What's next?

Cap 3

Chapter 3 by K45

A la mañana siguiente me desperté con una impaciencia arrolladora. Apenas la luz del sol comenzó a colarse por las cortinas, me levanté de la cama dejando a Roberto durmiendo profundamente, agotado por la confusión y la frustración de la noche anterior. Me metí a la regadera, dejé que el agua caliente me espabilara por completo y elegí del armario otro de los conjuntos provocativos que había comprado: un vestido de punto fino en tono morado oscuro, absurdamente ajustado a mis curvas, con un escote pronunciado que dejaba al descubierto gran parte de la parte superior de mis senos y una abertura en la pierna izquierda que subía casi hasta mi cadera. Me maquillé los labios de un rojo intenso, me puse tacones altos y salí de la casa en silencio.

El trayecto en el camión fue un borrón de miradas masculinas y deseo contenido, pero toda mi atención estaba centrada exclusivamente en la figura del Dr. Marcos. Mi corazón martilleaba con fuerza contra mis costillas a medida que el autobús se acercaba al centro. Necesitaba verlo, necesitaba escuchar su voz y ponerme bajo sus órdenes.

Llegué al consultorio a primera hora. Al cruzar la puerta de la recepción, el Dr. Marcos me esperaba de pie cerca del pasillo, luciendo un traje impecable que resaltaba su porte elegante. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, una sonrisa posesiva se dibujó en sus labios.

—Buenos días, Laura —dijo con esa voz grave que me erizaba la piel—. Pasa directo, por favor.

Caminamos a paso veloz por el pasillo y entramos al cuarto insonorizado. En cuanto la gruesa puerta de madera se cerró por completo, aislando todo el ruido del mundo exterior, no hubo espacio para formalidades. Nos abalanzamos el uno sobre el otro en un impulso salvaje. El Dr. Marcos me tomó con firmeza por la cintura, pegándome a su cuerpo, y estrelló sus labios contra los míos en un beso profundamente lascivo y hambriento.

Nuestras lenguas se buscaron con descaro. Sentí la firmeza de sus manos presionando mis nalgas por encima de la tela del vestido morado, apretándome contra él mientras yo me enredaba en su cuello, soltando gemidos ahogados entre sus labios. El sabor de su boca, el aroma de su loción cara y la fuerza con la que me sujetaba me hicieron temblar las piernas de pura devoción. Para mí, este hombre era mi universo entero, el único dueño de mis suspiros y de mi cuerpo.

Tras unos largos segundos de un besuqueo frenético que me dejó sin aliento y con los labios ardiendo, el doctor se separó sutilmente, sosteniendo mi rostro entre sus manos mientras sus ojos oscuros me devoraban.

—Acomódate en el diván, Laura —murmuró con voz dominante pero suave—. Es hora de comenzar tu sesión.

Me senté en el borde del diván de cuero oscuro, acomodándome el vestido que se me había subido por encima de los muslos. El Dr. Marcos sacó de su saco el péndulo metálico y comenzó a balancearlo rítmicamente frente a mis ojos.

—Mira el destello del metal, Laura... respira profundo... inhala... exhala. Tu mente se relaja y se sumerge en una tranquilidad absoluta. Mis palabras entran directamente en tu consciencia como tu única verdad. Un paso más profundo... dos... tres.

Al instante, la deliciosa y familiar pesadez se apoderó de mí. Mi mente crítica se apágó por completo, dando paso a una receptividad total donde cada orden del doctor Marcos se convertía en una ley indiscutible para mi lógica. Estaba consciente, escuchaba el silencio absoluto del cuarto insonorizado y sentía la calidez de la luz tenue, pero mi voluntad le pertenecía enteramente a él.

—Eso es, estás profundamente hipnotizada —habló el doctor con tono pausado e imperioso—. Ahora, Laura, quiero que me cuentes exactamente todo lo que sucedió en tu casa ayer después de que te fuiste de aquí.

Con una chispa de orgullo en mi voz, comencé a relatarle cada detalle.

—Hice todo lo que me indicó, doctor. Cuando llegué a mi casa me metí a bañar para respaldar mi mentira. Luego mi esposo Roberto entró a la recámara a rogarme que tuviéramos sexo, pero le dije que no se podía porque mi vagina estaba extremadamente triste y deprimida, y que no quería a nadie adentro. Él se desesperó, pero saqué mi consolador frente a él, me recosté en la cama y me penetré y masturbé en sus narices. Cuando me reclamó, le expliqué con mucha calma que "nadie" significaba que no quería a ningún pene ni a ninguna persona real adentro, pero que el consolador era solo un objeto que yo usaba para darle terapia de ánimo a mi vagina. Se quedó completamente paralizado y mudo. Luego bajé a las escaleras y escuché que le preguntaba a mis hijas si a las mujeres les pasaba eso de que la vagina se pusiera triste... Y cuando los encaré, les dejé bien claro a los tres que yo me visto sexy, me masturbo y hago todo esto única y exclusivamente porque YO QUIERO, sin mencionar jamás su nombre.

