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Capitulo 2
Capítulo 2
El sol del lunes se filtró entre las cortinas del departamento de Brais con una nitidez renovada. El aire de la mañana se sentía distinto, cargado de una energía limpia y de una serenidad que solo la certidumbre total de la vida puede otorgar. Brais se despertó sin necesidad de un despertador, abriendo los ojos lentamente y disfrutando por unos minutos del silencio reparador de su habitación.
Se quedó recostado, mirando el techo con una sonrisa de absoluta satisfacción. El fin de semana había sido una victoria rotunda en todos los frentes imaginables. Por un lado, la devoción y el afecto puro de Noly finalmente habían tomado la forma oficial que ambos esperaron durante doce años; por el otro, la solidez incontestable del imperio que lo respaldaba desde la sombra le garantizaba una posición de poder que jamás habría soñado. Brais estiró los brazos, sintiendo cómo el cansancio de los días anteriores había desaparecido por completo, dejando únicamente una vitalidad masculina y renovada.
Se levantó de la cama y caminó hacia la ventana de la sala. Al asomarse, el brillo metálico de la SUV deportiva de color negro estacionada abajo, justo bajo la sombra de un árbol, le sacó una risa baja. El vehículo no era un adorno o un simple lujo prestado; la carpeta de cuero con los documentos endosados a su nombre descansaba sobre la mesa de centro, consolidando el hecho de que su realidad había cambiado para siempre.
Caminó hacia el baño, disfrutando de una ducha de agua templada. Se vistió con minuciosidad: unos pantalones oscuros de corte moderno, una camisa azul marino impecable que acentuaba la firmeza de sus hombros y un reloj elegante en la muñeca. Frente al espejo, se acomodó el cuello de la camisa con un gesto seguro. La timidez y la duda de las semanas pasadas habían sido erradicadas por completo; en su mirada ahora habitaba la confianza de un hombre que sabe exactamente lo que vale y que reconoce el control que ejerce sobre su entorno.
Antes de salir, tomó las llaves del vehículo y su teléfono móvil. Al encender la pantalla, vio un par de notificaciones. La primera era un mensaje matutino de Noly:
[WhatsApp - Noly]
"¡Buenos días, mi amor hermoso! ☀ Desperté pensando en lo increíble que fue nuestro viaje a la laguna. Que tengas un excelente lunes en tus proyectos de trabajo. Te amo muchísimo, pásala bonito."
Brais sonrió con ternura y respondió de inmediato con un mensaje corto pero lleno de afecto, confirmándole que pasaría a verla tan pronto terminara sus compromisos de la jornada. Acto seguido, abrió el chat del grupo reservado para las doce ejecutivas.
[WhatsApp - Grupo: "Proyecto Brais: Consentir al Jefe"]
Beatriz Mendiola (41 años): "Buenos días, Jefe. Todo está preparado en el departamento de la facultad y en mi biblioteca privada de las instalaciones. El acceso a los servidores de alta capacidad está libre y listo para que trabajes con la máxima comodidad. La rotación oficial inicia a las 9:00 a.m. Te espero con los brazos abiertos."
Nora Galván: "Confirmado por la dirección. Brais, recuerda que todo el personal del edificio de la facultad tiene instrucciones claras de otorgarte acceso preferencial y total privacidad. Que sea una jornada excelente."
Brais respondió con un breve "Voy en camino, Beatriz", guardó el teléfono en el bolsillo y bajó hacia la calle.
El viaje al campus universitario a bordo de la camioneta negra fue un paseo fluido y placentero. El motor de ocho cilindros respondía con un murmullo potente a la menor presión del pedal, aislándolo por completo del bullicio del tráfico matutino. Brais llegó a las inmediaciones de la universidad a las 8:45 a.m., utilizando el pase de estacionamiento privado que Nora le había facilitado previamente para ingresar al área reservada para investigadores y directivos de alto rango.
Al bajar del vehículo, varios estudiantes y académicos que caminaban por los pasillos exteriores no pudieron evitar girar la cabeza para observar la SUV de lujo y al joven que descendía de ella con tanta firmeza. Brais caminó a paso tranquilo hacia el edificio de la Facultad de Ciencias y Humanidades, disfrutando del ambiente fresco de la mañana.
Al llegar al piso superior, donde se ubicaban las áreas de investigación avanzada y la biblioteca privada de la institución, el pasillo principal se encontraba en un absoluto y respetuoso silencio. Frente a la gran puerta de madera tallada del despacho principal aguardaba la Dra. Beatriz Mendiola.
Beatriz, una mujer madura de 41 años, poseía una elegancia imponente y un atractivo sofisticado que imponía respeto a primera vista. Llevaba el cabello castaño peinado en un recogido impecable, lentes de armazón delgado que enmarcaban sus ojos inteligentes y un traje sastre de falda ajustada en tono vino que resaltaba las curvas maduras y bien conservadas de su figura.
Al ver aparecer a Brais por el pasillo, la expresión académica y seria de Beatriz se transformó de inmediato en una sonrisa cálida, devota y cargada de un brillo inequívoco.
—Buenos días, Brais... qué puntualidad —saludó ella con una voz grave y aterciopelada, dando un par de pasos hacia él.
—Buenos días, Beatriz —respondió Brais, deteniéndose a solo unos centímetros de ella y mirándola directamente a los ojos—. Todo listo para la jornada de hoy.
Beatriz lo observó de arriba abajo con una mezcla de admiración y un placer contenido que le hizo entornar ligeramente los párpados. La presencia de la conciencia de su fragmento dentro de su mente madura le exigía una entrega total hacia el chico que tenía enfrente.
—Estás imponente hoy, Brais... —murmuró ella en voz baja, asegurándose de que nadie más estuviera cerca en el pasillo—. Entra, por favor. Esta oficina y todo lo que hay dentro de ella están a tu entera disposición.
Beatriz abrió la pesada puerta de madera y se hizo a un lado para dejarlo pasar. Brais ingresó al espacio: una biblioteca privada monumental, rodeada de estanterías de caoba repletas de libros encuadernados en cuero, una amplia mesa de trabajo con computadoras de última generación conectadas a los servidores académicos y un gran sofá de piel en una esquina junto a la ventana panorámica.
Apenas Brais cruzó el umbral, Beatriz cerró la puerta a sus espaldas y le pasó el seguro de bronce con un chasquido firme que aisló el lugar del mundo exterior.
Se giró hacia él, quitándose los lentes con lentitud y colocándolos sobre la mesa de recepción. Su mirada madura, libre ya de las formalidades de su cargo académico, se volvió profundamente lasciva y sumisa al mismo tiempo.
—Nora y Regina me confirmaron que tu fin de semana con tu novia fue perfecto —dijo Beatriz, caminando hacia él con un contoneo elegante y pausado de caderas que hacía crujir la tela de su falda sastre—. Nos alegra inmensamente a todas. Pero ahora que estás aquí... me toca a mí cuidar de ti, de tu trabajo y de tus necesidades.
Brais se mantuvo de pie en el centro de la habitación, apoyando una mano sobre el respaldo del sillón y observando cómo la respetada doctora de la facultad se acercaba a él sin la menor reserva.
—Me dijeron que la red de servidores del departamento necesitaba una reestructuración completa de los códigos de seguridad —comentó Brais con tono tranquilo y dominante, disfrutando del contraste entre su rol técnico y el poder que ejercía sobre ella.
—Los servidores son solo la excusa, mi Jefe —sonrió Beatriz, deteniéndose justo frente a su pecho y levantando las manos para acomodarle la solapa de la camisa con una delicadeza abnegada—. Aunque, por supuesto, el pago por tu asesoría técnica ya está transferido a la cuenta de viáticos del proyecto. Pero mi prioridad absoluta esta mañana es asegurarme de que trabajes cómodo, sin el menor estrés y recibiendo la atención que solo una mujer de mi experiencia te puede brindar.
Beatriz se inclinó ligeramente hacia adelante, posando sus labios suaves sobre la mejilla de Brais en un beso prolongado que dejó la marca discreta de su labial, para luego deslizar su boca hacia su oído.
—Todo lo que hay en esta universidad me pertenece... pero yo te pertenezco a ti, Brais —susurró ella con la respiración levemente agitada—. Haz uso de este espacio, de mi tiempo y de mi cuerpo como mejor te parezca durante todo el día.
Brais sonrió con absoluta confianza, tomando a la Dra. Beatriz suavemente por la cintura para pegarla contra él, sintiendo el calor y la firmeza de la mujer madura dispuesta a entregárselo todo mientras la jornada matutina penas comenzaba.
El crujido del seguro de bronce resonando en la biblioteca privada de la facultad marcó el inicio de una atmósfera completamente ajena al rigor académico que solía imperar en aquellas paredes. La luz del sol matutino atravesaba los enormes ventanales de piso a techo, proyectando un resplandor cálido sobre las estanterías de caoba repletas de tomos antiguos, enciclopedias de derecho y gruesos volúmenes de investigación científica. Sin embargo, en el centro de la elegante estancia, la jerarquía universitaria habitual se había disuelto por completo.
La Dra. Beatriz Mendiola, la respetada académica de 41 años cuya sola presencia infundía disciplina y sobriedad en los pasillos de la institución, se mantenía firmemente sujetada por la cintura contra el pecho de Brais. El ligero temblor en las manos de la mujer y el brillo intenso de sus ojos revelaban la devastadora efectividad con la que el fragmento de la psique de Brais reordenaba las prioridades de su mente. Para Beatriz, la erudición, los títulos honoríficos y las normas de la facultad quedaban relegados a un segundo plano ante la necesidad primaria y devota de servir al joven que la sostenía con tanta soltura.
Brais no apresuró el momento. Disfrutó del peso y la calidez del cuerpo de la mujer madura contra él, apreciando la firmeza de sus caderas marcadas por la falda sastre de tono vino y el aroma a perfume de jazmín y maderas nobles que ella emanaba.
—Así que todo el edificio tiene instrucciones de no interrumpir —murmuró Brais con una voz grave y tranquila, bajando la mano derecha desde su cintura para posarla con firmeza sobre la curva de su cadera.
—Nadie cruzará esa puerta, mi Jefe —respondió Beatriz con un hilo de voz, entornando los ojos y dejando caer la cabeza ligeramente hacia atrás para facilitarle el acceso a su cuello—. Los secretarios, los auxiliares de laboratorio y los profesores adjuntos saben que la biblioteca privada está bajo una auditoría técnica de alta prioridad. Ni el propio rector se atrevería a llamar a la puerta sin mi autorización explícita.
—Excelente —asintió Brais, esbozando una sonrisa de complacencia—. Entonces trabajemos a nuestro ritmo.
Brais la soltó suavemente y se dirigió hacia el escritorio principal de caoba, donde una estación de trabajo con tres monitores de alta resolución y un teclado mecánico esperaba por él. Se acomodó en el sillón ejecutivo de piel negra, ajustó la altura de la pantalla y comenzó a teclear con una destreza fluida y natural. En cuestión de segundos, la interfaz de comandos del sistema central de la facultad se desplegó en las pantallas, mostrando líneas de código, protocolos de seguridad y transferencias de archivos.
Beatriz permaneció de pie por un instante, observando la postura de Brais frente al equipo. Había una masculinidad serena e imponente en la forma en que manipulaba la tecnología, sin dudar, sin titubear, como un verdadero señor en su dominio. El fragmento de conciencia alojado en su cerebro envió un impulso eléctrico directo a su vientre, haciéndola ahogar un leve suspiro mientras una ola de calor instantáneo recorría su entrepierna.
Sin decir una sola palabra, la Dra. Mendiola caminó hacia la puerta principal para verificar una vez más el cerrojo, apagó las luces generales de la biblioteca dejando únicamente encendida la iluminación cálida de los quinqués de escritorio y el brillo de los monitores, y finalmente se aproximó a la mesa de trabajo.
Se detuvo al lado del sillón de Brais, se quitó la chaqueta del traje sastre y la dobló con parsimonia sobre una de las sillas laterales. Quedó vestida únicamente con una blusa de seda blanca, entreabierta en los primeros botones para revelar el encaje negro de su sostén y el arranque de sus pechos firmes.
—Permíteme hacer tu trabajo más placentero, Brais... —murmuró Beatriz, arrodillándose con total elegancia sobre la alfombra tupida junto al sillón del joven.
Brais no apartó la vista del monitor ni detuvo el tecleo constante con el que reorganizaba las bases de datos de la universidad. Simplemente abrió ligeramente las piernas para darle espacio.
