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Cap 4

Chapter 4 by K45

El resplandor suave del sol matutino se filtraba entre las cortinas de la habitación, tiñendo el espacio con un tono cálido y dorado. Izuku abrió los ojos lentamente, sintiendo el cuerpo increíblemente pesado tras el agotamiento de la jornada anterior. Sin embargo, en cuanto su mente empezó a despejarse y reconoció el techo de su propio cuarto en los dormitorios de la U.A., se incorporó de golpe en la cama, con los ojos verdes abiertos de par en par por la sorpresa.

—¿Eh...? ¡¿C-Cómo llegué aquí?! —exclamó en un susurro con su fina voz femenina, mirando a su alrededor completamente alterado.

Llevó una mano a su cabeza rizada e intentó hacer memoria. Recordaba claramente haber subido al vehículo oficial de la academia junto a Aizawa-sensei y Todoroki-kun tras salir del hospital, pero sus recuerdos se volvían borrosos justo después de ver las luces de la autopista. Se había quedado dormido en el asiento trasero.

¿Acaso... Aizawa-sensei me trajo cargando hasta el segundo piso y me arropó?, pensó Izuku, sintiendo una mezcla de pena y alivio. Sí, debió de ser él... no hay otra explicación. Qué vergüenza que haya tenido que cargarme por haberme quedado dormido como un niño pequeño.

Sacudió la cabeza para espantar esos pensamientos. Sabía que tenía que darse prisa si quería ir temprano al hospital para estar presente cuando su madre despertara.

Se puso de pie y caminó hacia el baño privado de su habitación. Se despojó de la camiseta holgada y se adentró en la regadera, dejando que el agua tibia recorriera su piel tersa. Al sentir las gotas cayendo sobre sus frondosos pechos y deslizándose por la curva de su vientre hacia su vientre bajo, una vaga y sutil sensación de calor comenzó a encenderse en su entrepierna, avivada por los vívidos recuerdos de las caricias secretas que se había dado el día anterior en los jardines.

Apoyando una mano contra el azulejo húmedo, Izuku dejó escapar un suave gemido entrecortado. Con la otra mano, descendió entre sus muslos maduros para tocarse con delicadeza, frotando su sensible centro con movimientos ágiles y precisos. El eco de sus propios jadeos dulces resonó en el pequeño cuarto de baño mientras aceleraba el ritmo, sintiendo cómo las paredes de su carne se apretaban en una pulsación exquisita hasta alcanzar un orgasmo rápido y devastador que le hizo temblar las piernas.

Tras recuperar el aliento bajo el chorro de agua, se secó cuidadosamente y se vistió con ropa cómoda pero linda: una falda holgada de tono pastel que le llegaba a media pierna y una blusa de manga corta que se amoldaba con suavidad a la imponencia de su busto. Acomodó su larga melena oscura en una coleta baja, tomó su bolso con el Mando Swaptacular bien guardado y bajó las escaleras hacia el área común.

Al pisar el vestíbulo principal, se encontró con varios de sus compañeros reunidos cerca de la cocina. En cuanto notaron su presencia, las conversaciones se detuvieron.

—¡Buenos días a todos! —saludó Izuku con una sonrisa dulce y sincera, haciendo una breve inclinación.

—¡Midoriya-chan! ¡Buenos días! ¿Cómo te sientes hoy, kero? —preguntó Tsuyu Asui, acercándose con calidez.

—¡Hola, Deku-kun! ¿Cómo sigue la Sra. Inko? —añadió Toru Hagakure, cuya silueta invisible ondeaba con entusiasmo.

—Me siento mucho mejor, muchas gracias a todos —explicó Izuku, rascándose la nuca un poco apenado mientras se acercaba a la barra de la cocina—. Y mi mamá ya está estable. Los doctores dijeron que el humo no dañó gravemente sus pulmones, pero necesita reposar dos días en el hospital bajo observación. Lamento muchísimo el espectáculo que hice ayer al salir corriendo y la preocupación que les causé a todos... de verdad perdón.

