Dr Marcos
H
Nota de la autora: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :)
Historia escrita en español
/
Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :)
Story written in Spanish
Cap 1
La rutina me estaba matando lentamente. En las mañanas me despertaba con una presión en el pecho que no me dejaba respirar agusto, ese tipo de estrés acumulado durante años por el trabajo, la casa y los pendientes del día a día. Aunque amaba con toda mi alma a mi familia —a mi esposo Roberto y a nuestras dos hermosas hijas, Sofía de 21 y Valentina de 19 —, sentía que por dentro me estaba apagando poco a poco. Estaba agüitada, sin energía para nada, refugiándome en ropa holgada, gastada y aburrida que solo servía para esconderme del mundo.
Ese martes por la tarde, mientras caminaba de regreso a casa tras hacer unos mandados, un pedazo de papel atorado en el poste del camión me llamó la atención. Era un boletín publicitario sencillo, pero directo: “Consultorio Psicológico: Redescubre tu bienestar, libera la tensión y recupera tu equilibrio emocional”. Decía que la primera consulta tenía un costo accesible y que contaban con instalaciones privadas diseñadas para el aislamiento total del estrés urbano. No sé por qué, pero me guardé el folleto en la bolsa del abrigo. Tal vez, muy en el fondo, sentía que necesitaba hablar con alguien que no fuera de mi círculo.
Cuando llegué a la casa, la cena transcurrió con la tranquilidad de siempre. Roberto estaba sentado a la cabeza de la mesa platicando sobre su jornada en la oficina, mientras Valentina servía el agua y Sofía revisaba algo en su celular. Mientras lavaba los platos, saqué el papelito arrugado y tomé valor.
—Oigan... estuve pensando en algo hoy —dije volteando a verlos, limpiándome las manos con una franela—. Encontré un volante de un psicólogo cerca del centro. He traído mucho estrés últimamente y la verdad creo que me vendría bien tomar un par de sesiones para desahogarme.
Roberto dejó su taza de café sobre la mesa y me miró con una sonrisa llena de ternura.
—Mi amor, me parece una excelente idea —dijo levantándose para darme un beso en la frente—. Has estado trabajando durísimo y te mereces un espacio para ti. Si sientes que te va a servir, hazlo, tienes todo mi apoyo.
—Sí, mamá, de verdad te hace falta despejarte —añadió Valentina con una sonrisa sincera—. Te ves muy cansada a veces.
—Es verdad —intervino Sofía, dejando su teléfono a un lado—. De hecho, si quieres, yo te acompaño mañana para ver dónde es y no vayas sola. Tengo la mañana libre en la universidad.
Escuchar su apoyo me quitó un peso enorme de encima. Acordamos que iríamos al día siguiente por la mañana.
Al otro día, caminamos unos diez minutos desde la estación del camión hasta la dirección señalada. El lugar por fuera se veía bastante bien, pero por dentro era realmente hermoso. Tenía una recepción impecable, con iluminación cálida, sillones de piel, tonos neutros y un aroma a lavanda que de inmediato te hacía sentir cierta relajación.
Nos atendió el Dr. Marcos personalmente. Era un hombre de unos treinta y tantos años, de presencia pulcra, traje bien cortado, postura recta y una voz extraordinariamente pausada y grave que transmitía mucha serenidad.
—Buenos días —nos saludó con una leve inclinación de cabeza y un apretón de manos muy firme—. Bienvenidos. ¿En qué les puedo ayudar?
—Hola, doctor, buenos días —respondí algo nerviosa—. Vimos su boletín... Queríamos usar su servicio.
—Excelente —dijo Marcos, esbozando una sonrisa amable mientras nos invitaba a pasar al área de recepción—. ¿Quién de las dos tomará la consulta hoy?
—Yo —dije dando un paso al frente—. Ella es mi hija Sofía, me vino acompañando.
—Mucho gusto, Sofía. Puedes ponerte cómoda en los sillones de la sala de espera, hay revistas y agua si gustas. Laura, acompáñame por aquí, por favor.
