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Chapter 6 by K45 K45

What's next?

Capitulo 6

En otra sección de los dormitorios de la UA, la tranquilidad se rompía en la habitación de **Ibara Todoroki** (la mente de Shoto Todoroki, el frío y calculador hijo de Endeavor, ahora atrapado permanentemente en el cuerpo místico de Ibara Shiozaki).

Sentada en la orilla de la cama, pasó una de sus manos por los largos mechones de su cabello verde formado por enredaderas y espinas.

—Conque este es el quirk y el cuerpo que tendré que ocupar de ahora en adelante... —murmuró Ibara con una voz suave y melodiosa, pero manteniendo el tono monótono y serio de Shoto.

Se levantó de la cama con pesadez. Al ponerse de pie, el cambio de gravedad hizo que sintiera el notable movimiento de sus pechos, los cuales estaban firmemente contenidos por el brasier del uniforme. El roce de la tela contra sus pezones hipervigilantes le provocó un súbito escalofrío que la hizo sonrojar de golpe.

Ibara se acercó al espejo de cuerpo entero y clavó la mirada en el reflejo, analizando las facciones angélicales y puras que antes le pertenecían a la estudiante de la Clase B. Poco a poco, su vista descendió hacia su propio busto. Vencida por la curiosidad biológica y el morbo de la fusión, subió las manos y se agarró los pechos con firmeza; al apretarlos, una intensa descarga de éxtasis recorrió su vientre bajo, debilitándole las piernas.

Sin pensarlo más, se desabotonó la blusa y se la quitó de un tirón, quedando únicamente en un brasier blanco de encaje simple. Segundos después, desabrochó el sostén y lo dejó caer; al sentir el peso físico y la caída natural de sus pechos liberados, su excitación se multiplicó. Se los amoldó con las manos, respirando de forma agitada frente al cristal. Acto seguido, se levantó la falda verde, revelando unas bragas blancas y sencillas que ya comenzaban a humedecerse. Se despojó de la falda y de la ropa interior con movimientos rápidos, quedando completamente desnuda ante su propio reflejo.

—La anterior dueña de este cuerpo jamás se habría atrevido a hacer algo como esto... —comentó Ibara con una sonrisa lasciva que contrastaba con la habitual pureza de Shiozaki—. Sé perfectamente que era una chica sumamente religiosa... pero ahora este envase me pertenece a mí.

Dejándose llevar por el hambre de sus nuevas hormonas, bajó una de sus manos hacia su entrepierna. Al tocar su propia vagina, notó que estaba completamente empapada. Introdujo dos de sus dedos en su interior y comenzó a masturbarse con un ritmo constante y firme, frotando su clítoris mientras observaba fijamente en el espejo cómo su rostro angelical se descomponía en una mueca de puro placer y lascivia. El ritmo aumentó hasta que el espasmo la doblegó, alcanzando un violento orgasmo que la hizo jadear contra el cristal.

Mientras recuperaba el aliento, con la mirada aún nublada por el clímax, observó los largos mechones verdes de su cabello con espinas y una idea sumamente retorcida cruzó su mente. Utilizando el control natural de su quirk, guio varias de sus enredaderas hacia el frente, posicionándolas justo entre sus piernas abiertas.

*«No me van a dañar...»*, pensó Ibara, concentrando su mente en alterar la textura de la planta a través de la fusión celular. *«Las espinas no deben lastimarme en absoluto; al contrario, me van a dar un éxtasis perfecto»*.

Por puro instinto de la mutación, las enredaderas se suavizaron sutilmente y se introdujeron de golpe en su vagina dilatada. Las espinas, ahora redondeadas y estimulantes, comenzaron a moverse de dentro hacia fuera con un ritmo mecánico y salvaje, frotando las paredes internas de su intimidad de una forma que ningún dedo humano podría replicar.

—¡¡Ahhh... mmh...!! —un gemido agudo y rasgado escapó de la boca de Ibara.

