What's next?

Cap 2

Chapter 2 by K45

A la mañana siguiente me desperté con una sensación de energía desbordante que jamás había sentido. Me levanté antes que nadie, me metí a bañar y, sin dudarlo ni un segundo, elegí uno de los conjuntos más provocativos que había comprado el día anterior: un vestido de licra roja increíblemente ajustado, tan corto que me llegaba a medio muslo y con un escote tan pronunciado que mis pechos quedaban levantados y casi al descubierto. Me maquillé con tonos encendidos, me puse zapatillas altas y me miré al espejo. Me veía deslumbrante.

Salí de la casa temprano. Roberto aún dormía y mis hijas apenas se estaban despertando, así que me fui directamente a tomar el camión. Durante todo el trayecto sentí las miradas devoradoras de los hombres sobre mis piernas y mi escote, pero no me importó en absoluto; mi único objetivo era llegar al consultorio.

Llegué puntual a la cita. Al entrar a la recepción, el Dr. Marcos me vio y una sonrisa de absoluta satisfacción se dibujó en su rostro.

—Buenos días, Laura —saludó con esa voz profunda y cautivadora—. Veo que el día de hoy vienes sola. Pasa por aquí, por favor.

—Buenos días, doctor —respondí con una sonrisa, sintiendo un marpizqueo de emoción en el pecho.

Caminamos por el pasillo y entramos al cuarto insonorizado. En cuanto la gruesa puerta se cerró tras de nosotros, el silencio absoluto envolvió el ambiente.

—Te ves sencillamente radiante, Laura —comentó el doctor Marcos, observando cada centímetro de mi vestido rojo mientras se acomodaba en su sillón frente al diván.

—Muchas gracias, doctor. Todo es gracias a usted.

—Toma asiento, ponte cómoda. Vamos a comenzar con tu sesión de hoy.

El Dr. Marcos saco nuevamente el pequeño péndulo metálico. Comenzó a balancearlo suavemente de izquierda a derecha frente a mis ojos.

—Mira el péndulo, Laura... inhala profundo... y exhala. Siente cómo tu mente se despeja y tu cuerpo se relaja por completo. Tu respiración es pausada, tranquila. Escuchas mi voz y todo lo que te digo es tu única verdad. Un paso más profundo... dos... tres.

Al instante, la agradable pesadez volvió a apoderarse de mi cuerpo. Estaba totalmente consciente de mi entorno, escuchaba el ambiente del cuarto insonorizado y cada matiz de su voz, pero mi lógica crítica desapareció por completo. Todo lo que el doctor Marcos expresaba cobraba un sentido impecable, perfecto e incuestionable para mí.

—Eso es, estás profundamente relajada —dijo el doctor con tono firme y pausado—. Ahora, Laura, quiero que me cuentes todo lo que hiciste ayer después de salir de nuestra sesión.

Con una sonrisa de orgullo, comencé a relatarle los hechos.

—Ayer, en lugar de irme a la casa, fui a una plaza comercial con mi hija Sofía. Entramos a una tienda de ropa y le dije a la vendedora que quería ropa muy sexy... en pocas palabras, ropa de puta. Quería ropa ceñida, ajustada, que enseñara mi cuerpo. Me probé todo y me di cuenta de que usted tenía toda la razón del mundo, doctor. Mi cuerpo es hermoso y sexy, no tengo por qué esconderlo. Me compré minifaldas de cuero, tops transparentes, vestidos cortos como este...

El Dr. Marcos cruzó las piernas y en sus ojos se notó un destello de emoción y triunfo.

—Excelente, Laura... continúa. ¿Qué pasó después?

—Regresé a mi casa vestida así —seguí contando sin la menor vergüenza—. Toda mi familia se quedó impactada al verme. Mi hija Valentina no lo podía creer y mi esposo Roberto se quedó mudo. Se excitó muchísimo al verme vestida como una puta. Pero yo les dije a todos la verdad: les dije que todo esto era gracias a usted, doctor. Les expliqué que usted me había dicho que mi ropa era fea y que mi cuerpo era hermoso, y que por eso había ido a comprar todo eso.

Al escuchar esto último, el doctor Marcos guardó silencio por unos segundos, llevándose una mano a la barbilla, pensando detenidamente en lo que acababa de escuchar. Luego me miró fijamente con gravedad.

—Escúchame muy bien, Laura. Esto es extremadamente importante para tu proceso —habló con voz autoritaria pero calmada—. De ahora en adelante, bajo ninguna circunstancia le vas a decir a nadie que haces las cosas porque yo te las dije. Nunca vas a volver a mencionar mi nombre cuando hables de tus cambios. A partir de este momento, tú te vistes así, actúas así y haces todas estas cosas únicamente porque TÚ quieres. Es tu propia decisión, tu propio deseo. Nadie te obligó ni te sugirió nada. ¿Queda claro?

—Sí, doctor... me me visto así porque yo quiero —repetí mecánicamente, sintiendo cómo esa orden se grababa a fuego en mi cerebro como una realidad indiscutible.

—Muy bien. Ahora que estás vestida de esta manera tan provocativa... quítate la ropa.

Sin dudar un solo segundo ni sentir la más mínima pudor o vacilación, me puse de pie. Deslicé el cierre del vestido rojo, dejándolo caer al suelo. Me quité la ropa interior hasta quedarme completamente desnuda frente a él en medio del cuarto insonorizado. Permanecí erguida, con la cabeza en alto y el pecho afuera, orgullosa de exhibir mi figura ante él.

El Dr. Marcos se levantó de su asiento y se acercó a mí. Extendió una de sus manos y la colocó sobre uno de mis pechos, amasándolo con firmeza mientras su otra mano bajaba directamente hacia mi vagina. Sintió la humedad de mi entrepierna y comenzó a masturbarme con movimientos lentos y ritmados de sus dedos sobre mi clítoris. Un gemido suave se me escapó de la garganta al sentir el contacto de su piel.