El Dr. Marcos escuchó la historia con una sonrisa calculadora dibujada en el rostro. Cuando terminé de hablar, soltó una carcajada suave que resonó en la habitación insonorizada.

—Brillante, Laura. Sencillamente brillante —dijo asentendiendo con la cabeza mientras se acercaba al diván—. Me alegra ver lo perfectamente que ejecutas todo. Quiero que te mantengas así, firme, dominante y usando esa lógica para respaldar tu libertad. Pero ahora vamos a dar el siguiente paso en tu tratamiento.

El doctor se inclinó hacia mí, extendió sus manos y las deslicó por el escote de mi vestido morado, sujetando mis pechos por encima de la tela y amasándolos con firmeza, pellizcando suavemente mis pezeones con los pulgares. Solté un gemido largo y suave ante su toque.

—Escucha muy bien, Laura —continuó mientras me acariciaba los senos—. Para tu siguiente sesión de mañana, quiero que traigas a una de tus hijas. Vas a convencer a una de ellas para que venga contigo, porque ella también va a tomar una sesión de terapia con nosotros aquí en el cuarto insonorizado. Es necesario para el bienestar de la familia.

—Sí, doctor... mañana traeré a una de mis hijas... para que tome una sesión con nosotros —repetí mecánicamente, asimilando la orden como la meta más importante de mi día.

—Por otro lado —siguió el doctor Marcos, apretando mis pechos con un poco más de fuerza para fijar la sugestión en mi cerebro—, si tu esposo Roberto sigue insistiendo con el tema del sexo, esto es lo que vas a hacer: para quitártelo de encima y mantener la paz, lo vas a masturbar con la mano y le vas a dar besos sexuales, besos apasionados... Pero hazlo sabiendo y recordando en todo momento que solo lo haces por aparentar. Es una actuación pura. Tú ya no sientes nada por tu esposo. Absolutamente nada de nada. Ya no hay amor ni deseo por él en tu corazón.

Sentí cómo un frío helado desconectaba cualquier resto de afecto que pudiera haber tenido hacia Roberto, reemplazándolo por una indiferencia absoluta.

—Ahora todo tu amor, todo tu deseo romántico y todo tu anhelo sexual me pertenecen exclusivamente a mí —susurró el doctor cerca de mi oído mientras sus manos bajaban por mi cintura—. Me amas con una devoción ciega y apasionada. Y no solo eso... vas a desear con todas tus fuerzas que tus hijas también me amen a mí de la misma manera, romántica y sexualmente. Querrás que ellas sientan lo mismo que tú sientes por tu terapeuta. ¿Queda claro?

—Sí... ya no siento nada por mi esposo... solo lo masturbaré y lo besaré para aparentar —balbuceé con la respiración agitada—. Todo mi amor romántico y sexual es para usted... y quiero que mis hijas también lo amen a usted...

—Excelente —dijo el doctor sonriendo con satisfacción—. Ahora, Laura... quítate la ropa.

Sin dudarlo un segundo, me puse de pie. Deslicé el vestido morado hacia abajo, dejando que cayera al suelo, y me quité la ropa interior. Me quedé completamente desnuda ante él en el centro de la habitación.

—Acuéstate en el diván y empieza a masturbarte —ordenó.

Me recosté sobre el cuero del diván, abrí las piernas de par en par y llevé mis dedos directamente a mi entrepierna húmeda. Comencé a frotar mi clítoris con rapidez, dejando escapar gemidos sonoros que rebotaban en las paredes insonorizadas. El doctor Marcos me observó durante unos segundos mientras desabrochaba su pantalón y sacaba su miembro completamente erguido y duro.

Se acercó al diván, se colocó entre mis piernas abiertas y, sosteniendo sus caderas, se alineó con mi vagina.

De un solo empuje firme y decidido, el doctor Marcos me penetró hasta el fondo.

—¡Aaaaahhh... Doctor! —grité de placer, arqueando la espalda sobre el cuero mientras sentía su grosor llenándome por completo.

El doctor comenzó a embestirme con un ritmo rápido, profundo y constante. El sonido de nuestros cuerpos chocando retumbaba en la habitación. Cada penetración me enviaba descargas de electricidad directa al vientre. Lo tomé de los brazos, clavando mis uñas en sus hombros mientras me entregaba por completo a su dominio.

