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Chapter 5 by K45 K45

What's next?

Capitulo 5

En otra ala de los dormitorios, la música sonaba a volumen moderado en la habitación de **Mina Monoma** (la mente de Neito Monoma, el egocéntrico estudiante de la Clase B, atrapado permanentemente en el cuerpo de Mina Ashido). El apellido de su realidad anterior era Monoma, y aunque le costaba aceptar que ahora habitaba el envase de una chica de la Clase A, la fusión biológica no dejaba de doblegar su orgullo.

Mina se encontraba ordenando la ropa que había ido a rescatar del cuarto de la anterior dueña de su cuerpo. Mientras acomodaba las prendas en los cajones, una lencería de encaje negro llamó su atención; la sacó del montón, admirando el diseño que encajaba perfectamente con la estética atrevida de Ashido. Sin embargo, al levantar la prenda, sus ojos se abrieron de par en par. Justo debajo, oculto con recelo, había un consolador de un tamaño considerablemente grande.

Un violento sonrojo cubrió la piel rosada de Mina. Al instante, una intensa oleada de calor bajó directo a su entrepierna, provocando que su vagina secretara fluidos que empaparon su ropa interior de inmediato con solo mirar el juguete.

—Vaya, vaya... —susurró Mina con una sonrisa nerviosa y una voz aguda que aún le costaba reconocer—. Conque la anterior dueña de este envase era una completa pervertida al usar semejante aparato para satisfacerse. Quién lo diría de la alegre Ashido...

El morbo y la curiosidad científica —como intentaba justificarse a sí mismo— la obligaron a dejar la ropa a un lado. Se paró frente al espejo de cuerpo entero que tenía en la habitación para admirar detenidamente su nueva anatomía.

—Aunque, pensándolo bien, debo admitir que este cuerpo está sumamente dotado —comentó Mina, recorriendo con las manos sus curvas—. Lo único molesto es este color rosado tan llamativo... pero las proporciones son impecables.

Dejándose llevar por la creciente excitación, Mina se quitó la blusa de un solo tirón. Quedó en un brasier ajustado que contenía a duras penas unos pechos firmes y de muy buen tamaño. Sin perder tiempo, se desabrochó los shorts y los dejó caer, quedando únicamente en bragas. Finalmente, metió las manos a la espalda y soltó el broche del bra; al liberarse de la tela, sintió el peso físico y la caída natural de sus pechos rosados, un cambio de gravedad que le provocó un escalofrío de puro placer.

Completamente entregada a la lascivia, Mina envolvió sus pechos con sus propias manos, apretándolos y moldeándolos frente al cristal. Flexionó el cuello hacia abajo y se llevó uno de sus propios pezones a la boca, comenzando a chuparlo y lamerlo con desesperación, experimentando un éxtasis doble: el placer de la boca y la extrema sensibilidad del pecho conectado a su sistema.

Al levantar la mirada hacia el espejo y ver el reflejo de su propia silueta rosada devorándose a sí misma, su lívido se disparó. Soltó el pecho y, con movimientos lentos y sumamente sensuales, comenzó a bajarse las bragas. El roce de la tela contra su intimidad hizo que chorreara aún más fluidos, empapando la lencería y humedeciendo sus propios dedos en el proceso.

Se despojó por completo de la prenda y clavó los ojos en el espejo, admirando su hermosa y húmeda vagina rosada. Fascinada por el morbo de su propia anatomía, Mina se acercó más al cristal y se sentó directamente en el suelo. Abrió las piernas por completo de par en par, exponiendo su intimidad abierta y brillante por la lubricación frente a su reflejo.

Sin poder contenerse más, hundió sus dedos en su propia humedad y comenzó a masturbarse con un ritmo rápido y fluido, soltando gemidos agudos y lascivos que rompían el compás de la música de fondo. El cuerpo de Ashido reaccionaba con una potencia hormonal que la mente de Monoma ya no quería, ni podía, detener.

Mina continuó moviendo sus dedos con un ritmo frenético, hundiéndose en su propia y ardiente humedad rosada. Los gemidos agudos escapaban de su boca sin control, rebotando en las paredes del cuarto. El placer la estaba cegando, pero en medio de las oleadas de calor que le recorrían el vientre, el recuerdo del enorme juguete que había descubierto en el cajón brilló en su mente nublada.