—Aahh... doctor... —jadeé, cerrando los ojos por el placer.

—Escucha esta nueva instrucción, Laura —murmuró cerca de mi oído mientras sus dedos seguían estimulándome sin parar—. A partir de hoy, te vas a masturbar siempre, en dondequiera que estés. No importa si estás en la calle, en el camión o en tu casa. Vas a sentir el impulso incontrolable de tocarte la vagina en cualquier lugar.

Sentí una oleada de calor recorrer mi vientre ante sus palabras.

—Pero atenta a esto —continuó el doctor con firmeza—: nadie te debe descubrir jamás. Debes ser discreta. Y si por alguna razón alguien te llega a ver o a descubrir tocándote, vas a poner una cara de total inocencia y les vas a decir que te daba mucha picazón en la vagina, que solo te estabas rascando por la molestia hasta que se te quitara. Lo dirás con una voz muy inocente y dulce, ¿entendiste?

—Sí... si me descubren... diré que me daba picazón y que me estaba rascando... con voz inocente —repetí respondiendo al estímulo de sus dedos.

El Dr. Marcos soltó una breve carcajada entre dientes ante lo absurdo y efectivo de la sugerencia.

—Jajaja, perfecto. Y ahora, Laura... tu atracción romántica y sexual hacia mí va a aumentar de una forma desmedida. Vas a estar completamente enamorada y obsesionada conmigo. Por lo tanto, si tu esposo te pide tener sexo, tú harás absolutamente todo lo posible por no hacerlo. Le vas a inventar cualquier excusa, las excusas más absurdas e idiotas que se te ocurran con tal de no acostarte con él.

Me miró a los ojos mientras aceleraba el movimiento de su mano en mi vagina, haciéndome gemir más fuerte.

—Le dirás cosas como, por ejemplo: que te cagaste y que tu caca en tu culo apesta tanto que no puedes tener sexo. O le dirás que tu vagina está muy triste y que no quiere a nadie adentro hoy. Cosas así de absurdas. No tendrás sexo con tu esposo bajo ninguna circunstancia porque tu cuerpo y tu deseo me pertenecen solo a mí. ¿Entendido?

—Sí, doctor... le diré excusas... que me cagué... o que mi vagina está triste... no tendré sexo con él —balbuceé, dominada por el placer de su masturbación y por el impacto de sus palabras en mi mente inconsciente.

El doctor Marcos dio unos últimos roces a mi clítoris y retiró su mano, dejándome temblando de excitación a mitad del cuarto. Tomó una toalla de papel, se limpió los dedos con elegancia y volvió a tomar el péndulo.

—Muy bien, Laura. Cuando cuente hasta tres, vas a volver a tu estado normal. Te vestirás, te sentirás de maravilla, recordarás todo esto como tus propios pensamientos y deseos, y te retirarás feliz. Uno... dos... tres.

Parpadeé rápidamente. El trance se disipó de golpe, pero cada una de las órdenes había quedado firmemente asentada en mi mente. Me sentía llena de vida, con un deseo irrefrenable por el Dr. Marcos ardiendo en mi pecho y con una seguridad absoluta sobre lo que debía hacer.

Me vestí rápidamente con mi vestido rojo, acomodando mi escote y limpiándome el sudor de la frente. Miré al doctor con una devoción enorme, las mejillas sonrojadas y una sonrisa enamorada.

—Muchísimas gracias por todo, doctor Marcos —dije con voz dulce, acomodándome el cabello—. Me siento absolutamente de maravilla. Definitivamente volveré el día de mañana a la misma hora para mi siguiente consulta.

—Es un gusto ver tus avances, Laura —respondió él con una sonrisa calculadora—. Que tengas un excelente día. Nos vemos mañana.

Salí del cuarto insonorizado y abandoné el edificio caminando con paso firme sobre mis tacones, sintiendo cómo con cada paso que daba la tela de mi vestido frotaba mi entrepierna, haciéndome recordar la incontenible necesidad de tocarme.

Salí a la calle sintiendo que el aire fresco del mediodía rozaba la piel descubierta de mis muslos. El vestido rojo se me pegaba al cuerpo de una forma provocativa que atraía las miradas de los transeúntes, pero mi mente estaba completamente fija en las sensaciones que el Dr. Marcos acababa de despertar en mí. Cada paso que daba con mis tacones altos hacía que la tela de mi vestido rozara suavemente mi entrepierna, avivando un fuego interno que parecía no tener fin.

Caminé un par de cuadras con el corazón latiendo a mil por hora hasta llegar a la parada del camión. La necesidad de tocarme era tan abrumadora, tan visceral, que no podía pensar en otra cosa. Las palabras del doctor resonaban en mi cabeza con la fuerza de un mandato absoluto: Te vas a masturbar siempre, en dondequiera que estés... pero que nadie te descubra.

Cuando la unidad se detuvo frente a mí, subí los escalones procurando dar un paso amplio para que el vestido se me subiera aún más, sintiendo la mirada hambrienta del chofer en las piernas. El camión no venía muy lleno. Sin dudarlo, caminé directamente hacia el fondo, buscando el lugar más apartado de todos: el último asiento del rincón, junto a la ventana. Me senté y pegué la espalda al respaldo.

Sentía las mejillas ardiendo y la respiración entrecortada. Disimuladamente, abrí las piernas justo lo suficiente para poder meter la mano por debajo del dobladillo de mi ajustado vestido rojo. Deslicé mis dedos por la parte interna de mi muslo, sintiendo el calor de mi propia piel, hasta llegar a la tela de mi franela. La parte central estaba completamente empapada por la excitación que me había dejado el doctor en el consultorio.

Metí la mano por debajo del resorte de la ropa interior y puse mis dedos en contacto directo con mi vagina.