—¡No digas tonterías, tonto! ¡Nadie te está pidiendo explicaciones por cuidar a tu madre! —gritó Ochaco Uraraka desde el sofá, cruzándose de brazos con el ceño fruncido y la actitud agresiva y explosiva propia de Bakugo que ahora habitaba su ser por obra del Mando.

En ese instante, Toru dio un brinco en su lugar y corrió hacia el refrigerador.

—¡Ah, por cierto, Midoriya! ¡Sabíamos que despertarías con un hambre feroz! Ayer por la noche Tsuyu-chan, Jiro-chan y yo te preparamos un bentō especial para que desayunaras bien antes de irte. ¡Deja que te lo caliente en el horno de microondas!

Toru sacó la caja de dos niveles decorada con esmero y la colocó dentro del horno, presionando los botones con rapidez. Izuku sintió que se le hacía agua la boca al percibir el vapor y el aroma delicioso que comenzaba a salir.

—¡Cielos, chicas! ¡Muchísimas gracias, de verdad no se hubieran molestado! —dijo Izuku con los ojos brillando de gratitud.

Aprovechando que la comida se calentaba, Izuku se giró hacia Tsuyu con curiosidad.

—Por cierto, Tsuyu-chan... quería preguntarte algo. ¿Sabes quién me subió ayer a mi habitación? Me quedé dormido en el automóvil y desperté en mi cama esta mañana. Supuse que fue Aizawa-sensei, pero...

Tsuyu abrió la boca para responderle:

—Ah, no, kero. En realidad no fue Aizawa-sensei, quien te llevó fue...

Sin embargo, antes de que Tsuyu pudiera terminar la frase, Katsuki Bakugo —quien portaba la personalidad dulce, enamoradiza y flotante de Ochaco— se acercó dando saltitos alegres, juntando las manos frente a su pecho con las mejillas sonrojadas.

—¡Ay, Deku-kun! ¡Fue tan pero tan romántico! —interrumpió Bakugo con una voz sumamente tierna y risueña—. ¡Todoroki-kun te trajo cargando en sus brazos como a una verdadera princesa! Estabas profundamente dormida y súper acurrucada contra su pecho, presionando tus hermosos y grandes pechos contra él de una forma tan adorable... ¡Y Todoroki-kun te miraba con un amor tan puro! De hecho, ¡estoy casi seguro de que mientras te subía por las escaleras estaba intentando aguantarse las ganas de tocarte algo indebido por lo linda que te veías!

Izuku se congeló por completo en su lugar, sintiendo cómo una ola de calor abrasador le subía desde el cuello hasta las orejas, dejando su rostro pintado de un rojo carmesí intenso.

—¡¿Q-Q-QUÉEE?! ¡¿Todoroki-kun me cargó como una princesa y yo estaba presionando mis... mis...?! —balbuceó Izuku, tapándose la cara con ambas manos por la vergüenza absoluta.

Justo en ese preciso segundo, Shoto Todoroki caminaba por el pasillo dispuesto a entrar al vestíbulo para ver cómo amanecía Izuku. Alcanzó a escuchar perfectamente cada una de las palabras que Bakugo acababa de pronunciar en voz alta frente a todos.

Shoto se detuvo en seco justo en el marco de la puerta, sintiendo cómo un sonrojo ardiente e incontrolable cubría por completo su rostro de lado a lado, incapaz de formular una sola palabra ante la revelación de la escena de la noche anterior.

El silencio que se apoderó de la cocina fue absoluto, roto únicamente por el suave bip del horno de microondas anunciando que el bentō de Izuku ya estaba caliente.