Detuvo la estimulación manual por un instante, soltando un quejido de insatisfacción al romper el ritmo. Con las piernas temblando y gateando de la forma más lasciva sobre el suelo, se acercó a la pila de ropa y tomó el consolador con sus manos húmedas.

Regresó de inmediato frente al espejo de cuerpo entero. Se posicionó de rodillas, abriendo las piernas al máximo de par en par, y clavó la mirada en el reflejo. Fascinada y consumida por el morbo de la fusión biológica, admiró cómo su hermosa vagina rosada estaba completamente abierta, palpitante y rebosante de fluidos, lista para ser penetrada.

Sin esperar un segundo más, alineó la punta del enorme consolador con su intimidad y se lo introdujo de un solo y firme empuje.

—¡¡¡Ahhhhh... mmh!!! —un grito desgarrador de puro éxtasis rasgó la garganta de Mina mientras sus ojos se ponían en blanco. El tamaño del aparato rellenó su interior por completo, estirando sus sensibles paredes y haciéndola temblar de pies a cabeza.

Aferrada a la base del juguete, comenzó a masturbarse a un ritmo cada vez más rápido y violento, embistiéndose a sí misma frente al cristal. El éxtasis de la anatomía de Ashido era abrumador; la mente de Monoma estaba completamente doblegada ante el poder de las hormonas femeninas. Veía en el reflejo cómo sus pechos rosados se sacudían con cada movimiento y cómo su rostro se descomponía en una mueca de lascivia absoluta.

El clímax llegó de golpe como una descarga eléctrica masiva. Mina arqueó la espalda de forma violenta y se tensó al máximo al alcanzar un orgasmo devastador. La intensidad del espasmo interno provocó que su vagina expulsara una enorme cantidad de fluidos acumulados, saliendo chorreando con tal fuerza que salpicó y empapó la superficie inferior del espejo y el suelo, inundando el lugar mucho más de lo que ya estaba.

Con el cuerpo completamente vacío de energías y el consolador aún dentro, las fuerzas de Mina Monoma desaparecieron por completo. Sus brazos cedieron, sus ojos se cerraron y cayó desmayada de lado en el suelo de la habitación, quedando inconsciente en medio del caos líquido de su nueva y desinhibida realidad.

**Toru Midoriya** abrió los ojos lentamente, saliendo del profundo letargo en el que el devastador orgasmo la había dejado. Se encontró tirada en el suelo de su habitación, con la espalda fría y una extraña sensación de llenado en su entrepierna. Al incorporarse un poco sobre sus codos invisibles, miró hacia el espejo de cuerpo entero y presenció una escena irreal: el consolador seguía allí, pero una parte de él parecía flotar en el aire de forma vertical, mientras que la otra mitad estaba completamente desaparecida, oculta dentro de su vagina invisible.

Con un jadeo ronco, Toru sujetó la base del juguete con sus manos invisibles y comenzó a retíralo lentamente. El roce de la silicona saliendo de sus paredes internas le provocó una nueva oleada de éxtasis que la hizo morderse el labio; al salir por completo, pudo ver en el reflejo cómo un chorro de fluido espeso y brillante caía directamente al suelo, brotando de la nada.

A duras penas, Toru se levantó, se limpió los restos del clímax y entró al baño para darse una ducha rápida. Al salir, completamente limpia, decidió no ponerse ropa de inmediato. Al fin y al cabo, al ser invisible, estar desnuda era su mayor ventaja; nadie podía ver absolutamente nada de su anatomía.

Mientras caminaba hacia su armario buscando qué ponerse, unos golpes firmes sonaron en la puerta de su habitación.

—¿Toru? ¿Estás ahí? —preguntó la voz de **Momo Mineta**, sonando un tanto aburrida.

Toru se quedó completamente inmóvil y guardó silencio. Al no recibir respuesta, escuchó los pasos de Momo alejándose por el pasillo. Fue en ese instante cuando una idea sumamente arriesgada y morbosa cruzó la mente de Toru. Aprovechando su desnudez total y su invisibilidad, caminó hacia la entrada, abrió la puerta despacio y se deslizó hacia el pasillo, cerrando detrás de sí con sumo cuidado.

Afuera, el pasillo estaba en penumbra. Toru, completamente desnuda y libre de cualquier atadura, avanzó sigilosamente siguiendo la silueta del cuerpo de Yaoyorozu. Momo Mineta caminaba con su habitual vaivén exagerado de caderas, vistiendo aún el bra deportivo ajustado y los shorts mínimos. Al llegar a su puerta, Momo la abrió, entró y caminó directo hacia el interior, olvidando por completo cerrar la puerta a sus espaldas debido a su distracción.

