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Capitulo 8
La marea cuántica del Nivel 6 volvió a manifestarse, disolviendo el cuerpo desnudo y sudoroso de Brenda en la recámara de la casa verde para proyectar la conciencia de Damián a través de la ciudad en un destello de luz digital.
El despertar ocurrió con una suavidad absoluta, marcando nuevamente las 9:30 AM en el reloj del bucle eterno del treinta de marzo. Damián abrió los ojos y se encontró en un entorno radicalmente distinto: una cama perfectamente tendida con sábanas de algodón egipcio con aroma a lavanda, dentro de un departamento moderno, iluminado por grandes ventanales y ubicado en una de las zonas residenciales más exclusivas al otro lado de la ciudad.
La asimilación biológica se completó de golpe en su mente, inundándolo con los recuerdos, la voz y la identidad de Sarah, su mejor amiga de la infancia. Sarah era una chica de veintiún años, de una belleza limpia, estilizada y sofisticada, con una vida universitaria ordenada que contrastaba por completo con la decadencia del contenedor anterior. Sin embargo, junto con sus memorias, Damián descubrió un dato crucial: Sarah no vivía sola en ese departamento; compartía el lugar con Ana, su compañera de cuarto y mejor amiga de la universidad.
Decidido a dejar la exploración detallada de la anatomía de Sarah para un momento de mayor privacidad, Damián se incorporó en la cama con una sonrisa intrigada. Escuchó el silencio del departamento y supo que Ana aún dormía en la habitación contigua.
Se levantó con pasos felinos y avanzó por el suelo de duela hacia el pasillo. Al llegar a la recámara de Ana, notó que la puerta estaba medio cerrada, dejando ver una rendija de luz. Damián empujó la madera con cuidado y entró de forma silenciosa. Con un movimiento audaz, se despojó de la pijama de seda que llevaba puesta, quedando únicamente en ropa interior. Al bajarse el pantalón, descubrió con sorpresa que Sarah llevaba puesto un conjunto sumamente provocativo: un bra negro de encaje que realzaba la firmeza de sus pechos juveniles y una tanga de hilos diminutos a juego que se perdía por completo entre la perfecta redondez de sus glúteos.
Damián se acercó al borde de la cama de Ana y la movió suavemente del hombro hasta que la joven abrió los ojos, parpadeando con pesadez por el sueño.
—Ana... despierta —susurró Damián, modulando la voz dulce, clara y femenina de Sarah mientras daba una vuelta lenta frente a ella—. Necesito que me digas la verdad... ¿Crees que esta ropa interior que traigo puesta es lo suficientemente provocativa? Se la quiero mostrar a alguien a quien amo con todo mi ser.
Ana se talló los ojos, incorporándose sobre los codos mientras observaba a su compañera de cuarto con una expresión de profunda extrañeza y desconcierto.
—¿Sarah? ¿Qué carajos...? —murmuró Ana, escaneando el conjunto de encaje negro—. Te ves guapísima, pero... te noto rarísima hoy. A ver, déjame adivinar... ¿Todo esto es por tu amigo Damián? No inventes, ¿no se se supone que ya ni siquiera se hablan? La última vez me dijiste que estabas indignada porque lo cachaste viéndole descaradamente el trasero a Cinthya en lugar de prestarte atención a ti. Pensé que ya lo habías superado.
Damián, usando la psicología de Sarah, fingió una ligera frustración, cruzando los brazos debajo de sus pechos para acentuar el escote ante la mirada de su roommate.
—Pero si de verdad estás decidida a volver a hacer el intento con él y quieres jugar rudo, te voy a dar un consejo de amiga —continuó Ana, sentándose en la orilla de la cama con una sonrisa de complicidad—. Olvídate de modelarle la lencería primero. A los hombres como él hay que romperles los esquemas de golpe. Lo que tienes que hacer es interceptarlo directamente en la calle o donde lo veas solo, acorralarlo contra la pared y plantarle un beso sumamente lascivo. Y mientras lo estés besando, vas a tomar sus manos con fuerza y se las vas a llevar directo a tu vagina.
Ana soltó una pequeña risa, cruzándose de brazos mientras continuaba con su recomendación experta:
—De hecho, es mucho mejor si vas sin bragas, ni tanga, ni nada que le quite tiempo o le sirva de barrera. Que se vaya directo al grano en cuanto te toque. Es más, si te atreves, vete también sin bra bajo la blusa. Cuando sienta tu intimidad empapada y tus pezones duros rozándolo al mismo tiempo sin ninguna prenda de por medio, te apuesto lo que quieras a que se va a volver completamente loco por ti y no te va a poder soltar.
