, fortalecido por las horas de gimnasio, respondía con agilidad, y la pesadez en mi nuca se había disipado tras el descanso. Tomé la bandeja con el plato y el vaso vacíos, abrí la puerta y salí al pasillo en penumbra.

Bajé los escalones de madera sin hacer ruido. En la planta baja, la luz tenue de la televisión iluminaba la sala de estar con destellos azulados. El rumor suave del noticiero de la noche era el único sonido que rompía el silencio de la casa. Me dirigí primero a la cocina, dejé los trastes sucios dentro del lavabo de acero inoxidable y me lavé las manos con agua fría para despejarme por completo.

Al salir de la cocina, me detuve un instante a observar a mi madre. Adriana estaba reclinada en el sillón grande de la sala, vistiendo una bata de seda ajustada y mirando la pantalla con la frente fruncida, con esa mirada cargada de estrés que le había quedado tras los incidentes del hospital. Podía notar la rigidez en sus hombros; la extraña conducta de Ashley la tenía al borde de un colapso nervioso.

Caminé hacia ella a pasos lentos. La alfombra ahogaba el impacto de mis pisadas. Me acerqué por un costado del mueble y, sin decir una sola palabra, me senté a su lado. Me incliné hacia su regazo y me acurruqué despacio, apoyando mi cabeza sobre sus piernas, exactamente como solía hacerlo cuando era un niño pequeño que buscaba protección.

Adriana se sobresaltó por el movimiento repentino. Sus manos, que estaban cruzadas sobre su vientre, se elevaron en el aire por el instinto de apartarse, pero al ver que era yo, su rostro se suavizó ligeramente.

—Ananías... —murmuró con voz cansada, pasando sus dedos por mi cabello—. ¿Qué haces, hijo? Pensé que estabas durmiendo arriba.

Levanté la cara lentamente desde su regazo, acomodándome para que mi mirada quedara alineada directamente con sus ojos oscuros. No hubo distancia, no hubo interferencias. La miré fijo a las pupilas.

Contacto visual directo.

El tirón magnético fue instantáneo. La descarga helada recorrió mi médula espinal y el entorno de la sala de estar se retorció en un vórtice de luz deslumbrante. Sentí la conocida sensación de caída libre antes de que mi conciencia fuera impulsada con violencia hacia el interior de su mente.

Un segundo después, la perspectiva cambió.

Abrí los ojos desde la altura del sillón principal. Ya no estaba recostado. Mi visión ahora abarcaba el ángulo de la sala desde la figura de mi madre. Sentía el peso de su bata de seda, la calidez de su propia piel y la estructura firme de sus caderas maduras de cuarenta y cuatro años de edad. Miré hacia abajo: mi cuerpo real yacía sobre el cojín, inmóvil, con la cabeza ladeada y la respiración profunda de quien ha caído en un sopor absoluto.

Dentro de la psicología de Adriana, el impacto de mi presencia fue abrumador. La alteración no tardó ni un instante en reescribir sus valores, sus pudores y su ética maternal. Las dudas y la angustia por lo ocurrido con Ashley se evaporaron como vapor de agua al contacto con el fuego, reemplazadas por una devoción física y visceral que la sacudió desde el centro del pecho.

—Dios mío... mi niño... —brotó la voz de Adriana desde sus propios labios, con un aliento entrecortado y grave que temblaba por la excitación—. Qué tonta he sido todo este tiempo... Preocupándome por estupideces mientras mi propio hijo se convertía en esto.

Con mis órdenes dirigiendo cada uno de sus movimientos, las manos de Adriana bajaron de inmediato al nudo de su bata. Desató la cinta de seda con frenesí y abrió la prenda de par en par, dejándola caer a los costados del sillón. Debajo solo llevaba un camisón de encaje negro, ajustado a sus curvas maduras y al contorno de su pecho firme. Sus dedos temblorosos bajaron por los tirantes del camisón, desnudándose el torso hasta exponer sus formas a la luz tenue de la televisión.

Adriana se miró al reflejo de la pantalla apagada del mueble lateral, acariciándose los senos con una firmeza que jamás se había permitido.

—Soy su madre... pero soy suya —susurró Adriana para sí misma, jadeando mientras sus pezones se erigían bajo la presión de sus propios dedos—. Qué cuerpo tan increíble ha desarrollado mi hijo en el gimnasio... Esa espalda, esos brazos... Necesito sentirlo sobre mí. Necesito que me use como la mujer de esta casa.