El éxtasis que le generaba su propio quirk vegetal la sobrepasó por completo. Se aferró a las enredaderas mientras el cabello continuaba embistiéndola con fuerza, llevándola rápidamente al límite absoluto de la resistencia femenina. Tras unos segundos de fricción implacable, Ibara Todoroki estalló en un segundo clímax masivo y devastador, perdiendo las fuerzas por completo y cayendo de rodillas al suelo, donde quedó descansando boca abajo mientras su cabello regresaba lentamente a su posición original.

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Pasados unos minutos, cuando el temblor de sus muslos finalmente cesó y su mente recuperó la claridad del frío Shoto, Ibara se levantó del piso. Tomó unas toallas para limpiarse los fluidos que empapaban sus piernas, caminó hacia el armario y se vistió con el uniforme limpio de la UA, acomodándose el cabello verde con total serenidad.

Salió de su habitación con paso firme y caminó por los pasillos sumidos en el silencio de la noche. Tenía un objetivo claro en mente: se dirigía directamente al cuarto de **Toru Midoriya**. Antes de que el Gran Cambio destruyera la normalidad de sus vidas, el peliverde Izuku Midoriya había sido su más grande y cercano amigo en la academia. Ahora que ambos estaban atrapados en cuerpos completamente diferentes, Ibara Todoroki quería ver las condiciones de su antiguo compañero... y aprovechar la privacidad de los dormitorios para experimentar algo mucho más íntimo y profundo con él.

En el suelo de la habitación de Momo, el silencio pesado de la noche comenzó a romperse con el sonido de las sábanas moviéndose. Tras haber descansado unos minutos de la intensa sesión, Toru Midoriya se incorporó con agilidad. Aunque su silueta era invisible, el movimiento del aire y el roce de la tela en el piso delataron su posición.

—Bueno, Mineta... el descanso se terminó —anunció la voz de Toru, flotando en la penumbra del cuarto—. Recuerda que todavía tienes que seguir cumpliendo con lo que acordamos.

Momo Mineta, aún tirada de lado y recuperando el aliento, giró la cabeza hacia la dirección de la voz. Lo único que sus ojos podían registrar era la diminuta tanga de encaje flotando en el aire a unos centímetros de ella. Intentando recuperar la compostura, Momo se levantó del suelo con las piernas temblorosas y el cuerpo completamente desnudo.

Antes de que pudiera articular palabra, sintió el repentino y ardiente impacto de unos dedos invisibles introduciéndose de golpe en su húmeda vagina. Toru le metió los dedos profundamente y los sacó con un movimiento rápido y húmedo, provocando que un gemido agudo y desvergonzado escapara de la boca de la pelinegra.

Momo vio cómo la tanga en el aire se movía ligeramente cuando Toru se llevó los dedos hacia donde debía estar su rostro. La chica invisible respiró hondo, oliendo la esencia concentrada de su compañera, y luego introdujo sus propios dedos en la boca para chupárselos despacio.

—Mmm... definitivamente me encanta tu olor y el sabor que tiene tu cuerpo —comentó Toru con un tono de voz lleno de suficiencia y lascivia—. Eres una excelente propiedad, Mineta.

De pronto, la tanga que flotaba en el aire se deslizó hacia abajo. Toru se quitó la prenda interior empapada y, con un movimiento rápido, se la aventó directamente a la cara de Momo. La pelinegra la atrapó en el aire con sus manos y, cediendo por completo al morbo de su nueva naturaleza hipersexualizada, pegó la tela verde a su nariz, respirando profundamente el intenso aroma que la invisibilidad de Toru había dejado impregnado en ella.

Mientras Momo estaba completamente distraída y consumida por el olor, Toru caminó hacia el armario de Yaoyorozu, estiró su mano invisible y tomó otra de las tangas limpias de la colección.

—Me voy a llevar esta también —avisó Toru, haciendo que la nueva prenda flotara cerca de la salida—. Ya es tarde. Después hablaremos para ver cómo me vas a ayudar con las tareas de la academia... y qué más haremos con tu cuerpo de vaca.

