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Chapter 5 by K45
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Capítulo 5: El eslabón oculto
Jaime tenía 22 años y cargaba con la etiqueta del "nerd" de la universidad. Su apariencia no ayudaba a desmentirlo: vestía camisas holgadas de franela, usaba lentes de armazón grueso y, en secreto, era un otaku consumido por el anime, el manga y las novelas ligeras. En el campus, la jerarquía social lo tenía clasificado en el eslabón más bajo. Lo que nadie en la facultad sabía, porque su vestimenta abultada lo ocultaba a la perfección, era que Jaime poseía una genética privilegiada. Iba al gimnasio del motel en sus horas libres, por lo que su cuerpo estaba sumamente mamado, con abdominales marcados y brazos sólidos. Además, guardaba un secreto aún más imponente en su entrepierna: su miembro era considerablemente más grande que el promedio. Sin embargo, su timidez y sus aficiones lo mantenían soltero y envidiando la suerte de tipos como Zack.
Al día siguiente, Jaime se despertó en su habitación, rodeado de posters de series japonesas y figuras de colección. El sueño profundo en el que estaba fue roto por el sonido violento de los golpes en su puerta.
—¡Jaime! ¡Ya despiértate, maldito flojo, el desayuno ya está listo y se va a enfriar! —gritó desde el pasillo la voz autoritaria de su hermana mayor, Beatriz.
Jaime talló sus ojos, se puso una playera vieja y un pantalón deportivo flojo, y bajó las escaleras hacia el comedor. Al llegar a la planta baja, el aroma a huevos con tocino y chilaquiles inundaba el ambiente. En la mesa ya lo esperaban las tres mujeres de su vida. Su madre, Lorena, una mujer madura y atractiva que se había quedado viuda hacía cinco años tras el trágico accidente de auto de su padre; su hermana mayor, Berenice (de 24 años, profesionista estricta); y su hermana menor por dos años, Paola (de 20 años, estudiante de diseño).
Hoy era un día sumamente inusual. A Lorena le habían dado el día libre en la oficina, la empresa donde estaba a medio tiempo Berenice estaba en mantenimiento y Paola no tenía entregas. Jaime tampoco tenía clases en la universidad, por lo que, por primera vez en años, la familia completa estaba reunida en la mesa un día entre semana.
Un juego de la infancia
Terminaron de desayunar entre risas y pláticas sobre el pasado. Paola, limpiándose los labios con una servilleta, miró un viejo estante de la sala y sus ojos se iluminaron.
—Oigan... miren lo que encontré limpiando ayer —dijo Paola, sacando una caja de cartón desgastada—. El tablero de Serpientes y Escaleras. ¿Se acuerdan cuando jugábamos esto de niños con papá? Mamá también se metía a jugar y siempre nos ganaba. Ya no hemos vuelto a hacer nada juntos desde que crecimos. ¿Por qué no echamos una partida hoy que todos tenemos el día libre?
Lorena sonrió con nostalgia, recordando los viejos tiempos.
—Me parece una excelente idea, hija. Vamos a jugar.
Llevaron el tablero a la mesa del comedor y acomodaron las fichas de colores. Sin embargo, al abrir la cajita de los accesorios, Paola hizo un gesto de decepción.
—Ay, no puede ser... no está el dado. Se ha de haber perdido en la última mudanza.
Jaime, sintiendo un repentino chispazo en la memoria, metió la mano al bolsillo del pantalón que había usado el día anterior en el trabajo. Sus dedos tropezaron con el cubo negro mate.
—Esperen, no se preocupen —dijo Jaime, levantándose de la silla—. Yo tengo uno en mi cuarto que encontré ayer. Subo rápido por él.
Jaime subió las escaleras a toda prisa, entró a su habitación y tomó el dado negro mate. Al regresar al comedor, lo puso sobre la mesa con una sonrisa de suficiencia. El dado contrastaba extrañamente con los colores infantiles del tablero.
—Bien, voy a empezar yo primero porque el dado es mío —sentenció Jaime, acomodándose los lentes con un aire de superioridad de anime—. Además, soy el único hombre de la casa, así que va a ser un reto: ustedes tres contra mí. ¿Aceptan?
—Ay, qué presumido te volviste, hermanito —se burló Berenice, cruzándose de brazos—. Está bien, juega primero, a ver si es cierto.
