Chapter 3
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K45
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Capitulo 3
Lucas y Tobi contuvieron el aliento en medio de la habitación. A través de la madera de la puerta, el eco de los pasos en la planta baja no sonaba como los de una persona común; eran pisadas pesadas, torpes, acompañadas por el arrastrar de unas botas desgastadas y el sonido de una respiración profunda y cansada.
Lucas, con el corazón latiéndole a mil por hora bajo el ajustado escote de Vanessa, miró a Tobi. El cuerpo de Jocelyn también reflejaba una tensión absoluta, aunque en los ojos de Tobi persistía ese brillo de turbación por todo lo que acababa de presenciar abajo.
—Tenemos que bajar —susurró Lucas, forzando la melodiosa voz de la chica popular para mantener el control—. Si es mi padre o alguno de mis hermanos, José va a romper el trato si no intervenimos rápido.
Tobi asintió en silencio, acomodándose de manera inconsciente un mechón de cabello de Jocelyn detrás de la oreja, un ademán que su mente masculina empezaba a adoptar por la fusión biológica.
Lucas giró la llave con cuidado, abrió la puerta y ambos se deslizaron hacia el pasillo de la planta alta, asomándose por la barandilla de las escaleras. Lo que vieron en el vestíbulo principal los dejó completamente helados, añadiendo una nueva capa de surrealismo y tragedia a la situación familiar.
Parados junto a la entrada de la casa había dos hombres mayores, de unos 48 años cada uno. Sus rostros reflejaban el desgaste de una vida de trabajo duro, arrugas pronunciadas alrededor de los ojos y un cabello canoso que delataba su edad. Vestían ropas juveniles que les quedaban ridículamente ajustadas y cortas: uno de ellos llevaba una sudadera deportiva de los *Wildcats* de la universidad y el otro unos vaqueros ajustados de marca. Su lenguaje corporal era el de dos muchachos asustados, con los hombros caídos y una expresión de llanto contenido.
Lucas los reconoció al instante por las prendas y las mochilas que habían dejado caer al suelo. Eran sus hermanos mayores, Mateo, de 23 años, y Tomás, de 24. Los dos chicos populares, fuertes y atléticos de la familia, ahora habitaban los cuerpos de dos señores de la edad de su propio padre, pertenecientes al mismo vecindario.
—¿M-Mateo? ¿Tomás? —la voz de Lucas resonó desde lo alto de las escaleras, limpia, aguda y celestial, atrayendo de inmediato la mirada de los dos hombres.
Al levantar la vista, los hermanos se quedaron perplejos. Ante ellos no estaba su hermano menor invisible y cerebrito, sino una diosa rubia de piernas infinitas y shorts vaqueros ajustados que marcaban una silueta perfecta.
—¿Quién... quién eres tú? ¿Qué haces en nuestra casa? —preguntó el hombre de la sudadera, pero la forma de hablar, el ceceo nervioso y los ojos llorosos eran idénticos a los de Mateo.
—Soy yo... Lucas —respondió el protagonista, bajando las escaleras a paso rápido, sintiendo el rebote pesado de sus pechos con cada escalón, seguido de cerca por Tobi—. Ocurrió un destello en todo el mundo. Intercambiamos cuerpos. Yo caí en este... y ustedes... dios mío, miren sus cuerpos.
Tomás, atrapado en las facciones de un señor maduro y rudo del barrio, se miró las manos gruesas y callosas, rompiendo a llorar con la voz ronca de un hombre de mediana edad.
—¡Es horrible, Lucas! —exclamó Tomás, tapándose la cara—. Estábamos cerca de la cancha del vecindario cuando todo se puso blanco. Despertamos tirados en el parque y cuando nos miramos... éramos estos viejos del demonio. Todo nos duele, la espalda nos pesa... ¡Perdimos nuestra juventud, Lucas!
Mateo abrazó a su hermano para consolarlo, una imagen perturbadora de dos señores mayores abrazándose con la mentalidad de dos universitarios asustados. Entonces, Mateo se fijó en Tobi.
—¿Y ella quién es? —preguntó, barriendo el esbelto cuerpo de Jocelyn con la mirada cansada de su nuevo envase.