Toru quitó el seguro, abrió la puerta de la habitación despacio, salió al pasillo y la cerró detrás de sí con un clic definitivo. En el interior, Momo Mineta se quedó sola en la penumbra, arrodillada en el suelo y completamente desnuda, incapaz de apartar la lencería usada de su rostro mientras continuaba deleitándose con la humedad de la chica invisible.

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Toru avanzó por el pasillo con total sigilo, cuidando de no hacer ruido con sus pisadas invisibles. Llegó a su propia habitación, entró y le pasó el seguro a la puerta para recuperar su privacidad. Usando una toalla limpia, se secó los rastros de fluidos que aún corrían por sus muslos y procedió a vestirse con la ropa interior y la ropa que había dejado desarreglado sobre la cama antes de su arriesgada escapada.

Una vez vestida, sintiendo el cuerpo exhausto pero la mente aún acelerada por el morbo de haber sometido a la vicepresidenta, Toru se dejó caer de espaldas sobre las sábanas de su cama, dispuesta a dormir.

Sin embargo, justo cuando cerraba los ojos, unos golpes suaves y pausados resonaron en la madera de su puerta. Toru se tensó de inmediato en la cama, aguzando el oído.

Desde el pasillo, una voz femenina, sumamente suave, melodiosa pero con un tono extrañamente monótono y maduro, rompió el silencio de la noche.

—¿Toru...? Hola, ¿estás aquí? —preguntó la voz con timidez—. Soy **Ibara Todoroki**... ¿Puedo pasar? Necesito hablar contigo.

Toru se levantó de la cama arrastrando los pies, sintiendo el peso del cansancio y de toda la agitación de la noche en sus músculos invisibles. Caminó hacia la entrada y quitó el seguro. Al abrir, confirmó que en efecto era Ibara Todoroki, quien la miraba con una expresión serena pero decidida desde el pasillo.

—Pasa... —le dijo Toru con un bostezo fingido, haciéndose a un lado.

Ibara entró al cuarto con paso elegante, haciendo que sus enredaderas se agitaran levemente. En cuanto estuvo adentro, Toru cerró la puerta y le volvió a pasar el seguro de inmediato para evitar que algún otro alumno las viera despiertas a esas horas.

—Y bien... ¿qué pasa? —preguntó Toru, cruzándose de brazos invisibles—. ¿Qué tienes?

Ibara desvió un poco la mirada, entrelazando sus dedos con cierta timidez.

—Es que... ya no hemos hablado desde que todo esto ocurrió. Antes del Gran Cambio, tú y yo hablábamos mucho, Midoriya... Éramos muy unidos.

—Pues... sí —admitió Toru, rascándose la nuca invisible—. Pero es que para mí ha sido muy raro todo esto del Gran Cambio. Adaptarse a esto no es fácil.

—Te entiendo perfectamente —asintió Ibara, dando un paso hacia el centro de la habitación—. Sí... tener un cuerpo de mujer, descubrir lo sensible que es, excitarse y masturbarse en él es lo mejor que me ha pasado...

De golpe, Ibara se calló. Sus ojos se abrieron de par en par y un intenso color carmín inundó sus mejillas al darse cuenta del tremendo descaro que acababa de confesar debido a la honestidad de Shoto combinada con las hormonas de Shiozaki. Se puso completamente nerviosa.

Toru soltó una risita coqueta y suave desde la nada, intentando relajar el ambiente.

—No te preocupes por eso, Todoroki. Te entiendo perfectamente. Yo también me he estado masturbando... Lo único verdaderamente malo en mi caso es que no puedo ver mi propio reflejo en el espejo cuando lo hago, por obvias razones.

Al escuchar la confesión de su amigo invisible, el morbo terminó de encender la mente de Ibara. Con paso firme y rompiendo toda distancia, se acercó directamente hacia donde flotaba la ropa de Toru. Sin previo aviso, estiró sus manos y le agarró los pechos por encima de la tela, amoldándolos con sus dedos.

—Vaya... —murmuró Ibara con voz ronca y la mirada fija en la nada—. Parece que yo tengo unos pechos bastante más grandes que los tuyos en este nuevo envase.