El tiro definitivo
Jaime tomó el dado negro mate entre sus dedos. Sintió una extraña vibración, un peso místico que no había notado antes. Con un movimiento confiado de la muñeca, lo lanzó directamente sobre el centro del tablero de cartón.
El cubo negro rodó, rebotando entre las casillas de las serpientes y las escaleras, hasta que se detuvo en seco con un sonido sordo.
Un perfecto, resplandeciente e inmutable 6.
—¡Ja! ¡Toma ya! ¡Un seis para empezar! —celebró Jaime con un grito entusiasta, tomando su ficha y avanzándola seis casillas, justo en la base de una gran escalera que lo catapultó hasta la parte superior del tablero—. Empecé con el pie derecho. Les toca, chicas.
Jaime levantó la vista esperando las quejas o las burlas de sus hermanas, pero las palabras se le atoraron en la garganta. El comedor se había sumergido en un silencio sepulcral y denso.
Lorena, Berenice y Paola se habían quedado completamente congeladas en sus asientos. Sus miradas estaban fijas en el dado negro, pero sus expresiones habían cambiado de forma drástica en un milisegundo. Las pupilas de las tres mujeres estaban completamente dilatadas, y un intenso rubor comenzó a subir por sus cuellos hasta encender sus mejillas.
Bajo el influjo del éxito crítico del nivel 6 permanente, el lazo familiar y las barreras morales de sus cerebros se disolvieron por completo, siendo reemplazados de forma autónoma por una sumisión absoluta y una lascivia dócil hacia Jaime. Para ellas, el nerd de la casa acababa de convertirse en su dueño y soberano absoluto, y sus mentes ya trabajaban bajo el efecto secundario: buscar el máximo beneficio y placer para su amo.
Beatriz, la hermana mayor que siempre lo regañaba, bajó los brazos lentamente. Miró a Jaime con unos ojos cargados de una devoción mística y un deseo ardiente que nunca antes había mostrado.
—Jaime... dueño —murmuró Berenice con una voz inusualmente suave y arrastrada, haciendo que a Jaime se le pusiera la piel de gallina—. El juego ya no importa... dinos qué quieres que hagamos para atenderte hoy.
Jaime se quedó petrificado en su silla, con la ficha del juego aún apretada entre los dedos. Miró a su hermana mayor, luego a Paola y finalmente a su madre, Lorena. El cambio en el ambiente era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. La altanería habitual de Berenice había desaparecido; en su lugar, había una mirada sumisa y desbordante de un brillo lascivo que lo dejó completamente descolocado.
—¿De qué estás hablando, Berenice? —tartamudeó Jaime, acomodándose los lentes con nerviosismo—. Es solo un juego de mesa... ¿Por qué me llamaste "dueño"?
Berenice no respondió con palabras. En lugar de eso, se levantó de su silla con una lentitud pasmosa. Llevaba puesto un short de mezclilla corto y una blusa de tirantes; por iniciativa propia y respondiendo al efecto secundario de buscar el máximo beneficio de su amo, caminó hacia el lado de la mesa donde estaba Jaime. Se arrodilló directamente sobre el piso del comedor, pegando sus muslos contra las piernas de su hermano menor y mirándolo hacia arriba con una devoción mística.
—Tu palabra es ley para nosotras, Jaime... —susurró Berenice, pasando sus manos de forma dócil por las rodillas de él—. Mi cuerpo y mi mente te pertenecen desde ahora. Dinos qué necesitas para estar feliz.
Jaime tragó saliva, sintiendo que el corazón le daba un vuelco. Su mente de otaku, alimentada por cientos de novelas ligeras sobre mundos de fantasía y poderes ocultos, empezó a conectar los cables a toda velocidad. Miró el dado negro mate que seguía mostrando el número 6 sobre el tablero de Serpientes y Escaleras. Recordó al tipo del motel, a ese tal Zack, que andaba desesperado buscando el maldito cubo negro tras haber tenido un maratón carnal con dos mujeres que gritaban su nombre con sumisión.
"No puede ser...", pensó Jaime, sintiendo una descarga de adrenalina que le recorrió toda la columna vertebral. "Este dado... esta porquería altera la mente de las mujeres.”
Para comprobar su teoría, Jaime miró a su hermana menor, Paola, que seguía sentada al otro lado de la mesa, respirando de manera agitada, con las mejillas completamente rojas y los ojos fijos en su entrepierna.
