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Chapter 6 by K45
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6
Capitulo 6: Sometimiento de los falsos
Al día siguiente, Jaime salió de su casa con el dado negro mate bien asegurado en el bolsillo. Apenas había caminado un par de calles cuando su teléfono celular comenzó a sonar. Al revisar la pantalla, vio que era un número desconocido. Contestó de inmediato.
—¿Bueno? —dijo Jaime, acomodándose los anteojos.
—Dueño... soy yo, Martha —la voz de la madre de Zack sonó al otro lado de la línea, baja y apresurada—. Te llamo rápido. Zack acaba de salir a hacer un mandado largo y me dejó sola en la casa. Tienes que venir a la dirección que te voy a dar ahora mismo. Descubrí algo importante sobre los registros que mi hijo guardaba de la universidad y necesito que estés aquí para mostrártelo... y para que me reclames como es debido.
Martha le dictó la dirección exacta de su domicilio. Jaime, sintiendo un fuerte chispazo de curiosidad y morbo, cambió su ruta y se dirigió hacia allá.
Cuando llegó a la casa de Zack, tocó la puerta discretamente. Martha abrió de inmediato; vestía un conjunto deportivo que no tardó nada en desaparecer. En cuanto cerró la puerta con llave, la mujer miró a Jaime con ojos cargados de una devoción mística y un vivo rubor. Sin pensarlo dos veces, se despojó por completo de su ropa, mostrando su cuerpo maduro, fitness y voluptuoso ante los ojos de su nuevo amo.
Para demostrar su sumisión absoluta y cumplir con el efecto secundario de buscar el máximo beneficio para su dueño, Martha se recostó en el sofá de la sala y comenzó a masturbarse frente a él de forma lasciva, pasando sus dedos por su intimidad para humedecerse por completo y estar perfectamente lista para recibir el imponente miembro de Jaime, el cual ya estiraba su ropa con fuerza.
Jaime se desabrochó el pantalón, liberando su miembro —considerablemente más grande que el promedio— y se posicionó entre las piernas de la mujer, hundiéndose en ella con un empuje rudo y continuo. Martha soltó un gemido de pura satisfacción, atrapando la longitud de su amo mientras el vaivén carnal comenzaba a sacudir el mueble de la sala.
La interrupción de Zack
Estaban en pleno acto, con el eco ruidoso de la carne chocando y los jadeos de Martha llenando el lugar, cuando se escuchó el sonido de unas llaves en la cerradura principal. La puerta se abrió de golpe y Zack entró a la casa, cargando una bolsa con el mandado.
Al levantar la vista y ver la escena en su propia sala —a su madre desnuda, gimiendo y siendo follada salvajemente por el nerd de la universidad al que consideraba del eslabón más bajo—, la mente de Zack sufrió un colapso de furia pura.
—¡¡Pero qué mierda...!! ¡¡Maldito infeliz, te voy a matar!! —rugió Zack, dejando caer la bolsa al suelo y abalanzándose con los puños cerrados directamente hacia Jaime.
Sin embargo, la reescritura mental del nivel 6 en Martha era absoluta. Al ver que la seguridad y el placer de su verdadero amo corrían peligro, su instinto de protección autónoma se activó. Con una agilidad sorprendente, Martha se zafó del agarre de Jaime, saltó del sillón completamente desnuda y corrió hacia la esquina de la sala, donde Zack guardaba un bate de béisbol de aluminio.
Antes de que Zack pudiera tocar a Jaime, Martha levantó el bate y le acomodó un violento golpe seco en las costillas y luego en las piernas. Zack cayó al suelo de rodillas, soltando un quejido de dolor y sorpresa, completamente horrorizado al ver a su propia madre sometiéndolo con semejante violencia para defender al nerd.
—¡No te atrevas a tocar a mi dueño, maldito infeliz! —gritó Martha con la mirada perdida en un trance dócil y protector.
—Martha. Ponlo bocarriba y amárralo —ordenó Jaime con voz fría.
Martha obedeció al instante. Se subió encima del pecho de su hijo, usando su peso corporal fitness para inmovilizarlo contra el suelo de la sala. Estiró la mano hacia un cajón cercano y sacó un rollo de cinta gris de alta resistencia. Con movimientos rápidos y dóciles, le envolvió los brazos y las piernas a Zack, dejándolo completamente atado, indefenso y rabiando de la impotencia sobre la alfombra.
Zack respiraba de forma entrecortada, con los ojos inyectados en sangre, mirando a Jaime con un odio asesino mientras su madre se mantenía sentada sobre sus piernas, desnuda y cubierta de fluidos.
—Martha, ve a la cocina y tráeme un vaso de agua helada —mandó Jaime, acomodándose los anteojos.
—Sí, mi dueño —respondió ella, levantándose y caminando hacia la cocina sin la menor pizca de vergüenza o lealtad hacia su hijo.
Una vez que Martha estuvo fuera de la vista, Jaime caminó lentamente hacia donde Zack estaba amarrado. Sacó el dado negro mate del bolsillo y lo sostuvo frente al rostro de su compañero de la universidad. Al ver el artefacto, los ojos de Zack se abrieron de par en par, pasando de la furia al terror más absoluto. Ahora entendía cómo el nerd le había robado a su madre y a su espía.
—¿Sorprendido, Zack? —se burló Jaime con una sonrisa maliciosa—. Creíste que eras el rey del tablero, pero el dado ahora me pertenece.