Mientras me poseía con fuerza, el Dr. Marcos se inclinó sobre mí, pegando su boca a mi oído para sembrar una nueva y retorcida sugestión en mi mente inconsciente.

—Escúchame mientras te tomo, Laura —dijo con la respiración entrecortada por el esfuerzo del acto—. A partir de hoy, cuando estés en tu casa... vas a buscar la ropa sucia de tus hijas. Vas a ir a sus cestos, vas a tomar sus prendas usadas, sus blusas, su ropa interior... y las vas a oler profundamente con tu nariz. Pegarás la tela sucia a tu rostro y la meterás en tu boca, saboreando y oliendo su ropa sucia... Y harás todo eso mientras te masturbas enfáticamente en tu habitación. ¿Entendiste?

—¡Aahh... sí! —gemí descontrolada mientras él aumentaba la velocidad de sus estocadas—. Buscaré la ropa sucia de mis hijas... la oleré con mi nariz... la meteré en mi boca... y me masturbaré con ella... ¡Aahhh!

—Eso es, mi perra obediente... —gruñó el doctor.

El ritmo de sus embestidas se volvió salvaje, desesperado. Sentí cómo la pared de mi vagina se contraía fuertemente alrededor de su miembro, al borde de llevarme a un clímax devastador. El Dr. Marcos soltó un fuerte gruñido desde el fondo de su garganta, se enterró profundamente dentro de mí hasta el tope y llegó al clímax, derramando su semen caliente en chorros abundantes directamente dentro de mi matriz.

Se quedó inmóvil unos segundos sobre mí, respirando con agitación, sintiendo las pulsaciones de su eyaculación en mi interior. Yo jadeaba con la cabeza echada hacia atrás, sintiendo la calidez de su semen llenándome por completo, experimentando un sentimiento de devoción y dicha absoluta.

Lentamente, el doctor salió de mi cuerpo. Limpió su miembro con una toalla de papel, se acomodó la ropa con elegancia y volvió a tomar el péndulo de la mesa.

—Muy bien, Laura. Cuando cuente hasta tres, vas a despertar de este trance. Te sentirás llena de energía, recordarás todo lo hablado como tus propios deseos e ideas y saldrás de aquí feliz para cumplir con tus tareas. Uno... dos... tres.

Parpadeé rápidamente. La niebla de la hipnosis se disipó en un instante, pero las ideas plantadas estaban grabadas a fuego en mi mente, sintiéndose tan naturales e indiscutibles como mi propio nombre. Me sentía radiante, llena de vida y con una devoción ciega por el hombre que estaba de pie frente a mí.

Me vestí rápidamente con el vestido morado, ajustándome el escote y acomodándome el cabello. Miré al Dr. Marcos con ojos enamorados y le dediqué una sonrisa dulce y sumisa.

—Muchísimas gracias por la sesión, mi amor... quiero decir, doctor —dije corrigiéndome con timidez pero sin ocultar mi afecto—. Me siento increíblemente bien. No se preocupe por nada, mañana a primera hora estaré aquí y traeré a una de mis hijas conmigo para que tome su consulta.

—Es un placer, Laura. Confío plenamente en ti —respondió él con una sonrisa calculadora y dominante—. Ve a casa y que tengas un excelente día.

Nos despedimos con un breve beso en los labios y salí del cuarto insonorizado. Mientras caminaba hacia la salida del edificio sobre mis tacones altos, sentía la humedad del semen del doctor deslizándose suavemente por mi entrepierna. Una sensación de euforia y anticipación me llenaba el pecho: tenía una misión clara para el día de hoy, y nada ni nadie me impedirá cumplirla.

Al cruzar el umbral de la puerta principal, el silencio de la casa me recibió como un abrazo cómplice. La luz de la mañana entraba a través de los grandes ventanales de la sala, reflejándose en el suelo pulido. Dejé mis llaves sobre la mesita del recibidor y contuve la respiración durante un par de segundos, escuchando con atención. No había ruidos de platos en la cocina, ni el murmullo de la televisión encendida, ni pisadas en el segundo piso.

—¿Hola? ¿Hay alguien? —llamé con voz clara, esperando una respuesta que no llegó.

Efectivamente, no había nadie. Roberto seguramente estaba atrapado en sus oficinas resolviendo asuntos pendientes, y las muchachas, Sofía y Valentina, debían seguir en la universidad o realizando compras. Una ola de calor anticipado recorrió todo mi cuerpo, desde la nuca hasta la entrepierna. La ausencia de mi familia no era más que una oportunidad perfecta concedida por el destino para cumplir al pie de la letra con los mandatos que el doctor Marcos había sembrado en mi consciencia.