Inclinó su cuerpo maduro sobre la figura inmóvil de Ananías. Pasó una mano por el pecho del chico, sintiendo la firmeza de sus pectorales marcados bajo la tela de la camiseta. La cercanía del cuerpo de su hijo enviaba descargas de calor hacia su entrepierna, mojándole la lencería por la intensidad de un deseo que mi voluntad le imponía como algo sagrado y necesario.

—Ananías... mi hombre... —gemía Adriana, pegando su boca al cuello del joven recostado, repartiendo besos húmedos y hambrientos sobre su piel—. Todo este tiempo fui una ciega. Ashley tenía razón... Tú eres el único rey de este hogar. No hay nadie más que tenga derecho sobre nosotras.

Bajo mi dirección, Adriana metió las manos por debajo del pantalón deportivo de mi cuerpo real. Sostuvo la virilidad erguida de su hijo con una fascinación desbordante. El tamaño y la firmeza de mi miembro la hicieron soltar un gemido ahogado de excitación pura. Se acomodó sobre sus rodillas en el suelo de la sala, justo frente a las piernas extendidas de Ananías, y pegó el rostro a su entrepierna.

—Voy a cuidar de ti... voy a darte todo lo que necesitas, hijo mío —murmuró Adriana con la voz tomada por la lujuria—. Seré tu mujer madura, tu perra personal en esta casa... Para lo que quieras, cuando tú lo quieras.

Abrió la boca y rodeó la cabeza de mi miembro con sus labios cálidos, comenzando a succionar con un ritmo constante y devoto. Sentir la boca de mi propia madre devorándome con semejante sumisión, mientras experimentaba su devoción desde el interior de su propia mente, era una sensación de poder absoluto que me encendía la sangre. Adriana movía la cabeza hacia adelante y hacia atrás, permitiendo que la salivación humedeciera mi tronco, tragando profundamente mientras dejaba escapar pequeños gemidos de satisfacción entre cada embestida.

—Mmm... sí... toma a tu madre... —articulaba entre chupadas, con los ojos entornados y fijos en el rostro inconsciente de su hijo—. Complécete conmigo...

Sin embargo, el esfuerzo de sostener la posesión en un cuerpo con una carga emocional tan compleja volvió a pasarme factura. Una punzada dolorosa me atravesó detrás de las órbitas oculares. La fatiga me golpeó el centro del cerebro como una ola de peso muerto, haciéndome perder el equilibrio visual dentro del campo de visión de Adriana. El consumo de energía seguía siendo un límite severo cuando no descansaba lo suficiente entre cada incursión.

El túnel de aire helado volvió a proyectarse a mi alrededor, succionándome sin remedio.

Abrí los ojos bruscamente dentro de mi propia piel. El dolor de cabeza remitió gradualmente mientras tomaba una gran bocanada de aire. La luz de la televisión seguía parpadeando sobre el techo. Levanté la cabeza de la alfombra y me encontré con Adriana arrodillada a mi lado, completamente desvestida de la parte superior, con los labios brillantes por la saliva y el pecho agitado.

Al notar que yo recuperaba el sentido y la miraba a través de las micas de mis lentes, la mujer no mostró un solo rasgo de pánico ni culpa. En su rostro maduro solo había un rubor intenso y una expresión de completa rendición.

—Ananías... —dijo Adriana con la voz suave, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja mientras me sonreía con devoción—. Perdóname si fui demasiado lejos, hijo... No pude contener el deseo de servirte de esta manera. Verte ahí tan fuerte, tan hombre... simplemente entendí que eres tú quien manda aquí.

Se puso de pie despacio, sin prisa por cubrir sus senos expuestos, y se ajustó la bata de seda con delicadeza, mirándome con ojos cargados de una complacencia erótica incondicional.

—Voy a subir a preparar la habitación para ti —continuó mi madre con tono sumiso—. Ashley y yo estamos a tu entera disposición, Ananías. A partir de hoy, esta casa se mueve únicamente como tú lo decidas.

Me quedé sentado en el sillón, observando cómo Adriana subía las escaleras con pasos lentos y contoneados, dejando tras de sí el rastro de su perfume. Acomodé mis lentes con un movimiento seco de la mano y dejé escapar una sonrisa llena de satisfacción. La prueba había sido un éxito rotundo: mi madre y mi hermana estaban ahora bajo el mismo dominio, unidas por la misma devoción irracional nacida de mi voluntad.