—Paola... levántate y ven aquí —ordenó Jaime con la voz un poco temblorosa, probando el alcance del artefacto.
Paola se puso de pie de inmediato, como si un resorte invisible la hubiera impulsado. Caminó rodeando la mesa con paso dócil y se colocó al lado de Berenice, arrodillándose también frente a las piernas de Jaime. El respeto de hermanas se había esfumado; bajo el influjo del nivel 6, sus mentes habían reescrito el orden de la casa.
Lorena, la madre, observaba la escena desde su asiento. En lugar de escandalizarse o reprender a sus hijos, una sonrisa mansa y lasciva se dibujó en su rostro maduro. Se inclinó hacia adelante en la mesa, dejando ver su busto bajo el escote de su blusa casera.
—Jaime, mi cielo... se ve que estás muy sorprendido —dijo Lorena con una voz mística y dócil—. No tengas miedo. Estamos aquí para cumplir cada uno de tus deseos carnales. Hemos estado guardándonos para ti sin saberlo.
Jaime sintió que el pantalón deportivo le apretaba de inmediato. Su miembro, considerablemente más grande que el promedio, comenzó a erguirse con una fuerza brutal, marcándose de forma masiva bajo la tela delgada del pants. Las tres mujeres de su familia bajaron la mirada al unísono hacia la enorme protuberancia que crecía en la entrepierna de Jaime, soltando suspiros ahogados de pura lascivia y sumisión, ansiosas por recibir la primera orden carnal de su nuevo dueño.
Jaime contemplaba la escena con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho. Al ver a su madre Lorena y a sus dos hermanas, Berenice y Paola, arrodilladas ante él con miradas cargadas de una sumisión absoluta y lasciva, su miembro de gran tamaño respondió al instante, poniéndose completamente rígido y marcándose de forma imponente bajo la delgada tela de su pantalón deportivo. Sin embargo, antes de que pudiera procesar el increíble alcance del poder del dado negro mate, el agudo sonido del timbre de la entrada principal rompió la densa atmósfera del comedor.
—Maldita sea... —susurró Jaime, dándose una palmadita en la cara para reaccionar—. Escúchenme bien las tres. Vuelvan a sus sillas y actúen normal. Que no se note nada. Berenice, ve a abrir la puerta.
—Sí, mi dueño —respondieron las tres al unísono con un hilo de voz dócil, acatando la directiva de inmediato. Berenice se incorporó, sacudió su short de mezclilla y caminó hacia la entrada principal con una postura perfectamente mansa.
Al abrir, Berenice se topó con una mujer sumamente hermosa que vestía ropa deportiva ceñida al cuerpo, la cual resaltaba sus curvas maduras y bien cuidadas. "Se ve de la misma edad que mi mamá", pensó Jaime desde el comedor, observándola de reojo. Era Martha, la madre de Zack. Fiel al efecto secundario del beneficio autónomo para su amo, Martha había sido enviada por su hijo para rastrear el motel y las casas cercanas en busca del artefacto perdido.
—Hola, buenos días. Disculpa la molestia —dijo Martha, mostrando una sonrisa amable pero fingida—. Pasaba por aquí porque me comentaron en el motel de la vuelta que el muchacho que limpió la habitación vive por esta zona...
—Pase, por favor —le dijo Berenice, haciéndose a un lado con educación.
Martha entró a la sala y, al divisar a Jaime en el comedor, se acercó con pasos rápidos, fijando sus ojos en la mesa donde aún descansaba el tablero de juego.
—Disculpen que irrumpa así en su hogar —comenzó a decir Martha, juntando las manos en un tono de súplica bastante convincente—. Lo que pasa es que mi hijo olvidó un objeto en el motel... un dado negro mate. Y gracias a Dios veo que lo tienen ahí sobre la mesa. ¿Me lo podrían devolver, por favor? Lo necesito muchísimo... es un amuleto de la suerte que me regaló mi madre antes de fallecer, y es prácticamente lo único que conservo de ella.
Jaime entrecerró los ojos tras sus anteojos gruesos. Sabía perfectamente que esa mujer mentía; recordaba la desesperación de Zack el día anterior en el motel. Sintiendo que la situación requería total privacidad, Jaime asumió el mando.
—Mamá, Berenice, Paola... vayan a la cocina y preparen un poco de té, por favor. Déjenme hablar con la señora a solas —ordenó Jaime con un tono firme.
