1 al 6

Suerte / Lucky

Chapter 1 by K45

Author's note: Hi, this is a new story, created by me and Lyra (an AI), I hope you enjoy it.

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Nota del autor: Hola, esta es una nueva historia, creada por mí y Lyra (una IA), espero que la disfruten.

Capítulo 1: Una casa ruidosa

La alarma del teléfono de Mateo comenzó a sonar a las 6:30 de la mañana, un sonido que a sus 19 años ya odiaba con toda su alma. Se quedó unos segundos mirando el techo de su habitación, escuchando los primeros ruidos que indicaban que la enorme maquinaria de su hogar se ponía en marcha. Vivir con cinco mujeres de fuerte personalidad era, como mínimo, una experiencia caótica.

Desde el pasillo ya se escuchaba el trote apresurado de Valeria, su hermana de 21 años, que siempre iba tarde a sus clases de medicina y parecía pelearse con las paredes cada vez que caminaba.

—¡¿Quién agarró mi crema hidratante?! —gritó desde el baño compartido otra voz, la de Camila, de 23, con su característico tono dramático de comunicóloga.

Mateo suspiró, estirándose en la cama. A veces sentía que en esa casa su existencia era casi invisible, o peor, la de un eterno mandadero. Siendo el menor y el único hombre, siempre le tocaba ceder el turno en la ducha, cargar los garrafones de agua o aguantar las críticas constructivas —y no tan constructivas— de su familia.

Se levantó pesadamente y se acercó a su viejo escritorio de madera para buscar su cartera y las llaves de la casa. Al meter la mano en el fondo del cajón, entre hojas de cuadernos viejos y cables enredados, sus dedos tocaron algo pequeño, frío y cúbico.

Lo sacó por curiosidad. Era un dado de seis caras. Pero no era un dado normal de plástico blanco; era de un material negro mate, tan denso que parecía absorber la luz de la habitación, un negro absoluto, y los puntos del uno al seis estaban grabados con una precisión milimétrica en un tono blanco hueso. No recordaba haberlo visto jamás, pero al sostenerlo, sintió una extraña calidez que contrastaba con el frío inicial del objeto. Sin darle muchas vueltas, pensando que quizá era de alguna de sus hermanas, se lo metió al bolsillo del pantalón y salió de la habitación.

Al bajar las escaleras, el aroma a café recién hecho se mezclaba con el olor a laca para el cabello. En la barra de la cocina estaba su madre, Elena, una mujer de 46 años, jefa de administración en una empresa local, impecablemente vestida y con esa mirada de sargento que ponía a temblar a cualquiera. A su lado estaban Sofía, la mayor de las hermanas, de 26 años, que ya trabajaba con ella y compartía su misma actitud estricta, y Natalia, de 25, la artista de la familia, que desayunaba a las carreras mientras revisaba su tableta digital.

—Hasta que te dignas a bajar, Mateo —dijo Elena, sin levantar la vista de su tableta mientras tomaba un sorbo de café—. Tu hermana Sofía ya va a encender el carro. Si no estás listo en cinco minutos, te vas en camión, y ya sabes cómo se pone la ruta a esta hora.

—Mamá, todavía faltan veinte minutos para las siete... —intentó replicar Mateo, con la voz apagada que solía usar para evitar discusiones.

—No le contestes así a tu madre, Mateo —intervino Sofía, cruzándose de brazos con autosuficiencia—. Si ella dice que te apures, te apuras. Bastante hacemos con darte el aventón hasta la universidad.

Mateo sintió el habitual nudo de frustración en el estómago. Era la misma dinámica de todos los días: él intentando defenderse y ellas aplastando cualquier réplica con jerarquía. Buscando calmar la molestia de manera inconsciente, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sus dedos se cerraron alrededor del extraño dado negro. Su textura suave lo relajó un poco.

Con un suspiro, sacó la mano para agarrar una pieza de pan de la barra, y al hacerlo, por torpeza debido al estrés, el dado se le resbaló de los dedos.

El pequeño objeto negro rodó sobre la superficie de la cocina con un tintineo sutil y metálico, deteniéndose justo en medio de Elena y Sofía.

Quedó mostrando el número 4.

En ese preciso instante, un silencio repentino inundó la cocina. El ruido ambiental pareció desvanecerse por completo durante un segundo. Mateo miró el dado, extrañado por el sonido metálico que había hecho, y luego levantó la vista hacia su madre y su hermana, esperando el regaño típico por andar tirando cosas en la mesa. Estaba tan harto y cansado de la presión matutina que, simplemente quejándose para sí mismo en voz baja, soltó un murmullo fastidiado:

—Ay, ya... ojalá se calmaran un poco y me dejaran desayunar en paz por una vez. No hay tanta prisa...

Mateo lo dijo como un simple desahogo, esperando que lo ignoraran o lo callaran como siempre. Sin embargo, en cuanto las palabras salieron de su boca, vio algo que lo desconcertó por completo.

Sofía, que ya tenía la boca abierta para soltar otra réplica mordaz, se quedó congelada. Sus ojos se desenfocaron por un instante, parpadeando un par de veces como si se hubiera quedado en blanco. Elena, por su parte, bajó lentamente la taza de café. La rigidez de su rostro desapareció por completo, y sus facciones endurecidas se transformaron en una expresión de absoluta docilidad y calma.

—Tienes razón, Mateo... —dijo Elena, con una suavidad y una ternura en la voz que él no recordaba haber escuchado en años—. He estado muy presionada por el trabajo y no debí desquitarme contigo. No hay prisa alguna, hijo. Desayuna con calma, te esperaremos el tiempo que haga falta.

Sofía asintió lentamente, relajando los hombros por completo y mirándolo con una sonrisa amable.

—Sí, de verdad, perdón, Mateo. No quise hablarte así tan temprano. Tómate tu tiempo, aquí te esperamos en el carro.

Mateo se les quedó mirando, completamente estupefacto, con el trozo de pan a medio camino de la boca. Su corazón empezó a latir con fuerza en su pecho, preso de una confusión absoluta. Miró a su madre, luego a Sofía, buscando alguna señal de que fuera una broma pesada o un sarcasmo, pero sus miradas eran completamente sinceras, casi idas. Finalmente, sus ojos bajaron hacia la barra, deteniéndose en el misterioso dado negro que seguía mostrando el número 4.

"¿Qué carajos acaba de pasar?", pensó, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.

Mateo sintió que la boca se le secaba mientras terminaba su pan casi sin saborearlo. La atmósfera en la cocina seguía siendo extrañamente pacífica, una calma artificial que jamás había experimentado en esa casa. Elena terminó su café con una sonrisa tranquila en el rostro, algo completamente inusual en sus mañanas de oficina, y Sofía se levantó de la barra sin prisa, acomodándose el saco con movimientos pausados.

—Te esperamos afuera, Mateo. No te preocupes por el tiempo —repitió Elena con voz suave antes de salir hacia el garaje junto a su hija mayor.

En cuanto la puerta se cerró tras ellas, Mateo se quedó solo en la cocina. El silencio de la habitación de repente se sintió pesado. Con cuidado, como si temiera que fuera a estallar, estiró la mano hacia la barra de granito y tomó el dado negro. Volvió a notar esa calidez que emanaba del objeto, un contraste total con el frío metal que parecía ser al principio. Lo giró entre sus dedos, observando detenidamente los puntos blancos del número cuatro.

—No puede ser... Fue una coincidencia. Tienen que estar de buenas por otra cosa —se dijo a sí mismo, intentando buscar una explicación lógica—. Mi mamá jamás me habla así. Menos Sofía.

Se guardó el dado en el bolsillo, sintiendo una mezcla de nerviosismo y una curiosidad punzante que no lo dejaba en paz. Agarró su mochila y salió de la casa.

Durante el trayecto en el carro hacia la universidad, el ambiente fue completamente diferente al de todos los días. Normalmente, el viaje era un monólogo de reclamos de su madre sobre el orden de la casa o consejos pasivo-agresivos de Sofía sobre lo que Mateo debía hacer con su futuro. Hoy no. Elena conducía con calma, tarareando una canción de la radio, y Sofía incluso le preguntó de manera genuina cómo le iba en sus clases de ingeniería. Mateo respondía con monosílabos, confundido, analizando cada gesto de ellas. El efecto del "4", fuera lo que fuera, parecía mantenerse firme, dándoles una actitud inusualmente dócil pero que se sentía real en sus interacciones.

