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Chapter 2 by K45
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2
Capítulo 2: Los hilos invisibles del control
El despertador de Mateo no tuvo que sonar dos veces la mañana del jueves. Abrió los ojos de golpe, completamente despejado, sintiendo cómo la luz del sol se colaba por las rendijas de su ventana. Se sentó en la orilla de la cama y estiró los brazos, disfrutando de una energía que antes no tenía. En su mente ya no había espacio para la pesadez o la baja autoestima de un chico de 19 años al que todos ignoraban; ahora, cada despertar se sentía como el inicio de una jornada donde él dictaba las reglas.
Giró la cabeza y miró su mesa de noche. Ahí estaba el dado negro mate, reposando pacíficamente sobre la madera. Mateo lo tomó entre sus dedos, acariciando sus bordes perfectos y sintiendo esa temperatura cálida tan característica que emanaba del objeto.
"El día de ayer fue perfecto, pero hoy hay que mantener las piezas del tablero exactamente donde las dejé".
Se vistió rápidamente con ropa casual para ir a la universidad y guardó el dado en el bolsillo pequeño de su pantalón, justo donde le gustaba sentir su peso sutil contra el muslo. Al salir al pasillo, la casa se sentía diferente, sumergida en ese orden silencioso y artificial que él mismo había configurado.
Caminó unos pasos y se detuvo frente a la puerta del cuarto de Valeria. Quería ver cómo se despertaba su hermana de 21 años tras la intensa noche anterior bajo el efecto del nivel 5. Empujó la puerta lentamente y asomó la cabeza.
Valeria ya estaba despierta, sentada frente a su espejo terminando de cepillarse el cabello para ir a sus clases de medicina. Al escuchar el leve chirrido de la puerta, se giró de inmediato. En cuanto sus ojos se cruzaron con los de Mateo, no hubo un solo rastro de la Valeria soberbia o mandona del pasado, pero tampoco una timidez incómoda por haber compartido la cama con su hermano. En cambio, una sonrisa de absoluta y pura devoción iluminó su rostro. Sus mejillas se tiñeron de un tierno color rosa.
—Buenos días, Mateo... —dijo Valeria con una voz extremadamente suave y dócil, dejando el cepillo sobre la mesa para ponerse de pie de inmediato—. Qué bueno que entras. ¿Dormiste bien? Si quieres, puedo ayudarte a acomodar tu mochila o prepararte algo antes de que bajemos. Estoy para lo que me pidas, mi amor.
Mateo entró por completo al cuarto y cerró la puerta a sus espaldas, saboreando la sumisión total que el nivel 5 mantenía congelada en la psique de su hermana. Se acercó a ella con paso lento y dominante.
—Buenos días, Vale. No, no hace falta que hagas nada de eso —le ordenó Mateo con voz firme, disfrutando de ver cómo ella se mantenía erguida pero con la mirada mansa, esperando sus instrucciones—. Solo quería verte antes de desayunar. Quítate la bata de dormir, quiero contemplarte un momento.
Sin dudarlo un solo segundo, con una fluidez y una obediencia perfectas, Valeria se desató la cinta de su bata de seda y la deslizó por sus hombros, dejándola caer al suelo. Abajo no llevaba nada. Su cuerpo desnudo, de caderas curvas y pechos firmes con pezones rosados que se encendieron al tacto del aire frío, quedó completamente expuesto ante los ojos de su hermano menor. No había vergüenza en ella; la programación mental del dado hacía que verse desnuda frente a Mateo y complacer su mirada fuera el acto más natural y placentero del mundo.
Mateo dio un paso al frente, la tomó firmemente de la cintura, pegando su cuerpo desnudo contra el suyo, y le plantó un beso profundo y posesivo en los labios, saboreando su boca mientras sus manos bajaban a apretar sus nalgas redondas. Valeria soltó un suave gemido de sumisión contra sus labios, entregándose por completo al abrazo carnal.
—Vuelve a vestirte y baja en unos minutos. Actúa normal frente a las demás —le ordenó Mateo, separándose y dándole una ligera palmada en el muslo.
—Sí, Mateo... lo que tú me mandes —respondió ella con una sonrisa dócil, recogiendo su ropa interior del armario mientras él salía de la habitación.
Mateo regresó al pasillo con la adrenalina a tope. Bajó las escaleras hacia la cocina, donde el olor a chilaquiles y café recién hecho ya inundaba la planta baja. En la barra estaba su madre, Elena, luciendo un vestido formal para ir a la oficina, pero manteniendo esa expresión pacífica y protectora del nivel 4. Camila estaba sentada en el comedor, bostezando y revisando su teléfono con la flojera resignada del nivel 2, mientras que Natalia, en el nivel 3, revisaba unos bocetos con una tranquilidad inédita.
—¡Mi cielo, buenos días! —saludó Elena con una ternura desbordante en cuanto vio a Mateo—. Siéntate, ya te estoy sirviendo tu plato. Prepárate bien, que hoy tienes un día largo en la universidad.
—Gracias, mamá —dijo Mateo, tomando su lugar en la mesa.
Mientras comía, observaba discretamente a las cuatro mujeres que compartían el desayuno con él. Su hipótesis seguía siendo infalible: el control no se desgastaba con el tiempo. Cada una despertaba atrapada exactamente en el número que él había dictado. Sin embargo, su mente ya estaba volando fuera de esas paredes. Hoy regresaba a la facultad de ingeniería, y tras haber sometido exitosamente a la ingeniera de la Garza en su cubículo el día anterior, sabía que la agenda de su teléfono guardaba el contacto directo de una profesora dispuesta a todo. El campus lo esperaba, y el juego apenas estaba expandiendo sus fronteras.
Mateo caminó a paso rápido por los pasillos de la facultad. Al entrar al salón de su siguiente materia, se dio cuenta de que el ambiente estaba inusualmente silencioso. Miró el gran reloj de la pared y entendió por qué: faltaban casi cuarenta minutos para que empezara la clase oficial. Había llegado sumamente temprano.
Al recorrer el aula con la mirada, notó que solo había tres personas sentadas en las primeras filas, tres compañeras de su misma carrera a las que conocía de vista pero con las que casi nunca hablaba.
Ahí estaba Beatriz, la chica gótica del salón, famosa en toda la facultad por su estilo oscuro, sus delineados cargados y, sobre todo, por tener un cuerpo espectacular con unas curvas y un trasero enorme que se robaba las miradas de todos en los pasillos. A unos asientos de ella estaba Akane, la nerd otaku del grupo, una chica bajita que siempre llevaba pines de anime en la mochila, lentes redondos y que se la pasaba dibujando manga en sus cuadernos de cálculo. Y finalmente, un par de bancas más atrás, se encontraba Vanessa, la atractiva novia de su mejor amigo Zack; una chica de cabello largo, siempre a la moda y con una actitud un tanto fresa y reservada.
Mateo avanzó por el pasillo central, rompiendo el silencio del aula.
—Buenos días —dijo en tono general, tratando de ser cortés.
Beatriz, la gótica, ni siquiera levantó la vista de su libro de poemas, y Vanessa, la novia de Zack, solo lo miró de reojo con indiferencia antes de volver a concentrarse en su espejo de mano. La única que reaccionó fue Akane, la nerd otaku, que se sobresaltó un poco, se acomodó los lentes y le dedicó una sonrisa tímida.
—Ah... ¡B-buenos días, Mateo! —respondió con voz cantadita antes de volver a hundirse en su libreta.
Mateo caminó hacia la parte de atrás y se sentó en una banca cercana a ellas, quedando a una distancia perfecta desde donde podía ver sus nucas y perfiles. El salón vacío y el silencio absoluto hicieron que su mente comenzara a divagar con total libertad.
Apoyó el mentón en su mano y, de forma inevitable, los recuerdos de las últimas veinticuatro horas lo asaltaron. Su mente se llenó de las imágenes explícitas de la noche anterior: la vagina húmeda y estrecha de su hermana Valeria abriéndose para él a cuatro patas en la cama, y la madurez carnal de Diana, su profesora, gimiendo y entregándole su cuerpo desnudo contra el escritorio de metal de su oficina. La oleada de poder y la erección que comenzó a presionar contra sus jeans lo hicieron perder por completo la noción de la realidad.
Sumergido en esa fantasía de dominación, Mateo comenzó a murmurar sus pensamientos, completamente desconectado de su entorno:
—Dios... qué delicia de vaginas. Juro que las voy a volver a follar a las dos cuando quiera... A Valeria la voy a poner en cuatro otra vez y a la perra de la ingeniera Diana le voy a dar tan duro que va a olvidar cómo dar su clase. Les voy a hacer todo lo que se me dé la gana...
El silencio del salón era tan sepulcral que sus palabras, aunque dichas en un tono supuestamente bajo, resonaron con perfecta claridad en las paredes del aula.
El shock fue inmediato. Vanessa dejó caer el espejo de mano sobre la paleta de la banca con un golpe seco. Akane se quedó completamente congelada con el lápiz en el aire, y Beatriz cerró su libro de golpe, girando la cabeza lentamente hacia atrás. Las tres lo miraban con los ojos abiertos de par en par, una mezcla de horror, asco y absoluta incredulidad pintada en sus rostros.
—¿Qué... qué carajos acabas de decir de tu hermana y de la profesora De la Garza? —soltó Vanessa, con la voz temblando de la indignación, mientras buscaba su teléfono en la mochila—. Estás enfermo, Mateo. Le voy a hablar a Zack y a la dirección ahora mismo.
Un frío helado le recorrió la espina dorsal a Mateo. El pánico lo golpeó como un balde de agua fría. Si ellas hablaban, su vida, su reputación y su secreto estarían terminados para siempre. Actuando por puro instinto de supervivencia, metió la mano al bolsillo, sacó el dado negro y, ocultándolo con el cuerpo mientras se ponía de pie, lo lanzó con desesperación sobre la banca de madera frente a él.