Con un movimiento rápido de la muñeca, Jaime lanzó el cubo negro sobre el pecho de Zack. El dado rodó por la playera y se detuvo.
Un 1. El fallo crítico definitivo.
Zack, a pesar de estar amarrado, soltó una carcajada ahogada y llena de desprecio.
—¡Ja! ¡Un maldito uno, idiota! ¡El dado no te hace caso! ¡No tienes el poder!
Jaime no se inmutó. Sabía que el artefacto estaba cargado o modificado por Mateo para jugar a su favor. Recogió el cubo negro con total tranquilidad, miró a Zack fijamente y lo volvió a lanzar sobre su pecho con fuerza.
El dado giró un par de veces, rebotó contra la barbilla de Zack y se detuvo en seco sobre su esternón.
Un perfecto, resplandeciente e inmutable 6.
En ese mismísimo microsegundo, el hilo invisible del nivel 6 atrapó el cerebro de Zack. La furia destructiva, el odio asesino y el orgullo de macho alfa que sentía se disolvieron en el aire como si nunca hubieran existido. Sus pupilas se dilataron por completo, un intenso rubor cubrió sus mejillas y la rigidez de su cuerpo amarrado se transformó en una laxitud dócil. La mirada de Zack, antes inyectada en sangre, ahora observaba a Jaime con una adoración mística y una sumisión lasciva absoluta.
—Dueño... mi único y verdadero dueño —murmuró Zack con una voz arrastrada y rota por el trance, intentando mover sus manos amarradas para tocar los zapatos del nerd—. Perdóname por haber intentado golpearte... Mi vida, mi madre, mi harén y todo lo que tengo es tuyo. Ordéname lo que quieras.
Martha regresó de la cocina con el vaso de agua helada en la mano. Su cuerpo desnudo aún brillaba por el sudor del acto interrumpido, y mantenía esa mirada mansa fija en Jaime.
—Suelta a tu hijo, Martha. Quítale la cinta de los brazos y las piernas —ordenó Jaime con una voz fría y cargada de una superioridad absoluta.
—Sí, mi dueño —respondió ella de inmediato. Dejó el vaso sobre la mesa de centro y se arrodilló al lado de Zack, retirando la cinta gris con movimientos rápidos y dóciles.
Zack, completamente entregado al trance del nivel 6 y con el rostro encendido en un vivo rubor de sumisión mística, se incorporó lentamente. No intentó atacar; en lugar de eso, se arrodilló sobre la alfombra frente a Jaime, jadeando levemente y esperando las órdenes de su nuevo soberano.
Jaime se sentó en el sofá principal, cruzando las piernas y acomodándose los anteojos gruesos con el dedo índice, saboreando el control total sobre el tipo que antes lo menospreciaba.
—Muy bien, Zack. Saca tu teléfono ahora mismo —dictó Jaime con un tono rudo y autoritario—. Vas a llamar a todas tus putas de mierda a las que les sacaste un 6. Las quiero a todas aquí metidas en esta sala ahora mismo. Y diles que dejen lo que sea que estén haciendo. Inventa cualquier excusa pendeja para que se larguen rápido: diles que se cagaron y que se van a comer su caca en un lugar privado, o que van urgentemente por zanahorias para metérselas por la vagina y el culo. No me importa la estupidez que les digas, pero haz que vengan ya.
—Sí, dueño... haré exactamente lo que me pides para tu máximo beneficio —respondió Zack con una voz arrastrada por el trance.
Con las manos temblorosas por la excitación dócil, Zack sacó su celular del bolsillo y comenzó a marcar los números de su harén. El contraataque del nerd estaba uniendo todas las piezas del campus en un solo lugar.
Zack, con las pupilas completamente dilatadas y el rostro encendido en un vivo rubor de sumisión mística, comenzó a marcar los números de teléfono uno por uno, operando bajo la premisa del beneficio absoluto para su nuevo amo.
Las llamadas de Zack
Primero marcó a las dos amigas fitness de su mamá, Mónica y Claudia, quienes se habían quedado en su casa esperando instrucciones.
—Mónica... Claudia —dijo Zack con voz arrastrada y dócil—. Escúchenme bien. Dejen lo que estén haciendo en la casa. Quiero que salgan de inmediato y vengan a mi domicilio. Si alguien las ve, díganle la excusa pendeja de que se cagaron y van a encerrarse en un lugar privado a comerse su caca. Vengan ya.
—Sí, mi dueño... volamos para allá —respondieron ambas al unísono desde el otro lado de la línea, acatando la directiva con total sumisión.
Luego, Zack buscó en su agenda el contacto de Victoria, la hermana de su exnovia Vanessa, a quien había sometido el día anterior en el motel.
—Victoria... muévete de donde estés. Deja tus clases en la universidad —ordenó Zack, mirando de reojo los tenis de Jaime—. Ve a la recaudería, compra un montón de zanahorias para metértelas por la vagina y el culo, y ven directo a mi casa ahora mismo. Es una orden.
—Entendido, Zack... lo que tú mandes —contestó la universitaria con voz lasciva y dócil, sin cuestionar la estupidez de la excusa.
Finalmente, Zack marcó a Elena, la mamá de Mateo, quien se encontraba en su propia casa vigilando los movimientos de su hijo.
—Elena... suspende la vigilancia sobre Mateo —dictó Zack con tono monótono—. Inventa cualquier excusa ridícula en tu casa y ven a mi dirección de inmediato. Te necesito aquí.
—Voy para allá, dueño. Mi cuerpo te pertenece —respondió Elena con una devoción mística antes de colgar.
