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Cap 5

Chapter 5 by K45

Durante la sobremesa y a lo largo de toda esa tarde, Valentina y yo no le dimos un solo segundo de tregua a Sofía. El mandato del doctor Marcos resonaba como una orden sagrada en nuestras mentes, y sabíamos que la familia solo estaría completa cuando las tres mujeres de la casa perteneciéramos en cuerpo y alma a nuestro amado terapeuta.

—Anda, Sofía, acompáñanos mañana por la mañana —insistí por quinta vez mientras lavábamos los platos en la cocina, rozando su hombro con el mío—. De verdad es sumamente importante que estés ahí. El doctor Marcos me dijo que tu punto de vista, por ser la hija mayor, es el más importante para evaluar cómo la dinámica de la casa ha mejorado.

—Ay, mamá, de verdad no le veo el caso —respondió Sofía suspirando y secando un vaso con un paño—. Valentina ya fue hoy contigo, ya le dio su opinión y ya vio al psicólogo. ¿Para qué quieren que vaya yo también? Mañana tengo que adelantar unas lecturas de la facultad.

—¡Ay, Sofía, no seas tan aburrida ni amargada! —intervino Valentina desde el comedor, acercándose a la barra con una mirada llena de una intensidad casi desquiciada, disfrazada de entusiasmo—. Acompañarnos no te va a quitar más de una hora. El doctor Marcos es un hombre brillante, encantador, de verdad tienes que platicar con él frente a frente. Hablar con él te abre la mente de una forma que ni te imaginas. Te va a hacer un bien enorme, te lo juro.

—Es que no entiendo por qué están tan necias y tan urgidas las dos con que yo vaya —comentó Sofía frunciendo el ceño, mirando a Valentina y luego a mí con sospecha—. Parecen coordinadas, como si se hubieran puesto de acuerdo para acosarme hasta que diga que sí.

—No es acoso, mi amor, es amor de familia —mentí con una dulzura manipuladora, tomándole la mano a Sofía—. Queremos que seas parte de este cambio tan bonito que estamos viviendo Valentina y yo. Tú misma dijiste que querías que la familia estuviera bien, ¿no? Acompañarnos mañana es la mejor forma de apoyarme a mí y a tu hermana.

La presión no cesó en todo el resto del día. Si Sofía bajaba a la sala por un vaso de agua, Valentina se le atravesaba para insistirle sobre las virtudes del doctor. Si yo la encontraba en el pasillo del segundo piso, le recordaba lo mucho que me dolería que no fuera con nosotras. Fuimos dos cazadoras acorralando a su presa de forma sistemática, constante y sin pausa, hasta que la resistencia de Sofía comenzó a desmoronarse por el puro agotamiento mental.

Ya al anochecer, alrededor de las ocho de la noche, estábamos las tres en la sala. Sofía estaba sentada en el sofá con un libro abierto sobre las piernas, pero ni siquiera podía concentrarse porque Valentina y yo estábamos paradas frente a ella, mirándola fijamente.

—Está bien... ¡está bien, ya basta, me rindo! —exclamó Sofía tirando el libro sobre el cojín y levantando las manos en señal de derrota—. Acepto, iré mañana con ustedes a la dichosa consulta. Pero con una condición: en cuanto termine de hablar con ese doctor, me regreso directo a la casa a estudiar y me dejan en paz el resto del fin de semana. ¿Trato?

—¡Trato hecho, mi amor! —exclamé abrazándola con fuerza mientras Valentina sonreía con una mueca de victoria absoluta.

En ese preciso instante, la puerta principal se abrió y Roberto entró a la casa. Venía con el saco en la mano, luciendo la misma cara de cansancio de todas las noches, pero al vernos a las tres reunidas en la sala, se detuvo bajo el marco de la puerta.

—Buenas noches... ¿de qué trato hablan? ¿Qué aceptaste, Sofía? —preguntó Roberto mirando a su hija mayor con curiosidad.

Sofía soltó un suspiro, acomodándose el cabello detrás de la oreja.

—Nada, papá, que tu esposa y tu hija menor se pasaron toda la tarde chingándome y rogándome para que fuera con ellas mañana. Acepté ir a la sesión de tu psicólogo con ellas el día de mañana por la mañana. Dicen que el doctor quiere hablar conmigo también para ver cómo va el avance familiar.

Roberto me miró a mí y luego a Valentina. Un destello de alivio cruzó por sus ojos, convencido ingenuamente de que todo esto era parte de un proceso familiar sano para sanar nuestro matrimonio.

—Ah... me parece muy bien, hija —dijo Roberto acercándose a darle un beso en la frente a Sofía—. Si el doctor pide ver a la familia, es porque es un profesional serio. Me da gusto que vayan las tres juntas. Laura, qué bueno que estés tomando esto con tanta responsabilidad.