"¡Un tres, por favor, un tres mínimo para que se callen y olviden lo que escucharon!", rezaba internamente con el corazón golpeándole el pecho a mil revoluciones por minuto.
El dado negro giró con su característico siseo metálico, rebotó contra el borde de madera y se detuvo justo bajo la luz parpadeante del salón.
Mateo se inclinó, con el sudor frío bajando por su frente, y miró el resultado.
No era un tres. Tampoco un cuatro, ni el dócil cinco.
El punto blanco mostraba un 6.
El éxito crítico definitivo. El control permanente.
En ese milisegundo, Mateo sintió que el tiempo se detenía por completo. El aire del salón se volvió tan denso y pesado que casi costaba respirar. Una extraña estática invisible recorrió las bancas, y un silencio místico, casi sagrado, absorbió cualquier ruido exterior del campus.
Mateo se quedó petrificado, en absoluto shock. Su mente de ingeniero se quedó en blanco; no tenía datos ni experiencias previas para procesar lo que significaba un 6. ¿Qué le pasaría a la mente de Beatriz, de Akane y de la novia de su mejor amigo?
Levantó la vista lentamente, temblando, listo para ver cualquier reacción extraña. Las tres chicas seguían ahí, pero la indignación, el asco y el teléfono en la mano de Vanessa habían desaparecido por completo. El salón seguía vacío, solo ellos cuatro, atrapados en el umbral de un poder definitivo que Mateo apenas estaba por descubrir.
Mateo carraspeó, sintiendo el sudor frío secarse en su nuca. El silencio del aula era sepulcral, roto únicamente por el zumbido de las lámparas de techo. Observó a las tres chicas con una mezcla de fascinación y absoluto terror. El número 6 brillaba impasible en el dado negro.
Las tres se quedaron completamente estáticas durante unos segundos que parecieron eternos. Sus miradas, antes cargadas de desprecio y horror, se desenfocaron por completo, volviéndose opacas, como si sus mentes estuvieran siendo formateadas y reescritas desde la raíz por una fuerza invisible. No fue una transición lenta como con el nivel 3 de Natalia; esto fue una demolición absoluta de sus voluntades.
Vanessa, la novia de su amigo Zack, bajó el celular lentamente y lo dejó sobre la banca, olvidándose por completo de la llamada que pretendía hacer. Akane soltó el lápiz, el cual rodó por la mesa hasta caer al suelo con un leve sonido que nadie atendió. Beatriz, la gótica culona, parpadeó despacio, enderezando la espalda mientras sus ojos oscuros recobraban el brillo, pero ahora fijos en Mateo con una intensidad completamente nueva.
El shock en Mateo se transformó en una punzada de intensa curiosidad carnal. El 6 era el control permanente, la reescritura total. Tenía que comprobar qué significaba eso en la práctica.
—A ver... ustedes tres —dijo Mateo con voz firme, dando un paso al frente y guardándose el dado en el bolsillo—. Olviden lo que escucharon. Es más... no solo lo van a olvidar. De ahora en adelante, su único propósito en esta universidad y en sus vidas va a ser servirme, obedecerme y entregarme sus cuerpos para mi total placer. Vanessa, vas a dejar de amar a Zack; ahora soy tu único dueño. Akane, Beatriz... muéstrenme qué tan sumisas son ahora.
La respuesta no se pareció en nada a los niveles anteriores. Con el nivel 5, Valeria y Diana obedecían con una sonrisa dócil y feliz, pero mantenían cierta noción de sí mismas en el proceso. Lo que ocurrió con el nivel 6 fue una sumisión religiosa, una fusión donde sus propias personalidades aceptaron el control como su nueva y única realidad biológica. No sonreían de forma complaciente; sus rostros mostraban una seriedad devota, casi mística.
—Sí, mi amo... Sí, Mateo —respondieron las tres al unísono, con una sincronía perfecta que le erizó la piel a Mateo.
Vanessa se puso de pie de inmediato. Aquella actitud de chica fresa y reservada desapareció por completo. Se acercó a Mateo con pasos seguros y elegantes, se arrodilló frente a él en el suelo de concreto del salón y le tomó la mano, besándole el dorso con una reverencia absoluta.
—Zack ya no significa nada para mí. Mi cuerpo, mi mente y mi amor te pertenecen solo a ti, Mateo. Haz conmigo lo que quieras —declaró Vanessa, mirándolo desde el suelo con unos ojos desbordantes de una obsesión eterna.
Beatriz, la gótica, se levantó de su asiento exhalando un suspiro pesado. Sus grandes caderas y su enorme trasero se mecieron de forma provocativa mientras caminaba hacia él. Con total naturalidad, se llevó las manos a la cintura de su falda oscura y se la deslizó hacia abajo, dejándola caer al piso junto con sus medias de red. Quedó expuesta en unas bragas de encaje negro que apenas podían contener el descomunal tamaño de sus glúteos firmes y redondos.
—Siempre estuve buscando un dueño real, Mateo... —murmuró Beatriz con su voz grave, dándose la vuelta para apoyar las manos en una banca delantera, arqueando la espalda de manera exagerada y ofreciéndole su enorme trasero—. Usa mi culo como se te dé la gana. Ya no me importa nada más.
Akane, la nerd otaku, temblaba ligeramente, pero no de miedo, sino de una intensa excitación psicológica provocada por la reescritura del dado. Se quitó los lentes redondos, los dejó en una banca y comenzó a desabotonar su playera con torpeza, dejando al descubierto unos pechos medianos pero muy firmes, con pezones oscuros que ya estaban completamente erectos.
—M-Mateo... por favor, úsame a mí también. Conviérteme en tu esclava —rogó Akane, arrodillándose al lado de Vanessa y comenzando a desabrocharle los pantalones a Mateo con desesperación dócil.
Mateo miró el panorama, completamente sobrepasado por la magnitud del nivel 6. El aula seguía vacía, faltaban treinta minutos para la clase, y la novia de su mejor amigo, la gótica más deseada de la facultad y la nerd del salón estaban desnudándose y adorándolo como a un dios en el suelo.
Sacó su miembro del pantalón, que saltó completamente erecto, rígido y venoso, pulsando por la adrenalina del momento. Akane y Vanessa se disputaron de inmediato la punta, comenzando a lamerlo y a succionarlo con una devoción salvaje, metiendo la longitud en sus bocas mientras Beatriz continuaba a cuatro patas, moviendo el trasero hacia atrás, suplicando ser penetrada.
Mateo agarró a Vanessa del cabello largo, jalándola hacia arriba.
—Ponte en la banca, Vanessa. Vas a ser la primera. Quiero ver cómo gimes mientras tu novio Zack cree que estás en clase.
—Sí, Mateo... tómame, soy tu perra —gimió Vanessa, subiéndose a la paleta de la banca de madera de espaldas, abriendo sus piernas largas de par en par y quitándose las bragas blancas de un tirón. Su intimidad estaba completamente empapada, destilando lubricación por el trance absoluto del 6.
Mateo se posicionó entre sus piernas, le sujetó los muslos con fuerza y se hundió en ella de un solo golpe limpio y profundo, penetrándola hasta el fondo.
—¡Ahhh... Dios, Mateo! —gritó Vanessa, arqueando la espalda en la banca, apretando los hombros de su nuevo dueño mientras él comenzaba a embestirla con una violencia y un ritmo brutal. Los cuerpos chocaban ruidosamente en el aula vacía.
Mientras penetraba a Vanessa, Beatriz se acercó por el costado, pegando su enorme trasero desnudo contra el muslo de Mateo, buscando el roce, mientras Akane se colocaba debajo de ellos, lamiéndole los testículos a Mateo y masturbándose a sí misma de frente a la escena, con los ojos desorbitados por el placer de la sumisión permanente.
Mateo aceleró las embestidas en el interior estrecho de Vanessa, dándole golpes rápidos que hacían eco en las paredes del salón. La sensación de tener el control eterno de sus vidas lo llevó rápidamente al éxtasis. Cambió de posición, sacó su miembro lleno de flujo de Vanessa, quien quedó temblando en la banca, y se colocó detrás de Beatriz. Agarró sus enormes nalgas góticas, abriendo el canal, y la penetró por el ano con fuerza, haciéndola soltar un grito agudo que ahogó mordiéndose su propio brazo.
El vaivén rudo y continuo con el trasero de Beatriz lo llevó al límite en pocos minutos. Sabiendo que el tiempo corría, Mateo la jaló del cabello hacia atrás y se vino con fuerza, llenándole el trasero de una densa capa de semen que escurrió por sus muslos.
Al terminar, se acomodó la ropa rápidamente mientras las tres chicas permanecían en sus posiciones, desnudas, mirándolo con adoración inmutable, completamente transformadas para siempre. Mateo miró hacia la puerta del salón; el nivel 6 era real. Había creado un harén permanente en la universidad y nadie, absolutamente nadie, sospecharía jamás del origen de su poder.
Mateo carraspeó, sintiendo el sudor frío secarse en su nuca. El silencio del aula era sepulcral, roto únicamente por el zumbido de las lámparas de techo. Observó a las tres chicas con una mezcla de fascinación y absoluto terror. El número 6 brillaba impasible en el dado negro.
Las tres se quedaron completamente estáticas durante unos segundos que parecieron eternos. Sus miradas, antes cargadas de desprecio y horror, se desenfocaron por completo, volviéndose opacas, como si sus mentes estuvieran siendo formateadas y reescritas desde la raíz por una fuerza invisible. No fue una transición lenta como con el nivel 3 de Natalia; esto fue una demolición absoluta de sus voluntades.