Toru se coló al cuarto como un fantasma y se hizo a un lado para observar.

Momo Mineta avanzó hasta la ventana, contemplando la luna mientras soltaba un largo y dramático suspiro. Se llevó una mano hacia uno de sus enormes pechos, apretándolo con fuerza y haciéndolo rebotar bajo el bra deportivo.

—Ahhh... qué desperdicio —se quejó Momo con su voz chillona—. Estoy metido en este grandioso cuerpo, lleno de curvas perfectas, ¡y nadie quiere disfrutarlo conmigo! Lo único que quiero es tener un buen sexo lésbico y estrenar esta anatomía como se debe...

De repente, Momo reaccionó y miró hacia el pasillo. Caminó rápidamente hacia la entrada y cerró la puerta de golpe, echándole el seguro.

—Mejor cierro esto —murmuró Momo para sí misma, rascándose la nuca—. No quiero que ninguna de las personas que antes eran mujeres me escuchen hablar así; seguro me arman un escándalo por arruinar el honor de la "vicepresidenta".

Mientras Momo seguía quejándose a solas en el centro de la habitación, Toru se desplazó con total libertad hacia el clóset abierto de la anterior Yaoyorozu. Al revisar los cajones de la ropa interior, sus ojos invisibles se toparon con una colección de tangas de encaje sumamente diminutas y sexys que Momo aún no había desordenado.

Escuchar las fantasías lésbicas de Mineta en ese cuerpo tan imponente, sumado a la visión de esa lencería tan provocativa, encendió de golpe la lívido de Toru. Sintió cómo su propia vagina invisible volvía a latir y a humedecerse en secreto, atrapada en la misma habitación con la chica más voluptuosa de la clase.

Momo Mineta soltó un bufido y se deslizó lentamente hacia abajo, quedando sentada en el suelo con la espalda firmemente recargada contra la madera de la puerta cerrada. Cruzó las piernas, haciendo que los shorts mínimos del uniforme se tensaran, y clavó la mirada en el techo de la habitación mientras una sonrisa lasciva y nostálgica se dibujaba en su rostro.

—Maldita sea... —habló Momo al aire libre, con esa voz femenina pero cargada con el tono pervertido de Mineta—. Todavía me acuerdo perfectamente de ese momento. Estaba en mi anterior y pequeño cuerpo, encerrado en mi cuarto y masturbándome feliz de la vida con mi antiguo pene... Justo cuando estaba por llegar a lo bueno, ¡pum!, sucedió el Gran Cambio. De pronto, abrí los ojos y ya no estaba en mi cama, sino aquí, en el cuarto de Yaoyorozu y metido en este monumento de mujer.

Toru, completamente invisible y estática a unos pocos pasos de distancia, contenía el aliento para no delatar su presencia, escuchando con absoluto morbo cada confesión.

—Aparecí arriba de la cama, con las piernas abiertas de par en par —continuó Momo, soltando una risita ronca mientras subía una de sus manos directamente hacia sus shorts, comenzando a frotarse con urgencia la zona de su vagina por encima de la tela—. Tenía una mano metida adentro de la falda, las bragas tiradas a un lado y la otra mano apretando con fuerza este enorme pecho. ¡Fue glorioso! Obviamente no iba a desperdiciar el momento; disfruté la maldita fusión y me seguí masturbando con este cuerpo hasta que terminé derramando fluidos por todas partes. Después pasó todo lo demás...

Momo detuvo el movimiento de su mano por un segundo, frunciendo el ceño al recordar algo más.

—Aunque lo más gracioso de todo fue lo que pasó después, cuando **Katsuki Yaoyorozu** se me acercó a solas en el pasillo. Estaba furioso, me tomó del cuello de la blusa y me amenazó de muerte para que no le contara a nadie lo que la verdadera Yaoyorozu hacía antes del Gran Cambio en la privacidad de su cuarto, ni lo que yo había visto al despertar en su cama... Me dijo que si abría la boca, me mataría. ¡Ja! Como si pudiera ocultar que su antiguo envase era una completa pecadora.

