Want to support CHYOA?
Disable your Ad Blocker! Thanks :)

Chapter 4 by K45 K45

What's next?

Capitulo 4

En cuanto el resto del grupo se alejó por el pasillo hacia la bodega del fondo para revisar las provisiones, la sala quedó sumergida en un silencio denso. José, completamente ajeno a los problemas logísticos de la casa y guiado únicamente por su mentalidad egoísta y depravada, no perdió el tiempo. La intensa excitación mental que le habían provocado sus planes de volverse rico usando el dinero y el cuerpo de Elena lo tenía al límite.

Sin el menor rastro de pudor, se desabrochó el pantalón de mezclilla sucio que se había puesto en la lavandería y se lo bajó hasta las rodillas, dejando expuesta de nuevo la madura y curvilínea intimidad de la madre de Lucas. El cuerpo de la mujer, cargado con una libido desbocada por el fenómeno global, respondió al instante en cuanto las ásperas manos del vagabundo comenzaron a acariciarla con fuerza y vulgaridad, haciéndola gemir roncamente hacia el techo de la sala.

Mientras tanto, en el pasillo, Tobi se separó discretamente de Lucas y de los hermanos mayores con una excusa cualquiera, con la intención de regresar a la sala para decirle algo a José sobre el televisor o las luces. Sin embargo, al cruzar el umbral, las palabras se le atoraron por completo en la garganta.

La escena lo golpeó de lleno. Ahí estaba el cuerpo de Elena, la mujer por la que suspiraba en secreto desde hacía dos años, recostada en el sillón con la playera sucia subida, acariciándose salvajemente y chorreando fluidos con una entrega puramente lasciva. Ver esa madurez prohibida expuesta de forma tan cruda y real hizo que la mente de Tobi colapsara. La fusión biológica con el cuerpo de Jocelyn operó al instante: una intensa y ardiente descarga eléctrica le recorrió la pelvis, humedeciendo por completo sus propios pantalones cortos debido al morbo incontrolable de la situación.

En lugar de dar la vuelta o reclamar, Tobi se quedó paralizado, devorando la escena con los ojos fijos en la entrepierna de la madre de su amigo. José, con los ojos entreabiertos por el placer, se percató de su presencia. Lejos de detenerse, una sonrisa perversa y torcida dibujó las facciones de Elena.

—Ven aquí, muñeca... —le siseó José con la ronca voz de la mujer, sin dejar de masturbarse—. No te quedes ahí mirando con cara de calienta mentes. Acércate.

Tobi, completamente dominado por la sumisión hormonal de Jocelyn y el deseo oscuro que arrastraba desde su antigua vida, obedeció. Dio varios pasos cortos hacia el sillón, con las piernas temblándole por la excitación. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se inclinó y capturó los labios de José en un beso profundo, húmedo y desesperado. Para Tobi, ese contacto era la culminación de una de sus más grandes y prohibidas fantasías: estar besando a la hermosa madre de Lucas, sintiendo la suavidad de sus labios maduros aunque la mente detrás de ellos fuera la de un vagabundo ordinario.

La pasión del momento encendió por completo a ambos cuerpos. Mientras se besaban con fuerza, Tobi extendió las delicadas manos de Jocelyn hacia el torso de Elena, subiéndole por completo la playera vieja para agarrar con fuerza sus pesados, firmes y turgentes pechos desnudos, apretándolos con el hambre contenida de dos años de deseo secreto. José soltó un gemido gutural dentro de la boca de Tobi y, respondiendo a la agresión erótica, estiró su mano libre para meterla directamente bajo la blusa de Tobi, atrapando con brusquedad los jóvenes y redondos pechos del cuerpo de Jocelyn, apretándolos sin piedad mientras el rastro húmedo de ambas mujeres continuaba extendiéndose en el sillón de la sala.

El contacto ardiente se rompió de golpe cuando el eco de unos pasos en el pasillo anunció el regreso de Lucas y sus hermanos. Con una velocidad nacida del pánico, Tobi se apartó del sillón, acomodándose la blusa con manos temblorosas mientras intentaba regular su respiración agitada. José, soltando una risotada ahogada y cínica, se subió el pantalón de mezclilla sucio a toda prisa, abrochándolo apenas a tiempo antes de que el resto del grupo cruzara el umbral de la sala.