Un escalofrío helado y delicioso me recorrió la espina dorsal. Comencé a frotar mi clítoris con movimientos circulares, lentos al principio, pero gradualmente más rápidos y firmes. Cerré los ojos a medias, mordiéndome el labio inferior para no dejar salir los gemidos que se me atoraban en la garganta. Con la otra mano simulaba estar revisando mi bolsa para disimular ante los pocos pasajeros que venían unas filas más adelante.

El bamboleo del camión sobre el pavimento hacía que la estimulación fuera aún más intensa. Mi vientre era un volcán de calor. La cara del doctor Marcos, su voz profunda, su mirada dominante y la devoción romántica que sentía por él llenaban por completo mi imaginación. Estaba frotándome con un frenesí desesperado, sintiendo cómo el clímax se iba construyendo desde las profundidades de mi cuerpo. Mi respiración se volvió un jadeo ahogado, las piernas me comenzaron a temblar de forma incontrolable y sentí esa presión deliciosa previa a la explosión.

Estaba a un par de segundos de llegar al orgasmo más intenso de mi vida cuando, repentinamente, una voz áspera y bajita sonó justo a mi lado.

—Oiga... señora... ¿por qué hace eso aquí? —susurró una anciana de cabello canoso y lentes gruesos, que se había sentado un par de filas al frente y acababa de volverse para mirarme entre la rendija de los asientos.

El susto me hizo dar un leve brinco, pero las órdenes del doctor Marcos tomaron el control de mi mente al instante. Mi cuerpo actuó en automático, exactamente como la sugestión lo había programado.

Saqué la mano de mi vestido con total calma y disimulo, junté las piernas y puse una cara de absoluta y pura inocencia. Abrí los ojos con sorpresa simulada, parpadeé varias veces con ternura y hablé con una voz suave, dulce y casi infantil.

—Ay, abuelita, disculpe usted... —dije acomodándome el vestido con las manos, fingiendo una sonrisa penosa—. Es que me dio una picazón espantosa ahí abajo... una molestia horrible que no me aguantaba. Solo me estaba rascando un poquito la picazón hasta que se me quitara la molestia. Disculpe si la asusté.

La anciana me miró por encima de sus lentes gruesos. Mi rostro se veía tan sumiso, inocente y libre de toda culpa que la expresión de severidad de la viejita se ablandó por completo.

—Ah... vaya, mujer —murmuró la anciana, soltando un suspiro y volviéndose a acomodar en su asiento—. Vaya a ver a un médico, no es bueno estar rascándose así en público.

—Sí, abuelita, muchas gracias por su consejo, así lo haré —respondí con la misma vocecita inocente.

Por dentro, me sentía eufórica. ¡Había funcionado a la perfección! Y lo mejor de todo era que en ningún momento se me cruzó por la cabeza mencionar al doctor Marcos. Toda la idea, la ropa, la masturbación y la excusa de la picazón eran cosas que yo había decidido hacer porque me nacían del alma. Yo era una mujer libre, sexy y desinhibida que disfrutaba de su cuerpo.

El camión avanzó unas cuantas cuadras más hasta llegar a la parada cercana a mi colonia. Toqué el timbre, el chofer abrió la puerta trasera y bajé los escalones moviendo las caderas con orgullo. Caminé el trayecto hacia mi casa sintiendo el sol en las piernas y la humedad aún presente en mi entrepierna. La caminata me sirvió para calmar un poco la acelerada palpitación de mi corazón, aunque la devoción que sentía por mi terapeuta seguía intacta.

Llegué a la fachada de mi casa, saqué las llaves de la bolsa y abrí la puerta principal.

En cuanto entré al recibidor, vi a mi esposo Roberto. Estaba en la sala, vistiendo solo una playera ligera y un pantalón de entrenamiento. Al escuchar el sonido de la puerta y el taconeo de mis zapatos, levantó la mirada de inmediato. Cuando sus ojos se posaron en mí, vi cómo la mandíbula se le desencajaba de nuevo. Miró mi vestido rojo súper corto, las sandalias de tacón y el escote abultado que dejaba ver la curva de mis senos.

—¡Laura! —exclamó levantándose del sillón de un salto, con una sonrisa de pura oreja a oreja—. Regresaste rápido... Dios mío, te ves increíblemente sexy con ese vestido rojo.

—Hola, amor —le dije con una sonrisa serena, dejando las llaves sobre la mesita de la entrada.

Roberto no perdió ni un segundo. Caminó hacia mí a pasos agigantados, me tomó por la cintura y me pegó a su cuerpo con fuerza. Sentí de inmediato la enorme dureza de su miembro erguido presionando fuertemente contra mi abdomen por encima de su pantalón delgado. Se notaba a leguas que había estado pensando en mí toda la mañana.

—Laura, qué bueno que llegaste sola —me susurró al oído con la voz completamente ronca por el deseo, comenzando a besarme el cuello con avidez—. Las muchachas no están en la casa. Sofía y Valentina salieron a hacer unos trámites de la universidad y no van a volver sino hasta dentro de dos horas por lo menos. Tenemos la casa entera para nosotros solos.

Su mano bajó rápidamente y le dio un apretón firme a mi glúteo por encima de la tela ajustada del vestido rojo.

—¿Tenemos sexo? —me preguntó mirándome a los ojos con súplica y pasión—. Te lo juro que me muero por ti desde ayer. Te voy a quitar este vestido a mordidas y te voy a hacer tuya en la mesa de la sala. Vamos a la cama, por favor.

En otro tiempo, ver a mi esposo tan emocionado me habría llenado de ternura y habría accedido de inmediato. Pero en ese preciso instante, la reprogramación del Dr. Marcos actuó como un cerrojo infranqueable en mi mente. Yo estaba enamorada y obsesionada únicamente con mi terapeuta; mi cuerpo le pertenecía a él y a nadie más. Tenía que evitar a toda costa tener relaciones con mi marido, costara lo que costara.