Toru, lejos de enojarse o apartarse, sintió una fuerte descarga de adrenalina ante el atrevimiento. Aprovechando que Ibara estaba pegada a ella, deslizó su mano invisible directamente por debajo de la falda de la pelinegra, buscando su entrepierna. Con un movimiento audaz, le acarició la vagina por encima de la ropa interior.

—Y parece que tú te has mojado bastante rápido, Todoroki... —le susurró Toru, notando la intensa humedad que ya traspasaba la tela de Ibara.

Ibara soltó un jadeo agudo y ahogado, completamente sonrojada y temblando de éxtasis por el contacto directo en su zona más sensible. Ambas estaban a punto de dar el siguiente paso en la cama, pero la tensión erótica se rompió en mil pedazos cuando unos golpes fuertes y autoritarios retumbaron en la puerta.

*¡Toc, toc, toc!*

Toru se separó de golpe y caminó a toda prisa a abrir. Para sorpresa de ambas, la persona que estaba parada en el umbral con el ceño fruncido era **Katsuki Yaoyorozu**

—¿Qué carajos hacen despiertas a estas altas horas de la noche? —gruñó Katsuki con su habitual tono violento y mandón—. ¡No deben estar holgazaneando por los pasillos! ¡Vayan a dormirse de una maldita vez!

Sin dar tiempo a réplicas, Katsuki metió la mano al cuarto, agarró a Ibara del brazo con firmeza y la jaló hacia el pasillo para sacarla de la habitación de Toru. Ibara, intentando no armar un escándalo que arruinara más la situación, se soltó con suavidad y miró a la delegada con una sonrisa nerviosa.

—No te enojes, Yaoyorozu-san... Sabemos perfectamente cuáles son las reglas —dijo Ibara con tono pacífico, tratando de disimular el calor que aún sentía entre las piernas.

Katsuki soltó un bufido de desprecio.

—Como sea. A sus cuartos. Ya. —Se dio la vuelta y se alejó a pasos pesados por el pasillo.

Ibara se giró hacia el espacio vacío de la puerta, sabiendo que Toru la estaba observando.

—Hablaremos mañana, Toru... Descansa —se despidió con un gesto amable antes de caminar de regreso a su propia habitación.

Toru suspiró aliviada, cerró la puerta con seguro una vez más y caminó directo a su cama. Completamente exhausta por todas las intensas experiencias y orgasmos de la noche, se deslizó bajo las cobijas y se acostó, quedando profundamente dormida en cuestión de segundos en la total oscuridad de su cuarto.

Al mismo tiempo, lejos del campus de la UA, en una modesta y silenciosa casa residencial, la televisión estaba encendida en la sala, transmitiendo un reporte especial nocturno sobre las secuelas globales del Gran Cambio.

Sentada en el sillón principal, una hermosa mujer madura de cabello pelicenizo y corto miraba la pantalla con absoluto desdén. Estaba completamente desnuda y con las piernas abiertas de par en par sobre el tapiz. Las hormonas de ese nuevo y voluptuoso cuerpo la tenían sumamente encendida; tenía una mano enterrada entre sus labios vaginales, masturbándose con un ritmo salvaje, mientras que con la otra se apretaba con fuerza uno de sus firmes pechos.

A unos metros de ella, un hombre avanzaba lentamente a gatas por la alfombra, moviéndose de manera errática y sumisa. Al verlo acercarse, la mujer detuvo por un segundo el movimiento de sus dedos, lo miró con unos ojos fríos llenos de malicia y le ordenó con una voz rasposa y autoritaria:

—Empieza a chupar mi vagina, pinche animal. Muévete.

El hombre, obedeciendo al instante sin emitir una sola palabra humana, se metió entre sus piernas y pegó la boca a su intimidad, comenzando a lamerla con desesperación. La estimulación combinada hizo que la mujer arqueara la espalda sobre el sillón; la sensibilidad de esa anatomía femenina la llevó directo a la gloria en cuestión de minutos. Soltó un gemido ronco y se corrió de forma violenta, chorreando una gran cantidad de fluidos que empaparon la cara del hombre y su propia mano.