Beatriz sonrió con una devoción casi mística. Con manos ágiles y expertas, desabrochó el cinturón de cuero de Brais y bajó el cierre de sus pantalones oscuros. Al deslizar la tela de su ropa interior, la presencia recta, madura y prominente del miembro de Brais emergió ante sus ojos. La doctora dejó escapar un jadeo corto de satisfacción, sintiendo la brisa de la habitación contra su rostro mientras admiraba la masculinidad del chico.
—Es magnífico... —susurró Beatriz, acercando su rostro para inhalar el aroma cálido de su piel antes de posar sus labios pintados con un tono carmesí discreto sobre la punta del glande.
Comenzó a besarlo con una delicadeza abnegada, recorriendo con la punta de la lengua la vena principal que cruzaba el tallo hasta llegar a la base. La combinación entre el conocimiento académico de una mujer de cuarenta años y la sumisión absoluta del fragmento generaba un ritmo magistral. Beatriz se tomó su tiempo: lamió, acarició y rodeó la base con ambas manos, asegurándose de humedecer cada centímetro antes de abrir la boca y tomar la cabeza con una succión profunda y envolvente.
Brais dejó escapar un largo suspiro de placer, manteniendo los dedos volando sobre el teclado mientras corregía los scripts del servidor. La sensación de tener a una de las investigadoras más prominentes de la ciudad arrodillada a sus pies, entregada en cuerpo y alma mientras él trabajaba plácidamente, le provocó una oleada de poder y dominio que le aceleró el pulso.
—Usa las dos manos, Beatriz —ordenó Brais sin perder el hilo de la programación.
—Sí, mi Jefe... —obedeció ella de inmediato, ahogando la voz alrededor del miembro de Brais mientras aceleraba el vaivén de su boca y usaba la palma de la mano para estimular la base con una presión constante y rítmica.
El sonido húmedo de la succión resonaba en el silencio de la biblioteca, intercalándose con el chasquido rítmico de las teclas. Durante más de cuarenta minutos, la Dra. Mendiola se dedicó en cuerpo y alma a mantener a Brais en un estado de estimulación continua pero controlada, absorbiendo cada gota de lubricación natural y demostrando una destreza técnica que solo la madurez y la devoción total podían lograr.
Cuando Brais presionó la tecla Enter para ejecutar el último comando de respaldo de la red universitaria, un mensaje de confirmación verde iluminó los tres monitores: "PROCESO DE OPTIMIZACIÓN COMPLETADO AL 100%."
En ese preciso instante, Brais inclinó la cabeza, tomó a Beatriz por el cabello castaño con firmeza pero sin brusquedad y la obligó a erguirse.
—Suficiente por ahora abajo, Beatriz. Sube —instó él con una mirada directa y encendida.
La doctora, con los labios húmedos, las mejillas sonrojadas y la respiración marcadamente agitada, se puso de pie con una sonrisa cargada de Lujuria. Se desabrochó la falda sastre de tono vino y la dejó caer al suelo, seguida de su ropa interior de encaje. Quedó completamente al desnudo de la cintura para abajo, luciendo unas piernas maduras, contorneadas y una zona íntima perfectamente cuidada y exuberante que ya chorreaba un flujo abundante y espeso sobre sus muslos.
Se subió al escritorio de caoba, despejando a un lado con un ademán despreocupado varios expedientes académicos y un par de libros pesados. Se sentó en el borde de la mesa, abrió las piernas de par en par frente al sillón de Brais y se inclinó hacia atrás, apoyando las manos sobre la madera barnizada.
—Tómame como quieras, Brais... —pidió ella con la voz entrecortada por el deseo—. Esta biblioteca, este escritorio y todo lo que soy son tuyos. Hazme sentir que le pertenezco por completo a mi Jefe.
Brais no se hizo esperar. Se levantó del sillón, acomodó la postura de la mujer y se posicionó entre sus muslos maduros. Alineó la punta de su miembro contra la entrada hiperlubricada de Beatriz y, con una sola estocada firme y pausada, se sepultó hasta el fondo de su vagina.
—¡Ahhh... Dios mío, Brais! —gritó Beatriz en un gemido ahogado que resonó entre los anaqueles de libros, arqueando la espalda de manera espectacular mientras sus pechos se agitaban bajo la blusa de seda abierta.
La vagina de la doctora Mendiola, estrecha, caliente y hambrienta de la esencia de Brais, se contrajo con una fuerza brutal alrededor del tallo del joven, recibiéndolo con espasmos inmediatos de puro placer. Brais comenzó un ritmo de embestidas profundas, lentas y pesadas, disfrutando de la textura tersa y la calidez de los muslos de la mujer afianzados a sus caderas.
El contraste visual era imponente: el joven técnico en el centro de la escena, dominando con soltura a la respetada doctora en su propio escritorio de investigación, rodeados por siglos de conocimiento escrito en miles de tomos que atestiguaban la rendición incondicional de la mujer. Con cada estocada, los libros colocados en la orilla del escritorio vibraban ligeramente, y el sonido líquido del choque de los cuerpos llenaba el espacio con una nota marcadamente erótica.
—Eres increíble, Beatriz... —comentó Brais, inclinándose sobre ella para sujetarle ambos pechos por encima de la blusa y amasar su carne firme con la palma de la mano.
—Soy tuya... ¡soy completamente tuya, Brais! —gemía la mujer de 41 años, clavándole las uñas en la espalda con desesperación mientras movía la pelvis al compás de las estocadas—. ¡Sigue así, mi amor! ¡Lléname de ti! ¡Haz lo que quieras conmigo!
El ritmo de Brais se volvió más intenso y decidido, marcando un ritmo firme que llevó a la Dra. Mendiola al borde de un orgasmo devastador en cuestión de minutos. Los espasmos de la vagina de Beatriz aprisionaron al miembro de Brais con un calor sofocante, haciendo que el joven acelerara la marcha hasta alcanzar él mismo el límite. Con un último empujón profundo que la dejó sin aliento, Brais se vació por completo dentro de ella, liberando una corriente cálida y abundante que inundó el cuello uterino de la académica.
Beatriz soltó un grito sordo de éxtasis, apretando los ojos y abrazándose al cuello de Brais mientras su cuerpo entero temblaba sobre la mesa de caoba en una serie de contracciones ininterrumpidas.
Pasaron varios minutos en absoluto silencio, escuchando únicamente sus respiraciones agitadas pacificándose gradualmente bajo la penumbra de la biblioteca. Brais se retiró con lentitud, permitiendo que la mujer se acomodara sobre el escritorio mientras recuperaba el aliento. Beatriz le dedicó una mirada de devoción absoluta, limpiándose una lágrima de satisfacción de la comisura del ojo y sonriéndole como una mujer plenamente realizada.
A las 2:00 de la tarde, tras una ducha revitalizante en el baño privado adjunto al despacho y una comida gourmet que Beatriz hizo traer mediante un servicio de entrega discreto, Brais se encontraba sentado en el sofocante pero elegante sillón de piel de la biblioteca. Sobre la mesa descansaba una taza de café recién elaborado y un cheque de caja formal por la suma de cincuenta mil pesos, expedido por la administración de la facultad como honorarios de asesoría técnica de emergencia, listo para ser depositado.
Beatriz, ya completamente vestida y arreglada con su traje sastre vino impecable, le abrochaba los gemelos de la camisa a Brais con un esmero maternal y devoto.
—El sistema central quedó funcionando al trescientos por ciento, mi Jefe —comentó ella con voz suave y profesional, aunque sus ojos seguían brillando con la luz de la entrega—. Los servidores están blindados y la transferencia de tus honorarios está lista. Nora me pidió que te recordara que el departamento administrativo de su firma legal tiene preparados los documentos de exención de impuestos para ti.
—Gracias, Beatriz. Hiciste un trabajo impecable hoy —respondió Brais, dándole una palmada afable en la mejilla que hizo sonreír a la mujer de orgullo.
En ese momento, el teléfono móvil de Brais vibró sobre la mesa. Pantalla: WhatsApp.
Un mensaje entrante rompió la rutina. No era de las ejecitivas del grupo, sino de Noly.
[WhatsApp - Noly]
"¡Hola, mi vida! Oye, ¿tendrás un tiempito libre hoy por la tarde-noche después de tus compromisos? Es que mi hermana Nataly y mi amiga Sofi están aquí en mi departamento... dijeron que querían felicitarte en persona por lo de nuestro noviazgo y preparar una cenita tranquila para los cuatro aquí en la casa. ¿Te gustaría venir? Prometo consentirte mucho."
Brais leyó el texto con una leve sonrisa de curiosidad. Recordaba a Nataly y a Sofi como dos chicas simpáticas y cercanas al entorno de Noly, pero la propuesta de una cena compartida en el departamento de su nueva novia oficial le pareció la forma perfecta de cerrar el lunes con broche de oro.
Sin saber absolutamente nada de la detonación de hace cuatro días, ni de que la psique fragmentada de su difunto amigo Jeison habitaba ahora dentro de los cuerpos de esas tres mujeres para ponerlas a su entera disposición, Brais redactó su respuesta con total tranquilidad.
[WhatsApp - Brais]
"Me parece una idea excelente, mi amor. Termino un par de asuntos con la Dra. Mendiola aquí en la universidad y salgo para allá en la camioneta. Llego alrededor de las 7:00 p.m."
La respuesta de Noly fue instantánea, llena de emojis de corazones y emoción desbordada.
Brais guardó el teléfono en el bolsillo interior de su saco, tomó el dinero y se puso de pie. Se despidió de la Dra. Beatriz Mendiola con un beso firme en los labios que dejó a la respetada académica suspirando contra la puerta de su biblioteca, y caminó con paso firme hacia el estacionamiento privado.
Al subir a la imponente SUV negra y encender el motor de ocho cilindros, Brais acomodó el retrovisor y puso marcha hacia la zona residencial de Noly. La noche se aproximaba, y con ella, una nueva e insospechada dimensión de dominio, placer y lealtad estaba a punto de desplegarse tras las puertas del departamento de su novia.
El trayecto hacia el departamento de Noly fue una travesía serena bajo el cielo crepuscular de la ciudad. Las luces rojas de los semáforos y los destellos de los espectaculares se reflejaban con elegancia sobre el capó negro metalizado de la SUV deportiva. Brais conducía con una sola mano en el volante, descansando el codo izquierdo sobre el borde de la ventanilla, disfrutando de la potencia silenciosa del motor y del confort de la piel del asiento.
A las 6:55 p.m., la camioneta dobló la esquina de la cuadra conocida. Brais maniobró con destreza y estacionó la imponente nave justo frente al modesto edificio de departamentos. Apagó el motor, tomó su saco y bajó a la calle. El aire de la noche era fresco, trayendo consigo el aroma metálico de la metrópoli y la promesa de una velada tranquila.
Brais subió las escaleras con paso firme y seguro. Al llegar al segundo piso, se detuvo frente a la puerta del departamento de Noly y tocó tres veces con los nudillos.
Apenas se apagó el último golpe, la puerta se abrió de par en par.
Noly apareció en el umbral luciendo radiante. Llevaba un vestido ajustado de tirantes en tono rojo intenso que resaltaba las curvas de su cintura y caderas, el cabello cayendo en suaves ondas sobre sus hombros y un labial brillante que enmarcaba una sonrisa llena de devoción pura.
—¡Mi amor! ¡Llegaste! —exclamó Noly, lanzándose de inmediato a sus brazos con un entusiasmo desbordante.
Brais la sostuvo por la cintura, levantándola levemente del suelo antes de inclinarse para sellar sus labios en un beso apasionado y húmedo. Noly correspondió con avidez, rodeándole el cuello con los brazos y soltando un leve gemido contra su boca que denotaba el fuego reprimido desde la noche anterior.
—Hola, hermosa —murmuró Brais al separarse unos centímetros, acariciándole el talle—. Te ves deslumbrante hoy.
—Todo es para ti, mi vida —respondió ella con la voz dulce pero cargada de una mirada intensamente complaciente—. Pasa, por favor. Ya te estábamos esperando.
Brais cruzó el umbral del departamento. Al cerrarse la puerta a sus espaldas, notó de inmediato que el ambiente dentro del departamento era distinto: el lugar estaba iluminado por luces cálidas y tenues, sonaba una música instrumental suave de fondo y el aroma a una cena casera recién preparada inundaba el pasillo.
Al entrar a la sala, dos figuras se pusieron de pie de inmediato desde el sillón central.