Subí la escalera a paso apresurado, sintiendo cómo el vestido morado ajustado se ceñía a cada uno de mis movimientos. Los tacones resonaban con fuerza en la madera, marcando un ritmo urgente. Al llegar al pasillo superior, me dirigí directamente hacia las habitaciones de mis hijas. La puerta del cuarto de Valentina estaba entreabierta. Entré sin vacilar. El espacio olía a su perfume habitual, una mezcla dulce de vainilla y flores, pero mi objetivo no eran las botellas sobre su tocador.

Fui directo al rincón donde guardaba su cesto de la ropa sucia. Al levantar la tapa de mimbre, un estremecimiento de obediencia ciega atravesó mi espina dorsal. Recordé la voz grave y dominante del doctor resonando en la habitación insonorizada: "Vas a buscar la ropa sucia de tus hijas... vas a tomar sus prendas usadas... y las vas a oler profundamente con tu nariz. Pegarás la tela sucia a tu rostro y la meterás en tu boca...".

Incliné el torso y metí las manos en el cesto. Revolví las prendas hasta encontrar lo que buscaba: un top deportivo de tela sintética que Valentina había usado la tarde anterior y un par de calcetas tobilleras. Sin dudarlo un solo segundo, me llevé el top al rostro. Pegué la tela directamente a mi nariz y a mi boca, inhalando con fuerza. El olor a sudor joven, a piel tibia y a desodorante usado inundó mis fosas nasales. Siguiendo la orden de manera literal, abrí los labios y metí un trozo de la tela en mi boca, saboreándola, sintiendo la textura salada y humana sobre mi lengua mientras mis ojos se cerraban por el impacto sensorial.

Con la prenda de Valentina aún entre las manos, caminé hacia el cuarto de Sofía, ubicado al final del pasillo. La habitación de mi hija mayor estaba impecablemente ordenada, excepto por el cesto de plástico junto al armario. Me acerqué y saqué una blusa de algodón sin mangas que había usado para ir a clases dos días atrás, junto con unas bragas de encaje negro que reposaba al fondo. Tomé las prendas de ambas y las abracé contra mi pecho, apretándolas como si fueran tesoros invaluables. Pegué la blusa de Sofía a mi cara, oliendo profundamente el rastro de su colonia suave y la calidez del sudor concentrado en la zona de las axilas. Acto seguido, abrí la boca y mordí ligeramente el cuello de la prenda, dejando que la saliva humedeciera la tela mientras el mandato del doctor Marcos resonaba como un tambor en mi mente.

Apretando las prendas usadas de mis dos hijas contra mi rostro y mi boca, me dirigí a paso firme hacia mi recámara matrimonial. Cerré la puerta detrás de mí con el pie y le pasé el seguro. La habitación estaba en penumbra, con las cortinas medio corridas. Me acerqué a la gran cama, me despojé de los tacones y me dejé caer de espaldas sobre el colchón.

Aún sentía en mi interior la humedad tibia del semen que el doctor Marcos había dejado dentro de mi matriz apenas un par de horas atrás. Esa sensación, combinada con el olor penetrante de la ropa sucia de Sofía y Valentina pegada a mi cara, me provocó un choque de excitación descontrolado.

Con una mano mantuve la blusa de Sofía clavada en mi nariz y la braga de Valentina dentro de mi boca, mordiéndola con desesperación, mientras que con la otra mano me subí apresuradamente el vestido morado hasta la cintura. No traía ropa interior; me la había quitado en el consultorio y no me la había vuelto a poner. Mi entrepierna estaba completamente expuesta, húmeda y latiendo con fuerza.

Deslicé la mano libre entre mis muslos y llevé dos dedos directamente a mi clítoris. Comencé a frotarme con rabia, ejecutando una masturbación frenética y voraz. Cada fricción contra mi carne hipersensible desataba descargas de placer que me hacían arquear la espalda sobre las cobijas.

—Mmm... mmmgh... —los gemidos salían ahogados por la tela de la ropa de mis hijas que tenía atascada en la boca.

Mover los dedos a ese ritmo mientras olía y saboreaba el sudor de Sofía y Valentina era una experiencia que mi mente embrutecida no cuestionaba. Mi lógica modificada por la hipnosis lo procesaba como un ritual hermoso, una preparación indispensable para el plan superior del doctor. En mi cabeza no había culpa, solo una devoción ciega hacia las órdenes de mi amado terapeuta. Recordé sus palabras exactas: "Todo tu amor, todo tu deseo romántico y todo tu anhelo sexual me pertenecen exclusivamente a mí... y vas a desear con todas tus fuerzas que tus hijas también me amen a mí de la misma manera...".