—Es Tobi, mi amigo de la facultad —explicó Lucas rápidamente—. También buscó refugio aquí. Pero escúchenme, tenemos un problema enorme en la cocina. Mamá... bueno, el cuerpo de mamá está abajo, pero la mente no es ella. Es José, el vagabundo de la esquina. Y está completamente demente con el cuerpo de mamá. Tienen que prometer que mantendrán la calma, porque hice un trato con él para que nos deje quedar.
Antes de que Mateo o Tomás pudieran procesar las palabras de su hermano menor, el sonido de unas pisadas descalzas y húmedas en las losetas anunció la llegada del vagabundo.
Desde el pasillo de la cocina, José apareció en el vestíbulo. Tal como temía Lucas, el vagabundo no había hecho el menor esfuerzo por vestirse del todo. Llevaba una blusa desotonada de Elena que apenas cubría sus pechos pesados, pero de la cintura para abajo seguía completamente desnudo. Sus muslos maduros seguían brillando por los fluidos de la masturbación y un hilo lascivo continuaba goteando, manchando el suelo frente a los recién llegados. El vagabundo sostenía un sándwich a medio comer, limpiándose la mayonesa de los labios de Elena con el dorso de la mano.
Al ver a los dos señores mayores en la entrada, José soltó una carcajada ronca y vulgar que deformó por completo las facciones dulces de la madre de Lucas.
—Vaya, vaya... miren quiénes llegaron —exclamó José, abriendo las piernas de Elena de par en par frente a sus supuestos "hijos", exhibiendo su intimidad empapada y chorreante sin una pizca de vergüenza—. Los dos grandulones de la casa. Pero miren nada más en qué porquería de viejos cayeron. Bienvenidos a mi nuevo nido, pedazos de imbéciles.
Mateo y Tomás se quedaron completamente paralizados, con los ojos desorbitados y el rostro pálido de horror. Ver el cuerpo de su propia madre, la mujer respetable que los había criado, convertida en una exhibicionista lasciva, desnuda de la mitad del cuerpo y chorreando fluidos con total descaro mientras les hablaba con la mente y los modales de un indigente pervertido, fue un choque psicológico devastador.
—¿M-mamá...? —susurró Mateo, sintiendo que las náuseas le invadían el estómago al ver la intimidad de Elena tan expuesta y profanada.
Lucas miró a José con furia contenida, recordando el trato.
—¡José! Dijiste que si había más gente te comportarías —le reclamó Lucas con su voz de Vanessa, dando un paso al frente y haciendo que sus propios pechos rebotaran, lo que desvió por un segundo las miradas hambrientas del vagabundo—. Ellos son mis hermanos. Ponte algo de ropa ahora mismo.
José soltó un gemido lascivo, pasándose una mano por entre las piernas de Elena y saboreándose los dedos humedecidos frente a todos, ignorando las súplicas de Lucas.
—Me importa un carajo el trato ahora, cerebrito —siseó José, recorriendo con la mirada el vestíbulo—. Estos dos viejos no me dan miedo. Ahora yo soy la señora de esta casa, y si no les gusta verme chorrear y disfrutar de esta hermosa vagina de milf, se pueden largar a la calle con sus cuerpos de ancianos.
Mientras el caos familiar estallaba en el vestíbulo, Lucas no se percató de lo que ocurría justo detrás de él. Tobi, atrapado en el cuerpo de Jocelyn, observaba la escena en un silencio sepulcral. Su rostro estaba completamente encendido en un rojo profundo. Sus ojos estaban fijos, casi imantados, en la entrepierna abierta y húmeda de Elena. Ver el cuerpo de la mujer que tanto había deseado en secreto, siendo exhibido de esa forma tan cruda y sucia frente a sus propios hijos, provocó un cortocircuito definitivo en su mente. La fusión biológica con Jocelyn respondió con violencia; Tobi sintió una intensa y ardiente oleada de fluidos humedecer sus propios pantalones, completamente consumido por el morbo prohibido de una situación que se volvía cada vez más oscura y erótica en medio del fin del mundo.