Al escuchar eso, Toru sintió que la excitación invisible en su vientre se multiplicaba de golpe, provocando que su intimidad secretara aún más fluidos que caían silenciosamente al suelo. Se quedó completamente sorprendida por la revelación. *«¿¡Conque la perfecta y refinada Yaoyorozu también se tocaba de esa manera antes de perder su cuerpo!?»*, pensó Toru para sí misma, conteniendo una sonrisa llena de lascivia. *«Bueno... pensándolo bien, era de esperarse. Es completamente obvio que lo hiciera, y más teniendo un cuerpo tan malditamente bueno y perfecto como el suyo... Qué lástima que ahora pertenezca a este pervertido de Mineta»*.

Momo, ajena por completo a la presencia de la chica invisible en su habitación, volvió a cerrar los ojos. Dejó de frotarse la entrepierna por encima del short y subió ambas manos hacia su bra deportivo, metiendo los dedos por debajo de la tela para liberar sus enormes pechos. Comenzó a apretárselos y a moldearlos frente a la penumbra del cuarto, soltando un gemido agudo que hizo eco en las paredes, mientras Toru, oculta por su invisibilidad, daba un paso lento hacia adelante, devorando la escena con la mirada.

Momo continuó entregándose al placer sin ninguna pizca de pudor, apretando con fuerza sus enormes pechos. Guiada por la increíble flexibilidad y voluptuosidad de su nueva anatomía, inclinó el cuello hacia abajo, atrapó uno de sus grandes pezones con los labios y comenzó a chuparlo con desesperación, saboreándose a sí misma. Al mismo tiempo, deslizó su otra mano por debajo de los shorts mínimos y de sus bragas, hundiendo los dedos directamente en su intimidad para masturbarse frenéticamente, llenando la habitación con gemidos agudos y sucios.

Toru, presenciando la escena a escasos centímetros, sentía que la excitación invisible la quemaba por dentro. Vio cómo Momo se levantaba del suelo con las piernas temblorosas y se colocaba frente al espejo de cuerpo entero. Con movimientos urgentes, Momo se despojó del short y de las bragas completamente empapadas, quedando totalmente desnuda.

—Joder... esta pechos de vaca es jodidamente sexy —exclamó Momo con la respiración entrecortada, admirando las monumentales curvas de Yaoyorozu en el reflejo—. Mira nada más esta hermosa vagina...

Momo abrió las piernas de par en par frente al espejo y, usando ambas manos, se separó los labios íntimos, revelando su interior completamente dilatado y brillante por el exceso de lubricación. Comenzó a frotarse y a introducirse los dedos con una velocidad salvaje, arqueando la espalda al alcanzar un clímax devastador que la hizo cerrar los ojos con fuerza, atrapada en el éxtasis.

Toru, al límite absoluto de su propia resistencia y con su vagina invisible chorreando fluidos de manera incontrolable, decidió aprovechar que Momo tenía los ojos cerrados y las manos completamente ocupadas entre sus pechos y su entrepierna. Con total sigilo, la chica invisible se subió a la mesa del tocador y posicionó su entrepierna a escasos centímetros del rostro de Momo, dejando que el calor de su intimidad flotara en el aire.

De pronto, un aroma sumamente intenso, diferente al suyo pero inconfundiblemente femenino, golpeó el olfato de Momo. Al percibir esa esencia a milímetros de su nariz, Momo abrió los ojos de golpe. Toru, con reflejos rápidos, se echó hacia atrás inmediatamente y se alejó en absoluto silencio, conteniendo la respiración.

Momo detuvo la estimulación de golpe. Sacó los dedos de su vagina, completamente cubiertos de hilos de líquido transparente, y se los llevó a la boca para lamerlos despacio mientras miraba fijamente el espacio vacío frente al espejo.

—Espera un maldito segundo... —murmuró Momo, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano—. Me llegó un olor idéntico al de una vagina... pero no es el mío. Es el aroma de otra mujer. Y en estos dormitorios solo hay un cuerpo femenino que puede estar aquí sin que yo pueda ver absolutamente nada...

Una sonrisa depredadora y astuta se dibujó en el rostro de la voluptuosa pelinegra. Turnó su mirada hacia los rincones oscuros del cuarto.

—Toru... ya sé que estás aquí —anunció Momo al aire libre, cruzándose de brazos y haciendo resaltar su busto—. No te preocupes, ni te asustes. Quiero que te acerques de una vez. Tengamos el sexo lésbico que tanto deseo; de hecho, justo a eso fui a buscarte a tu habitación hace un momento, pero no respondiste.

Sin embargo, al hilar los hechos, la expresión de Momo cambió drásticamente. Sus ojos se abrieron con sorpresa al caer en la cuenta de la situación real.

