Salir del closet como cornudo

Continuación...

Chapter 1 by cornudoG cornudoG

Capítulo 1

Este relato no parte de cero. Quien haya leído lo de después de San Valentín ya sabe que mi esposa no es solo mi esposa, y que “Su amigo” no es solo un amigo que a veces pasa a saludar. Quien lo haya leído, sabe que el 14 de febrero él le arrancó el parche anticonceptivo mientras la penetraba en la sala, sabe que yo lo encontré tirado solamente cuando se fueron a seguir cogiendo a la cama que todavía llamábamos matrimonial, y que esa misma noche yo me masturbé como nunca imaginándola finalmente preñada de él, con un hijo suyo, a su imagen, y quizá con su nombre, pero a mi manutención. Quien haya leído sabe también que tuve que salir de la ciudad durante dieciocho días, durante los cuales le supliqué a mi esposa que no viera a su amante, sabe que ella aceptó, pero que el mismo día en que despegó mi vuelo, antes de contar un solo día de los 18, él ya tenía su enorme miembro dentro de mi mujer, se la cogió a pelo prácticamente toda mi ausencia, se quedó a vivir, como el hombre de la casa, en el departamento cuya renta yo pagaba al 100%, quien lo haya leído sabe, sin lugar a dudas, que buscaron un bebé con una constancia que yo nunca le habría podido dar. A pesar de todo, la prueba salió negativa. Al día siguiente de mi regreso le llegó la regla. Yo me quedé con el sabor de su vagina confesa, y con la certeza de que el “no” de la prueba de embarazo, no había apagado nada: al contrario, ellos iban a seguir intentándolo sin importar mi opinión, y yo iba a seguir pagando la casa en la que lo intentarían.

Poco después, y como estaba planeado, nos mudamos. Eso, en su momento, me pareció un respiro idiota. “Ya nos vamos a mudar, ya no nos van a volver a ver”, me había dicho ella cuando le pregunté si no le preocupaba que los vecinos del fraccionamiento anterior me platicaran que la vieron besando a otro hombre en la reja. Tenía razón, parcialmente: aquellos vecinos se quedaron atrás. Lo que pasé por alto fue creer que un cambio de dirección iba a devolverles la prudencia. El departamento nuevo es más grande, pero el pasillo es más estrecho, las paredes más delgadas, y la puerta de entrada da prácticamente a la del vecino de enfrente. “El amigo de mi esposa” tardó menos de una semana en volver a tener llave de un departamento para cuya renta no aportaba ni un solo peso. Yo no tuve voz en esa decisión, pero tampoco me negué. Ocurrió un sábado en la mañana, mientras yo intentaba ponerme al corriente con mi trabajo en la sala, sin lograr concentrarme por los gemidos de mi esposa que habían comenzado desde muy temprano, a pesar de haber parado bastante de madrugada la noche anterior, me acercaba a ponerme de rodillas frente a la puerta cerrada de donde salían esos deliciosos gemidos para ponerme a masturbarme imaginando lo que sucedía dentro, después de haberle arrancado otro orgasmo a la que alguna vez fue mi mujer, los escuché charlar en voz baja; él le preguntó si ella estaba bien con que él tocara cada vez que llegara, o si prefería que entrara de una vez, y ella, con esa naturalidad con la que decide las cosas que a mí me destrozan y me empinan al mismo tiempo, le dijo que prefería salir a recibirlo y despedirlo, pero que le iba a dar una llave por que él era el hombre de la casa y podía llegar cuando él quisiera. Le dio mi copia. Yo me corrí en el baño unos minutos después, con la puerta entreabierta, escuchándolos coger en la recámara que no hacía mucho yo había terminado de armar.

Durante un tiempo todavía guardaron las formas. Ellos miraban a los alrededores cuando él llegaba o se iba, como para saber que nadie los estaba viendo aunque en ocasiones la urgencia por unir sus cuerpos les hacía ignorarlo. Ella se seguía poniendo el parche anticonceptivo de acuerdo a las instrucciones, aunque con cero resistencia se lo dejaba quitar prácticamente en cada encuentro. Yo miraba cuando me dejaban mirar, ya sea por que dejaban la puerta de la habitación abierta, (o semiabierta obligándome a mirar a través de una pequeña apertura), o por que se iba a coger cerca, o a donde yo estaba, sala, cocina… y cuando no me dejaban, ella me lo contaba después, a veces con detalle, a veces con lineamientos generales pero acompañados de fotos o videos que yo agradecía a sobremanera. Lo que cambió, y lo que justifica que esto sea otro relato y no un epílogo, no fue simplemente que siguieran cogiendo. Fue que empezaron a cansarse de esconderse. No de mí, claramente, sino de esconderse de los demás… Y antes de que lo dijeran con todas sus letras, el edificio, la familia y las amigas estuvieron a punto de decírmelo por ellos.

La primera vez que casi los descubren, o más bien, que casi me descubren a mí, ocurrió con el vecino de enfrente. No sabemos su nombre, pero le decimos el del perro, porque tiene uno que ladra cada que alguien se acerca a su tapete de bienvenida, y el tapete de ellos queda a unos pocos pasos del nuestro. Normalmente su hombre llegaba y ella salía a recibirlo con ropas demasiado ligeras, pijamas que eran una blusita y un short diminuto, no entraban a la casa de inmediato, se quedaban un rato en el umbral, se besaban con una pasión que no dejaría adivinar que tenían muy poco tiempo de verse, y como si la puerta fuera simplemente un pretexto y no un límite, y cuando los labios de ellos claramente sonaban, el perro empezaba… En ocasiones sí miraban a los alrededores con cierto pudor, pero a veces, y cada vez con más frecuencia, la urgencia de unir sus cuerpos les ganaba, les importaba poco y nada quien pudiera estar mirando... Yo, desde adentro, contaba los segundos, una mezcla intensa entre los nervios de que alguien los viera, y la ansiedad por saber que él ya estaba dentro de mi esposa dándole el placer que yo jamás podría…. Un minuto de besos en aquel umbral, ya me parecía mucho… tres minutos, con las manos de él dentro del short de ella, acariciando esas hermosas y voluminosas nalgas que hacía tiempo ya eran suyas, y la llave que antes era mi copia colgándole del llavero, recordatorio permanente de que aquello no era algo pasajero...