Puse mis dos manos sobre el pecho de Roberto y lo empujé suavemente hacia atrás, separándome de él. Puse una cara de profunda aflicción y disgusto, como si estuviera pasando por el peor momento de mi vida.

—Ay, no, Roberto... no, no, no. Qué horror, de verdad no puedo —dije negando con la cabeza drásticamente.

Roberto se me quedó viendo descolocado, bajando los brazos poco a poco con la eréctil protuberancia aún marcándole el pantalón.

—¿Eh? ¿Por qué no, Laura? —preguntó confundido—. Dijimos que en cuanto las niñas no estuvieran lo haríamos. Estamos completamente solos.

—Es que... ¡ay, no sabes la vergüenza que me da decírtelo, pero me pasó algo horrible en el camino! —exclamé inventando la historia con absoluta convicción en mi rostro—. Venía en el camión de regreso y de repente me dieron unas ganas espantosas de ir al baño... y no me aguanté, Roberto. ¡Me cagué en los calzones!

Roberto parpadeó dos veces, completamente petrificado.

—¿Qué... qué dijiste? —balbuceó sin dar crédito a lo que sus oídos estaban escuchando.

—¡Que me cagué! —repetí con voz chillona y dramática, dándome una palmada en la frente—. Se me salió toditita la caca en la ropa interior. Mi culo apesta de una forma espantosa ahora mismo, Roberto, apesta a podredumbre puro. Si me quitas el vestido o te me acercas ahí abajo te vas a vomitar del asco. Es imposible que tengamos sexo así, mi culo está todo apestoso y sucio.

El rostro de Roberto pasó del deseo más desbordante a una mezcla de asco, desconcierto y absoluta pena ajena. Dio un paso atrás instintivamente, mirándome el área de la cadera con cierto temor.

—Laura... por Dios... pero... pero ve a bañarte entonces —dijo él frotándose la cara con la mano, sintiendo cómo toda la libido se le venía abajo en cuestión de un segundo—. Te metes a bañar, te limpias bien y luego...

—¡No, no, no! ¡Es que ese no es el único problema! —lo interrumpí haciendo un berrinche inocente, tomándome las manos sobre el vientre y poniendo una cara de tristeza profunda—. Aunque me bañe no se va a poder, Roberto. Lo que pasa es que... mi vagina está extremadamente triste hoy.

—¿Tu... tu qué? —preguntó Roberto frunciendo el ceño, completamente perdido en la conversación.

—Mi vagina está muy, pero muy triste —aseguré con un todo de voz compasivo, como si hablara de una mascota enferma—. Está deprimida, no quiere saber nada de nadie ni quiere a nadie allá adentro hoy. Si intentas meterte, se va a poner a llorar y me va a doler mucho a mí. Hay que dejarla descansar y estar sola en su tristeza. No quiere nada con nadie.

Roberto se me quedó viendo como si le estuviera hablando en un idioma alienígena. Se pasó la mano por la cabeza una y otra vez, mirando al techo, tratando de procesar cómo la conversación había pasado de un encuentro pasional en la sala a una explicación sobre mierda apestosa y una vagina con depresión. La erección en su pantalón desapareció por completo, reemplazada por un bajón de energía total.

—Laura... de verdad que estás diciendo unas cosas rarísimas últimamente... —murmuró Roberto suspirando pesadamente, evidentemente derrotado y con la excitación arruinada—. No sé si es el estrés o qué, pero me dejas helado.

—Lo siento mucho, mi amor —le dije con una sonrisa dulce y comprensiva, acercándome a darle un besito rápido en la mejilla—. Son cosas que pasan. Voy a ir a mi cuarto a resolver lo de mi problema y a dejar que mi vagina se anime un poco. No te preocupes, ya habrá otro día.

Me di media vuelta y caminé hacia la habitación principal moviendo los glúteos bajo el vestido rojo. Escuché a Roberto soltar un largo bufido de frustración en la sala mientras se dejaba caer de nuevo en el sillón.

Cerré la puerta de la recámara con seguro y me apoyé de espaldas contra la madera. Me llevé las manos a la boca para contener una risita de absoluta satisfacción. Las palabras del doctor Marcos habían funcionado al mil por ciento. Había evitado acostarme con Roberto usando exactamente las excusas que el doctor me había enseñado, sin dudar un solo instante y sintiéndome completamente orgullosa de mi lealtad hacia mi terapeuta.

Me acerqué al espejo del peinador, me contemplé deslumbrante en mi vestido rojo y suspiré con ilusión. No veía la hora de que fuera mañana para regresar al consultorio insonorizado y contarle al Dr. Marcos lo bien que le había hecho caso a todo.

Para respaldar por completo lo que le acababa de decir a Roberto y no dejar ningún margen de duda, me dirigí al baño principal de la recámara. Apreté el pestillo de la puerta, dejé caer el vestido rojo al suelo y dejé correr el agua tibia de la regadera. Aunque la excusa de la caca había sido un invento perfecto para quitármelo de encima, la idea de mantener mi cuerpo limpio y perfecto para el Dr. Marcos era algo que me tomaba muy en serio.

Me metí bajo el chorro de agua. Mientras el jabón perfumado recorría mis hombros, mis pechos y mis caderas, mi mente no dejaba de repasar todo lo sucedido. Me tocaba suavemente la piel, recordando la calidez de las manos del doctor durante nuestra sesión en el cuarto insonorizado. Sentía un orgullo enorme por la astucia con la que había evitado a mi esposo; en mi lógica bajo la sugestión, mantener mi cuerpo intacto para mi terapeuta era la prioridad número uno.