Al llegar al campus, Mateo se bajó del auto todavía asimilando la situación. Caminó hacia el edificio de su facultad, pero la mente la tenía en otro lado. Necesitaba saber si lo que había pasado en la cocina había sido un evento aislado o si ese trozo de material negro realmente tenía algo que ver.

Las dos primeras clases pasaron como un borrón. Al mediodía, durante el receso, Mateo se dirigió a una zona más apartada del campus, cerca de unas bancas rodeadas de árboles donde los estudiantes no solían amontonarse. Se sentó solo, sacó el dado del bolsillo y lo dejó descansar sobre la palma de su mano.

"Si saca otro número... ¿pasará algo diferente?", pensó, recordando cómo el ambiente de la cocina había cambiado justo al caer el cuatro.

Observó a su alrededor buscando una oportunidad para poner a prueba su teoría, pero de manera controlada. No quería arriesgarse con un profesor o con un desconocido en medio del pasillo. Justo en ese momento, vio caminar a lo lejos a Camila, su hermana de 23 años. Ella estudiaba comunicación en la facultad vecina y solía cruzar por esa zona para ir a la cafetería central. Caminaba hablando por teléfono, gesticulando exageradamente con las manos y con el ceño fruncido, probablemente quejándose con alguna amiga sobre algún proyecto en equipo.

Mateo tragó saliva. Su corazón empezó a acelerarse de nuevo. Miró el dado negro en su mano, respiró hondo y, con un movimiento rápido de la muñeca, lo lanzó sobre la banca de madera, justo al lado de su mochila.

El dado rodó con ese característico sonido seco y metálico, girando varias veces antes de detenerse por completo.

Mateo se inclinó para ver el resultado. El número que quedó hacia arriba era un 2.

Según las reglas del azar que apenas empezaba a intuir, un dos era algo decente, moderado. No tan fuerte como el cuatro de la mañana.

Camila venía caminando en su dirección, todavía concentrada en su celular. Mateo se levantó de la banca, interceptándole el paso sutilmente. Ella colgó la llamada justo a tiempo, mirándolo con fastidio al verse interrumpida.

—¿Qué onda, Mateo? Estoy ocupada, ¿qué pasa? —preguntó ella, cruzándose de brazos, mostrando su habitual actitud impaciente.

Mateo sintió un cosquilleo en la nuca. No sabía exactamente cómo funcionaba, pero decidió probar con algo sencillo, un pensamiento que cruzó por su mente en ese instante.

—Camila... préstame cincuenta pesos para comprar un cigarro y un agua en la cafetería —dijo, manteniendo la mirada, pero sin la fuerza que había usado en la mañana, esperando a ver qué ocurría.

Camila parpadeó. Por una fracción de segundo, sus ojos se entrecerraron, mostrando una ligera duda, como si estuviera sopesando la petición. No fue una sumisión inmediata como la de su madre; se notaba una pequeña resistencia interna en su expresión, una transición más humana y costosa.

—Ay, Mateo... siempre me pides dinero —rezongó ella, abriendo su bolso con cierta desgana—. Además, fumar te hace daño.

A pesar de la queja, sus manos se movieron de manera casi automática hacia su cartera. Sacó un billete de cincuenta pesos y se lo extendió, aunque con el ceño ligeramente fruncido, como si no estuviera del todo convencida de por qué lo estaba haciendo, pero sintiendo el impulso irresistible de cumplir la petición.

—Ten. Pero me los devuelves el fin de semana, ¿eh? No creas que soy tu banco —añadió, dándose la vuelta para continuar su camino hacia la cafetería, murmurando algo entre dientes sobre lo compartido que era su hermano.

Mateo se quedó de pie, observando el billete de cincuenta pesos en su mano y luego volteó a ver el dado negro en la banca. El control del número 2 había sido real, pero mucho más sutil: ella había obedecido, pero manteniendo parte de su personalidad y quejándose en el proceso.

Una sonrisa lenta y llena de asombro comenzó a dibujarse en el rostro de Mateo. El dado no era una coincidencia. Era real. Y él apenas estaba empezando a entender cómo usarlo.

Mateo guardó el billete en su cartera, sintiendo una extraña mezcla de adrenalina y temor. Volvió a tomar el dado de la banca de madera; ahora lo miraba con un respeto casi reverencial. Ya no era un simple objeto perdido; era un artefacto que, por alguna razón inexplicable, alteraba la voluntad de las personas según el número que mostrara.

"A ver, recapitulemos", pensó, tratando de mantener la mente fría y analítica, muy propia de su formación en ingeniería. "En la mañana saqué un 4 con mi mamá y Sofía, y me hablaron con un afecto y una docilidad que jamás les había visto. Hace un momento saqué un 2 con Camila, y aunque me dio el dinero, se quejó y mostró resistencia. El número define la fuerza del control".

Se quedó un buen rato sentado en la banca, dándole vueltas al dado entre los dedos. La tentación de volver a tirarlo ahí mismo era enorme, pero decidió ser prudente. Estaba en la universidad, rodeado de demasiada gente, y si cometía un error o sacaba un número bajo que provocara una reacción extraña, podría meterse en problemas. Decidió que lo mejor sería regresar a casa, observar cómo seguían su madre y su hermana mayor, y tal vez hacer otra pequeña prueba en un entorno más controlado.

El resto de las clases de la tarde se le hicieron eternas. Su mente no estaba en los diagramas ni en las ecuaciones del pizarrón; estaba en el bolsillo de su pantalón, donde sentía el ligero peso del dado negro.

A las cuatro de la tarde, Mateo tomó el camión de regreso a su colonia. El trayecto, que usualmente le parecía tedioso y molesto por el tráfico, esta vez le sirvió para pensar. ¿Qué pasaría si sacaba un 1? El control sería nulo, pero ¿significaría que se enojarían más con él? ¿Y qué pasaba si sacaba un 6? Según lo que su propia intuición le dictaba, un 6 significaba un control permanente. La sola idea de tener ese poder sobre alguien le causaba un escalofrío, una mezcla de fascinación y vértigo.

Cuando por fin llegó a su casa, abrió la puerta principal con cuidado. El ambiente habitual de la tarde ya estaba instalado. Se escuchaba el televisor encendido en la sala y el sonido de la licuadora en la cocina.

Al entrar a la sala, se encontró con Valeria, su hermana de 21 años. Ella estaba recostada en el sillón con los apuntes de medicina esparcidos por la mesa de centro, quejándose en voz baja mientras se memorizaba unos términos anatómicos. Valeria siempre había sido la más competitiva de las cuatro hermanas; perfeccionista, un tanto soberbia y muy propensa a estresarse por cualquier mínima distracción.

—Hola, Vale —saludó Mateo, dejando su mochila en una silla.

Valeria ni siquiera levantó la mirada de sus hojas.

—No hagas ruido, Mateo, por favor. Tengo examen de patología mañana y siento que la cabeza me va a explotar. Y ni se te ocurra prender la consola porque el sonido me distrae.

Mateo no se ****ó. Al contrario, sintió que era el escenario perfecto para seguir aprendiendo. Caminó hacia el comedor, que estaba justo detrás del sillón de la sala, separado únicamente por una barra decorativa. Desde ahí, Valeria no podía ver lo que él hacía con las manos.

Sacó el dado negro. Su mano temblaba ligeramente debido a los nervios. Lo frotó entre sus dedos, sintiendo de nuevo esa inusual calidez, y lo dejó caer suavemente sobre la mesa de madera del comedor, amortiguando el golpe para que su hermana no lo escuchara.

El dado rodó un par de veces y se detuvo.

Mateo se inclinó para ver el resultado: un 5.

Un control muy bueno, casi en el límite de lo absoluto.

Mateo sintió cómo el aire a su alrededor se volvía extrañamente denso por una fracción de segundo, una sensación que ya empezaba a reconocer. Miró la espalda de Valeria, que seguía encorvada sobre sus apuntes. Pensó detenidamente en qué pedirle, algo que pusiera a prueba un nivel 5 de control, algo que la Valeria normal jamás haría por voluntad propia.

—Valeria —dijo Mateo con voz clara, pero sin levantar demasiado el tono.

—Te dije que no me molestes, Mat... —empezó a decir ella con fastidio, girando la cabeza para confrontarlo.

Pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Mateo, su voz se cortó a la mitad. Los ojos de Valeria se abrieron un poco más de lo normal, sus pupilas se dilataron ligeramente y la tensión acumulada en su cuello y hombros desapareció de golpe. Dejó caer el bolígrafo que tenía en la mano sobre las hojas de estudio.