Ahí estaban Nataly, la hermana menor de Noly, y Sofi, la mejor amiga de ambas. Nataly llevaba un vestido corto de tela suave color crema que dejaba al descubierto sus piernas contorneadas, mientras que Sofi vestía un conjunto de falda negra y blusa sin mangas que marcaba a la perfección su silueta. Ambas mantenían sus miradas fijas en Brais, con los ojos brillando no con la simple simpatía de unos conocidos, sino con un fervor carnal y abnegado que no intentaban disimular en absoluto.
Las tres mujeres —poseídas en su fuero interno por la conciencia fragmentada de Jeison, el mejor amigo fallecido— sentían cómo sus corazones palpitaban desbocados ante la presencia física de Brais. La combinación entre los recuerdos compartidos del pasado y la irresistible atracción biológica de sus cuerpos femeninos creaba una tensión eléctrica en la estancia.
—¡Brais! Qué gusto verte, de verdad —saludó Nataly, dando un paso al frente y envolviendo a Brais en un abrazo apretado que hizo que sus pechos se presionaran directamente contra el tórax del joven—. No sabes lo felices que nos hizo la noticia de que tú y Noly por fin son novios oficiales.
—Sí, Brais... ya era hora de que celebráramos como se debe —agregó Sofi, acercándose por el otro lado y abrazándolo también sin la menor reserva, dejando caer su cabeza sobre su hombro por unos segundos y respirando su loción con evidente placer—. Te mereces absolutamente todo lo bueno que te está pasando.
Brais, aunque gratamente sorprendido por la calidez y el despliegue físico de afecto de las dos chicas, mantuvo la compostura con una sonrisa serena y dominante. Las abrazó a ambas por la espalda, sintiendo la firmeza de sus figuras y la calidez con la que se apegaban a él.
—Muchas gracias, chicas. Es un gusto verlas a las dos aquí —respondió Brais con soltura, mirándolas a los ojos—. Me alegra mucho que estén acompañando a Noly hoy.
—Bueno, bueno, no me lo acaben tan rápido —bromeó Noly con una risita juguetona, tomándole la mano a Brais para guiarlo hacia el comedor—. Ven, mi amor, siéntate. Preparamos una cena especial para ti para que te relajes después de tu día de trabajo en la universidad.
Brais se acomodó en la cabecera de la mesa de comedor. De inmediato, las tres chicas se coordinaron con una sincronía perfecta que parecía casi ensayada. Sofi le sirvió una copa de vino tinto de gran reserva, rozando deliberadamente sus dedos con los de él al entregarle el cristal; Nataly colocó frente a él un plato con cortes de carne jugosos, guarniciones de vegetales salteados y pan artesanal; mientras que Noly se sentó justo a su derecha, manteniendo su mano posada sobre el muslo de Brais por debajo de la mesa.
Durante la cena, la conversación fluyó con una ligereza encantadora. Brais saboreaba la comida y el vino, platicando de forma abierta pero discreta sobre sus proyectos de infraestructura y el éxito de sus asesorías universitarias. Las tres chicas lo escuchaban con una fascinación absoluta, asintiendo a cada palabra, sirviéndole más vino antes de que su copa se vaciara y celebrando cada uno de sus comentarios con risas y miradas complacientes.
Para la psique de Jeison dividida entre los tres receptáculos, ver a Brais victorioso, seguro de sí mismo y disfrutando de un banquete preparado por ellas era la máxima realización de su lealtad. Las hormonas de Noly, Nataly y Sofi procesaban esa servidumbre como la forma más intensa de placer, haciendo que la humedad entre sus piernas se volviera cada vez más abundante a medida que la velada avanzaba.
A las 8:30 p.m., la cena había concluido. Brais se recostó en la silla de la cabecera, terminando los últimos sorbos de su copa de vino con una sensación de confort inigualable.
—La cena estuvo excelente, chicas. Se superaron de verdad —reconoció Brais, mirando a las tres.
—Todo para consentir al hombre de la casa —respondió Sofi con una voz que había perdido cualquier tono de timidez, volviéndose grave y cargada de insinuación.
Nataly se puso de pie, recogió los platos vacíos y los llevó a la cocina, pero al pasar por detrás de la silla de Brais, inclinó la cabeza y le pasó la mano suavemente por la espalda, deslizándola hasta la nuca antes de retirarse.
Noly, por su parte, se giró en su silla para quedar de frente a Brais. Se inclinó hacia él, apoyando los codos en las rodillas de su novio y mirándolo desde abajo con los ojos entrecerrados por la Lujuria.
—Mi amor... estuviste trabajando todo el día con gente importante en la universidad —susurró Noly, pasando sus dedos por los muslos de Brais por encima del pantalón—. Nataly, Sofi y yo estuvimos hablando por la tarde... y creemos que mereces un descanso mucho más profundo. Un trato especial que solo nosotras tres podemos darte.
Brais arqueó una ceja con curiosidad, manteniendo la mirada fija en su novia mientras sentía la presión cálida de sus manos.
—¿Un trato especial? —preguntó Brais con tono tranquilo pero autoritario.
Sofi regresó de la cocina, apagó la luz principal del comedor y encendió únicamente un quinqué de luz tenue sobre la credenza. Caminó hacia el lado izquierdo de Brais y se desabrochó los primeros botones de su blusa, dejando al descubierto el encaje de su sostén y la firmeza de sus pechos.
—Así es, Brais —intervino Sofi, posando una mano sobre el hombro del chico y bajándola lentamente por su pecho—. Noly es tu novia oficial, y eso lo respetamos al mil por ciento. Pero Nataly y yo te conocemos de toda la vida... sabemos lo mucho que te has esforzado y lo gran hombre que eres. No queremos que tengas ningún tipo de tensión en tu vida.
En ese momento, Nataly regresó al comedor. Sin dudar un solo segundo, se descalzó, se acercó al lado de su hermana Noly y se arrodilló directamente sobre la alfombra a los pies de Brais.
Brais observó la escena con una mezcla de sorpresa contenida y un profundo sentimiento de dominio. Las tres mujeres más cercanas de su entorno personal estaban ahí, dispuestas en una geometría de rendición absoluta alrededor de su silla.
Noly levantó el rostro hacia él, tomó la mano de Brais y la llevó hacia el escote de su propio vestido rojo, haciendo que los dedos de él sintieran el latido acelerado de su corazón y el calor de su piel.
—No hay secretos entre nosotras, Brais —declaró Noly con una devoción total en la voz—. Nataly es mi hermana y Sofi es mi mejor amiga. Las tres estamos unidas en esto. Ellas me ayudaron a preparar todo hoy para ti, porque las tres queremos que este departamento sea tu refugio absoluto. Aquí no vas a tener que pedir nada, no vas a tener celos ni discusiones. Lo que tú quieras hacer con nosotras, cuando quieras y como quieras, estará permitido.
Nataly, desde el suelo, comenzó a desabrochar las agujetas de los zapatos de Brais con una delicadeza abnegada, retirándoselos con cuidado para masajearle los empenes por encima de los calcetines.
—Nosotras dos seremos el regalo de Noly para ti, Brais... —murmuró Nataly mirando hacia arriba, con las mejillas sonrosadas por el morbo de la situación—. Tu cuerpo, tu placer y tu descanso son nuestra única prioridad. Si tú quieres estar con Noly a solas, nos retiramos; pero si quieres que las tres te atendamos al mismo tiempo... seremos tus perras más fieles.
Sofi se inclinó sobre el oído de Brais, pasándole la punta de la lengua por el lóbulo antes de susurrar:
—Pruébanos hoy, Brais... Deja que te demostremos de lo que somos capaces las tres juntas.
Brais se recostó de lleno en la cabecera de la silla, apoyando las manos sobre los brazos de madera. La revelación de la sumisión compartida de Noly, Nataly y Sofi se desplegaba ante él de forma fluida y natural. Sin sospechar jamás que la mente de su amigo Jeison guiaba esa entrega sin límites, Brais aceptó el regalo de la fortuna con la seguridad de un verdadero señor.
—Está bien... —pronunció Brais con una voz grave, profunda y cargada de un poder indiscutible—. Demuéstrenme esa lealtad.
Las tres chicas dejaron escapar un suspiro sordo y unánime de puro éxtasis. La orden había sido dada, y la velada en el departamento apenas comenzaba a subir de intensidad bajo la penumbra de la estancia.
La penumbra del comedor parecía condensarse en un silencio casi místico tras la orden de Brais. Nataly continuaba arrodillada a sus pies, masajeándole las plantas con una devoción pausada; Sofi mantenía su rostro inclinado sobre su cuello, dejando respiraciones tibias contra su piel; mientras Noly, con la mirada encendida de una Lujuria abnegada, se disponía a desabrochar el cinturón de su novio.
Sin embargo, antes de que los dedos de Noly tocaran la hebilla de cuero, el brillo intermitente de una pantalla sobre la mesa auxiliar de la sala atrajo la atención de Brais. La laptop de Noly, que había quedado encendida desde la noche anterior en el portal de noticias locales, emitió un parpadeo azulado al actualizar el carrusel de notas destacadas de la semana.
Brais levantó la mano suavemente, indicándoles a las tres chicas que hicieran una pausa.
—Espera un momento, Noly —dijo con voz serena pero firme.
Se puso de pie con soltura, acomodándose el saco. Noly, Nataly y Sofi se reincorporaron al instante, manteniéndose a tiro de piedra de él, observando cada uno de sus movimientos con la vista baja y los pechos agitados por la expectativa reprimida.
Brais caminó a paso tranquilo hacia la mesa de centro y se inclinó sobre la computadora portátil. En la pantalla, un encabezado en letras negritas e imágenes de archivo acompañaban el reportaje especial sobre los sucesos ocurridos hacía cinco días en la periferia de la ciudad:
"MISTERIO Y TRAGEDIA: SE CONFIRMA LA IDENTIDAD DEL FALLECIDO EN LA EXPLOSIÓN DEL ARTEFACTO DESCONOCIDO."
"Las autoridades forenses han concluido los peritajes del incidente ocurrido el pasado jueves. El joven identificado como Jeison N., de 22 años de edad, perdió la vida de manera instantánea tras manipular un dispositivo metálico no identificado en la vía pública. La causa del deceso fue la detonación del núcleo del artefacto..."
Debajo del titular aparecía una fotografía de Jeison, sonriendo con la soltura desenfadada de siempre, luciendo la chamarra de mezclilla que solía llevar cuando salía a deambular por el centro con Brais.
Brais se quedó paralizado frente al monitor por varios segundos. El ambiente festivo y cargado de erotismo del departamento pareció congelarse en un instante de pesada gravedad. La mirada de Brais, habitualmente dominada por la confianza, el éxito y el control absoluto de su entorno, se volvió sombría y profundamente nostálgica.
Los recuerdos de su infancia y juventud junto a Jeison acudieron de golpe a su mente: las tardes enteras compartiendo refrescos en las banquetas, las largas charlas sobre el futuro cuando ninguno de los dos tenía un solo peso en las bolsas, las risas en la escuela y la lealtad incondicional de un amigo que jamás le había dado la espalda.
Brais apretó el puño derecho sobre la superficie de la mesa de madera, sintiendo un nudo amargo en la garganta.
—Jeison... —murmuró Brais con la voz opaca, fija la mirada en la imagen de la pantalla.
Recordó el entierro del viernes por la tarde. Había sido una ceremonia modesta y triste, bajo una lluvia tenue en el cementerio municipal. Brais había estado allí en primera fila, vistiendo de negro, sosteniendo el paraguas mientras el ataúd de su mejor amigo descendía a la tierra fría. Recordaba haber depositado una rosa blanca sobre la caja de madera, sintiendo una culpa punzante por no haber estado a su lado esa tarde de jueves, por haber estado atrapado en sus propios dilemas y proyectos mientras su hermano de vida encontraba un destino tan absurdo e imprevisto.
«Si tan solo hubiera estado ahí contigo esa tarde... si te hubiera acompañado como siempre lo hacíamos, tal vez no habrías tocado esa maldita cosa...», pensó Brais, apretando la mandíbula mientras la tristeza le recorría el pecho.
A pocos pasos de él, la dinámica mental del espacio era una paradoja fascinante y perturbadora.
Las tres mujeres observaban la espalda rígida de Brais. En el fuero interno de sus mentes, los tres fragmentos de la psique de Jeison que habitaban en los cerebros de Noly, Nataly y Sofi procesaron el dolor de Brais de una forma abrumadora. Ver a su mejor amigo de la infancia lamentar su muerte con semejante sinceridad, ver la tristeza auténtica en el rostro del hombre al que veneraban, encendió una chispa de emoción devastadora en los receptáculos biológicos.