En el marco de la puerta, Shoto permanecía completamente paralizado. El rubor le quemaba las mejillas hasta las orejas, haciendo que la mitad izquierda de su rostro —normalmente fría y serena— se sintiera tan caliente como sus propias llamas. Tenía la mano aún apoyada contra la pared y los ojos heterocromáticos abiertos de par en par, fijos en Izuku, incapaz de defenderse o desmentir la exagerada y romántica versión que Bakugo acababa de soltar frente a todo el mundo.

Izuku, por su parte, tenía los dedos entrecruzados sobre la cara, intentando en vano ocultar el intenso color escarlata que le cubría hasta el cuello. Sentía que el corazón le retumbaba desbocado en el pecho y que el calor acumulado entre sus muslos por su reciente sesión en la regadera amenazaba con volver a encenderse por la pura conmoción y la vergüenza.

—¡B-Bakugo-kun! ¡¿Pero qué cosas estás diciendo?! —exclamó Izuku con su fina voz femenina, que salió en un chillido agudo y ahogado—. ¡J-Jamás quise presionar nada contra él! ¡Estaba profundamente dormido! ¡Y Todoroki-kun es un caballero, él nunca intentaría tocar nada... nada indebido!

—¡Ay, Deku-kun, no te hagas! —insistió Bakugo, dando otro saltito flotante con las manos juntas en las mejillas y una sonrisa soñadora—. ¡Si tenías la carita pegada a su cuello y soltabas unos suspiritos tan dulces! ¡Hasta Ochaco-chan se dio cuenta de cómo te miraba!

—¡Cállate la boca, maldito musulmán parlante! ¡Yo no vi ni una mierda! ¡A mí no me metas en tus fantasías cursis! —rugió Ochaco desde el sofá, cruzándose de brazos con ferocidad molestia por la actitud dulce de Bakugo.

—¡Compañeros, por favor! —intervino Denki Kaminari, ajustándose los lentes imaginarios con un movimiento robótico de brazos—. ¡El reglamento de la U.A. prohíbe terminantemente las difamaciones sobre conducta inapropiada entre estudiantes en las áreas comunes! ¡Mantengamos la disciplina moral!

—¡Sí, sí, disciplina! ¡Pikachu cuadro, jajaja! —se burló Tenya Iida, dando vueltas en círculos sobre sus talones mientras se picaba la nariz sin ningún sentido de la etiqueta.

Tsuyu Asui suspiró con calma, acomodándose un mechón de cabello verde antes de caminar hacia la entrada. Miró a Shoto, quien parecía una estatua de hielo a punto de derretirse por el bochorno.

—Todoroki-chan... te vas a quedar ahí parado toda la mañana, kero? —preguntó Tsuyu con tranquilidad.

Izuku apartó lentamente las manos de su rostro al escuchar el nombre de Shoto. Al girar la cabeza y encontrarlo allí de pie, con la cara completamente roja y la mirada fija en el suelo, sintió que la respiración se le cortaba de nuevo. El contraste entre la frialdad habitual del joven bicolor y su evidente estado de vergüenza le pareció extrañamente tierno.

—T-Todoroki-kun... —murmuró Izuku, jugando nerviosamente con los dedos sobre su falda holgada pastel—. Yo... no sabía que tú me habías subido a mi cuarto. De verdad lamento mucho haber sido una carga tan pesada ayer... y perdón por lo que dijo Bakugo-kun...

Shoto se aclaró la garganta con torpeza, intentando desesperadamente recuperar la compostura mientras daba un par de pasos hacia el interior de la cocina. El sonrojo en sus mejillas bajó un poco de intensidad, pero sus ojos seguían brillando con una luz profunda e íntima al mirar a Izuku.

—No fuiste ninguna carga, Izuku —respondió Shoto con su voz grave, aunque ligeramente rasposa por el nerviosismo—. Estabas agotado por todo lo que pasó con tu madre. Solo quería asegurarme de que descansaras bien... Y Bakugo está exagerando las cosas. Jamás intentaría faltarte al respeto.