Mateo la miró fijamente y, aprovechando el efecto del dado, le dio una orden directa y poco común en ella:

—Deja tus apuntes de lado. Ve a la cocina, síveme un vaso de agua bien fría con hielos, tráemelo hasta aquí y dime que estás para lo que yo necesite.

La reacción de Valeria fue inmediata y sumamente fluida. No hubo quejas, no hubo la menor resistencia ni muecas de desagrado como las que había mostrado Camila con el número 2. Se levantó del sillón con una sonrisa serena y dócil, completamente ajena a la Valeria estresada de hace unos segundos.

—Claro que sí, Mateo. De inmediato te lo traigo —respondió con una voz suave, casi melodiosa.

Caminó hacia la cocina con pasos tranquilos. Mateo la observó desde el comedor, fascinado y un poco asustado por la naturalidad con la que se movía; parecía totalmente convencida de que servir a su hermano menor era lo más importante que tenía que hacer en ese momento. A los pocos instantes, regresó al comedor sosteniendo un vaso de vidrio sudando por el frío, con los hielos tintineando en el interior.

Se lo extendió con ambas manos, mirándolo con una devoción y una amabilidad que Mateo jamás había visto en ella desde que eran niños.

—Aquí tienes tu agua, Mateo —dijo Valeria, manteniendo esa sonrisa dócil—. De verdad, si necesitas cualquier otra cosa, lo que sea, solo dime. Estoy aquí para lo que necesites, hermanito.

Mateo tomó el vaso, sintiendo el frío del vidrio en sus dedos, mientras miraba a su hermana mayor transformarse por completo en alguien dispuesta a cumplir sus caprichos sin rechistar.

Mateo tomó el vaso de agua que Valeria le extendía, dándole un trago lento mientras observaba la absoluta serenidad en el rostro de su hermana. Era fascinante y, al mismo tiempo, aterrador.

Justo en ese momento, el sonido de la cerradura de la puerta principal rompió el silencio de la sala. La puerta se abrió y entraron Elena y Sofía, seguidas muy de cerca por Camila, quien venía texteando en su celular. La energía habitual de la casa, esa que siempre se sentía pesada y llena de tensiones, pareció no regresar con ellas.

Mateo se tensó en su asiento, observándolas con atención. Tenía curiosidad por ver si los efectos de las tiradas anteriores ya se habían esfumado con las horas.

Elena dejó las llaves sobre la mesa de la entrada y, al ver a Mateo, sus facciones rígidas de jefa de administración se suavizaron de inmediato. Le dedicó una sonrisa cálida y sumamente tierna, la misma que le había dado en la mañana bajo el efecto del número 4.

—Hola, mi amor. Qué bueno que ya estás en casa —dijo Elena con una voz dulce, acercándose para acariciarle el cabello con afecto—. ¿Cómo te fue en tus clases? ¿Ya comiste algo? Si tienes hambre, dime y te preparo algo rápido.

Sofía, que venía detrás y que normalmente habría soltado un comentario sarcástico sobre lo consentido que estaba Mateo, asintió con la cabeza, mirándolo con un respeto y una amabilidad completamente inéditos en ella.

—Sí, Mateo, avísanos si necesitas algo. Yo voy a subir a cambiarme, pero si ocupas que te ayude con alguna tarea o algo de la facultad, me dices —ofreció Sofía antes de enfilar hacia las escaleras con total tranquilidad.

Mateo asintió, casi sin poder hablar por la sorpresa. El efecto del 4 seguía ahí, intacto. No se había degradado ni un poco con el paso de las horas.

Entonces, desvió la mirada hacia Camila, la hermana a la que le había tocado la tirada del número 2 en la universidad. Camila guardó su teléfono en la bolsa y miró a Mateo. Su expresión no era de adoración ni de extrema dulzura como la de su madre; seguía teniendo esa ligera mueca de fastidio y superioridad que la caracterizaba, pero no se veía agresiva.

—Oye, Mateo —dijo Camila, cruzándose de brazos—. Ya no me dio tiempo de comprar mi café por andar prestándote dinero. A ver si mañana te pones la del Puebla y me invitas tú uno, ¿eh? Que ando corta.

Se quejaba, mantenía su orgullo y su personalidad intacta, pero la disposición de reclamarle el dinero el fin de semana o el hecho de resentir sutilmente el préstamo seguía atrapado en esa actitud moderada que el número 2 le había impuesto.

Mateo miró a Valeria, quien permanecía de pie a su lado, esperando pacientemente con una sonrisa dócil y atenta (bajo el efecto del 5). Luego miró a Elena, que caminaba hacia la cocina tarareando una melodía, y finalmente a Camila.

"Esto no se quita con el tiempo...", pensó Mateo, sintiendo que un escalofrío le recorría la columna vertebral mientras su mano buscaba inconscientemente el dado negro en su bolsillo. "El efecto se queda congelado en el último número que saqué con ellas. Mi mamá y Sofía siguen en un 4, Camila sigue atrapada en la resistencia floja del 2, y Valeria está completamente sumisa en un 5".

Una teoría empezó a formarse en su mente de ingeniero, una hipótesis que necesitaba comprobar tarde o temprano: ¿El control se mantiene de forma indefinida hasta que vuelva a usar el dado directamente con ellas y el nuevo número cambie su estado? Eso significaba que ellas se quedarían así, comportándose bajo esos niveles exactos de influencia, a menos que él decidiera arriesgarse a tirar el dado otra vez frente a ellas. Si volvía a tirar con Camila y sacaba un 5, su resistencia desaparecería; pero si tiraba con su madre y sacaba un 1, perdería por completo el control y ella regresaría a su habitual estado autoritario y estricto, o quizás peor, se daría cuenta de lo que estaba pasando.

Era un arma de doble filo. Tenía el poder de moldear la convivencia de su casa a su antojo, pero un solo error, una sola mala tirada de dados, y todo el frágil control que había construido podría desmoronarse en un segundo.

Justo en ese momento, Natalia, la cuarta hermana, la artista de 25 años que faltaba por llegar, abrió la puerta de la casa arrastrando los pies y con una enorme carpeta de dibujos bajo el brazo, quejándose en voz alta de los clientes del estudio de diseño. Ella era la única de la casa que aún no había sido tocada por el poder del dado.

Natalia azotó la puerta con el pie para cerrarla, dejando escapar un bufido de frustración. Traía el cabello castaño recogido en un chongo desaliñado, un par de manchas de tinta china en la muñeca derecha y las ojeras de quien se había quedado diseñando hasta las tres de la mañana.

—Juro que si otro cliente me pide "hacer el logo más grande pero que mantenga una vibra minimalista", voy a quemar el estudio —gruñó Natalia, soltando la pesada carpeta sobre la mesa del comedor, justo a unos centímetros de donde Mateo tenía el dado.

Mateo, por puro instinto, cubrió el objeto negro con la palma de la mano antes de que ella lo notara. Observó de reojo la escena. Era un contraste fascinante y bizarro: a pocos metros, Elena preparaba la cena con una sonrisa angelical, Sofía bajaba las escaleras tarareando, Valeria seguía de pie junto a él mirándolo con absoluta devoción, Camila revisaba su celular con una floja indiferencia... y en medio de todo ese orden artificial, Natalia era la única chispa de caos real que quedaba en la casa. La única que mantenía su personalidad intacta y agresiva.

—¿Qué me ves, Mateo? —le soltó Natalia, volteando a verlo con el ceño fruncido mientras se acomodaba la enorme playera que usaba como pijama o ropa de trabajo—. ¿Tengo monos en la cara o qué? Además... ¿por qué Valeria te está viendo como si fueras un santo o algo así? Qué miedo les pasa.

Valeria no respondió al insulto; simplemente mantuvo su sonrisa dócil hacia Mateo, esperando alguna instrucción.

Mateo sintió que el corazón le daba un vuelco. La adrenalina de tener el control absoluto de la casa estaba empezando a embriagarlo, pero la mente fría de ingeniero le recordó el peligro. Si quería probar su hipótesis de que el dado congelaba el estado de las personas hasta que se volvía a usar en ellas, Natalia era el lienzo en blanco perfecto. Ella no tenía ninguna influencia encima.

Con cuidado, deslizó la mano por la mesa, escondiendo el dado en su puño mientras se levantaba.