Desde el interior del cerebro de la joven, Damián saboreaba las palabras de la roommate con un morbo descomunal. La ironía cuántica era perfecta: la propia amiga de Sarah le estaba armando la estrategia exacta para profanar psicológicamente a su propio yo original en el vecindario, abriendo las puertas a un juego de seducción de alto nivel en este limpio y sofisticado rincón del treinta de marzo.
Damián, asimilando cada palabra del consejo de Ana a través de la mente de Sarah, dejó escapar una sonrisa ladina que descolocó un poco a su compañera de cuarto. La idea era brillante, directa y con la dosis perfecta de lascivia que el Nivel 6 requería para desestabilizar la realidad de su yo original una vez más.
—Tienes toda la razón, Ana... —respondió Damián, forzando la voz suave y melodiosa de Sarah a sonar con una determinación inusual—. Al grano. Sin barreras, sin rodeos y sin perder el tiempo en sutilezas.
Sin una pizca de timidez, Damián llevó las manos de Sarah a la espalda, desabrochó el broche del bra de encaje negro y lo dejó caer al suelo de duela junto con la diminuta tanga de hilos. Se quedó completamente desnuda frente a su roommate, mostrando una silueta esbelta, de piel clara y tersa, con pechos firmes que apuntaban hacia el frente y una entrepierna limpia que comenzaba a humedecerse ante la pura anticipación del juego cuántico.
Ana abrió los ojos de par en par, soltando una risa nerviosa al ver la absoluta falta de inhibición de su amiga.
—Vaya... veo que te lo estás tomando muy en serio —comentó Ana, impresionada por el repentino cambio de actitud de la siempre reservada Sarah—. Así se habla. Ve por lo que es tuyo.
Damián caminó de regreso al clóset de Sarah con un andar seguro y estilizado. Buscó entre los ganchos y seleccionó un vestido de punto ligero, de color gris claro, que se adhería al cuerpo como una segunda piel. Al ponérselo directamente sobre la piel desnuda, la tela translúcida remarcó de inmediato la silueta de sus pezones duros contra el pecho y la total ausencia de ropa interior en la parte baja. Cada paso que daba hacía que el roce de la tela contra su intimidad generara un estímulo eléctrico que aceleraba el flujo natural del contenedor.
Se calzó unas sandalias sencillas, se pasó la mano por el cabello castaño para acomodárselo de forma natural y tomó las llaves del auto de Sarah que estaban sobre la barra de la cocina.
—Deséame suerte, Ana —dijo Damián antes de salir, lanzándole una mirada cargada de complicidad a su amiga.
—No la necesitas, con ese plan lo vas a dejar sin aliento —respondió Ana desde la recámara.
Damián cruzó la puerta del departamento y bajó por el ascensor hacia el estacionamiento subterráneo. Al subir al coche y encender el motor, la pantalla digital del artefacto en su muñeca izquierda parpadeó levemente, confirmando la sincronización de la Matrix. A pesar de estar en el extremo opuesto de la ciudad, el viaje no le tomaría más que unos minutos gracias a las modificaciones del Nivel 6. El destino estaba fijado: la periferia de la casa verde, donde su yo masculino de veintiún años saldría en cualquier momento a la calle, completamente desprevenido ante la emboscada carnal de su mejor amiga de la infancia.
Damián pisó el acelerador, sintiendo cómo el motor del auto respondía con suavidad mientras cruzaba las avenidas principales rumbo al otro lado de la ciudad. El trayecto se convirtió en una experiencia sumamente estimulante; al no llevar absolutamente nada debajo del vestido gris de punto, el roce constante de la tela ligera contra su entrepierna limpia y sus pezones generaba una oleada de excitación biológica que encendía el cuerpo de Sarah.
En un momento del camino, Damián experimentó una breve desconexión: mentalmente, su conciencia de veintiún años recordó que él en la vida real no sabía conducir un automóvil. Sin embargo, al estar perfectamente integrado con la matriz biológica de Sarah gracias al Nivel 6, sus manos y pies se movían sobre el volante y los pedales con una fluidez y memoria muscular impecables. Era exactamente la misma asimilación técnica que había experimentado con los talentos de las mujeres anteriores.