Apreté la blusa de Sofía con más fuerza contra mis ojos y mi nariz, inhalando hasta que los pulmones me ardieron. La imagen del Dr. Marcos dominándome en el diván se mezclaba con la idea fija de traer a una de las muchachas mañana por la mañana. ¿A cuál llevaría primero? Sofía era más analítica, pero Valentina era más impulsiva. No importaba; cualquiera de las dos caería bajo el hechizo de su voz grave y dominante de la misma forma en que yo lo había hecho.

Aumenté la velocidad de mis dedos. El sonido de mi propia lubricación mezclada con el semen del doctor era un chasquido rítmico y húmedo que llenaba el silencio de la recámara. Me froté con más dureza, buscando el límite del placer. Las piernas me temblaban sin control sobre el edredón. Introduje un dedo profundamente dentro de mi vagina, sintiendo la textura caliente y resbaladiza de mi interior, mientras con el pulgar continuaba castigando mi clítoris hinchado.

—¡Mmmgh! ¡Mmmff! —los jadeos sofocados contra la ropa sucia se volvieron más agudos.

El aire en la habitación parecía haberse vuelto denso. Cerré los ojos con fuerza y me entregué por completo a la ola de calor que ascendía desde mi vientre. Un orgasmo violento y prolongado me sacudió entera. Los músculos de mi vagina se contrajeron en espasmos rítmicos, expulsando una marejada de placer que me hizo estremecer de la cabeza a los pies. Mordí la tela de la braga de Valentina con todas mis fuerzas para no gritar, dejando que el clímax se extendiera por cada fibra de mi ser durante varios segundos.

Cuando las contracciones finalmente comenzaron a ceder, dejé caer los brazos a los lados de mi cuerpo sobre la cama. La ropa sucia de mis hijas quedó desparramada sobre mi pecho y mi cara. Respiraba con agitación, sintiendo el sudor frío correr por mi cuello y el calor lingering entre mis piernas.

Permanecí inmóvil durante unos minutos, disfrutando del sopor posterior al orgasmo. Miré hacia el techo de la habitación con una sonrisa llena de satisfacción y serenidad. Todo se había cumplido tal como el doctor lo había exigido. La obediencia me producía una paz inmensa, una certeza absoluta de que estaba recorriendo el camino correcto hacia mi verdadera liberación.

Poco a poco, me incorporé en la cama. Me retiré la prenda de la boca, escupiendo un hilo de saliva, y acomodé las prendas sobre el edredón. Me levanté, me ajusté el vestido morado hacia abajo para que cubriera nuevamente mis muslos y caminé hacia el baño contiguo para limpiarme la entrepierna y arreglarme el maquillaje.

Frente al espejo del tocador, me contemplé con orgullo. Mis ojos tenían un brillo intenso, mis labios estaban carnosos y mi piel lucía radiante. Ya no quedaba nada de la mujer apagada, miedosa y sumisa que Roberto solía manejar a su antojo. Ahora era una criatura rediseñada por el Dr. Marcos, llena de una sensualidad desbordante y una mente completamente libre de ataduras morales convencionales.

Tomé la ropa sucia de Sofía y Valentina que había quedado en la cama, salí al pasillo y regresé cada pieza a sus respectivos cestos para no dejar rastro alguno de lo que acababa de suceder. Todo debía mantenerse en perfecto orden hasta la llegada de mi familia.

Bajé nuevamente a la planta baja. Me serví una taza de té helado en la cocina y me senté en la barra a esperar. Ya no sentía ninguna prisa ni ansiedad; sabía exactamente qué tenía que hacer a continuación. Solo era cuestión de tiempo para que mis hijas o mi esposo llegaran a la casa. Tendría que preparar el terreno para convencer a una de las niñas de acompañarme mañana a la consulta médica, y si Roberto intentaba reclamar sus "derechos conyugales" por la noche, aplicaría la orden sustituta: una masturbación fría y besos vacíos, solo para mantener la fachada mientras mi corazón y mi alma permanecían intactos, entregados enteramente al único hombre que realmente me poseía.

El sonido de la puerta principal abriéndose rompió el silencio de la casa. Escuché el murmullo de risas y el andar cansado de Sofía y Valentina mientras dejaban sus mochilas y bolsas sobre la mesa del recibidor. Venían juntas de la universidad. Me limpié las manos con un paño de cocina, me acomodé el escote del vestido morado y salí a su encuentro con una sonrisa radiante.

—Hola, hijas, qué bueno que ya llegaron —dije con voz dulce, acercándome a darles un beso en la mejilla a cada una.

