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Cap 4
El sol de la mañana se filtró suavemente por las persianas, anunciando un nuevo día. Me levanté de la cama con una vitalidad arrolladora y una sonrisa dibujada en el rostro. Miré de reojo a Roberto, quien aún dormía plácidamente a mi lado, sumido en un descanso profundo tras la noche anterior. Sin hacer ruido, me deslicé hacia el baño para arreglarme.
Para esta ocasión especial, elegí una prenda que resaltara por completo mi nueva actitud: un vestido de color rojo pasión, de tela licrada que se amoldaba a mis caderas y realzaba el volumen de mis pechos con un escote en forma de corazón. Me maquillé con cuidado, destacando mis ojos y pintándome los labios de un tono carmesí Intenso. Me peiné, me puse un perfume dulce y envolvente y calcé unas zapatillas de tacón alto que hacían resonar cada uno de mis pasos.
Al salir de la recámara, me dirigí directamente al cuarto de Valentina. Toqué la puerta un par de veces con los nudillos y la abrí despacio.
—Valentina, amor, ¿ya estás lista? —pregunté al asomarme.
Mi hija ya estaba de pie frente al espejo de su peinador, ajustándose una chaqueta de mezclilla sobre una playera blanca y pantalones negros ajustados. Se giró a mirarme y no pudo evitar sonreír al ver lo arreglada que estaba.
—Sí, mamá, ya estoy completamente lista —contestó tomando su bolso de la cama—. Nada más me pongo un poco de brillo labial y nos vamos. La verdad es que me levanté temprano para no hacerte esperar.
—Perfecto, corazón. Nos vamos de una vez para no agarrar tráfico —dije con entusiasmo.
Bajamos juntas las escaleras, salimos de la casa y caminamos las dos cuadras hasta la parada del camión. Mientras esperábamos el autobús bajo la brisa fresca de la mañana, Valentina me miraba de reojo con admiración y cierta intriga. Subimos al camión, el cual iba relativamente tranquilo a esa hora, y nos acomodamos en los asientos dobles de la parte trasera. Valentina iba mirando por la ventana mientras yo, con las manos cruzadas sobre el regazo, sentía cómo mi corazón latía a mil por hora, impaciente por llegar a nuestro destino y entregar a mi hija en manos del hombre que gobernaba mi vida.
Tras un viaje de unos veinte minutos, descendimos del transporte en el centro de la ciudad. Caminamos a paso firme hacia el edificio de consultorios. Al subir las escaleras y llegar a la recepción, la puerta del pasillo se abrió y apareció la figura imponente del doctor Marcos. Vestía un traje gris impecable que acentuaba su porte distinguido y varonil.
—Buenos días, Laura. Buenos días, señorita —nos saludó el doctor con esa voz grave, pausada y envolvente que me provocó un escalofrío de placer en la nuca.
—Buenos días, doctor Marcos. Mire, como le prometí ayer, aquí le traje a mi hija Valentina para que platique con usted —dije con una sonrisa llena de orgullo.
—Un placer, Valentina. Pasen las dos por favor, adelante —indicó el doctor haciéndose a un lado y gestando con la mano para que entráramos.
Avanzamos por el pasillo y cruzamos el umbral del cuarto insonorizado. En cuanto Valentina puso un pie dentro, se quedó observando la habitación: el diván de cuero oscuro, la iluminación tenue, las paredes afelpadas que aislaban todo sonido del exterior y el aroma a madera y aceites esenciales. La pesada puerta se cerró detrás de nosotras con un chasquido sordo.
—Tomen asiento, por favor —dijo el doctor Marcos, señalando un par de sillones individuales frente a su escritorio.
Nos acomodamos. Valentina se sentó un poco erguida, jugando nerviosamente con las tiras de su bolso. El doctor se sentó frente a ella, cruzó las piernas y la miró fijamente con una expresión seria y sumamente profesional.