—Nada, Nat, sólo que te ves muy estresada —dijo Mateo, manteniendo la voz lo más normal posible—. Voy a mi cuarto a dejar la mochila.

—Pues sí, estoy estresada, gracias por notar lo obvio —respondió ella de forma sarcástica, caminando hacia el refrigerador para buscar algo de tomar.

Mateo subió las escaleras a paso rápido. Necesitaba un momento a solas para procesar las reglas de este "juego". Entró a su habitación, cerró la puerta con seguro y se recostó contra ella, respirando agitadamente. Sacó el dado negro y lo miró fijamente bajo la luz de la lámpara.

El poder era real, y las reglas estaban claras:

• El número definía la intensidad del cambio.

• El efecto no se quitaba con el tiempo; se quedaba estancado en la última tirada.

"Si quiero que mi mamá y Sofía sigan siendo cariñosas, no debo volver a tirar el dado cerca de ellas, porque un '1' arruinaría todo", pensó Mateo, tragando saliva. "Pero con Camila... un '2' es muy poco. Sigue siendo respondona. Podría mejorar eso".

Miró la puerta. Abajo estaba Natalia, la única que faltaba por probar. Mateo sintió una punzada de curiosidad morbosa. Quería ver qué pasaba si lograba una tirada perfecta con ella, o qué tan difícil sería lidiar con un número bajo.

Decidió que no podía dejar las cosas al azar en medio de la sala. Tenía que planearlo bien. Guardó el dado en el bolsillo pequeño de su pantalón, abrió la puerta de su cuarto y volvió a bajar, listo para buscar el momento exacto para hacer rodar el dado frente a Natalia.

Mateo terminó de bajar el último escalón, tratando de que sus movimientos no delataran la tormenta de pensamientos que traía en la cabeza. El comedor ya olía a comida casera; Elena había preparado unas milanesas con puré de papa, un platillo que normalmente solo cocinaba en los cumpleaños de alguien o en ocasiones muy especiales. Verla servir los platos con una sonrisa pacífica, sin la prisa neurótica que la caracterizaba al llegar de la oficina, era una estampa casi irreal.

—Mateo, mi cielo, siéntate ya. Natalia, deja de quejarte del trabajo en la mesa y lávate las manos para cenar —ordenó Elena, pero lo hizo con una voz tan aterciopelada y libre de regaño que Natalia se le quedó mirando con el ceño fruncido, sosteniendo un vaso de agua.

—Mamá... ¿te dieron un bono en la empresa o por qué estás de tan buen humor? Da un poco de miedo —comentó Natalia, entornando los ojos mientras arrastraba una silla para sentarse—. Y Sofía tampoco ha dicho nada de que el pasillo está desordenado. ¿Qué les pasa a todos hoy?

—Solo estamos disfrutando de la familia, Naty. Deberías intentar hacer lo mismo —respondió Sofía desde el otro extremo de la mesa, acomodándose los cubiertos con una amabilidad que hizo que Mateo tuviera que morderse el labio para no sonreír.

Mateo se sentó en su lugar habitual, quedando justo frente a Natalia. A su lado derecho, Valeria se acomodó en silencio, manteniendo esa mirada atenta y sumisa de nivel 5, lista para pasarle la sal o servirle agua antes de que él siquiera lo pidiera. El contraste era absoluto. Por un lado, tenía un ejército de mujeres moldeadas por los números del dado; por el otro, a Natalia, ajena a todo, masticando con fastidio y emanando una vibra pesada.

Con la mano izquierda oculta debajo de la mesa, Mateo deslizó el dado negro fuera de su bolsillo. La superficie mate del objeto se sentía tibia contra sus dedos, casi vibrando por la anticipación. Sabía que tenía que ser sumamente cuidadoso. No podía simplemente lanzarlo en medio de los platos de comida a la vista de todos; la cena familiar era un terreno sagrado y cualquier movimiento extraño levantaría sospechas en Natalia, la única que conservaba su agudeza intacta.

Esperó el momento oportuno mientras la cena transcurría en una calma tensa para él, pero idílica para las demás. Camila, bajo el efecto del nivel 2, masticaba su comida de mala gana y hacía comentarios flojos sobre la universidad, quejándose a medias de un profesor, pero sin la energía desbordante de antes. Mateo la observaba y confirmaba su hipótesis: el dado congelaba el comportamiento. No se desgastaba con las horas.

Terminada la cena, la oportunidad perfecta se presentó sola. Elena y Sofía se ofrecieron de inmediato a lavar los platos —otra anomalía absoluta que Natalia prefirió ignorar atribuyéndolo a un "bucle temporal"—, y Camila subió a su cuarto a seguir viendo videos. Natalia, cansada por las pocas horas de sueño del día anterior, se quedó rezagada en la mesa del comedor, recogiendo sus bocetos y guardando sus lápices de dibujo en una cartuchera de lona.

—Odio los martes —refunfuñó Natalia en voz baja, batallando para cerrar el cierre atorado de su estuche—. Mañana tengo que entregar el maldito rediseño a primera hora y sé que el director de arte me va a poner peros solo por fastidiar.

Mateo se quedó sentado del otro lado de la mesa. Valeria seguía ahí, inmóvil, esperando a que Mateo se levantara para seguirlo o recoger su plato.

—Déjanos solos, Vale. Sube a estudiar —le susurró Mateo a la mayor.

—Claro que sí, Mateo. Que descanses —respondió Valeria con una sonrisa perfecta antes de retirarse hacia las escaleras sin cuestionar nada.

Ahora solo quedaban él y Natalia en la penumbra del comedor, iluminados únicamente por la luz cálida de la lámpara colgante. El corazón de Mateo comenzó a latir con fuerza en sus oídos. Sentía la adrenalina subir por su garganta. Era el momento de experimentar con la última pieza del rompecabezas familiar.

Fingiendo que se acomodaba en la silla, Mateo estiró el brazo derecho sobre la mesa, apoyando el codo como si estuviera cansado. Con un movimiento rápido y sutil del pulgar, hizo rodar el dado negro por la superficie de madera, direccionándolo hacia la carpeta de dibujos de Natalia. El dado giró con ese siseo metálico casi imperceptible, chocando suavemente contra el borde del cartón texturizado.

Se detuvo. Mateo estiró el cuello disimuladamente para leer el número.

Un 3.

"Un control decente, moderado", pensó rápidamente, recordando la escala que había descifrado en su cabeza. No era la sumisión devota del 5 de Valeria, ni la calidez protectora del 4 de su madre, pero era superior al flojo nivel 2 de Camila.

Natalia escuchó el leve golpeteo del dado contra su carpeta y bajó la vista, extrañada. Vio el cubo negro mate reflejando la luz de la lámpara.

—¿Y esto? ¿Ahora coleccionas dados raros o qué? —preguntó ella, estirando la mano para tomarlo por pura curiosidad.

Antes de que sus dedos rozaran el material negro, Mateo se aclaró la garganta, concentrando toda su atención en ella. Sabía que la orden tenía que ser directa pero coherente con un nivel 3: una influencia lo suficientemente fuerte para doblegar su mal humor, pero permitiendo que se sintiera como un cambio de opinión justificable en su mente.

—Natalia —dijo Mateo, mirándola fijamente a los ojos—. Deja de estresarte por el trabajo de mañana. Vas a dejar esa carpeta ahí, te vas a relajar, y vas a pasar el resto de la noche de buen humor, siendo amable conmigo y ayudándome a ordenar mis cosas del cuarto sin quejarte.

Natalia se quedó estática. Su mano se detuvo a un centímetro del dado. Mateo observó con fascinación científica la transición en su rostro: el ceño fruncido empezó a alisarse de manera lenta, casi pesada, como si una densa niebla mental estuviera borrando su frustración. Sus ojos oscuros parpadearon tres veces, perdiendo esa chispa de enojo artístico, reemplazada por una mirada mucho más mansa y maleable.

Soltó un largo suspiro, dejando caer los hombros que antes tenía tensos por el estrés.

—¿Sabes qué?... Tienes razón —dijo Natalia, y aunque su voz no era sumisa ni empalagosa como la de Valeria, el tono de queja había desaparecido por completo—. Ya me quemé la cabeza todo el día con ese logo. Que el director de arte diga lo que quiera mañana, ya no me importa tanto.

Retiró la mano de la carpeta y miró a Mateo con una sonrisa ligera, una expresión de tranquilidad que rara vez mostraba en los días de entrega.