Tobi se colocó a un lado de la televisión, con el rostro del cuerpo de Jocelyn encendido en un rojo carmín y su intimidad completamente empapada por la adrenalina y el morbo de haber cumplido su fantasía. Lucas entró primero, con el balanceo pesado de sus pechos de chica popular marcando su andar cansado, seguido por Mateo y Tomás, quienes caminaban arrastrando los pies en sus cuerpos de señores mayores, ocultando aún la tensión en sus pantalones.

—Terminamos de asegurar la bodega trasera —anunció Lucas, con la melodiosa voz de Vanessa—. Hay suficiente comida para unas semanas, pero...

—¡Silencio! —interrumpió José bruscamente, apuntando con el dedo de Elena hacia la pantalla. Su voz ronca y autoritaria hizo que todos se congelaran.

El volumen del televisor aumentó. En la pantalla, el presentador de noticias ya no lucía simplemente alterado; su rostro reflejaba una desesperanza absoluta. Sostenía un documento oficial emitido por la coalición global de científicos y líderes mundiales.

*"Atención a toda la población. Emitimos este comunicado de carácter obligatorio y civil. Tras los últimos análisis del espectro cuántico y la estabilización de la atmósfera, los comités científicos de la ONU acaban de confirmar la peor de las noticias: el fenómeno del 'Gran Cambio' es absolutamente permanente. No existe, ni existirá en el futuro, una solución tecnológica o biológica para revertir los efectos. Las almas y mentes se han fusionado con los sistemas nerviosos actuales de forma definitiva."*

Un gemido de dolor puro escapó de la garganta de Tomás, quien se llevó las manos callosas al rostro de anciano, desplomándose en el sofá individual junto a Mateo. La última esperanza de recuperar su juventud, sus cuerpos atléticos y sus vidas universitarias se acababa de desintegrar.

El reportero tomó aire, visiblemente quebrado, antes de continuar con las nuevas directrices legales:

*"Debido a la imposibilidad de un retorno y para evitar el colapso total de los registros civiles, bases de datos y sistemas de identificación, los gobiernos del mundo decretan que, a partir de este momento, todas las personas intercambiadas deberán usar de forma legal y obligatoria el nombre y la identidad del cuerpo que habitan actualmente. No habrá registros con identidades anteriores. Usted es, a partir de hoy, el cuerpo en el que despertó."*

Las palabras cayeron como bloques de cemento en la sala.

Lucas se quedó sin aliento, bajando la mirada hacia sus manos perfectas, sus uñas pintadas y sus shorts vaqueros ajustados. Ya no era Lucas. Ante los ojos del mundo, ante la ley y para siempre, ahora era **Vanessa**. Tendría que vivir, estudiar y ser tocada como la chica más popular de la universidad.

A su lado, Tobi asimiló el golpe con una mezcla de vértigo. Miró sus propios brazos delgados. De ahora en adelante, su nombre era **Jocelyn**. Pero al mirar de reojo a la madre de Lucas, un escalofrío de excitación se mezcló con el miedo. Si aquello era permanente, la mujer madura y sexy que tenía enfrente ya no era la madre de su amigo; era, legalmente, **Elena**. Y el hombre que la operaba era el dueño legítimo de ese templo de carne.

José se reclinó en el sillón, dejando escapar una carcajada triunfal que heló la sangre de los hermanos.

—¿Escucharon eso, pedazos de imbéciles? —celebró José, acariciándose el vientre con descaro—. Se acabaron sus malditas quejas. Yo ya no soy ningún vagabundo. Yo soy la señora **Elena**, la dueña de esta hermosa casa. Y ustedes dos... —miró con burla a Mateo y Tomás—, tendrán que buscar qué viejos se supone que son.

Miró finalmente a Lucas, clavando sus ojos lascivos en su imponente escote.