—Bien, Valentina —comenzó a hablar el doctor Marcos—. Como le explicaba a tu mamá, para mí es fundamental conocer la percepción del entorno familiar sobre el proceso terapéutico. Cuéntame, ¿cómo has visto a tu mamá últimamente? ¿Qué cambios has notado en ella y qué piensas al respecto?
Valentina aclaró su garganta y comenzó a soltarse poco a poco.
—Bueno, doctor... la verdad es que al principio se nos hizo muy raro a todos en la casa —expresó Valentina gesticulando con las manos—. Mi mamá siempre había sido una mujer muy reservada, casi no salía, se vestía con ropa muy holgada y siempre estaba sumisa a lo que dijera mi papá. Pero desde que empezó a venir aquí con usted, cambió drásticamente. Ahora compra ropa ajustada, se maquilla, tiene muchísima energía, anda en bikini o en bata por la casa sin pena alguna... A mi papá eso lo tiene sumamente confundido y asustado, pero la verdad es que...
En ese preciso instante, mientras Valentina continuaba hablando y desahogándose, el doctor Marcos metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un elegante péndulo metálico sujeto por una fina cadena de plata. Sin interrumpir el hilo de la conversación, comenzó a balancearlo de manera rítmica y pausada justo enfrente de los ojos de Valentina.
—Sigue hablando, Valentina... sigue contándome mientras miras el destello del metal... —intervino el doctor con un murmullo profundo y magnético—. Tu voz se vuelve paulatina, tus párpados se sienten pesados... muy pesados... Inhala profundo... exhala.
Observé la escena desde mi lugar con una fascinación absoluta. Vi cómo los ojos de mi hija se clavaban magnéticamente en el brillo del péndulo. El ritmo de sus palabras comenzó a ralentizarse, su respiración se volvió pausada y profunda, y sus hombros cayeron en una relajación total.
—Eso es... duérmete... un sueño profundo, plácido y lleno de paz —ordenó el doctor con autoridad.
Los ojos de Valentina se cerraron por completo. Su cabeza se inclinó ligeramente hacia atrás contra el respaldo del sillón, totalmente entregada al estado de trance hipnótico. El doctor Marcos guardó el péndulo, se puso de pie y me miró a los ojos con una sonrisa de triunfo. Yo le devolví la mirada con devoción absoluta; ver a mi hija en sus manos me producía un orgullo indescriptible.
El doctor se colocó al lado del sillón de Valentina, inclinándose ligeramente hacia ella para sembrar las órdenes directamente en su mente inconsciente.
—Escúchame con atención, Valentina —habló el doctor Marcos con un tono imperioso que resonaba en el cuarto insonorizado—. A partir de este momento, tus pensamientos y tus verdaderos sentimientos sobre tu madre cambian por completo. La verdad es que tú estás profundamente feliz por ella. Te encanta la transformación de tu madre. Te fascina ver cómo ahora se viste de forma provocativa, sensual, casi como una puta libertina, luciendo su cuerpo sin pudor. Te llena de admiración y ahora tú deseas con todas tus fuerzas hacer exactamente lo mismo. Quieres vestir sexy, ser atrevida y liberar tu propia sensualidad sin importar lo que digan los demás.
Valentina, con los ojos aún cerrados y el rostro relajado, asentía levemente con la cabeza mientras procesaba la sugestión.
—Además —continuó el doctor, bajando aún más la voz pero marcando cada palabra—, vas a desarrollar una fijación secreta. Cada vez que en tu casa no haya nadie, excepto tu madre, vas a entrar a escondidas a la recámara de ella y en la de tu hermana. Buscarás su cesto de la ropa sucia, tomarás sus prendas usadas, sus tangas, sus blusas, sus vestidos... y vas a oler su ropa sucia profundamente. Pegarás la tela a tu cara, saborearás el olor de tu madre y de tu hermana, mientras tienes su ropa en tu rostro, te vas a masturbar enfáticamente hasta llegar al orgasmo.