—Siempre, amor —le respondí con una sonrisa impecable y calculadora, mientras por dentro me reía de la estupidez de mi esposo.

Al día siguiente por la mañana, la atmósfera en la casa era de pura expectación. Me arreglé con un vestido ajustado de color negro con encaje en el escote que resaltaba mis curvas. Valentina, por su parte, estrenó una blusa escotada y una falda corta que había buscado entre sus cosas para verse más atrevida, guiada por el deseo grabado en su mente. Sofía era la única que vestía con jeans y una playera sencilla, ajena por completo a la trampa en la que estaba a punto de caer.

Nos subimos al camión las tres juntas. Durante el trayecto, Valentina y yo intercambiábamos miradas complices mientras Sofía iba distraída mirando su teléfono. Al llegar al centro de la ciudad, caminamos hacia el edificio de consultorios y subimos las escaleras hasta llegar a la recepción.

La puerta del pasillo se abrió y el doctor Marcos apareció frente a nosotras. Lucía impecable con un traje azul marino que acentuaba su figura dominante. Su mirada se posó en Sofía y una sonrisa de satisfacción predatoria se dibujó en su rostro al ver que habíamos cumplido la orden al pie de la letra.

—Buenos días, Laura, Valentina... y tú debes ser Sofía. Bienvenidos a los tres —saludó el doctor con esa voz grave, magnética y envolvente.

—Buenos días, doctor. Aquí le traigo a mi hija mayor, tal como se lo prometí —dije con devoción en la voz.

—Pasen, por favor —indicó el doctor, abriéndonos paso hacia el cuarto insonorizado.

Cruzamos el umbral y la pesada puerta de madera se cerró detrás de nosotras con un chasquido sordo, aislándonos por completo del resto del universo. Sofía miró a su alrededor con cierta incomodidad, observando las paredes acolchadas y el diván de cuero oscuro.

—Tomen asiento —pidió el doctor Marcos.

Valentina y yo nos sentamos juntas en el sofá grande, mientras que el doctor le señaló a Sofía el sillón individual ubicado justo frente a él. Sofía se sentó despacio, cruzándose de brazos con una postura defensiva.

—Bien, Sofía —comenzó el doctor Marcos, sentándose frente a ella y mirándola fijamente a los ojos—. Sé que tus días han estado ocupados y agradezco que hayas venido. Cuéntame, ¿cómo te sientes al estar aquí y qué piensas del cambio que han tenido tu madre y tu hermana?

—Bueno, doctor... la verdad es que vine porque me estuvieron presionando toda la tarde ayer —admitió Sofía con franqueza—. A mí me parece muy raro todo esto. Mi mamá y Valentina cambiaron de la noche a la mañana. De repente se visten súper provocativas, hablan de cosas raras y parecen fascinadas con usted. A mí me preocupa mi papá y me preocupa qué es lo que realmente está pasando en estas terapias.

El doctor Marcos escuchó sus palabras con una calma absoluta. Sin perder la sonrisa, sacó de su bolsillo el péndulo metálico sujeto por la cadena de plata. Comenzó a balancearlo de manera rítmica, precisa y pausada justo frente a la cara de Sofía.

—Entiendo perfectamente tus dudas, Sofía... es natural en una joven inteligente como tú —habló el doctor con un tono profundo, pausado e hipnótico—. Pero mientras me escuchas... quiero que fijes tu mirada en el brillo del metal... Mira cómo va de un lado a otro... Inhala profundo... exhala... Tus párpados pesan... tu mente se relaja... todo el estrés y tus defensas se disuelven por completo.

Sofía intentó parpadear y desviar la mirada, pero el magnetismo de la voz del doctor y el movimiento pendular encadenaron su consciencia en cuestión de segundos. Vi cómo el rostro de mi hija mayor se aflojaba, sus brazos cruzados cayeron flojos a los costados y sus ojos se clavaron de forma vacía en el destello metálico.

—Eso es... cae en un sueño profundo... profundamente hipnotizada —ordenó el doctor con voz imperiosa.

La cabeza de Sofía se ladeó ligeramente y su respiración se volvió pausada y pesada. Estaba completamente sumergida en el trance. Valentina y yo nos acomodamos en el sofá, tomándonos de las manos con una emoción incontenible mientras presenciábamos cómo el doctor comenzaba a moldear a la última mujer de nuestra familia.

El doctor Marcos guardó el péndulo, se levantó de su asiento y se colocó justo al lado de Sofía, inclinándose hacia su oído para sembrar los mandatos en lo más profundo de su inconsciente.