Las hormonas femeninas de las tres chicas reaccionaron con violencia ante el dolor de Brais. La culpa, la devoción y el amor acumulado se fusionaron en un flujo de adrenalina y Lujuria abnegada que hizo que las tres vaginas comenzaran a secretar lubricante a mares, empapando sus ropas interiores y muslos. La necesidad de consolar a su rey, de borrar esa sombra de tristeza de su rostro y de entregarle sus cuerpos como una ofrenda para sanar su luto se volvió un mandato biológico e ineludible.
Noly dio un paso al frente con la mirada llena de lágrimas de devoción, aproximándose a la espalda de Brais con una mansedumbre infinita.
—Brais... mi amor... —susurró Noly con una voz dulce, temblorosa y cargada de un consuelo profundo—. Vimos la noticia en la mañana... Sé lo mucho que te dolía la partida de Jeison. Fuiste a su entierro, lo despediste con todo el honor del mundo y estuviste ahí para él hasta el último momento en que descansó en la tierra.
Noly rodeó la cintura de Brais por la espalda, pegando su pecho contra su saco y recostando la mejilla sobre sus escápulas.
—Él sabe lo mucho que lo querías, Brais... Jeison siempre supo el gran amigo que eras —continuó Noly, acariciándole el abdomen por encima de la camisa—. No te culpes por no haber estado ahí en ese segundo. Si Jeison pudiera verte ahora mismo... desde donde quiera que esté... lo único que desearía es verte feliz, poderoso y disfrutando de la vida. Él no querría verte triste jamás.
Nataly y Sofi se acercaron también por ambos lados, rodeando a Brais en un abrazo colectivo cargado de calidez y sumisión.
—Es verdad, Brais... —intervino Nataly desde el lado izquierdo, tomando la mano de Brais y llevándosela a la mejilla para besarle la palma con ternura—. Jeison era como un hermano para nosotras también. Y sabemos perfectamente que su mayor orgullo habría sido ver cómo saliste adelante, cómo te convertiste en este hombre tan increíble...
—Deja que nosotras nos encarguemos de quitarte ese peso del pecho, Brais —agregó Sofi por la derecha, pasándole las manos por los hombros y besándole el cuello con una lentitud reconfortante—. No estás solo. Nos tienes a las tres. Noly es tu novia, pero nosotras tres somos tu refugio absoluto. Hoy no hay espacio para la tristeza en esta casa. Hoy solo hay espacio para tu descanso y tu placer.
Brais dejó escapar un largo y profundo suspiro, sintiendo la calidez de los tres cuerpos femeninos rodeándolo, sosteniéndolo y entregándole una lealtad que iba mucho más allá de lo ordinario. La tristeza por la pérdida de Jeison no desapareció de golpe, pero la presencia abnegada de las tres chicas transformó el luto en una sensación de calidez y dominio reconfortante.
Brais se giró lentamente dentro del abrazo, quedando de frente a Noly mientras Nataly y Sofi permanecían pegadas a sus costados. Tomó el rostro de Noly entre sus manos, mirándola fijamente a los ojos.
—Tienes razón, Noly... Jeison no querría verme lamentando el pasado —pronunció Brais con una voz firme, grave y serena, recuperando la presencia imponente que lo caracterizaba—. Él siempre quiso lo mejor para mí. Y estar aquí con ustedes es lo mejor que puedo hacer para honrar su memoria y disfrutar de la vida que tengo.
Noly sonrió con lágrimas de éxtasis en las pestañas, inclinándose para sellar sus labios con los de Brais en un beso largo, profundo y húmedo que sirvió como el pacto definitivo de la noche.
—Así se habla, mi rey... —susurró Noly al separarse, tomando la mano de Brais y guíandola hacia abajo, directamente hacia la tela de su vestido rojo, donde el calor y la humedad de su zona íntima se transparentaban sin el menor pudor—. Ahora deja que tus tres zorras le rindan homenaje a tu grandeza.
Sofi bajó las manos hacia la hebilla del cinturón de Brais, desabrochándola con rapidez y destreza, mientras Nataly se arrodillaba de nuevo a sus pies, mirando hacia arriba con los labios entreabiertos y la respiración agitada, lista para recibir la masculinidad de Brais y ahogar cualquier rastro de dolor en un mar de placer desbordado.
Brais se recostó ligeramente contra el borde de la mesa, observando el despliegue de entrega incondicional de las tres mujeres. La memoria de su amigo descansaba en paz en su corazón, mientras que el presente le ofrecía un reino de lealtad, riqueza y placer sin fronteras que estaba más que dispuesto a gobernar.
Brais se detuvo en seco. Los dedos de Sofi, que apenas comenzaban a deslizar la hebilla metálica de su cinturón, quedaron congelados en el aire. La tensión en la sala dio un giro drástico y repentino, transformando la atmósfera de erotismo abnegado en un silencio tenso, frío y cargado de sospecha.
Brais dio un paso hacia atrás, retirando la mano del muslo de Noly y apartando a Sofi con un ademán firme pero distante. Su mirada, que hasta hacía un segundo reflejaba el calor de la seducción y el consuelo, se volvió analítica, afilada y profundamente inquisitiva.
—Espérate un momento... —dijo Brais, fijando sus ojos oscuros directamente en Nataly, quien permanecía arrodillada sobre la alfombra a sus pies—. ¿Cómo dijiste, Nataly? ¿Que Jeison era como un hermano para ustedes?
Nataly parpadeó rápidamente, descolocada por la repentina frialdad en la voz de Brais. Una gota de sudor frío corrió por su nuca mientras el fragmento de la conciencia de Jeison en su cerebro intentaba procesar la anomalía.
—De Noly lo entiendo perfectamente —continuó Brais, cruzándose de brazos y mirando a las tres desde su imponente altura—. Noly convivió con él durante años por ser mi mejor amiga y ahora mi novia. Pero... ¿tú, Nataly? ¿De verdad estás diciendo que lo querías como a un hermano?
Nataly trago saliva con dificultad, sintiendo que la boca se le secaba de golpe.
—Brais... mi amor, solo quería decir que... —intentó balbucear Nataly, levantando ligeramente las manos en un gesto de súplica.
—No, Nataly, no me salgas con eso —la interrumpió Brais con una voz helada que resonó en las paredes de la sala—. Si tú desde los dieciocho años no podías ni ver a Jeison en pintura. ¿Ya se te olvidó? Ocurrió en la fiesta de cumpleaños de Noly. Jeison pasó corriendo por el pasillo de la cocina, se tropezó con una hielera y te dio una palmada en la nalga por puro accidente para no caerse de cabeza al suelo. Te pusiste como loca. Le gritaste, le aventaste un vaso de cristal y juraste que si lo volvías a ver en esta casa le ibas a llamar a la policía. Si no hubiera sido porque Noly y yo intercedimos por él y le juramos que había sido un accidente, le habrías arruinado la vida. Desde ese día no le dirigías la palabra y te salías de la habitación cada vez que él entraba. ¿Y ahora resulta que lo querías como a un hermano?
El pánico se desató en el interior del cuerpo de Nataly.
En la profundidad de su mente, el fragmento de la psique de Jeison sufrió un colapso de coherencia. Al haber sido una entidad masculina reencarnada a la fuerza en el receptáculo biológico de una mujer, los recuerdos de la Nataly original se habían fusionado de forma atropellada y caótica con los suyos. El fragmento de Jeison recordaba haber estado en esa fiesta y recordaba el incidente del golpe en la nalga desde su propia perspectiva de hombre desgarbado que se tropezó... pero había olvidado por completo la magnitud del odio, el rencor y el asco que la verdadera Nataly había albergado contra él durante años. En su afán por mostrar una devoción absoluta hacia Brais y justificar el consuelo en grupo, el fragmento había cometido un error garrafal al hablar como si la Nataly del pasado lo hubiera apreciado.
La química del cuerpo de Nataly reaccionó al instante a la amenaza de ser descubierta: sus pezones se contrajeron y su vagina expulsó una bocanada de flujo caliente por el puro miedo al rechazo de Brais.
Noly, sintiendo que la mentira del grupo corría peligro de desmoronarse y arruinar el plan de ponerse las tres a disposición de su novio, intervino de inmediato con una astucia desesperada. Se interpuso entre Brais y su hermana, rodeando la cintura de Brais con los brazos y pegando su pecho contra el de él.
—¡Brais, mi vida, por favor no te enojes con ella! —suplicó Noly con los ojos muy abiertos y la voz temblorosa de la angustia—. Nataly no lo dijo por hipocresía... ¡es que tú no sabes lo que pasó después!
Brais no se relajó, pero mantuvo la vista fija en Noly, exigiendo una explicación con la mirada.
—¿Qué pasó después, Noly? —demandó él con tono seco.
—Ella... ella cambió de opinión hace unos meses, mi amor —mintió Noly con una fluidez impresionante, alimentada por el instinto de preservación del fragmento de Jeison en su propio cerebro—. Cuando Nataly vio que Jeison siempre estuvo a tu lado cuando no tenías nada, cuando vio que él era el único amigo real que no te dejó solo cuando la pasaste mal... ella sintió mucha culpa por haber sido tan dura con él por un simple accidente de cuando tenía dieciocho años. Jamás se lo dijo a él frente a frente por pena y por orgullo, pero a mí me lo confesó aquí en el cuarto. Me dijo: "Noly, me arrepiento de haber tratado tan mal a Jeison, ahora veo que en verdad es un hermano para Brais". Por eso lo dijo hoy... ¡por la culpa de no haber hecho las paces con él antes de que muriera en esa maldita explosión!
Sofi, captando la jugada de Noly en una fracción de segundo, se arrodilló al lado de Nataly sobre la alfombra, abrazándola por los hombros para darle dramatismo a la escena.
—Es verdad, Brais... yo soy testigo —añadió Sofi, bajando la cabeza con una falsa timidez que escondía el sudor de sus sienes—. Nataly lloró muchísimo el viernes cuando regresamos del entierro de Jeison. Nos dijo que se sentía la peor persona del mundo por haber guardado tanto rencor por una tontería de la juventud. Lo de hoy no fue una mentira para quedar bien... fue su forma de pedirle perdón a la memoria de tu amigo y de demostrarte que ahora nosotras tres estamos unidas solo para ti.
En el suelo, Nataly aprovechó la cobertura de Noly y Sofi para soltar un sollozo ahogado —mezcla de alivio y del miedo de perder el favor de Brais— y se abrazó a las piernas del joven.
—Perdóname, Brais... perdóname, por favor —gimió Nataly, pegando su rostro contra la tela de los pantalones de Brais y sintiendo la dureza de sus piernas—. Tienes toda la razón... fui una perra inmadura durante años con Jeison por ese accidente. Lo odié sin razón cuando él solo era tu amigo fiel. Me da tanta vergüenza haber sido así... Por eso quiero remediarlo ahora cuidándote a ti, entregándome a ti y haciendo todo lo que tú me pidas. Por favor, no me rechaces... no me desprecies por lo que fui antes.
Brais permaneció en silencio durante varios segundos, escuchando los sollozos de Nataly, sintiendo el abrazo protector de Noly y la mirada suplicante de Sofi.
Analizó la situación fríamente desde su posición de poder. La explicación de la culpa póstuma y el arrepentimiento de Nataly encajaba con la psicología emocional de una mujer joven afectada por la muerte repentina de alguien cercano. Además, ver a la chica que antes era orgullosa y rencorosa arrodillada a sus pies, llorando y suplicando por su perdón mientras le abrazaba las piernas con una sumisión total, alimentó el ego y la autoridad de Brais.
El joven dejó escapar un suspiro largo, aflojando la tensión de sus hombros. Llevó la mano al cabello de Nataly y se lo acarició con una firmeza autoritaria pero indulgente.
—Está bien, Nataly. Levanta la cabeza —ordenó Brais con voz grave y calmada—. Entiendo lo que dices. Si de verdad te arrepientes de haber sido así con él en el pasado, la mejor forma de demostrarlo no es llorando, sino siendo leal a esta casa y respetando mi lugar.
—¡Lo seré, Brais! ¡Te lo juro por mi vida que lo seré! —exclamó Nataly, levantando la vista con los ojos empañados en lágrimas pero brillando con un alivio salvaje.
Noly sonrió con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho, limpiándole una lágrima a su hermana mientras se giraba de nuevo hacia Brais con los labios entreabiertos.