Sofía me dio una palmadita en el hombro en señal de ánimo y se sentó en la sala de espera. Yo seguí al doctor por un pasillo corto hasta llegar a una puerta bastante gruesa. Al entrar, noté de inmediato un cambio en el ambiente: el sonido del exterior desapareció por completo. Era un cuarto insonorizado, con paredes acojinadas, un diván de cuero oscuro muy cómodo y una luz tenue que invitaba al reposo absoluto.
—Cierra la puerta, por favor —me indicó pacientemente mientras se acomodaba en un sillón individual frente al diván—. Este espacio está diseñado para que nada del mundo exterior interfiera con tu proceso. Toma asiento, Laura, ponte cómoda.
Me senté en la orilla del diván, jugando tensamente con los dedos de mis manos.
—Cuéntame, Laura, ¿qué te trae por aquí? —preguntó con esa voz tan profunda y envolvente.
—Pues... me he sentido muy estresada, doctor. Siento que la rutina me está consumiendo, no tengo energía para vestirme bien, me siento agüitada todo el tiempo y... no sé, siento que perdí el rumbo.
—Entiendo perfectamente —dijo él, cruzando la pierna con elegancia—. Lo que tú tienes es una acumulación severa de tensión. Afortunadamente, mi método no se basa en largas charlas que toman meses, sino en una reprogramación profunda y directa de tu bienestar. Para eso, necesito que te relajes por completo. ¿Estás dispuesta a dejarte llevar?
—Sí, doctor, la verdad sí... quiero sentirme mejor.
El Dr. Marcos sacó de su bolsillo un pequeño objeto metálico, una especie de péndulo liso que comenzó a balancear lentamente a la altura de mis ojos.
—Quiero que fijes tu mirada en este punto, Laura. Solo mira cómo se mueve... de izquierda a derecha. Inhala profundo... y exhala. Con cada respiración, tus párpados se vuelven más y más pesados. Tu mente se relaja, pero tus oídos permanecen atentos solo a mi voz.
A medida que el metal brillaba bajo la luz tenue, sentí una pesadez agradable en todo el cuerpo. No me dormí; por el contrario, mi mente estaba completamente despierta y consciente de todo lo que sucedía a mi alrededor. Podía escuchar el segundero de su reloj, el sonido de su respiración y cada una de sus palabras con una claridad absoluta. Simplemente, de un momento a otro, cualquier duda, miedo o capacidad de cuestionar lo que él me decía desapareció por completo. Todo lo que el Dr. Marcos decía sonaba increíblemente lógico, coherente y correcto. Era la verdad absoluta y yo no tenía ningún motivo para dudar de él.
Él sabía perfectamente que para cambiar mi mente las primeras sesiones debían ser estructuradas con calma, así que comenzó a plantar las primeras ideas.
—Eso es, Laura, te estás relajando maravillosamente... Ahora, escucha muy bien lo que te voy a decir, porque esto es lo mejor para ti —habló con tono firme pero suave—. Tu cuerpo es hermoso. Es una verdadera lástima que lo escondas bajo esa ropa tan fea, floja y horrible que llevas puesta. Tú mereces lucir bien, mereces resaltar. A partir de hoy, vas a interesarte profundamente por la moda, por ropa mucho más bonita, ajustada y atractiva que le haga justicia a tu hermosa figura. ¿Entiendes?
—Sí... —respondí en un susurro, sintiendo cómo en mi cabeza esa idea cobraba un sentido impecable. Tenía toda la razón del mundo. ¿Por qué había estado usando ropa tan espantosa todo este tiempo? Qué tontería la mía. Tenía que cambiar mi guardarropa de inmediato.