—Y tú, mi linda **Vanessa**... prepárate, porque te vas a quedar en este nido conmigo para siempre.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

**Elena** (José) se acomodó en el sillón con una suficiencia que ponía de punta los pelos de todos los presentes. Saber que el cambio era definitivo, que la ley mundial lo respaldaba y que ahora era, para efectos prácticos y legales, la dueña de esa imponente casa y de ese cuerpo maduro y ardiente, le dio un subidón de poder que no intentó ocultar. Sus manos vulgares volvieron a acariciar el costado de sus pantalones de mezclilla sucios, sintiendo la constante humedad que la confirmación de su nueva y perversa fortuna le provocaba entre las piernas.

Mateo y Tomás seguían hundidos en el sofá individual. Escuchar que eran permanentemente esos señores de mediana edad los había quebrado. Ya no eran los atletas populares; ahora eran dos hombres maduros que cargaban con el peso de la vejez y con una confusión biológica que los consumía. Al levantar la vista, sus ojos canosos se cruzaron con la silueta de **Vanessa** (Lucas). La culpa los carcomía, pero la testosterona de sus nuevos cuerpos y la imponente belleza de la rubia arrodillada frente a ellos hicieron que la tensión en sus pantalones juveniles aumentara de tamaño. Desesperados por el terror de ser descubiertos en semejante tabú, apretaron las mochilas contra sus regazos con una fuerza casi violenta.

**Jocelyn** (Tobi) observaba todo desde su esquina con el corazón latiéndole a mil por hora. Sus shorts delgados estaban empapados; el morbo de haber besado y tocado los pechos de **Elena** hacía unos instantes, sumado a ver cómo los hermanos se derretían de lujuria prohibida por su propio hermano menor, la mantenía en un estado de estimulación salvaje. Se acomodó el cabello con un gesto sumamente femenino que su cerebro ya adoptaba como propio, asimilando que su nueva vida como mujer acababa de sellarse con un pacto de silencio y depravación.

**Vanessa** (Lucas) se puso de pie lentamente. El peso de sus grandes y turgentes pechos subió y bajó con un suspiro pesado que detuvo el aliento de todos los hombres de la sala. Su mente brillante, la única que aún intentaba mantener la cordicia en esa casa, procesó la cruda realidad: Lucas ya no existía. A partir de ese segundo, era una mujer. Era la universitaria más deseada, y estaba atrapada en un contrato perverso con el vagabundo que ahora poseía el cuerpo de su madre.

—Ya escuchamos suficiente —dijo **Vanessa**, forzando su melodiosa y celestial voz para que no temblara, aunque el sutil roce de sus propios shorts vaqueros contra su intimidad la hacía hiperventilar—. Es permanente. No hay vuelta atrás. Mateo... Tomás... de ahora en adelante tendremos que averiguar quiénes son los dueños de sus cuerpos para evitar problemas legales. Pero por hoy, todos nos quedamos aquí.

**Elena** (José) soltó una risotada ronca y lasciva, clavando sus ojos hambrientos en el escote de **Vanessa** y luego desviando una mirada cómplice y cargada de morbo hacia **Jocelyn**.

—Eso, eso... organicen sus vidas de viejos —se burló el vagabundo, estirando las piernas de la madre de Lucas sobre la mesa—. Mi linda **Vanessa** y la nueva... **Jocelyn**, ¿verdad? Ustedes dos se van a encargar de que la dueña de la casa esté bien atendida esta noche. Al fin y al cabo, ahora que esto es para siempre, tenemos una eternidad para disfrutar de nuestras nuevas... habilidades.

**Vanessa** apretó los puños, sintiendo las uñas pintadas clavarse en su piel, sabiendo que en cuanto sus hermanos se durmieran, el verdadero infierno de sumisión y deseo biológico comenzaría en las habitaciones de la planta alta.

El silencio de la planta alta solo era interrumpido por el eco de los pasos sobre la madera. **Elena** (José) caminaba al frente, manteniendo ese andar pesado y desaliñado que arruinaba la elegancia natural del cuerpo que ahora poseía, pero que destilaba una cruda y dominante presencia. Al llegar a la puerta de la habitación matrimonial, se giró para mirar a las dos jóvenes, relamiéndose los labios con una fijeza que hizo que a **Vanessa** (Lucas) se le diera un vuelco el corazón.