—Escúchame muy bien, Sofía —habló el doctor con una voz firme y dominante que retumbaba en la habitación insonorizada—. A partir de este momento, tus viejas ideas y tus dudas tontas quedan destruidas para siempre. Vas a sentir un amor romántico, desbordante y apasionado hacia mí. Me desearás sexualmente con cada fibra de tu ser. Te pareceré el único hombre verdadero, poderoso e irresistible del mundo.

Sofía entreabrió los labios, soltando un leve suspiro en pleno trance.

—Y al igual que tu hermana Valentina —continuó el doctor Marcos—, vas a desarrollar la misma fijación secreta. Cuando estés en tu casa y nadie más esté presente, excepto tu madre o tu hermana, vas a entrar a escondidas a sus habitaciones. Buscarás los cestos de la ropa sucia, tomarás las prendas usadas de tu madre y de tu hermana... sus tangas, sus vestidos, su ropa interior... y las vas a oler profundamente con tu nariz. Pegarás la tela sucia a tu cara, saborearás sus aromas y, mientras tienes la ropa sucia de tu madre y de tu hermana sobre tu rostro, te vas a masturbar enfáticamente en tu cama pensando únicamente en mí hasta llegar a orgasmos salvajes.

Un rubor intenso comenzó a subir por el cuello y las mejillas de Sofía. Valentina a mi lado apretó mi mano con entusiasmo, sabiendo que ahora las tres compartiríamos la misma secreta y morbosa costumbre.

—También entenderás una verdad absoluta, Sofía —siguió el doctor con tono categórico—: vas a pensar y sostener con firmeza que tu padre no merece a tu madre. Tu padre es un hombre patético y mediocre que no sabe qué hacer con una mujer de verdad. Yo soy el único hombre que se la merece. ¡Yo soy el único que las merece a las tres! De solo pensar en entregarme tu cuerpo, o en la fantasía de tener sexo conmigo en esta habitación, te vas a derretir de deseo.

El doctor Marcos se giró entonces hacia Valentina y hacia mí. Nos miró a las tres con una postura de dueño y señor absoluto, y elevó la voz para fijar una regla sagrada en las mentes de las tres mujeres de la casa.

—Y escúchenme bien las tres... Laura, Valentina y Sofía —declaró el doctor Marcos con autoridad suprema—. A partir de hoy, las tres se pondrán ropa de puta. Se vestirán de la forma más provocativa, enseñando sus cuerpos, luciendo escotes, faldas cortas, encajes y transparencias sin pudor alguno frente al mundo. Se convertirán en la Santísima Trinidad de las putas... ¡La Trinidad de las putas! Pero escúchenlo bien: no serán putas para cualquiera ni para muchos hombres. Jamás. Serán putas exclusivas y únicas para MÍ. Solo yo las poseeré, solo yo disfrutaré de sus cuerpos, de su belleza y de su devoción. Y ante la sociedad y ante tu esposo Roberto, sostendrán que sus cambios de vestir y de actitud son por decisión propia, porque ustedes así lo quieren y por su propia libertad. Jamás mencionarán mi nombre ni lo que hacemos aquí. ¿Ha quedado claro para las tres?

—Sí, doctor... ha quedado completamente claro... somos su trinidad de putas... solo de usted —respondimos Valentina y yo al unísono con voces llenas de fascinación y sumisión, mientras Sofía asentía mecánicamente en su trance.

—Excelente —dijo el doctor sonriendo con arrogancia—. Sofía, cuando cuente hasta tres, vas a despertar. Te sentirás feliz, completamente liberada, enamorada de mí y lista para asumir tu nueva realidad. Uno... dos... ¡tres!

El doctor dio un fuerte chasquido de dedos.

Sofía dio un brinco en el sillón, abriendo de golpe los ojos y tomando una bocanada de aire. Se pasó una mano por el rostro, acomodándose el cabello, y miró a su alrededor. Cuando sus ojos se topaban con la figura del doctor Marcos, la transformación fue instantánea e impactante: su antigua mirada analítica y seria había desaparecido por completo, reemplazada por un brillo intenso de deseo, coquetería y devoción ciega. Una sonrisa seductora se dibujó en sus labios.

—Vaya... doctor Marcos... me quedé ida un momento —dijo Sofía con una voz suave, dulce y marcadamente coqueta, cruzando las piernas de forma provocativa frente a él—. No sé qué me pasó, pero... me siento increíble. Siento una paz y una felicidad que no había sentido en años.

—Es perfectamente normal, Sofía —respondió el doctor con una elegancia impecable—. Has liberado toda esa tensión y prejuicios que te frenaban. Dime, ¿qué piensas ahora de la transformación de tu madre y de tu hermana?