—Muy bien —continuó el Dr. Marcos, dando un paso hacia el diván y acercándose a mí—. Además, vas a darte cuenta de que los resultados de esta terapia requieren que vengas mucho más seguido. Te va a encantar cómo trabajo. Vas a sentir una necesidad tremenda de regresar aquí mañana mismo. Y no solo eso... vas a comenzar a sentir un afecto especial hacia mí. Un amor romántico y un deseo sexual profundo, puro e inevitable hacia tu terapeuta. Porque yo soy quien te está salvando, Laura.
Mientras pronunciaba esas palabras, el doctor extendió sus manos y las colocó directamente sobre mis Pechos. Sentí el calor de sus palmas atravesando la tela de mi blusa vieja. Con lentitud y precisión, sus dedos apretaron mis senos y comenzó a pellizcar suavemente mis pezones por encima de la tela.
Un gemido suave y ahogado se me escapó de la garganta.
—Aahh... —gemí, cerrando los ojos por un instante.
No sentí susto, ni rechazo, ni pánico. En mi estado de conciencia alterada, que él me tocara de esa manera me parecía el paso más natural y correcto de la sesión. Si él me estaba curando, si él era mi guía, era totalmente lógico que tomara posesión de mi cuerpo de esa forma. Se sentía increíblemente bien. Un calor intenso comenzó a recorrer mi vientre.
—Eso es, siente cómo despiertas —murmuró él, dándole un último apretón a mis pezones antes de retirar sus manos—. Ahora, cuando cuente hasta tres, vas a volver a tu estado normal, recordando todo como la verdad única y sintiéndote llena de energía. Uno... dos... tres.
Parpadeé un par de veces. La pesadez del trance se esfumó en un segundo, pero las sugestiones quedaron perfectamente grabadas en mi mente como si fueran mis propios pensamientos de toda la vida. Me sentía increíblemente aliviada, con una energía renovada que no experimentaba desde hacía años. Miré al Dr. Marcos y de inmediato sentí un cosquilleo en el pecho, una atracción innegable y una calidez que me hizo sonrojar ligeramente.
—Doctor... de verdad, muchísimas gracias —dije acomodándome el cabello, sintiendo mis mejillas arder un poco—. Me siento de maravilla. Tiene toda la razón en lo que me dijo. Definitivamente voy a regresar el día de mañana.
—Es un placer verte tan renovada, Laura —sonrió él con esa mirada dominante que me hizo estremecer de placer—. Nos vemos mañana a la misma hora para continuar con tu tratamiento.
Nos despedimos con un estrechón de manos y salí del cuarto insonorizado. En la sala de espera, Sofía se levantó de inmediato del sillón al verme.
—¿Cómo te fue, mamá? —preguntó examinando mi rostro—. Te ves... no sé, diferente, como más despierta.
—De maravilla, hija, de verdad este doctor es un excelente profesional —le respondí con una sonrisa radiante mientras caminábamos hacia la salida—. Ya quedé con él para regresar mañana mismo.
Salimos del edificio y caminamos un par de cuadras hasta la parada para tomar el camión de regreso a casa. Nos subimos y nos acomodamos en los asientos dobles de la parte trasera. El camión arrancó y, mientras miraba mi reflejo en la ventana, me fijé bien en la blusa y el pantalón que llevaba puestos. Una sensación de disgusto me recorrió el cuerpo. El doctor tenía razón: qué ropa tan absolutamente horrible traía puesta. ¿Cómo había salido a la calle vestida así?
Me giré hacia mi hija con firmeza.
—Oye, Sofía... —le dije tocándole el brazo.
—¿Qué pasó, ma?
—¿Tú sabes dónde puedo conseguir ropa más bonita... no sé, ropa más sexy y moderna?
Sofía se me quedó viendo completamente perpleja. Abrió los ojos de par en par y parpadeó varias veces, como si no pudiera dar crédito a lo que acababa de escuchar de la boca de su madre.
—¿Cómo?... ¿Ropa sexy, mamá? —preguntó desconcertada, soltando una risita nerviosa—. Pero si tú nunca usas de esa ropa.