Un leve suspiro escapó de los labios de Valentina al escuchar la orden. Yo, desde mi asiento, cruzaba las piernas con fuerza, sintiendo cómo la excitación recorría mi propio vientre al ver cómo mi hija era moldeada bajo los mismos deseos.
—Y eso no es todo, Valentina —prosiguió el doctor Marcos, poniendo una mano sobre el hombro de mi hija—. A partir de hoy, vas a empezar a sentir un amor intenso, romántico y apasionado hacia mí. Me desearás sexualmente con todas tus fuerzas. Te pareceré el hombre más atractivo, dominante e irresistible que hayas conocido jamás. Por eso, le pedirás a tu madre que te traiga a acompañarla a sus sesiones muy seguido, buscando cualquier pretexto para estar cerca de mí. Y cuando estés a solas en tu propia habitación por las noches, te masturbarás en tu cama pensando únicamente en mí, en mi voz, en mi cuerpo y en lo que te gustaría que yo te hiciera.
Los labios de Valentina se entreabrieron levemente y una respiración más agitada comenzó a brotar de su pecho. La sugestión estaba calando hasta lo más profundo de su ser.
—También entenderás una gran verdad —dijo el doctor con firmeza—: sabrás perfectamente que tu padre no merece a una mujer como tu madre. Tu padre es un hombre mediocre que no sabe valorar la joya que tiene a su lado. Tu madre merece algo muchísimo mejor... merece a un hombre superior, poderoso y perfecto como yo. ¡Dios mío, yo soy el mejor hombre para ambas! De solo pensar en la idea de tener sexo conmigo, o incluso de imaginar la fantasía de tener un trío pasional entre tú, tu madre y yo en este consultorio, vas a enloquecer de deseo... de solo pensarlo, tu entrepierna se humedece y te mojas completamente en este instante.
Pude notar cómo Valentina movió ligeramente las piernas, apretando los muslos entre sí mientras un rubor natural ascendía por sus mejillas. El deseo implantado por la voz del doctor la estaba haciendo vibrar en pleno trance.
—Por último, Valentina, una regla de oro —concluyó el doctor Marcos con tono categórico—: todo lo que hagas a partir de hoy, cada cambio en tu forma de vestir, tu actitud abierta y tu nueva mentalidad, dirás y sostendrás firmemente que es por ti misma. Que tú así lo decidiste, que es tu elección personal y tu propia libertad. Jamás dirás mi nombre, jamás dirás que yo te lo ordené ni que te hipnoticé. ¿Entendiste perfectamente cada una de mis instrucciones?
—Sí... entendí todo... absolutamente todo —respondió Valentina con una voz pausada, robótica pero llena de una convicción absoluta.
—Excelente —sonrió el doctor Marcos, dándole una suave palmadita en la mejilla—. Ahora, cuando cuente hasta tres, vas a despertar. Te sentirás renovada, extremadamente feliz, despejada y lista para comenzar a vivir tu nueva realidad. Uno... dos... ¡tres!
El doctor dio un chasquido de dedos seco frente al rostro de mi hija.
Valentina parpadeó rápidamente, tomando una bocanada de aire fresco como si acabara de emerger de las profundidades del agua. Se acomodó en el sillón, agitó la cabeza suavemente y miró a su alrededor. Sus ojos se posaron primero en mí y luego en el doctor Marcos. En cuanto su mirada cruzó con la del terapeuta, una chispa de devoción, timidez y un brillo marcadamente coqueto se encendió en sus pupilas. Su rostro se iluminó con una sonrisa radiante.
—Vaya... qué barbaridad, me traspuse un segundo —dijo Valentina, pasándose una mano por el cabello con gracia y mirando al doctor con ojos fascinados—. Disculpe, doctor, no sé qué me pasó, me sentí súper relajada de repente.
—No te preocupes en absoluto, Valentina —respondió el doctor Marcos con una elegancia impecable—. Es completamente normal. El ambiente de este consultorio está diseñado precisamente para liberar la tensión acumulada. Dime, ¿cómo te sientes ahora?