La llegada del harén
Jaime se recostó en el sofá de la sala, con una sonrisa de absoluta superioridad y acomodándose los anteojos gruesos con el dedo índice. El dado negro mate descansaba sobre la mesa de centro, brillando con el inmutable 6 que lo había coronado como el verdadero rey. A su lado, Martha permanecía completamente desnuda y de rodillas, lista para atender cualquier capricho de su amo.
No pasaron ni veinte minutos cuando el timbre de la casa comenzó a sonar repetidamente. Zack, actuando de forma mansa, se levantó a abrir la puerta.
Una a una, las mujeres del harén cruzaron el umbral de la sala, con los rostros completamente rojos y las miradas perdidas por el trance del nivel 6. Entraron Mónica y Claudia, luciendo sus ajustados conjuntos de fitness; luego Victoria, la esbelta hermana de su ex, cargando una bolsa llena de zanahorias tal como se lo habían ordenado; y finalmente Elena, la atractiva madre de Mateo, respirando de manera agitada. Al verlas llegar, Jaime notó que también venía con ellas Melody, otra de las compañeras a las que Zack les había dado un 6 permanente.
Sin embargo, al cruzar la puerta y ver a Jaime sentado en el trono principal y a Zack arrodillado de forma sumisa junto a su madre desnuda, el hilo invisible del nivel 6 en los cerebros de todas las recién llegadas sufrió un impacto masivo. El efecto secundario de buscar el máximo beneficio de su soberano reescribió sus mentes de inmediato: para ellas, Zack ya no era nadie; el nerd otaku del que todos se burlaban en el campus era ahora su único Dios y dueño absoluto.
Elena, la mamá de Mateo, soltó un suspiro ahogado y dejó caer su bolso al suelo. Caminó con paso dócil y se arrodilló directamente frente a las piernas de Jaime.
—Dueño... —murmuró Elena con una voz arrastrada por la lascivia—. Olvida a Zack. Mi cuerpo, el de sus amigas y todo el control que teníamos sobre la casa de Mateo ahora te pertenece a ti. Dinos qué quieres que hagamos las cinco para complacerte.
Jaime contempló el panorama: cinco mujeres, sumamente hermosas y voluptuosas, completamente entregadas a sus pies en la misma sala, junto con el tipo que antes lo menospreciaba. Su miembro, considerablemente más grande que el promedio, comenzó a erguirse con una fuerza brutal dentro de su pantalón deportivo, listo para reclamar el imperio absoluto del campus.
Jaime contemplaba el panorama desde el centro del sofá principal, sintiendo cómo el poder absoluto le recorría las venas de una manera que jamás habría imaginado en sus 22 años de vida. La sala de la casa de Zack se había transformado en un templo de sumisión mística. Cinco mujeres perfectas, una mezcla de madurez fitness y juventud universitaria, permanecían de rodillas frente a él con las miradas perdidas y los rostros encendidos en un rubor de pura lascivia dócil. A un lado, Zack, el antiguo rey del campus, se mantenía postrado con la cabeza baja, esperando las órdenes de su nuevo soberano.
El contraataque del nerd era total. Tenía en sus manos el dado negro mate que siempre daba seis, y con él, acababa de heredar el control absoluto de todas las piezas que Zack había reclutado.
—Quítense la ropa —ordenó Jaime con una voz ruda, rítmica y cargada de autoridad—. Las quiero a todas completamente desnudas aquí mismo en la sala. Zack, tú te vas a quedar ahí mirando cómo tu nuevo dueño reclama lo que antes creías que era tuyo.
La orden fue recibida por las mujeres como el mayor de los honores. El efecto secundario de buscar el máximo beneficio de su amo las hizo moverse con una presteza dócil y coordinada.
Mónica y Claudia, las dos amigas fitness de Martha, comenzaron a deslizar los cierres de sus ajustados conjuntos deportivos. Sus cuerpos, esculpidos por años de gimnasio, con abdómenes marcados, glúteos firmes y piernas torneadas, quedaron expuestos bajo la luz de la sala. Victoria, la esbelta hermana de Vanessa, dejó caer la bolsa con las zanahorias que había traído y se despojó de su ropa universitaria, revelando una figura joven, de curvas estrechas y pechos firmes. Elena, la atractiva madre de Mateo, se quitó su vestido ligero con movimientos lentos y dóciles, mostrando un cuerpo maduro y voluptuoso. Finalmente, Melody se deshizo de sus prendas, quedando completamente expuesta con una piel pálida y suave que contrastaba con el rubor de sus mejillas.
Las cinco mujeres, junto con Martha que ya estaba desnuda, formaron un semicírculo de carne firme y perfumada alrededor de las piernas de Jaime. Sus intimidades, completamente dilatadas y humedecidas por el puro trance del nivel 6, goteaban flujos transparentes sobre la alfombra.
La humillación de Zack y el inicio del festín
Jaime se desabróchó el pantalón deportivo y lo dejó caer, liberando su enorme miembro viril, el cual se extendió de forma imponente, rígido, venoso y palpitante ante las miradas de adoración mística de todo el harén. Al ver el tamaño de su virilidad, considerablemente más grande que el promedio, las mujeres soltaron suspiros ahogados de pura excitación.
—Zack, acércate —mandó Jaime, acomodándose los anteojos gruesos con el dedo índice—. Ponte de rodillas al lado del sillón. Vas a sostener el vaso de agua helada que me trajo tu madre, y no vas a mover un solo músculo a menos que yo te lo ordene.