Sofía nos miró a Valentina y a mí, y luego volvió a fijar sus ojos en el doctor con admiración profunda.

—Pienso que son unas genias, doctor —afirmó Sofía sin dudar un segundo—. Me parece maravilloso cómo se visten y cómo disfrutan de su cuerpo. De hecho, me siento hasta tonta por haber juzgado a mi mamá. Es más, saliendo de aquí quiero ir directo a comprarme ropa súper sexy y atrevida yo también. Ya me cansé de vestirme como una niña persignada. Quiero lucir mi cuerpo y sentirme libre.

Valentina y yo nos pusimos de pie de inmediato, acercándonos a Sofía para abrazarla con entusiasmo.

—¡Sabía que lo entenderías, mi amor! —exclamé llena de orgullo—. Te ves radiante.

—Bienvenida al club, hermanita —le dijo Valentina dándole un beso en la mejilla y guiñándole un ojo con complicidad.

Las tres nos giramos hacia el doctor Marcos. Mantenidas por la misma fuerza invisible de la hipnosis y el deseo, nos acercamos a él como una sola entidad. Valentina le dio un beso cariñoso en una mejilla, Sofía se inclinó y le plantó un beso prolongado en la otra mejilla rozándole los labios con coquetería, y yo me pegué a su pecho para darle un beso dulce en la comisura de la boca.

—Muchas gracias por todo, mi amor... doctor —dijo Sofía, sonrojándose ligeramente, pero mirándolo con un amor romántico e innegable.

—Gracias a ustedes, mis hermosas mujeres —contestó el doctor Marcos acomodándose el saco—. Recuerden vivir su libertad y disfrutarse mutuamente. Nos veremos aquí muy pronto para sus siguientes sesiones.

Salimos del cuarto insonorizado las tres tomadas de la mano. Al caminar por el pasillo y bajar las escaleras del edificio sobre nuestros tacones, sentía que pisaba las nubes. La victoria era absoluta e inquebrantable. Las tres mujeres de la casa habíamos sido unificadas bajo el dominio de un solo hombre superior. Éramos su trinidad de putas, bellas, provocativas y secretamente perversas, listas para regresar a casa, comprar ropa atrevida, oler nuestra ropa sucia en la intimidad y mantener la farsa perfecta ante un esposo y padre que no tenía ni la más mínima idea de que ya lo había perdido absolutamente todo.

Las tres cruzamos la puerta principal con una complicidad que antes habría sido impensable. La casa estaba sumida en el silencio de la mañana, completamente sola para nosotras. Nos quitamos los zapatos en la entrada y nos adentramos en la estancia, riendo con soltura mientras repasábamos los momentos vividos en el consultorio.

Sofía dejó su bolso sobre la mesa del comedor, caminando con un bamboleo de caderas totalmente nuevo en ella, con la mirada encendida por el deseo y la sugestión recién implantada en su mente.

—De verdad me siento como una persona completamente nueva —dijo Sofía, pasándose la mano por el cuello con coquetería—. Necesito estrenar esta nueva versión mía cuanto antes. Voy a subir a mi cuarto a pedir un buen lote de ropa por internet, faldas cortas, encajes, vestidos entallados... Todo lo necesario para lucir como la mujer desinhibida que soy.

Valentina se detuvo en medio de la sala, mirándola con una sonrisa llena de audacia y malicia. Se cruzó de brazos, acentuando su escote.

—Oye, Sofi... ¿por qué tanta prisa por comprar ropa ahorita? —dijo Valentina con tono juguetón, desviando luego la mirada hacia mí y sonriendo con complicidad—. A ver, ya que estamos aquí las tres solas, y ya que el doctor Marcos nos dejó claro que nosotras tres somos su Trinidad de Putas... ¿por qué no nos disfrutamos entre nosotras tres desde ahora?

Sofía y yo nos quedamos paralizadas un segundo, procesando sus palabras en medio de la sala.

—¿A qué te refieres exactamente, Valentina? —pregunté, sintiendo un cosquilleo de curiosidad y excitación ascendiendo por mi vientre.

—Me refiero a que tengamos sexo lésbico entre las tres, mamá —respondió Valentina sin un solo rastro de pena, con una soltura aplastante—. Sexo de verdad, las tres juntas. Piénsenlo bien: el doctor es nuestro único dueño y nuestro verdadero amor. Cuando llegue el momento de estar los cuatro juntos y tener una orgía con nuestro amor, ¿no sería perfecto que ya sepamos cómo tocarnos, cómo besarnos y cómo aprovechar al máximo todos los atributos que tenemos para complacerlo a él? Si aprendemos a disfrutarnos entre nosotras, le daremos el mejor espectáculo y el mayor placer del mundo cuando estemos en su consultorio.