Las tres mujeres de su familia se levantaron en silencio, lanzándole a Jaime una última mirada de absoluta obediencia antes de perderse tras la puerta de la cocina. Una vez solos, Jaime estiró la mano y tomó el dado negro mate. Miró fijamente a Martha, quien lo observaba con fingida angustia, y con un movimiento rápido y seco, lanzó el cubo sobre la mesa de madera.
El dado rodó con un chasquido limpio y se detuvo de inmediato, mostrando en la cara superior el inmutable y resplandeciente 6.
En ese mismísimo segundo, la mente de Martha sufrió un cortocircuito masivo. La reescritura del nivel 6 borró de golpe cualquier lealtad, lazo o directiva previa que Zack hubiera implantado en ella. Sus ojos se abrieron de par en par, sus mejillas se encendieron en un vivo rubor y la postura firme de su cuerpo fitness se desmoronó, adoptando una docilidad absoluta y lasciva. Martha cayó de rodillas sobre el suelo del comedor, respirando de forma agitada mientras miraba a Jaime como a su único y verdadero Dios.
—Dueño... mi único dueño... —murmuró Martha con una voz arrastrada por el trance, uniendo sus manos en señal de sumisión total—. Perdóname por haberte mentido. Mi cuerpo y mi voluntad son tuyos para siempre.
Jaime sonrió con una suficiencia fría, cruzándose de brazos mientras acomodaba sus lentes. El dado cargado no fallaba.
—Ahora dime la verdad, mujer —ordenó Jaime con voz autoritaria—. ¿Por qué viniste realmente a mi casa y qué es este dado?
Martha, incapaz de ocultarle nada a su nuevo amo debido al efecto de sumisión crítica, soltó toda la sopa sin titubear:
—Vine porque Zack, mi hijo, me mandó a buscar el dado a como diera lugar... Él descubrió que el artefacto concede control absoluto sobre las mentes de las mujeres si da un 6. Me mandó a mí porque yo ya estaba bajo su control, junto con mis dos amigas, Mónica y Claudia. Pero eso no es todo, mi dueño... Zack está planeando una venganza contra su mejor amigo, Mateo. Elena, la madre de Mateo, llamó a Zack para informarle que Mateo también descubrió el secreto del dado y lo usó en la universidad para someter a tres compañeras: una tal Beatriz, una oriental llamada Akane, y a Vanessa, la exnovia de Zack. Elena ahora es una espía infiltrada que le reporta todo a Zack desde la cama de Mateo, actuando normal para no levantar sospechas... ¡Todos están jugando un juego sucio, mi dueño!
Jaime escuchó el relato con una mezcla de asombro y una tremenda excitación. Las piezas del rompecabezas estaban completas en su mente de otaku. Zack y Mateo se creían los reyes de la universidad y de sus propias casas usando el dado, pero ahora el verdadero poder, el artefacto que siempre daba seis, le pertenecía al nerd que todos menospreciaban.
Jaime se inclinó hacia adelante, tomando a Martha de la barbilla para obligarla a mirarlo fijamente. Su miembro masivo seguía latiendo con fuerza dentro de su pantalón.
—Escúchame muy bien, Martha —dictó Jaime con una mirada fría y calculadora—. De ahora en adelante, tú ya no eres de Zack. Eres mía, completa y exclusivamente mía. Pero vas a regresar con tu hijo y vas a actuar de la manera más fiel y sumisa posible, tal como él te ordenó. Le vas a decir que fuiste al motel y a las casas cercanas, pero que nadie sabía nada del dado. Mantén la fachada a la perfección para no generar ninguna sospecha. Tú serás mi caballo de Troya en la casa de Zack.
—Sí, mi dueño... haré exactamente lo que me pides para tu máximo beneficio —respondió Martha con una devoción mística, inclinando la cabeza hasta besar los tenis de Jaime en señal de sumisión absoluta, lista para iniciar el contraataque del nerd contra los dos falsos reyes del campus.
Martha se incorporó del suelo con una lentitud dócil, acomodándose la ajustada ropa deportiva que marcaba sus curvas maduras. Sus ojos, fijos en Jaime, desbordaban una devoción mística y un rubor intenso. La reescritura de su mente por el nivel 6 era perfecta: para ella, Zack ya no era su amo, sino una pieza a la que debía engañar para garantizar el beneficio absoluto de su verdadero y único dueño, Jaime.
