More fun
Want to support CHYOA?
Disable your Ad Blocker! Thanks :)

Chapter 15 by bla12 bla12

¿Cuáles son las consecuencias?

Una reparación práctica

La puerta del despacho de la Suboficial Costa se cerró tras ella con un click definitivo. El aire olía a limpieza agresiva y a autoridad inquebrantable. Magi se mantenía de pie, cojeando ligeramente, el tobillo aún palpitante. Los jirones de la falda rosa colgaban de su cintura, un recordatorio crujiente y frío de su fracaso.

Costa no la miró directamente al principio. Jugueteaba con una llave larga y antigua que había sacado de un cajón.

—El daño a propiedad institucional es una de las faltas más graves, cadete —comenzó, su voz serena pero cargada de una amenaza soterrada—. Un uniforme no es una prenda cualquiera. Es un símbolo. Y usted lo ha convertido en un trapo. Magi bajó la mirada, fijándola en las baldosas relucientes del suelo.

—Fue un accidente, Suboficial. El sospechoso... —¡No me hable del sospechoso! —cortó Costa, golpeando la llave contra el escritorio. El sonido metálico hizo que Magi se estremeciese—. Usted tropezó. Usted falló. Usted se destrozó la única prenda reglamentaria que se le había asignado. Las excusas no limpian el desorden.

Hizo una pausa, dejando que el silencio pesara sobre Magi como una losa.

—Dado que su error ha creado un desastre —continuó, fría—, su castigo será limpiar uno. La institución cree en la reparación práctica. —Alzó la llave—. Esta abre los armarios de limpieza de los baños comunes del ala norte. Los que usan los cadetes varones después de las horas de educación física. Magi sintió que el estómago se le encogía. Esos baños eran notoriamente desastrosos.

—Por supuesto —añadió Costa, y por primera vez esa noche, una sonrisa cruel se dibujó en sus labios—, no puede realizar tareas de limpieza con... eso. —Señaló los jirones del uniforme con desdén—. Se ensuciaría aún más. Y ya hemos tenido suficientes problemas con la lavandería. Se levantó y se acercó a Magi. Su mirada era gélida.

—Se quedará con la base reglamentaria. Lo que no se rompió. —Hizo una pausa calculada, sus ojos recorriendo el cuerpo tembloroso de Magi—. Y para la limpieza, solo usará el delantal de intendencia, cadete. La ropa interior también tiende a... ensuciarse con los productos de limpieza. No sería higiénico. Se la quitará.

Magi sintió que el suelo cedía bajo sus pies. Esto era nuevo. Esto era peor.

—Suboficial, por favor... —murmuró, sin aliento.

—Es una orden, cadete. O ¿prefiere que llame a un asistente para que la ayude a desvestirse?

Con manos temblorosas y bajo la mirada penetrante de Costa, Magi tuvo que deshacerse de los jirones destrozados de la falda y la blusa. La tela rosa cayó al suelo. Luego, con los dedos entumecidos por la vergüenza, se quitó el corpiño roto y finalmente, sintiendo cómo cada partícula de su dignidad se desprendía con la prenda, se bajó el tanga de encaje negro, que se unió al montón de tela avergonzante en el suelo. Se quedó completamente desnuda, temblando, cruzando instintivamente los brazos sobre el pecho y apretando los muslos, sintiendo el aire frío de la oficina como una violación.

Solo entonces Costa le arrojó el delantal de lona gruesa y áspera. Magi se lo anudó a la cintura con movimientos torpes, sintiendo el contraste brutal de la tela basta rozando directamente su piel desnuda. El delantal, corto y estrecho, se convirtió en una burla de cobertura: le llegaba apenas a mitad de los muslos y se abría ligeramente por los lados con cada movimiento. La espalda quedaba completamente expuesta, y la parte delantera, aunque la cubría, lo hacía de manera tan precaria que cada respiración podía revelar más de lo que ocultaba.

La Suboficial Costa asintió con una expresión de fría satisfacción.

—La limpieza debe ser impecable. Revisaré personalmente —dijo Costa, entregándole la llave fría—. Empiece de inmediato. Y cadete... —añadió, justo cuando Magi daba media vuelta—. Asegúrese de usar el equipo de protección adecuado. Guantes y escoba. Nada más.

El trayecto hasta los baños fue un sueño febril. Magi se movía como un autómata, sintiendo el aire del pasillo helado sobre su piel completamente expuesta. El delantal de lona, áspero, se movía con ella de manera traicionera, rozando sus pechos y sus caderas desnudas de forma constante y humillante. Cada paso, cada cojera, acentuaba la horrible sensación de exposición total. Sentía el aire en partes de su cuerpo que nunca deberían sentirlo en un lugar público. Afortunadamente, los pasillos estaban casi vacíos a esa hora. Casi. Un cadete que salía de una sala la vio pasar y se quedó boquiabierto, antes de soltar una risa ahogada y apresurar el paso.

Al abrir la pesada puerta de los baños comunes, una oleada de olor acre le golpeó: sudor rancio, humedad, el dulzón aroma de los desinfectantes baratos mezclado con el hedor de la orina. La vista era peor. Los suelos de cemento estaban mojados y sucios de barro y hierba. Los lavabos, manchados de pasta de dientes y agua sucia. Las duchas colectivas, con el suelo cubierto de una capa viscosa. Y los urinarios... Magi apartó la vista, sintiendo náuseas.