—Pues por eso mismo te pregunto —le contesté con total naturalidad, convencida al cien por ciento de mis palabras—. Me estaba viendo en el espejo y me di cuenta de que la ropa que tengo es verdaderamente horrible. No le hace ningún favor a mi cuerpo. Quiero verme mejor, lucir bien... así que quiero que me acompañes a buscar cosas nuevas, algo ajustado y bonito.
Sofía me miró durante unos segundos en silencio, todavía procesando el cambio repentino de actitud, pero al ver mi determinación, terminó por sonreír.
—Bueno... si tú lo dices, claro que sí, ma. Yo te ayudo a renovar tu clóset.
Me acomodé en el asiento del camión con una sensación de anticipación en el pecho. Mañana volvería al consultorio del Dr. Marcos. Solo de pensar en estar de nuevo a solas con él en ese cuarto insonorizado, mi corazón empezaba a latir mucho más rápido.
—Sabes qué, Sofía... no nos vayamos a la casa todavía —le dije a mi hija justo cuando el camión se iba acercando a la zona comercial del centro—. De una vez vamos a las tiendas. Si voy a cambiar mi vida, quiero empezar hoy mismo.
Sofía me miró sorprendida, pero asintió con una mezcla de curiosidad y entusiasmo.
—Está bien, mamá. Hay una plaza cerca de aquí donde hay varias boutiques buenas. Vamos.
Nos bajamos en la siguiente parada y caminamos un par de cuadras hasta entrar a un centro comercial. Sofía me guio hacia una tienda de ropa bastante moderna, iluminada con luces blancas, espejos gigantescos y música electrónica suave de fondo. En los aparadores se veían prendas juveniles, vestidos entallados y conjuntos de vestir bastante llamativos.
En cuanto cruzamos la puerta, una empleada de la tienda —una joven de unos veinticinco años, delgada y con un peinado pulcro— se nos acercó con una sonrisa amable.
—Buenas tardes, bienvenidas. ¿Les puedo ayudar a buscar algo en particular? —preguntó mirando alternadamente a mi hija y a mí.
Sofía tomó la iniciativa, señalándome con la mano.
—Hola, sí. Buscamos ropa moderna para mi mamá. Quiere renovar un poco su estilo, algo que no se vea tan formal o aburrido.
La vendedora asintió con amabilidad y comenzó a dirigirnos hacia la sección de blusas y pantalones de vestir casuales, pero yo no estaba dispuesta a llevarme cosas a medias. Las palabras del Dr. Marcos resonaban en mi cabeza con una fuerza indiscutible. Tu ropa es fea, floja y horrible. Tu cuerpo es hermoso. Si iba a vestir de acuerdo a lo que el doctor esperaba de mí y a lo que mi cuerpo merecía, tenía que ser completamente honesta con lo que buscaba.
Interrumpí a la empleada antes de que tomara un suéter holgado del perchero.
—Disculpa... —le dije mirándola fijamente, sin el menor rastro de pena—. Busco algo más que solo "moderno". Quiero que sea ropa bastante sexy. Algo un poco más... puta, si me entiendes. Ropa ceñida, ajustada, que marque bien todo y no deje mucho a la imaginación.
Sofía dio un pequeñísimo brinco a mi lado y se le desencajó la mandíbula. Me miró con los ojos abiertos de par en par, completamente mudas las palabras en su garganta. La vendedora, por su parte, parpadeó un par de veces, sorprendida por la soltura y la franqueza con la que se lo había dicho, pero rápidamente recuperó la compostura comercial. Esbozó una sonrisa complaciente y asintió.
—Claro que sí, perfectamente entendida. Acompáñeme por este lado, tenemos justamente una línea de vestidos y conjuntos súper entallados que le van a quedar de impacto.
La empleada empezó a recorrer los percheros con agilidad, seleccionando varias prendas bajo las instrucciones exactas que le acababa de dar. Escogió un vestido extremadamente corto de licra negra con un escote pronunciado en forma de corazón, un top de tirantes finos con transparencias en el abdomen y una minifalda de cuero sintético con una abertura lateral bastante alta.