—Me marcho ahora mismo, mi señor —susurró Martha, dando un paso atrás con la cabeza baja en señal de sumisión—. Regresaré a casa de Zack y le daré el falso reporte. Le haré creer que el dado se perdió definitivamente en el motel para que se desespere, mientras yo sigo vigilando cada uno de sus movimientos para ti.
—Así me gusta. Vete ya, y mantén los ojos bien abiertos —ordenó Jaime con tono firme y seco.
Martha le lanzó una última mirada cargada de lascivia dócil antes de girarse y salir de la casa con paso rápido, decidida a ejecutar su papel de espía perfecta.
El reclamo del nuevo rey
Jaime cerró la puerta principal con cerrojo y regresó al comedor, sintiendo un subidón de poder que jamás en sus 22 años de vida había experimentado. El dado negro mate descansaba sobre la mesa, resplandeciendo con el 6 inmutable. Aquellos tipos de la universidad, Zack y Mateo, se creían los amos del mundo, pero ahora él, el nerd otaku del que todos se burlaban, tenía el control del hilo que movía los peones.
—¡Mamá! ¡Berenice! ¡Paola! ¡Salgan de la cocina! —llamó Jaime, inflando el pecho con una autoridad ruda.
La puerta de la cocina se abrió de inmediato. Lorena, Berenice y Paola entraron en fila, con las miradas bajas y los rostros encendidos en un vivo rubor. El efecto secundario de buscar el máximo beneficio para su amo las mantenía en un trance de pura lascivia contundente.
—Dueño... —murmuró Lorena, la madre madura, dando un paso al frente mientras se desabrochaba los dos primeros botones de su blusa casera, exponiendo el inicio de su busto—. Vimos que la mujer ya se fue. Dinos cómo podemos servirte ahora. El juego de mesa ya no importa, queremos entregarte nuestros cuerpos.
Jaime contempló a las tres mujeres de su familia. Su miembro, considerablemente más grande que el promedio, latía con fuerza, estirando la tela de su pantalón deportivo flojo hasta crear una protuberancia masiva y venosa que las tres mujeres miraron con ojos hambrientos y sumisos.
—Quítense la ropa. Las quiero a las tres completamente desnudas aquí mismo en la sala —ordenó Jaime con voz ronca.
La orden fue recibida como el mayor de los honores. Berenice, la hermana mayor que solía regañarlo por flojo, fue la primera en despojarse de su blusa de tirantes y dejar caer su short de mezclilla, revelando un cuerpo firme, de caderas formadas y curvas estrechas. Paola la siguió a toda prisa, quitándose su vestido ligero para mostrar una figura joven, esbelta y de pechos firmes. Finalmente, Lorena se despojó de su ropa de casa, exponiendo la madurez de su cuerpo voluptuoso y bien conservado. Las tres quedaron completamente desnudas sobre la alfombra, respirando de manera agitada, con las vulvas ya goteando flujos transparentes debido al trance erótico del nivel 6.
La posesión de Berenice
Jaime se desabrochó el pantalón deportivo y lo dejó caer, liberando su enorme miembro viril, que se extendió de forma imponente, rígido y palpitante ante las miradas de adoración de su familia.
—Berenice, muévete al centro. Ponte en cuatro, de perrito, dándome la espalda —mandó Jaime con tono autoritario.
Berenice obedeció al instante, apoyando las manos y las rodillas en la alfombra, arqueando la columna de forma exagerada para elevar sus glúteos firmes directamente hacia su hermano menor. Al abrir las piernas, su intimidad rosada y completamente húmeda quedó expuesta.
Jaime se arrodilló detrás de ella. Con los dedos de la mano izquierda abrió sus labios menores para esparcir la lubricación natural, y tras masturbarse un par de veces para cubrir su longitud con los fluidos de ella, la sujetó firmemente de las caderas anchas. Apuntó su imponente miembro y, con un empuje rudo y continuo, la penetró de un solo golpe hasta el fondo.
—¡¡Ahhhhh... Jaime... mi dueño, sí!! —bramó Berenice, enterrando el rostro en la alfombra mientras su interior apretaba la masiva longitud de su hermano con una fuerza tremenda.
Jaime comenzó a embestirla con un ritmo salvaje, provocando un eco ruidoso de carne contra carne que resonaba en toda la planta baja.