—Gracias, mi amor... gracias por ser tan comprensivo y tan hombre —susurró Noly, tomando la mano de Brais y deslizándola hacia el escote de su propio vestido rojo—. Ahora que todo quedó aclarado... por favor, no dejes que esta tontería arruine nuestra noche. Estamos aquí para ti. Las tres somos tuyas.
Sofi no perdió el tiempo: se reincorporó de inmediato y volvió a tomar la hebilla del cinturón de Brais, desabrochándola esta vez con una prisa ávida para evitar cualquier otra interrupción. Nataly, aún con el rastro de las lágrimas en las mejillas pero con la boca seca por el deseo renovado, comenzó a bajar el cierre de los pantalones de Brais, pegando su aliento caliente contra la tela de su ropa interior.
Brais se recostó de nuevo contra el borde de la mesa de centro, disfrutando de cómo las tres chicas volvían a disponerse a su alrededor con una devoción multiplicada tras la crisis. Aunque la pequeña fisura en la memoria de la Nataly invadida casi expone la extraña naturaleza de la situación, el dominio de Brais sobre el espacio había quedado más afianzado que nunca.
Con un gesto seguro, Brais tomó a Noly por el cuello para besarla con fuerza, mientras las manos de Sofi y la boca de Nataly trabajaban al unísono para liberarlo de sus prendas, sumergiendo el departamento de nuevo en una marea de Lujuria, sumisión y placer desbordado.
El contraste del metal frío de la hebilla desabrochada contra la piel caliente de Brais marcó el inicio definitivo de la rendición. Las tres mujeres se movían con una coordinación matemática, guiadas por esa extraña corriente subterránea que entrelazaba la sumisión instintiva de sus cuerpos con la lealtad incondicional de la conciencia que habitaba en ellas.
Nataly terminó de bajar los pantalones de Brais junto con su ropa interior, dejando al descubierto la firmeza madura y erguida de su virilidad. Sin dudar un instante, pegó sus labios húmedos contra la punta, soltando un jadeo de devoción mientras su boca comenzaba a recorrer el tallo con succiones lentas y profundas. A su lado, Sofi se despojó por completo de su blusa y su falda, quedando completamente desnuda a la luz tenue de la estancia. Se acomodó a la izquierda de Brais, rodeándole el torso con los brazos y amasando sus propios pechos firmes contra el hombro del joven.
Noly, por su parte, se subió el vestido rojo hasta la cintura, revelando que no llevaba nada debajo. La vista de su zona íntima, completamente abierta, sonrojada e hiperlubricada, era una invitación directa. Se acomodó sobre el regazo de Brais mientras él permanecía sentado en la orilla del amplio sillón, alinhó su entrada contra la cabeza del miembro que Nataly acababa de humedecer y se dejó caer de golpe.
—¡Ahhh... Dios mío, Brais! —gritó Noly en un gemido ronco que resonó en el techo de la sala, clavándole las uñas en la espalda mientras su vagina recibía la estocada completa hasta la base.
La vagina de Noly, caliente y apretada, se contrajo en un espasmo violento alrededor de él, expulsando un chorro de flujo que humedeció los muslos de ambos. Noly comenzó a elevar y bajar la pelvis con un ritmo frenético, sosteniéndose del cuello de Brais, mientras Sofi se inclinaba para besarle la mandíbula y Nataly continuaba lamiéndole los testículos y la base desde abajo.
El sonido líquido del choque de los cuerpos, mezclado con los jadeos entrecortados de las tres chicas, llenó la habitación. Brais sostenía a Noly por las caderas, marcando el compás de las embestidas ascendentes, disfrutando del calor sofocante de su novia y del contacto simultáneo de la piel de Sofi y la boca de Nataly.
Sin embargo, en medio del clímax ascendente, la mente analítica de Brais volvió a activarse. Observó a Noly gozando encima de él, sintió las manos de Sofi recorriéndole el pecho y vio a Nataly devorando su entrepierna sin el menor rastro de pudor o celos. La escena era el sueño de cualquier hombre, pero la lógica de las relaciones humanas normales no terminaba de encajar en su cabeza.
Brais sujetó a Noly por las caderas con fuerza, deteniendo su movimiento por un segundo.
—Esperen... deténganse un momento —dijo Brais con una voz grave, agitada por el esfuerzo pero cargada de una duda genuina.
Noly se detuvo a medio camino, mirando a Brais con los ojos nublados por el éxtasis y la respiración entrecortada. Sofi y Nataly pausaron sus caricias, levantando la vista hacia él con una sumisión intacta.
—¿Qué pasa, mi rey? —preguntó Noly, pasándole los dedos por la frente humedecida de sudor—. ¿No te está gustando?
—No es eso... se siente increíble, carajo —admitió Brais, mirando fijamente a los ojos de Noly para luego pasar la vista por Nataly y Sofi—. Pero a ver... díganme una cosa. ¿Cómo carajos aceptaron hacer un trío doble... un cuarteto así de la nada entre ustedes tres conmigo?
Brais se reincorporó un poco más en el sillón, sin salir de la vagina de Noly, la cual continuaba pulsando rítmicamente alrededor de su miembro.
—Noly, soy tu novio oficial desde hace apenas unos dias. ¿Cómo es posible que no tengas un solo celo de ver a tu propia hermana menor y a tu mejor amiga tocándome y chupándome así frente a ti? Y ustedes dos... Sofi, Nataly... soy el novio de su amiga y de su hermana. En cualquier lugar normal esto sería un desastre de peleas, culpa y gritos. ¿Cómo carajos llegaron a la conclusión de que esto estaba bien?
La pregunta cayó en la sala como un reto de coherencia. Los tres fragmentos de Jeison en los cerebros de las mujeres procesaron la duda de Brais a toda velocidad. Para la psique del amigo fallecido, la respuesta era obvia: somos la misma lealtad de Jeison multiplicada por tres, sirviendo al único hombre que importa. Pero no podían decirle eso. Tenían que articular una razón que encajara en la mente de Brais sin levantar la menor sospecha sobre la entidad que las habitaba.
Noly sonrió con una ternura casi maternal, acariciándole la mejilla a Brais y acomodándose con más fuerza sobre su regazo para apretar la vagina alrededor de él.
—Mi amor... parece que todavía no entiendes la clase de hombre en el que te convertiste —respondió Noly con una voz dulce y seductora, mirando a sus dos compañeras—. Si esto fuera con cualquier otro sujeto común y corriente, por supuesto que nos estaríamos arrancando el cabello por celos. Pero tú no eres un tipo cualquiera, Brais.
Sofi tomó la palabra, recostando su pecho desnudo contra el brazo de Brais y mirándolo con una fascinación absoluta.
—Noly habló con nosotras anoche, Brais —explicó Sofi con soltura, improvisando una narrativa impecable junto con el instinto del grupo—. Ella nos dijo la verdad: que te ama con la vida, pero que sabe que un hombre de tu nivel, con tu presencia, tu éxito y tu energía, jamás va a poder ser contenido por una sola mujer. Noly nos dijo que prefería mil veces compartirte con las dos personas en las que más confía en este mundo, antes de arriesgarse a que busques afuera a desconocidas que no te van a cuidar como nosotras.
Nataly, desde el suelo, apoyó las manos en los muslos de Brais y asintió con una devoción total.
—Es la verdad, Brais —añadió Nataly, mirando a su hermana con complicidad—. Sofi y yo crecimos viendo cómo eras con Noly y cómo cuidabas a tus amigos. Cuando Noly nos propuso que las tres nos entregáramos a ti para formar un solo hogar, para atenderte entre las tres y asegurarnos de que no te falte nada ni en la mesa ni en la cama... no lo pensamos ni un segundo. No hay culpa ni celos porque no te estamos robando de Noly. Todas sabemos que Noly es tu novia oficial, pero las tres acordamos ser tus perras privadas para que nunca tengas que buscar nada fuera de este departamento.
Noly volvió a inclinar la cabeza hacia adelante, capturando los labios de Brais en un beso profundo y carnoso, sintiendo cómo la explicación asentaba perfectamente en la mente de su novio.
—Entiéndelo, mi rey... —susurró Noly contra su boca al separarse un milímetro—. No es una locura. Es que las tres nos dimos cuenta de que le pertenecemos al mismo hombre. Ahora cállate y síguenos tomando como las zorras que somos para ti.
La lógica del deseo, disfrazada de una abnegación absoluta y de una visión libertina compartida entre amigas y hermanas, satisfizo por completo el juicio de Brais. La idea de que su sola presencia y su estatus hubieran motivado a Noly a ofrecerle a su hermana y a su amiga como un tributo de lealtad absoluta halagó su orgullo masculino hasta el límite.
Brais dejó escapar un gruñido grave de dominación, agarró a Noly con fuerza por las nalgas y comenzó a embestir hacia arriba con una potencia renovada y salvaje.
—¡Eso es... Dios mío, sí! —gritó Noly, arqueando la espalda mientras el impacto de la penetración retumbaba en toda la sala.
Sofi no esperó más: se giró sobre el sillón y le acomodó sus pechos desnudados a la altura de la boca a Brais, quien comenzó a morder y lamer sus pezones rígidos mientras continuaba penetrando a Noly. Mientras tanto, Nataly abrió sus propias piernas sobre la alfombra, se introdujo tres dedos en su vagina empapada para mantenerse al ritmo del éxtasis colectivo y volvió a pegar la boca al escroto de Brais, lamiendo y succionando con un frenesí desesperado.
El departamento se convirtió en un torbellino de carne, sudor y fluidos. La vibración de los cuerpos chocando se mezclaba con los suspiros de Noly recibiendo las estocadas más profundas, los gemidos de Sofi al sentir los mordiscos de Brais en sus pechos y los jadeos ahogados de Nataly desde el suelo.
Brais cambió de posición minutos después. Recostó a Noly de espaldas sobre el sillón, levantándole las piernas maduras hacia el techo y sepultándose en ella con embestidas rápidas y sonoras que hacían crujir la estructura del mueble. Sofi se colocó a gatas justo sobre el rostro de Noly, permitiendo que su amiga le lamiera la vagina abierta mientras ella le ofrecía su boca a Brais para un beso lleno de saliva y deseo. Nataly se acomodó a un costado, guiando la mano libre de Brais hacia su propia entrepierna para que él la acariciara torpemente mientras terminaba de reventar a su hermana.
—¡Me voy a venir, Brais! ¡Me voy a venir con mi hermana y con Sofi! —alardeó Noly al borde del colapso, sintiendo cómo los muros de su vagina aprisionaban el miembro de su novio en una marea de espasmos incontrolables.
—¡Vente dentro de ella, Brais! ¡Llénala toda! —gritó Sofi sobre su boca, temblando también por el orgasmo simultáneo que la sacudía al ver la escena.
Brais apretó los dientes, aumentó la frecuencia de las estocadas hasta el límite físico y, con un último impulso gutural, se vació por completo en lo profundo del vientre de Noly. La semilla caliente e ininterrumpida inundó el cuello uterino de su novia, quien soltó un alarido de puro placer, abrazándose a sus hombros mientras Nataly y Sofi se colapsaban juntas sobre ellos, uniendo sus cuerpos en un abrazo multitudinario, sudoroso y completamente rendido al dominio de su rey.
El silencio que siguió al estallido del clímax fue denso, pesado, apenas roto por el compás agitado de cuatro respiraciones que buscaban recuperar el aire. La sala del departamento olía a sudor, a vino derramado y a los fluidos derramados sobre el tapiz del sillón.
Noly yacía recostada de espaldas, con los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción absoluta dibujada en el rostro, sintiendo aún el calor espeso de Brais alojado en lo más profundo de su vientre. Sin embargo, a los costados del mueble, la atmósfera se volvió amarga en cuestión de segundos.
Nataly y Sofi se reincorporaron con lentitud, acomodándose la ropa de manera torpe. Sus rostros, lejos de reflejar la plenitud de Noly, mostraron una mueca de evidente frustración y despecho. Habían pasado más de una hora entregándole sus bocas, sus pechos, sus manos y soportando la marea de lubricante que les empapaba las entrepiernas, solo para ver cómo Brais centraba el acto final de la penetración únicamente en el cuerpo de su novia oficial.
Nataly, aún arrodillada en la alfombra, miró a Brais con los labios apretados y las pupilas encendidas por un reclamo reprimido que amenazaba con salir.