Mientras se aproximaba al vecindario, Damián repasó la línea temporal de este treinta de marzo. Recordó que, en su vida original, antes de regresar definitivamente a la casa verde, había tenido que desviarse para testificar y aclarar los detalles sobre cómo y cuándo había fallecido el doctor Hernández, ya que él había estado cerca del lugar del deceso.
Al llegar a las inmediaciones de las oficinas locales, Damián divisó a su yo original saliendo del edificio con el rostro cansado, disponiéndose a caminar de regreso a casa. Con una sonrisa de anticipación, se orilló junto a la banqueta y tocó el claxon dos veces.
El Damián de la calle volteó de inmediato, reconociendo el vehículo y el rostro estilizado de su mejor amiga de la infancia. Se acercó a la ventanilla con una expresión de sorpresa y alivio, rompiendo la tensión del día.
—¡Hola, Sarah! ¿Qué tal? Qué sorpresa verte por este rumbo —saludó el muchacho, asomándose.
—Supe lo del doctor Hernández y me imaginé que estarías por aquí arreglando eso —respondió Damián, modulando la voz dulce y reconfortante de la joven—. Súbete, te llevo a tu casa.
Su yo original no lo dudó y subió al asiento del copiloto. Sin embargo, a los pocos minutos de avanzar, la disposición del vestido de punto gris comenzó a jugarle una pasada provocativa. Al estirar las piernas para presionar los pedales, la tela se tensó de tal forma que la silueta de los pezones erectos de Sarah y la total ausencia de costuras o resortes en su cadera delataron que iba completamente desnuda debajo de la prenda. El Damián del asiento de al lado lo notó de inmediato; el joven se puso visiblemente tenso y comenzó a lanzarle miradas sutiles, tratando de disimular la violenta fijación que le causaba ver a su amiga de la infancia en ese estado de sutil desnudez.
Damián, plenamente consciente del impacto que estaba provocando, esperó el momento exacto. Al llegar a un semáforo en rojo en una avenida semivacía, ejecutó la estrategia que Ana le había sugerido.
Sin previo aviso, soltó la palanca de velocidades, tomó la mano derecha de su yo original con firmeza y la deslizó directamente por debajo del dobladillo del vestido gris. Guió los dedos del muchacho directo hacia su entrepierna, hundiéndolos en la intimidad de Sarah, que ya se encontraba completamente empapada de lubricación natural debido a la anticipación del encuentro.
El Damián original abrió los ojos de par en par, ahogando un jadeo de pura sorpresa. El shock de tocar la vulnerabilidad húmeda y caliente de su mejor amiga lo paralizó, pero el morbo y el instinto masculino de veintiún años vencieron su timidez: no retiró la mano. Al contrario, sus dedos comenzaron a moverse de manera instintiva, masturbándola con movimientos lentos y rítmicos que hicieron que el cuerpo de Sarah se arqueara sutilmente contra el respaldo, humedeciendo aún más la mano del joven mientras sus pezones se remarcaban con una dureza extrema contra la tela gris.
El semáforo cambió a verde. Manteniendo una respiración agitada, Damián aceleró con una mano en el volante mientras permitía que su otro yo continuara explorando y estimulando su cavidad húmeda durante el resto del trayecto. Dos calles antes de llegar a la casa verde, en un callejón discreto y sombreado, Damián orilló el auto por completo y apagó el motor.
Se desabrochó el cinturón de seguridad y se abalanzó sobre el asiento del copiloto. Tomó el rostro de su yo original entre sus manos y le plantó un beso sumamente lascivo y apasionado, metiéndole la lengua con una intensidad carnal que tomó por sorpresa al muchacho, fusionando sus alientos mientras los dedos del joven continuaban sumergidos en la excitada intimidad de Sarah.
El beso apasionado consumió los últimos destellos de timidez del Damián del asiento del copiloto. Atrapados en el espacio cerrado del auto, la tensión sexual acumulada estalló de golpe. Conscientes de que estaban en una calle pública y que cualquier patrulla o vecino conocido podría pasar en ese preciso instante, ambos comenzaron a masturbarse mutuamente con una prisa frenética.