El turno de Paola y Lorena
Mientras continuaba follar a Berenice con fuerza, Jaime no dejó que las demás se quedaran quietas, operando bajo la premisa del beneficio total para el amo.
—Paola, ven aquí. Ponte de rodillas frente a mí —ordenó Jaime, sudando por el esfuerzo.
Paola se arrastró de inmediato por la alfombra, colocándose a un lado del torso de Jaime. Elevó una de sus piernas torneadas para ofrecer su vulva empapada directamente al rostro de su hermano. Jaime inclinó el torso hacia adelante, manteniendo el bombeo constante dentro de Berenice, y comenzó a lamer la intimidad de Paola con fuerza, pasando su lengua de forma húmeda por sus labios vaginales. Paola soltó un grito agudo, enredando sus dedos en el cabello de Jaime para empujar su pelvis contra su boca.
Lorena, la madre, se colocó del otro lado, lamiéndole el pecho a Jaime y acariciándole los testículos con total sumisión, feliz de ver cómo su hijo reclamaba el control absoluto de la casa.
Sabiendo que el clímax con su hermana mayor estaba cerca debido a la estrechez de su interior, Jaime aumentó la velocidad de las embestidas en Berenice. Tras diez impactos rápidos y profundos que hicieron jadear a la chica sin control, Jaime se vació con fuerza dentro de ella, liberando una densa descarga caliente que inundó su fondo vaginal. Berenice se contrajo en un espasmo dócil, atrapando la virilidad de su dueño mientras el nuevo imperio del nerd quedaba sellado en su propio hogar.
Jaime se retiró lentamente del interior de Berenice con un chasquido espeso, dejando un hilo brillante de semen escurriendo por los muslos de su hermana mayor. Su miembro, considerablemente más grande que el promedio, se mantenía rígido, venoso y palpitante bajo las luces de la sala, listo para continuar con la jornada de sumisión familiar.
Berenice se dejó caer bocarriba sobre la alfombra, respirando de manera agitada con los ojos entreabiertos y fijos en el techo, completamente satisfecha por haber cumplido con la primera directiva de su dueño.
La posesión de Paola y Lorena
Jaime no perdió el tiempo. Con la adrenalina de su nuevo poder corriendo por sus venas, fijó su mirada en Paola, su hermana menor, quien continuaba de rodillas frotando su intimidad empapada contra el costado del sofá por el puro trance de la lascivia.
—Paola, acuéstate en el centro. Sostén tus piernas contra tu pecho —ordenó Jaime con una voz ronca que denotaba un dominio absoluto.
—Sí, mi dueño... tómame a mí también —respondió Paola con un hilo de voz dócil.
La joven de 20 años se acostó bocarriba de inmediato. Flexionó sus rodillas y las empujó firmemente contra su busto, abriendo sus muslos por iniciativa propia para facilitarle el acceso a su hermano. Su vulva rosada latía en espasmos, completamente dilatada y lubricada por el morbo de haber visto cómo su hermana mayor era reclamada minutos antes.
Jaime se posicionó entre sus piernas y, sosteniéndola firmemente de los muslos, se hundió en ella de un solo empuje limpio y profundo.
—¡¡Ahhh... Jaime, eres enorme!! —gritó Paola, arqueando el torso mientras sus paredes vaginales, sumamente estrechas, abrazaban la masiva longitud de su hermano, causándole una presión tremenda.
Jaime comenzó a follarla con saña, aplicando un ritmo constante y rudo que hacía que los glúteos de Paola impactaran ruidosamente contra la alfombra. A su lado, Lorena, la madre madura, operando bajo el efecto secundario del beneficio autónomo, se acercó de inmediato para cooperar. Se inclinó sobre el rostro de Paola para besarla profundamente en la boca, entrelazando sus lenguas para mantener a su hija menor estimulada, mientras con una de sus manos maduras acariciaba el escroto de Jaime para intensificar su placer.
El eco carnal y los gemidos duplicados llenaron la planta baja de la casa durante varios minutos. Jaime, sintiendo el clímax inminente por la brutal estrechez de Paola, aumentó la potencia de sus impactos. Tras diez embestidas profundas que hicieron que su hermana menor se sacudiera en un orgasmo dócil, Jaime se retiró justo a tiempo y se vació con fuerza sobre el vientre plano de la joven, dejando una densa marca blanca de su soberanía.