Mateo y Tomás dieron un paso atrás, chocando de espaldas contra la puerta de la entrada. Sus mentes de 23 y 24 años, acostumbradas a ser los jóvenes atléticos y respetados de la universidad, estaban colapsando ante el peso de sus nuevos cuerpos de mediana edad. La respiración les costaba, el dolor de espalda por el brusco movimiento era real, y la humillación de ver las facciones de su madre desfiguradas por la lascivia callejera de José les impedía reaccionar con la fuerza que habrían tenido en sus antiguos envases.
—Esto... esto es una maldita locura... —consiguió articular Mateo, con la voz ronca, áspera y desgastada de un fumador de 46 años, mientras sus ojos canosos se llenaban de lágrimas de impotencia—. Lucas, tenemos que sacarlo de aquí, no podemos dejar que le haga eso a... a ella.
—¡¿Sacarme?! ¡A ver, inténtenlo, par de viejos decrépitos! —desafió José con la voz de Elena, soltando una carcajada estridente mientras daba un paso al frente.
Con un descaro absoluto, el vagabundo estiró la mano de la madre de Lucas y se sujetó uno de los pesados pechos desnudos, apretándolo con fuerza frente a los hermanos y haciéndolo rebotar de forma lasciva—. Sus cuerpitos de universitarios ya no existen. Ahora son un par de ancianos blandos, y yo tengo la energía de una milf de cuarenta y cuatro años que está más que lista para pasar un buen rato. Si me tocan, los echo a la calle y se mueren de hambre en el asfalto.
Lucas, viendo que la situación se salía por completo de control y que sus hermanos estaban al borde de un ataque de pánico, se interpuso físicamente entre José y los recién llegados. Al avanzar rápido, sus propios y enormes senos de chica popular rebotaron pesadamente bajo la ajustada blusa de tirantes, atrayendo de inmediato las miradas hambrientas del vagabundo.
—¡Ya basta, José! —sentenció Lucas, forzando la melodiosa, aguda y magnética voz de Vanessa para imponer autoridad—. Dijiste que cooperarías si nos manteníamos en familia. Ellos no te van a echar, pero tienes que vestirte. Cumple tu parte o todo este arreglo se va al demonio.
José relamiéndose los labios blancos por los restos de mayonesa, barrió la despampanante silueta de Lucas con los ojos encendidos de lujuria. Ver el short vaquero vaquero de Vanessa tan ajustado y notar la sutil mancha húmeda que el protagonista intentaba ocultar en su entrepierna calmó un poco la agresividad del vagabundo, devolviéndole su habitual confianza pervertida.
—Está bien, está bien, cerebrito... no te pongas histérica —gruñió José —. Solo quería darle la bienvenida a los nuevos caballeros de la casa. Voy por unos pantalones, pero no se olviden de quién manda aquí ahora.
El vagabundo dio media vuelta y caminó de regreso a la cocina con total parsimonia, contoneando las caderas maduras de Elena y dejando caer una última gota de fluido sobre el pasillo antes de desaparecer de la vista.
En el vestíbulo se instaló un silencio denso y pesado. Mateo y Tomás se dejaron caer en el suelo, apoyando las espaldas contra la pared, exhaustos por el esfuerzo físico de la caminata y el impacto emocional. Lucas se acercó a ellos, arrodillándose con cuidado; la elasticidad y juventud del cuerpo de Vanessa le permitieron moverse con una gracia que sus hermanos envidiaron de inmediato.
—Tienen que aguantar —les susurró Lucas, con su voz de diosa universitaria sonando llena de madurez analítica—. Sé que es espantoso, pero es la única forma de conservar la casa y cuidar el cuerpo de mamá hasta que entendamos qué pasó.
Mientras Lucas consolaba a sus hermanos explicándoles los detalles del pacto en voz baja, Tobi permanecía de pie a un lado de la escalera, completamente mudo. Atrapado en el esbelto cuerpo de Jocelyn, su respiración era corta e irregular. El rubor en sus mejillas femeninas no había disminuido; al contrario, se había intensificado hasta tornarse de un carmín profundo.