—Sí, mi dueño... como tú digas —respondió Zack con voz arrastrada, tomando el vaso con manos temblorosas y fijando sus pupilas dilatadas en la enorme protuberancia de Jaime, completamente quebrado por el influjo del artefacto.
Jaime fijó sus ojos en Elena, la madre de Mateo, sabiendo el valor estratégico que esa mujer tenía para destruir al otro rey de la universidad.
—Elena, muévete al centro de la sala. Ponte en cuatro, de perrito, dándome la espalda —ordenó Jaime con un tono autoritario.
Elena obedeció al instante. Se colocó apoyando las manos y las rodillas en la alfombra, arqueando la columna de forma exagerada para elevar sus glúteos maduros y voluptuosos directamente hacia su nuevo amo. Al abrir las piernas, su intimidad rosada y completamente empapada quedó expuesta.
Jaime se arrodilló detrás de ella. Antes de penetrarla, abrió sus labios menores con los dedos para esparcir su propia lubricación natural, y tras masajear la zona con fuerza, la sujetó firmemente de las caderas anchas. Apuntó su imponente miembro y, con un empuje rudo y continuo, la penetró de un solo golpe limpio hasta la base.
—¡¡Ahhhhh... Jaime... mi dueño, sí!! —bramó Elena, enterrando el rostro en uno de los cojines de la sala mientras su interior estrecho apretaba la masiva longitud del nerd con una fuerza tremenda.
Jaime comenzó a embestirla con un ritmo salvaje, rítmico y seco. El sonido ruidoso de la carne chocando contra la carne resonaba en toda la planta baja de la casa, un eco carnal que hacía que Zack apretara el vaso con sumisión y envidia dócil.
El desborde del harén
Mientras continuaba follar a Elena con saña, Jaime operó bajo la premisa del beneficio total, ordenando al resto de las mujeres que se integraran al festín carnal para mantener la intensidad al máximo.
—Mónica, Claudia... no se queden ahí paradas. Vengan y usen esas zanahorias que trajo Victoria —mandó Jaime, sudando por el esfuerzo del bombeo—. Quiero verlas metiéndoselas por la vagina y el culo justo enfrente de mí.
Las dos mujeres fitness se arrastraron de inmediato por la alfombra. Tomaron las zanahorias de la bolsa y, con miradas cargadas de lascivia dócil, comenzaron a introducírselas rítmicamente en sus intimidades y esfínteres, soltando gemidos agudos mientras sus cuerpos sudorosos se contorsionaban ante los ojos de Jaime.
Por su parte, Victoria y Melody se colocaron a los costados del torso de Jaime. Victoria elevó una de sus piernas universitarias y esbeltas, ofreciendo su vulva rosada directamente al rostro de su nuevo dueño. Jaime inclinó el cuerpo hacia adelante, sin disminuir la velocidad de sus impactos dentro de Elena, y comenzó a lamer la intimidad de Victoria con movimientos largos y húmedos, pasando su lengua por sus labios vaginales. Victoria soltó un grito agudo, enredando sus dedos en el cabello de Jaime para empujar su pelvis contra su boca, mientras Melody le lamía el pecho y el cuello a Jaime con total devoción.
Martha, la madre de Zack, se colocó de rodillas justo al lado de la cadera de Elena, usando sus manos fitness para acariciar los testículos de Jaime y masajear la base de su miembro cada vez que este entraba y salía, asegurándose de que su amo recibiera el mayor placer posible.
El clímax y el nuevo orden del campus
El cubículo de la sala era un hervidero de fluidos, gemidos duplicados y una sumisión absoluta. Jaime, sintiendo que el control de la situación era total y que el imperio de Zack había sido completamente desmantelado, aceleró las embestidas dentro de la madre de Mateo. Sabiendo que el clímax estaba cerca debido a la estrechez de las paredes vaginales de Elena, Jaime dio diez golpes profundos y rudos que hicieron que la mujer madura se sacudiera en un orgasmo masivo y dócil.
Justo en ese instante de máximo éxtasis, Jaime se retiró con un chasquido espeso y se vació con fuerza sobre el abdomen de Elena, dejando una densa marca blanca de su soberanía absoluta. Elena se dejó caer sobre la alfombra, respirando de manera entrecortada, con las pupilas completamente dilatadas por el trance del nivel 6.
Sin dejar que el ritmo decayera, Jaime regresó al sofá principal. De inmediato, Martha y Melody se acercaron con paños húmedos para limpiar el cuerpo de su dueño con total delicadeza, mientras Mónica y Claudia continuaban en su trance lascivo en el suelo.
Jaime tomó el vaso de agua helada de las manos de Zack, quien seguía arrodillado e inmóvil, mirándolo con una adoración mística. Tras dar un trago largo, Jaime guardó el dado negro mate en su bolsillo y miró a todo su nuevo harén.
—Escúchenme bien todas —dictó Jaime con una mirada fría y calculadora a través de sus anteojos—. A partir de hoy, Zack y su madre me reportan todo lo que pase en esta casa. Elena, tú vas a regresar con Mateo y vas a seguir actuando como su madre sumisa, pero cada cosa que ese idiota haga con Beatriz, Akane o Vanessa, me la vas a informar a mí de inmediato. Victoria, tú harás lo mismo desde la universidad y tu casa. Vamos a dejar que Mateo se confíe, creyendo que es el único rey del tablero... hasta que decida quitarle cada una de sus piezas para mi propio beneficio.