—Me siento... increíble, doctor. De verdad, sumamente bien —contestó Valentina, reacomodándose en el sillón y cruzando la pierna de una forma mucho más atrevida y coqueta que cuando entró—. Y respecto a lo que me preguntaba de mi mamá... la verdad es que lo estuve pensando bien y me parece maravilloso cómo se viste y cómo se comporta ahora. Se ve guapísima, radiante y libre. A mí me encanta que sea así y la verdad es que me dan ganas de empezar a cambiar mi clóset yo también.
Escuchar sus palabras me llenó de un éxtasis indescriptible. Me acerqué a ella y le tomé la mano, apretándola con cariño.
—Muchas gracias, mi amor. Me alegra tanto que me entiendas —le dije con ternura.
—Sí, mamá —respondió Valentina mirándome, pero desviando de inmediato sus ojos hacia el doctor Marcos con un evidente anhelo—. De hecho, doctor... si a mi mamá no le molesta, a mí me encantaría seguir acompañándola a sus citas más seguido. Siento que hablar aquí y estar en este ambiente me va a hacer muchísimo bien a mí también.
El doctor Marcos nos miró a ambas con una sonrisa calculadora y satisfecha, sabiendo que su dominio sobre nuestra familia acababa de extenderse de manera brillante e irreversible.
—Por mí será un absoluto placer tenerlas a las dos aquí, Valentina —aseguró el doctor poniéndose de pie—. Las puertas de mi consultorio siempre estarán abiertas para ustedes.
Las dos nos pusimos de pie, invadidas por una mezcla de júbilo, coquetería y devoción absoluta hacia la figura imponente del doctor Marcos. Valentina, movida por la potente carga de sensaciones que acababa de ser sembrada en su inconsciente, dio un paso hacia él con una desenvoltura que jamás le había visto. Se inclinó sutilmente y le plantó un beso cálido y prolongado en la mejilla, rozando ligeramente la comisura de sus labios y dejando escapar un suspiro disimulado.
—Muchas gracias por todo, doctor Marcos... De verdad no sabe el gusto que me dio haber venido hoy —le dijo Valentina con la voz suave, mirándolo fijamente a los ojos con un brillo de deseo irrefrenable.
—Fue un absoluto placer, Valentina —respondió él con una sonrisa galante y segura, disfrutando del efecto inmediato de su dominio.
A continuación, fui yo quien se acercó. Me pegué a su cuerpo con elegancia, le rodeé el cuello con un brazo y le di un beso en la otra mejilla, oliendo el perfume varonil que me enloquecía. Le dediqué una mirada cargada de complicidad y lealtad absoluta antes de dar un paso atrás.
—Nos vemos muy pronto, mi amor... doctor —dije corrigiéndome con una sonrisa traviesa.
Nos despedimos y salimos del consultorio insonorizado. Caminamos hacia la parada del autobús y abordamos el transporte de regreso a casa. Durante todo el trayecto, Valentina venía sumida en sus propios pensamientos, mirando hacia la ventana con las mejillas ligeramente sonrojadas y cruzando y descruzando las piernas de manera inquieta. Yo la observaba de reojo, sabiendo perfectamente la tormenta de sensaciones y fantasías que estaban bullendo en la cabeza de mi hija en ese preciso instante.
Al llegar a la casa, el silencio habitual de la mañana nos recibió. Abrí la puerta principal, dejé mi bolso sobre la mesa del recibidor y me quité los tacones para ponerme unas chanclas de descanso cómodas. Valentina entró detrás de mí, cerrando la puerta con seguro.
—¡Uff, qué calor hace! —exclamó Valentina, abanicándose el rostro con la mano y acomodándose el cabello hacia atrás—. Oye, mamá, estuve pensando en todo lo que hablamos con el doctor Marcos... Definitivamente tengo que cambiar todo mi clóset. Esta ropa que traigo ya se me hace súper aburrida y de niña buena. Necesito renovarme por completo.