—Entren —ordenó con la ronca voz de la madre de Lucas, empujando la puerta para abrirla de par en par—. Esta va a ser nuestra base de operaciones.

El cuarto seguía exactamente igual a como lo habían dejado: las sábanas de la cama matrimonial continuaban revueltas y con las manchas brillantes de los fluidos de la masturbación previa de José, impregnando el espacio con un olor denso y fuertemente hormonal.

**Vanessa** entró primero, cruzando los brazos sobre sus prominentes pechos bajo la blusa de tirantes, intentando en vano mantener una postura de fría dignidad. Sin embargo, la biología de su nuevo envase la traicionaba por completo; el short vaquero corto rozaba su intimidad de una forma que amplificaba la pulsación eléctrica entre sus piernas, obligándola a respirar de manera pausada para no perder el control.

**Jocelyn** (Tobi) entró justo detrás, cerrando la puerta a sus espaldas con un sutil chasquido que sonó definitivo. El rostro de la joven estaba completamente encendido; el morbo secreto de estar encerrada en el cuarto de los padres de su amigo, frente al cuerpo desnudo y profanado de la mujer que siempre había amado en secreto, y bajo la mirada de un vagabundo que pretendía usarlas, había llevado la excitación de su cuerpo al límite absoluto. Sus shorts se sentían incómodamente empapados, cediendo ante la sumisión erótica del momento.

—Muy bien, mis niñas —dijo **Elena** (José), caminando hacia el borde de la cama y desabrochándose el pantalón de mezclilla sucio sin perder un segundo—. Ya cumplí con taparme abajo frente a los dos viejos payasos de tus hermanos, pero aquí estamos en privado. Y el trato decía que a solas, este monumento de milf hace lo que se le dé la puta gana con ustedes.

El pantalón cayó al suelo, dejando expuestas de nuevo las piernas maduras de la madre de Lucas y su intimidad completamente humedecida y brillante. José se sentó en la orilla del colchón, abriendo los muslos sin pudor alguno.

—Tú, la nueva... **Jocelyn** —siseó el vagabundo, apuntándola con el dedo de la doña—. Te vi cómo me mirabas abajo en la cocina y en la sala. A mí no me haces tonta; a ti te encanta ver a esta señora fina de esta manera, ¿verdad? Ven aquí y demuéstrame qué tan buena compañerita vas a ser.

**Jocelyn** tragó saliva, sintiendo que las piernas le flaqueaban. Miró a **Vanessa** por una fracción de segundo, pero el deseo prohibido de Tobi y las hormonas desbocadas de su nuevo cuerpo femenino vencieron cualquier rastro de duda. Dio un paso firme hacia la cama, arrodillándose lentamente en el espacio entre los muslos abiertos de **Elena**, con los ojos fijos en la intimidad expuesta de la mujer.

—Así me gusta... —celebró José con un gemido lascivo, extendiendo una mano para enredar los dedos de la madre de Lucas en el cabello de **Jocelyn**, obligándola a pegarse a su regazo, mientras clavaba su mirada triunfal en **Vanessa**, quien observaba la escena paralizada por el fuego biológico que amenazaba con consumirla a ella también.

**Elena** (José) soltó una risotada ronca que vibró en las paredes de la habitación, disfrutando del poder absoluto que tenía sobre las dos jóvenes. Con un movimiento rudo y dominante, tiró del cabello de **Jocelyn** (Tobi), obligándola a hundir el rostro directamente contra la madurez de su regazo empapado.

Para Tobi, atrapado en el cuerpo de Jocelyn, el contacto fue un estallido de sensaciones que sobrepasó cualquier fantasía. El aroma hormonal y prohibido de la madre de su amigo lo invadió por completo. Guiado por el morbo de estar cumpliendo su más grande deseo secreto, comenzó a lamer y besar la intimidad de **Elena** con una desesperación salvaje, ajeno por completo al mundo exterior. El cuerpo de la mujer madura reaccionó al instante; José arqueó la espalda hacia atrás sobre las sábanas revueltas, soltando gemidos lascivos y fuertes que llenaron el cuarto de una atmósfera densa y pecaminosa.