Al cabo de unos veinte minutos, cerré la llave del agua, me envolví en una toalla blanca y salí al dormitorio para cambiarme. Me puse una bata de seda corta, suave y bastante holgada, que dejaba mis piernas al descubierto hasta muy arriba. Apenas me estaba cepillando el cabello húmedo frente al peinador cuando escuché que tocaban suavemente la puerta de la habitación.

—Laura... amor, ¿puedo pasar? —escuché la voz de Roberto del otro lado, sonando cautelosa pero aún con un tono de esperanza.

Giré sobre la silla y me arreglé la bata.

—Sí, pasa, Roberto.

Roberto abrió la puerta con lentitud. Se había cambiado la playera por una más limpia y traía los ojos fijos en mis piernas descubiertas. Caminó hacia la cama con paso vacilante, frotándose las manos con nerviosismo. Se notaba que durante todo el tiempo que estuve en la regadera había estado dándole vueltas al asunto, tratando de juntar valor para intentar convencerme de nuevo antes de que nuestras hijas regresaran a la casa.

—Oye, Laura... —comenzó a decir él, sentándose en la orilla del colchón y mirándome con ojos suplicantes—. Ya te bañaste... te ves hermosa y hueles riquísimo. Estaba pensando... ¿de verdad no se puede ni un poquito? Digo, a lo mejor ya que te limpiaste y te relajaste con el agua caliente, podemos intentarlo... aunque sea un ratito, despacio. De verdad no sabes la necesidad que tengo de estar contigo al verte así de sexy.

Le dediqué una mirada llena de una falsa condescendencia, como si estuviera tratando con un niño pequeño que pide un dulce a deshoras. La reprogramación mental que el doctor Marcos había instalado en mi cerebro reaccionó al instante.

—Ay, Roberto, qué necio eres de verdad —respondí suspirando con exageración, dejando el cepillo sobre la peinadora y cruzándome de brazos—. Ya te dije que no se puede. Mi vagina sigue sumamente triste, deprimida y apagada. El agua tibia no le quita lo triste a nadie, Roberto. No voy a dejar que te le acerques mientras esté de ese ánimo.

Roberto agachó la cabeza, soltando un bufido de frustración absoluta. Se frotó la frente con ambas manos, evidentemente al borde del desquicie por lo absurdo de mis respuestas.

—Pero Laura, por Dios... ¿cómo va a estar "triste"? Es una locura lo que estás diciendo. ¿Cómo se supone que se le va a quitar lo triste si ni siquiera dejas que me acerque a consentirte?

—A ver, tranquilo, que para eso soy su dueña y yo sé exactamente lo que necesita —dije levantándome de la silla con total soltura y una seriedad pasmosa—. Si mi vagina está triste, es mi deber como mujer animarla yo misma. Y justamente eso es lo que voy a hacer ahora mismo para que se recupere.

Caminé hacia el buro de mi lado de la cama, abrí el cajón inferior y saqué de entre unas prendas guardadas un consolador de silicona rosada, de tamaño bastante generoso, que llevábamos meses sin usar. Lo sostuve en la mano con total naturalidad, a la vista de Roberto, como si estuviera tomando un cepillo de dientes o una crema humectante.

Roberto abrió los ojos como platos, dando un leve brinco sobre el colchón. Se quedó completamente mudo, señalando el aparato con un dedo tembloroso mientras la mandíbula casi se le caía al piso.

—¿Qué... qué vas a hacer con eso? —alcanzó a balbucear, mirando alternadamente el consolador y mi cara.

—Pues lo que te acabo de decir: voy a animarla —contesté con la voz más tranquila del mundo.

Sin el menor rastro de vergüenza o pudor frente a mi esposo, me desabroché el nudo de la bata de seda y la dejé abrirse por completo, exponiendo mi cuerpo desnudo frente a él. Me recosté a lo largo de la cama, abrí las piernas de par en par frente a su mirada atónita y apliqué un poco de lubricante sobre la punta del juguete de silicona.

Comencé a darme caricias suaves alrededor de mis muslos y sobre los labios de mi vulva. Sentía el roce frío del material contra mi piel caliente, lo cual me hizo soltar un leve suspiro de placer. En mi mente, la imagen del doctor Marcos sonriendo complacido dentro del cuarto insonorizado me llenaba de una euforia indescriptible. Yo no le estaba fallando a mi terapeuta; estaba siguiendo sus reglas al pie de la letra.

Tras unos momentos de acariciarme suavemente para preparar la zona, tomé la base del consolador con firmeza y, de un solo movimiento lento y fluido, me lo penetré por completo.

—Mmm... aahhh... —dejé escapar un gemido largo y sonoro, echando la cabeza hacia atrás sobre las almohadas mientras mi pared vaginal se amoldaba al grosor de la silicona.

Roberto, que presenciaba la escena a escasos centímetros de distancia, se levantó de la cama como si lo hubiera picado un escorpión. Se pasó las manos por la cabeza, completamente desencajado, mirando cómo el juguete entraba y salía de mi cuerpo a un ritmo constante mientras yo me daba placer a mí misma frente a él.

—¡A ver, a ver, a ver! ¡Laura, detente un segundo! —gritó Roberto con la voz quebrada entre el asombro, la confusión y la furia contenida—. ¡¿Me estás hablando en serio?! ¡¿No se se suponía que tu vagina estaba triste y que no quería a NADIE adentro?! ¡Te acabo de pedir sexo hace dos minutos y me saliste con que no querías a nadie allá adentro porque estaba deprimida! ¡¿Y te pones a meterte eso frente a mí?!

Detuve por un instante el movimiento del consolador, dejándolo completamente enterrado en mi interior. Miré a Roberto con una expresión de total obviedad, como si la respuesta a su reclamo fuera la cosa más lógica e indiscutible del universo, extrañada de que él no pudiera comprender algo tan simple.