—Hola, mamá —respondió Valentina, mirándome de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y cautela al notar lo arreglada y sensual que seguía luciendo—. Veo que te quedaste en la casa así vestida.

—Por supuesto, me siento de maravilla —contesté con total naturalidad—. Niñas, qué bueno que las encuentro a las dos juntas y solas, porque quería pedirles un favor muy importante. ¿Alguna de ustedes dos me podría acompañar mañana por la mañana a mi sesión con el doctor Marcos?

Sofía y Valentina se miraron entre sí, cruzando una rápida señal de advertencia con los ojos antes de volver a fijar su atención en mí.

—¿Acompañarte otra vez? —preguntó Sofía, arqueando una ceja—. Mamá, yo ya te acompañé el primer día y solo me quedé en la sala de espera. Además, ayer nos dijiste que no querías que nos metiéramos en tus decisiones ni en tu terapia.

—Es diferente esta vez, hija —expliqué, poniendo una expresión de suma responsabilidad y coherencia, guiada por la sugerencia que mi mente había adaptado para cumplir la orden del doctor—. El doctor Marcos me dijo hoy que le gustaría escuchar la opinión de un familiar directo sobre mis avances. Quiere saber si ustedes han notado que el estrés se me ha quitado y si las sesiones de verdad están sirviendo. Él dice que es un profesional ético y que no quiere estar cobrándome sus servicios si la familia no ve un cambio real y positivo en mí. Así que necesita que una de ustedes entre a platicar un momento con él.

Las dos se quedaron en silencio por un segundo, analizando mis palabras. La explicación sonaba tan impecable, lógica y profesional que la resistencia inicial de mis hijas comenzó a ceder.

—Bueno... visto así, suena bastante profesional de su parte —admitió Valentina, suspirando de forma comprensiva—. La verdad es que sí te hemos visto súper cambiada, con muchísima más energía que antes. Si es solo para darle nuestra opinión sobre tu progreso, yo te acompaño mañana, mamá. No tengo clase a primera hora.

—¡Muchísimas gracias, Valentina! De verdad te lo agradezco, amor —le sonreí con un entusiasmo desbordante, sintiendo cómo en mi pecho una llamarada de triunfo se encendía. La primera parte del mandato del doctor Marcos estaba cumplida: Valentina iría conmigo mañana al consultorio insonorizado.

Sin embargo, antes de que pudiera dar media vuelta para regresar a la cocina, Sofía dio un paso al frente y me tomó suavemente del brazo, deteniéndome. Su rostro y el de Valentina se tornaron serios, casi solemnes.

—A ver, mamá... ya que estamos solas las tres y que tocó hablar de esto, queremos encararte bien sobre algo —dijo Sofía, mirándome directamente a los ojos con una expresión de genuina preocupación—. ¿Por qué estás siendo así con mi papá?

—¿Así cómo, Sofía? —pregunté manteniendo una serenidad impecable.

—¡Ay, mamá, por favor! —intervino Valentina, frunciendo el ceño—. A mi papá se le nota muchísimo desde ayer que se muere por tener sus ratos contigo. Está desesperado, triste y sumamente confundido. Ayer nos contó las excusas tan raras que le diste para no acostarte con él, y luego te pones a usar un consolador frente a sus ojos. Lo estás dejando de lado completamente.

—Hijas, les dije ayer que mi sexualidad y los tiempos con su padre son asunto mío...

—Sí, mamá, pero es tu esposo y te ama —la interrumpió Sofía con firmeza, alzando las manos—. Ha estado trabajando durísimo todo este tiempo, te apoya en ir al psicólogo, te apoya en que compres ropa nueva y te renueves, ¿y tú ni siquiera puedes ser un poco considerada con él? No es justo que lo traigas así de frustrado. Dale tan siquiera algo, mamá. Un acercamiento, un gesto, algo para que no sienta que lo estás desechando como si no valiera nada.

Escuché los reclamos de mis hijas sin alterarme en lo más mínimo. Dentro de mi mente reprogramada, las palabras del doctor Marcos resonaban con una claridad aplastante: "Si tu esposo sigue insistiendo, lo vas a masturbar con la mano y le vas a dar besos sexuales... pero solo por aparentar". Todo encajaba a la perfección. Ellas querían que le diera "algo" a Roberto para calmar las aguas, y eso era exactamente lo que el doctor me había ordenado hacer para mantener la fachada.

Puse una cara de suave arrepentimiento, fingiendo que sus palabras me habían hecho reflexionar.