—¡Mierda, sí...! —gruñió José con la voz de la doña, apretando los muslos contra la cabeza de **Jocelyn**—. Sabías clavar bien el diente, maldita putita... Mira cómo me tienes.

Mientras disfrutaba de la sumisión de Tobi, José no desvió los ojos de **Vanessa** (Lucas). La espectacular rubia seguía de pie a un lado de la cama, temblando de la cabeza a los pies. El impacto visual de ver a su mejor amigo entregado por completo al cuerpo de su madre, sumado a los rítmicos sonidos húmedos que resonaban en la habitación, terminó por romper las defensas de su mente analítica. La libido desbocada de Vanessa tomó el control absoluto: sus grandes y firmes pechos subían y bajaban con violencia bajo la blusa de tirantes, sus pezones se marcaron con dureza contra la tela y una copiosa cantidad de fluidos comenzó a desbordar sus shorts vaqueros, empapándole los muslos delgados.

—¿Qué pasa, cerebrito? —se burló **Elena** (José), estirando la mano libre hacia ella—. Mírate cómo estás de mojada... El short casi te estalla. Ven aquí y cumple tu parte del trato. Déjate llevar por este cuerpo de zorra que te cargas.

**Vanessa**, completamente sometida por la brutal respuesta biológica de su nuevo envase y sabiendo que el trato la obligaba a ceder en privado, dio un paso tembloroso hacia el colchón. Se dejó caer de rodillas en la orilla de la cama, entregándose al fuego erótico de la habitación.

José no tuvo piedad. Atrapó a **Vanessa** por la nuca, tirando de ella hacia abajo hasta que sus enormes y turgentes pechos se aplastaron contra el vientre de **Elena**. Las dos jóvenes quedaron unidas en un caótico y lascivo juego de fluidos, besos húmedos y caricias rudas sobre la cama matrimonial, cediendo por completo ante la perversidad de un nuevo orden mundial que las había cambiado para siempre.

El calor en la habitación era sofocante, impregnado del denso aroma a fluidos y sumisión que José creía tener bajo control absoluto. Sin embargo, en el momento exacto en que las manos de **Elena** (José) apretaron con crudeza el cuerpo de **Vanessa** (Lucas), algo en el cerebro hiperdesarrollado del protagonista hizo cortocircuito.

La mente analítica y brillante de Lucas, potenciada ahora por la arrolladora confianza y el magnetismo natural que el cuerpo de Vanessa poseía por defecto, tomó las riendas de la situación. La timidez y el pánico inicial de verse atrapado en el cuerpo de la chica popular se evaporaron en un segundo, siendo reemplazados por una fría y calculadora determinación. Si iba a estar atrapada en este envase para siempre, no iba a ser el juguete de nadie.

Con un movimiento felino, rápido y sorprendentemente coordinado que dejó a José sin aliento, **Vanessa** plantó las manos sobre los hombros maduros de **Elena**. Aplicando una fuerza que el vagabundo no se esperaba de una silueta tan esbelta, lo empujó hacia atrás, obligándolo a impactar de espaldas contra el colchón.

—¿Pero qué cojones...? —alcanzó a gruñir José con la voz de Elena, intentando reincorporarse y usar su peso para recuperar el control.

Pero fue inútil. **Vanessa** se montó a horcajadas sobre sus muslos con una velocidad pasmosa, atrapando las muñecas de la madre de Lucas con sus manos delgadas y hundiéndolas con fuerza contra las sábanas, inmovilizándolo por completo. Los enormes y firmes pechos de la rubia se balancearon pesadamente sobre el rostro de José, marcando una superioridad física y psicológica que descolocó al vagabundo.

—Escúchame bien, José —siseó **Vanessa**, su celestial y melodiosa voz sonando ahora con un tono gélido, autoritario y completamente dominante—. Creíste que porque este cuerpo se prende fuego solo ibas a hacer lo que quisieras conmigo. Pero te equivocas. La mente aquí adentro sigue siendo la mía, y soy mil veces más inteligente que tú.