—¿Es en serio, Brais...? —murmuró Nataly con la voz rasposa por el enojo, cruzándose de brazos sobre sus pechos desnudos—. Nos hiciste trabajar a las dos como unas malditas desquiciadas... y ni siquiera fuiste capaz de metérmela un minuto. Nos dejaste a las dos a medias, chorreando como pendejas.
Sofi se puso de pie bruscamente, tomando su blusa del suelo con un ademán violento.
—Nataly tiene razón, Brais —protestó Sofi, mirando a su amiga Noly con celos mal disimulados—. Dijiste que las tres íbamos a estar para ti, que esto era para los tres cuerpos. No se vale que nos uses de espectadoras y de adorno mientras a Noly le das todo el banquete. Nosotras también teníamos un hambre del demonio.
Noly abrió los ojos con pereza, soltando una risita burlona desde el sillón al ver el berrinche de su hermana y su amiga.
Brais, por su parte, se acomodó los pantalones con una calma exasperante. Se abrochó el cinturón con un chasquido metálico, se pasó la mano por el cabello desordenado y miró a las dos chicas con una sonrisa dominante e indulgente, sin inmutarse lo más mínimo por sus reclamos.
—Ya dejen el drama, par de locas —dijo Brais con voz grave y serena, sentándose en la orilla del sillón y sirviéndose media copa del vino tinto que quedaba en la botella—. Se los voy a explicar muy sencillo: lo hice solo con Noly porque era una deuda pendiente. Es mi novia oficial desde ayer y biológicamente no lo habíamos hecho desde que regresamos del viaje. Le tocaba su lugar.
Brais le dio un trago al vino, saboreándolo antes de mirar a Nataly y a Sofi a los ojos, haciendo que ambas bajaran la vista por la pura fuerza de su autoridad.
—Además... no sean desesperadas. Van a estar viviendo aquí conmigo, comiendo de mi mesa y teniéndome a su disposición a la hora que sea. Ocasiones para que las destroce a las dos van a sobrar a partir de esta misma semana. Así que cálmense, que apenas estamos empezando.
El reclamo de Nataly y Sofi murió al instante en sus gargantas. Las palabras de Brais, cargadas de la promesa de un dominio futuro, volvieron a encender la chispa de sumisión en los fragmentos de sus cerebros.
Brais se acomodó de lleno contra el respaldo del sillón, estirando los brazos a lo largo del mueble. Cerró los ojos por un par de minutos, disfrutando del cansancio placentero que le recorría los músculos tras la jornada en la facultad con Beatriz y la sesión en el departamento.
El lugar quedó en un absoluto reposo. Noly descansaba la cabeza sobre la pierna de Brais, mientras Nataly y Sofi se acomodaban a sus pies, aún desvestidas, respirando el aroma de la habitación.
Fue entonces cuando Brais rompió el silencio. No levantó la voz, no cambió su postura relajada. Simplemente soltó una frase al aire, con una soltura tan cotidiana que pareció un comentario sobre el clima:
—Jeison... muchas gracias por haber podido hacer esto de tener sexo. En serio, viejo... no hace falta que lo sigan ocultando.
El tiempo se detuvo en el departamento.
Un impacto invisible y helado atravesó a las tres mujeres al mismo tiempo. Noly se congeló en el acto, dejando de respirar sobre el pantalón de Brais. Nataly levantó la vista con los ojos desorbitados por el horror, y Sofi dio un brinco involuntario hacia atrás, apoyando las manos en el suelo mientras el pulso se le disparaba a doscientos latidos por minuto.
El pánico absoluto se apoderó de los tres receptáculos. Los fragmentos de la psique de Jeison dentro de los cerebros de Noly, Nataly y Sofi colapsaron en un caos mental. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo se había dado cuenta? ¿En qué momento el Jefe había descubierto que su mejor amigo muerto estaba dividida en los cuerpos de sus tres mujeres? El secreto más sagrado, la base de su existencia y de su servidumbre, acababa de ser desmantelado sin el menor esfuerzo.
Noly intentó incorporarse, con los labios temblando y el rostro pálido como la cera.
—Brais... ¿de... de qué demonios estás hablando? —balbuceó Noly, intentando sonreír pero logrando solo una mueca aterrorizada—. ¿Jeison? Mi amor, estás delirando por el cansancio... Jeison falleció el jueves en la explosión... nosotras solo...
Brais abrió los ojos lentamente. No había sorpresa en su rostro, ni enojo, ni miedo. Solo una mirada profunda, cargada de una inteligencia superior y de un conocimiento que las sobrepasaba por completo. Miró a Noly, luego a Nataly y finalmente a Sofi.
—Les dije que no hace falta que lo sigan ocultando —repitió Brais con una calma aterradora, apoyando los codos sobre las rodillas y mirándolas desde arriba—. Sé perfectamente que la conciencia de Jeison está repartida entre ustedes tres. Sé que sus recuerdos, su lealtad y su impulso de ponérmelas a disposición vienen directamente de mi viejo amigo.
Las tres chicas se quedaron mudas, tiritando de miedo en la penumbra de la sala, incapaces de articular una sola palabra para defender la mentira.
Brais se reincorporó un poco más, tomando la copa de vino de la mesa.
—Ustedes tres creen que lo de la explosión del jueves fue un accidente misterioso... pero se equivocan —reveló Brais, fijando su vista en el cristal del vino—. El aparato que mató a tu yo original, Jeison... ese dispositivo metálico que encontraste en la calle... ése aparato lo hice yo.
Un jadeo ahogado y unánime escapó de las tres gargantas. Noly se llevó las manos a la boca, Sofi se pegó contra la pared de la sala y Nataly soltó un gimoteo de puro desconcierto.
—Así es —continuó Brais con una serenidad pasmosa—. Fui yo quien diseñó y ensambló ese núcleo de energía en mi taller improvisado. Ocurrió exactamente lo mismo conmigo hace un par de semanas cuando probé el primer prototipo. El núcleo detonó en mis manos, destruyó el espacio y liberó esa misma onda de dispersión cuántica sobre la ciudad.
Brais miró a Noly a los ojos, viéndose reflejado en las pupilas aterrorizadas de su novia.
—Nada más que la diferencia, Jeison... es que yo no morí —sentenció Brais con voz grave y poderosa—. Mi cuerpo resistió la descarga, pero la energía de mi presencia y de mi mente se fragmentó y buscó receptáculos biológicos compatibles en toda la metrópoli. Y la diferencia entre tu accidente y el mío... es que mi esencia no terminó en tres simples chicas del barrio.
Brais sonrió con una mezcla de orgullo y dominio absoluto, inclinándose hacia adelante para que las tres escucharan cada una de sus palabras con absoluta nitidez.
—Mi energía se dividió en doce mujeres —reveló Brais, dejando que el número resonara en las paredes de la estancia—. Doce receptáculos que ahora viven, respiran y existen únicamente para consentirme, financiarme y ponerme el mundo a mis pies. Son cuatro mujeres más o menos de mi edad... jóvenes, hermosas y con talento... y las ocho restantes... las restantes son puras milfs. Ejecutivas, investigadoras, abogadas de alto nivel y mujeres de poder.
El silencio que siguió a la declaración fue abrumador. Noly, Nataly y Sofi —con la psique de Jeison procesando la verdad a marchas forzadas— miraban a Brais no solo como al amigo al que amaban, sino como a una deidad absoluta que había orquestado y sobrevivido a un evento que a él lo había convertido en el dueño de un imperio secreto.
—La Dra. Beatriz Mendiola, la mujer con la que estuve hoy en la universidad... es una de ellas —agregó Brais, dando el último trago a su copa de vino—. Así que no se asusten. No las voy a rechazar ni las voy a juzgar por ser los fragmentos de mi mejor amigo. Al contrario... me alegra saber que Jeison encontró la forma de quedarse a mi lado, incluso si tuvo que meterse en los tres cuerpos de puta más deliciosos de mi vida.
Noly, sintiendo cómo el pánico se transformaba de golpe en un alivio salvaje y en una devoción multiplicada por mil, se arrastró sobre el sillón hasta abrazar las rodillas de Brais, mientras Nataly y Sofi se pegaban a él con las lágrimas rodando por sus mejillas, rendidas por completo ante la magnitud del hombre que tenían enfrente.
El velo de la simulación se rasgó por completo en la sala del departamento. La revelación de Brais no trajo ruina ni rechazo, sino un alivio colosal que pareció purgar el aire comprimido de la estancia. Noly, Nataly y Sofi soltaron un suspiro profundo, unánime y casi catártico; la pesada carga de actuar, de sobreinterpretar sus roles y de fingir intenciones que no comprendían del todo desapareció de golpe.
Noly se acomodó sobre la alfombra, apoyando la espalda contra el frente del sillón y dejando caer la cabeza hacia atrás, justo entre las piernas de Brais. Nataly se sentó a la izquierda, abrazando sus propias rodillas aún desnudas, mientras Sofi se cruzó de piernas a la derecha, limpiándose la comisura de la boca con el dorso de la mano. Ya no había coquetería estudiada ni ademanes ensayados: la postura de las tres reflejaba la soltura genuina, desenfadada y masculina que Jeison siempre había tenido cuando se sentaba en el suelo a tomar cerveza con Brais.
—Diablos, hermano... —habló Noly primero, pero esta vez su tono de voz, aunque salía de la garganta suave de una mujer, llevaba la cadencia, el ritmo y el acento inconfundible de Jeison—. No te imaginas el maldito susto que nos diste. Pensé que cuando te dieras cuenta nos eras capaz de mandar a volar o a tratar como a unas desquiciadas.
—Yo casi me cago del miedo, te lo juro —admitió Nataly desde el suelo, soltando una risa corta y seca, frotándose la nuca con la misma manía que Jeison tenía cuando se sentía acorralado—. Tener que acordarme de lo que odiaba la verdadera Nataly para que no te dieras cuenta estuvo a nada de quemarme el cerebro. Eres un maldito genio, Brais. Nos tenías bien leídos.
Sofi negó con la cabeza, mirando a Brais con una mezcla de respeto absoluto y camaradería profunda.
—Así que doce mujeres, ¿eh? —sonrió Sofi, cruzándose de brazos por encima de sus pechos descubiertos—. Y puras milfs de lana y ejecutivas. Viejo, siempre supiste hacer las cosas en grande, pero esto ya es otro nivel. Me alegra un chingo saber que no moriste en esa mierda de la explosión y que terminaste como un rey.
Brais los escuchó con una leve sonrisa de satisfacción, estirando los brazos sobre el respaldo del mueble. El contraste entre los tres cuerpos femeninos, hermosos y desnudados, hablando con la voz y el alma de su difunto mejor amigo de la infancia, era una experiencia surrealista pero extrañamente reconfortante. Era la reunión de dos hermanos de la vida, solo que manifestada en una geometría de carne completamente nueva.
—Se los dije, no había necesidad de seguir fingiendo —respondió Brais con voz grave y serena, disfrutando de la calma de la noche—. Entre nosotros nunca hubo secretos. Y sinceramente, prefiero mil veces tener la lealtad real de Jeison cuidándome la espalda en este departamento que estar adivinando las intenciones de tres chicas
Los cuatro rieron con soltura, haciendo que la tensión restante se disipara por completo. La plática continuó de manera fluida durante varios minutos. Jeison, a través de sus tres receptáculos, le contó a Brais cómo había sido el instante de la detonación del artefacto en la calle, la sensación de fragmentación instantánea y cómo su conciencia se había despertado de golpe dividida en las mentes de Noly, Nataly y Sofi el mismo viernes por la mañana. Le explicaron cómo el impulso primordial de su lealtad hacia él había tomado el control absoluto de las hormonas de las tres chicas, haciendo que cualquier voluntad individual quedara sometida al deseo de servirlo.
En medio de esa plática distendida, Brais inclinó la cabeza, apoyando el mentón sobre la palma de su mano derecha. Se quedó mirando fijamente a las tres, analizando con detalle las siluetas, las reacciones biológicas y la fisonomía de las mujeres que tenía enfrente.
—Saben... hay algo que me da mucha curiosidad —interrumpíó Brais con una soltura pensativa, llamando la atención de los tres cuerpos—. Esto no lo he platicado a fondo con mis propios doce fragmentos. Ellas tienen mi propia conciencia e instintos dentro, igual que tú, Jeison... pero contigo es distinto, porque fuimos amigos de toda la vida y me puedes responder sin rodeos.
Noly, Nataly y Sofi inclinaron la cabeza al mismo tiempo, escuchando con atención a su líder.