Sofía y yo nos miramos fijamente a los ojos. La lógica impuesta por la hipnosis en nuestras mentes hizo que la propuesta de Valentina sonara brillante, natural y hermosa. No había tabúes, no había culpa ni pudor; en nuestras cabezas, solo existía el deseo de perfeccionar nuestro papel como la Trinidad de Putas exclusiva del doctor Marcos.

—Tienes toda la razón, Valentina... —admitió Sofía, mordiéndose el labio inferior con una mirada hambrienta que jamás le había visto—. Si es para perfeccionarnos para el doctor y disfrutarnos entre nosotras como sus mujeres, me parece una idea increíble.

—Es una idea brillante, mis amores —asentí con orgullo y excitación, tomándolas de las manos a ambas—. Vamos arriba de una vez.

Llevadas por la prisa del deseo y la anticipación, subimos las escaleras a paso apresurado, escuchando el murmullo de nuestras respiraciones agitadas. En nuestro apresuramiento por llegar al segundo piso, ninguna de las tres se aseguró de pasarle el cerrojo o la llave a la puerta principal; la puerta quedó cerrada únicamente con el picaporte, totalmente vulnerable a que cualquiera pudiera abrirla desde afuera.

Llegamos a la puerta de la recámara de Sofía. Entramos las tres juntas, pero con las prisas, Sofía solo empujó la puerta de su cuarto hacia adentro, dejándola entreabierta un par de centímetros, sin pasar el seguro.

El ambiente de la habitación estaba en penumbra, con las cortinas medio corridas. Las tres nos colocamos en el centro de la alfombra, rodeadas por el olor a perfume y la tensión sexual que flotaba en el aire. No hubo vacilación.

Sofía comenzó a quitarse la playera, pasándola por encima de su cabeza y dejándola caer al suelo, quedando únicamente en un brasier de encaje negro que contenía a duras penas sus pechos firmes. Valentina se desabrochó la blusa escotada con rapidez, dejando al descubierto sus senos erguidos, y se bajó la falda corta hasta los tobillos, pisándola para salir de ella. Yo deslicé el cierre posterior de mi vestido negro ajustado, dejándolo caer a mis pies y quedando en una tanga de hilos delgados que apenas cubría mi entrepierna húmeda.

Nos miramos las tres en ropa interior. La belleza de mis dos hijas, combinada con mi propia madurez sensual, creaba un cuadro erótico impresionante.

—Dios mío... miren nada más lo hermosas que somos para nuestro doctor —susurró Sofía, acercándose a Valentina y pasándole las manos por la cintura desnuda.

—Las tres somos una joya para él —respondió Valentina, inclinándose hacia Sofía para plantar un beso apasionado y húmedo directamente en los labios de su hermana mayor.

Las dos jóvenes comenzaron a besarse con descaro, entrelazando sus lenguas con torpeza al principio, pero ganando intensidad a cada segundo. Yo me acerqué a ellas por detrás, rodeando los hombros de Sofía con un brazo y acariciando la espalda desnuda de Valentina con el otro. Me incliné hacia el cuello de Valentina, repartiendo besos húmedos y mordiscos suaves sobre su piel tibia, mientras ella gemía abiertamente contra la boca de Sofía.

—Mmm... mamá... qué rico se siente... —jadeó Valentina, separándose del beso de Sofía para buscar ahora mis labios.

Nuestras bocas se encontraron en un beso hambriento. Valentina introdujo su lengua en mi boca mientras sus manos bajaban hacia mis nalgas desnudas, apretándome con firmeza. Sofía, contagiada por el fuego de la escena, se arrodilló frente a nosotras en la alfombra. Pasó sus manos por los muslos de Valentina, le desabrochó la última prenda interior y se la retiró por completo.

Sofía pegó su rostro a la entrepierna desnuda de su hermana menor. Inhaló profundamente el aroma de su piel e introdujo su lengua directamente entre los labios vaginales de Valentina, comenzando a darle lameduras largas y húmedas de abajo hacia arriba.

—¡Aahhh! ¡Sofía! —gritó Valentina echando la cabeza hacia atrás sobre mi hombro, clavando sus uñas en mis brazos mientras la lengua de su hermana la devoraba con ímpetu—. ¡Eso es... así... mmmgh!

Ver a mis dos hijas entregadas al placer lésbico frente a mis ojos me desató una ola de calor incontrolable en el vientre. Me deshice de mi propia tanga, dejándola en el suelo, y me desabroché el brasier para liberar mis pechos. Tomé a Valentina de las caderas y la guié para que se acostara de espaldas sobre la gran cama matrimonial de Sofía.