El anciano no se había equivocado en absoluto. Esto era solo el terreno inicial de prueba, el primer dominio conquistado. El mundo exterior me esperaba, y yo tenía el control absoluto de todo.

Me incorporé del sillón de la sala sintiendo cómo la energía regresaba gradualmente a mis músculos. Mire hacia las escaleras por donde Adriana acababa de subir. La casa entera había quedado sumida en una calma absoluta, una donde mi palabra y mi presencia eran la única ley. Sin embargo, el aire dentro de las cuatro paredes se sentía denso, saturado por la reciente carga de excitación y sumisión. Necesitaba despejarme, sentir la brisa de la noche y poner a prueba el alcance de mi don en el terreno exterior, fuera de las fronteras de mi círculo familiar.

—Voy a salir a respirar un momento —dije al aire, con una voz tranquila que resonó en el pasillo silencioso.

Caminé hacia la entrada principal, giré la perilla y me deslicé hacia el porche. La noche estaba fresca; la llovizna de hace unas horas había cesado, dejando el asfalto de la calle húmedo y brillante bajo la luz amarilla de las farolas del vecindario. Me acomodé los lentes sobre el puente de la nariz con un gesto seco y respiré hondo el aire húmedo. Apreté los puños, sintiendo la firmeza de mis palmas trabajadas en el gimnasio.

Mientras caminaba a pasos lentos por el sendero del jardín frontal, mi mente no dejaba de dar vueltas a las posibilidades. Las palabras del anciano no tenían grieta alguna: la capacidad de reescribir la voluntad ajena a través del contacto visual funcionaba sin fallo. Había conquistado el territorio de mi hogar en cuestión de horas, pero el mundo exterior estaba lleno de objetivos mucho más ambiciosos.

Fue entonces cuando la vi.

Caminando por la banqueta opuesta, bajo el reflejo de las luces de la calle, venía Cameron.

Cameron tenía diecinueve años, la misma edad que yo, y era una de las figuras más inalcanzables de toda la zona. Hija de Carmen, nuestra vecina, Cameron era una pelirroja deslumbrante, con una melena ondulada del color del fuego que le caía sobre la espalda. Su cuerpo era la definición perfecta del equilibrio: deportista, con piernas firmes y moldeadas por el atletismo, una cintura estrecha y una curva pronunciada en las caderas y el pecho que no pasaba desapercibida para nadie. Además de ser extremadamente inteligente y destacar en sus estudios, gozaba de bastante popularidad en redes sociales; sus cuentas de Instagram, TikTok y Facebook acumulaban miles de seguidores que admiraban sus rutinas de ejercicio, sus fotos en la playa y su carisma frente a la cámara. Para el Ananías de hace unas semanas, el chico invisible que se refugiaba en el anime tras ser rechazado, hablarle a alguien como Cameron era un sueño completamente imposible.

En ese instante, vistiendo un conjunto deportivo ajustado que remataba sus formas mientras regresaba de trotar, pasó justo frente a la entrada de mi propiedad.

Una idea fría y calculadora germinó de inmediato en mi cabeza. Unir a Cameron a mi dominio no solo significaba poseer a la chica más codiciada del vecindario, sino abrir la puerta hacia su madre, Carmen, una mujer sumamente atractiva y conservadora que siempre mantenía a su hija bajo una supervisión estricta.

Caminé a paso firme hacia la reja del jardín, acortando la distancia justo cuando ella pasaba.

—Cameron —la llamé con voz firme y clara.

La chica pelirroja se detuvo en seco, frenando su caminata. Se giró hacia mí, apartándose un mechón de cabello cobrizo del rostro mientras secaba una gota de sudor de su frente. Sus ojos claros se fijaron en los míos.

—¿Ananías? —preguntó con curiosidad, dando un paso hacia la entrada—. Hola... Escuché que habías tenido un accidente con la lluvia, ¿estás bien?

No le respondí con palabras. Me mantuve erguido, sosteniendo su mirada a través de las micas de mis lentes sin parpadear un solo segundo.

Contacto visual directo.

La descarga helada atravesó mi cuello con un chispazo eléctrico violently placentero. El entorno se desdibujó en un torbellino de luces de farola y aire húmedo mientras mi conciencia se proyectaba a toda velocidad hacia el interior de su cuerpo.

En un parpadeo, la perspectiva cambió de forma radical.