José intentó forcejear, maldiciendo roncamente y tratando de zafarse del agarre, pero el cuerpo de Vanessa tenía una agilidad y una resistencia juvenil que el maduro envase de Elena, desgastado por la intensa estimulación previa, no pudo contrarrestar. Quedó completamente sometido, mirando hacia arriba con los ojos de la doña abiertos de par en par por la sorpresa y una súbita oleada de temor.

Abajo, entre las piernas de Elena, **Jocelyn** (Tobi) se detuvo por un instante, levantando el rostro empapado de fluidos. Sus ojos femeninos brillaron con un morbo aún más intenso al ver cómo su mejor amigo daba la vuelta a la situación, transformándose en una diosa dominante que tenía al vagabundo completamente a su merced. La visión de Vanessa sometiendo al cuerpo de la mujer que amaba en secreto hizo que la intimidad de Jocelyn liberara otra ardiente descarga de humedad.

—A partir de ahora, las reglas cambian —continuó **Vanessa**, inclinándose lentamente hasta que sus labios rozaron la oreja de Elena, mientras presionaba su short vaquero completamente empapado contra el vientre del vagabundo, haciéndolo temblar—. Tú vas a hacer exactamente lo que yo diga en esta casa. Si quiero que me des placer, lo harás. Si quiero usar el cuerpo de mi madre para divertirme, tú solo vas a obedecer y a callarte. ¿Te queda claro, José?

El vagabundo, atrapado en el cuerpo ninfómano de la madre de Lucas, sintió cómo el pánico se mezclaba brutalmente con una intensa y humillante sumisión biológica. Su entrepierna se contrajo con fuerza, chorreando fluidos sobre el colchón mientras asentía con la cabeza, completamente dominado por la nueva reina de la casa.

**Vanessa** (Lucas) esbozó una sonrisa fría y perfecta, una expresión cargada de la confianza arrolladora que el cuerpo de la chica más popular de la universidad solía tener, pero potenciada por el intelecto brillante que siempre la había caracterizado. Al ver la total capitulación en los ojos de **Elena** (José), aflojó ligeramente la presión en sus muñecas, pero sin bajarse de sus muslos maduros, manteniendo su pelvis empapada presionando con fuerza el vientre del vagabundo.

—Buen chico —susurró **Vanessa**, pasando sus dedos delicados por la mejilla del rostro de su madre, disfrutando del temblor de sumisión que recorría el cuerpo de la milf—. Sabía que entenderías quién tiene el control aquí.

José, atrapado en el envase de la dueña de la casa, tragó saliva con dificultad. Su mente callejera y ruda había quedado completamente anulada por la imponente presencia de la rubia. La libido desbocada del cuerpo de Elena, que antes usaba para someter, ahora jugaba en su contra, exigiéndole entregarse al placer de ser dominado por una diosa tan perfecta. Su entrepierna continuaba latiendo y liberando fluidos lascivos sobre las sábanas, completamente a merced de lo que **Vanessa** decidiera hacer.

Desde su posición entre las piernas abiertas de Elena, **Jocelyn** (Tobi) no perdió el tiempo. El giro de los acontecimientos y la absoluta dominación de su mejor amigo habían elevado el morbo en la habitación a niveles estratosféricos. Con el rostro encendido y los shorts completamente pegados a su piel por la humedad de su propia excitación, Jocelyn volvió a abalanzarse sobre la intimidad expuesta de **Elena**, lamiendo y devorando el rastro brillante con una pasión renovada y salvaje.

—¡Ahhh... mierda...! —gimió José con la ronca voz de la doña, arqueando la espalda involuntariamente ante el doble estímulo, atrapado entre los feroces besos de Jocelyn abajo y el peso dominante de Vanessa arriba.

**Vanessa** observó el trabajo de su amiga con una mirada analítica y complacida. La timidez del pasado había muerto de forma definitiva; el Gran Cambio la había convertido en una mujer y pretendía gobernar ese nuevo mundo con puño de hierro. Extendió sus manos hacia la playera sucia de Elena, jalándola hacia arriba con brusquedad para liberar por completo sus pesados y turgentes pechos desnudos.