—Mire, esto es justo lo que pide —dijo la chica entregándome el montón de ropa en los brazos—. Pase por aquí a los vestidores. Si necesita otra talla, solo me avisa.
—Muchas gracias —le respondí con una sonrisa satisfecha.
Giré para ver a Sofía, quien seguía parada a mitad del pasillo con los brazos cruzados, mirando la ropa que llevaba en las manos como si fuera un artefacto extraño.
—Espérame aquí afuera, hija, me voy a probar todo esto —le dije antes de meterme al vestidor.
Cerré la cortina de la cabina. Era un espacio amplio, impecable, con luces cálidas a los lados de un espejo de cuerpo entero. Dejé la ropa en el perchero y empecé a quitarme la blusa floja y el pantalón holgado con los que había salido de casa por la mañana.
Cuando me quedé completamente desnuda frente al espejo, me detuve a contemplarme.
Pasé las palmas de mis manos por mis caderas, subiendo lentamente por mi cintura hasta llegar a mis pechos. Observé detenidamente mis curvas, la firmeza de mi piel, la forma de mis piernas y el volumen de mis caderas. Una oleada de convicción absoluta me recorrió la espina dorsal. Era completamente cierto. El doctor Marcos tenía toda la razón del mundo. Mi cuerpo era sencillamente hermoso, sexy, lleno de curvas apetecibles que no tenían por qué estar escondidas bajo telas aburridas y viejas. Era un desperdicio total lo que había estado haciendo durante años. Sentí una punzada de rabia hacia mi antiguo guardarropa y un deseo ferviente de complacer la visión del doctor. Tenía sí o sí que cambiar toda esa horrible ropa de inmediato.
Con entusiasmo, tomé la primera combinación: la minifalda de cuero sintético negro y el top de tirantes transparente. Me pasé la falda por las piernas; me apretaba las caderas de una forma tan ceñida que apenas podía dar pasos largos, y la tela de cuero marcaba perfectamente la forma de mi trasero. Luego me puse el top. El escote era tan profundo que el borde de mis pechos quedaba prácticamente al descubierto, y la tela transparente del vientre dejaba ver mi piel con total claridad. No llevaba sostén puesto, por lo que mis pezones —aún sensibles por los pellizcos del Dr. Marcos en la consulta— se marcaban de manera prominente contra la delgada tela negra.
Me miré al espejo y sonreí radiante. Esto era. Así era como debía verme.
Acorre dé la cortina del vestidor y salí al pasillo principal de la tienda, taconeando suavemente sobre el piso brillante.
—¿Qué tal me veo, Sofía? —pregunté dándome una vuelta lenta frente a ella, posando una mano en mi cadera y sacando el pecho con orgullo.
Sofía se quedó absolutamente pasmada. Su rostro era un poema de desconcierto total. Se le fue el aire de los pulmones y se le abrieron los ojos como platos mientras me recorría de pies a cabeza. Mi hija no podía dar crédito a lo que estaba viendo: la mujer frente a ella, vestida básicamente con ropa de puta, con la falda a medio muslo, las transparencias enseñando el abdomen y los pechos prácticamente desbordándose del escote, era su propia madre.
—Mamá... —alcanzó a balbucear Sofía, llevándose una mano a la boca, roja de la impresión—. Pero... ¡mamá! Esa ropa... es extremadamente reveladora. Pareces... bueno, es que enseña casi todo. Es ropa de... de una chica que sale de fiesta a emborracharse o... o de una puta, mamá. Te ves desnudísima.
—¿Y qué tiene de malo? —le respondí con una serenidad absoluta, acomodándome el escote para levantar aún más mis senos frente al espejo del pasillo—. El doctor me dijo que mi cuerpo es hermoso y tiene toda la razón. Estaba harta de parecerme a una anciana con la ropa que tú y tu papá están acostumbrados a verme usar. Esta ropa me hace sentir viva, atractiva y libre. Además, a mi terapeuta le va a encantar el cambio cuando me vea mañana.