En su mente, el conflicto era devastador, pero el morbo había ganado la partida. Ver el cuerpo de Elena, la mujer que tanto había idealizado y deseado en secreto durante años, comportándose de esa manera tan salvaje, desnuda, chorreando fluidos de pura excitación frente a sus propios hijos y desafiando toda decencia, había encendido un fuego incontrolable en el nuevo envase de Tobi. La fusión biológica con Jocelyn operaba a toda máquina, enviando oleadas de sumisión erótica directamente a su cerebro. Tobi sintió cómo sus propios pantalones se humedecían por completo, cediendo ante la densa y pecaminosa atmósfera de una casa donde las reglas del viejo mundo habían dejado de existir para siempre.
Lucas seguía de rodillas frente a sus hermanos, hablando con un tono apresurado y protector, totalmente concentrado en convencerlos de mantener la calma. Por la pura urgencia de la situación, su mente analítica estaba ciega ante un detalle que empezaba a tensar el aire en el vestíbulo.
No se estaba dando cuenta de cómo lo miraban Mateo y Tomás.
Sus hermanos, que antes del Gran Cambio eran los jóvenes populares y atléticos, ahora estaban atrapados en cuerpos de señores de 48 años, desgastados y con la testosterona de hombres maduros. Cuando presenciaron la cruda y vulgar exhibición del cuerpo de su madre, el impacto fue tan salvaje y perturbador que una reacción biológica prohibida se desató en sus nuevos envases: sus penes de señores mayores habían intentado ponerse erectos ante la visión de la madurez de Elena chorreando. Habían tenido que morderse la lengua y aguantar con todas sus fuerzas la culpa y el horror de esa reacción puramente física.
Pero ahora, viendo a Lucas arrodillado frente a ellos, la cosa cambió. El cuerpo de Vanessa era una obra de arte: la blusa de tirantes dejaba al descubierto un escote profundo y turgente que subía y bajaba con su respiración, y la postura ponía en primer plano unas piernas infinitas y tersas que desaparecían en lo ajustado de sus shorts vaqueros. Para dos mentes de veintitantos años atrapadas en la frustración de la vejez, tener a la chica más hermosa de la universidad a centímetros de ellos, hablándoles con una voz melodiosa que erizaba la piel, fue el límite. El deseo primitivo venció a la culpa. Sus miembros maduros se tensaron con fuerza bajo los pantalones juveniles que les apretaban la entrepierna. Con una mezcla de morbo, confusión y desesperación, ambos hermanos comenzaron a ocultar la erección de sus cuerpos de señores mayores, acomodándose las mochilas sobre el regazo o cruzando los brazos apresuradamente para que Lucas no notara la prominente bulto que los delataba.
Sin embargo, alguien sí lo estaba notando todo.
Tobi, haciendo un esfuerzo sobrehumano por dejar de lado la fijación con el sexy y empapado cuerpo de Elena, desvió la mirada de Jocelyn hacia el grupo en el suelo. Su mente masculina seguía operando detrás de las facciones de su compañera, y ese instinto le permitió captar de inmediato el sutil lenguaje corporal de los hermanos. Tobi vio cómo los rostros arrugados de Mateo y Tomás se tensaban, cómo sus ojos canosos recorrían con un hambre voraz el escote y las curvas de Lucas, y cómo intentaban tapar desesperadamente la reacción de sus pantalones de mediana edad.
Un pensamiento cruzó la mente de Tobi mientras sentía el calor de su propia intimidad húmeda dentro del short de Jocelyn: *“Esos dos idiotas... están en el cuerpo de unos viejos, pero tienen la mente de sus hermanos... y se están volviendo locos por el cuerpo en el que cayó Lucas”*.
La situación en la casa se estaba volviendo un laberinto pervertido. Por un lado estaba el vagabundo profanando a la madre, por el otro su propio deseo secreto por esa milf, y ahora, los hermanos mayores colapsando de lujuria silenciosa por el nuevo y despampanante envase de su hermano menor. Tobi se guardó el secreto, fascinado y perturbado por cómo el Gran Cambio estaba sacando a la luz los instintos más oscuros de todos bajo ese techo.