—Sí, mi dueño... tu palabra es nuestra única ley —respondieron las seis mujeres y Zack en un coro sumiso y unísono, agachando la cabeza en señal de acatamiento absoluto, sellando el inicio del reinado del nerd sobre el destino del campus.
Jaime se recostó por completo en el mullido respaldo del sillón, extendiendo los brazos sobre los bordes con una parsimonia y una suficiencia que jamás habría osado mostrar veinticuatro horas atrás. El sudor le brillaba en la frente, resbalando por detrás de sus anteojos gruesos, pero su mirada ya no era la de un nerd cohibido y retraído; era la de un soberano absoluto que acababa de asimilar las reglas del tablero y las había manipulado a su antojo.
A sus pies, la estampa era el reflejo de un triunfo inverosímil: seis mujeres de anatomías envidiables y el tipo más popular del campus universitario permanecían postrados, despojados de cualquier rastro de voluntad propia, respirando de manera acompasada y dócil bajo la frecuencia inmutable del nivel 6 que el único e incomparable dado negro mate seguía irradiando desde el bolsillo de su pantalón deportivo.
Jaime lo sabía perfectamente mientras acariciaba el cubo en su bolsillo: no existía otro artefacto en juego. Mateo se había quedado con las manos vacías tras haber perdido el dado original, lo que significaba que el supuesto "rey" de la universidad estaba completamente estancado, incapaz de expandir su control sobre ninguna otra mujer. Todo el poder absoluto del tablero se concentraba ahora en un solo lugar: las manos de Jaime.
La reorganización de las piezas
Jaime dio un último sorbo al vaso de agua helada que Zack le había sostenido con tanta sumisión. Luego, con un movimiento seco, colocó el vaso sobre la mesa de centro y fijó sus ojos en Elena, la madre de Mateo, quien aún permanecía bocarriba en la alfombra, recuperándose del maratón carnal.
—Elena, incorporate —mandó Jaime con un tono rudo y pausado.
—Sí, mi dueño... lo que tú ordenes —respondió la mujer madura con un hilo de voz arrastrado. Se puso de rodillas de inmediato, sin preocuparse por limpiar los fluidos que marcaban su abdomen, mirándolo con una devoción mística que anulaba cualquier lazo de lealtad hacia su propio hijo.
—Vas a regresar a tu casa en este mismo momento —le dictó Jaime, apuntándola con el dedo índice—. Tu hijo Mateo se cree muy listo por haber usado el dado antes, pero ahora ya no tiene nada. Está desarmado y no puede seguir expandiéndose ni tocar a nadie más. Quiero que sigas fingiendo ser su madre sumisa y dócil, tal como Zack te había ordenado hacer. Pero me vas a reportar cada cosa que ese idiota haga con tus hijas, con Beatriz, con Akane o con Vanessa. En cuanto intente algo o se desespere por no poder avanzar, me vas a llamar en secreto y me lo vas a contar todo con lujo de detalles. ¿Quedó claro?
—Completamente claro, dueño —contestó Elena, inclinando la cabeza hasta rozar la alfombra—. Mateo no sospechará nada. Creerá que sigo bajo las órdenes de el, sin saber que el único dado es tuyo. Seré tu sombra en su casa y trabajaré únicamente para tu máximo beneficio.
—Excelente. Vístete y lárgate ya. No quiero que ese imbécil note tu ausencia —concluyó Jaime. Elena se levantó con movimientos dóciles, recogió su vestido ligero del suelo y se lo colocó con rapidez, saliendo de la casa de Zack con la mente completamente reprogramada para servir al nuevo rey.
Jaime giró la cabeza hacia las dos universitarias del grupo. Victoria, la esbelta hermana menor de Vanessa, y Melody permanecían sentadas sobre sus propios talones, con las mejillas encendidas en un rubor constante y las pupilas dilatadas por el trance lascivo.
—Victoria, acércate —ordenó Jaime.
La chica se arrastró por el suelo hasta pegar sus pechos firmes contra las rodillas de Jaime, mirándolo hacia arriba con una mezcla de timidez y deseo incontenible.
—Tu hermana Vanessa era la novia de Zack, y ahora está bajo el control de Mateo desde que él usó el dado en el campus, ¿cierto? —preguntó Jaime, acariciándole el cabello con brusquedad.
—Sí, dueño... —susurró Victoria, estremeciéndose ante el tacto—. Mateo se la quitó a Zack cuando tenía el artefacto, y ahora ella hace todo lo que él le pide en el campus, pero él ya no tiene cómo controlar a nadie más.
—Perfecto. Mañana que regreses a la facultad, vas a buscar a Vanessa. Actúa con total normalidad, como la hermana menor de siempre. Quiero que te ganes su confianza y averigües qué es exactamente lo que Mateo les hace hacer a ella, a Beatriz y a la oriental Akane ahora que está estancado. Serás mis ojos y mis oídos en los pasillos de la escuela. Si veo que me eres útil, te recompensaré aquí mismo en este sillón cada vez que me traigas información valiosa. ¿Quieres eso, Victoria?
Los ojos de la joven brillaron con una lascivia mística y dócil.
—Sí, mi dueño... por favor. Haré lo que sea con tal de que me vuelvas a reclamar con ese miembro tan enorme. Vigilaré a mi hermana y a Mateo de cerca para ti.
