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Capitulo 7

Chapter 7 by K45

Mike tragó saliva al sentir la firmeza del abrazo de Berenice y la calidez de su aliento rozándole el cuello. La mujer emanaba un aura de autoridad sensual e ineludible, la combinación perfecta entre la madurez elegante y el deseo desenfrenado.

—Vamos arriba —murmuró Berenice, tomándolo de la mano con fuerza posesiva y guiándolo hacia el interior de la casa.

Al cruzar el recibidor, la escena en la sala era casi surrealista para la mente de Mike. Taylor Swift estaba sentada en el sillón junto a la abuela Emma, mostrándole en su teléfono fotografías de sus giras y sonriendo con la sencillez de una nieta dedicada. Alis platicaba amablemente con Miriam y Azucena sobre recetas de cocina, totalmente integrada en la dinámica familiar. Por su parte, Evelyn, con los ojos aún ligeramente enrojecidos pero con una expresión de alivio absoluto, acomodaba unos cojines en el sofá.

En cuanto las cuatro mujeres notaron la presencia de Mike y Berenice caminando juntos hacia las escaleras, la conversación se pausó por un segundo.

—Papi, ¿ya estás más tranquilo? —preguntó Evelyn, poniéndose de pie con timidez y mirando a Mike con ojos suplicantes.

—Sí, Evelyn, todo está bien —respondió Mike con tono sereno, tratando de proyectar la figura paterna firme pero comprensiva que la realidad reescrita esperaba de él—. Ya hablé con tu madre y todo quedó aclarado.

Evelyn esbozó una sonrisa radiante y juntó las manos con devoción.

—Gracias, papi... Te prometo que voy a ser la mejor hija del mundo y jamás volveré a hacer una tontería para llamar tu atención —dijo con la voz temblorosa de emoción.

Taylor levantó la mirada desde el sillón y le dedicó a Mike un guiño coqueto y cómplice, recordando perfectamente lo ocurrido esa misma mañana, mientras Alis le brindaba una sonrisa cálida y llena de entendimiento.

—Ustedes sigan platicando con su abuela y sus tías —intervino Berenice con voz firme pero afectuosa, dirigiéndose a Taylor y Evelyn—. Su padre y yo tenemos asuntos muy importantes que discutir a solas en la habitación. No quiero que nos interrumpan por nada del mundo.

—Sí, mamá —respondieron Taylor y Evelyn al unísono, asintiendo con total respeto.

La abuela Emma miró a la pareja con una sonrisa maternal y complacida.

—Vayan con cuidado, hijos. Aquí nosotras nos encargamos de todo —dijo la anciana con absoluta naturalidad.

Berenice no esperó más. Jaló a Mike del brazo y lo llevó a través del pasillo del segundo piso hasta la recámara principal. Al entrar, Berenice cerró la puerta de golpe y le pasó el seguro de metal con un chasquido seco que resonó en toda la estancia.

La habitación era amplia, elegantemente decorada y dominada por una cama matrimonial de madera fina con sábanas de seda. En cuanto el seguro de la puerta quedó puesto, la compostura diplomática de Berenice se evaporó por completo.

Se giró hacia Mike con la mirada encendida de puro deseo, soltándose el cabello de un tirón para que cayera en ondas sobre sus hombros. Con pasos lentos y calculados, se acercó a él, desabrochando los botones de su blusa de seda uno por uno hasta dejarla caer al suelo, revelando un sostén de encaje negro que realzaba sus senos firmes y voluptuosos.

—Te he extrañado tanto a solas, mi amor... —susurró Berenice, pegando su cuerpo al de Mike y tomándole la cara con ambas manos para plantar un beso voraz y profundo en sus labios.

Mike correspondió al beso, sintiendo la suave textura de sus labios maduros y la pasión desbordante con la que ella lo buscaba. Berenice bajó las manos al pecho de Mike, desabrochándole la camisa con prisa y despojándolo de ella para acariciar su torso desnudo con sus uñas bien manicuradas.

—Sé que has estado rodeado de jovencitas... de Alis, de nuestras hijas... —continuó Berenice entre jadeos, bajando sus besos por la mandíbula y el cuello de Mike mientras le desabrochaba el cinturón del pantalón—. Pero ninguna de ellas sabe cómo complacer a un hombre de verdad como lo sé yo. Yo soy tu mujer, Mike. La que ha estado a tu lado, la madre de tu familia. Y hoy me vas a demostrar que sigo siendo la dueña absoluta de tu cuerpo.

Berenice se hincó frente a él con una gracia absoluta. Con movimientos ágiles, le bajó los pantalones y la ropa interior a Mike, dejando al descubierto su miembro erguido y palpitante. Al verlo, los ojos de la mujer madura brillaron con una mezcla de orgullo y lujuria.

—Miren nada más qué maravilla... —murmuró ella, rodeando la base del pene de Mike con su mano caliente y apretando suavemente—. Esta joya me pertenece a mí.