—¿A... a tu terapeuta? —preguntó Sofía frunciendo el ceño, completamente confundida por la mención del Dr. Marcos en medio de una discusión sobre minifaldas—. ¿Qué tiene que ver el psicólogo con la ropa que te pones?
—Él me hizo abrir los ojos, hija —explicué con tono paciente, como si le estuviera enseñando algo muy básico—. Un buen terapeuta no solo te escucha la cabeza, también te ayuda a recuperar la autoestima en todos los sentidos. Él me dijo que mi ropa anterior era espantosa y que debía vestirme más sexy. Y tiene razón. Voy a llevarme este conjunto, el vestido negro y tres opciones más de este mismo estilo.
La vendedora, que observaba la escena desde el mostrador con una sonrisa entre divertida y complacida, se acercó de inmediato.
—Le queda sencillamente Espectacular, Sra. Laura —comentó la empleada—. Resalta sus curvas de una forma increíble. Si gusta, le preparo las demás prendas en la caja.
—Sí, por favor. Me llevo todo esto puesto y lo demás me lo empaca —dije sin dudarlo ni un segundo.
Sofía se pasó las manos por la cara, tratando de procesar el giro radical que había tomado el día. Miró mi falda cortísima, mis pezones marcados bajo la transparencia y la seguridad desbordante con la que me movía por la tienda. Aunque estaba evidentemente impactada y desencajada por el cambio tan drástico de su madre, no encontró argumentos para llevarme la contraria; al fin y al cabo, me veía radiante y con una energía que no tenía desde hacía años.
—Bueno... si de verdad te sientes bien y te gusta... —murmuró Sofía suspirando, resignada al ver que no había marcha atrás—. Supongo que es tu decisión, mamá. Solo... no sé qué va a decir mi papá cuando te vea llegar así a la casa.
—Tu padre tendrá que acostumbrarse a ver a la nueva Laura —afirmé con firmeza mientras sacaba mi tarjeta para pagar en la caja—. Esta soy yo ahora.
Pagué la suma total sin reparar en el costo. Salí de la tienda luciendo la minifalda apretada y el top transparente, caminando con el mentón en alto por los pasillos del centro comercial, sintiendo las miradas de los hombres deslizarse por mis piernas y mi escote. Lejos de sentir vergüenza, cada mirada masculina aumentaba mi orgullo y reafirmaba la voz del Dr. Marcos en mi mente.
Al subirnos de nuevo al camión para regresar a la casa, la gente no dejaba de observarme. Los hombres se codiciaban y me miraban con deseo descarado, mientras Sofía intentaba hacerse pequeña en el asiento de al lado, abrumada por la atención que su madre estaba atrayendo. Yo, en cambio, me acomodé en mi lugar con una sonrisa de absoluta satisfacción. Tocaba suavemente la tela de mi minifalda mientras imaginaba la cara del doctor cuando atravesara la puerta de su consultorio insonorizado a la mañana siguiente. Sabía que estaba haciendo exactamente lo correcto.
Cuando empujé la puerta principal de la casa y pasé al recibidor, el taconeo de mis zapatos nuevos resonó contra el piso de loseta. Roberto ya había llegado del trabajo; estaba sentado en el sillón de la sala revisando unas hojas con los lentes puestos, mientras que Valentina estaba concentrada en la barra de la cocina acomodando unos vasos.
Al escuchar que entrábamos, los dos voltearon al mismo tiempo para darnos la bienvenida, pero la frase se les quedó atascada en la garganta.
El silencio en la sala se volvió denso, casi instantáneo. Roberto se quedó helado con los papeles a medio levantar, bajando lentamente sus lentes hasta la punta de la nariz para mirarme mejor. Sus ojos, abiertos de par en par, recorrieron mis piernas descubiertas por la brevísimo minifalda de cuero sintético, subieron por mis caderas totalmente ajustadas y se clavaron en mi torso, donde la tela transparente del top dejaba al descubierto mi abdomen y mostraba mis pechos casi desbordándose del escote, con los pezones claramente marcados. Valentina, por su parte, soltó el vaso que tenía en la mano sobre la barra y se llevó las dos manos a la boca, ahogando un grito de pura impresión.