Damián, usando los dedos largos y estilizados de Sarah, desabrochó rápidamente el pantalón de su yo original, liberando su miembro completamente erecto y palpitante para comenzar a darle caricias rápidas y firmes. Al mismo tiempo, las manos del muchacho incrementaron el ritmo entre las piernas desnudas de Sarah, hundiéndose en su lubricación desbordante y estimulando su clítoris con una torpeza desesperada que solo aumentaba el morbo de la situación. Los jadeos ahogados inundaron el habitáculo del vehículo hasta que, en una sincronía perfecta provocada por la urgencia de no ser descubiertos, ambos llegaron al clímax. El Damián original derramó su densa carga entre los dedos de su amiga, mientras el cuerpo de Sarah se sacudía en un orgasmo limpio e intenso que empapó por completo la mano del joven.
Sin perder tiempo, se limpiaron apresuradamente con unos pañuelos desechables de la guantera. Damián regresó al asiento del conductor, se acomodó el vestido de punto gris sobre sus muslos aún calientes y encendió el motor para avanzar las últimas calles hacia el vecindario.
Al ingresar al barrio de la casa verde, el Damián original observó el entorno y carraspeó, acomodándose la playera con una seriedad repentina.
—Déjame aquí, Sarah —pidió el muchacho, señalando una esquina a una cuadra de su hogar—. Quiero caminar aunque sea un corto tramo para despejarme antes de entrar.
Damián orilló el auto con suavidad. Su yo original abrió la puerta y bajó a la acera, pero antes de cerrarla, se recargó en el marco de la ventanilla. El sonrojo seguía vivo en sus mejillas de veintiún años, pero en sus ojos había un destello inusual, una audacia que desconcertó al propio Damián.
—Gracias por el aventón... y por lo otro —soltó el joven, rascándose la nuca pero manteniendo la mirada fija en ella—. Este... no sé muy bien qué decir. Me gustó mucho tocarte, masturbarte y tu beso. Este... ¿me amas?
Desde el interior de la mente de la joven, Damián se quedó completamente sorprendido por el atrevimiento de su contraparte. «Vaya, no recordaba haber sido tan directo o lanzado cuando habitaba mi propio cuerpo biológico», pensó con una mezcla de orgullo y diversión masculina. El bucle y las sutiles alteraciones del Nivel 6 claramente estaban modificando las reacciones de la matriz.
—Sí, Damián... por eso te dejé tocar mi vagina sin dudarlo —respondió Damián, regalándole la sonrisa más dulce y prometedora de Sarah—. Lo seguiremos haciendo después, te lo aseguro.
Su yo original asintió con una sonrisa boba y ganadora, cerró la puerta con cuidado y comenzó a caminar por la banqueta con las manos en los bolsillos.
Damián colocó la mano en la palanca de velocidades para dar la vuelta, pero al mirar por el espejo retrovisor, presenció una escena que lo hizo contener la respiración. A lo lejos, la figura desaliñada de Brenda, vistiendo el vestido de licra roja barata y arrastrando las sandalias, apareció corriendo desde una esquina. Vio con absoluta claridad cómo la alcohólica del rumbo interceptaba bruscamente a su yo original en plena calle, tomándolo de la nuca para plantarle el beso lascivo y forzar sus manos hacia su entrepierna chorreante, repitiendo de manera exacta los eventos del ciclo anterior que él mismo había provocado.
La paradoja cuántica del treinta de marzo se estaba entrelazando en tiempo real.
Sabiendo que ese contenedor ya pertenecía al pasado y que su yo original tendría que lidiar ahora con la humillación pública y las exigencias de la paria del barrio, Damián pisó el acelerador a fondo. Dio la vuelta en U con el auto de Sarah, dejando atrás el vecindario y la periferia de la casa verde, manejando a gran velocidad de regreso hacia el moderno departamento del otro lado de la ciudad, listo para planear su siguiente movimiento con la información y la libertad que este refinado cuerpo le otorgaba.
Damián detuvo el auto en el cajón de estacionamiento subterráneo del edificio residencial. La excitación en el cuerpo de Sarah seguía vibrando a un nivel muy alto; la tela gris del vestido de punto continuaba rozando de forma directa su entrepierna, la cual no paraba de segregar lubricación natural tras el clímax vivido en el callejón. Al apagar el motor y bajarse del vehículo, Damián dio media vuelta para cerrar la puerta, pero un brillo húmedo en la tapicería del asiento del piloto detuvo sus movimientos por completo.
El asiento de Sarah estaba notablemente mojado, marcado por una mancha circular de sus propios jugos vaginales que traspasaron el tejido ligero del vestido.