—Y... bueno, supongo que puedo ayudarte con tu cuarto. De todas formas no tengo nada mejor que hacer y me vendría bien distraerme un rato antes de dormir —añadió, levantándose de la silla con movimientos fluidos y estirando los brazos—. Vamos, muévete, que si no te da flojera a ti.

Mateo sintió un golpe de satisfacción pura en el pecho. El número 3 funcionaba exactamente como predecía: Natalia mantenía su estilo de hablar un tanto directo y casual ("vamos, muévete"), pero la orden de dejar el estrés y ponerse a su disposición para ayudarlo se había cumplido de forma impecable, quebrando su resistencia natural de hermana mayor.

Mientras Natalia caminaba hacia las escaleras esperándolo, Mateo estiró la mano y recogió el dado de la mesa, guardándolo de nuevo en el bolsillo pequeño de su pantalón. Miró a su alrededor: toda la casa estaba bajo su control. Cada una de las mujeres que antes gobernaban su vida con exigencias, gritos y jerarquías, ahora operaba en diferentes niveles de un orden que él mismo había dictado.

Elena y Sofía en el nivel 4 (amorosas y protectoras), Valeria en el nivel 5 (completamente sumisa), Camila en el nivel 2 (resignada y un tanto indiferente) y ahora Natalia en el nivel 3 (relajada y colaborativa).

Subió los escalones detrás de Natalia, observando cómo ella caminaba tranquilamente hacia su habitación. Una idea fija comenzó a instalarse en la mente de Mateo mientras sentía el peso del dado en el pantalón. Su hipótesis estaba confirmada: ellas se quedarían así de forma indefinida... a menos que él decidiera usar el dado otra vez para cambiar el número.

"Tengo el control de mi casa", pensó, sintiendo una oleada de poder y confianza que jamás había experimentado en sus 19 años de vida. "Pero esto apenas es el principio. Mañana tengo que regresar a la universidad... y hay mucha más gente allá afuera".

Mateo entró a su habitación y cerró la puerta, escuchando cómo Natalia dejaba su carpeta en el escritorio y comenzaba a juntar la ropa sucia que él tenía tirada en una esquina, todo con una tranquilidad absoluta que seguía pareciendo un sueño.

Se sentó en la orilla de la cama, observándola de reojo. El peso del dado en su bolsillo se sentía más real que nunca, y con él, una oleada de calor comenzó a recorrerle el cuerpo. A sus 19 años, la sensación de control total sobre mujeres tan guapas y de fuerte temperamento como sus hermanas empezó a distorsionar sus pensamientos. Su mente, influenciada por las historias de internet y el contenido de fantasía para adultos que solía consumir a solas, comenzó a divagar en terrenos mucho más oscuros y prohibidos.

Sintió una erección repentina y dolorosa presionando contra sus pantalones. Miró a Natalia, cuyos movimientos bajo la playera holgada dejaban entrever la silueta de su cuerpo mientras se agachaba.

"A ver...", pensó Mateo, sintiendo el pulso acelerado en su garganta. "Si el dado moldea la mente... ¿hasta dónde llega cada número en el terreno sexual? Con Camila saqué un 2, y ella puso demasiada resistencia solo por cincuenta pesos. Está claro que con un 2, intentar algo íntimo o de estilo porno/hentai sería un rotundo no; se rompería el trance de inmediato. Pero, ¿y con un 3?".

La curiosidad y el morbo lo dominaron. Quería probar los límites científicos de su hipótesis.

—Natalia —la llamó Mateo, manteniendo la voz baja, sintiendo cómo la adrenalina le hacía temblar las manos.

Natalia dejó de doblar una sudadera y se giró hacia él, mirándolo con esos ojos mansos y dóciles que el nivel 3 le había otorgado.

—¿Qué pasa, Mateo? ¿Quieres que acomode los libros también? —preguntó con total naturalidad.

Mateo tragó saliva. Se levantó de la cama, caminó hacia ella y se detuvo a solo unos centímetros. El corazón le iba a mil por hora.

—Ven aquí. Acércate —le ordenó, probando el terreno.

Natalia obedeció de inmediato. Dio un paso al frente, quedando cara a cara con él. Mateo, conteniendo el aliento, estiró la mano y le acarició la mejilla. Ella no se apartó, simplemente parpadeó, manteniendo una expresión un tanto neutra, sin el rechazo habitual de una hermana, pero tampoco con una pasión desbordante.

Animado por esto, Mateo se inclinó y la besó en los labios. El beso fue correspondido, pero se sintió un poco mecánico, falto de esa iniciativa pasional. Deslizó sus manos hacia abajo, acariciando suavemente sus pechos por encima de la playera y luego bajando una de sus manos hacia la entrepierna, tocándola por encima de la tela del pantalón de pijama.

Natalia se tensó ligeramente. Aunque no lo empujó ni le soltó una bofetada debido a la orden de "ser amable y relajarse", en sus ojos apareció una sombra de confusión profunda. Su respiración se volvió un poco errática, no por excitación, sino por una evidente contradicción interna. Su mente intentaba procesar el hecho de que estaba permitiendo caricias de su hermano menor, y la resistencia de su propia moral chocaba de frente con el muro del nivel 3.

—Mateo... esto... esto se siente raro —murmuró Natalia, con la voz un poco trabada, frunciendo sutilmente el ceño—. No creo que debamos... no sé por qué te dejo hacer esto...

Mateo se apartó de inmediato, captando la señal de alerta. Su mente analítica de ingeniero procesó la reacción al instante.

"Ok, el 3 no es suficiente para el sexo directo", concluyó en su mente, regresando a sentarse en la cama mientras simulaba que buscaba algo en su teléfono para disimular. "El nivel 3 permite romper la barrera del tabú para cosas pequeñas... besos, caricias superficiales en el pecho o la zona íntima, pero la mente opone resistencia si intento ir más allá. El control moderado no puede borrar por completo el libre albedrío ante algo tan fuerte".

Natalia sacudió la cabeza, como si saliera de un pequeño mareo, pero debido a que el efecto del 3 seguía congelado, simplemente suspiró, olvidó la extrañeza del momento y volvió a recoger un cuaderno del suelo con total tranquilidad, como si nada hubiera pasado.

Mateo se quedó mirando el techo, con la mente trabajando a mil revoluciones por minuto, formulando la escala definitiva del poder que tenía en sus manos:

Si el 2 era un no rotundo, y el 3 solo permitía caricias intermedias y besos con una notable confusión interna... entonces el 4 —el número que tenían su madre Elena y Sofía— debía ser el umbral donde el afecto y la protección se intensificaban tanto que le permitirían avanzar mucho más, rompiendo casi todas las barreras morales.

¿Y el 5? Recordó la mirada de absoluta devoción y sumisión total de Valeria abajo en el comedor. Ella le había dicho que estaba para lo que él necesitara, con una sonrisa perfecta y cero resistencias. "Con un 5... con un 5 definitivamente puedo tener sexo pleno. Ella haría cualquier fantasía hentai o porno que le pida sin dudarlo ni un segundo, completamente entregada a mi voluntad", pensó, sintiendo que la boca se le secaba ante la inmensidad de esa realización.

Pero entonces, un pensamiento más profundo y perturbador cruzó por su mente.

"¿Y si saco un 6?".

El 6 era el control permanente. El éxito crítico. Si un 5 ya borraba toda resistencia y otorgaba una sumisión absoluta... ¿qué le haría un 6 a la mente de una mujer? ¿Las convertiría en esclavas mentales para siempre? ¿Destruiría su capacidad de razonar fuera de sus órdenes, transformándolas en muñecas vivientes dedicadas exclusivamente a su placer y servicio de por vida?

La sola idea de ver qué pasaba al sacar un 6 le causó un escalofrío de puro vértigo. Tenía el poder de reescribir la psique de cualquier mujer permanentemente.

Miró a Natalia, que terminaba de ordenar su escritorio con una sonrisa ligera, y luego pensó en Valeria, que estaba arriba en su cuarto, completamente disponible bajo el efecto del 5. La noche apenas comenzaba, y el dado negro en su bolsillo parecía quemarle la piel, exigiéndole que fuera a probar el siguiente nivel.

Mateo se quedó completamente solo tras la salida de Natalia. El silencio de su habitación contrastaba fuertemente con el torbellino de pensamientos que le llenaban la cabeza. Se puso de pie y comenzó a caminar en círculos. Su erección seguía ahí, firme, pulsante y dolorosa, empujando con fuerza contra la tela de sus pantalones y exigiéndole una liberación que ahora sabía que estaba al alcance de su mano.