—Ay, Roberto, de veras que qué poca comprensión tienes —le dije con un tono de voz suave, educado y pacífico, parpadeando con inocencia—. Escucha bien lo que dije: dije que mi vagina estaba triste y que no quería a NADIE adentro. ¡Nadie!

—¡Pues por eso! ¡Ese consolador está adentro! —replicó él alterado, señalando entre mis piernas.

—Roberto, por favor, piensa un poquito —le expliqué de manera pedagógica, como si le hablara a un niño pequeño—. "Nadie" se refiere a personas, a seres humanos. Me refería estrictamente a los penes. No quiero a ningún pene adentro de mí hoy porque mi vagina no soporta a nadie. Pero esto no es una persona ni es un pene real, es un consolador. Es un objeto que yo estoy usando para darle masajes a mi vagina y animarla. Yo la estoy cuidando, le estoy haciendo terapia de ánimo para que se le quite la tristeza. No tiene absolutamente nada que ver una cosa con la otra.

Roberto se me quedó viendo completamente paralizado. La explicación sonaba tan absurdamente elaborada dentro de mi propia lógica manipulada, pero expresada con una convicción tan firme y natural, que mi esposo se sintió absolutamente rebasado. Intentó articular una respuesta, abrió la boca dos veces para discutir la falacia de mi argumento, pero la seguridad con la que yo sostenía mi mentira lo dejó sin una sola palabra.

—Pero... pero Laura... eso no tiene ningún sentido... —alcanzó a murmurar con un hilo de voz, desplomándose de nuevo en una silla cercana, frotándose el rostro con amargura.

—Tiene todo el sentido del mundo, mi amor —le respondí sonriendo dulcemente, reanudando el movimiento del consolador en mi interior con un ritmo continuo y delicioso—. De hecho, deberías estar feliz de que me esté tomando el tiempo de animarla yo solita. Así que, por favor, déjame concentrarme en su recuperación.

Sin prestarle más atención a su mirada de derrota, cerré los ojos y me entregué al ritmo del juguete. El deslizamiento constante de la silicona avivaba el calor en mi vientre. Me imaginaba la cara del doctor Marcos cuando le contara este episodio en la consulta de mañana; sabía perfectamente que él se reiría con soltura al escuchar cómo había utilizado la excusa exacta que me enseñó para dejar a mi esposo mirando desde lejos mientras yo me daba placer a mí misma.

Roberto se quedó sentado en la silla durante un par de minutos más, observando en un silencio atónito cómo su esposa —vestida solo con una bata abierta, con las piernas abiertas de par en par— se masturbaba de forma desinhibida y disfrutaba de su propio orgasmo sin darle el más mínimo acceso a él. La combinación de excitación arruinada, humillación sutil y confusión absoluta terminó por vencerlo. Soltó un largo y pesado suspiro de impotencia, se puso de pie arrastrando los pies y caminó hacia la salida de la habitación.

—No cabe duda de que te me estás volviendo loca, Laura... de verdad no te reconozco —murmuró Roberto negando con la cabeza antes de salir al pasillo y cerrar la puerta tras de sí con fuerza.

Escuché sus pasos alejarse hacia la cocina. En cuanto la puerta se cerró, dejé salir un gemido agudo de placer. Aceleré el movimiento del consolador, frotando mi clítoris con la otra mano con un frenesí desesperado. La combinación de la penetración, el recuerdo de las palabras del Dr. Marcos y la satisfacción de haber protegido la lealtad hacia mi terapeuta me llevaron directo al límite.

En cuestión de segundos, un clímax poderoso me sacudió entera. Mis muslos temblaron violentamente, mi vientre se contrajo en espasmos deliciosos y solté un ahogado grito de éxtasis sobre la almohada. Me quedé recostada en la cama durante varios minutos, respirando agitadamente, sintiendo el sudor suave sobre mi pecho y una paz absoluta recorriendo todo mi cuerpo.

Retiré el consolador, me limpié con tranquilidad y me acomodé la bata de seda. Me miré al espejo del peinador con una sonrisa radiante. Había cumplido cada una de las instrucciones: no le había dicho a nadie que el doctor me ordenaba las cosas, había mantenido mi cuerpo apartado de mi esposo con las excusas más absurdas y me había asegurado de disfrutar de mi sexualidad bajo mis propios términos.

Mañana a primera hora regresaría al consultorio del Dr. Marcos. Sabía que la siguiente sesión en el cuarto insonorizado sería aún más intensa, y no veía la hora de volver a ponerme bajo el dominio de su voz y su péndulo.

Una vez recuperado el aliento y con el cuerpo aún vibrando por el orgasmo, me arreglé la bata de seda frente al espejo. Me peiné el cabello hacia atrás, me apliqué un poco de perfume en el cuello y me dispuse a bajar a la cocina por un vaso de agua helada para calmar la sed.

Caminé con suavidad por el pasillo del segundo piso. Mis tacones de descanso apenas hacían ruido sobre la alfombra. Sin embargo, al acercarme al inicio de la escalera de descanso que daba hacia la sala, el eco de varias voces cruzándose me hizo detener el paso de golpe.

Eran las voces de mi familia. Sofía y Valentina ya habían regresado de sus trámites en la universidad y se encontraban en el área de la estancia platicando con Roberto. Me pegué sutilmente a la pared de la escalera, manteniéndome fuera de su vista, para escuchar de qué hablaban.

—A ver, niñas, de verdad necesito que me pongan atención y me hablen con la verdad —decía Roberto con un tono de voz lleno de angustia, confusión y una desesperación difícil de disimular—. Ustedes son mujeres, son jóvenes, estudian y conocen más de estas cosas modernas que yo... Yo ya no sé qué pensar ni qué hacer con su mamá.

Se produjo un breve silencio en la sala. Escuché el choque de unos platos sobre la mesa, indicando que las muchachas estaban acomodando algunas compras.