Colgada de un gancho junto a los cubos de la basura, había una fregona, un recogedor y un par de guantes de goma amarillos, grandes y grotescos.

Con dedos temblorosos, se puso los guantes. La goma fría y áspera le llegaba casi hasta los codos, contrastando brutalmente con la desnudez total de su cuerpo. La sensación de estar vestida solo con esos guantes gigantescos y el delantal que se movía peligrosamente era surrealista y profundamente humillante.

Cogió la fregona. El palo era áspero y pesado. Al sumergirla en el cubo de agua sucia y desinfectante, el líquido frío salpicó sus piernas desnudas y, en un movimiento desafortunado, también la parte interior de sus muslos, haciéndola gritar en un susurro. El agua sucia le chorreó por la piel.

El trabajo fue una tortura lenta y metódica. Cada movimiento para pasar la fregona por el suelo viscoso de las duchas implicaba agacharse, y cada agachada era una batalla para evitar que el delantal se abriera por completo o se remontara, exponiéndola totalmente. Se inclinaba de lado, torpemente, sintiendo cómo el aire húmedo y fétido entraba en contacto directo con su piel. El sonido del agua sucia al ser arrastrada, el roce de la fregona, su propia respiración entrecortada, eran los únicos sonidos... hasta que no lo fueron.

La puerta se abrió de golpe. Entraron dos cadetes, aún sudorosos y jadeantes por el ejercicio. Al verla, se detuvieron en seco.

—¡Joder! —exclamó uno—. ¿Ahora tenemos servicio de limpieza integral? El otro se rió, apoyándose contra la pared de los urinarios.

—Oye, rosita, ¿limpias también... zonas específicas? ¡Parece que ya vas más que preparada! Magi se quedó paralizada, agachada en una postura grotescamente defensiva, la fregona goteando entre sus manos enguantadas. Sentía sus miradas recorriendo su espalda desnuda, la línea de sus piernas, la tensión en el delantal que sabía que ocultaba muy poco. El rubor de la vergüenza le quemó el cuello y la cara.

—Déjenla, es la nueva becaria de intendencia. ¡Y mira qué dedicación! —dijo el primero con sarcasmo, acercándose a un lavabo para lavarse las manos, derramando agua deliberadamente cerca de ella. Ella no se movió. No podía. El ridículo y la vergüenza, mezclados con el terror a que un movimiento inoportuno la dejara completamente al descubierto, la tenían clavada en el suelo frío y húmedo.

—¿Qué pasa? —preguntó el otro, acercándose—. ¿El olor te está mareando? Es comprensible, es tu primer día. La puerta se abrió de nuevo. Era la Suboficial Costa. Sus ojos escanearon la escena: a Magi, agachada y ****, a los dos cadetes riéndose, al suelo semi-limpio.

—Parece que está socializando en lugar de limpiar, cadete Rojas —dijo con voz cortante—. ¿Acaso cree que esto es un club social? Los dos cadetes se pusieron rectos de inmediato, conteniendo las risas.

—Suboficial. Solo nos estábamos... hidratando. —Lárguense —ordenó Costa sin mirarlos. Ellos obedecieron de inmediato, lanzando una última mirada burlona a Magi. Costa se acercó. Sus botas relucientes se posaron junto al cubo de agua sucia.

—El suelo de los urinarios tiene manchas de calc —dijo, señalando con el pie una mancha blanca—. No es suficiente con pasar la fregona. Hay que frotar. De rodillas. Con el estropajo. —Señaló un estropajo verde y áspero que colgaba de un gancho—. Y use los guantes. No quiero que su piel... se dañe con los productos.

La orden era clara. Otro descenso en la escala de la degradación. Magi, con el alma hecha añicos, asintió lentamente. Se arrodilló en el suelo mojado y frío. La sensación de la humedad y la suciedad frías filtrándose directamente contra su piel desnuda en las rodillas y espinillas fue nauseabunda y profundamente humillante. Cogió el estropajo, lo sumergió en el agua sucia y comenzó a frotar la mancha blanca en el suelo de cemento, frente a los urinarios. Cada movimiento de su brazo hacía que el delantal se tensara y se moviera, recordándole con cada centímetro de tela áspera rozando su cuerpo lo absolutamente expuesta que estaba.

Costa la observó un momento más, con los brazos cruzados.

—Limpio no significa húmedo. Significa impecable. No salga de aquí hasta que pueda comer en este suelo. Y con eso, se dio la vuelta y salió, dejando a Magi sola en su tarea. Arrodillada en el suelo sucio de un baño de hombres, completamente desnuda bajo un delantal de lona, con nada más que unos guantes de goma amarillos, frotando la porquería ajena mientras las lágrimas de humillación y rabia silenciosa caían, una tras otra, y se mezclaban con el agua sucia del cubo, sintiendo en cada fibra de su ser la aniquilación total de su dignidad.

¿Qué pasa cuando termina de limpiar?

Want to support CHYOA?
Disable your Ad Blocker! Thanks :)