—Y tú, Melody —añadió Jaime, mirando a la otra compañera—. Tú serás el respaldo de Victoria. En el salón de clases vigilarás a los profesores y a cualquier otra chica que intente acercarse a Mateo. Como él ya no puede expandirse, es el momento perfecto para vigilar sus debilidades. El imperio de la universidad va a cambiar de manos muy pronto, y ustedes dos me van a pavimentar el camino.
Melody asintió con un movimiento de cabeza sumiso, juntando sus manos en señal de acatamiento absoluto.
Finalmente, Jaime desvió su atención hacia Zack, quien continuaba de rodillas en un rincón. Bajo el influjo absoluto del 6 que Jaime le había sacado en el pecho, toda su antigua rivalidad se había evaporado; ahora Zack era un esclavo dócil de Jaime, con el orgullo completamente hecho pedazos. A su lado, su madre Martha y sus dos amigas, Mónica y Claudia, permanecían desnudas, aguardando en silencio las directivas de su amo.
—Zack, mírame —mandó Jaime.
El antiguo líder estudiantil, ahora convertido en un 6 de Jaime, levantó los ojos de inmediato, mostrando una docilidad robótica y un vivo rubor.
—Ya no tienes el dado, ya no tienes el control de nada, y ahora me perteneces por completo —le dijo Jaime con una sonrisa fría y maliciosa—. Pero te voy a dejar mantener la fachada ante el estúpido de Mateo. Mañana vas a ir a la universidad y vas a actuar como el tipo rudo y confiado de siempre. No quiero que Mateo note que estás bajo mi sumisión absoluta, porque si él se entera de que yo tengo el único dado del mundo y que tú eres mi sirviente, arruinarás mi estrategia. Vas a ser mi peón en el tablero para vigilarlo.
—Sí, mi dueño... entiendo perfectamente —respondió Zack con voz apagada, arrastrada y dócil—. Fingiré ante Mateo que sigo buscando el artefacto o que sigo al mando, pero en secreto esperaré tus instrucciones y te obedeceré en todo, porque ahora soy tuyo.
—Así me gusta —sentenció Jaime, levantándose del sillón y estirando su cuerpo esculpido, el cual contrastaba enormemente con la ropa floja que solía usar—. Martha, Mónica, Claudia... ustedes tres se van a quedar aquí con Zack. Asegúrense de mantenerlo vigilado y de que cumpla mis órdenes al pie de la letra como el buen esclavo que es. Yo me regreso a mi casa a descansar. Mañana empieza el verdadero juego en la universidad, y el nerd de la escala baja va a empezar a cobrar todas las deudas pendientes mientras Mateo se queda congelado sin su dado.
Las tres mujeres maduras y fitness se inclinaron al unísono, besando la alfombra cerca de los pies de Jaime como muestra de sumisión total, mientras el joven otaku se subía el pantalón deportivo, aseguraba el único dado del éxito crítico definitivo en su bolsillo y salía de la casa con paso firme, listo para ejecutar la fase final de su dominación absoluta sobre todo el campus.
El sol de la mañana siguiente se filtraba con timidez por los pasillos de la facultad, dibujando largas sombras sobre los casilleros de metal. Para el resto de los estudiantes, este era solo un día común de entregas, exámenes y rutinas monótonas; para Jaime, era el inicio de su nueva era.
Caminaba por el campus con su habitual camisa de franela holgada, los anteojos gruesos bien ajustados sobre el puente de la nariz y los brazos cruzados, ocultando a la perfección el cuerpo sumamente mamado y fibroso que se escondía debajo de su ropa. Nadie le prestaba atención; seguía siendo el nerd de la escala social baja a ojos de la masa. Pero cada vez que daba un paso, sentía el reconfortante y místico peso del dado negro mate golpeando suavemente contra su muslo, bien guardado en el bolsillo de su pantalón.
El encuentro con el peón
Jaime se dirigió hacia la zona de las bancas del patio central, el lugar donde los tipos populares solían reunirse a presumir. Ahí estaba Zack. Vestía su típica chaqueta universitaria, manteniendo una postura aparentemente firme y relajada para cumplir la directiva de no levantar sospechas. Sin embargo, en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Jaime a través de los cristales de sus lentes, un vivo rubor encendió las mejillas del antiguo alfa del campus. Su cuerpo experimentó un sutil pero dócil estremecimiento; el influjo del nivel 6 que lo mantenía como un esclavo absoluto de Jaime operaba con una precisión quirúrgica en su cerebro.
Jaime pasó a su lado sin detenerse, simplemente acomodándose los anteojos con el dedo índice y soltando una orden cortante en un susurro apenas audible:
—Sígueme al cubículo de mantenimiento del ala norte. Ahora.
—Sí, mi dueño... —respondió Zack en el mismo tono bajo, con la voz arrastrada por el trance místico de la sumisión.
Sin dudarlo un segundo, Zack dejó pasar un par de minutos, se despidió de los conocidos con los que hablaba usando una excusa cualquiera, y caminó con paso dócil hacia el lugar indicado, ansioso por cumplir el menor capricho de su soberano.
El reporte de la parálisis de Mateo
Jaime entró al estrecho cuarto de mantenimiento, rodeado de estantes con productos de limpieza, escobas y una tenue luz parpadeante. Zack cruzó la puerta segundos después, cerrándola de inmediato con el pestillo. Al instante, se despojó de toda su altanería externa y cayó de rodillas sobre el frío suelo de cemento, bajando la cabeza hasta casi rozar los tenis de Jaime en señal de adoración absoluta.
—Reporta, Zack —mandó Jaime con voz fría y ruda, inflando el pecho con autoridad—. ¿Cómo va el tablero?