Las pisadas de José volvieron a resonar en el pasillo, interrumpiendo la tensa y silenciosa dinámica del vestíbulo. Mateo y Tomás se reacomodaron rápidamente las mochilas sobre el regazo, aplastando con urgencia la erección de sus cuerpos de señores mayores para evitar que nadie notara el evidente bulto, mientras que Tobi apartaba la mirada disimuladamente, guardando el secreto de lo que acababa de descubrir.
El vagabundo apareció vistiendo una muda de ropa de Elena, pero lucía desastrosa. Dado que las prendas limpias y el armario principal estaban arriba en la habitación de los padres —y José se había quedado abajo en la cocina—, había terminado metiéndose al cuarto de lavandería. Allí había revuelto el cesto de la ropa sucia para ponerse unos pantalones de mezclilla holgados y una playera vieja de la madre de Lucas. La ropa desprendía un olor rancio a sudor y suavizante usado, y la playera, un poco desgastada, se tensaba sobre los pesados y turgentes pechos de Elena, revelando que José seguía sin usar sostén. Al menos, la lasciva humedad de su entrepierna quedaba ahora oculta tras la tela gruesa de los pantalones.
—Listo, ya complací a la princesita —gruñió José con la voz de Elena, rascándose la nuca con fastidio y mirando de reojo a Mateo y Tomás—. Ya me puse trapos encima. Ahora muévanse, que quiero ver qué dicen en la maldita tele.
Tratando de forzar una normalidad completamente rota, el grupo se movió hacia la sala de estar. Mateo y Tomás se levantaron con la pesadez y los dolores lumbares propios de sus cuerpos de 46 años, sentándose juntos en el sofá individual con rigidez. Lucas caminó con la elegancia innata de Vanessa y se sentó en el sofá grande, con Tobi acomodándose justo a su lado. El cuerpo de Jocelyn se sentía ligero y suave, y al sentarse tan cerca de la despampanante rubia, Tobi pudo percibir el aroma hormonal y dulce que desprendía el envase de Lucas, lo que mantuvo encendido el calor secreto en su propia pelvis. José, sin pedir permiso, se tiró a lo largo del sillón principal, estirando las piernas de Elena sobre la mesa de centro con total desfachatez.
Lucas tomó el control remoto y encendió el televisor. En la pantalla, un enlace nacional con científicos y portavoces del gobierno intentaba dar respuestas al caos global. El reportero, con rostro desencajado, leía un comunicado oficial:
*"Reportes de última hora confirman que el fenómeno del 'Gran Cambio' es irreversible por el momento. Sin embargo, el descubrimiento más alarmante e importante de las últimas horas tiene que ver con la adaptación biológica. Neurólogos y psiquiatras de todo el mundo confirman que, con el paso del tiempo, las mentes atrapadas comenzarán a fusionarse por completo con sus nuevos envases. Esto significa que irán adquiriendo de forma progresiva e inevitable los recuerdos íntimos, los secretos, los modales, los talentos y las habilidades físicas del cuerpo en el que estén. Para muchos, estos conocimientos se integrarán como si siempre hubieran sido suyos..."*
El analista de la televisión continuó explicando que esto representaba una moneda de dos caras: una bendición para quienes cayeron en cuerpos de profesionales o eruditos, pero una absoluta maldición psicológica para quienes tuvieran que lidiar con los traumas o secretos oscuros de un cuerpo ajeno.
Al escuchar esto, Mateo y Tomás rompieron el silencio y empezaron a platicar entre ellos en voz baja, con sus roncas voces masculinas llenas de ansiedad. Intentaban descifrar qué clase de habilidades o recuerdos tendrían los señores mayores del vecindario en los que habían caído. Se preguntaban si recibirían memorias de trabajos pesados, de deudas, o de vidas aburridas, intentando ignorar la frustración de haber perdido su juventud.
Lucas, por su parte, se quedó completamente callado, mirando fijamente la pantalla mientras procesaba la información. En su mente brillante, la idea de recibir los recuerdos de Vanessa, la chica más popular y deseada, lo llenaba de dudas. ¿Qué clase de secretos guardaba una diosa escolar como ella? Al mismo tiempo, sabía que su intelecto sumado al estatus social de ese cuerpo lo harían imparable en la universidad. A su lado, Tobi compartía el mismo silencio. Detrás de los ojos de Jocelyn, Tobi estaba teniendo pensamientos idénticos: a ambos les había tocado una suerte increíble. Si la fusión les otorgaba los recuerdos y habilidades de dos chicas universitarias atractivas y jóvenes, sus vidas académicas y sociales serían sumamente fáciles de manejar.