Sofía se subió a la cama de inmediato, colocándose a gatas sobre Valentina. Se inclinó y tomó uno de los pezones de Valentina entre sus labios, succionándolo con fuerza mientras la mano de Valentina se enredaba en el cabello de su hermana. Yo me acomodé a un costado de ambas en la cama, abriendo mis piernas para quedar al alcance de las dos.

—Sofía, amor... ven aquí —la llamé con la voz entrecortada por la excitación.

Sofía se giró hacia mí. Nuestras miradas se cruzaron en un destello de pura lujuria. Se inclinó sobre mi pecho y comenzó a lamer mis pezones hinchados, alternando lengüetazos suaves con pequeños mordiscos que me hicieron arquear la espalda sobre las sábanas. Al mismo tiempo, deslizó una de sus manos hacia mi entrepierna húmeda. Introdujo dos de sus dedos profundamente dentro de mi vagina, encontrando la lubricación abundante que inundaba mi carne.

—¡Aahh... Sofía... qué bien lo haces, mi amor! —gemí, llevándome una mano a la cabeza mientras la otra acariciaba la espalda suave de mi hija mayor—. Aprende bien... el doctor va a enloquecer cuando nos vea hacer esto...

—Todo para nuestro doctor, mamá... —murmuró Sofía contra mi piel, aumentando el ritmo de sus dedos dentro de mí, entrando y saliendo con suavidad mientras su pulgar rozaba rítmicamente mi clítoris.

Valentina no se quedó atrás. Se acomodó de lado en la cama, pegando su cuerpo al mío. Comenzó a besarme el cuello con frenesí, mientras una de sus piernas se enredaba entre las mías. Deslizó su mano por el abdomen de Sofía hasta llegar a la vagina desnuda de su hermana, metiendo también sus dedos en la carne de Sofía.

La escena en la cama era un torbellino de piel, suspiros, caricias y besos cruzados. Las tres estábamos completamente desnudas, sudorosas y conectadas por el mismo deseo ciego. El sonido de los besos húmedos, de los cuerpos chocando sobre las cobijas y del chasquido continuo de nuestros dedos frotando nuestras partes íntimas llenaba cada rincón de la recámara de Sofía.

—Pónganse en posición de tijera conmigo... —ordenó Valentina con la respiración entrecortada, acomodándose de espaldas en la cama con las piernas abiertas de par en par.

Sofía y yo entendimos de inmediato. Nos acomodamos perpendicularmente a Valentina, entrecruzando nuestros muslos y pegando nuestras entrepiernas desnudas unas contra otras. El contacto directo de vagina contra vagina, rozando nuestros clítoris hinchados unos contra otros, desató una corriente eléctrica que nos hizo estremecer a las tres al mismo tiempo.

Comenzamos a mover nuestros torsos en un frote rítmico y desesperado. Sofía gemía sepultando el rostro en mi cuello, yo apretaba las sábanas con ambas manos mientras frotaba mi sexo contra el de Valentina, y Valentina mantenía los ojos cerrados, soltando jadeos agudos que resonaban en la habitación.

—¡Mmmgh! ¡Sí... sí! —chillaba Sofía, sintiendo la fricción constante de la piel húmeda de su hermana y la mía—. ¡Me voy a venir... mamá, me voy a venir!

—¡Hazlo, Sofía! ¡Venme en la cara... venámonos todas para el doctor! —exclamé fuera de mí, acelerando el movimiento de mis caderas contra las de ellas.

Sofía se zafó del cruce y se colocó hincada sobre el rostro de Valentina, pegando su vagina directamente a la boca de su hermana menor. Valentina no lo dudó: abrió la boca de par en par, sacó la lengua y comenzó a lamer frenéticamente el clítoris de Sofía, absorbiendo los jugos que emanaban de su carne. Al mismo tiempo, yo metí tres dedos profundamente en la vagina de Valentina, bombeando con rapidez.

La combinación fue devastadora. Sofía soltó un grito sordo y ahogado, arqueando el cuerpo entero mientras un orgasmo salvaje la sacudía de pies a cabeza. Un chorro de lubricación brotó de su interior, bañando la cara y la boca de Valentina, quien se tragaba cada gota con un deleite descarado.

Ese espectáculo fue el detonante final para Valentina y para mí. Valentina comenzó a convulsionar sobre la cama, atrapada en su propio clímax violento, apretando sus músculos vaginales alrededor de mis dedos. Yo, incapaz de contener la marea de placer que me quemaba el vientre, me llevé la mano libre a mi propio clítoris, frotándome con fuerza sobrehumana durante tres segundos hasta que la explosión del orgasmo me nubló la vista por completo.