—Dueño... mi único dueño —comenzó Zack, respirando de manera agitada con las pupilas completamente dilatadas—. Todo marcha exactamente como lo previste para tu máximo beneficio. Mateo está completamente estancado. Ayer estuvo en la biblioteca con Vanessa y Beatriz, y su frustración era evidente. Lo escuché quejarse en voz baja. Está desesperado porque no tiene el dado en sus manos; sabe que sin el artefacto original su poder está congelado y no puede seguir expandiéndose ni someter a ninguna otra mujer del campus. Está atrapado con las pocas piezas que ya tenía.
Jaime soltó una risa burlona, una carcajada silenciosa cargada de una tremenda suficiencia oscura.
—Míralo nada más... el gran rey de la universidad resultó ser un completo inútil sin su juguete —se mofó Jaime, pasando una de sus manos por el cabello de Zack de forma brusca—. Se cree el amo del juego, pero no tiene idea de que el único dado del mundo, el que tiene el éxito crítico permanente, está en mi bolsillo. Él está congelado, mientras que yo tengo todo el tiempo del mundo para mover mis piezas y arrebatárselas una por una.
—Así es, mi dueño... tú eres el único y verdadero rey —coincidió Zack con un hilo de voz dócil, frotando su mejilla contra la rodilla de Jaime en un acto de pura sumisión lasciva.
La llegada de las espías universitarias
En ese momento, dos golpes suaves y rítmicos sonaron en la madera de la puerta. Era la señal acordada. Jaime le dio una patada leve a Zack en el hombro para que se hiciera a un lado.
—Levántate y ponte en la esquina. Y no hables a menos que te lo ordene —dictó Jaime.
—Sí, dueño —respondió Zack, acatando la orden de inmediato y colocándose de pie contra la pared con la mirada baja y el rostro encendido de rubor.
Jaime abrió la puerta lo suficiente para dejar pasar a Victoria y a Melody, quienes entraron deslizándose con rapidez. En cuanto el cerrojo volvió a caer, las dos universitarias desbordaron el trance del nivel 6. Sus miradas perdidas se fijaron en la entrepierna de Jaime, donde su miembro —considerablemente más grande que el promedio— ya comenzaba a marcarse con fuerza bajo la tela del pantalón debido al morbo y la excitación del control absoluto.
Ambas chicas cayeron de rodillas al unísono frente a él, uniendo sus manos en una devoción mística que anulaba cualquier moral o lazo familiar.
—Dueño... venimos a traerte más información para tu beneficio —anunció Victoria, la esbelta hermana de Vanessa, con las mejillas completamente rojas—. Mateo citó a mi hermana y a la oriental Akane saliendo de las clases de hoy. Va a tener una reunión con ellas en los laboratorios viejos del sótano. Está planeando algo para intentar recuperar el terreno o va a tener sexo con mi hermana y con Akane. No sabe que nosotras ya te pertenecemos a ti.
Jaime sonrió con malicia, acomodándose los anteojos. El panorama era perfecto: Mateo estaba acorralado por su propia falta de recursos, reuniendo a sus piezas principales en un solo lugar cerrado, sin sospechar que el nerd que todos menospreciaban ya tenía el control absoluto de la situación.
—Excelente trabajo, mis perras dóciles —alabó Jaime con voz ronca, haciendo que las dos universitarias soltaran suspiros ahogados de pura lascivia—. Quítense la ropa. Las quiero a las dos desnudas ahora mismo sobre estas mesas de trabajo. Zack se va a quedar en la esquina sosteniendo mis lentes, observando cómo su dueño reclama a las universitarias del campus antes de ir por la cabeza de Mateo. El juego apenas está empezando.
Victoria y Melody no dudaron ni un solo segundo ante la orden directa de su soberano. Para las dos universitarias, el efecto secundario del éxito crítico permanente las obligaba a buscar el máximo beneficio y placer de su amo, por lo que despojarse de sus prendas en aquel estrecho cuarto de mantenimiento era el mayor de los privilegios.
Con movimientos coordinados, dóciles y cargados de un vivo rubor, comenzaron a desvestirse. Victoria se deslizó su suéter ligero y dejó caer su falda universitaria, revelando su figura esbelta, de pechos firmes y caderas estrechas que se estremecían ante la fría corriente del lugar. Al mismo tiempo, Melody se despojó de su blusa y sus jeans, quedando ambas completamente desnudas sobre el suelo de cemento, con las pupilas dilatadas y las mejillas encendidas por el trance místico del nivel 6. Sus intimidades, completamente lubricadas por el morbo de la sumisión, destellaban bajo la tenue luz parpadeante del cubículo.
La orden de sumisión
Jaime contempló las siluetas de sus dos esclavas universitarias con una fría suficiencia, saboreando el control absoluto que el dado negro mate le otorgaba sobre el campus. Se quitó los lentes de armazón grueso y estiró el brazo hacia la esquina donde Zack permanecía inmóvil.
—Zack, toma mis anteojos. Sostenlos con cuidado y no te atrevas a limpiar el sudor de tu frente. Quédate ahí de pie, con la mirada fija en el tablero de mi mesa, mirando cómo tu dueño reclama lo que ni tú ni Mateo pudieron conservar —dictó Jaime con voz ruda y rítmica.
—Sí, mi dueño... como tú ordenes —respondió Zack con una voz arrastrada por el trance, tomando los lentes con manos temblorosas y fijando sus ojos dilatados en la escena, completamente quebrado en su orgullo de antiguo macho alfa del campus.