—¿Pero de qué hablas, papá? ¿Qué pasó ahora? —preguntó Sofía con tono intrigado—. Cuando nos fuimos ella estaba súper tranquila guardando la ropa nueva que compró en la boutique.

—Sí, papá, te ves re pálido y nervioso —añadió Valentina con preocupación—. ¿Discutieron por lo de su vestido rojo o qué?

—No, no discutimos... o bueno, no de la forma en que ustedes creen —suspiró Roberto ruidosamente, pasándose las manos por la cara, un gesto que me imaginé perfectamente desde la escalera—. A ver... es que cuando ustedes salieron, me acerqué a su mamá. Es normal, ¿no? Tenía meses sin verla tan arreglada, tan radiante, luciendo ese cuerpo hermoso con esa ropa nueva. Así que la busqué, le dije que teníamos la casa sola y que quería que tuviéramos sexo...

—¡Ay, papá, qué asco, no nos des esos detalles tan específicos por favor! —lo interrumpió Valentina con una mueca de evidente pena ajena.

—Escúchenme, no es por morbo, es porque estoy verdaderamente preocupado por su salud mental o no sé qué demonios le esté pasando —insistió Roberto elevando ligeramente la voz para hacerse tomar en serio—. Cuando se lo pedí, primero me salió con que no podía porque se había cagado en el camión de regreso y que su culo apestaba a podredumbre...

Se escuchó un ahogado grito de impresión seguido de una risita nerviosa por parte de Sofía.

—¡¿Qué?! ¡¿Cómo que se cagó?! —exclamó Sofía sin dar crédito—. Pero si venía perfectísimamente limpia cuando regresamos de las tiendas. ¿Cómo te va a decir eso?

—¡Eso mismo pensé yo! —respondió Roberto con vehemencia—. Pero esperense, eso no fue lo peor. Se metió a bañar y cuando salió de la regadera volví a entrar a la recámara a preguntarle si ya se sentía mejor para intentarlo. Y ahí fue cuando me dijo la cosa más rara, absurda e incoherente que he escuchado en todos mis años de casado con ella.

—¿Qué te dijo, papá? —preguntó Valentina, esta vez con la voz completamente seria y llena de intriga, detectando que la situación era francamente extraña.

Roberto hizo una pausa dramática, soltando un bufido helado antes de soltar la bomba.

—Me dijo que no podíamos tener sexo porque... porque su vagina estaba muy triste.

El silencio que siguió en la sala fue absoluto durante tres segundos enteros. Desde mi posición en el descanso de la escalera, me llevé una mano a la boca para contener la risa. Ver cómo la mentira tan ingeniosa que me había enseñado el doctor Marcos estaba causando semejante caos en la cabeza de mi esposo me producía una satisfacción enorme.

—¿Que su... su vagina qué? —preguntó Sofía lentamente, asegurándose de haber escuchado bien.

—Que su vagina estaba extremadamente triste y deprimida —repitió Roberto enfatizando cada palabra con desesperación—. Me dijo que no quería a nadie allá adentro hoy, que no soportaba a ningún pene porque se pondría a llorar y le dolería a ella. Y no solo me dijo eso... ¡se acostó en la cama frente a mí, sacó un consolador enorme de su buro y se puso a penetrarse y masturbarse frente a mis ojos!

Un par de jadeos colectivos resonaron en la sala. Escuché el sonido de una silla arrastrándose ruidosamente.

—¡¿Cómo que se puso a usar un consolador frente a ti?! —preguntó Valentina, atónita—. Pero si te acaba de decir que no quería nada adentro...

—¡Eso mismo le reclamé yo! —exclamó Roberto al borde del colapso—. Le dije: "¿No que tu vagina estaba triste y no quería a nadie adentro?". ¿Y saben qué me respondió con la cara más lavada e inocente del mundo? Me dijo que cuando decía "nadie" se refería a las personas y a los penes reales, pero que un consolador era solo un objeto y que lo estaba usando para darle terapia de ánimo a su vagina para que se le quitara la tristeza.

Sofía y Valentina se quedaron mudas. Se escuchaba el murmullo de sus respiraciones agitadas mientras procesaban el relato de su padre. Yo, en el escalón superior, acariciaba la tela de mi bata de seda con una sonrisa radiante. La lógica impuesta por la sugestión hipnótica del doctor Marcos era perfecta dentro de mi mente: mi cuerpo era una joya, mi lealtad pertenecía a mi terapeuta y mi esposo no tenía ningún derecho a reclamarme nada si yo decidía manejar las cosas a mi manera.

—Papá... —habló finalmente Sofía con un hilo de voz, tratando de buscarle una explicación científica o lógica al asunto—. Eso... eso suena baratísimo, sumamente raro. Mi mamá jamás en la vida se ha expresado así. Ella siempre ha sido una mujer súper reservada, prudente y penosa con esos temas.

—¡Por eso mismo se los pregunto a ustedes! —suplicó Roberto agitando las manos en el aire—. Ustedes que son mujeres, que leen en internet, que van a la universidad... díganme la verdad: ¿a las mujeres les pasa algo así? ¿Existe algún síndrome, algún cambio hormonal, algún episodio de menopausia o estrés donde la vagina se ponga "triste" o rechace a la pareja pero acepte juguetes? ¿Es algo médico o psicológico? Díganme porque yo no sé mucho de estas cosas de mujeres y me estoy volviendo completamente loco.

Valentina se cruzó de brazos y soltó un largo suspiro, reflexionando sobre la pregunta de su padre.

—A ver, papá... médicamente o científicamente, eso de que "la vagina se pone triste" no existe como un término real —explicó Valentina frunciendo el ceño—. O sea, sí existe la resequedad vaginal por estrés, la falta de líbido o condiciones como el vaginismo donde los músculos se contraen por ansiedad y duele la penetración... Pero que te lo ponga con esas palabras tan raras y metafóricas... no sé, suena como una excusa super elaborada o una forma muy extraña de decirte que no tiene ganas de estar contigo.