—¡Lo ven! ¡Les dije que Todoroki-kun era incapaz de hacer algo así! —exclamó Izuku rápidamente, buscando librarse del sofoco de la situación, aunque en el fondo la idea de haber dormido entre los brazos de Shoto le provocaba un revoloteo cálido y delicioso en el vientre.

Toru Hagakure intervino de inmediato, sacando el bentō humeante del microondas con unas manoplas para no quemarse.

—¡Bien, bien! ¡Menos charla romántica y más comida! —anunció la silueta invisible de Toru, colocando la caja de dos niveles sobre la barra frente a Izuku—. ¡Aquí tienes tu desayuno completo, Midoriya! Tiene arroz, vegetales al vapor, tamagoyaki y pollo marinado. ¡Tienes que comer bien antes de irte al hospital!

El aroma delicioso de la comida casera llenó el espacio, haciendo que el estómago de Izuku soltara un suave crujido que todos alcanzaron a escuchar, provocando pequeñas risitas comprensivas entre las chicas.

—Cielos... huele increíble —admitió Izuku con una sonrisa radiante, olvidando por un momento la vergüenza—. De verdad, Tsuyu-chan, Jiro-chan, Hagakure-san... muchísimas gracias. No sé qué haría sin ustedes.

Izuku se acomodó en uno de los bancos de la barra, juntó sus manos y dijo un dulce "¡Itadakimasu!" antes de tomar los palillos. Comenzó a comer con ganas, disfrutando cada bocado. Shoto caminó en silencio hasta el banco contiguo y se sentó a su lado, velando en calma mientras el joven recargaba sus energías.

De vez en cuando, los ojos heterocromáticos de Shoto se desviaban disimuladamente hacia el perfil de Izuku: la forma en que sus pestañas parpadeaban con suavidad, la soltura con la que su blusa se amoldaba a sus senos y la dulzura con la que sonreía al saborear el alimento. Aunque la confesión de la noche anterior había sido velada por el sueño de Izuku, Shoto sabía que cada pequeño momento a su lado acercaba más el día en que pudiera sostenerlo entre sus brazos no como una carga de emergencia, sino como el gran amor de su vida.

Tras terminar el último grano de arroz y beber un vaso de agua fresca, Izuku se puso de pie, sintiéndose renovado y lleno de energía. Se ajustó el bolso al hombro, donde descansaba seguro el secreto del Mando Swaptacular, y dedicó una última mirada cálida a sus compañeros.

—Me voy al hospital ahora mismo. Los mantendré informados sobre la salud de mi mamá por el grupo de chat —dijo Izuku con determinación.

—Ve con cuidado, Midoriya —dijo Tsuyu.

—Te acompaño a la salida —añadió Shoto de inmediato, poniéndose de pie a su lado.

Ambos caminaron juntos hacia la puerta principal del edificio de dormitorios. La brisa fresca de la mañana les recibió al cruzar el umbral. Izuku se detuvo en los primeros escalones y se giró hacia Shoto, dedicándole una sonrisa sincera y ligeramente tímida.

—Todoroki-kun... gracias por cuidarme anoche —dijo Izuku en un susurro dulce—. De verdad significa el mundo para mí saber que siempre puedo contar contigo.

Shoto sintió que el pecho se le llenaba de una calidez reconfortante. Asintió suavemente y le acomodó con delicadeza un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Siempre estaré aquí para ti, Izuku. Ve a ver a tu madre. Nos vemos por la tarde.

Con el corazón latiendo desbocado y una sensación de felicidad absoluta recorriendo su cuerpo, Izuku bajó los escalones a paso ligero y tomó el camino hacia los portones de la U.A., lista para enfrentar un nuevo día.

El trayecto en autobús hasta el Hospital General de Musutafu fue tranquilo. Izuku observaba el paisaje urbano a través de la ventana mientras sostenía su bolso con firmeza contra el regazo. La brisa mañanera que entraba por la rendija del cristal le refrescaba las mejillas, las cuales aún conservaban un leve tinte rosado por todo lo sucedido en el vestíbulo de la U.A. y los comentarios de Bakugo sobre la noche anterior.