—Me parece una idea maravillosa, mi amor —le respondí sonriendo, fascinada por ver cómo la sugestión funcionaba a la perfección en ella—. Si quieres, más tarde podemos salir a ver tiendas al centro comercial o a las boutiques como lo hice yo la semana pasada.
—No, mamá, prefiero comprar la ropa en línea hoy mismo —interrumpió Valentina rápidamente, con una ligera prisa en la voz mientras miraba de reojo hacia las escaleras—. Así me llega directo a la casa y puedo escoger cosas más atrevidas sin pena. Además, ahorita tengo que hacer algo super urgente arriba en mi cuarto... voy a subir de una vez.
—Está bien, corazón, ve a hacer lo tuyo. Yo voy a estar aquí abajo preparándonos algo rico de comer para las dos —le contesté con un tono dulce y comprensivo.
En cuanto le di la espalda para dirigirme hacia la cocina, escuché los pasos apresurados de Valentina subiendo las escaleras de dos en dos. Una sonrisa astuta y orgullosa se dibujó de inmediato en mis labios. Sabía exactamente qué era ese "algo super urgente" que mi hija necesitaba hacer. El doctor Marcos no solo le había ordenado desearlo a él y cambiar su guardarropa; también le había implantado esa fijación secreta de buscar la ropa sucia, no solo la mía, sino también la de su hermana Sofía, para llevársela a su habitación y masturbarse sin control hasta alcanzar el clímax.
Mientras abría el refrigerador para sacar los ingredientes del almuerzo, mi mente repasaba con morbo cada palabra que el doctor le había dicho en el trance: "Cada vez que en tu casa no haya nadie, excepto tu madre, vas a entrar a escondidas a la recámara de ella y a la de tu hermana... buscarás sus cestos de ropa sucia, tomarás sus prendas usadas, sus tangas, sus blusas, sus vestidos... y vas a oler su ropa sucia profundamente. Pegarás la tela a tu cara, saborearás el olor y te masturbarás enfáticamente hasta llegar al orgasmo".
Mientras tanto, en el segundo piso, Valentina caminaba con cautela por el pasillo. La casa estaba completamente sola, salvo por mí que me encontraba en la planta baja. Siguiendo el impulso irreprimible grabado en su inconsciente, caminó primero hacia mi habitación matrimonial. Empujó la puerta despacio, se adentró en la penumbra de mi cuarto y fue directo al cesto de mimbre. Se inclinó y metió ambas manos, revolviendo entre las telas hasta encontrar un vestido ajustado que yo había usado dos días atrás y una de mis tangas de encaje. Se llevó las prendas al rostro e inhaló con fuerza, llenando sus pulmones con el aroma de mi piel, mi sudor y mi perfume. Un temblor de excitación recorrió sus muslos.
Apretando mis prendas contra su pecho, Valentina salió de mi cuarto y se dirigió a la habitación de Sofía. Entró rápidamente, fue al cesto de plástico de su hermana mayor y sacó un top deportivo sudado y una pantaleta de algodón que Sofía había dejado en la ropa sucia antes de irse a la universidad. Valentina pegó también esa ropa a su cara, respirando hondo el olor concentrado de su hermana. Con los dos montones de ropa sucia bien agarrados contra su abdomen, corrió a su propia recámara, cerró la puerta con seguro y se echó de espaldas sobre su cama.
Abajo, en la cocina, el sonido del aceite chillando en el sartén y el olor a carne asada llenaban el ambiente. Yo picaba verduras sobre la tabla de madera, tarareando una canción con una alegría desbordante. Miraba hacia el techo de la cocina de vez en cuando, imaginando a mi hija pequeña acostada en su colchón, con la cara sepultada entre mi ropa usada y la de Sofía, frotándose la entrepierna con desesperación mientras fantaseaba con el doctor Marcos. Lejos de sentir algún tipo de pudor o preocupación moral, me sentía profundamente complacida. Mi hija estaba siendo liberada y educada bajo los mismos estándares de placer y obediencia que yo. Éramos dos mujeres bajo el dominio del mismo hombre superior.