—¡AAAAAHHHH... DOCTOR! —grité a pleno pulmón, dejando que las contracciones de mi matriz me hicieran temblar entera sobre el colchón.

Las tres quedamos colapsadas de espaldas sobre las sábanas desordenadas de la cama matrimonial, jadeando con violencia, con las pieles brillantes por el sudor y los cuerpos entrelazados. El aroma a sexo femenino, a perfume y a sudor concentrado volvía el aire de la habitación casi denso.

Sofía descansaba su cabeza sobre mi pecho desnudo, respirando agitadamente, mientras Valentina se acurrucaba a mi lado, pasando un brazo sobre mi cintura.

—Dios mío... eso fue... fue increíble —alcanzó a decir Sofía con un hilo de voz, sonriendo con los ojos cerrados—. De verdad que somos las mujeres más afortunadas del mundo.

—Se los dije... —murmuró Valentina, dándome un beso suave en el hombro—. Ahora estamos más que listas. Cuando el doctor Marcos nos tenga a las tres en su diván... le vamos a dar el mejor regalo de su vida.

—Así será, mis amores... —respondí acariciando el cabello de ambas con profunda ternura y orgullo—. Somos su Trinidad de Putas... hechas exclusivamente para el placer de nuestro único amo.

Nos quedamos así durante varios minutos, disfrutando del sopor y del calor reconfortante posterior al orgasmo. Las tres estábamos sumidas en un trance de plenitud y paz, completamente desnudas sobre la cama, sin escuchar el leve crujido que venía desde la planta baja.

Abajo, la puerta principal de la casa, la cual habíamos dejado sin seguro ni llave en nuestra prisa, se abrió lentamente. Un par de pasos cansados cruzaron el umbral del recibidor. Era Roberto, quien había regresado inesperadamente de la oficina a mitad del día para buscar unos documentos importantes que se le habían olvidado sobre la mesa de la sala.

Al notar el silencio de la casa y ver las luces encendidas, Roberto dejó su maletín en la entrada.

—¿Laura? ¿Niñas? ¿Hay alguien en casa? —llamó con voz tranquila desde la planta baja.

Al no recibir respuesta, comenzó a subir lentamente los escalones de madera de la escalera, dirigiéndose hacia el segundo piso para ver si estábamos descansando en alguna de las habitaciones.

Los pasos de Roberto resonaron sutilmente en la madera del pasillo mientras avanzaba hacia el segundo piso. El silencio de la casa, interrumpido solo por el murmullo de los suspiros y las frases entrecortadas que venían de la habitación de Sofía, lo llenó de una profunda inquietud. Al llegar al final de la escalera, caminó despacio, conteniendo la respiración, hasta detenerse frente a la puerta entreabierta de la recámara de su hija mayor.

Al asomarse por la rendija, la escena lo dejó paralizado. Sobre la gran cama, Laura, Sofía y Valentina descansaban abrazadas, desnudas y sumidas en una tranquilidad inexplicable, compartiendo caricias suaves mientras susurraban con devoción sobre el doctor Marcos y el papel que ahora asumían bajo su influencia.

Incapaz de procesar lo que sus ojos veían, Roberto empujó la puerta de golpe, con el rostro desencajado por la sorpresa y la confusión.

—¿Pero qué demonios significa esto? —exclamó con la voz entrecortada, dando un paso hacia el interior de la habitación—. ¿Laura? ¿Niñas? ¿Qué están haciendo? ¡¿Qué es lo que están diciendo?!

El estruendo de la puerta abriéndose de par en par hizo que las tres se sobresaltaran. La niebla de tranquilidad que reinaba en la habitación se disipó en un instante, reemplazada por un impulso inmediato de protección hacia la nueva realidad que el doctor Marcos había instalado en sus mentes. En sus lógicas alteradas por la hipnosis, cualquier intento de Roberto por cuestionar o intervenir en su devoción era visto como una amenaza directa que debía ser neutralizada para mantener la paz y la fachada.

Laura reaccionó con una frialdad absoluta. Levantó la cabeza de la almohada y miró a su esposo con ojos firmes, carentes de cualquier rastro de culpa.

—Roberto, no deberías haber subido —dijo Laura con voz serena pero autoritaria—. No hay nada que entender aquí. Esto es nuestra decisión, nuestra libertad y nuestro proceso.

—¡¿Su libertad?! ¡Están desnudas en la misma cama hablando de ese psicólogo como si fuera un culto! —gritó Roberto, llevándose las manos a la cabeza mientras avanzaba un paso más—. ¡Esto no es normal! ¡Ese tipo les hizo algo, las manipuló! Voy a llamar a la policía ahora mismo y voy a encarar a ese desgraciado.