Pero el que estaba más callado, extrañamente tranquilo y absorto en sus propios pensamientos, era José.
El vagabundo se había quedado rígido en el sillón, con los ojos de Elena fijos en el techo, asimilando la noticia con una ambición oscura y retorcida. Un escalofrío de pura codicia le recorrió el cuerpo maduro. *“¿Recuerdos y habilidades?”*, pensó José para sus adentros, una sonrisa perversa dibujándose lentamente en los labios de la madre de Lucas. Si eso era verdad, significaba que jamás en su puta vida volvería a pisar la calle. No volvería a pasar frío bajo el puente.
José empezó a maquinar los escenarios en su mente: si la fusión le entregaba los recuerdos de Elena, obtendría las contraseñas de las tarjetas, sabría cómo sacar todo el dinero del banco de la familia, conocería los secretos de la casa y cómo manejarse como una mujer de sociedad. E incluso si los hijos o el viejo intentaban correrlo de la casa en el futuro, no le importaba. Con un cuerpo de milf tan espectacular, firme y sensual, si lograba dominar los modales de la doña, podría trabajar de puta fina en los mejores lugares y ganar millones vendiendo esa anatomía que ahora le pertenecía.
Mientras devoraba esas fantasías de dinero, poder y control total sobre el cuerpo de Elena, la intensa excitación mental provocó una respuesta biológica inmediata en su entrepierna. José sintió cómo la vagina de la madre de Lucas se contraía con fuerza, liberando una nueva y abundante oleada de fluidos lascivos que humedecieron por completo la tela de los pantalones de mezclilla sucios, sumergiéndolo en un trance de lujuria silenciosa en medio de la sala.
La sala quedó sumida en un silencio tenso, solo roto por la voz monocorde del presentador de noticias que seguía desglosando los detalles de la crisis mundial. La atmósfera en la habitación era tan densa que se podía cortar con un cuchillo: cada uno de los ocupantes estaba atrapado en su propio laberinto de pensamientos, procesando lo que el futuro les deparaba con sus nuevas identidades.
Mateo y Tomás, con sus rostros cansados de cuarenta y seis años, se inclinaron hacia adelante en el sofá individual, frotándose las sienes con sus manos callosas. El peso de la vejez prematura y la humillación de sus reacciones biológicas previas los mantenían en un estado de constante ansiedad.
—Piénsalo, Tomás... —susurró Mateo, con una voz ronca que le resultaba ajena—. Si vamos a recibir los recuerdos de los dueños de estos cuerpos, significa que pronto sabremos a qué se dedicaban, cuáles eran sus deudas... o quiénes eran sus esposas. Es una locura.
—Lo sé, Mateo —respondió Tomás, mirando al suelo con amargura—. Pasamos de planificar nuestras vidas universitarias a tener que lidiar con los achaques y los problemas de un par de viejos del barrio. Al menos... al menos estamos juntos en esto.
Lucas, sentado en el sofá grande, permanecía completamente mudo, con la mirada fija en el televisor. Sus dedos delicados y perfectos se entrelazaban con nerviosismo sobre su regazo. La revelación de la fusión inminente le generaba un torbellino de dudas. Por un lado, su intelecto brillante ya estaba calculando cómo utilizar los recuerdos de Vanessa para camuflarse perfectamente en la universidad; por el otro, el constante calor hormonal de su entrepierna y la extrema sensibilidad de sus pesados pechos le recordaban que el precio a pagar por ese cuerpo de diosa sería una lucha constante contra la libido de la chica popular.
A su lado, Tobi compartía ese silencio contemplativo. Acomodada en la silueta esbelta de Jocelyn, su mente seguía procesando el panorama general. A pesar del horror de la situación familiar de su amigo, Tobi no podía evitar sentir que la suerte les había sonreído en parte. Tener el cuerpo de una joven atractiva facilitaría muchas cosas en el nuevo orden mundial. Sin embargo, sus pensamientos no tardaron en desviarse hacia el sofá contiguo, donde José yacía estirado.