Abrí los ojos desde una altura ligeramente diferente. Ya no estaba detrás de la reja. Estaba de pie sobre la banqueta húmeda, sintiendo la tela ajustada del top deportivo oprimiendo mis senos firmes y la fricción del pantalón de licra sobre mis muslos moldeados por el deporte. El aroma a perfume frutal y sudor limpio de Cameron llenaba mis fosas nasales. Miré hacia adelante y vi mi propio cuerpo real: Ananías yacía de pie contra la reja, con la cabeza ligeramente ladeada, la mirada fija y la respiración profunda del trance.

Dentro de la mente de Cameron, el proceso fue instantáneo y devastador. No hubo conflicto ni duda. La reescritura psicológica integró mi voluntad como si fuera el secreto más profundo y apasionado que hubiese guardado durante meses. Para la mente de la joven creadora de contenido, la realidad ahora dictaba que yo era el hombre de su vida, su novio secreto, el dueño absoluto de su cuerpo y de sus deseos.

Caminé con el cuerpo de Cameron atravesando la reja del jardín, acercándome a la figura inmóvil de mi recipiente original. Sus manos finas y de uñas pintadas se elevaron temblorosas, posándose con desesperación sobre el pecho firme de Ananías.

—Mi amor... Dios mío, en serio ya me estoy poniendo nerviosa... —brotó la voz dulce y jadeante de Cameron desde su propia garganta, mientras pegaba su cuerpo curvilíneo contra el de mi cuerpo real—. Tengo tanto miedo de que mi mamá nos cache... que se entere de que tú y yo andamos de novios a escondidas.

La pelirroja pegó sus labios al cuello de Ananías, repartiendo besos húmedos mientras sus manos bajaban por mi espalda trabajada en el gimnasio, apretando los músculos con una fascinación sin límites.

—En serio, Ananías... cómo quisiera que mi madre sepa de nosotros —continuó musitando Cameron para sí misma, con los ojos entornados y fijos en el rostro inconsciente de su novio—. Quisiera que Carmen se entere de lo increíble que eres y que se una a nosotros al tener sexo... Dios, solo de pensarlo mi vagina se moja por completo...

Bajo mi control, las manos de Cameron bajaron hasta su propia cintura. Se subió la tela del top deportivo, dejando al descubierto sus pechos erguidos y voluptuosos bajo la luz de la luna, temblando por el aire fresco de la noche. Agarró sus propios senos con fuerza, moldeándolos y exhibiéndolos frente a mi cuerpo real mientras la excitación le recorría las piernas.

—¿Cuándo tendremos sexo, mi amor? —suplicó Cameron con un hilo de voz cargado de lujuria—. Dime... ¿mi suegra Adriana y mi cuñada Ashley ya te satisfacieron hoy o no? Porque si no es así, tú sabes perfectamente que todo de mí te pertenece... Mis pechos, mi culo, mi boca y mi vagina son completamente tuyas. Soy tu novia, mi amor... soy tu perra pelirroja para lo que quieras.

Cameron se inclinó hacia la entrepierna de mi cuerpo inmóvil, pegando la cara a la tela de mi pantalón, respirando el calor de mi virilidad con una sumisión absoluta que aplastaba cualquier rastro de la chica popular e inalcanzable de las redes sociales.

—Dime que me vas a tomar pronto... dime que me vas a hacer tuya enfrente de mi madre —gemía Cameron entrecortadamente, acariciando el bulto erguido de Ananías con una devoción ciega.

El esfuerzo de sostener la proyección en un entorno abierto, sumado a la intensidad de la alteración mental sobre la psicología de Cameron, comenzó a sobrecargar mi capacidad. La punzada de dolor de cabeza regresó a la base de mi cráneo, acompañada por un zumbido agudo en los oídos. La fatiga me advirtió que el tiempo límite se agotaba si no quería caer desmayado en la entrada de mi casa.

Invoqué la retirada. El túnel de aire helado me succionó de vuelta a través de la penumbra.

Abrí los ojos dentro de mi propia piel. Di un pequeño paso hacia atrás para equilibrarme, tomando una bocanada de aire fresco mientras me acomodaba los lentes.

Frente a mí, al otro lado de la reja, Cameron continuaba de pie. Su top deportivo estaba ligeramente desacomodado, su respiración era agitada y un rubor intenso cubría sus mejillas. Tenía los labios entreabiertos y sus ojos claros me miraban con una mezcla de adoración, nerviosismo y una entrega incondicional.

En su mente, recién adaptada a la nueva realidad, no había la menor duda de que acababa de tener un encuentro apasionado con su novio secreto a mitad de la calle.