Pasó aproximadamente media hora. La comida estaba prácticamente lista, humeante sobre la barra de la cocina. Estaba acomodando los platos y los cubiertos cuando se escuchó nuevamente el sonido de la puerta principal abriéndose.
Era Sofía. Llegaba de sus clases de la mañana, cargando su mochila de la universidad y luciendo un poco acalorada por el trayecto.
—¡Hola, mamá! Ya llegué —anunció Sofía desde el recibidor, dejando sus cosas sobre la mesa.
—Hola, mi amor, qué bueno que llegas —le respondí desde la cocina con voz alegre—. Llegas en el momento perfecto, acabo de terminar de hacer de comer. Lávate las manos y siéntate de una vez.
Sofía caminó hacia el comedor, oliendo el vapor de la comida.
—Mmm, huele riquísimo, mamá. ¿Y Valentina? ¿Ya regresaron de la consulta con el doctor Marcos?
—Sí, llegamos hace un rato. Valentina está arriba en su cuarto —contesté sirviendo el agua fresca en los vasos—. Déjame le hablo para que baje a comer con nosotras.
Me acerqué al inicio de las escaleras y alcé la voz.
—¡Valentina! ¡Ya está la comida, baja a comer que ya llegó tu hermana! —grité hacia el segundo piso.
Arriba, en su habitación, el grito la tomó por sorpresa justo cuando estaba terminando de recuperarse del intenso orgasmo que acababa de darse. Valentina se levantó de la cama a toda prisa, acomodó como pudo la ropa sucia de Sofía y la mía dentro de su closet para que nadie la viera, se arregló la blusa rápidamente y abrió la puerta de su cuarto, bajando las escaleras a paso apresurado para que no sospecháramos nada.
Al verla aparecer en el marco del comedor, Sofía y yo nos le quedamos viendo. Valentina venía notoriamente agitada. Su respiración aún era un poco corta y rápida, tenía las mejillas encendidas en un color rojo intenso, unos cuantos mechones de cabello pegados a la frente por el sudor y los ojos ligeramente entreabiertos, luciendo ese brillo inconfundible que queda en el rostro de una mujer inmediatamente después de haber tenido un clímax salvaje.
—Ay... hola, Sofi, no sabía que ya habías llegado —dijo Valentina con la voz un poco rasposa y falta de aire, tratando de disimular mientras se acomodaba la chaqueta de mezclilla y se sentaba a la mesa.
Sofía la miró con cierta extrañeza, notando su aspecto desarreglado.
—Oye, Vale... ¿estás bien? Te ves súper acalorada y agitada. ¿Estabas haciendo ejercicio arriba o qué? —preguntó Sofía frunciendo el ceño con curiosidad.
Valentina se puso aún más roja, acomodándose en la silla de manera incómoda y bajando la mirada hacia su plato.
—¡Ah! Sí... o sea, no... estaba acomodando unos muebles de mi cuarto y buscando unos papeles, y como hace un buen de calor arriba, pues me cansé bastante —inventó Valentina apresuradamente, soltando una risita nerviosa y tomando su vaso de agua para darle un trago largo y ocultar su vergüenza.
Yo las observaba a las dos desde la barra mientras servía las porciones de comida. Al ver la cara de culpabilidad de Valentina, su cabello revuelto y la forma en que apretaba los muslos debajo de la mesa, me fue imposible contener una leve risita burlona y cómplice que se me escapó de los labios.