Vanessa, la novia de su amigo Zack, bajó el celular lentamente y lo dejó sobre la banca, olvidándose por completo de la llamada que pretendía hacer. Akane soltó el lápiz, el cual rodó por la mesa hasta caer al suelo con un leve sonido que nadie atendió. Beatriz, la gótica culona, parpadeó despacio, enderezando la espalda mientras sus ojos oscuros recobraban el brillo, pero ahora fijos en Mateo con una intensidad completamente nueva.
El shock en Mateo se transformó en una punzada de intensa curiosidad carnal. El 6 era el control permanente, la reescritura total. Tenía que comprobar qué significaba eso en la práctica.
—A ver... ustedes tres —dijo Mateo con voz firme, dando un paso al frente y guardándose el dado en el bolsillo—. Olviden lo que escucharon. Es más... no solo lo van a olvidar. De ahora en adelante, su único propósito en esta universidad y en sus vidas va a ser servirme, obedecerme y entregarme sus cuerpos para mi total placer. Vanessa, vas a dejar de amar a Zack; ahora soy tu único dueño. Akane, Beatriz... muéstrenme qué tan sumisas son ahora.
La respuesta no se pareció en nada a los niveles anteriores. Con el nivel 5, Valeria y Diana obedecían con una sonrisa dócil y feliz, pero mantenían cierta noción de sí mismas en el proceso. Lo que ocurrió con el nivel 6 fue una sumisión religiosa, una fusión donde sus propias personalidades aceptaron el control como su nueva y única realidad biológica. No sonreían de forma complaciente; sus rostros mostraban una seriedad devota, casi mística.
—Sí, mi amo... Sí, Mateo —respondieron las tres al unísono, con una sincronía perfecta que le erizó la piel a Mateo.
Vanessa se puso de pie de inmediato. Aquella actitud de chica fresa y reservada desapareció por completo. Se acercó a Mateo con pasos seguros y elegantes, se arrodilló frente a él en el suelo de concreto del salón y le tomó la mano, besándole el dorso con una reverencia absoluta.
—Zack ya no significa nada para mí. Mi cuerpo, mi mente y mi amor te pertenecen solo a ti, Mateo. Haz conmigo lo que quieras —declaró Vanessa, mirándolo desde el suelo con unos ojos desbordantes de una obsesión eterna.
Beatriz, la gótica, se levantó de su asiento exhalando un suspiro pesado. Sus grandes caderas y su enorme trasero se mecieron de forma provocativa mientras caminaba hacia él. Con total naturalidad, se llevó las manos a la cintura de su falda oscura y se la deslizó hacia abajo, dejándola caer al piso junto con sus medias de red. Quedó expuesta en unas bragas de encaje negro que apenas podían contener el descomunal tamaño de sus glúteos firmes y redondos.
—Siempre estuve buscando un dueño real, Mateo... —murmuró Beatriz con su voz grave, dándose la vuelta para apoyar las manos en una banca delantera, arqueando la espalda de manera exagerada y ofreciéndole su enorme trasero—. Usa mi culo como se te dé la gana. Ya no me importa nada más.
Akane, la nerd otaku, temblaba ligeramente, pero no de miedo, sino de una intensa excitación psicológica provocada por la reescritura del dado. Se quitó los lentes redondos, los dejó en una banca y comenzó a desabotonar su playera con torpeza, dejando al descubierto unos pechos medianos pero muy firmes, con pezones oscuros que ya estaban completamente erectos.
—M-Mateo... por favor, úsame a mí también. Conviérteme en tu esclava —rogó Akane, arrodillándose al lado de Vanessa y comenzando a desabrocharle los pantalones a Mateo con desesperación dócil.
Mateo miró el panorama, completamente sobrepasado por la magnitud del nivel 6. El aula seguía vacía, faltaban treinta minutos para la clase, y la novia de su mejor amigo, la gótica más deseada de la facultad y la nerd del salón estaban desnudándose y adorándolo como a un dios en el suelo.
Sacó su miembro del pantalón, que saltó completamente erecto, rígido y venoso, pulsando por la adrenalina del momento. Akane y Vanessa se disputaron de inmediato la punta, comenzando a lamerlo y a succionarlo con una devoción salvaje, metiendo la longitud en sus bocas mientras Beatriz continuaba a cuatro patas, moviendo el trasero hacia atrás, suplicando ser penetrada.
Mateo agarró a Vanessa del cabello largo, jalándola hacia arriba.
—Ponte en la banca, Vanessa. Vas a ser la primera. Quiero ver cómo gimes mientras tu novio Zack cree que estás en clase.
—Sí, Mateo... tómame, soy tu perra —gimió Vanessa, subiéndose a la paleta de la banca de madera de espaldas, abriendo sus piernas largas de par en par y quitándose las bragas blancas de un tirón. Su intimidad estaba completamente empapada, destilando lubricación por el trance absoluto del 6.
Mateo se posicionó entre sus piernas, le sujetó los muslos con fuerza y se hundió en ella de un solo golpe limpio y profundo, penetrándola hasta el fondo.
—¡Ahhh... Dios, Mateo! —gritó Vanessa, arqueando la espalda en la banca, apretando los hombros de su nuevo dueño mientras él comenzaba a embestirla con una violencia y un ritmo brutal. Los cuerpos chocaban ruidosamente en el aula vacía.
Mientras penetraba a Vanessa, Beatriz se acercó por el costado, pegando su enorme trasero desnudo contra el muslo de Mateo, buscando el roce, mientras Akane se colocaba debajo de ellos, lamiéndole los testículos a Mateo y masturbándose a sí misma de frente a la escena, con los ojos desorbitados por el placer de la sumisión permanente.
Mateo aceleró las embestidas en el interior estrecho de Vanessa, dándole golpes rápidos que hacían eco en las paredes del salón. La sensación de tener el control eterno de sus vidas lo llevó rápidamente al éxtasis. Cambió de posición, sacó su miembro lleno de flujo de Vanessa, quien quedó temblando en la banca, y se colocó detrás de Beatriz. Agarró sus enormes nalgas góticas, abriendo el canal, y la penetró por el ano con fuerza, haciéndola soltar un grito agudo que ahogó mordiéndose su propio brazo.
El vaivén rudo y continuo con el trasero de Beatriz lo llevó al límite en pocos minutos. Sabiendo que el tiempo corría, Mateo la jaló del cabello hacia atrás y se vino con fuerza, llenándole el trasero de una densa capa de semen que escurrió por sus muslos.
Al terminar, se acomodó la ropa rápidamente mientras las tres chicas permanecían en sus posiciones, desnudas, mirándolo con adoración inmutable, completamente transformadas para siempre. Mateo miró hacia la puerta del salón; el nivel 6 era real. Había creado un harén permanente en la universidad y nadie, absolutamente nadie, sospecharía jamás del origen de su poder.
La clase de Ingeniería de Control transcurrió como un rumor de fondo para Mateo. El profesor llenaba el pizarrón con diagramas de bloques y ecuaciones de transferencia, pero la mente de Mateo estaba ocupada mapeando un sistema de control mucho más real y absoluto.
De vez en cuando, el juego de miradas en el salón se volvía adictivo. Vanessa, sentada al lado de Zack, jugaba con un mechón de su cabello largo mientras mantenía la espalda erguida, pero cada que el profesor se giraba para escribir, ella buscaba el reflejo de Mateo en los cristales de las ventanas o volteaba descaradamente con una seriedad que a Zack le parecía simple distracción. Unas bancas más allá, Beatriz mantenía su postura relajada, sus prominentes curvas góticas desbordando los límites de la estrecha silla de madera, emanando una vibra de absoluta disponibilidad que solo Mateo sabía descifrar. Akane seguía escribiendo, pero sus trazos ya no eran bocetos de manga cualquiera; Mateo alcanzó a notar desde atrás que dibujaba siluetas arrodilladas, figuras de sumisión que reflejaban la nueva estructura de su cerebro.
Cuando el timbre anunció el final de la clase y el inicio del cambio de hora, el salón se convirtió en un caos de mochilas y murmullos. Zack se estiró, bostezando, y volteó hacia Mateo.
—Oye, Mateo, voy a ir a las canchas con los de civil a jugar una reta rápido. ¿Vienes o qué? Vane se va a quedar en la biblioteca adelantando lo del proyecto.
Mateo miró a Vanessa de reojo. Ella permanecía guardando sus cosas con una calma perfecta, esperando su verdadera orden con los hilos invisibles del nivel 6 bien tensados.
—No, dale tú, Zack. Tengo que revisar unos detalles de la materia de De la Garza —respondió Mateo con una sonrisa tranquila.
—Va, nos vemos al rato entonces. Te la encargo, amor, no te vayas a quedar dormida en los cubículos —le dijo Zack a Vanessa, dándole un rápido beso en la frente que ella recibió con la misma indiferencia robótica de antes.
En cuanto Zack salió del aula junto con la mayoría del grupo, el salón volvió a quedar semivacío. Solo quedaban unos pocos alumnos rezagados saliendo por la puerta delantera. Vanessa se colgó la mochila al hombro y caminó hacia la parte de atrás, deteniéndose justo al lado de la banca de Mateo. Beatriz y Akane hicieron lo mismo, cerrando el espacio a su alrededor como tres guardaespaldas personales, tres extensiones de su propia voluntad.
—¿Cuáles son tus órdenes para el resto del día, mi amo? —preguntó Vanessa en un susurro impecable, con los ojos fijos en él, completamente desprovista del orgullo que antes presumía por los pasillos.
Mateo las miró desde su asiento, saboreando el peso del dado negro en su bolsillo. El nivel 6 no tenía fecha de caducidad; eran suyas hoy, mañana y siempre.