El vagabundo seguía sumido en su trance de codicia silenciosa. La tela de los pantalones de mezclilla sucios se sentía cada vez más húmeda y pegajosa en su entrepierna, respondiendo a la intensa excitación mental de sus planes. José ya se imaginaba vaciando las cuentas de banco de la familia en cuanto los recuerdos de Elena bajaran a su cerebro, o vendiendo el espectacular cuerpo de milf al mejor postor si las cosas se ponían feas. Para él, el Gran Cambio era el boleto de lotería que siempre había esperado.
De repente, el noticiero interrumpió su reporte técnico para enlazar en vivo con una cámara de seguridad en el centro de la ciudad.
*"Atención, nos enlazamos en directo con la zona norte. Los disturbios civiles están comenzando debido a la confusión masiva. La policía local se encuentra desbordada ya que muchos oficiales no reconocen sus propias identidades ni sus puestos de mando..."*
En la pantalla se mostraban imágenes de personas corriendo en pánico, autos abandonados y vitrinas rotas. La realidad exterior del 2026 comenzaba a desmoronarse a pasos agigantados.
Tomás levantó la vista, visiblemente alterado por las imágenes de la televisión.
—Esto se va a poner muy feo allá afuera —dijo, poniéndose de pie con dificultad, llevándose una mano a la espalda baja por un repentino dolor lumbar—. Lucas... ¿qué vamos a hacer con las provisiones? Si el mundo se va al demonio, la comida de la cocina no va a durar para siempre.
Lucas parpadeó, saliendo de su ensimismamiento. Su mente brillante se activó de inmediato para analizar la situación logística del hogar.
—Tienes razón —respondió Lucas, usando la melodiosa y magnética voz de Vanessa, que hizo que tanto Mateo como Tomás volvieran a clavar sus miradas en su escote con un hambre difícil de disimular—. Hay que hacer un inventario de lo que tenemos en la despensa y asegurar las puertas. No podemos permitir que nadie de la calle intente entrar aquí.
Al escuchar la palabra "calle", José soltó una risotada seca y burlona desde su sillón, saliendo por fin de sus fantasías financieras. Se incorporó lentamente, estirando los brazos de Elena de una forma que tensó la playera sucia sobre sus senos sin sostén.
—Nadie va a entrar a mi casa, cerebrito —declaró José con autoridad vulgar, clavando sus ojos lascivos primero en Lucas y luego en el cuerpo de Tobi—. Yo conozco a todas las ratas de este vecindario. Si alguna intenta asomarse por aquí, sabrá quién manda. Pero por ahora... me importa un carajo la despensa. Vayan ustedes a revisar esa porquería. Yo me quedaré aquí vigilando la tele.
Lucas asintió de mala gana, aliviado de alejarse temporalmente de la presencia del vagabundo. Miró a Tobi y a sus hermanos.
—Vamos a la cocina y a la bodega de atrás —indicó Lucas, poniéndose de pie con la gracia natural de su nuevo cuerpo, lo que provocó un leve y pesado rebote de sus pechos bajo la blusa de tirantes—. Necesitamos organizar esto antes de que anochezca.
El grupo se movió hacia el pasillo, dejando a José solo en la sala, sumergido nuevamente en sus planes de lujuria y ambición, mientras la tela de sus pantalones continuaba absorbiendo los fluidos de la madre de Lucas. En el pasillo, el aire se volvió a tensar cuando los hermanos mayores se colocaron detrás de Lucas, devorando con la mirada el movimiento de sus caderas en el short vaquero ajustado, un secreto que Tobi seguía registrando con absoluto morbo desde atrás.
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Gran Cambio
Great Shift
Un evento sobrenatural global e irreversible transformó las mentes del 90% de la población mundial, intercambiándolas a cuerpos aleatorios. / A global and irreversible supernatural event transformed the minds of 90% of the world's population, swapping them into random bodies.
Updated on Jun 13, 2026
Created on Jun 13, 2026
by K45
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