—No te detengas, Jocelyn —ordenó **Vanessa** con su celestial voz de mando, inclinándose hacia adelante para atrapar uno de los pezones maduros de Elena entre sus labios, mientras sus propios y firmes senos de universitaria se balanceaban pesadamente sobre el rostro del vagabundo—. Esta noche, la señora de la casa va a aprender lo que es la verdadera obediencia.

La cama matrimonial se convirtió en un torbellino de fluidos, jadeos cruzados y una lujuria retorcida que sellaba el destino de los tres ocupantes bajo ese techo, mientras en la planta baja, ajenos al pervertido juego de poder, los hermanos mayores continuaban lidiando en silencio con la frustración de sus nuevos cuerpos.

El roce de la piel tersa y juvenil de **Vanessa** (Lucas) contra la madurez del cuerpo de **Elena** (José) generaba una fricción ardiente que envolvía toda la habitación. La dominación era absoluta. José, quien al principio creía que se comería el mundo abusando de la silueta de la madre de Lucas, ahora se encontraba completamente desarmado, gimiendo indefenso hacia el techo mientras las dos universitarias hacían con su nuevo envase lo que les venía en gana.

**Vanessa** saboreaba el control. Con cada gemido ronco que salía de la boca de **Elena**, el intelecto de Lucas confirmaba que el magnetismo de Vanessa no solo era físico, sino un arma de manipulación total. Usando una de sus manos delgadas, bajó la blusa de tirantes de su propio cuerpo, liberando sus grandes y firmes pechos rubios. Con un movimiento lento y tortuoso, comenzó a restregar sus turgentes senos directamente contra los pechos maduros de **Elena**, mezclando el sudor y las hormonas de ambos envases en un abrazo sumamente lascivo.

—Mírame, José —le ordenó **Vanessa** con esa voz celestial que ahora arrastraba una nota de fría malicia—. Mira el cuerpo que tanto querías tocar, míralo desde abajo, porque es lo único que vas a poder hacer.

José abrió los ojos, completamente nublado por la lujuria y la humillación. Ver la imponente silueta de la chica popular de la escuela moviéndose con tanta autoridad sobre él, mientras sentía el peso de sus pechos rozando los suyos, hizo que la vagina de **Elena** se contrajera en un espasmo violento, liberando otra abundante y espesa oleada de fluidos que empapó las sábanas revueltas.

Abajo, **Jocelyn** (Tobi) recibió el nuevo flujo con un gemido de puro éxtasis. Su mente masculina estaba totalmente fundida con el cuerpo dócil y ninfómano de Jocelyn; sus dedos delgados se enterraban con fuerza en las nalgas maduras de **Elena**, abriéndola aún más para devorarla con una devoción salvaje. El morbo de estar participando en la sumisión del vagabundo, mientras profanaba legítimamente a la mujer de sus fantasías junto a su mejor amigo, había hecho que los pantalones cortos de **Jocelyn** estuvieran tan empapados que el líquido comenzaba a escurrir por sus propios muslos.

**Vanessa** notó la intensa agitación de su amiga y, sin bajarse de los muslos de **Elena**, estiró una mano hacia atrás, alcanzando el short de **Jocelyn**. Con un tirón firme, le bajó la prenda, dejando al descubierto la húmeda e impaciente intimidad de la joven universitaria.

—Tú también quieres tu parte, ¿verdad, Jocelyn? —dijo **Vanessa**, mirándola desde arriba con una sonrisa de absoluta reina—. No te quedes con las ganas. Este cuerpo de mi madre ahora nos pertenece a las dos.

**Jocelyn** levantó la mirada, con los labios brillando por los fluidos de **Elena** y los ojos desorbitados por el placer. Sin pensarlo dos veces, se acomodó sobre la cama, buscando el contacto directo con la piel madura de la doña, uniendo a los tres cuerpos en un caótico e irreversible juego de sumisión, donde las identidades del pasado quedaban sepultadas bajo una marea de pura y dura perversión biológica.

What's next?

Want to support CHYOA?
Disable your Ad Blocker! Thanks :)