—Vanessa, ve a la biblioteca como le dijiste a Zack, pero búscame un cubículo privado en el tercer piso, de los que tienen la puerta de madera sólida. Akane, acompáñala y asegúrate de que nadie se acerque. Beatriz... tú te vas a quedar conmigo. Vamos a dar una vuelta por los laboratorios del edificio B, quiero ver qué tan dócil eres cuando caminamos entre la multitud.
—Sí, Mateo —respondieron las tres al unísono, sus voces conectadas por la misma devoción inmutable.
Vanessa y Akane se dieron la vuelta y salieron del salón a paso rápido para cumplir su encomienda. Beatriz se quedó de pie, acomodándose la mochila, dejando que su mirada oscura devorara a Mateo. Su enorme trasero gótico, aún marcado sutilmente por la intensidad del encuentro previo, se movió con pesadez cuando él se puso de pie y le indicó con un ademán que caminara delante de él.
Al salir al pasillo principal de la facultad, el flujo de estudiantes era denso. Cientos de alumnos caminaban apurados, saludándose, cargando planos y libros. Mateo caminaba un paso por detrás de Beatriz, deleitándose con la forma en que los estudiantes de semestres inferiores se volteaban para admirar el imponente cuerpo de la gótica, sus caderas anchas y el vaivén hipnótico de su falda. Ninguno de esos idiotas se imaginaba que esa mujer, el deseo inalcanzable de media facultad, caminaba con el cerebro completamente reprogramado, respondiendo únicamente al chico ordinario de 19 años que iba detrás.
En un momento en el que cruzaron por el pasillo oscuro que conectaba con los laboratorios de simulación, Mateo aceleró el paso y se colocó justo a su lado. Con total audacia, deslizó su mano por debajo de la falda oscura de Beatriz, apretando una de sus enormes y firmes nalgas desnudas a la vista de cualquiera que pudiera voltear en ese segundo.
Beatriz no se sobresaltó, no se quejó, ni intentó apartar la mano de Mateo. Al contrario, su cuerpo asimiló el toque lascivo con una sumisión absoluta; arqueó ligeramente la pelvis hacia atrás para facilitarle el agarre y continuó caminando con la vista al frente, manteniendo su rostro serio e impasible de siempre frente a los extraños.
—Me encanta cómo me tocas frente a todos, mi amo... —murmuró Beatriz con su voz grave, sin alterar el paso—. Mi cuerpo es tuyo, haz conmigo lo que quieras en medio de este pasillo si así lo deseas.
Mateo retiró la mano lentamente, sintiendo que el corazón le daba un vuelco de pura omnipotencia. El nivel 6 era perfecto: discreción absoluta por fuera, sumisión pornográfica por dentro.
—Guarda esa energía, Beatriz —le susurró al oído, rozando sus labios con el lóbulo de su oreja—. Vamos al tercer piso de la biblioteca. Tus compañeras ya deben tener todo listo para nosotros.
Caminaron hacia el edificio central, listos para encerrarse a puerta cerrada donde las tres esclavas permanentes de su nuevo imperio universitario estaban a punto de descubrir hasta dónde estaba dispuesto a llegar su dueño.
Mateo y Beatriz caminaron a paso firme hacia el edificio central de la biblioteca, cruzando el patio principal donde varios grupos de estudiantes mataban el tiempo platicando en las jardineras. El contraste era una locura: por fuera, Beatriz mantenía su porte gótico, serio e imponente, pero Mateo podía sentir la tensión sumisa de su cuerpo, lista para romperse en cuanto él diera la orden.
Mientras avanzaban por el pasillo techado que conectaba el edificio de aulas con la biblioteca, Mateo divisó una silueta familiar que venía en dirección opuesta, cargando una carpeta de argollas y unos exámenes impresos. Era la ingeniera Diana de la Garza. Traía el cabello recogido de nuevo en su chongo impecable, sus lentes de armazón grueso y un traje sastre de falda gris que le daba un aire de autoridad inalcanzable. Varios alumnos de semestres inferiores se hacían a un lado para dejarla pasar, saludándola con timidez.
Sin embargo, en cuanto los ojos de la profesora se cruzaron con los de Mateo, toda esa fachada rígida flaqueó por una fracción de segundo. Sus pupilas se dilataron y el destello del nivel 5 brilló con fuerza en su mirada, recordando perfectamente la humillación placentera que había vivido en su oficina.
Mateo no se detuvo, pero al pasar justo al lado de ella, redujo el paso y le habló en un susurro cargado de una autoridad fría y lasciva, aprovechando el ruido del pasillo:
—Diana... Da la vuelta ahora mismo. Vas a venir con nosotros al tercer piso de la biblioteca. Nos vamos a encerrar en un cubículo privado y vas a tener sexo conmigo junto con mis otras tres esclavas. Muévete.
El nivel 5 reaccionó al instante. Diana se cortó a mitad de la respiración. Sin cuestionar la orden, sin importarle que estuviera en medio del pasillo de la facultad donde cualquiera de sus colegas o directivos pudiera verla, se dio la vuelta de forma fluida. Acomodó la carpeta contra su pecho, asumiendo una postura discreta pero con una mirada de absoluta sumisión y anticipación carnal fija en la nuca de su alumno.
Beatriz miró de reojo a la profesora integrándose a la marcha, pero debido al efecto permanente del nivel 6, su mente no procesó celos ni sorpresa; simplemente aceptó a Diana como un juguete más al servicio de su único amo.
El trío subió por las escaleras de la biblioteca hasta el tercer piso, la zona más silenciosa y apartada del edificio, donde los cubículos de estudio individual y grupal estaban protegidos por pesadas puertas de madera sólida con apenas una pequeña mirilla de cristal opaco. Al fondo del pasillo, apoyadas contra la pared, Vanessa y Akane esperaban impacientes.
Al ver llegar a Mateo flanqueado por la gótica y por la temida ingeniera de la Garza, los ojos de Vanessa y de la nerd otaku se encendieron con una devoción salvaje.
—Ya está listo, mi amo... —susurró Vanessa, abriendo la puerta del cubículo número 7—. Conseguimos el más apartado y nos aseguramos de que nadie nos viera.
Mateo entró primero, seguido por Diana, Beatriz, Vanessa y Akane, quien cerró la pesada puerta de madera detrás de sí y le pasó el pestillo con un sutil clic. El espacio era reducido: apenas una mesa de madera rectangular, cuatro sillas y el espacio justo para moverse, iluminado por una luz blanca que volvía la atmósfera aún más clandestina y sofocante.
El ambiente se cargó de una tensión sexual brutal en un segundo. La ingeniera de la Garza dejó caer sus carpetas sobre la mesa, ignorando por completo su rol de profesora, y miró a Mateo con los labios entreabiertos, mientras las otras tres chicas se colocaban en fila, desbordantes de una obsesión eterna, esperando que su dueño dictara cómo comenzaría el festín carnal en pleno corazón de la universidad.
Mateo se colocó en el centro del cubículo, apoyando la espalda contra el borde de la mesa de madera. El espacio era tan reducido que el calor de los cuerpos de las cuatro mujeres comenzó a elevar la temperatura de la habitación en pocos segundos, mezclando el perfume fino y maduro de la ingeniera Diana con la fragancia juvenil de Vanessa y el aroma a sudor nervioso de Akane.
—Desnúdense todas. Ahora —ordenó Mateo con una voz que detonó la sumisión inmediata en el lugar.
La respuesta fue un espectáculo de obediencia carnal. Diana, la ingeniera de la Garza, se llevó las manos a la espalda para bajarse el cierre de su falda gris sastre, dejándola caer al piso junto con sus zapatillas. Con dedos rápidos desabotonó su blusa, exponiendo sus pechos maduros y generosos, cuyos pezones oscuros ya estaban completamente erectos, presionando contra el encaje de su sostén.
A su lado, Vanessa y Beatriz se desvestían con una sincronía perfecta. Vanessa se quitó los jeans y sus bragas blancas con movimientos urgentes, exponiendo sus piernas largas y estilizadas, y una intimidad que ya goteaba un flujo transparente y abundante por la pura excitación psicológica del nivel 6. Beatriz, la gótica, se deslizó la playera oscura por la cabeza, liberando un busto descomunal que rebotó pesadamente en el aire, antes de bajarse las bragas de encaje y dejar al descubierto su enorme y redondeado trasero, completamente expuesto y temblando de anticipación. Akane, la nerd otaku, se quitó los lentes con manos temblorosas y se deshizo de su ropa en un instante, quedando completamente desnuda, mostrando un cuerpo esbelto y menudo que contrastaba con la madurez de la profesora y las curvas masivas de la gótica.
Mateo no perdió el tiempo. Se desabrochó el pantalón y se lo bajó junto con los boxers. Su miembro saltó al frente, completamente rígido, venoso y al tope de su capacidad, pulsando por la brutal carga de adrenalina.
—Akane, Diana, al suelo. Pónganse de rodillas y prepárenlo —mandó Mateo.
La profesora de 38 años y la estudiante otaku se arrodillaron de inmediato sobre el piso de linóleo del cubículo. Diana, perdiendo toda la dignidad de su estatus académico, abrió la boca y comenzó a lamer la base del miembro de Mateo, usando su lengua madura para recorrer las venas hinchadas, mientras Akane envolvía la punta con sus labios, succionando con fuerza y desesperación, provocando un sonido húmedo y constante que llenó las cuatro paredes del cubículo. Mateo les agarró el cabello a ambas, empujando su pelvis hacia adelante, hundiéndose alternadamente en sus bocas, disfrutando del calor y de la saliva que lubricaba por completo su virilidad.