Consciente de los riesgos de la Matrix cuántica del treinta de marzo, Damián miró disimuladamente a ambos lados del estacionamiento subterráneo. Estaba completamente solo, pero sabía perfectamente que las cámaras de seguridad del edificio apuntaban hacia los pasillos vehiculares. Actuando con rapidez y frialdad masculina, ideó una maniobra de distracción: se agachó y se metió a medias al interior del auto, fingiendo ante los lentes de vigilancia que buscaba un objeto perdido o unas llaves debajo del tablero. Una vez oculto de la vista de las cámaras, Damián forzó la flexibilidad del cuerpo de Sarah; se inclinó sobre el asiento, abrió los labios carnosos de la joven y, utilizando su propia lengua, comenzó a lamer y tragar con avidez los fluidos calientes que habían empapado la tela, dejando la superficie perfectamente limpia y seca en cuestión de segundos.
Se incorporó, cerró la puerta con llave y subió por el ascensor directo al departamento.
Al cruzar el umbral, Damián escudriñó el lugar en total silencio. Ana ya no estaba en la sala ni en su recámara; había salido a sus pendientes universitarios, dejándole el espacio completamente libre. Damián caminó hacia la puerta principal, pasó el cerrojo de seguridad y, sin perder un instante, se despojó del vestido gris de punto. Quedó completamente desnuda, permitiendo que el aire fresco del departamento golpeara la piel clara y esbelta de Sarah, cuyos pezones seguían firmes y erectos, mientras su intimidad limpia continuaba goteando de manera sutil debido a la estimulación residual.
De pronto, un fuerte gruñido en el estómago le recordó las necesidades biológicas del contenedor. El reloj marcaba las 10:15 AM y Sarah no había desayunado. Con total naturalidad, Damián caminó descalza hacia la cocina y comenzó a prepararse algo de comer, disfrutando de la absoluta libertad de moverse sin una sola prenda encima.
A la mitad de la preparación, el sonido estridente del timbre de la entrada interrumpió el silencio.
Damián caminó directo hacia la puerta principal. Operando bajo la total impudicia que el control del artefacto le otorgaba y olvidando por un segundo las normas sociales del mundo ordinario, abrió la puerta de golpe, sin molestarse en cubrirse con una toalla o una bata.
Del otro lado del umbral se encontraba el vecino de al lado, un joven de diecinueve años que vivía con su madre en el mismo piso. El muchacho, que venía simplemente a pedir un favor o entregar un paquete, se quedó completamente mudo, petrificado en el sitio. Sus ojos se abrieron de par en par, desorbitados, mientras su cerebro procesaba la imagen de la siempre reservada y elegante Sarah parada frente a él en una desnudez absoluta, mostrando la firmeza perfecta de sus pechos, sus pezones sumamente duros y la visión explícita de su vagina morena y depilada que chorreaba lubricación justo ante sus ojos.
—¿Qué quieres? —preguntó Damián, modulando la voz clara y fría de la joven, arqueando una ceja con total indiferencia.
El vecino intentó articular una palabra, pero su boca solo emitió un balbuceo incomprensible. El color se le subió al rostro en un parpadeo, mientras una erección descomunal y violenta comenzó a marcarse de inmediato en su pantalón de mezclilla ante el estímulo visual más salvaje de su vida.
Al ver que el joven no respondía y seguía parpadeando como un idiota, Damián soltó un suspiro de fastidio y le cerró la puerta en la cara con un golpe seco, regresando a la cocina para terminar de preparar sus alimentos.
Afuera, en el pasillo del edificio, el joven de diecinueve años se quedó temblando, tocándose la entrepierna palpitante. Acababa de vivir, sin lugar a dudas, el mejor día de su vida actual; la imagen de la vecina bonita completamente expuesta y goteando se grabó a fuego en su mente mientras caminaba a tropezones de regreso a su propio departamento, completamente rebasado por la audacia de la nueva línea temporal que Damián seguía desplegando con el Nivel 6.
Damián terminó de cocinar, se sirvió una porción generosa en un plato y caminó con total parsimonia hacia la sala de estar, manteniendo la desnudez del cuerpo de Sarah. Se sentó directamente sobre el cojín del sillón, sintiendo el contacto fresco del cuero contra sus glúteos y dejando un sutil rastro húmedo en la superficie debido a la lubricación constante. Tomó el control remoto, encendió la pantalla gigante y comenzó a comer con tranquilidad mientras recorría los canales.