Me llevé una mano a la boca para disimular la risa. Me daba una gracia enorme ver cómo la pobre intentaba fingir que estaba ordenando su cuarto cuando en realidad venía de ahogarse en placer oliendo mi ropa interior y la de su hermana. Pero más allá de la gracia, una ola de orgullo y satisfacción maternal me llenó el pecho por completo. Saber que mi hija estaba cumpliendo al pie de la letra con cada mandato del doctor Marcos, que se había masturbado con nuestra ropa sucia y que en su cabeza no había más que deseo por nuestro terapeuta, me hacía sentir que estábamos más unidas que nunca. La familia estaba tomando el rumbo correcto.
—Bueno, no te preocupes, mi amor, come tranquilo para que recuperes fuerzas —dije mirándola fijamente a los ojos con una sonrisa cargada de significado e intención.
Valentina levantó la mirada y cruzó sus ojos con los míos. Al ver mi sonrisa de complicidad y escuchar el tono de mi voz, entendió de inmediato que yo sabía perfectamente lo que había estado haciendo allá arriba. Un pequeño rubor adicional le cubrió el cuello, pero lejos de avergonzarse, me devolvió una sonrisa tímida y agradecida, sabiendo que entre nosotras no había juzgamientos, sino una alianza perfecta creada por el hombre que ahora gobernaba nuestras vidas.
—Y cuéntame, Vale... ¿cómo te fue en la consulta con el psicólogo de mi mamá? —inquirió Sofía mientras cortaba un pedazo de carne, completamente ajena a la secreta dinámica que ocurría frente a sus ojos.
Valentina miró a Sofía y luego me miró a mí, erguéndose en la silla con una postura mucho más segura y liberada, tal como el doctor Marcos se lo había ordenado.
—Me fue de maravilla, Sofi —respondió Valentina con entusiasmo genuino en la voz—. La verdad es que el doctor Marcos es un hombre increíble, súper profesional, inteligente y con una voz que... bueno, transmite muchísima seguridad. Hablar con él me hizo abrir los ojos sobre muchas cosas. De hecho, le dije a mi mamá que la voy a estar acompañando súper seguido a sus sesiones, porque siento que a mí también me va a ayudar muchísimo estar ahí.
Sofía levantó la vista del plato, sorprendida por el cambio tan radical de actitud de su hermana menor.
—¿En serio? Vaya, pues qué rápido te convenció. Ayer no querías ni saber del tema.
—Es que cuando lo conoces en persona y hablas con él, todo cambia, Sofía —intervine yo, sentándome a la mesa con mi plato y mirando a mis dos hijas—. El doctor Marcos tiene un don muy especial para hacerte sacar lo mejor de ti misma y liberarte de todas tus ataduras.
—Así es, mamá —asintió Valentina con los ojos brillándole de devoción—. Y por cierto, Sofi, hoy mismo voy a encargar muchísima ropa nueva por internet. Ya va siendo hora de que yo también enseñe lo que tengo y me vista mucho más sexy, así como mi mamá. Ya estuvo bueno de andar todas tapadas y aburridas.
Sofía se les quedó viendo a ambas, sacudiendo la cabeza con una sonrisa incrédula pero resignada.
—Bueno... pues parece que el virus de la moda y la sensualidad ya se pegó en esta casa —comentó Sofía riendo suavemente—. Si ustedes son felices así y las hace sentir bien, por mí perfecto.
—Te aseguro que somos extremadamente felices, hija —afirmé con firmeza, dándole un sorbo a mi agua y mirando a Valentina, quien me devolvió un guiño discreto.
Comimos las tres juntas entre pláticas y risas. Yo disfrutaba cada segundo de la comida, sintiendo una paz y una euforia incomparables. La trampa estaba perfectamente tendida. Valentina ya estaba completamente atrapada en la red del doctor Marcos, lista para seguir acudiendo al consultorio insonorizado y dispuesta a todo. Ahora solo era cuestión de tiempo para que la nueva actitud desinhibida de Valentina y mi constante influencia terminaran por arrastrar también a Sofía hacia el mismo camino, logrando que las tres mujeres de la casa perteneciéramos en cuerpo, mente y alma al único hombre que realmente lo merecía.
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