Mientras tanto, Vanessa y Beatriz se acariciaban mutuamente los pechos frente a él, restregando sus cuerpos desnudos, gimiendo bajo el influjo del control permanente, esperando su turno con los ojos desorbitados por el deseo.
—Suficiente —dijo Mateo, jalando a Diana del cabello hacia arriba—. Diana, apóyate contra la mesa. Vas a recibirlo primero.
La ingeniera de la Garza obedeció con un gemido sumiso. Se giró, colocó los antebrazos sobre la mesa de madera, justo al lado de sus carpetas de apuntes, y arqueó la espalda de forma exagerada, elevando sus glúteos maduros y firmes. Mateo se colocó detrás de ella, le sujetó la cintura con fuerza, hundiéndole los dedos en la carne, y apuntó su miembro empapado en saliva directamente hacia su entrada. Con un empuje violento y profundo, se introdujo en ella hasta el fondo de un solo golpe.
—¡Ahhh... Dios, Mateo! ¡Sí! —gritó la profesora, mordiéndose el labio inferior mientras sus pechos maduros se aplastaban contra la madera con cada embestida.
Mateo comenzó a darle golpes brutales, sacando casi toda la longitud para luego volver a hundirse con fuerza, provocando un eco ruidoso de carne chocando contra carne en el cubículo cerrado. El interior de la ingeniera estaba sumamente caliente y estrecho, apretando el miembro de Mateo en cada vaivén.
—Vanessa, ven aquí —ordenó Mateo sin dejar de bombear a la profesora.
Vanessa se acercó de inmediato por el frente de la mesa, se subió al borde y se colocó a gatas, quedando cara a cara con Diana. Mateo, mientras continuaba penetrando rudamente a la profesora por detrás, estiró los brazos para agarrar a Vanessa por la nuca, jalándola para darle un beso lascivo y profundo, mientras la mano libre de Mateo bajaba a la intimidad de Vanessa, introduciendo dos dedos en su vagina completamente empapada, haciéndola gritar de placer en medio del beso.
Beatriz, la gótica culona, no se quedó atrás. Al ver a su dueña ocupado, se colocó detrás de Mateo, pegando su enorme y pesado trasero desnudo contra la espalda de él, frotando su propia intimidad húmeda contra las nalgas de Mateo con movimientos rítmicos y desesperados, buscando cualquier rastro de fricción. Akane, por su parte, se arrastró por debajo de la mesa y comenzó a lamer los muslos de Diana y los testículos de Mateo en pleno acto, completamente sumergida en el frenesí de la sumisión colectiva.
Mateo cambió el ritmo, aumentando la velocidad de las embestidas en el interior de la ingeniera de la Garza. Los gemidos de Diana se volvieron más agudos y rotos, perdiendo cualquier rastro de la mujer fría de las aulas; ahora era solo una hembra sometida al placer de su alumno. Las carpetas de cálculo temblaban y se deslizaban por la mesa debido al violento movimiento de los cuerpos.
Después de decenas de golpes profundos que dejaron el vientre de Diana enrojecido, Mateo se salió de ella con un sonido húmedo. Diana se dejó caer sobre la mesa, jadeando, con el interior de sus muslos goteando.
—Beatriz, tu turno. Ponte en la silla, de espaldas a mí —mandó Mateo, con la respiración entrecortada y el miembro brillando por los fluidos.
Beatriz, la gótica, se sentó de inmediato en una de las sillas de plástico del cubículo, abriendo sus enormes piernas de par en par y sujetándose de los descansabrazos, levantando un poco la pelvis para ofrecer su exuberante anatomía. Mateo se paró frente a ella, le tomó los muslos gruesos y se hundió en su estrecha vagina de un solo empuje limpio.
—¡Ohhh... sí, mi amo! ¡Rómperma toda! —bramó Beatriz con su voz grave, arqueando el torso hacia atrás mientras su descomunal busto rebotaba con violencia ante el impacto.
Mateo la tomó por los hombros y comenzó a embestirla con una fuerza salvaje, levantándola casi de la silla con cada golpe. La estrechez de la gótica era masiva, atrapando el miembro de Mateo con una presión que lo llevaba al límite del éxtasis. Mientras le daba golpes rápidos, Vanessa se acercó por el lado, ofreciéndole sus pechos a Mateo para que los mordiera y los apretara, llenando el cubículo de una sinfonía de gemidos, sudor y el olor penetrante del sexo explícito.
El encuentro seguía subiendo de tono, las energías no disminuían y las cuatro mujeres continuaban completamente dispuestas, turnándose para recibir la virilidad de Mateo en un ciclo interminable de dominación y placer dentro del cubículo de la biblioteca.
El ritmo en el cubículo número 7 se volvió frenético. La falta de espacio, lejos de ser un obstáculo, intensificaba el roce constante de la piel sudorosa y multiplicaba los estímulos para Mateo. Las cuatro mujeres se movían con una urgencia animal, completamente coordinadas por los hilos invisibles de los niveles 5 y 6. El aire se sentía espeso, saturado de las exhalaciones calientes y el olor penetrante del sexo descontrolado en pleno corazón de la biblioteca.
Mateo continuaba embistiendo a Beatriz con fuerza, hundiéndose en su carne con golpes rítmicos y pesados. Los gemidos graves de la gótica resonaban contra el plástico de la silla, mientras sus manos se aferraban a los bordes con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Cada impacto hacía que sus masivos glúteos vibraran, envolviendo el miembro de Mateo en un calor asfixiante que amenazaba con restarle el control.
—Vanessa, no te quedes ahí mirando —jadeó Mateo, sin detener el bombeo—. Ponte frente a Beatriz. Deja que te use mientras termino con ella.
Vanessa obedeció al instante. Se arrodilló sobre la silla contraria, inclinándose sobre la mesa para juntar sus labios con los de Beatriz en un beso lascivo y profundo, mezclando sus salivas mientras Mateo la penetraba por detrás. Las manos de Vanessa bajaron de inmediato hacia los enormes pechos de la gótica, apretándolos y retorciendo sus pezones oscuros al compás de las embestidas de Mateo.
Por su parte, la ingeniera Diana de la Garza se había recuperado un poco del primer asalto. Lejos de mostrar la compostura de una académica de 38 años, se arrodilló al costado de la silla de Beatriz. Miró a Mateo con ojos suplicantes, completamente dilatados por el trance.
—Mateo, por favor... déjame ayudarte —murmuró Diana con voz sumisa.
Sin esperar una respuesta verbal, la profesora estiró la mano hacia la zona donde el miembro de Mateo entraba y salía de Beatriz. Comenzó a lamer y a succionar la base del miembro y los testículos de su alumno con cada retroceso, usando sus dedos maduros para estimular el perineo de Mateo, incrementando el placer del joven hasta niveles insoportables. Al mismo tiempo, Akane, la nerd otaku, se colocó detrás de Mateo, lamiéndole la espalda sudorosa y subiendo las manos para acariciarle el pecho, gimiendo de forma histérica cada vez que escuchaba el crujir de la silla.
Mateo sintió que la cabeza le daba vueltas por la omnipotencia de la escena. Sabiendo que Beatriz estaba a punto de llegar al orgasmo por la forma en que sus músculos vaginales se contraían en espasmos dóciles, la sujetó con firmeza de las caderas, dio tres embestidas rápidas y profundas, y se salió de ella con un chasquido húmedo. Beatriz soltó un quejido de frustración y placer, dejándose caer hacia adelante sobre las piernas de Vanessa.
—Akane, a la mesa. Ahora —ordenó Mateo, con el miembro completamente empapado y apuntando hacia el techo.
La chica otaku chilló de la emoción y se subió a la mesa de madera de un solo brinco, apartando los apuntes de la ingeniera de la Garza, que terminaron volando por el suelo del cubículo. Se colocó bocarriba, jalando sus propias piernas torneadas hacia su pecho, abriendo su intimidad de par en par. Su vulva era pequeña y rosada, completamente lubricada por la espera.
Mateo se colocó entre sus piernas y se dejó caer hacia adelante, apuntando la punta venosa en su estrechez y empujando con todo su peso.
—¡Ahhh... h-amo! —gritó Akane, abriendo los ojos de par en par mientras se le salían las lágrimas por la intensidad de la penetración. El interior de la nerd era el más ajustado de las cuatro, abrazando la longitud de Mateo como un guante de seda caliente.
Mateo comenzó a follarla sin piedad, dándole golpes secos y rápidos que hacían que toda la mesa de madera se sacudiera violentamente contra la pared del cubículo, provocando un golpeteo constante. Vanessa y Diana se colocaron a los lados de la mesa, besando los pechos medianos de Akane y estimulándole el clítoris con los dedos para maximizar su sumisión, mientras Beatriz se arrodillaba frente a Mateo para volver a tomar sus testículos en su boca, creando un circuito perfecto de carne, placer y control absoluto.
La sesión estaba lejos de terminar. A pesar de los múltiples orgasmos que las chicas comenzaban a acumular en el suelo y sobre la mesa, la resistencia que el dado les otorgaba las mantenía sedientas, listas para seguir recibiendo a su dueño durante todo el tiempo que él decidiera retenerlas bajo llave en ese cubículo.
El movimiento constante dentro del cubículo 7 no se detenía. La madera de la mesa crujía rítmicamente contra la pared con cada embestida que Mateo le daba a Akane. La pequeña nerd otaku tenía los ojos entreabiertos, completamente perdidos en el clímax de la sumisión permanente, mientras sus manos se aferraban a los hombros de Mateo buscando soporte.
—Muévete más rápido, Akane. Apriétame —le ordenó Mateo con la respiración totalmente agitada, sintiendo el sudor correrle por la frente y el pecho.