Al llegar al complejo hospitalario, caminó con paso decidido por los pasillos limpios e iluminados hasta la planta de urgencias, deteniéndose frente a la habitación 204. Abrió la puerta con sigilo para no hacer ruido. Allí, sobre la cama articulada y rodeada por el suave zumbido de los monitores de signos vitales, descansaba su madre, profundamente dormida bajo los efectos de un sedante leve y la mascarilla de oxígeno.

Izuku sonrió con absoluta ternura. Se acercó en silencio, acomodó las cobijas alrededor de los hombros de su progenitora y tomó asiento en la silla contigua. Pasó cerca de una hora velando su sueño, sintiendo cómo una paz inmensa le embargaba el pecho al constatar que la respiración de su madre era rítmica y despejada.

En determinado momento, sintió la necesidad de ir al sanitario a lavarse las manos y arreglarse un poco el cabello. Se puso de pie, colocó su bolso de lona sobre la mesita de noche junto a la cama y salió de la habitación hacia el baño del pasillo, dejando la puerta entornada.

Apenas dos minutos después, un guardia de seguridad del hospital que realizaba su ronda de inspección de rutina por el área de urgencias notó la puerta entreabierta. Al asomarse y no ver a ningún visitante, divisó el bolso sobre la mesita. Siguiendo el protocolo estándar de revisión de objetos desatendidos en áreas restringidas, el guardia entró a la habitación y tomó el bolso de lona.

Abrió el cierre principal para verificar la identidad del propietario. Lo primero que sacó fue una pequeña cosmetiquera y artículos de higiene personal claramente femeninos. Al buscar una identificación, encontró la credencial de estudiante de la U.A.

El guardia frunció el ceño con confusión al leer los datos impresos: Izuku Midoriya, género Masculino, 16 años.

—Qué raro... —murmuro el guardia para sí mismo, mirando los cosméticos y luego la credencial—. Dice que es un chico, pero todo lo que trae aquí es de mujer...

Al meter la mano de nuevo para guardar la identificación, sus dedos tropezaron con el Mando Swaptacular. Atraído por la extraña apariencia metálica y los botones brillantes del artefacto, lo sacó y lo examinó con curiosidad. Sin saber lo que tenía entre las manos, comenzó a manipularlo torpemente. Al presionar uno de los botones laterales, el sensor óptico del dispositivo parpadeó de forma imperceptible y fijó la selección en la figura que yacía sobre la cama: Inko Midoriya.

En ese preciso instante, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

—Oye, ¿qué demonios estás haciendo hurgando en las pertenencias de los pacientes? —resonó una voz firme, alta y autoritaria.

El guardia dio un brinco del susto y se giró sobresaltado. En el umbral de la puerta se encontraba Mirko, la heroína profesional número cinco, vistiendo su distintivo traje de heroína, sus largas orejas de conejo levantadas y su actitud imponente.

—¡A-Ah! ¡M-Mirko-san! —balbuceó el guardia, poniéndose pálido. Debido al sobresalto y al nerviosismo, el dispositivo se le resbaló de los dedos.

El Mando Swaptacular cayó al suelo, y al impactar contra el piso de vinilo, se presionó el botón de confirmación. Una ráfaga invisible de ondas alteró instantáneamente la realidad y la masa corporal en la habitación, apuntando directamente a Mirko, quien era la persona más cercana al punto de origen en ese segundo.

El guardia, sin tener la menor idea de lo que acababa de desencadenar, recogió el artefacto del suelo a toda prisa con manos temblorosas. Lo metió de vuelta en el bolso de lona, cerró la cremallera y lo acomodó exactamente donde estaba sobre la mesita de noche.

—¡L-Lo siento mucho! Solo era una inspección de rutina para verificar la propiedad del bolso —se excusó el guardia haciendo una reverencia apresurada—. Ya me retiraba, con su permiso.

