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Chapter 4 by bla12 bla12

¿Qué pasa el primer día?

Burlas

El patio de formación era un rectángulo de asfalto gris rodeado por edificios de ladrillo desgastado. El viento frío de la mañana se colaba por las holgadas partes de su uniforme, haciendo que la tela le restregara contra la piel como un recordatorio constante de su desubicación. Una treintena de cadetes, todos con el mismo uniforme pero que a ellos les sentaba como una segunda piel de autoridad, formaban filas impecables. Magi se colocó al final, intentando fundirse con la pared.

Su instructora, la Suboficial Valeria Costa, la misma mujer del vestuario, caminaba frente a ellos con una precisión de metrónomo. Su voz, cortante y clara, no necesitaba alzar el volumen para imponerse.

—La apariencia es la primera línea de respeto. Hacia la institución, hacia los ciudadanos y hacia ustedes mismos. Un uniforme desaliñado delata una mente desaliñada. Flojedad. Indisciplina.

Magi sintió que las palabras iban directas hacia ella, como dardos. Se irguió todo lo que pudo, intentando que la camisa no le formara ese bulto bochornoso en la cintura.

La formación se disolvió para el primer ejercicio práctico: técnicas básicas de inmovilización. Magi fue emparejada con un joven de espalda ancha y manos grandes llamado Rojas (no eran parientes, él se lo aclaró de inmediato con una sonrisa que no llegaba a los ojos). Él sería el agente, ella la "ciudadana resistente".

—No te preocupes, libritos —le dijo Rojas mientras la agarraba con brusquedad para practicar una llave—, yo te guío. He oído que eres la nueva cerebrito. Esto no es como resolver un problema en una pizarra.

El apodo "libritos" cayó sobre ella como un golpe sordo. Alguien había hablado. Alguien había contado su historia, sus libros, su beca. Su pasado académico, del que tanto se enorgullecía, era aquí un motivo de burla.

El ejercicio fue un suplicio. Cada movimiento de Magi era torpe, calculado en exceso donde debía ser instintivo. La fuerza de Rojas la hacía sentir frágil, como un pájaro atrapado en un puño. Él no perdía oportunidad de "corregirla" con un tono cargado de falsa paciencia.

—Así no, libritos. ¿No lees las instrucciones? Aquí se siente, no se piensa.

Las risas de los compañeros más cercanos eran como un zumbido molesto. No abiertamente crueles, pero sí cómplices. El sonido le quemaba las orejas.

La gota que colmó el vaso fue cuando, tras un giro mal ejecutado, el exceso de tela de su pantalón se enredó en sus propias botas y Magi cayó de rodillas contra el asfalto. El impacto le sacó el aire de los pulmones y una punzada de dolor le recorrió la rótula.

Un silencio abrupto se hizo, seguido de un estallido de carcajadas que ya no intentaron disimularse.

—¡Cuidado, que el manual de procedimientos no te cubre las caídas! —gritó una voz desde atrás.

—¿Le pido un uniforme de la talla infantil, Rojas? —añadió otro.

Rojas le tendió una mano para ayudarla a levantarse, pero su sonrisa era amplia y burlona.

—Tranquila, libritos. El asfalto no tiene por qué ser tan interesante. Levanta, que aquí no hay beca para los torpes.

Magi se levantó por sí misma, ignorando su mano. El polvo del patio había manchado sus rodillas de gris. Sintió el calor de la vergüenza subiéndole por el cuello, arrebolando sus mejillas bajo la mirada de todos. Sus ojos verdes, usualmente tan llenos de curiosidad, se nublaron con un brillo de humillación. Bajó la mirada fijándose en las motas de polvo en sus botas nuevas, deseando que la tierra se la tragara.

La Suboficial Costa observó la escena sin inmutarse.

—Cadete Rojas —dijo, y por un segundo Magi pensó que se dirigía a ella para compadecerse—. Limpie ese uniforme. La suciedad en el uniforme es una falta de respeto. Y usted —añadió, dirigiendo su fría mirada al otro Rojas—, si tiene tanta energía para el humor, la empleará en veinte flexiones adicionales. Ahora.

La orden no era para defenderla, era para mantener la disciplina. Magi lo entendió perfectamente. No era una persona, era un cadete desaliñado que estaba ensuciando el protocolo.

Mientras se sacudía el polvo, sintió que algo se quebraba dentro de ella. La frágil armadura de orgullo con la que había llegado estaba hecha añicos, exponiendo la carne viva de su inseguridad a las burlas y al frío viento de la mañana. La humillación no era un acto, era una sensación física: un ardor en la piel, un nudo en el estómago, el sabor amargo de la exposición forzada.

Y supo, con una certeza aterradora, que este era solo el primer día.

¿Cómo va su primer día?

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