—Tienen razón, muchachas —dije suspirando con delicadeza—. A veces con este proceso de reconexión conmigo misma se me olvida cómo se siente su padre. No quiero que sufra ni que piense que no me importa. Hoy por la noche, cuando llegue, voy a hablar con él y le voy a dar algo de cariño para que se sienta atendido. Se los prometo.

Sofía y Valentina soltaron un suspiro de alivio casi al mismo tiempo, sonriéndome con serenidad, convencidas de que me habían hecho entrar en razón.

—Qué bueno, mamá. Nos alegra mucho escucharte decir eso —dijo Sofía, dándome un abrazo rápido—. Solo queremos que la familia esté bien.

Pasaron unas dos horas. El sol terminó de ocultarse por completo y las luces cálidas de la casa se encendieron. Sofía y Valentina estaban en sus habitaciones estudiando cuando escuché la llave girar en la cerradura de la puerta principal. Era Roberto.

Salió de la entrada caminando con los hombros caídos, el maletín de la oficina colgando de su mano y un rostro que denotaba un cansancio acumulado, tanto físico como mental. Al verme parada en la sala, luciendo mi vestido morado, me dedicó una mirada rápida, llena de cautela y cierta tristeza, temiendo que volviera a salirle con alguna excusa disparatada.

—Buenas noches, Laura —dijo con la voz apagada, tratando de esbozar una sonrisa forzada.

—Buenas noches, amor —le respondí con un tono suave y acogedor.

Lo seguí en silencio mientras él subía las escaleras hacia nuestra recámara matrimonial. Entró al cuarto, dejó el maletín sobre una silla y se quitó el saco con pesadez. Se sentó en la orilla de la cama, desabrochándose los primeros botones de la camisa y frotándose los ojos con evidente agotamiento.

Me acerqué a la puerta, le pasé el seguro sin hacer ruido y me aproxime a él con un caminar felino, haciendo sonar levemente mis tacones.

—Oye, Roberto... ¿estás bien o te pasa algo? —pregunté inclinándome un poco hacia él, dejando que mi escote quedara a la vista de sus ojos.

Roberto levantó la mirada y suspiró profundamente, mirándome con resignación.

—Sí, Laura... estoy bien. Solo... muy cansado, la verdad —murmuró, pasándose la mano por el cuello—. El trabajo estuvo pesado hoy, y bueno... no he podido dormir bien pensando en todo lo que pasó ayer entre nosotros. Siento que estamos desconectados y no sé cómo acercarme a ti sin que me salgas con algo raro.

Un sentimiento de frialdad absoluta dominaba mi pecho. Miraba a Roberto y no sentía absolutamente nada. Ni amor, ni deseo, ni rabia, ni siquiera lástima o pena por su estado. Era un desconocido viviendo en mi casa, un obstáculo que debía ser neutralizado para proteger mi verdadera devoción. No iba a tener sexo con él; jamás entregaría mi cuerpo ni mi vagina a un hombre por el que no sentía ni el más mínimo atisbo de afecto. Mi vagina, mi ser y mi alma pertenecían única y exclusivamente a mi adorado doctor Marcos, mi verdadero amor romántico y sexual. Pero como mi amado doctor me lo había ordenado explícitamente para mantener las apariencias y calmar las aguas, ejecutaría el movimiento sin vacilar.

—Ya no pienses en eso, amor —le susurré con una voz que simulaba una pasión arrolladora.

Antes de que Roberto pudiera reaccionar o formular una sola pregunta, me acomodé a su lado sobre el colchón. Pasé una de mis manos por detrás de su nuca, lo atraje hacia mí con firmeza y le planté un beso sumamente lascivo y profundo directamente en los labios.

Le introduje la lengua sin rodeos, moviéndola con una destreza hambrienta, imitando los besos sexuales que el doctor me daba en el cuarto insonorizado. Roberto abrió los ojos por la sorpresa, pero el impacto de mi boca devorando la suya, sumado al olor de mi perfume y el calor de mi cuerpo pegado al suyo, hizo que todo su agotamiento se disipara en un milisegundo. Soltó un gemido ahogado contra mis labios y me rodeó la cintura con los brazos, correspondiendo al beso con una desesperación acumulada de días.

Por dentro, yo permanecía completamente ajena a la escena. Mientras lo besaba con esa falsa voracidad, mi mente flotaba a kilómetros de distancia, reviviendo el momento en que el doctor Marcos se venía dentro de mí en el diván esa misma mañana. Ese era el único pensamiento que encendía mis sentidos.