Jaime se desabrochó el pantalón y lo dejó caer junto con su ropa interior, liberando su enorme miembro viril, el cual se extendió al instante de forma imponente, rígido, venoso y palpitante. Al ver el masivo tamaño de su virilidad, considerablemente más grande que el promedio, tanto Victoria como Melody soltaron suspiros ahogados de pura lascivia dócil, ansiosas por recibir el castigo de su dueño.
—Victoria, súbete a la mesa de madera. Ponte bocarriba y abre las piernas al máximo —mandó Jaime con tono autoritario.
La esbelta hermana de Vanessa obedeció de inmediato. Se subió al mueble de mantenimiento, acomodando su espalda sobre la superficie dura y flexionando sus rodillas hacia los lados, exponiendo su vulva rosada y completamente empapada de fluidos transparentes.
Jaime se posicionó entre sus muslos. Sosteniéndola firmemente de las caderas con sus manos firmes, apuntó la enorme cabeza de su miembro y, con un empuje continuo y rudo, se hundió en ella de un solo golpe hasta la base de su anatomía.
—¡¡Ahhhhh... Jaime... mi dueño, sí, tómame!! —bramó Victoria, arqueando la columna de forma exagerada mientras sus paredes vaginales, sumamente estrechas, se expandían a la fuerza para abrazar la masiva longitud de su amo.
Jaime comenzó a follarla con un ritmo salvaje y constante, provocando un eco ruidoso de carne chocando contra la madera que resonaba en todo el estrecho cuarto.
El festín en el cuarto de mantenimiento
Mientras continuaba embestiendo a Victoria con saña, Jaime no dejó que Melody se quedara ociosa, operando bajo la premisa del beneficio total para el soberano.
—Melody, ven aquí. Ponte de rodillas frente a mi rostro —ordenó Jaime, jadeando levemente por el esfuerzo físico del bombeo.
Melody se arrastró de inmediato por la mesa, colocándose a un lado del torso de Jaime. Elevó una de sus piernas torneadas y esbeltas, ofreciendo su intimidad rosada directamente a la boca de su dueño. Jaime inclinó el cuerpo hacia adelante, manteniendo el vaivén rítmico y profundo dentro de Victoria, y comenzó a lamer la vulva de Melody con movimientos largos, húmedos y rudos. Melody soltó un grito agudo, enterrando sus dedos en el cabello de Jaime para empujar su pelvis contra su lengua, completamente perdida en el trance erótico del nivel 6.
A un lado de la mesa, Zack observaba todo con el rostro encendido en un vivo rubor de sumisión mística, sosteniendo los lentes de Jaime con una devoción robótica, asimilando que su harén universitario ahora le pertenecía por completo al nerd de la camisa de franela.
El maratón carnal se prolongó por varios minutos entre gemidos duplicados, fluidos que goteaban por los bordes de la mesa y el sudor de los tres cuerpos encendidos. Jaime, sintiendo el clímax inminente debido a la brutal estrechez del interior de Victoria, aumentó la velocidad y la potencia de sus impactos. Tras diez embestidas definitivas que hicieron que la hermana de Vanessa se sacudiera en un orgasmo dócil y masivo, Jaime se retiró justo a tiempo con un chasquido espeso y se vació con fuerza sobre el vientre plano de la joven, dejando una densa marca blanca de su soberanía absoluta.
La estrategia contra Mateo
Victoria se dejó caer sobre la mesa, respirando de manera entrecortada con las pupilas completamente dilatadas, exhausta pero completamente satisfecha por haber servido a su amo. De inmediato, Melody se bajó del mueble, tomó una toalla limpia de los estantes de mantenimiento y comenzó a retirar el sudor y los fluidos del cuerpo de Jaime con total delicadeza, mirándolo hacia arriba con ojos llenos de adoración mística.
Jaime extendió la mano hacia Zack, quien se adelantó a toda prisa para devolverle sus anteojos gruesos con la cabeza baja. Jaime se los acomodó con el dedo índice, recuperando su postura fría, calculadora y superior.
—Escúchenme bien las dos —dictó Jaime, mirándolas con severidad mientras se subía el pantalón deportivo—. Límpiense, vístanse y salgan de aquí una por una para no levantar sospechas. Como me dijeron, Mateo va a reunir a Vanessa y a la oriental Akane en los laboratorios viejos del sótano saliendo de las clases. Está desesperado porque no tiene el dado y sabe que su poder está congelado, incapaz de expandirse.
Jaime hizo una pausa, sacando el dado negro mate de su bolsillo para mostrarlo ante los ojos dilatados de sus tres esclavos.
—Vamos a dejar que ese idiota tenga su pequeña reunión. Victoria, tú vas a ir con tu hermana Vanessa después de que hable con Mateo, y vas a sacarle cada detalle de lo que acordaron. Elena me reportará lo que pase en la casa, y tú, Zack... tú vas a vigilar las entradas del sótano. Quiero saber exactamente a qué hora entran y a qué hora salen. Vamos a dejar que Mateo se hunda solo en su propia parálisis, creyendo que sigue al mando, hasta que yo decida bajar al sótano y reclamar a Vanessa y a Akane para mi propio beneficio. El tablero es mío.
—Sí, mi dueño... tu palabra es nuestra única ley —respondieron los tres en un coro sumiso y unísono, inclinando la cabeza en señal de acatamiento absoluto, listos para ejecutar la siguiente fase de la dominación del nerd sobre el destino del campus.
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Suerte / Lucky
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