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Chapter 6 by bla12 bla12

¿Cómo termina el día?

Sin más accidentes

El silbato final de la Suboficial Costa sonó como un perdón condicional. El día había terminado. Los músculos de Magi, tensos por el frío y el esfuerzo forzado, le gritaban en cada movimiento. El uniforme, una segunda piel helada y pesada, seguía pegado a su cuerpo, exhalando un vapor fantasma en el aire cada vez más fresco de la tarde.

Ningún compañero se acercó a ella. Algunos le lanzaron miradas furtivas, rápidas, cargadas de una mezcla de morbo y lástima antes de desviar la vista y marcharse rápidamente, como si su humillación fuera contagiosa. Camino a los vestuarios, sus botas empapadas emitían un sonido obsceno de succión y chapoteo contra el asfalto, un ruido que parecía proclamar su vergüenza a cada paso.

En la ducha colectiva, con el agua caliente golpeando su piel entumecida, intentó lavarse la memoria junto con el frío. Pero el calor le devolvió la sensación con una crueldad inversa: la piel se le enrojeció y ardió, como si el castigo hubiera dejado una marca invisible pero persistente. Se vistió con su ropa de civil (la sudadera holgada, el jean gastado) que ahora le parecía un disfraz ridículo, la ropa de una persona que ya no existía. La mochila de lona, con sus libros dentro, le pesó en el hombro como un ladrillo de plomo.

El viaje en autobús fue un suplicio de miradas curiosas. Ella olía a cloro y a humedad, a institución. Se encogió en el asiento, mirando por la ventana cómo la ciudad, indiferente, seguía su curso.

Su departamento minúsculo, su santuario de silencio y libros, la recibió con una frialdad que nunca había sentido. Arrojó la mochila al suelo y se dejó caer en la silla frente a la pequeña mesa de madera. Las facturas seguidas acumuladas parecían burlarse de ella. Había conseguido el trabajo, sí. Pero a qué precio.

La noche fue larga. El uniforme, colgado grotescamente de una percha en la puerta de su armario, goteaba lentamente sobre una toalla tendida en el suelo. Cada plink... plink... era un metrónomo de su derrota. No tenía otro uniforme. No había presupuesto para ello, ni instrucciones para solicitarlo. Este, el que se le había entregado, grande y áspero, era su única armadura. Y ahora estaba profanado, empapado de humillación.

Lo planchó con una meticulosidad obsesiva, como dictaba el castigo de la Suboficial Costa. Una, dos, tres veces. La plancha silbaba, el vapor levantaba el olor a agua estancada y calor. Cada pliegue impecable que conseguía le recordaba la imposibilidad de borrar lo sucedido. La tela, ahora seca pero irrevocablemente marcada por la experiencia, le parecía aún más áspera, más hostil.

Al día siguiente, Magi se vistió con la solemnidad de un condenado. Esperaba las miradas, los comentarios, la continuación del suplicio. Pero no llegó.

La semana avanzó con una normalidad surrealista. Los mismos compañeros que la habían visto temblar empapada bajo el chorro de agua ahora pasaban a su lado sin verla. El cadete Rojas ya no la llamaba "libritos". La instructora Costa la trataba con la misma fría impersonalidad que al resto. Su error y su castigo habían sido, al parecer, una lección puntual, archivada. No era digna de más atención, ni siquiera de burla persistente.

Fue ese anonimato reinstaurado, esa indiferencia, lo que terminó de quebrarla de una manera más sutil y profunda. Su humillación había sido tan extrema, tan pública, que se había convertido en algo absurdo, en una anécdota del día que todos prefirieron olvidar. Ella era la cadete torpe a la que habían mojado. Y punto.

Nadie volvió a mencionarlo. Nadie le ofreció un uniforme nuevo. Nadie le preguntó si estaba bien.

Magi entendió entonces la verdadera naturaleza de su lugar allí. No era una igual que debía ganarse su respeto. Era un elemento disfuncional que debía ser corregido o, en su defecto, ignorado. El uniforme, ahora seco, pero eternamente marcado para ella, era su piel de paria. Cada vez que se lo ponía, sentía el eco helado del agua, el peso del ridículo, la áspera textura de la soledad absoluta.

Caminaba por los pasillos de la academia con la cabeza baja, pero ya no solo por inseguridad. Lo hacía para no tener que encontrar en los ojos de los demás el reflejo de su propia invisibilidad. El silencio que tanto había amado ahora era diferente: era el silencio del que sobra, el silencio que sigue a un grito que nadie quiso oír.

¿Qué pasa la próxima semana?

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