Sin romper el beso húmedo y apasionado, deslicé mi mano libre por el pecho de Roberto, bajando lentamente por su abdomen hasta llegar a la hebilla de su cinturón. Se la desabroché con agilidad, bajé el cierre de su pantalón de vestir y metí la mano por debajo de su ropa interior. Tomé su miembro, que ya se encontraba absurdamente duro y pulsante por la estimulación del beso, y comencé a masturbarlo.

Roberto soltó un jadeo profundo dentro de mi boca, arqueando la espalda sobre la cama.

—Ah... Laura... Dios mío... —balbuceó entre beso y beso, apretándome las caderas con fuerza.

Comencé a mover mi mano de arriba abajo a un ritmo constante, firme y fluido, aplicando la presión exacta para mantenerlo al límite. Le acariciaba la cabeza del miembro con el pulgar mientras mis labios continuaban devorando los suyos, dándole besos húmedos, mordisqueándole el labio inferior y dejando que nuestras salivas se mezclaran. Para él, aquello era la reconciliación más pasional y esperada del mundo; para mí, no era más que una rutina mecánica, un procedimiento que ejecutaba con fría precisión matemática únicamente porque mi verdadero amo me lo había ordenado.

Giré ligeramente mi cuerpo para quedar mejor acomodada a su lado, manteniendo el vestido morado en su lugar. No me quité una sola prenda, ni dejé que sus manos bajaran hacia mi entrepierna. Cada vez que Roberto intentaba meter la mano por debajo de mi falda para tocarme o buscar la penetración, yo aumentaba la velocidad de la paja y le intensificaba el beso en la boca, distrayéndolo por completo y manteniéndolo atrapado en las sensaciones de su propio pene.

—Laura... qué rico... me vas a hacer venir... —jadeaba Roberto con la voz completamente rota, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás sobre las almohadas.

Aceleré el movimiento de mi mano, subiendo y bajando con fuerza y velocidad, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba por completo. Roberto apretó las sábanas con una mano mientras con la otra me sujetaba el brazo. Tras unos cuantos segundos de un ritmo frenético, mi esposo soltó un fuerte gruñido de satisfacción y comenzó a eyacular abundantemente sobre mi mano y sobre la tela de su propio pantalón.

Sus muslos temblaron mientras los chorros de su semen salían uno tras otro. Yo mantuve el frote suave hasta que la última pulsación cedió por completo. Le di un último beso dulce y prolongado en los labios, limpiándole la boca con el pulgar mientras sonreía con una falsa ternura.

Roberto se quedó recostado en la cama, respirando con gran agitación, con el rostro completamente descompuesto por el alivio y el placer. Me miró con los ojos entreabiertos, llenos de un agradecimiento casi devocional.

—Laura... de verdad... no sabes lo mucho que necesitaba esto —alcanzó a decir con un hilo de voz, tomándome la mano suavemente—. Gracias, amor... me devolviste la vida. Te juro que pensé que ya no me querías.

—Tontito... claro que te quiero dar tus ratos —mentí con la voz más dulce y convincente del mundo, levantándome de la cama con una gracia natural—. Solo necesitaba un poco de tiempo para acomodar mis emociones. Ahora déjame ir al baño a limpiarme la mano y a prepararme para dormir, que mañana tengo que levantarme temprano.

—Sí, mi amor... lo que tú digas —suspiró Roberto, cerrando los ojos completamente satisfecho y relajado, listo para quedarse dormido en cuestión de minutos.

Caminé hacia el baño de la recámara matrimonial, abrí la llave del lavabo y me lavé la mano con abundante agua y jabón, eliminando cualquier rastro del semen de Roberto con un leve gesto de indiferencia en el rostro. Me sequé con una toalla limpia, me miré al espejo y sonreí radiante.

Había sido un éxito rotundo. Roberto estaba completamente calmado, convencido de que su matrimonio estaba a salvo y sin ninguna intención de volver a presionarme en días. Sofía y Valentina estarían felices al ver a su padre tranquilo. Nadie sospechaba nada, nadie dudaba de mi cordura y, lo más importante de todo, mi lealtad hacia el doctor Marcos permanecía pura, intacta e inquebrantable. No había entregado mi cuerpo a nadie más.

Regresé a la habitación, me cambié por un pijama ligero y me acosté en mi lado de la cama. Roberto ya estaba profundamente dormido, roncando suavemente. Yo cerré los ojos con una paz inmensa en el corazón, sintiendo el conteo regresivo en mi mente hacia la mañana siguiente. Mañana Valentina iría conmigo al consultorio insonorizado. La llevaría directo a los brazos de mi adorado terapeuta, lista para presenciar cómo la mente de mi hija también se transformaba bajo el hechizo de su voz dominante. Con esa hermosa expectativa rondando mis pensamientos, me entregué a un sueño profundo y reparador.

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