Sustrajo el dado negro de su bolsillo y lo colocó sobre el escritorio, bajo la luz directa de la lámpara de estudio. El objeto parecía absorber el brillo incandescente, mostrándose impasible, místico y letal.

"Valeria está en su cuarto", pensó Mateo, sintiendo un escalofrío de anticipación recorrerle la espina dorsal. "Ella sacó un 5. Abajo me dijo que estaba para lo que yo necesitara... todo su lenguaje corporal cambió, no había una sola pizca de la Valeria mandona o soberbia. Si mi hipótesis es correcta, el 5 borra cualquier tabú moral. Ella haría lo que fuera".

La tentación era demasiado grande. Sabía que pasar de la teoría a la práctica en el terreno del sexo era cruzar una línea de no retorno, pero el deseo acumulado durante años de ser el menospreciado de la casa lo empujaban a actuar. Quería comprobar si el nivel 5 era tan absoluto como imaginaba, y esta vez no se detendría solo en caricias.

Tomó el dado, se lo guardó de nuevo en el bolsillo y abrió la puerta de su habitación con extrema precaución. El pasillo estaba a oscuras. Caminó con pasos de gato, evitando que las tablas del suelo crujieran, hasta que llegó a la puerta del cuarto de Valeria. Respiró hondo, giró el picaporte lentamente y empujó la puerta.

Valeria estaba sentada en su escritorio, iluminada únicamente por la pantalla de su laptop. Al ver a Mateo, la rigidez del estudio desapareció instantáneamente de su rostro, siendo reemplazada por esa sonrisa dócil, pura y carente de cualquier juicio que el nivel 5 le había implantado.

—Mateo... —dijo ella con voz suave, cerrando la laptop—. Qué bueno que vienes. ¿Necesitas algo? Te dije que estoy aquí para lo que me pidas.

Mateo cerró la puerta detrás de él y le puso el seguro con un sutil clic. Se acercó lentamente a ella, sintiendo la adrenalina correr por sus venas.

—Sí, Valeria. Necesito algo de ti —dijo Mateo, manteniendo una mirada fija y decidida—. Levántate y ven a la cama conmigo.

La reacción de Valeria fue inmediata y limpia. Se puso de pie con total fluidez, caminó hacia la cama matrimonial y se sentó en el borde, mirando a Mateo con una devoción absoluta. Mateo se acercó, se paró frente a ella y comenzó a dictar sus órdenes con total claridad.

—Valeria, quítate la blusa y el sujetador ahora mismo —ordenó en voz baja.

Sin emitir una sola queja ni mostrar la timidez habitual de una situación normal, Valeria estiró los brazos, se deslizó la playera de tirantes gris hacia arriba y luego se desabrochó el sujetador deportivo, dejándolos caer a un lado. Sus pechos firmes, redondos y con pezones rosados quedaron completamente al descubierto, iluminados por la tenue luz del cuarto. Mateo estiró la mano y comenzó a acariciarlos, apretándolos con fuerza, sintiendo su suavidad y cómo los pezones se ponían duros al tacto de inmediato. Valeria respondió al contacto soltando un suave suspiro, inclinando la cabeza hacia atrás.

—Ahora, quítate el pantalón de la pijama y las bragas. Quédate completamente desnuda —le ordenó Mateo, bajando la mirada.

Valeria se deslizó hacia atrás en la cama, se sujetó la cintura del pantalón junto con su ropa interior y, de un solo movimiento fluido, se los quitó por las piernas, arrojándolos al suelo. Mateo se quedó sin aliento al ver el cuerpo completamente desnudo de su hermana mayor: sus caderas anchas, sus piernas torneadas y su intimidad expuesta, con un vello púbico recortado y perfectamente cuidado.

La excitación de Mateo llegó al límite. Llevó las manos a su propia cintura, se desabrochó el pantalón y se lo bajó junto con los boxers, liberando su miembro, que saltó completamente erecto, rígido y venoso, apuntando hacia ella. Valeria miró la erección de Mateo sin asomo de vergüenza o rechazo; sus ojos dilatados por el nivel 5 mostraban una absoluta aceptación.

—Ponte a cuatro patas en la cama, en posición, porque te voy a penetrar por detrás —le ordenó Mateo con voz firme, subiéndose al colchón.

Valeria obedeció de inmediato, sin dudar un solo segundo. Se giró sobre sus rodillas y apoyó las palmas de las manos en la colcha, arqueando la espalda hacia abajo y elevando sus glúteos redondos y firmes directamente hacia él. Su intimidad quedó completamente expuesta desde atrás, brillando sutilmente por la lubricación natural que su cuerpo empezaba a producir debido a la sumisión psicológica del dado.

Mateo se posicionó de rodillas justo detrás de ella. Agarró las caderas de Valeria con ambas manos, enterrando los dedos en su piel, y guió la punta de su miembro erecto hacia su entrada. Sin perder más tiempo, empujó con fuerza hacia adelante, penetrándola por completo de un solo golpe.

—¡Ahhh...! —soltó Valeria en un gemido alto y ahogado, apretando las sábanas con sus manos mientras su cuerpo recibía la longitud total de Mateo.

El calor y la estrechez del interior de Valeria envolvieron el miembro de Mateo, provocándole una sensación de placer tan intensa que casi lo hace venirse en el acto. Comenzó a moverse, sacando casi todo su miembro para luego volver a embestirla con fuerza, haciendo que las caderas de Valeria chocaran ruidosamente contra las suyas. El sonido de los cuerpos impactando y los hielos del vaso que se derretían en la mesa de noche llenaron la habitación.

—Muévete conmigo, Valeria. Siente cómo te penetro y gime mi nombre —le ordenó en medio del jadeo.

—Sí... ¡Ahhh, Mateo! ¡Sí, métemela más duro! —gemía Valeria, perdiendo por completo el control de su voz, moviendo sus caderas hacia atrás para encontrarse con cada una de las embestidas de Mateo. Su mente, totalmente moldeada por el nivel 5, transformaba la orden en un deseo carnal absoluto. Ella disfrutaba de la penetración y de la sumisión, entregándole su cuerpo por completo a su hermano menor.

Mateo aceleró el ritmo, dándole golpes rápidos y profundos que hacían temblar los pechos colgantes de Valeria mientras ella continuaba a cuatro patas. La adrenalina de tener a la estudiante de medicina perfecta, la mujer más estricta de la casa, completamente abierta y gimiendo bajo sus órdenes, lo llevó al punto de no retorno. Sintió el espasmo en la base de su miembro.

—¡Me voy a venir, Valeria! ¡Voy a acabar dentro de ti! —advirtió Mateo, apretando sus nalgas con fuerza.

—¡Sí, Mateo! ¡Usa mi cuerpo, ven de mi dentro! —respondió ella en un grito sofocado.

Mateo dio tres embestidas brutales y profundas, hundiéndose al máximo, y se contuvo ahí mientras una poderosa ola de semen inundaba el interior de Valeria. Ella contrajo sus músculos vaginales en un espasmo dócil, maximizando el placer de Mateo, quien soltó un gruñido de pura liberación mientras terminaba de vaciarse dentro de ella.

Se quedó unos segundos apoyados sobre la espalda de su hermana, jadeando con fuerza, sintiendo el latido de sus corazones acelerados. Lentamente, se deslizó hacia afuera, dejando un rastro de fluido en los muslos de Valeria. Ella se dejó caer de lado en el colchón, con las piernas aún entreabiertas y una sonrisa de absoluta paz y devoción en el rostro, completamente ajena al poder del artefacto que la retenía ahí.

Mateo se limpió y se vistió en silencio, mirando hacia la mesa de noche. Su hipótesis estaba completamente confirmada: el nivel 5 era la sumisión absoluta, la fantasía porno hecha realidad sin barreras psicológicas ni morales. Guardó el dado negro en su bolsillo, sabiendo que mañana la universidad entera estaría a su merced.

A la mañana siguiente, el sol de las siete se filtraba por las rendijas de las persianas, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire de la habitación. Mateo se despertó con una sensación de claridad absoluta, libre del habitual letargo matutino. Se estiró en la cama y, al mover la mano hacia la mesa de noche, sus dedos chocaron contra el pequeño cubo negro mate.