—Dime, amigo... —formuló Brais la pregunta sin el menor pudor, con la curiosidad directa de dos camaradas de toda la vida—: ¿Qué se siente estar metido en el cuerpo de una mujer? Cuéntamelo todo. Desde la masturbación, el sexo y lo que sienten cuando se las meto, hasta la vida cotidiana. ¿Qué se siente biológicamente vivir, respirar y existir dentro del cuerpo de una mujer a cada segundo?
La pregunta quedó flotando en la estancia. Los tres receptáculos de Jeison se miraron entre sí, procesando la interrogante desde la perspectiva única de un alma masculina atrapada en la biología femenina.
Noly soltó una risa baja, acomodándose el cabello rojo detrás de la oreja con un gesto entre divertido y fascinado.
—Hermano... es una puta locura en todos los niveles, de verdad —comenzó Noly, señalándose el pecho con el pulgar—. Si te hablo de la masturbación y el sexo... no tiene nada que ver con lo que vivíamos como hombres. La masturbación femenina no es solo un alivio rápido; es una ola que te recorre la espalda, las piernas y la cabeza. Tocarse el clítoris es como conectar un cable de alta tensión directo al cerebro. Y cuando nos la metes tú... Brais, la sensación de plenitud y de estallido interno es tan salvaje que el cerebro literalmente se te apaga. Los orgasmos no duran tres segundos como antes; son contracciones largas, líquidas y sofocantes que te dejan tiritando sin poder moverte.
—Y en lo cotidiano no es menos raro, Brais —intervino Nataly, levantándose un poco para tocarse las caderas y los muslos—. La química cerebral es completamente distinta. Un hombre es más lineal, más plano. Pero aquí adentro las hormonas son una marea constante. Sentir cómo la piel es mil veces más sensible al tacto, cómo el centro de gravedad está más abajo al caminar, o cómo los olores y los sabores se perciben más intensos... es impresionante. El cuerpo de la mujer está diseñado para sentir y absorber absolutamente todo del entorno.
Sofi se frotó los brazos desnudos, asintiendo con la cabeza para complementar la explicación.
—Pero lo más cabrón, Brais, es cómo la biología femenina se junta con nuestro deseo de servirte —explicó Sofi con la mirada brillante—. Cuando estamos solas masturbándonos, pensamos en ti y el cuerpo responde chorreando a mares. En el sexo, la necesidad de que nos llenes y nos uses no es solo una idea en la cabeza; es un instinto biológico primario de estos cuerpos. Sentir cómo nuestra propia mente masculina se disuelve con placer en esa necesidad de ser dominadas y tomadas por ti... es la sensación más adictiva que existe.
Brais escuchó la explicación con una fascinación absoluta. La respuesta completa de Jeison le abría una ventana inédita a la naturaleza humana, permitiéndole comprender a profundidad tanto la entrega de sus doce mujeres como la mecánica del poder y el placer que ejercía sobre ellas.
—Es fascinante... —murmuró Brais, esbozando una sonrisa de complacencia mientras extendía las manos para tocar los hombros de Noly y Nataly—. Así que la propia biología les exige pertenecerse y entregarse a mí por completo.
—Exactamente —respondió Noly, inclinándose para besarle la rodilla a Brais con una lealtad absoluta—. Así que olvídate de las dudas, hermano. Estar en estos cuerpos es una experiencia rarísima, pero disfrutando de tu sexo, de tu dominio y haciendo que tu vida sea perfecta... es el mejor destino que nos pudo haber tocado.
La risa compartida resopló en la estancia como un eco de vieja camaradería, diluyendo la densidad del sexo para dar paso a una complicidad absoluta. La luz tenue del quinqué recortaba las siluetas desnudas de Noly, Nataly y Sofi sobre el tapiz del suelo, dibujando un cuadro donde la anatomía femenina más codiciable respondía sin reservas al mando de una sola mente. Brais reclinó la cabeza sobre el respaldo de caoba del sillón, contemplando la escena con la calma sobria de un soberano que acaba de consolidar sus dominios sin haber tenido que disparar una sola flecha.
Noly estiró las piernas contorneadas, dejando que sus muslos descansaran sobre la alfombra sin la menor preocupación por su desnudez. Apoyó la mejilla en la rodilla de Brais, levantando los ojos para mirarlo con la lealtad directa que solo dos camaradas de toda la vida podías profesarse.
—Bueno, Jefe... —dijo Noly, marcando el apodo con una ironía afectuosa que rasgaba la voz suave de la chica—. Ya nos quedó claro que no nos vas a desechar y que el imperio que armaste con tu accidente está a otro nivel. Pero ahora hablemos de cosas serias. Si tienes a doce mujeres repartidas en toda la ciudad... ¿cómo putas vas a organizar todo ese desmadre sin que se vuelvan locas entre ellas o sin que los periódicos empiecen a hacer preguntas?
Brais esbozó una sonrisa helada, disfrutando de la capacidad analítica que Jeison conservaba a través de las tres mentes.
—El control es absoluto porque la estructura no depende del azar, Jeison —respondió Brais con voz grave y pausada, pasando los dedos por el hombro desnudo de Sofi—. Cada una de las doce mujeres que llevan mi fragmento ocupa un lugar estratégico en la jerarquía social y económica de la ciudad. No están compitiendo por un espacio en mi cama; están operando como una red de blindaje financiero y legal a mi alrededor.
Nataly se reincorporó un poco, acomodándose sobre los talones y mirando a Brais con las pupilas encendidas por el interés técnico.
—A ver, explícate bien, hermano —intervino Nataly, pasándose la mano por el cabello castaño con el ademán rudo que solía hacer en sus días de hombre—. Porque una cosa es que la Dra. Mendiola te demasiado dinero por un trabajo de informática en la facultad, y otra muy diferente es mantener a ocho milfs millonarias y a cuatro chavas de nuestra edad sin que se crucen los cables.
—Es más simple de lo que crees —prosiguió Brais, tomando el control de la conversación con la autoridad natural que lo caracterizaba—. Los ocho fragmentos que se alojaron en las mujeres maduras terminaron en los puestos de mayor peso: firmas de abogados, direcciones de finanzas, auditorías estatales, restaurante, etc. Para el mundo exterior, ellas simplemente están contratando mis servicios de asesoría técnica o invirtiendo en mis proyectos de infraestructura. Los traspasos de dinero se justifican como honorarios profesionales, libres de impuestos, respaldados por la firma de Nora y los sellos de la facultad.
Sofi soltó un silbido bajo, admirada por la frialdad con la que su amigo había articulado la red en cuestión de días.
—¿Y las otras cuatro chicas? —preguntó Sofi, cruzando los brazos sobre el pecho y dejando que las puntas de sus pechos rozaran la pierna de Brais—. Las que son de nuestra edad... ¿dónde entran en todo este juego?
—Son la cobertura social y la cara visible —aclaró Brais, mirándolas a las tres—.me mantiene al tanto de cada movimiento que se hace en la administración pública. Ninguna de ellas tiene motivos para buscar pleito con las demás porque el fragmento de mi mente en sus cerebros les exige priorizar mi expansión antes que sus propios celos.
Noly soltó una carcajada limpia que hizo vibrar su garganta, acomodándose mejor entre las piernas de su novio.
—Viejo, eres un verdadero monstruo —reconoció Noly con orgullo—. Convertiste una explosión que casi te mata en una red de dominación perfecta. Pero dinos... ¿qué quieres que hagamos nosotras tres a partir de mañana? Porque si bien nos tienes para atenderte en esta cama a la hora que se te pegue la gana, sabes perfectamente que como Jeison no me voy a quedar sentado nomás viendo cómo te mueves. Quiero serte útil.
Brais le dio una palmada firme en la mejilla a Noly, haciendo que la chica sonriera con sumisión y camaradería.
—Esa es la actitud que esperaba de ti, viejo —dijo Brais con tono decidido—. Este departamento va a ser mi centro de operaciones discreto. Noly, tú seguirás siendo mi cara pública, la novia oficial ante el mundo y la que maneje las agendas de las reuniones privadas aquí. Nataly, vas a usar la cercanía con la facultad para vigilar que Mendiola mantenga las transferencias de la universidad limpias y sin rastros en el sistema central. Y tú, Sofi... tú te vas a encargar de que este lugar esté siempre listo, blindado y equipado para cuando yo necesite descansar o reunirme con alguno de los otros fragmentos.
—Hecho, mi Jefe —asintió Sofi sin dudarlo un segundo, pegando sus labios contra el cuello de Brais para sellar el pacto con un beso cargado de devoción y calor.
—Considera que este departamento es tu fortaleza, Brais —agregó Nataly, estirándose para lamerle la barbilla con un fetiche abierto que combinaba la lealtad de su alma con el deseo insaciable de su nuevo cuerpo—. Aquí no va a entrar nadie que tú no autorices, y cuando cruces esa puerta tras un día pesado con tus ejecitivas, nos vas a tener a las tres esperándote en cueros para quitarte el estrés como mejor sabemos hacerlo.
Brais se levantó del sillón con una soltura imponente, ajustándose la camisa blanca y mirando hacia el ventanal de la sala, donde las luces de la metrópoli parpadeaban bajo el manto de la medianoche. El panorama era completo: su mente no solo gobernaba los cuerpos y las fortunas de las mujeres más poderosas de la ciudad, sino que contaba con la lealtad indestructible de su mejor amigo de la infancia, multiplicado por tres para resguardar su descanso y servir a su placer.
—Vístanse, chicas —ordenó Brais con una sonrisa serena y autoritaria—. Sirvan lo que queda de vino y cenemos algo ligero. Mañana por la mañana tengo una reunión de alta prioridad con dos de las ejecitivas del grupo para firmar la compra del nuevo inmueble del centro... y quiero salir de aquí con las baterías completamente cargadas.
Noly, Nataly y Sofi se pusieron de pie al instante, respondiendo a la orden con una prisa alegre y disciplinada. Mientras caminaban hacia la cocina mostrando la firmeza de sus traseros desnudados a la luz cálida de la estancia, Brais tomó su copa de vino, caminó hacia el cristal del ventanal y le dio un trago profundo a la bebida, contemplando la ciudad que, paso a paso y sin que nadie pudiera evitarlo, se estaba convirtiendo en su dominio personal.
Brais se detuvo a medio camino del ventanal, rotando sobre sus talones con la copa de vino todavía entre los dedos. Una sonrisa inclinada y socarrona se dibujó en sus labios al ver la prisa con la que los tres cuerpos femeninos comenzaban a recoger la ropa dispersa sobre la alfombra.
—Un momento, chicas... aún no me voy a ningún lado —dijo Brais con tono relajado, haciendo una pausa deliberada—. Todavía me queda media copa por terminar y hay algo que conviene dejar bien en claro sobre el imperio del que les acabo de hablar.
Noly, que apenas se estaba acomodando el corpiño del vestido rojo sobre el pecho, se giró para mirarlo con curiosidad. Nataly y Sofi se detuvieron también, sosteniendo sus prendas desabrochadas contra el torso.
—¿A qué te refieres, mi rey? —preguntó Noly, inclinando la cabeza.
—A que estas doce mujeres no solo son mi red de financiamiento, trabajo y contactos legales —reveló Brais con soltura, haciendo un ademán casual hacia la ventana—. ¿Recuerdan la camioneta SUV negra en la que llegué hoy en la tarde? Bueno, esa camioneta no la compré yo con mi dinero. Me la regaló la semana pasada una de las ejecitivas de mayor rango... y no precisamente por mi cara bonita. Todas y cada una de las doce me han entregado sus cuerpos sin poner un solo pretexto. He tenido sexo salvaje con las doce, en sus oficinas, en sus penthouses y en sus autos, a la hora que a mí se me pega la gana.
El silencio volvió a caer sobre la estancia, pero esta vez la reacción no vino de la lógica masculina de Jeison, sino del choque biologico directo con las hormonas de Noly.
El rostro de Noly se transformó en un segundo. La sonrisa atrevida desapareció, sus ojos se llenaron de agua instantáneamente y un temblor ahogado le recorrió la garganta. Dio dos pasos hacia adelante, apretando los puños contra el vestido mientras las lágrimas comenzaban a derramarse libremente por sus mejillas.
—¿Qué...? —balbuceó Noly con una voz rota, aguda y chillona, completamente dominada por el despecho instintivo de la mujer—. ¿Me... me fuiste infiel, Brais? ¿Tuviste sexo con esas malditas putas zorras quita novios? ¡Soy tu novia oficial! ¡Pensé que lo de las tres aquí era un secreto nuestro, pero te andas acostando con medio mundo a mis espaldas!