—Ananías... mi amor —susurró Cameron, acomodándose la ropa a toda prisa mientras miraba hacia los lados para asegurarse de que nadie la hubiera visto—. Perdón si me puse tan intensa... Es solo que no puedo contener las ganas cada vez que te tengo cerca. Prométeme que nos veremos mañana. Voy a convencer a mi mamá de que venga a visitar a tu mamá... para que las cosas entre nosotros empiecen a acomodarse.

Me limité a sonreír con tranquilidad, disfrutando del dominio absoluto que ejercía sobre ella.

—Ve a casa, Cameron —le ordené con tono suave pero firme—. Mañana seguiremos hablando.

—Sí, mi amor... lo que tú digas —asintió la pelirroja con una sonrisa enamorada, dedicándome una última mirada llena de complicidad erótica antes de darse la vuelta y alejarse a paso rápido hacia su casa.

La observé marcharse, viendo cómo el movimiento de sus caderas acompañaba sus pasos bajo la luz de las farolas. La pieza clave estaba puesta. Mañana, la familia de la vecina estaría a mi entera disposición, completando el círculo de control que comenzaba a expandirse sin que nadie pudiera detenerlo.

Entré de nuevo a la casa, asegurando el cerrojo de la puerta principal con un chasquido metálico. El aire del interior olía a una mezcla densa de perfumes florales y la calidez del ambiente cerrado. Subí las escaleras de madera con pasos tranquilos, sintiendo el peso acumulado en los párpados tras haber utilizado la proyección de conciencia en tres objetivos diferentes en un mismo día. Mis músculos respondían con solidez, fruto del esfuerzo constante en el gimnasio, pero la energía mental requería una pausa para restablecerse por completo.

Al llegar al descansillo del segundo piso, la puerta de mi habitación estaba entornada. Una luz suave y cálida se filtraba desde el interior, proyectándose sobre las tablas del suelo. Empujé la madera despacio y entré.

Sentadas en la orilla de mi cama matrimonial se encontraban Adriana y Ashley. La imagen frente a mí era la demostración palpable del dominio total que ejercía sobre sus mentes. Mi madre vestía la bata de seda negra completamente abierta por el frente, dejando al descubierto sus senos maduros y el contorno de su vientre suave; mi hermana vestía únicamente un top deportivo corto y la ropa interior de encaje, con sus piernas largas y moldeadas cruzadas con coquetería. En los rostros de ambas ya no existía la menor traza de pudor, ni la sombra de las normas sociales o los lazos familiares tradicionales. Para la psicología de ambas, yo era el centro de su universo, el hombre al que debían devoción absoluta.

Al verme entrar y acomodarme los lentes rectangulares sobre el puente de la nariz, las dos se pusieron de pie al mismo tiempo, mostrando una sincronía casi devocional.

—Ananías... mi amor —dijo Adriana con voz suave y aterciopelada, dando un paso hacia mí mientras sus manos se posaban en sus propias caderas—. Estábamos esperándote. Tu hermana y yo estuvimos hablando mientras estabas afuera...

—Sí, hermano —interrumpió Ashley, acercándose por el otro costado con los ojos brillantes por un deseo incondicional que mi voluntad le había grabado a fuego—. No queremos que tengas que elegir. Las dos somos tuyas. Si tú quieres, podemos hacer un trío ahora mismo en tu cama. Mamá y yo estamos listas para complacerte entre las dos, para darte todo el placer que te mereces.

Las dos se colocaron a pocos centímetros de mi pecho, aguardando mi respuesta con la respiración entrecortada. Podía sentir el calor que emanaba de sus cuerpos desvestidos y la sumisión implícita en cada uno de sus gestos. Sin embargo, el esfuerzo de haber sometido a Cameron en la calle comenzaba a pasarme factura en forma de un zumbido sordo detrás de las órbitas oculares. El poder del anciano era devastador, pero exigirle demasiado a mi cerebro sin el descanso adecuado podía resultar contraproducente.

Las miré a ambas con serenidad, manteniendo una postura firme.

—No —respondí con voz baja y autoritaria—. Estoy cansado por todo lo que pasó hoy. El impacto del rayo y la salida del hospital me dejaron exhausto. Hoy no voy a tener sexo con ustedes.

Adriana y Ashley mostraron una breve mueca de decepción, pero no hubo el menor reproche. La alteración mental les impedía cuestionar mis decisiones.