El hombre salió a paso veloz por el pasillo, dejando a Mirko sola en la habitación.

La modificación de la realidad operó de manera inmediata, perfecta y silenciosa. Nadie en el universo fue consciente de la transmutación. Para las leyes del mundo, Mirko —la heroína profesional de baja estatura, cabello verde y ropa de civil de Inko— era quien acababa de entrar a revisar a la paciente, manteniendo su traje de heroína en su forma profesional; mientras que la persona que yacía en la cama de hospital, vistiendo toda la ropa de civil de Mirko, con su imponente cuerpo de tez morena, frondoso cabello blanco, largas orejas de conejo y cola esponjosa, era Inko Midoriya, recuperándose del accidente por inhalación de humo.

Segundos después, Izuku regresó del sanitario secándose las manos con un pañuelo. Al entrar a la habitación, se encontró de frente con Mirko, esa mujer heroína de cabello verde e historia tan destacada.

—¡Ah! ¡Buenas tardes! —saludó Izuku con una dulce inclinación de cabeza y una sonrisa llena de admiración—. Es la heroína Mirko, ¿verdad? En serio es una heroína muy buena por haber salvado a mi madre ayer.

Mirko sonrió con amabilidad y cruzó los brazos.

—Solo pasaba por aquí para ver qué tal seguía —respondió de forma alegre.

Izuku caminó hacia la mesita, tomó su bolso para ajustárselo al hombro y luego giró la mirada hacia la cama para contemplar a su madre.

Observó la figura que descansaba bajo las cobijas: su hermoso y frondoso cabello blanco, sus largas orejas blancas de conejo con su colita esponjosa blanca, y su tez morena tan característica. Izuku contempló esos rasgos con una mezcla de fascinación y nostálgica melancolía.

En serio no me parezco en nada a ella..., pensó Izuku en silencio, contemplando su propio reflejo en el cristal del ventanal, viendo su alta figura femenina, su piel clara y su larga cabellera azabache, el cuerpo de Momo en el que ahora habitaba y que la realidad había adaptado para que todos y el creyeran que siempre fue el suyo desde su nacimiento. No saqué ni las orejas, ni el color de pelo, ni el color de piel. Tal vez salí como mi padre... ese hombre al que nunca conocí porque se fue y nunca volvió.

Se acercó a la orilla de la cama y acarició con infinita suavidad la mano de la mujer de cabello blanco que dormía plácidamente, sintiéndose profundamente agradecido de que estuviera con vida y a salvo.

Mirko —quien ahora habitaba el cuerpo menudo de Inko, luciendo ese cabello verde rizado y una estatura notablemente más baja que la de Izuku, pero manteniendo su propia mente y traje de heroína sin sospechar en absoluto que su fisonomía había cambiado— se acomodó la parte superior de su atuendo de combate con una sonrisa satisfecha y enérgica.

—Bueno, chico, veo que tu madre está en buenas manos y evolucionando de maravilla —comentó Mirko, dándole una palmada amigable en el hombro a Izuku con esa familiaridad tan propia de ella—. Yo ya cumplí con dar mi vuelta de supervisión. Tengo que regresar a mis patrullajes habituales en la ciudad antes de que los villanos piensen que me tomé el día libre. ¡Cuida mucho a la autora de tus días!

—¡Sí! Muchísimas gracias de nuevo por todo lo que hizo por ella, Mirko-san —respondió Izuku con una cálida sonrisa, haciendo una reverencia respetuosa mientras la heroína caminaba hacia la salida y cruzaba la puerta de la habitación hacia el pasillo.

Una vez que los pasos firmes de Mirko se disiparon por el corredor, el silencio volvió a adueñarse por completo del cuarto 204. Izuku dejó escapar un largo y pausado suspiro de tranquilidad. El peso de las emociones acumuladas, el madrugón en los dormitorios de la U.A., la intensa conversación matutina en la cocina y la caminata bajo el sol comenzaron a pasarle una factura inevitable a sus párpados.