Noly se llevó las manos a la cara, soltando un llanto dramático y desconsolado que hizo eco en las paredes del departamento. Nataly y Sofi la miraron de reojo, descolocadas por el arrebato emocional que el cuerpo de su hermana estaba teniendo.
Sin embargo, antes de que Brais diera un solo paso para calmarla o que las chicas pudieran intervenir, el llanto de Noly se cortó de golpe.
De la boca de la joven escapó un resoplido ajeno, seguido inmediatamente por una carcajada estrepitosa, sonora y raspada que resonó en toda la sala. Noly se limpió las lágrimas de un manotazo con el dorso de la mano, riéndose con tanta gana que tuvo que doblarse un poco hacia adelante.
—¡Ja, ja, ja! ¡No mames, Dios mío! ¡Qué mierda acaba de ser eso! —exclamó Noly, riéndose a carcajadas con el tono inconfundible de Jeison saliendo por sus labios—. ¡Te lo juro por mi vida que esta mierda de cuerpo de mujer me gana a veces, carajo! En cuanto dijiste que te acostaste con otras, la vagina y el cerebro de esta pendeja sintieron un pinchazo de celos encendidos que me soltó el llanto en automático. ¡Qué puta locura!
Brais soltó una risa baja y entretenida, dando un trago a su vino mientras contemplaba el espectáculo.
—A mí me dio un chingo de gracia, la verdad —admitió Noly, secándose la última lágrima con una sonrisa de pura diversión y camaradería—. Me encanta, hermano. Me fascina saber que las tienes a todas bien entrenadas y abiertas de piernas para ti. Te lo ganaste, viejo. Te mereces tener a esa docena de zorras a tus pies trabajando para ti y sirviéndote de colchón las veinticuatro horas.
Nataly soltó una risita burlona, negando con la cabeza mientras se soltaba la falda para dejarla caer de nuevo al suelo.
—Te pasas de verga, Noly —dijo Nataly entre risas, estirándose sobre el sillón sin la menor pena—. A mí ya me dio un calor del demonio con todo este drama. Si les soy sincera, a pesar de que el Jefe nos acaba de reventar a las tres... mi cuerpo sigue estando ridículamente caliente.
Sofi se dejó caer al lado de Nataly en el mueble, pasando la lengua por sus propios labios mientras miraba a Noly con una lujuria abierta que no necesitaba disimulo.
—A mí me pasa exactamente lo mismo —agregó Sofi con la voz suave pero cargada de una intención evidente—. Los tres receptáculos quedamos cargados de lubricante y de estrógeno por la platica y el show de celos. Brais se va a ir a descansar en un rato para su junta de mañana... pero nosotras tres nos vamos a quedar aquí solas.
Noly caminó hacia el sillón con paso cadencioso, desabrochándose por completo el vestido rojo para dejarlo caer al piso y quedando nuevamente en una desnudez total frente a sus dos compañeras.
—Pues qué mejor, carajo —sonrió Noly, acomodándose sobre los muslos de Nataly y pasándole las manos por la cintura—. En cuanto el Jefe cruce esa puerta o se vaya a acostar, estas tres putas se van a dar un atracón lésbico de aquellos para rematar las ganas que nos dejó en el cuerpo. Nos vamos a lamer y a meter los dedos hasta que nos vuelva a salir el sol.
Brais observó la escena con un placer estético y un dominio absoluto. Se terminó el vino de un solo trago, dejó la copa sobre la mesa de centro y acarició la cabeza de Noly una última vez antes de dar la vuelta.
—Me parece perfecto, mis zorras —sentenció Brais con una sonrisa dominante y satisfecha—. Aprovechen la noche y quítense las ganas entre ustedes. Mañana el día va a ser largo y las quiero listas.
La puerta del dormitorio principal se cerró con un chasquido seco y firme, dejando a Brais al resguardo de un silencio reparador dentro de la habitación a oscuras. Afuera, en la penumbra de la sala iluminada apenas por la luz tenue del quinqué, la promesa de las tres mujeres no tardó un solo segundo en materializarse.
Sin la presencia física de su rey para dirigir las embestidas, el exceso de estrógeno y la carga eléctrica que la revelación de la red de doce mujeres había encendido en sus organismos exigían una válvula de escape inmediata. Noly fue la primera en tomar la iniciativa: se arrodilló sobre el tapiz del sillón, sujetó a Sofi por la nuca con una brusquedad hambrienta y le sepultó la boca en un beso húmedo, espeso y profundo, donde las lenguas se buscaron con la voracidad de dos fieras desatadas.
—Mmmgh... carajo, Sofi... —jadeó Noly al separarse un milímetro, dejando un hilo de saliva conectando sus labios—. Mira cómo me dejaste el muslo... sigo hecha un mar de agua por el show que monté.
Nataly no esperó a que la invitaran. Se acomodó de espaldas contra los cojines del mueble, abrió las piernas de par en par y sujetó a Noly por la cintura para arrastrar su rostro directamente hacia su entrepierna.
—Cállate y lánzate de una vez, Noly —ordenó Nataly con una voz rasposa y sofocada, hundiendo los dedos en el cabello rojo de su hermana mientras alzaba la cadera—. Lámeme toda la entrada... que me estoy quemando por dentro por las ganas que me dejó Brais.
La sala se convirtió en un santuario privado de carne, gemidos desenfrenados y el chasquido líquido de tres cuerpos femeninos devorándose mutuamente sobre la alfombra. Noly sepultó la cara entre los muslos de Nataly, trabajando la zona sensible de su hermana con estocadas rápidas, húmedas y precisas de la lengua, sacándole gemidos agudos que retumbaban en el techo de la estancia.
Mientras tanto, Sofi se colocó a gatas justo sobre la cara de Noly, ofreciéndole su propia vagina empapada para que la probara al mismo tiempo en un 'sesenta y nueve' improvisado y salvaje. Noly dividía sus caricias bucales entre la entrada de su hermana y el clímax creciente de Sofi, saboreando el flujo combinado de las dos chicas.
Nataly, con los ojos en blanco y la respiración rota por el éxtasis lésbico, no se quedó quieta: introdujo cuatro dedos en la entrada lubricada de Sofi, bombeando con un ritmo salvaje y constante que hacía temblar la anatomía de su amiga.
—¡Eso es... Dios mío, sí! ¡Métemelos más profundo, Nataly! —gritó Sofi, arqueando la espalda mientras sus pechos firmes rebotaban con cada embestida de los dedos de su compañera.
La conciencia de Jeison en sus mentes disfrutaba del espectáculo con una fascinación grotesca y libertina, utilizando la hipersensibilidad de la biología femenina para llevar los tres receptáculos a una marea de placer desbordado. Noly cambió de posición, recostándose sobre la alfombra y abriendo los muslos para que Sofi se sentara directamente sobre su rostro, permitiendo que la lengua de Noly se sepultara en su sexo mientras Nataly se colocaba sobre Noly para frotar clítoris contra clítoris en un tijeretazo intenso y rítmico.
El roce directo de la piel, la fricción de sus fluidos y el calor de los tres cuerpos crearon un torbellino de orgasmos múltiples. Nataly soltó un alarido de puro placer cuando su vientre se contrajo violentamente en un espasmo incontrolable, chorreando su lubricante sobre el vientre de Noly. Segundos después, Sofi colapsó sobre el pecho de Noly, temblando de pies a cabeza mientras su vagina expulsaba oleadas de placer al recibir la última succión profunda de la pelirroja.
—Ahhh... carajo... —jadeó Noly, con el rostro empapado y la respiración agitada, mirando a las dos chicas con los ojos encendidos—. Esta mierda de tener cuerpo de mujer es una adicción total... no se puede parar.
—Ni me lo digas... —respondió Sofi, dejándose caer a un costado y pasando la mano por la entrepierna de Noly para empezar a masturbarla con lentitud y ritmo—. Vamos a seguirle, que la noche apenas empieza y todavía nos queda mucha agua por tirar.
Durante horas, sin detenerse un solo instante, las tres se exploraron, se lamieron, se introdujeron los dedos y se masturbaron mutuamente en cada rincón del sillón y de la alfombra, entregadas por completo a un festín lésbico insaciable que dejó la estancia inundada de aroma a sexo y a suspiros ahogados hasta que los primeros rayos del amanecer iluminaron el ventanal.
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Lejos del bullicio del centro y de la intensidad del departamento, en un barrio apacible de calles arboladas y casas de fachada amplia, la tarde caía con una parsimonia engañosa. En la planta alta de una residencia tranquila, dentro de la recámara principal con cortinas entreabiertas, el aire olía a perfume caro, a sábanas de seda y al sudor concentrado de dos cuerpos desnudados que no daban tregua a la lujuria.
Sobre la cama king size, una mujer madura de 46 años, de caderas anchas, piel firme y presencia imponente, yacía de espaldas con las piernas abiertas. Sobre ella, una joven de 26 años, de figura estilizada, cintura breve y piernas largas, se desplazaba con una agilidad felina, completamente sin ropa, devorando la anatomía de la mujer madura con una devoción sin límites.
La joven se inclinó sobre el torso de la mujer de 46 años, atrapando con la boca uno de sus pezones oscuros y erguidos. Lo succionó con fuerza, haciéndolo chasquear entre sus lips mientras sus dos manos manoseaban con descaro los pechos firmes y la cintura de la mujer mayor.
—Mami... ¿cuándo veremos de nuevo a mi hermanito? —preguntó la joven entre gemidos, sin soltar el pezón y dejando que su saliva mojara la piel madura de su madre.
La mujer de 46 años echó la cabeza hacia atrás sobre las almohadas, soltando un suspiro ahogado de placer cuando las manos de la chica le apretaron las caderas. Extendió su mano derecha hacia abajo, separando los muslos suaves de la joven e introduciéndole dos dedos directo en la vagina empapada.
—Mi niña... cuando él pueda venir —respondió la mujer madura con voz ronca y entrecortada, bombeando sus dedos dentro de la chica con un ritmo fluido y experto—. Sabes que ha tenido una suerte increíble al tener trabajo y esa camioneta tan hermosa...
—Es que ya no he visto a mi hermanito Brais... —murmuró la joven de 26 años, arqueando la espalda por la embestida de los dedos en su centro y frotando su propio clítoris contra el muslo de la mujer mayor.
La madre la sujetó del cabello castaño con una firmeza dominadora, mirándola a los ojos con las pupilas encendidas por el éxtasis.
—Cállate, zorra... que tenemos que disfrutar de nuestros hermosos cuerpos —le ordenó con una sonrisa descarada, hundiéndole tres dedos hasta el fondo de la carne lubricada—. Si no fuera por nuestro "yo" que murió después de agarrar ese aparato en la calle, no hubiéramos tenido la oportunidad de habitar estos cuerpos de putas.
La chica de 26 años soltó un alarido de placer, acelerando el movimiento de su lengua sobre el otro pecho de la mujer de 46 años.
—Sí, mami... somos unas grandes zorras —admitió la joven entre risas ahogadas y gemidos secos—. Tuvimos mucha suerte de que estas dos perras pasaran juntas por esa calle cuando ocurrió la descarga. Aunque... qué lástima de nuestro "yo" original, ¿verdad?
La madre asintió con la cabeza, disfrutando del roce de las piernas de su hija mientras continuaba estimulándola con fuerza.
—Supimos por las noticias que hubo otra persona que encontró el aparato y falleció al igual que nuestro "yo" original... —comentó la joven, haciendo una pausa para tomar aire mientras se acomodaba a gatas sobre el vientre de la madre—. Pero la máquina ya explotó y no queda absolutamente nada de evidencia en ningún lado.
—Pero no hay de qué preocuparse, mi amor —respondió la madre con tono autoritario y complacido, atrapando el trasero firme de la joven para pegarlo a su rostro—. Mi hermanito... Brais puede hacer otro aparato cuando se le pegue la gana. Tiene el cerebro para eso y para más agh — comento la joven mientras soltaba un gemido
—Así es, mi zorrita —agregó la madre, abriendo la boca para lamer con saña la entrepierna de la joven de 26 años—. Si no fuera por mi hijo, no podríamos estar disfrutando de la carne de estas dos perras como lo estamos haciendo justo ahora.
La chica de 26 años se dejó llevar por la succión de la mujer madura, apoyando los codos en el colchón y dejando que la conciencia de ese enigmático individuo —atrapada ahora en las mentes de madre e hija— disfrutara al máximo del festín biológico en aquella apacible residencia, mientras el verdadero origen de su identidad permanecía velado en la penumbra.
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