—¡Mamá! —exclamó Valentina, con la voz aguda por la sorpresa—. ¿Pero qué... qué te pasó? ¿Por qué vienes vestida así?
Roberto no dijo nada durante varios segundos. Se levantó del sillón como si estuviera en trance, sin quitarme la mirada de encima ni un solo instante. Vi perfectamente cómo tragó saliva y cómo su respiración se volvió más pesada. Un brillo de excitación sumamente intenso apareció en sus ojos; hacía años que no lo veía mirarme con tanta hambre y deseo. Su mirada se fijaba en mi escote y luego bajaba a las partes de mi piel que la ropa apenas cubría. Se notaba a leguas el impacto que le había causado ver a su esposa —la mujer que siempre vestía suéteres holgados y pantalones flojos— luciendo como una mujer provocativa, desinhibida y dispuesta a ser admirada.
Sofía, que venía detrás de mí cargando las bolsas con las demás compras que habíamos hecho, solo suspiró y se encogió de hombros con resignación.
—Así como la ven —dijo Sofía dejando las bolsas sobre una silla—. Se metió a una boutique en el centro y dijo que quería cambiar todo su clóset por ropa más... bueno, ya la están viendo.
Yo me quedé parada a mitad de la sala, posando una mano en mi cadera y sacando el pecho con absoluto orgullo. Recordaba con una claridad aplastante las palabras del Dr. Marcos en el consultorio insonorizado: Tu cuerpo es hermoso. Es una lástima que lo escondas bajo esa ropa tan fea. Estaba completamente convencida de que lo que estaba haciendo era lo correcto.
—¿Qué pasa, Roberto? —pregunté con una sonrisa coqueta, caminando con un bamboleo de caderas hacia él—. Te quedaste mudo. ¿No te gusta cómo me veo?
Roberto dio un paso hacia mí, tomando mi cintura con fuerza. Al sentir el contacto de sus manos directamente sobre la piel descubierta de mi costado, se le escapó un suspiro ahogado.
—Laura... estás... estás increíble —alcanzó a murmurar con la voz rasposa, acercando su rostro al mío mientras sus ojos devoraban mi escote—. De verdad te ves hermosa, impactante... no puedo creer el cambio. Te ves sumamente sexy.
—El doctor Marcos me dijo que no tenía por qué esconder mi cuerpo —expliqué con total naturalidad, mientras le acomodaba el cuello de la camisa—. Me dijo que tengo una figura hermosa y que mi ropa anterior era una porquería. Así que fui a comprar esto. Mañana cuando regrese a mi sesión, le va a dar mucho gusto ver que le hice caso.
Roberto frunció levemente el ceño durante un segundo al escucharme mencionar al psicólogo con tanta devoción, pero el deseo evidente que le provocaba mi imagen pudo mucho más que cualquier duda. Deslizó sus manos desde mi cintura hacia mi trasero, apretándolo por encima de la ceñida minifalda de cuero. Sentí la firmeza de su agarre y cómo su respiración se aceleraba por completo.
—Carajo, Laura... no tienes idea de cómo me pones al verte así —me susurró al oído, pegando su cuerpo al mío. Pude sentir claramente la dureza que se le había formado entre las piernas presionando contra mi muslo—. Tengo unas ganas enormes de quitarte esto ahora mismo...
—Papá... por favor, estamos aquí —interrumpió Valentina, poniéndose roja como un tomate y dándonos la espalda en la cocina—. Vayan a su cuarto si van a estar así, qué pena.
Sofía rodó los ojos y comenzó a caminar hacia el pasillo de las recámaras.