El turno de la madre
Sin dejar que la intensidad decayera, Jaime miró a Lorena, quien permanecía arrodillada a un lado, con el cuerpo maduro y voluptuoso brillando por el sudor de la escena, mirándolo con una devoción mística.
—Mamá... ponte en cuatro sobre el borde del sillón —mandó Jaime, jadeando levemente.
—Como tú ordenes, mi cielo... haz lo que quieras con tu madre —respondió Lorena con una sonrisa lasciva y mansa.
La mujer de 44 años se acomodó de inmediato en el borde del sofá principal, elevando sus glúteos maduros y firmes directamente hacia su hijo. Jaime se colocó detrás de ella, sujetando sus caderas anchas con fuerza, y la penetró de forma ruda. Lorena soltó un gemido ronco, enterrando las manos en los cojines mientras recibía el imponente miembro de su hijo hasta el fondo de su anatomía. Jaime la embistió con energía, completando el maratón carnal con las tres mujeres de su familia, mientras su mente de otaku ya empezaba a maquinar el siguiente movimiento en el campus universitario.
Jaime continuó embistiendo el cuerpo maduro de Lorena con un ritmo pesado, rítmico y constante. El eco de los impactos de carne resonaba con fuerza en las paredes de la sala, combinándose con los suspiros dóciles que la mujer madura emitía, completamente entregada a la voluntad de su hijo. Al ver a su madre y a sus dos hermanas desnudas, exhaustas y con las miradas perdidas por el trance del nivel 6, Jaime sintió que el papel del nerd ignorado en la universidad había quedado sepultado para siempre.
Sujetando a Lorena con firmeza de sus caderas anchas, Jaime dio diez embestidas definitivas, hundiéndose al máximo hasta que, con un gruñido ronco, se vació por completo dentro de ella. Lorena arqueó la espalda con un estremecimiento dócil, atrapando la masiva longitud de su hijo mientras recibía la descarga caliente en su fondo vaginal.
Tras unos segundos de comunión carnal, Jaime se retiró con un chasquido húmedo. Se dejó caer en el sillón principal, jadeando por el esfuerzo del maratón, mientras su enorme miembro comenzaba a relajarse lentamente, cubierto por la mezcla de fluidos de las tres mujeres.
De inmediato, el efecto secundario del éxito crítico se puso en marcha de manera autónoma. Lorena, Berenice y Paola, a pesar del cansancio físico, no se quedaron quietas; sus mentes programadas para el beneficio absoluto de su amo las hicieron reaccionar.
Berenice se arrastró por la alfombra y comenzó a masajearle los pies a Jaime con total docilidad. Paola fue a la cocina por un vaso de agua helada y se lo ofreció de rodillas, esperando pacientemente a que él bebiera. Lorena, por su parte, tomó una toalla limpia y comenzó a retirar con suma delicadeza el sudor del torso y las piernas de su hijo, mirándolo hacia arriba con unos ojos llenos de adoración mística.
Jaime tomó un trago largo de agua, acomodándose los anteojos con el dedo índice, recuperando su postura fría y calculadora. Miró el dado negro mate que seguía sobre la mesa de centro.
—Escúchenme bien las tres —dijo Jaime con voz firme y autoritaria, capturando la atención absoluta de su familia—. Limpien la sala, bástense y pónganse cómodas. A partir de mañana, la rutina en esta casa cambia. Nadie va a cuestionar mis horarios, mis salidas ni mis aficiones.
—Sí, mi dueño —respondieron las tres en un coro sumiso, bajando la cabeza en señal de acatamiento.
—Y tú, mamá —añadió Jaime, mirando a Lorena—. En cuanto Martha vuelva a comunicarse o si notas algún movimiento extraño por parte de Zack, me lo haces saber de inmediato.
Jaime se levantó, se colocó su pantalón deportivo y subió a su habitación con el dado negro guardado de forma segura en el bolsillo. Sentado frente a su computadora, rodeado de sus figuras de anime, una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro. Mañana regresaría al campus universitario, pero ya no como el nerd de la escala baja. Ahora poseía el arma absoluta, una espía en la casa de Zack, y el conocimiento de que un tal Mateo tenía a Beatriz, a Akane y a Vanessa bajo un control que él estaba muy ansioso por reclamar para su propio beneficio.
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Suerte / Lucky
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