—Sí... ¡sí, mi amo! —exclamó ella en un chillido ahogado, encajándole las uñas en la espalda y arqueando la pelvis con violencia hacia arriba para recibir el miembro venoso hasta el fondo.
Al mismo tiempo, la ingeniera Diana de la Garza se acomodó a gatas sobre el piso de linóleo, justo debajo de donde la mesa vibraba. Levantó la mirada madura hacia Vanessa, quien permanecía de pie al borde, y comenzó a lamerle la entrepierna con una devoción dócil, mezclando los fluidos de ambas en una escena de total degradación de su estatus profesional. Vanessa jalaba el cabello de la profesora con fuerza, gimiendo en voz alta mientras observaba cómo Mateo dominaba a la menor del grupo.
Beatriz, sintiendo la enorme fricción de sus masivos glúteos góticos contra las piernas de Mateo, se arrodilló detrás de él. Envolvió la cintura de su dueño con sus brazos gruesos y tatuados, subiendo sus manos para apretarle el pecho y besarle los hombros con una obsesión insaciable.
—Mateo... eres un dios —murmuró Beatriz con su voz grave y pastosa—. Míranos a todas. Somos tus perras de por vida. No nos dejes nunca.
Mateo sintió un escalofrío de pura omnipotencia al escuchar las palabras de la gótica. El nivel 6 estaba demostrando ser una fuerza aterradora y perfecta. Cambió de posición una vez más; sacó su miembro de la estrechez de Akane, quien quedó temblando bocarriba sobre la mesa con los muslos espasmódicos, y miró a Vanessa.
—Vanessa, a la silla. Ponte de espaldas a mí y levanta el culo —le ordenó con un tono que no admitía réplica.
Vanessa bajó de la mesa de un salto, se colocó en la silla de plástico donde antes había estado Beatriz y apoyó el pecho contra las rodillas, elevando sus glúteos estilizados y firmes directamente hacia él. Mateo se paró detrás de ella, le abrió las nalgas con ambas manos y se hundió en su intimidad empapada de un solo golpe brutal.
—¡Ahhh... Mateo! —gritó Vanessa, arqueando la espalda por completo. Su novio Zack estaba probablemente afuera en las canchas de la facultad, completamente ajeno a que su novia estaba siendo poseída con total salvajismo en el tercer piso de la biblioteca.
Mateo comenzó a darle golpes profundos y continuos, haciendo que el cuerpo de Vanessa impactara ruidosamente contra el respaldo de la silla. Para aumentar el castigo carnal, Diana se acercó y se colocó de rodillas frente a Vanessa, ofreciéndole sus pechos maduros para que la joven los apretara mientras era penetrada, creando una cadena de estimulación ininterrumpida. Akane, arrastrándose desde la mesa, comenzó a lamer la base del miembro de Mateo en cada retroceso, manteniendo la lubricación al máximo.
La sesión continuaba extendiéndose, desafiando el cansancio físico gracias a la alteración psicológica que el dado negro mantenía congelada en las cuatro mujeres. Ninguna mostraba intenciones de detenerse; el cubículo 7 se había convertido en un templo de lascivia y dominación absoluta donde Mateo seguía dictando el ritmo, devorando los cuerpos de sus esclavas una y otra vez sin que el tiempo pareciera importar.
El sudor ya cubría por completo los cuerpos en el reducido cubículo. El calor era sofocante, pero ninguno de los cinco parecía registrar el cansancio físico; el espacio se había transformado en un ecosistema gobernado exclusivamente por la lujuria y la dominación. El roce de la piel húmeda, el sonido constante de las embestidas y los gemidos que rebotaban en las paredes de madera sólida creaban una atmósfera densa, casi irreal.
Mateo continuaba dándole golpes profundos a Vanessa, sosteniéndola con fuerza de las caderas delgadas mientras ella se aferraba al respaldo de la silla de plástico. Los impactos eran tan constantes que la silla se deslizaba unos centímetros sobre el linóleo, obligándola a jadear el nombre de Mateo con cada embestida.
—¡Más... dame más duro, Mateo! —suplicaba Vanessa, con el cabello castaño totalmente desordenado y pegado a su frente sudorosa—. Lléname... hazme tuya para siempre.
—Cállate y recíbelo —le respondió Mateo con voz ronca, acelerando el ritmo sin piedad.
Al ver la intensidad de su dueño, Beatriz se colocó justo al lado de la silla. Se arrodilló y comenzó a masajear sus propios pechos descomunales, frotando sus pezones oscuros antes de inclinarse para lamer el abdomen de Mateo, subiendo por sus costillas mientras él seguía poseyendo a Vanessa. Al mismo tiempo, la ingeniera Diana de la Garza, desprovista de cualquier rastro de la rigidez académica que la caracterizaba en los pasillos de la facultad, se posicionó frente a Beatriz, buscando sus labios para unirse en un beso profundo y lascivo, compartiendo el frenesí de la sumisión colectiva.
Akane, la nerd otaku, permanecía bocarriba en la mesa, pero estiraba los brazos hacia Mateo, buscando rozar sus piernas o sus manos, completamente obsesionada con mantener el contacto físico con su amo. Sus ojos redondos, sin los lentes, miraban al techo con una expresión de absoluto vacío psicológico, totalmente entregada a la reescritura permanente de su mente.
Mateo sintió que la presión en su miembro aumentaba de forma drástica. La estrechez de Vanessa y el juego de lenguas y manos a su alrededor lo estaban llevando al punto de no retorno. Decidió que era momento de cambiar el tablero una vez más antes del clímax definitivo.
Se salió de Vanessa con un chasquido húmedo, dejándola soltar un quejido de frustración y placer mientras se dejaba caer hacia adelante, temblando. Mateo miró a la profesora, quien de inmediato interrumpió el beso con Beatriz al notar la mirada de su dueño.
—Diana, de rodillas en la mesa —ordenó Mateo, señalando la superficie de madera donde las carpetas seguían tiradas—. Beatriz, ponte justo detrás de ella. Las quiero a las dos juntas.
La ingeniera de 38 años subió a la mesa con total docilidad, colocándose a cuatro patas, mostrando sus glúteos maduros y firmes. Beatriz se subió inmediatamente detrás, acomodándose en la misma posición, pegando su enorme y pesado trasero gótico contra la pelvis de la profesora. Mateo se posicionó detrás de Beatriz, tomándola por las curvas masivas de sus caderas, y se hundió en ella de un solo golpe limpio, haciéndola soltar un grito agudo que resonó en el cubículo.
El vaivén rudo y continuo con las dos mujeres en la mesa elevó la adrenalina en el cuarto al máximo. Vanessa y Akane se colocaron a los extremos, acariciando las piernas y los muslos de sus compañeras, mientras Mateo continuaba bombardeando a la gótica con una fuerza salvaje. La combinación de la madurez de la profesora, la exuberancia de la gótica y la devoción eterna de las estudiantes mantenía a Mateo en un estado de omnipotencia absoluta. El juego en la universidad estaba completamente bajo su control, y la sesión carnal en el cubículo 7 parecía no tener fin.
Mateo sentía que el cubículo número 7 se había convertido en un universo aparte, gobernado únicamente por el ritmo de sus embestidas. El choque constante de los cuerpos en la mesa de madera generaba un eco sordo, mientras el sudor de las cuatro mujeres se mezclaba en un ambiente cargado de un magnetismo animal y denso.
La gótica Beatriz gemía con su característica voz pastosa, arqueando la pelvis hacia atrás con una desesperación devota, totalmente amoldada al nivel 6. Justo enfrente de ella, la ingeniera Diana de la Garza se aferraba al borde de la madera, recibiendo el peso y los impactos indirectos de la masa de Beatriz contra su propio cuerpo. La profesora madura, con la mirada perdida y las pupilas dilatadas por el efecto del nivel 5, giraba el rostro para besar a Vanessa, quien se estiraba desde el suelo para lamerle el cuello y los pechos, manteniendo la cadena de placer en constante ebullición.
Mateo incrementó la velocidad, enterrando sus dedos en las amplias y firmes caderas de Beatriz. La combinación de tener a la mujer más imponente del campus sometida de por vida, y a la académica más estricta de la facultad sirviendo de apoyo carnal, le provocaba una oleada de superioridad que le nublaba el juicio.
—Amo... más duro... —rogaba Beatriz entre jadeos, balanceando su descomunal trasero—. Rompe a tu perra... úsame hasta que no pueda caminar...
Akane, arrastrándose desde el otro extremo de la mesa, se acomodó entre los brazos de Diana, buscando los labios de la profesora mientras sus manos bajaban a acariciarse a sí misma, completamente hipnotizada por la escena. Las carpetas de apuntes y los exámenes impresos que quedaban en la superficie terminaron de caer al piso, pisoteados y olvidados bajo el peso del desenfreno.
El clímax de Mateo se volvió inminente. La estrechez de Beatriz y el calor sofocante del cuarto lo empujaron al límite. Agarró a la gótica por el cabello oscuro, tirando de ella hacia atrás para profundizar el ángulo, y con cinco embestidas brutales y secas, se vació por completo dentro de ella. Un gruñido ronco escapó de su garganta mientras sentía las potentes pulsaciones de su propia eyaculación inundar el interior de Beatriz. La gótica soltó un grito quebrado, apretando los músculos vaginales en un espasmo dócil que maximizó el éxtasis de su dueño.
Mateo se quedó apoyado contra la espalda de Beatriz por unos segundos, recuperando el aliento, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Cuando se retiró lentamente, un hilo de fluido corrió por los muslos de la gótica, quien se dejó caer exhausta pero con una sonrisa de absoluta paz sobre la espalda de Diana.