Sin dudarlo un segundo, Berenice inclinó la cabeza y tomó la cabeza del pene de Mike en su boca, envolviéndolo con sus labios carnosos y su lengua tibia. Comenzó a succionarlo con una técnica experta y pausada, provocando que Mike soltara un leve gemido y apoyara las manos sobre los hombros de ella. Berenice lo miró desde abajo con ojos provocativos mientras continuaba con el trabajo bucal, aumentando la intensidad y el ritmo hasta que sintió que Mike estaba en el punto máximo de rigidez.

Poniéndose de pie con elegancia, Berenice se despojó del resto de su ropa: el sostén de encaje y la falda ajustada cayeron al piso, dejándola completamente desnuda frente a él. Su cuerpo era espectacular, una figura madura perfectamente cuidada, de piel tersa, caderas amplias y un pubis delineado que invitaba al contacto.

Se caminó hacia la cama y se acostó de espaldas, abriéndose de piernas y mirándolo con una sonrisa devoradora.

—Ven aquí, Mike. Ven a tomar a tu esposa —le ordenó con voz ronca y seductora.

Mike se subió a la cama y se posicionó entre sus muslos. Se inclinó para besarla nuevamente mientras guiaba la punta de su miembro hacia la entrada de la vagina de Berenice, que ya se encontraba sumamente húmeda y lista.

Con un movimiento firme y decidido, Mike se introdujo en ella de una sola estocada profunda.

—¡Ahhh, Dios mío, Mike! —gritó Berenice, echando la cabeza hacia atrás y clavando las uñas en los hombros desnudos de Mike mientras sus paredes vaginales se estrechaban con fuerza alrededor del grosor de su miembro—. ¡Sí! ¡Mételo todo! ¡Siente cómo me abres al medio!

La sensación era increíblemente apretada y cálida. Berenice no era una novata; sabía perfectamente cómo contraer sus músculos pélvicos para maximizar el placer de ambos. Mike comenzó a embestirla con un ritmo potente y constante, marcando cada estocada con fuerza. Los gemidos de Berenice comenzaron a llenar la habitación, mezclados con el sonido rítmico del impacto de sus cuerpos y el crujido suave del colchón.

—¡Eso es, mi amor! ¡Demuéstrame que eres mío! —gemía Berenice sin ningún tipo de reserva, moviendo sus caderas al compás de los embates de Mike—. ¡Fóllame como la perra sumisa que soy para ti en esta cama! ¡Hazme sentir que soy tu esposa!

Mike aumentó la velocidad, tomándola firmemente de las caderas para clavarse aún más profundo en ella. La madurez y la pasión de Berenice eran arrolladoras; con cada estocada, la mujer buscaba el contacto total, abrazándolo con sus piernas largas y sujetándolo por la nuca para no perder el ritmo.

—¡Me voy a venir, Mike! ¡Me voy a venir con mi esposo! —exclamó Berenice con la voz entrecortada, apretando el cuerpo contra el suyo mientras sus paredes vaginales comenzaban a convulsionar en un orgasmo intenso y maduro.

Sentir las contracciones del clímax de Berenice apretándole el miembro fue el detonante final para Mike. Con una serie de embestidas rápidas, violentas y profundas, Mike llegó a su propio límite y se vació por completo dentro del vientre de Berenice, soltando un gemido ronco mientras las oleadas de semen caliente llenaban su interior.

Berenice soltó un último suspiro de éxtasis, rodeándolo con los brazos y las piernas para mantenerlo atrapado dentro de ella mientras ambos recuperaban el aliento en medio del sudor y la penumbra de la recámara principal.

—Eres perfecto, mi vida... —susurró Berenice al oído de Mike, besándole la mejilla con una ternura profunda—. Absolutamente perfecto.

Mike permaneció recostado sobre el pecho de Berenice por un par de minutos, escuchando cómo el ritmo cardíaco de la mujer se estabilizaba poco a poco. El sudor le cubría la espalda y la respiración de ambos se calmaba gradualmente en la penumbra de la habitación. Berenice le acariciaba el cabello con ternura, pasando sus dedos con soltura mientras mantenía sus piernas cruzadas suavemente sobre la espalda de Mike para evitar que se saliera de su interior.

—Sabía que no me ibas a defraudar, mi vida... —susurró Berenice con una sonrisa de absoluta plenitud, besándole la sien—. Eres el hombre más increíble del mundo. No hay nadie que me haga sentir de esta manera.

Mike se desenganchó despacio y se hizo a un lado sobre el colchón. Berenice soltó un leve suspiro al sentir el vacío, pero se acomodó de lado para contemplarlo, apoyando la cabeza en su mano y delineando con la otra mano el contorno del abdomen de Mike.

—Ahora que estamos tranquilos y a solas... —comenzó Berenice con un tono de voz suave pero con esa mirada astuta que la caracterizaba—, quiero que me digas qué vamos a hacer con Evelyn. La niña está devastada, Mike. Se siente profundamente culpable por haberte hecho pasar esa vergüenza en la universidad con el imbécil de Albert.