—Espera... si estabas aquí de esa manera... significa que entraste conmigo. Estuviste oculta desde el momento en que abrí la puerta... ¡y escuchaste absolutamente todo lo que dije sobre mi anterior cuerpo y sobre lo que Katsuki Yaoyorozu me amenazó con ocultar!

El pánico de Mineta ante la idea de ser descubierto por el resto de la academia saboteando el honor de la vicepresidenta la hizo reaccionar con desesperación. Momo dio un paso al frente hacia la nada, extendiendo las manos con voz suplicante pero cargada de morbo.

—¡Escúchame bien, Toru! Te lo ruego, todo lo que acabas de escuchar en este cuarto... ¡no le digas a nadie! Si guardas el secreto y no abres la boca, te juro que te chuparé la vagina hasta dejarte seca, haré todas tus tareas de la academia, o te dejaré hacer absolutamente lo que quieras con este tremendo cuerpo. Puedes usarme como tu juguete personal, ¡pero por lo que más quieras, no lo digas!

La penumbra de la habitación se llenó con el eco de una risita coqueta que parecía brotar de la nada, justo enfrente de la voluptuosa silueta de la pelinegra.

—Acepto el trato, Mineta —respondió la voz de Toru, flotando en el aire con un tono cargado de malicia y excitación—. Pero vas a tener que cumplir cada palabra y hacer exactamente todo lo que yo te ordene de ahora en adelante.

Sin esperar un segundo más, Toru se acercó al cuerpo desnudo, chorreante y completamente encendido de Momo. Aunque Mineta no podía ver absolutamente nada, sintió el calor de la cercanía y, de repente, la sorpresiva e invisible presión de unos dedos hundiéndose de lleno en su intimidad empapada. Toru comenzó a masturbarla con un ritmo rápido y firme, moviendo sus dedos invisibles en el interior de Momo, provocando que los fluidos de la vicepresidenta salpicaran contra el suelo.

—Qué glorioso es que te haya tocado este monumento de envase —susurró Toru al oído de Momo, mientras continuaba con la estimulación manual—. Por cierto, ¿cómo fue que le dijiste hace un momento?

—¿Esta... esta pechos de vaca? —respondió Momo con la voz entrecortada, arqueando la espalda y aferrándose al borde del tocador ante el placer ciego que le provocaban las manos invisibles.

—Exacto, ¡qué buena fortuna tuviste! —rio Toru, acelerando el movimiento de sus dedos—. ¿Pero sabes algo? A mí tampoco me fue nada mal. Este cuerpo invisible es una maldición para algunas cosas, pero es jodidamente perfecto para que nadie te vea hacer lo que quieras. Lo único verdaderamente malo... es que no puedo disfrutar de mi propio reflejo en el espejo cuando me masturbo.

Momo no pudo responder. La destreza de los dedos de Toru, sumada al morbo de ser poseída por un fantasma erótico, la llevaron rápidamente al límite. Su vientre bajo se tensó, sus enormes pechos se sacudieron y, tras un espasmo violento, llegó a un clímax devastador, derramando una gran cantidad de fluidos antes de que sus piernas cedieran y cayera sentada directamente en el suelo, jadeando con debilidad.

Toru, manteniéndose encima de ella, le dio una orden clara:

—Abre las piernas, Momo. Más.

Completamente doblegada por el orgasmo y el pacto de silencio, Momo obedeció de inmediato, abriendo sus muslos de par en par frente a la nada. Toru se quedó de rodillas contemplando la escena: la hermosa vagina de Yaoyorozu estaba completamente dilatada, latiendo enrojecida y brillando por el exceso de lubricación que resbalaba por su piel.

Toru se inclinó hacia adelante. Momo sintió de golpe la respiración cálida y agitada de la chica invisible rozando directamente su piel más sensible, erizándole los vellos de los muslos. Antes de que pudiera procesar la cercanía, sintió el impacto de algo sumamente húmedo, suave y viscoso presionando con fuerza su clítoris, comenzando a lamerla con una intensidad desbocada.

—Ahhh... ¡espera! —hizo el esfuerzo de preguntar Momo, echando la cabeza hacia atrás mientras sus manos se clavaban en el suelo—. ¿Qué... qué es eso que me está tocando?

—Es mi lengua, idiota... —murmuró Toru entre lametones, con la voz ahogada contra la intimidad de su compañera—. Voy a chupar tu vagina hasta dejarte completamente vacía. Disfruta del trato.