El silencio volvió a reinar en el cubículo, alterado solo por las respiraciones fatigosas de las cuatro mujeres. Mateo se limpió de manera informal, se subió los boxers y los jeans, abrochándose el cinturón con una parsimonia fría. Miró a su alrededor: Diana, Beatriz, Vanessa y Akane permanecían desnudas, cubiertas de sudor y fluidos, mirándolo desde sus posiciones con una adoración inmutable, silenciosa y eterna.
El dado negro descansaba seguro en su bolsillo pequeño. Mateo miró la pequeña mirilla de cristal opaco de la puerta de madera. Afuera, la universidad seguía su curso normal; los estudiantes caminaban por los pasillos, Zack seguía jugando en las canchas y el mundo continuaba girando sin saber que en ese pequeño cubículo del tercer piso, Mateo acababa de consolidar un imperio secreto que nadie podría derrumbar jamás.
Mateo permaneció de pie un momento, contemplando el panorama con una frialdad implacable. En el reducido espacio del cubículo, las cuatro mujeres comenzaron a reincorporarse lentamente, moviéndose con esa gracia sumisa y desprovista de voluntad propia que el dado les había impuesto. La ingeniera Diana de la Garza se sentó en la orilla de la mesa de madera, con las piernas colgando y el cabello castaño completamente alborotado sobre los hombros; Beatriz se dejó resbalar hacia el suelo de linóleo, apoyando la espalda contra la pared mientras recuperaba el aliento; Vanessa y Akane se mantenían de rodillas a los lados, con las miradas fijas en los zapatos de Mateo, esperando la siguiente palabra de su dueño.
Mateo sacó su teléfono celular del bolsillo para revisar la hora. El reloj digital marcaba las 1:15 de la tarde. La reta de fútbol de Zack en las canchas de ingeniería solía extenderse casi dos horas, por lo que aún disponía de un margen de tiempo considerable antes de que el campus volviera a su flujo habitual de cambio de turno. El calor dentro del cubículo era denso, impregnado de sudor y fluidos, pero a Mateo no le importaba. El hambre de control que se había despertado en su pecho tras el éxito crítico del número 6 no se saciaba fácilmente.
—Diana —dijo Mateo, rompiendo el silencio con un tono de voz bajo pero firme.
La profesora de matemáticas avanzadas reaccionó al instante. Se acomodó los lentes de armazón grueso que habían quedado sobre la mesa y levantó la vista, mostrando un rostro dócil que contrastaba radicalmente con la severidad que solía imponer en el aula de clases.
—Sí, Mateo... dime —respondió con voz suave, desprovista de cualquier rastro de orgullo académico.
—Recoge tus cosas del suelo. Las hojas de los exámenes, tus carpetas, todo. No dejes una sola prueba de lo que pasó aquí —le ordenó Mateo, señalando los papeles que habían sido tirados durante el desenfreno carnal—. Y después, vas a sentarte en esa silla. Quiero que me expliques detalladamente cómo vas a alterar el sistema de calificaciones para que mi historial académico sea impecable, pero sin levantar una sola sospecha en la dirección.
—Por supuesto, mi amor... lo haré de inmediato —dijo la ingeniera, deslizándose de la mesa con total naturalidad para ponerse de rodillas en el suelo y comenzar a juntar las hojas impresas, acomodándolas en su carpeta de argollas con un esmero robótico, ignorando por completo que seguía completamente desnuda.
Mateo se giró hacia las otras tres chicas, quienes no apartaban los ojos de él. El nivel 6 operaba de un modo asombroso en la psique de Vanessa, Beatriz y Akane; no había rastro de la culpa, el pudor o el pánico que seguiría a un acto de esta magnitud en condiciones normales. Sus mentes asimilaban la sumisión absoluta en un espacio público de la universidad como la única realidad posible.
—Vanessa —continuó Mateo, dando un paso hacia la novia de su amigo—. Saca tu teléfono. Vas a mandarle un mensaje a Zack ahora mismo. Dile que el proyecto de la biblioteca se extendió y que te vas a quedar a comer conmigo y con las chicas para adelantar trabajo. Inventa cualquier excusa lógica.
Vanessa asintió con una seriedad mística. Estiró la mano hacia su mochila, sacó su dispositivo y, con dedos rápidos y precisos, redactó el mensaje de texto. Su rostro no mostraba el menor remordimiento por mentirle al chico con el que llevaba más de un año de relación; la programación mental del dado había borrado cualquier lazo afectivo previo, reemplazándolo por una obsesión eterna hacia Mateo.
—Ya está enviado, Mateo —informó Vanessa, guardando el teléfono y volviendo a adoptar una postura sumisa.
—Bien. Ahora, las tres van a escucharme con mucha atención —dijo Mateo, cruzándose de brazos y paseando la mirada por los cuerpos desnudos de sus compañeras—. El nivel de control que tengo sobre ustedes es permanente. Eso significa que a partir de hoy, sus vidas fuera de este salón no van a cambiar de cara al público. Vanessa, seguirás saliendo con Zack y actuando como su novia frente a todos, pero quiero que sepas que cada caricia o beso que le des va a ser completamente falso, una actuación mecánica para mantener el secreto a salvo. Tu cuerpo y tu mente me pertenecen solo a mí.
—Entendido, Mateo. Soy tu esclava y solo a ti te amo —respondió Vanessa con una devoción que helaba la sangre.
—Beatriz, Akane —añadió Mateo, mirando a la gótica y a la nerd otaku—. En la facultad seguirán siendo las mismas de siempre. No quiero escenas, no quiero miradas obvias en los pasillos ni murmullos entre ustedes. Si alguien nota que la chica gótica más deseada y la nerd del salón ahora son mejores amigas y andan detrás del alumno del fondo, todo el sistema se vendrá abajo. Cuando estemos en público, me ignorarán. Pero cuando les mande un mensaje con una ubicación, vendrán de inmediato, sin importar la hora o el lugar.
—Sí, dueño... como tú lo ordenes —murmuró Beatriz con su voz grave, acomodándose el cabello oscuro detrás de la oreja, mientras Akane asentía con un brillo de fanatismo en sus ojos.
Mateo se sentó en una de las sillas de plástico, disfrutando de la sumisión de su harén privado. La ingeniera Diana de la Garza terminó de organizar sus documentos y se sentó en la silla de enfrente, colocando la carpeta sobre sus piernas desnudas. Con una seriedad puramente técnica, comenzó a explicarle a Mateo cómo planeaba ingresar al sistema de la universidad para modificar las actas de evaluación continua, asignándole calificaciones de 8.5 y 9.0 de manera gradual para simular un progreso constante y natural que no despertara las alarmas del departamento de control escolar.
Mateo la escuchaba con atención, asintiendo de vez en cuando, maravillado por cómo el dado podía doblar la ética profesional de una mujer tan estricta sin alterar su capacidad intelectual. Mientras Diana hablaba de algoritmos de evaluación y fechas de entrega, Mateo estiró la pierna por debajo de la mesa, rozando con la punta de su zapato la intimidad de la profesora, quien continuó con su explicación técnica sin inmutarse, limitándose a abrir ligeramente las piernas para facilitarle el contacto, demostrando la perfecta calibración del nivel 5.
El plan estaba saliendo a la perfección. Mateo metió la mano en el bolsillo pequeño de su pantalón, acariciando la superficie lisa del dado negro mate. Había conquistado su casa, había sometido a su profesora y ahora tenía a tres compañeras de la facultad bajo un control eterno. El campus universitario se había transformado en su propio terreno de juego, y la tarde apenas estaba comenzando.
Pasaron un par de semanas desde aquel intenso mediodía en el cubículo 7 de la biblioteca, y Mateo comenzó a notar que la realidad a su alrededor se estaba reconfigurando sola, de una manera mucho más profunda y autónoma de lo que jamás imaginó.
Él pensaba que el nivel 6 del dado simplemente congelaba la sumisión para siempre, convirtiendo a las víctimas en robots biológicos que solo actuarían cuando él les diera una orden directa. Pero el éxito crítico ocultaba un efecto secundario absoluto, una directiva primordial arraigada en lo más profundo del cerebro de quienes recibían ese número: la iniciativa propia para el beneficio de su amo. Las mentes reescritas por el 6 no esperaban instrucciones; calculaban, planeaban y ejecutaban acciones por sí mismas para facilitarle la vida a Mateo, eliminar obstáculos y estar más cerca de él, todo de forma tan perfecta que parecía completamente natural ante los ojos del mundo.
El primer indicio de este fenómeno ocurrió un martes por la tarde. Mateo caminaba por el pasillo del edificio B cuando vio a Zack sentado en las bancas de concreto, con la mirada perdida y la cabeza entre las manos. Se veía completamente destrozado.
—¿Qué onda, Zack? ¿Qué pasó, cabrón? Te ves de la patada —preguntó Mateo, sentándose a su lado con su habitual máscara de amigo comprensivo.
—Vane, güey... —soltó Zack con la voz quebrada, pasando una mano por su rostro—. Rompió conmigo ayer en la noche. No lo entiendo. No hubo gritos, no hubo peleas. Simplemente se sentó conmigo y me dio una explicación tan lógica y madura que ni siquiera pude reclamarle nada. Me dijo que sentía que nuestras metas profesionales estaban tomando rumbos distintos, que la carga de la facultad la tiene rebasada y que necesita enfocarse al cien por ciento en sus proyectos individuales para no terminar odiándonos después.
Mateo se quedó helado por un segundo, procesando la información mientras le daba una palmada de consuelo en la espalda a su amigo.
—No mames, Zack... lo siento mucho. Pensé que ustedes dos iban en serio.
—Yo también, pero fue tan analítica al respecto que... no sé, tiene sentido. Me dolió en el alma, pero no pude decirle que no —susurró Zack, completamente resignado por las excusas impecables y válidas que Vanessa había diseñado.