Lo tomó y lo sostuvo frente a sus ojos. Recordar los eventos de la noche anterior, la fluidez con la que Valeria se había entregado a él y la naturalidad con la que su mente había aceptado la sumisión del nivel 5, le provocó un escalofrío de anticipación. La casa entera seguía bajo el efecto congelado de sus tiradas.

Se vestió con calma, eligiendo una playera limpia y sus jeans favoritos, y guardó el dado en el bolsillo pequeño de su pantalón. Cuando bajó las escaleras, el ambiente en la planta baja confirmaba que su hipótesis era infalible.

Elena estaba en la barra de la cocina, terminando de revisar unos documentos en su tableta. Al ver entrar a Mateo, su rostro cansado se iluminó de inmediato con una sonrisa protectora y maternal.

—Buenos días, mi amor —dijo Elena con una voz sumamente afectuosa—. Te dejé el desayuno tapado en el microondas para que no se enfriara. Tómate tu tiempo, no hay ninguna prisa.

—Gracias, mamá —respondió Mateo, acomodándose en la mesa.

A su lado, Valeria bajaba las escaleras. Traía el cabello recogido y su mochila de la facultad al hombro. Al cruzar la mirada con Mateo, sus mejillas se tiñeron de un leve rubor rosado, pero sus ojos reflejaron una devoción limpia y absoluta, sin un solo rastro de arrepentimiento o incomodidad por lo sucedido en la noche. Le dedicó una sonrisa tímida pero cómplice, totalmente dócil.

—Buenos días, Mateo. ¿Dormiste bien? —preguntó Valeria con voz suave, acercándose para dejarle un beso lento en la mejilla antes de sentarse a su lado.

Camila y Natalia aparecieron poco después. Camila, bajo el efecto del nivel 2, mantenía una actitud perezosa y un tanto indiferente, quejándose a medias de que el café estaba muy cargado pero sin iniciar ninguna discusión. Natalia, atrapada en el nivel 3, se veía notablemente relajada, desayunando con tranquilidad y despidiéndose de Mateo con un tono casual y amigable, muy alejado de sus habituales arranques de mal humor.

Toda la maquinaria de la casa funcionaba en perfecta sincronía, calibrada exactamente por los números del dado. Sin embargo, la mente de Mateo ya no estaba concentrada en las paredes de su hogar. El verdadero reto empezaba ahora, afuera, en el Campus de la Universidad.

Tras despedirse de su madre y de Sofía, Mateo tomó el camión hacia la universidad. Al cruzar las grandes puertas de la facultad de ingeniería, el bullicio de cientos de estudiantes lo recibió de golpe. Su primera clase del día era Matemáticas Avanzadas, impartida por la ingeniera de la Garza. Ella era una mujer de unos 38 años, conocida por su rigidez académica, su vestimenta formal impecable y su nula tolerancia hacia los errores.

Mateo entró al salón de unos 30 alumnos y tomó asiento en las filas de atrás. Mantuvo las manos fuera de los bolsillos; sabía perfectamente que usar el dado rodeado de tanta gente era una estupidez. No se iba a arriesgar.

A las 9:00 en punto, la ingeniera de la Garza entró al salón. Dejó su portafolios, se acomodó los lentes y comenzó a avanzar fila por fila revisando la tarea obligatoria de ecuaciones diferenciales. Cuando llegó al lugar de Mateo y vio su cuaderno completamente en blanco, se cruzó de brazos, frunciendo el ceño con severidad.

—¿Y bien, Mateo? ¿Dónde está el desarrollo de la actividad? —preguntó en voz alta, atrayendo las miradas de los compañeros más cercanos—. Sabes perfectamente que sin esto no tienes derecho a la clase de hoy.

Mateo, manteniendo la calma y sabiendo que no podía actuar ahí, simplemente agachó la cabeza.

—No la alcancé a terminar, ingeniera. Tuve unos problemas en casa.

La ingeniera de la Garza soltó un suspiro de decepción y anotó algo en su bitácora.

—Vete a la oficina de coordinación al terminar el bloque, Mateo. Te veré en mi cubículo a la hora del receso; tenemos que platicar seriamente sobre tu rendimiento y lo que va a pasar con tu calificación. Puedes quedarte de oyente por hoy, pero no te salvas de la amonestación.

Las siguientes horas de clase transcurrieron con total normalidad. Mateo no tocó el dado para nada en todo el día; no tenía necesidad de arriesgarse con nadie más en los pasillos porque ya tenía un objetivo claro y una cita asegurada.

A las 12:00 del mediodía, la hora del receso, Mateo caminó hacia el edificio de cubículos de los profesores. El pasillo estaba prácticamente semivacío, ya que la mayoría de los alumnos se encontraban en la cafetería. Buscó la puerta con el nombre "Ing. Diana de la Garza" y tocó dos veces.

—Adelante —se escuchó desde el interior.

Mateo abrió y entró, cerrando la puerta detrás de sí. La oficina era pequeña, con las paredes cubiertas de libros de cálculo, un escritorio de metal impecable y un aroma a perfume fino y café. La ingeniera de la Garza estaba sentada detrás de su escritorio, vistiendo una falda de tubo negra y una blusa blanca formal que resaltaba su figura madura y atractiva. Tenía el cabello recogido en un chongo impecable.

—Toma asiento, Mateo —dijo ella, señalando la silla frente al escritorio mientras cerraba una carpeta—. Tu falta de compromiso de hoy me sorprende. Eras uno de los alumnos más regulares. Si sigues así, no voy a tener otra opción que reportarte y dejarte fuera del examen parcial.

Mateo se sentó, manteniendo una postura tranquila. Mientras ella hablaba y le explicaba las consecuencias académicas, él deslizó lentamente la mano derecha dentro de su bolsillo. Sus dedos se cerraron alrededor del dado negro mate, sintiendo de inmediato esa calidez reconfortante.

Fingiendo que se acomodaba los jeans, sacó la mano discretamente por debajo del borde del escritorio, donde la profesora no podía ver sus movimientos. Confiando en que estaban completamente solos y nadie interrumpiría, dejó caer el dado sobre la alfombra junto a su zapato, rezando internamente para que no fuera un 1. Con un 2 o un 3 sería suficiente para ablandar su postura y librarse del reporte.

El dado rodó en silencio sobre las fibras de la alfombra y se detuvo. Mateo bajó la mirada sutilmente entre sus piernas para revisar el resultado.

Para su absoluta sorpresa, el punto blanco mostraba un 5.

Un control muy bueno, sumisión absoluta. El aire de la pequeña oficina pareció compactarse por un instante.

Mateo guardó el dado de inmediato en su bolsillo y se enderezó en la silla, cambiando por completo su actitud. La ingeniera de la Garza, que estaba a mitad de un sermón sobre la disciplina, se quedó callada de golpe. Sus ojos se abrieron un poco y sus pupilas se dilataron por completo, perdiendo el foco por un segundo. La rigidez autoritaria de su rostro se desvaneció, siendo reemplazada por una fisonomía de absoluta mansedumbre, docilidad y entrega. Bajó las manos al escritorio, dejándolas completamente flojas.

Mateo sonrió con malicia, dándose cuenta de que tenía el control total de la mujer más temida de la facultad.

—Ingeniera de la Garza... o mejor dicho, Diana —dijo Mateo con voz firme y baja, mirándola fijamente a los ojos—. Vas a olvidar por completo ese reporte. Te vas a levantar de tu silla, vas a ponerle seguro a la puerta de la oficina y vas a regresar aquí para desnudarte por completo, porque me vas a complacer en todo lo que yo te pida.

—Sí, Mateo... por supuesto —respondió Diana con una voz sumamente suave, dócil y desprovista de cualquier rastro de voluntad propia.

Se levantó de su silla de inmediato, caminó con pasos firmes hacia la puerta y giró la perilla para asegurar el cerrojo con un sutil clic. Nadie entraría. Luego, se dio la vuelta para mirar a Mateo con una sonrisa atenta y entregada, lista para cumplir la fantasía porno que él deseara.

Diana se llevó las manos a la parte trasera de su cabeza y se soltó el chongo, dejando que su cabello castaño cayera suelto sobre sus hombros, dándole un aspecto mucho más provocativo. Sin apartar sus ojos sumisamente fijos en los de Mateo, comenzó a desabotonar su blusa blanca formal uno a uno. Conforme la tela se abría, dejó al descubierto un sostén de encaje negro que empujaba hacia arriba sus pechos maduros y generosos, notablemente más grandes de lo que aparentaban bajo la ropa holgada. Se deslizó la blusa por los hombros y la dejó caer al suelo.