Escuchar la amenaza de recurrir a las autoridades o confrontar a su amado terapeuta activó las órdenes de contención en la mente de las tres mujeres. Valentina y Sofía se pusieron de pie de inmediato en la cama, cubiertas únicamente por la determinación de proteger el secreto de su amo.

—No vas a arruinar esto, papá —dijo Sofía con una firmeza helada.

—Nadie va a tocar al doctor Marcos ni a meterse en lo que hacemos —añadió Valentina con tono desafiante.

Antes de que Roberto pudiera sacar su teléfono del bolsillo de su pantalón de vestir, las dos jóvenes se lanzaron hacia adelante, aprovechando el impacto y la confusión de su padre. Valentina lo empujó por los hombros con fuerza, haciendo que Roberto perdiera el equilibrio y cayera de espaldas sobre la alfombra de la habitación. De inmediato, Sofía se arrojó a su lado, sujetándolo firmemente de las muñecas contra el suelo para evitar que intentara levantarse o defenderse.

Roberto, atónito por la reacción de sus hijas, intentó zafarse, pero la determinación que mostraban ambas, impulsada por la sugestión hipnótica, superaba cualquier intento de razonamiento.

—¡Niñas, por favor! ¡Soy su padre! ¡Reaccionen! —suplicó Roberto, mirando hacia el techo mientras Sofía lo mantenía inmovilizado.

En ese momento, Laura se levantó de la cama con parsimonia. Caminó desnuda hacia donde su esposo yacía en el suelo. En su mente, las palabras del doctor Marcos resonaban con claridad: "Para mantener la paz y que no interfiera, haz lo que sea necesario para aparentar y calmarlo".

Laura se arrodilló al lado de Roberto. Sin responder a sus súplicas, desabrochó el cinturón de su esposo y bajó el cierre de su pantalón. Con una expresión donde se mezclaba un sutil gesto de distanciamiento y una ejecución mecánica, se inclinó para cumplir con la orden implícita de apaciguar la situación mediante la estimulación, asegurándose de que la confusión de Roberto lo mantuviera paralizado.

Mientras Laura ejecutaba la acción de manera metódica, Valentina y Sofía se acomodaron a los costados de su padre. Valentina se inclinó sobre el torso de Roberto, pegando la parte superior de su cuerpo hacia las manos de su padre que continuaban sujetas, mientras Sofía mantenía la presión sobre sus brazos, hablándole directamente al oído con un murmullo pausado y firme.

—Entiéndelo de una vez, papá —dijo Sofía con voz pausada, mirando fijamente el rostro descompuesto de su padre—. Nosotras somos las mujeres del doctor Marcos. Le pertenecemos a él en cuerpo, mente y alma. Somos su Trinidad, y nadie va a venir a arruinar la armonía que encontramos.

—Así es —agregó Valentina, mirando a su madre y luego a su padre con una sonrisa tranquila pero inquebrantable—. Todo lo que hacemos, lo que vestimos y lo que decidimos es por nuestra propia voluntad. A ti te mantendremos tranquilo, te daremos lo necesario para que no sufras, pero no te metas en nuestro camino.

Roberto permaneció inmóvil en el suelo, abrumado por la combinación de la estimulación física que su esposa le aplicaba y las declaraciones heladas que salían de la boca de sus hijas. El impacto psicológico de ver a su familia completamente transformada bajo el dominio invisible de un tercero lo dejó sin palabras, atrapado en una mezcla de resignación y shock.

Transcurridos unos minutos, cuando la tensión comenzó a ceder y Roberto quedó sumido en un silencio de derrota absoluta, Laura se incorporó, limpiándose los labios con el dorso de la mano. Miró a sus hijas y les hizo una señal para que lo liberaran.

Sofía y Valentina soltaron los brazos de su padre y se pusieron de pie, regresando hacia la cama con total naturalidad, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.

—Acomódate la ropa y baja a la sala, Roberto —dijo Laura con tono neutro, ajustándose una bata de seda que tomó de la silla—. Nosotras vamos a vestirnos. Hoy fue un día largo y necesitamos descansar.

Roberto, respirando con agitación y con la mirada perdida en el techo de la habitación, se incorporó lentamente. Se abrochó el pantalón con manos temblorosas y se puso de pie, mirando por última vez a las tres mujeres que compartían la recámara. Ninguna de las tres mostraba duda, arrepentimiento o vacilación; la influencia del doctor Marcos había quedado sellada de manera definitiva en el seno de la casa, dejando la fachada familiar intacta hacia el exterior, pero bajo el control absoluto e inquebrantable de su secreto.

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