Se acomodó un poco más cerca de la orilla de la cama articulada. Colocó sus brazos cruzados sobre el borde del colchón, creando una improvisada y mullida almohada, y apoyó la mejilla suavemente sobre ellos. La respiración pausada de su madre y el ligero zumbido de los aparatos médicos actuaron como una dulce melodía de cuna. En menos de dos minutos, los grandes ojos oscuros de Izuku se cerraron por completo y el joven se entregó a un sueño profundo y reconfortante.

El tiempo transcurrió sin prisa. Pasaron unos diez minutos cuando el picaporte de la puerta giró en silencio. La puerta se abrió apenas lo suficiente para permitir el paso de Shoto Todoroki, quien venía vistiendo su atuendo casual de la academia, sosteniendo una pequeña bolsa de papel con fruta fresca y bebidas que había comprado en la cafetería del primer piso.

Al entrar, Shoto se detuvo en seco a mitad de la habitación. Sus ojos heterocromáticos recorrieron el lugar en penumbra, deteniéndose primero en la figura de Inko Midoriya, quien descansaba plácidamente en la cama con la mascarilla de oxígeno puesta.

Shoto observó con detenimiento los rasgos de la mujer: su hermosa tez morena, la frondosa melena de un blanco pulcro que se esparcía sobre la almohada, las largas y suaves orejas blancas de conejo que sobresalían entre su cabello y la pequeña colita esponjosa que asomaba levemente por un costado de las cobijas.

Involuntariamente, Shoto giró la mirada hacia Izuku, quien dormía plácidamente a su lado. La realidad reescrita por el artefacto mantenía en la mente de todos la noción de que esa era la apariencia natural de ambos desde siempre, pero Shoto no pudo evitar que un pensamiento analítico cruzara por su mente.

Izuku no se parece en nada a su madre..., pensó Shoto en silencio, contemplando la piel clara de Izuku, su alta y elegante fisonomía femenina y su larga cabellera azabache recogidos en esa coleta relajada. Con esa piel morena, el cabello blanco y esas orejas de conejo tan características que tiene su madre, es evidente que Izuku debió heredar absolutamente todos sus rasgos físicos de su padre... ese hombre del que nunca habla y que los abandonó hace tantos años.

Sin embargo, Shoto sacudió levemente la cabeza, dejando de lado los pensamientos sobre la genealogía familiar de su compañero. Su atención volvió a centrarse por completo en la figura de Izuku, y en ese preciso instante, sintió que el corazón le daba un vuelco violento dentro del pecho.

La luz dorada que entraba oblicuamente por la ventana del hospital bañaba el rostro dormido de Izuku con una delicadeza casi mística. La postura en la que descansaba —con los labios carnosos levemente entreabiertos, sus pestañas tupidas proyectando sombras sobre sus pómulos y la blusa holgada ajustándose a la curva prominente de sus senos mientras subían y bajaban al ritmo de sus inhalaciones— le daba un aspecto tan sumamente hermoso, frágil y adictivo que a Shoto se le cortó el aliento.

Un calor abrasador e incontrolable comenzó a trepar rápidamente desde el cuello de Shoto hasta la punta de sus orejas, pintando todo su rostro con un sonrojo intenso y evidente.

Dios mío... es que se ve tan... increíblemente hermoso..., pensó Shoto para sus adentros, tragando saliva con dificultad para intentar calmar la sacudida de emociones que le provocaba tener a Izuku tan cerca y en un estado de vulnerabilidad tan absoluto.

Avanzó con pasos sumamente sigilosos hasta la mesa lateral, colocando la bolsa de compras sobre la madera sin hacer el menor ruido. Luego, se acercó a la silla donde descansaba Izuku. Se inclinó un poco hacia adelante, sintiendo cómo el aroma dulce y floral que emanaba de la piel y el cabello azabache del joven volvía a envolver completamente todos sus sentidos.