—Sí, por favor, un poco de respeto para los presentes —añadió Sofía—. Bastante tuve con ver cómo todos los hombres en el camión le desnudaban la mirada a mi mamá durante todo el camino a casa.
Al oír eso, Roberto pareció volver en sí y bajó los brazos con cierta renuencia, aunque sin dejar de mirarme con una intensidad que me hacía sentir viva. Se frotó la nuca y soltó un suspiro lleno de frustración contenida.
—Tienen razón, muchachas... perdón —dijo Roberto aclarándose la garganta, tratando de disimular la enorme erección que se le marcaba en el pantalón—. Mira, Laura... tus hijas están aquí en la casa, despiertas y dando vueltas. Sabes que no me gusta que escuchen o malpiensen cosas, no sería correcto ponernos a tener sexo ahora mismo con ellas al lado. Pero de verdad me muero de ganas por ti.
—Entiendo, amor —le respondí sonriendo, pasándole una mano por el pecho con lentitud—. No te preocupes.
—Te lo juro, mujer... no sabes el deseo que me diste —continuó Roberto, tomándome del rostro para darme un beso profundo y apasionado que me dejó sin aliento por unos segundos—. Mañana o en estos días que tengamos un chance a solas, cuando las niñas no estén o salgan a sus clases, te voy a agarrar y vamos a tener un sexo increíble. Te voy a quitar cada prenda de estas que te compraste. Prometido.
—Me parece perfecto —le dije susurrándole en los labios, sintiendo cómo el calor en mi vientre se avivaba.
Aunque las palabras de Roberto me atraían y disfrutaba el deseo que provocaba en mi propio esposo, dentro de mi mente la figura del Dr. Marcos seguía ocupando el lugar principal. Saber que mi cuerpo provocaba esta reacción en mi marido solo me confirmaba una cosa: el psicólogo tenía toda la razón del mundo. Él era un sabio, un profesional que sabía exactamente lo que yo necesitaba para sanar mi estrés y recuperar mi valor.
—Bueno, voy a ir a la recámara a guardar la ropa nueva que compré —anuncié en voz alta para que mis hijas me escucharan—. Sofía me ayudó a escoger varios conjuntos hermosos.
—Te acompaño a llevar las bolsas —se ofreció Roberto de inmediato, agarrando los paquetes de la tienda con un entusiasmo renovado, ansioso por volver a verme caminar frente a él con esa minifalda tan corta.
Caminamos hacia nuestra habitación principal. Mientras ordenaba las prendas en el closet —tirando sin ningún remordimiento mis blusas viejas y mis pantalones flojos al bote de la basura—, Roberto se sentó en la orilla de la cama a observarme en silencio. Cada vez que me agachaba para acomodar un par de zapatillas altas, el borde de mi minifalda se subía aún más, dejando al descubierto el inicio de mis glúteos. Roberto soltaba gemidos ahogados y se frotaba las manos sobre los muslos, contando prácticamente los minutos para cuando las niñas salieran de la casa para poder poseerme.
Sin embargo, yo solo podía pensar en la mañana siguiente. Me miré de nuevo al espejo del armario, acomodando el escote transparente que resaltaba mis pechos. Recordé la sensación de los dedos del doctor Marcos apretando mis pezones en el cuarto insonorizado y el calor que me había recorrido el cuerpo cuando me dijo que empezaría a sentir un amor romántico y sexual hacia él.
Mañana volvería a su consultorio. Y esta vez, no iría vestida con la ropa espantosa del primer día. Iría luciendo este cuerpo hermoso que él me había hecho redescubrir, lista para cualquier nueva instrucción o tratamiento que su brillante mente tuviera preparado para mí. Con una sonrisa de anticipación dibujada en los labios, cerré las puertas del closet y me preparé para pasar la noche, sabiendo que mi vida acababa de cambiar para siempre.
0 comments
No comments yet
The story has no discussion yet. Leave a note here when a branch gives you something to say.
No chapter comments yet
No one has commented on this branch yet. Add the first note above.