Toru continuó devorando la intimidad de Momo con una intensidad salvaje, moviendo su lengua húmeda por cada rincón sensible de esa voluptuosa anatomía. El contraste entre el aire frío del cuarto y el calor de la lengua invisible tenía a Mineta al borde de la locura. Los gemidos de la pelinegra se volvieron más agudos y desesperados, arqueando la espalda por encima del suelo hasta que, con una última sacudida violenta, Momo llegó al orgasmo otra vez, derramando otra densa oleada de fluidos antes de quedar completamente indefensa y sin aliento.

Toru se separó lentamente y se puso de pie, aunque sus propias piernas invisibles temblaban por la falta de estimulación directa.

—Bien, ya cumplí mi parte —dijo la voz de Toru, flotando en el aire—. Ahora es mi maldito turno.

Momo, con los ojos entreabiertos y la respiración agitada, miró hacia la nada con frustración.

—Pero... ¡pero no veo absolutamente nada! ¿Cómo se supone que voy a adivinar dónde está tu vagina si eres un maldito fantasma?

Toru soltó una risita burlona. Caminó hacia el cajón de la lencería que había estado revisando antes, estiró la mano y tomó una de las tangas de encaje más diminutas de Momo.

—Mira esto —dijo Toru. En el aire, la tanga comenzó a flotar y a estirarse como si cobrara vida—. Me las voy a poner y las haré a un lado. Eso te servirá de referencia perfecta para que veas exactamente por dónde es y me chupes. Quiero llegar al orgasmo ya mismo.

Momo vio cómo la prenda de encaje se acomodaba sola en el espacio vacío, dibujando la silueta invisible de las caderas de Toru. De inmediato, la tela de la entrepierna se tensó hacia un lado, revelando un espacio curvo donde la lencería se abría por completo en la nada.

—Ya tienes tu mapa. Empieza —ordenó Toru, posicionándose justo enfrente del rostro de su compañera.

Momo, impulsada por el morbo de la situación y la urgencia de cumplir el pacto, se acercó a duras penas gateando por el suelo. Guiándose por la tela estirada de su propia tanga, pegó la boca directamente a la zona descubierta. En cuanto su lengua hizo contacto con la piel invisible, descubrió que Toru estaba completamente empapada y ardiendo en fiebre hormonal.

Momo comenzó a chupar y a lamer con desesperación, devorando la intimidad invisible de su compañera. Toru soltó un jadeo agudo que rompió el silencio del cuarto, clavando sus manos invisibles en los hombros de Momo para sostenerse. El éxtasis la golpeó de lleno; la lengua de la pelinegra trabajaba a un ritmo perfecto, succionando y presionando su clítoris invisible.

La estimulación continuó de forma frenética durante varios minutos, llevando a Toru al límite absoluto de sus fuerzas. El encaje de la tanga vibraba con los temblores de sus caderas.

—¡Ahhh... me voy a correr, Mineta! ¡Me voy a correr ya! —advirtió Toru con la voz completamente rota por el placer.

Momo, al escuchar el aviso, abrió la boca de par en par, lista para recibir el impacto. En ese mismo instante, Toru estalló en un clímax devastador y masivo; un chorro espeso y caliente de fluidos brotó de la nada, salpicando con fuerza y cayendo directamente en la boca abierta y el rostro de Momo.

La pelinegra se separó despacio, saboreando con absoluto deleite la intensa y abundante descarga de la chica invisible. Una sonrisa lasciva se dibujó en su rostro cubierto de fluidos, disfrutando al máximo de la esencia de su compañera.

Toru, con las fuerzas completamente agotadas, se dejó caer sentada en el suelo junto a ella, quitándose la tanga de un tirón para dejarla caer en el charco del piso. Ambas se quedaron recargadas contra los muebles, con los pechos subiendo y bajando de forma violenta, completamente debilitadas por los múltiples orgasmos de la noche.

—Maldita sea... estoy muerta —susurró Toru desde la nada, cerrando los ojos invisibles.

—Yo también... —coincidió Momo, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano antes de dejarse caer de lado—. Vamos a descansar... no me puedo mover ni un solo centímetro.

Envueltas en el denso aroma de la lubricación y el sudor de sus cuerpos fusionados, las dos se sumieron en un profundo silencio en el suelo de la habitación, vencidas por el cansancio de su secreta y pervertida noche.

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