—¿Una excusa? —preguntó Roberto frunciendo el ceño—. ¿Pero por qué me daría una excusa tan tonta en lugar de decirme simplemente "no tengo ganas, Roberto y ya"?

—Pues porque a lo mejor le da pena decirte directamente que no tiene ganas de tener sexo contigo, papá —intervino Sofía analizándolo mejor—. O a lo mejor el cambio de actitud que está teniendo con la ropa sexy, las compras y la terapia la está haciendo explorar su sexualidad pero solo de manera individual. Tal vez siente que su cuerpo está cambiando y prefiere masturbarse antes que tener relaciones en pareja.

—Pero es que no tiene sentido —protestó Roberto frotándose la nuca con frustración—. Si quiere explorar su sexualidad y vestirse como una mujer provocativa, ¿por qué excluirme a mí si yo soy su esposo y la estoy apoyando en todo? Ayer me prometió que hoy lo haríamos. Me dejó con unas ganas bárbaras y luego me sale con lo de la caca y la tristeza... De verdad siento que hay algo en su cabeza que no está funcionando bien desde que empezó a ir con ese bendito psicólogo.

En cuanto escuché a Roberto nombrar la terapia, recordé de inmediato la regla de oro impuesta por el doctor Marcos durante mi trance: De ahora en adelante, bajo ninguna circunstancia le vas a decir a nadie que haces las cosas porque yo te las dije. Tú haces todo porque tú quieres. Tenía que intervenir de inmediato para desviar cualquier sospecha del doctor y dejarles en claro a todos que yo era la única dueña de mis decisiones.

Comencé a bajar los escalones restantes con paso firme y elegante, haciendo resonar las chanclas de descanso contra la madera para anunciar mi presencia.

Al escucharme llegar, los tres en la sala dieron un brinco de sorpresa y se giraron hacia la escalera con rostros llenos de culpa y desconcierto, como niños atrapados en una travesura.

—Vaya, vaya... así que hablando a mis espaldas sobre mi anatomía y mis emociones, ¿verdad? —dije apareciendo en el marco de la sala con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa sumamente serena.

Roberto se puso rojo como un tomate, mientras Sofía y Valentina intercambiaban miradas de incomodidad.

—Laura... nosotros no... bueno, yo solo les estaba preguntando porque me preocupas —intentó justificarse Roberto aclarándose la garganta y dando un paso hacia mí—. Entiende que me dijiste cosas sumamente extrañas hace rato en la habitación.

—No hay nada de extraño en que una mujer madura, dueña de su propio cuerpo y de su sexualidad, decida qué entra y qué no entra en su vagina —contesté con una tranquilidad pasmosa, acercándome al comedor para servirme un vaso con agua de la jarra—. Escuché perfectamente tu pregunta, Roberto. Preguntabas si a las mujeres nos pasa esto. Pues sí, nos pasa cuando queremos tomarnos el control de nuestras vidas y no estar disponibles cada vez que a un hombre se le antoja.

—Mamá... pero es que la forma en que se lo dijiste a mi papá fue muy rara —comentó Sofía mirándome con cautela—. Hablar de que tu vagina está triste suena como... no sé, como si alguien te hubiera metido esa idea en la cabeza o como si estuvieras inventando pretextos.

Me giré hacia Sofía y la miré fijamente con una expresión llena de seguridad y firmeza, la misma firmeza con la que el doctor Marcos había grabado sus órdenes en mi inconsciente.

—Nadie me ha metido absolutamente nada en la cabeza, Sofía —afirmé con voz categórica, sin parpadear—. Si yo uso esas palabras es porque así es como yo me siento y porque es MI cuerpo. Yo decido vestir ropa sexy porque me da la gana y porque mi cuerpo es hermoso, decido masturbarme cuando yo quiero porque me da placer, y decido no tener sexo con tu padre si mi energía no está para eso. Ningún psicólogo ni nadie me manda a hacer nada. Lo hago única y exclusivamente porque YO QUIERO. ¿Queda claro?

Roberto miró a nuestras hijas y luego me miró a mí, completamente anonadado por la autoridad y el carácter desinhibido con el que estaba hablando. La sumisión y el apagamiento de la Laura de antes habían desaparecido por completo; frente a ellos había una mujer segura, provocativa y dispuesta a imponer sus propias reglas sin dar explicaciones reales a nadie.

—Está bien, Laura... está bien, no te enojes —dijo Roberto levantando las manos en señal de paz, evidentemente acorralado y sin saber cómo debatir contra mi postura—. Solo queremos que estés bien. Si necesitas tu espacio o tus tiempos para... bueno, para que se te pase ese estado de ánimo, yo lo voy a respetar. Pero por favor háblame con la verdad y sin rodeos.

—Siempre te hablo con mi verdad, amor —le respondí con una sonrisa dulce y manipuladora, acercándome a él para darle una palmadita en la mejilla—. Ahora, si me disculpan, voy a subir a mi cuarto a descansar un rato. Mañana tengo mi tercera consulta con el Dr. Marcos por la mañana y quiero estar completamente fresca y radiante para mi tratamiento.

Le di un largo trago al vaso de agua, lo dejé sobre la barra y me di media vuelta, caminando hacia las escaleras con un contoneo lento de caderas que dejó a mi esposo y a mis hijas en un absoluto y reflexivo silencio.

Mientras subía los escalones hacia mi recámara, una profunda sensación de triunfo me embargó el pecho. Había protegido la figura de mi terapeuta, había defendido mis acciones como decisiones totalmente propias y había dejado a mi familia completamente desarmada. No veía la hora de que amaneciera para estar nuevamente recostada en el diván del cuarto insonorizado, escuchando la voz del doctor Marcos y descubriendo qué nuevas órdenes y placeres tenía preparados para mí.

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