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Chapter 5 by bla12 bla12

¿Cómo va su primer día?

Castigo

Bajo la atenta y gélida mirada de la Suboficial Costa, la formación se rehízo. El aire, cargado de burlas contenidas y el eco de las risas, parecía más pesado, más difícil de respirar para Magi. Cada grano de polvo adherido a la humedad de sus rodillas era un recordatorio punzante de su tropiezo. Intentó concentrarse en las instrucciones siguientes, una serie de movimientos de defensa personal, pero su mente era un torbellino de vergüenza y el cuerpo le respondía con la torpeza de lo sobre pensado.

El error llegó de la manera más estúpida. Durante un ejercicio de respuesta a un agarre por detrás, debía girar, flexionar las rodillas y liberarse. Lo había entendido, lo había visualizado. Pero cuando los brazos de su nuevo compañero, un muchacho de sonrisa fácil que ahora evitaba su mirada, la envolvieron, un fogonazo de pánico la recorrió. Se olvidó de flexionar. Forcejeó inútilmente, como un insecto atrapado, y en lugar de liberarse, su codo golpeó por accidente el mentón de su compañero con un ruido seco.

No fue un golpe fuerte, pero fue innegable. Un error mínimo, torpe, evitable.

Todo se detuvo.

El silencio fue instantáneo y absoluto. Ni siquiera el viento se atrevió a soplar. El compañero se llevó una mano a la barbilla, más sorprendido que lastimado, pero con los ojos abiertos por la incredulidad.

La Suboficial Costa no gritó. Su voz fue un filo de hielo que cortó el aire quieto.

—Cadete Rojas.

Magi se irguió, el corazón martilleándole en el pecho hasta en las sienes.

—Parece que la teoría no es suficiente. Parece que necesita una lección que su cuerpo recuerde incluso cuando su mente… se distrae —Costa caminó hacia ella, lentamente, cada paso una sentencia—. La falta de control es un lujo que no podemos permitirnos. Un error mínimo en la calle puede costarle la vida a usted o a su compañero. Aquí, solo le costará su comodidad.

Señaló con la cabeza hacia el centro del patio, donde había una tubería gruesa que sobresalía del suelo, con una llave de paso y una manguera enrollada. Era la que usaban para limpiar el asfalto.

—Colóquese bajo la tubería.

Un murmullo de incredulidad recorrió la fila de cadetes. Magi sintió que las piernas le flaqueaban. No podía ser en serio. Pero los ojos de acero de Costa no dejaban espacio para la duda.

Caminó hacia el lugar indicado, sintiendo cómo cada paso la alejaba de cualquier noción de dignidad. El polvo de su caída anterior se mezcló con el sudor frío que empezaba a brotar en su nuca.

—Abra la llave —ordenó Costa a otro cadete, que obedeció con movimientos rápidos y nerviosos.

El chorro, gélido y brutal, la impactó de lleno en la espalda. El shock fue tan violento que le arrancó un jadeo ahogado, un sonido animal que no logró contener. El agua helada del pozo de la academia la empapó al instante, convirtiendo el pesado uniforme de poliéster en una losa helada y pegada que se le adhirió a cada curva, a cada hueso. Su melena, recogida en un moño ya imperfecto, se soltó en mechones embarrados que se le pegaron al cuello y a la cara. El frío le mordió la piel, le robó el aliento, le hizo castañetear los dientes de forma incontrolable.

—Cierre la llave —dijo Costa, tras lo que pareció una eternidad de agua implacable.

El chorro cesó. Magi temblaba convulsivamente, hundida en sus botas llenas de agua. El uniforme, ahora oscuro y pesado, goteaba formando un charco a sus pies. Sentía cada hilo de la tela áspera, convertida en una lija helada, restregándose contra su piel entumecida.

La Suboficial Costa se paseó frente a los demás cadetes, que observaban en un silencio fúnebre.

—Esto es indisciplina. Esto es falta de control. Y esto —dijo, señalando a Magi, que temblaba como una hoja— es la consecuencia.

Luego, se volvió hacia ella.

—La formación continua, cadete. Así.

Las órdenes siguieron. Magi, empapada y helada hasta la médula, tuvo que seguir ejecutando los movimientos. Cada paso era un crujido de tela mojada y un chapoteo en sus botas. Cada giro era una ducha helada que se escurría por su espalda y pecho. El viento, ahora un verdugo adicional, silbaba a su alrededor, convirtiendo el frío en un dolor agudo y penetrante.

Las risas habían cesado. Ahora solo había una mirada colectiva de conmoción y, en algunos, un brillo de lástima o de cruel fascinación. Magi ya no sentía vergüenza. El frío extremo había quemado eso también. Solo sentía una hiperconsciencia brutal de su cuerpo: el castañeteo de sus dientes, el peso insoportable de la ropa, el roce cruel de las costuras mojadas, el aroma a polvo mojado y a cloro que subía de su uniforme. Y, sobre todo, la exposición total. La tela empapada se pegaba a su silueta de manera obscena, delineando cada contorno, cada curva, dejando nada a la imaginación. Era un espectáculo público de su humillación, un recordatorio físico y visible de su error.

Bajó la mirada, evitando los ojos de todos, fijándose en el charco que dejaba a su paso. El orgullo de llevar el uniforme se había ahogado en esa agua helada. Solo quedaba la crudeza del castigo, la lección brutal que su cuerpo, estremecido y ****, nunca olvidaría.

¿Cómo termina el día?

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