—Pero no quiero que el deseo que tienen se eche a perder —continué, fijando la vista primero en mi madre y luego en mi hermana—. Quiero que bajen a la sala de estar. Van a tener sexo lésbico entre ustedes dos, madre e hija, en el sillón de abajo. Explórense, tóquense y dense placer mutuamente. Yo quiero descansar a solas en mi cuarto.

El mandato reescribió sus prioridades de inmediato. La idea de entregarse la una a la otra bajo mis órdenes se convirtió en el impulso más excitante y urgente de sus vidas.

—Lo que tú ordene, hijo mío —asintió Adriana con una sonrisa sumisa, tomando a Ashley de la mano—. Vamos a bajar ahora mismo. Haremos exactamente lo que nos pides.

—Descansa, mi amor —agregó Ashley, inclinándose para besarme la mejilla antes de seguir a nuestra madre—. Vas a escuchar cómo nos disfrutamos abajo mientras te quedas dormido.

Ambas salieron de la habitación en silencio, cerrando la puerta a sus espaldas. A los pocos segundos, escuché el sonido suave de sus pasos descendiendo por los escalones de madera hacia la planta baja.

Me retiré la camiseta y el pantalón largo, quedándome únicamente en ropa interior. Me dejé caer sobre el colchón, sintiendo el alivio inmediato en los músculos de la espalda y los hombros. Apoyé la cabeza en la almohada y me quité los lentes, dejándolos sobre la mesa de noche junto a la lámpara. El silencio de la habitación comenzó a envolverme, interrumpido solo por los distantes y ahogados gemidos que empezaban a resonar desde la sala de estar, donde mi madre y mi hermana cumplían al pie de la letra con la instrucción impartida.

De pronto, la pantalla de mi teléfono celular, posado a un lado de la lámpara, se iluminó con un resplandor azulado, acompañado por la vibración rítmica del aparato sobre la madera.

Alcé el brazo con lentitud y tomé el dispositivo. Desbloqueé la pantalla y vi la notificación en la barra superior. Era un mensaje de WhatsApp proveniente de Cameron.

«Oye, mi amor... ten para que te masturbes viendo esto »

Sonreí ligeramente ante la pantalla. La reescritura de memoria en la pelirroja había calado con una fuerza impresionante; para ella, la ilusión de ser mi novia devota y desinhibida era la única realidad existente.

Inmediatamente debajo del primer texto, llegaron dos notificaciones consecutivas con archivos adjuntos de imagen. Presioné sobre la conversación para abrir las fotografías.

La primera foto era una toma en el espejo del baño de su casa. Cameron aparecía completamente desnuda, sujetando el teléfono con una mano mientras la otra apartaba su melena cobriza sobre el hombro. La luz del espacio resaltaba la firmeza de sus senos erguidos, la pequeñez de su cintura atlética y la curva pronunciada de sus caderas. Tenía los labios entreabiertos en una expresión provocativa y los ojos fijos en el lente.

La segunda foto era un primer plano más íntimo y explícito. La pelirroja estaba reclinada sobre su cama, abriendo las piernas ligeramente para dejar ver en detalle su vagina suave y húmeda, acompañada por un texto en la parte inferior de la imagen: «Es todo tuyo, mi amor... dime que te gusta lo que ves».

Observé las imágenes durante unos segundos. La belleza de Cameron y la perfección de su cuerpo deportivo eran indiscutibles, el tipo de contenido que en el pasado me habría tenido despierto durante horas. Sin embargo, el cansancio acumulado en mi sistema nervioso era superior a cualquier estímulo visual en ese momento. Sabía que al día siguiente la tendría a ella y a su madre Carmen a mi entera disposición, sin necesidad de apresurar nada.

Bloqueé la pantalla del teléfono, dejando el aparato boca abajo sobre la mesa de noche. La luz azulada se apagara por completo, devolviendo la estancia a la penumbra.

A través del piso de la habitación, el eco distante de los jadeos entreverados de Adriana y Ashley continuaba llegando como un murmullo rítmico, confirmando que la orden se ejecutaba sin pausa en la planta baja. Cerré los ojos, sintiendo cómo la calidez de las cobijas me envolvía y cómo la fatiga acumulada finalmente arrastraba mi conciencia hacia un sueño profundo y reparador.

El tablero estaba dispuesto. Las piezas en mi hogar y en el vecindario respondían a mi voluntad, y la mañana siguiente marcaría el inicio de un dominio aún más extenso.

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