—Eres hermosa, Diana. Quítate el resto —ordenó Mateo, devorándola con la mirada mientras sentía su propia erección golpear con fuerza contra su pantalón.

Diana asintió con una sonrisa dócil. Se llevó las manos a la cintura, bajó el cierre de su falda de tubo negra y la dejó deslizarse por sus caderas hasta el piso, quedando únicamente en el sostén y unas medias transparentes sujetas por una tanga de encaje negro a juego. Su cuerpo maduro estaba perfectamente conservado: una cintura estrecha, caderas amplias y unas piernas torneadas por los tacones. Sin dudarlo, se desabrochó el sostén y se quitó la tanga, quedando completamente desnuda en medio de su propia oficina académica.

Mateo se levantó de la silla, se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones y los boxers, liberando su miembro completamente erecto, rígido y venoso que apuntaba directamente hacia ella. Diana miró su miembro con una mezcla de sumisión y expectación carnal, completamente moldeada por el nivel 5.

—Apóyate contra tu propio escritorio, dobla la espalda y ponte a cuatro patas en posición, porque te voy a penetrar por detrás ahora mismo —le ordenó Mateo con voz cargada de autoridad.

Diana obedeció de inmediato, sin el menor rastro de duda moral o profesional. Se dio la vuelta, caminó hacia su escritorio de metal, apartó unos cuantos libros con la mano y apoyó las palmas de las manos sobre la superficie de madera. Arqueó la espalda profundamente hacia abajo, elevando sus glúteos redondos y firmes directamente hacia él. Desde atrás, su intimidad madura quedó completamente expuesta, brillando sutilmente por la lubricación natural que su cuerpo generaba debido al trance del dado.

Mateo se posicionó justo detrás de ella. Agarró sus amplias caderas con ambas manos, enterrando los dedos en su piel, y guió la punta de su erección hacia su entrada. Con un empuje firme y decidido, la penetró por completo de un solo golpe.

—¡Ahhh...! —soltó la ingeniera de la Garza en un gemido alto y ahogado, apretando los bordes del escritorio con fuerza mientras su cuerpo asimilaba la longitud total de Mateo.

La estrechez y el calor del interior de la profesora envolvieron el miembro de Mateo, provocándole un placer tan intenso que lo hizo jadear de inmediato. Comenzó a embestirla con ritmo rápido y constante, haciendo que los cuerpos chocaran ruidosamente y que los papeles sobre el escritorio vibraran con cada impacto.

—Gime mi nombre, Diana. Dime qué se siente que tu alumno te esté dando por detrás en tu oficina —le ordenó Mateo, azotando sus caderas contra las de ella.

—¡Sí... Ahhh, Mateo! ¡Se siente increíble! ¡Penétrame más duro, Mateo! Usa mi cuerpo como quieras —gemía la profesora, perdiendo por completo la compostura y moviendo sus caderas hacia atrás para recibir cada golpe con desesperación dócil. Su mente, alterada por el nivel 5, convertía la sumisión en un placer carnal absoluto.

Mateo aceleró las embestidas, dándole golpes profundos y continuos que hacían rebotar sus pechos maduros contra el escritorio. La adrenalina de tener a la ingeniera más estricta de la facultad completamente desnuda, sometida y gimiendo bajo sus órdenes lo llevó rápidamente al límite. Sintió el espasmo inminente.

—¡Me voy a venir dentro de ti, Diana! —exclamó Mateo, sosteniéndola firmemente por la cintura.

—¡Sí, Mateo! ¡Lléname, ven de mi dentro! —gritó ella en un gemido quebrado.

Mateo dio tres empujes brutales, hundiéndose al máximo, y se contuvo ahí mientras una poderosa descarga de semen inundaba el interior de la profesora. Diana contrajo sus músculos dócilmente, maximizando el placer de Mateo, quien soltó un gruñido de pura satisfacción mientras terminaba de vaciarse dentro de ella.

Se separó lentamente, dejando un rastro de fluido entre las piernas de la profesora. Diana se enderezó despacio, con la respiración agitada y una sonrisa de absoluta paz y devoción, completamente entregada a él. Mateo se limpió y se vistió rápidamente, guardando el dado en su bolsillo. Su plan había funcionado a la perfección: el secreto estaba a salvo y la universidad ya era suya.

Mateo salió del edificio de cubículos sintiendo una extraña mezcla de euforia y absoluta frialdad. El aire libre del campus le refrescó el rostro, ayudándolo a disimular la agitación que aún le recorría el cuerpo. Caminó hacia la salida de la universidad con paso firme, manteniendo las manos en los bolsillos. Sus dedos acariciaban el dado negro; ahora sabía que el artefacto era un boleto de acceso a cualquier voluntad, siempre y cuando supiera jugar sus cartas con la máxima prudencia.

Tomó el camión de regreso. Durante el trayecto, observaba a la gente a través de la ventanilla: estudiantes cansados, adultos estresados por el tráfico de la tarde, vendedores ambulantes. Toda esa masa de personas vivía bajo las reglas de la lógica común, ajenos por completo al poder que él llevaba en el pantalón. Su mente ya no procesaba el mundo de la misma manera; la timidez y la sumisión que lo habían caracterizado durante 19 años se estaban evaporando, dejando en su lugar un hambre de control que apenas comenzaba a saciarse.

Cuando el transporte finalmente lo dejó cerca de su colonia, Mateo caminó las pocas cuadras hasta su casa. Al llegar a la entrada, se detuvo un momento frente a la puerta principal. Respiró hondo, acomodó su mochila al hombro y giró la llave en la cerradura.

Al abrir, el aroma a comida casera y el ambiente de la tarde lo recibieron de inmediato. Pero ya no era el hogar caótico y hostil de antes. La paz artificial que él mismo había configurado seguía intacta, flotando en el aire como una densa neblina invisible.

En la sala, Camila —bajo el efecto moderado del nivel 2— estaba recostada en el sillón con los pies sobre la mesa de centro, mirando la televisión con una expresión de flojera. Al ver entrar a Mateo, se limitó a mover la mano en un saludo desganado.

—Qué onda, Mateo. Ya era hora de que llegaras —dijo Camila, manteniendo esa actitud un tanto respondona pero sin la energía para iniciar una disputa real—. Mi mamá dejó algo de comer en la cocina, por si traes hambre.

Mateo solo asintió con una sonrisa ligera y avanzó hacia el comedor. Ahí se encontró con Natalia, quien estaba concentrada limpiando sus pinceles sobre unos periódicos viejos. El nivel 3 seguía congelado en ella; su rostro ya no mostraba rastro del estrés creativo ni del mal humor con el que había llegado el día anterior.

—Hola, Mateo —saludó Natalia con una voz tranquila y amigable, levantando la vista un segundo—. ¿Cómo te fue en la facultad? Si vas a calentar comida, me avisas para que no dejes el microondas sucio, ¿va?

—Me fue muy bien, Nat. Todo bajo control —respondió Mateo, usando un tono con doble sentido que ella, por supuesto, no pudo descifrar.

Caminó hacia la cocina y ahí encontró a su madre, Elena. Al escuchar los pasos de su hijo, ella dejó de acomodar unos topers en la alacena y se giró de inmediato. La mirada dura y analítica de la jefa de administración no existía; en su lugar, los ojos fijos del nivel 4 brillaron con un afecto profundo y devoto.

—¡Mi amor! Qué bueno que ya estás aquí —dijo Elena, acercándose para darle un abrazo cálido y un beso en la mejilla—. Estaba preocupada de que se te hiciera tarde. Siéntate, déjame servirte un plato de lo que preparé. Debes venir cansado de tus clases.

Mateo se dejó querer, disfrutando de la atención sumisa de su madre mientras observaba el panorama completo desde la barra de la cocina. Todo su entorno estaba perfectamente calibrado. Sabía que Sofía y Valeria debían estar en sus respectivas habitaciones o por llegar, manteniendo también sus respectivos niveles de obediencia.

Se sentó a la mesa mientras su madre se movía con docilidad para atenderlo. Con la mano oculta en su bolsillo, Mateo volvió a tocar el dado negro. Había conquistado su casa y había sometido a la profesora más estricta de la universidad en un solo día, pero la ambición en su pecho seguía creciendo. La rutina normal de su vida se había transformado en un tablero de ajedrez donde él tenía todas las piezas ganadoras.

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