Se detuvo en un canal de noticias internacionales del espectáculo. La presentadora, con tono de primicia, comenzó a hablar sobre el reciente paso de Rihanna por el país.
—El concierto de la superestrella mundial en el estadio fue un éxito rotundo y absolutamente espectacular —mencionó la conductora frente a los gráficos digitales—. Sin embargo, fuentes bancarias de alta confianza han filtrado un movimiento financiero sumamente inusual: la artista realizó una transferencia por una suma multimillonaria a la cuenta personal de un joven extranjero. Hasta el momento, el equipo de la cantante se niega a dar declaraciones sobre los motivos de este depósito o la identidad del afortunado receptor.
Damián soltó una risa ligera y melodiosa, usando las cuerdas vocales de Sarah. El eco del Nivel 6 seguía manifestándose en el mundo ordinario. Saber que el dinero que desvió cuando controlaba a la diva del pop ya era un hecho público e irrevocable en la Matrix le causó una enorme satisfacción. Al menos, los videos y fotos de esa sesión privada se mantenían bajo absoluto secreto cuántico.
Terminó sus alimentos, dejó el plato en la barra de la cocina y se encaminó hacia el pasillo con la intención de ir a la recámara de Sarah. Sin embargo, al pasar frente a la puerta semiabierta de Ana, el morbo lo hizo detenerse.
Entró a la habitación de su roommate y, movido por la curiosidad de explorar los secretos de la chica que le había dado el consejo de seducción, se acercó a la cómoda. Abrió los cajones y descubrió una colección oculta de lencería sumamente provocativa: tangas de encaje, cacheteros de seda y prendas transparentes. Damián tomó un par de prendas de encaje oscuro y se las llevó directo a la nariz, inhalando el perfume de Ana impregnado en la tela. Se miró en el gran espejo de la recámara: la imagen de Sarah, completamente desnuda, esbelta y con la entrepierna brillando de lubricación mientras olía la ropa interior de su amiga, elevó la excitación biológica del contenedor a un punto crítico.
Decidido a buscar más, Damián hundió la mano en el fondo del último cajón, entre las prendas más oscuras, hasta que sus dedos tropezaron con un objeto rígido, pesado y de gran volumen. Lo sacó de inmediato, abriendo los ojos con total asombro ante lo que tenía en las manos: un consolador de silicona negra, de dimensiones descomunales.
«No puede ser... ¿La vagina de Ana es tan grande como para que le entre semejante monstruo?», pensó Damián, soltando una exclamación mental de pura incredulidad masculina ante el descubrimiento de los gustos ocultos de la roommate.
El morbo y la intensa estimulación visual terminaron por vencer cualquier pizca de autocontrol. Al bajar la mirada hacia la entrepierna de Sarah, vio que su cavidad estaba completamente abierta, palpitante y desbordando jugos naturales debido a la prolongada excitación del día. Sin pensarlo dos veces, Damián tomó el enorme juguete, se colocó en posición y, ejerciendo una presión firme, se autopenetró de un solo golpe.
El impacto biológico de semejante volumen invadiendo el cuerpo limpio de Sarah causó un cortocircuito en su sistema nervioso. El éxtasis fue tan brutal y demoledor que las piernas de la joven cedieron por completo, haciéndola caer de rodillas sobre la alfombra del cuarto de Ana. Con el objeto hundiéndose al máximo en sus entrañas, Damián comenzó a moverse de manera frenética, perdiendo el sentido de la realidad mientras la hermosa y aguda voz de Sarah rasgaba el silencio del departamento, gritando con desesperación el único nombre que gobernaba la paradoja:
—¡Ahhh... Damián! ¡Damián, ven y penétrame tú! ¡Quiero tu pene... hazme tuya, Damián!
El clímax llegó como una descarga eléctrica masiva. Las paredes vaginales del contenedor se contrajeron con tal violencia alrededor del juguete que el flujo brotó en abundancia, empapando la alfombra. La intensidad del orgasmo, combinada con la falta de aire y la sobrecarga sensorial del Nivel 6, fue tan alta que la mente de Sarah se nubló por completo. Sus ojos se cerraron y el cuerpo de la joven se desplomó de lado sobre el suelo, quedando completamente inconsciente y desnuda en medio de la recámara de su amiga.
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