Shoto levantó una mano con cautela, dudando por un segundo, hasta que finalmente la yema de sus dedos apenas rozó un mechón de cabello suelto que caía sobre la frente de Izuku, acomodándolo detrás de su oreja con una ternura desmedida. Al sentir el calor de su piel, el sonrojo de Shoto se profundizó aún más, pero la determinación en su mirada no hizo más que afianzarse: estaba completamente enamorado de esa persona, y verla descansar en paz en medio de la tormenta era el regalo más valioso que podía recibir esa mañana.

Shoto permaneció completamente inmóvil al lado de la silla, contemplando cada detalle de la figura dormida de Izuku bajo la cálida luz matutina. Los latidos de su corazón resonaban con una fuerza ensordecedora en sus oídos. Por primera vez en su vida, se encontró analizando la naturaleza de los sentimientos tan intensos que abrasaban su pecho, cuestionándose la etiqueta de lo que esto significaba para su propia identidad.

No me importa si amar a Izuku hace que los demás me consideren gay..., pensó Shoto con una honestidad brutal e inquebrantable que le congeló los pensamientos. No me importa en absoluto. Lo amo a él, verdaderamente lo amo. Amo su forma de ser tan pura, su personalidad inquebrantable, su amabilidad infinita que siempre busca salvar a todos... e incluso amo este cuerpo fascinante que tiene.

Sus ojos heterocromáticos descendieron de forma lenta e inevitable, recorriendo la curva de la blusa holgada que apenas lograba disimular la majestuosa prominencia de sus senos, los cuales subían y bajaban con una cadencia hipnotizante. La mirada de Shoto continuó bajando, deslizándose por la cintura estrecha hasta posarse en las piernas de Izuku, apreciando la tersura de sus muslos carnosos y contorneados que sobresalían de la falda pastel. Una chispa de curiosidad atrevida y repentina encendió una ráfaga de calor abrasador en su vientre bajo.

Sus muslos son tan suaves... ¿y cómo será su vagina?, se preguntó Shoto en un pensamiento fugaz pero sumamente intenso que le hizo dar un leve respingo interno, sintiendo cómo el sonrojo de su rostro se intensificaba hasta un punto casi insoportable.

De inmediato, el joven bicolor apretó los puños y sacudió la cabeza con violencia, intentando expulsar esos pensamientos de su mente a toda prisa.

¡Dios santo, Todoroki, deja de actuar como un pervertido!, se reprendió a sí mismo mentalmente, sintiendo una profunda pena consigo mismo mientras se obligaba a desviar la mirada hacia el techo. Izuku está pasando por un momento sumamente delicado con su madre. Estamos en la habitación de un hospital, esta no es la situación ni el lugar para dejarme llevar por ese tipo de deseos. Eso... eso será para después, cuando las cosas estén bien entre los dos.

Justo en ese instante de tensión y sofoco, un bullicio proveniente del pasillo exterior rompió la serenidad del cuarto. El eco de los pasos apresurados de un par de enfermeras conversando sobre los turnos de guardia y el chirrido de las ruedas de un carrito de medicinas rebotaron contra la puerta de madera.

El ruido provocó que Izuku se removiera ligeramente sobre sus brazos. Dejó escapar un dulce y pequeño gemido de cansancio mientras sus pestañas tupidas comenzaban a aletear suavemente. Izuku abrió los ojos despacio, parpadeando un par de veces para adaptarse a la claridad de la estancia, y al erguirse en la silla, se encontró de frente con la alta figura de Shoto, quien estaba de pie a escasos centímetros de él con el rostro completamente encendido en un rubor carmesí.

—¿E-Eh...? ¿Todoroki-kun? —murmuró Izuku con su fina voz rasposa por el sueño, frotándose un ojo con la mano mientras se reincorporaba, completamente sorprendido de verlo allí.

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