En cuanto Zack se fue a su clase, Mateo se quedó solo en el pasillo, con la mente trabajando a mil revoluciones por minuto. Él nunca le había ordenado a Vanessa que terminara con su novio; explícitamente le había dicho que mantuviera la fachada. Sin embargo, la mente reprogramada de Vanessa había determinado por cuenta propia que romper con Zack de manera limpia era la mejor estrategia a largo plazo: eliminaba el riesgo de que el novio sospechara por las ausencias, le otorgaba a ella total libertad de horarios y le permitía estar disponible para Mateo a cualquier hora del día sin levantar una sola alarma en la facultad.
Y no era la única que estaba actuando bajo este efecto secundario invisible.
Esa misma semana, Mateo se llevó otra sorpresa al revisar el tablero de avisos del departamento de Ingeniería de Control. Akane, la nerd otaku, utilizando su impecable historial y su reputación de alumna modelo, se había postulado y ganado el puesto de jefa de laboratorio de cómputo y asistente de investigación. Lo que Mateo descubrió después es que, gracias a ese nuevo cargo, Akane ahora poseía las llaves maestras de los cubículos privados de simulación del edificio nuevo, un lugar con aislamiento acústico y acceso restringido las veinticuatro horas. Ella había alterado las bitácoras de reservación para dejar un horario fijo exclusivo, supuestamente para "mantenimiento de servidores", pero que en realidad era un espacio blindado y seguro para que su amo pudiera usarlo cuando quisiera.
Por su parte, Beatriz, la gótica culona, también había puesto en marcha su propia jugada autónoma. Sabiendo que Mateo se transportaba en camión todos los días y que eso limitaba sus movimientos, Beatriz utilizó sus redes sociales y sus contactos fuera de la escuela para conseguir un departamento en renta sumamente barato, a solo dos cuadras del campus universitario. Financió el depósito utilizando sus propios ahorros y el dinero de unos trabajos de diseño independientes que realizaba, todo con el único propósito de entregarle las llaves a Mateo y decirle que ese lugar ya era suyo, un centro de operaciones privado donde nadie vigilaría quién entraba o salía.
Una tarde, aprovechando que el pasillo de los laboratorios estaba completamente desierto, Mateo se reunió discretamente con las tres en el cubículo de servidores que Akane ahora controlaba. Las tres chicas se pararon frente a él en una fila perfecta, manteniendo sus posturas habituales para el exterior, pero con esa devoción religiosa y eterna en los ojos en cuanto la puerta se cerró con llave.
Vanessa dio un paso al frente, entregándole su teléfono celular.
—Ya no hay cabos sueltos con Zack, Mateo. Ahora soy completamente libre para ti, sin que él vuelva a buscarme o a sospechar por qué paso tanto tiempo contigo.
Beatriz sacó de su bolso un llavero con una calavera y lo depositó en la palma de la mano de Mateo, rozando sus dedos con una lentitud lasciva.
—Aquí tienes las llaves del departamento, mi amo. Está amueblado y listo. Nadie en mi familia ni en la facultad sabe de él; es exclusivamente para tu uso y para cuando quieras tenernos ahí adentro.
Akane se acomodó los lentes, mostrando una sonrisa de absoluta satisfacción personal por haber sido útil.
—Yo tengo el control de los accesos de este edificio ahora, Mateo. Nadie registrará tus entradas fuera de horario.
Mateo miró las llaves en su mano, luego el teléfono de Vanessa, y finalmente los rostros sumisos de las tres mujeres más deseadas y peculiares de su generación. Una oleada de adrenalina y un escalofrío de pura omnipotencia le recorrieron la espina dorsal al comprender la verdadera naturaleza del nivel 6. El dado negro no solo destruía la voluntad; creaba un ejército de mentes brillantes dedicadas exclusivamente a conspirar, planear y trabajar en secreto para construirle un imperio perfecto. Ellas pensaban por él, se sacrificaban por él y eliminaban los riesgos antes de que él mismo pudiera anticiparlos.
Se guardó las llaves en el bolsillo, acariciando el dado negro mate que descansaba junto a ellas, dándose cuenta de que el juego en la universidad ya no era solo una fantasía de dominación; se había convertido en una maquinaria perfecta y auto-sostenible que estaba a punto de expandirse por completo.
Mateo se quedó unos instantes en silencio, mirando las llaves del departamento en la palma de su mano y escuchando las explicaciones de las tres chicas. La revelación de lo que el número 6 era capaz de hacer le causó un profundo vuelco en el estómago, una mezcla de shock y absoluta fascinación. El dado no solo borraba la resistencia; convertía a sus víctimas en agentes activos que conspiraban por iniciativa propia para pavimentar su camino. Aunque una parte de él se sintió abrumada por la velocidad con la que Vanessa había destruido su relación con Zack, entendió que ya no había marcha atrás. Las piezas se habían movido solas y el beneficio para él era innegable.
—Excelente trabajo, muchachas —dijo Mateo, guardando las llaves y mostrando una sonrisa de absoluta superioridad—. Sigan actuando así. Mantengan el perfil bajo afuera y esperen mi llamado.
Las tres asintieron con esa mirada mística y devota, retirándose discretamente del laboratorio de cómputo una por una.
Cuando las clases del día finalmente terminaron, Mateo tomó el camión de regreso a su casa. Durante el trayecto, su mente no dejó de maquinar. El éxito en la universidad lo había dejado hambriento de más control en su propio núcleo. Recordó que en su casa las cosas estaban desiguales: Valeria ya estaba bajo el dominio total del nivel 5, y su madre, Elena, junto con su otra hermana (Sofía), estaban en el nivel 4. Sin embargo, Camila y Natalia seguían rezagadas en los niveles 2 y 3, manteniendo todavía demasiada independencia y destellos de sus viejas actitudes perezosas o distantes.
"Es hora de nivelar el tablero en casa", pensó Mateo con frialdad. "Mínimo todas tienen que estar en un nivel 4 o 5 para que la armonía sea absoluta".
Al cruzar la puerta de la casa, la tarde caía lentamente. El ambiente era tranquilo. En la sala se encontró precisamente con Camila y Natalia; Camila estaba tirada en el sillón quejándose en voz baja del calor, mientras Natalia ordenaba unos bocetos con desgano.
—Camila, Natalia, vengan un momento a mi cuarto. Necesito que me ayuden a mover unos muebles pesados y a revisar una cosa —les dijo Mateo con un tono firme que no admitía réplicas.
Ambas, condicionadas ya por los efectos bajos del dado, se levantaron sin protestar demasiado. Lo siguieron por las escaleras en silencio y entraron a su habitación. En cuanto estuvieron adentro, Mateo cerró la puerta con cuidado y le pasó el seguro, haciendo que las dos hermanas voltearan a verlo con curiosidad.
Sin darles tiempo a reaccionar o preguntar, Mateo metió la mano en su bolsillo, sacó el dado negro mate y lo lanzó con fuerza sobre la superficie de su cama. El cubo siseó en el aire, giró sobre las cobijas y se detuvo de golpe.
Mateo se inclinó para observar el punto blanco. Rezaba internamente por un número alto que las alineara con las demás.
Un 5.
Otra tirada perfecta. El nivel de sumisión absoluta se activó instantáneamente en la habitación, expandiendo una densa vibración que golpeó las mentes de Camila y Natalia.
El cambio fue inmediato y radical. La actitud perezosa y quejumbrosa de Camila se evaporó; sus ojos se abrieron un poco antes de perder esa chispa de rebeldía ordinaria, cambiándola por un brillo de profunda y dulce docilidad. Natalia soltó un leve suspiro, enderezó la postura y su rostro se suavizó por completo, adoptando una fisonomía de entrega absoluta. Ahora, con ellas dos, ya eran tres mujeres de su familia directa atrapadas en el nivel 5, sumadas a la devoción protectora de su madre y Sofía en el nivel 4.
—¿Qué necesitas que hagamos por ti, Mateo? —preguntó Camila con una voz sumamente suave y dócil, arrastrando las palabras con timidez mientras un leve rubor cubría sus mejillas.
—Estamos aquí para lo que tú nos pidas, hermano... lo que sea —secundó Natalia, dando un paso al frente con las manos entrelazadas, completamente entregada a su voluntad.
Mateo las observó con una sonrisa de puro triunfo flotando en sus labios. Tenía a toda la casa bajo su completo dominio, una maquinaria perfecta de mujeres hermosas dispuestas a cumplir cualquier capricho. La adrenalina de saberse el dueño absoluto de su hogar despertó en él un pensamiento sumamente pervertido y audaz.
Caminó hacia la puerta, la abrió un poco y llamó al resto de la familia que estaba en la planta baja.
—¡Mamá! ¡Sofía! ¡Valeria! Suban un momento al cuarto, por favor. Necesitamos hablar todos aquí arriba —ordenó en voz alta.
A los pocos minutos, los pasos en las escaleras anunciaron la llegada del resto. Elena entró primero, luciendo su mirada protectora y maternal del nivel 4; Sofía la seguía con la misma actitud dócil, y Valeria entró al final, dedicándole a Mateo esa mirada cómplice, dócil y encendida del nivel 5 que guardaba desde la primera noche.
Las cinco mujeres de la casa estaban finalmente reunidas en el espacio cerrado de su habitación: su madre y sus cuatro hermanas, todas alineadas, con los ojos fijos en él, esperando sus instrucciones en un silencio sagrado. Mateo volvió a cerrar la puerta con llave, se giró hacia ellas y guardó el dado en el bolsillo. La noche apenas comenzaba, y estaba a punto de romper las últimas barreras de la moral en esa casa.
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Suerte / Lucky
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