—Suficiente. Quítate —dijo, empujando al hombre con el pie para alejarlo.

La mujer se levantó del sillón, con las piernas temblorosas y los muslos aún chorreando hilos de lubricación. Caminó de manera pausada hacia un mueble de madera donde descansaban varios portarretratos familiares. Se detuvo a observar uno en específico: era la fotografía de una boda, una pareja joven y sonriente vestidos de novios, y en la base del marco de plata se leía claramente: *Sr. y Sra. Bakugo*.

La mujer desvió la mirada hacia el hombre que seguía en el suelo a cuatro patas.

—Parece que tú estás atrapado en el cuerpo del anterior Señor Bakugo... y a mí me tocó el de la señora —murmuró con una sonrisa sombría.

Luego, clavó sus ojos en otra fotografía. En esta aparecía la misma mujer peliceniza, pero ahora acompañada por el hombre y por un niño pequeño de cabello alborotado y expresión retadora. Debajo de cada silueta, alguien había escrito los nombres con letra clara: abajo de la mujer decía **Mitsuki**, abajo del niño decía **Katsuki**, y abajo del hombre decía **Masaru**.

La mujer ensanchó su sonrisa, analizando la información mientras se miraba las palmas.

—¿Conque ahora soy conocida como Mitsuki...? —dijo, abriendo y cerrando los dedos—. Vaya... qué ironía. Mira mis manos, tengo manos de verdad otra vez... Y lo mejor de todo es que ya no estoy encerrado en esa maldita celda del Tártaro.

La mente que habitaba el cuerpo de la madre de Bakugo no era otra que la de **Kai Chisaki**, el temible ex-líder de los Shie Hassaikai, conocido anteriormente como **Overhaul**. Antes del Gran Cambio, sus brazos amputados habían desaparecido por lo que le hiso la liga de villanos, pero ahora gracias al cuerpo en el que esta de Mitsuki lo disfruta.

Chisaki guardó silencio por un momento, mirando al vacío mientras un extraño destello de culpa cruzaba sus ojos.

—Me dan ganas de salir de este lugar... buscar a la pequeña Eri y poder disculparme de verdad por todo el maldito infierno que le hice pasar en el pasado... Aunque sé perfectamente que ella jamás aceptará mis disculpas después de lo que le hice...

Dejando ir ese pensamiento de debilidad, Chisaki sacudió la cabeza, volvió a pasar sus manos por las pronunciadas curvas de su silueta y dejó que el morbo de la fusión celular lo dominara de nuevo.

—Bueno, dejando esas estupideces de lado... qué buen cuerpo de mujer madura me tocó —celebró con una risa lasciva, amoldándose los senos—. Debo admitir que el orgasmo que sentí hace un momento fue la gloria absoluta. Las mujeres experimentan el clímax a un nivel mil veces superior.

Se volteó una vez más para observar a Masaru, quien ahora se había acurrucado en una esquina de la sala, quedándose profundamente dormido en el suelo con una postura totalmente animal.

—Aunque parece que tú no eres una persona que cayó en ese envase por el cambio... —comentó Chisaki, analizando el comportamiento del hombre—. Por tu forma de actuar y de moverte, eres un maldito perro. Tu mente debe ser la de un animal real que intercambió lugar con el dueño original de la casa. Qué desperdicio de cuerpo.

Chisaki estiró los brazos, sintiendo el cansancio de la intensa estimulación y del viaje mental que había tenido.

—Bueno... parece que nadie vendrá a buscarme a esta casa por ahora. Me puedo quedar aquí escondido el tiempo que quiera.

Sin preocuparse por limpiarse los fluidos o vestirse, la nueva Mitsuki caminó con total descaro hacia el pasillo principal, entró a la habitación matrimonial y se dejó caer en la cama, quedando profundamente dormida debido al agotamiento de su primera y pervertida noche en libertad.

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