Mike miró al techo de la habitación, sintiendo que el peso de las decisiones y las paradojas volvía a caer sobre sus hombros.

—Evelyn aprendió la lección —respondió Mike con voz firme, tratando de sonar autoritario y comprensivo al mismo tiempo—. Lo que hizo estuvo mal, pero no voy a castigarla indefinidamente. Solo quiero que entienda que en esta familia no hay espacio para chantajes emocionales ni berrinches infantiles.

—Me encanta cuando pones esa voz de mando —dijo Berenice, acercando sus labios a los de Mike para darle un beso corto y carnoso—. Tienes razón. Mañana mismo hablaré con ella para que empiece a comportarse a la altura de nuestro apellido y de lo que representas.

En ese momento, un par de golpecitos suaves en la puerta de la habitación interrumpieron la conversación.

—¿Papi? ¿Mamá? —se escuchó la voz de Taylor desde el pasillo—. Lamento interrumpir, pero abajo ya está la comida lista y la abuela Emma dice que bajen antes de que se enfríe. Además, trajeron un paquete grande a la puerta y dicen que viene a tu nombre, papi.

Berenice sonrió con complicidad, se levantó de la cama con total desenvoltura y comenzó a vestirse con elegancia natural, colocándose la ropa interior y una bata de seda.

—Dile a tu hermana que en un minuto bajamos, Taylor —respondió Berenice hacia la puerta.

—Entendido, mamá. Los esperamos abajo —se escuchó la voz de Taylor alejándose por el pasillo.

Mike se levantó de la cama, se vistió rápidamente y se acomodó la camisa frente al espejo. Mientras lo hacía, observó a Berenice acomodarse el cabello frente al peinador. La mujer lucía radiante, impasible, como si nada hubiera ocurrido, lista para volver a desempeñar su rol de matriarca y esposa devota frente a toda la familia.

Ambos salieron de la habitación y bajaron las escaleras. Al llegar al comedor, la mesa estaba repleta de comida. La abuela Emma, Miriam, Azucena, Alis, Taylor y Evelyn ya estaban sentadas, esperando la llegada de los jefes de hogar. Evelyn, al ver a su padre bajar, se puso de pie de inmediato y le sirvió un vaso de agua con total deferencia.

—Siéntate, papi... —dijo Evelyn con voz dulce y tono sumiso—. Serví todo como a ti te gusta.

—Gracias, Evelyn —respondió Mike, tomando asiento en la cabecera de la mesa, mientras Berenice se acomodaba a su derecha y Alis a su izquierda.

Cerca de la entrada principal de la sala, descansaba una caja de cartón grande y sellada con cinta de seguridad de alta prioridad.

—¿Qué es esa caja que llegó, Mike? —preguntó Miriam mientras pasaba los platillos de comida.

—No tengo idea —admitió Mike—. Voy a revisar después de comer.

La comida transcurrió en un ambiente extrañamente armonioso. Berenice platicaba con la abuela Emma sobre negocios y planes para la casa, mientras Taylor le contaba a Alis sobre las fechas de su próxima gira internacional y cómo pretendía acomodar la agenda para no pasar mucho tiempo lejos de su padre. Evelyn se mantenía al margen, atenta únicamente a rellenar el vaso de Mike o a pasarle las servilletas cada vez que este lo requería, buscando desesperadamente ganar puntos y redimirse por completo a sus ojos.

Al terminar de comer, Mike se puso de pie y caminó hacia la sala para examinar la caja que había llegado. Tomó un cortacartas del mueble del recibidor y rasgó la cinta. Al abrir las solapas del empaque, se encontró con varios estuches de cuero negro y documentos oficiales engrapados.

Dentro de los estuches había dispositivos tecnológicos de alta gama, llaves de encendido de seguridad y expedientes de propiedad a su nombre.

Alis y Taylor se acercaron a ver lo que contenía la caja.

—¿Qué es todo eso, papi? —preguntó Taylor, inclinándose para ver el contenido.

—Son los registros y llaves de acceso para la flotilla privada de vehículos y los permisos de seguridad que encargué la semana pasada para la casa —explicó Berenice, acercándose por detrás de Mike y apoyando las manos en sus hombros con orgullo—. Todo está a tu nombre, mi amor. Como debe de ser.

Mike observó los documentos, impresionado por el nivel de detalle con el que la realidad reescrita había configurado su vida. Tenía acceso a recursos, propiedades y un nivel de influencia que la mayoría de la gente solo podría soñar, todo entrelazado con una red familiar profundamente leal y dispuesta a complacerlo en cada uno de sus deseos.

Sin embargo, en el fondo de su mente, Mike sabía que no podía bajar la guardia. Entre Mónica esperándolo en su casa para volver a verse, Brenda rondando la vecindad con intenciones ocultas, y la dinámica entre Berenice, Taylor, Evelyn y Alis bajo el mismo techo, la gestión de su nueva vida requeriría una precisión absoluta en cada paso y, sobre todo, en cada palabra que decidiera pronunciar de ahora en adelante.

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