Esa tarde yo estaba mirando televisión en la sala, ya no hacía falta que ella me avisara que esperaba su visita, me bastaba saberla depilarse, perfumarse, y adornarse con algún vestido tan corto que poco faltaba para dejar a la vista sus deliciosos labios, cubiertos muy apenas por la diminuta tela que componen sus tangas…

La vi pasar caminando hacia la puerta, contoneando esas caderas, con una emoción que se le notaba por el simple hecho de caminar, supe de inmediato que esta se debía a que había llegado su amante, yo no veía la puerta, pero supe que estaba abierta cuando el sonido del exterior comenzó a ser más claro, y supe que él había llegado cuando comencé a escuchar el tronar de sus labios contra los de mi esposa, no se escuchaban hablando, pero si escuchaba a ella reírse contra su boca. Se comenzó a escuchar al perro, y en seguida, me heló escuchar nítida, la voz del vecino, había salido con su mascota de su departamento, y se había encontrado con el espectáculo.

Buenas tardes, saludó disimulando la sorpresa. Ella contestó el saludo, y también el hombre que unos minutos antes la tenía labios contra labios. No hubo preguntas, no hacían falta. Yo, escuchando desde el sillón, con la tele aún encendida, y mi pequeña verga totalmente dura, imaginaba lo que el vecino tenía enfrente: el vestido que no cubría nada, la tanga, la mano de aquel hombre, quieta donde no tenía por qué estar quieta, y la llave que antes era mía colgando del llavero de otro. El perro jaló de la correa, el vecino tomó camino, no preguntó por mí; no tenía porqué preguntar. Sonrisitas cómplices y disimuladas, y la puerta se cerró. Entraron a casa tomados de la mano, ella me encontró justo donde me había dejado, sentado, con la pantalla prendida y la cara de quien siente que acaba de ser descubierto por un desconocido. Ella no se inmutó, solo se le escapó esa sonrisa chiquita, la que se le sale cuando sabe que me acaba de poner los cuernos un milímetro más de lo acordado.

- Los vió. Le dije en mensaje de texto que ella leyó ya en la habitación.

- Creo que si nos vió besarnos. Me dijo ella, dejando convenientemente fuera el hecho de que la mano de su amante estuvo todo momento en las nalgas de ella.

No contesté, estaba seguro de que ella ya había dejado el celular al lado para dedicarse a su hombre, cuando la vi salir, vino al sillón y se quedó un segundo conmigo. Me tocó apenas en un roce encima del pantalón para comprobar lo que ya sabía, y me dijo bajito que el vecino no me iba a decir nada, que los hombres no se meten, que si acaso iba a pensar que yo no la atendía, y que de todas maneras estaba en lo cierto. Se regresó con su amante, y yo me quedé en la sala, con la tele todavía hablando sola, me arrodillé entre el sillón y la mesa, y me masturbé lo más callado que pude mientras del cuarto empezaban a salir esos golpes secos contra el cabecero, y los gemidos de la que alguna vez fue mi mujer. Casi los descubren, pensaba, casi me descubren a mí; terminé, temblando, la causa no fue el “casi”, fue darme cuenta de que a ella el “casi” le había sabido a poco…

La segunda vez fue peor, porque ya no era un vecino que solo vemos cuando ambos salimos de nuestros departamentos. Fueron sus amigas.

Como de costumbre, se quedaron de ver en un bar. No se habían visto desde aquellas fechas en que tuve mi viaje de dieciocho días, durante el cual mi esposa pasó prácticamente todos los días siendo la mujer de un hombre de verdad, recibiendo su enorme miembro a pelo, buscando los orgasmos que yo nunca le habría podido dar, en nuestro propio departamento cuya renta yo pagaba al 100%. De hecho, solo salió con ellas porque ya había quedado desde antes de saber de mi viaje, y porque le insistieron cuando intentó cancelar, reprochándole que no tenía pretexto para no ir siendo que yo estaba de viaje. Si por ella hubiera sido, no habría salido ni una sola vez, para seguirle entregando su cuerpo a ese hombre que sí la lograba hacer terminar. Asistió, pero, cosa rara en ella, no se quedó como siempre con ellas hasta pasada la madrugada. Sus ansias por tener a su hombre dentro, la hicieron despedirse temprano, con un pretexto que a todas se les hizo fuera de lugar: solo dijo que tenía sueño. Yo ya había fantaseado con lo que habrían pensado esa noche varias veces, y terminé al poco tiempo cada una de ellas.

Después de unas copas, la conversación consistió en sus amigas echándole carrilla por aquella despedida temprana, diciéndole que ya se estaba haciendo vieja, aún siendo ella la más joven, por bastante, de todo el grupo, eran ellas queriendo picarle la cresta para sacarle la verdad. Otra de ellas, que hace tiempo es infeliz con su esposo pero no se atreve, ni se atreverá, a dejarlo o a buscar a alguien, queriendo vivir a través de mi esposa, le preguntaba con emoción si es que tiene algún secreto, si esa sonrisa al ser cuestionada tiene nombre, y no es el de su esposo. Mi esposa no negaba nada en ningún momento, pero tampoco lo aceptaba. Solo sonreía, les seguía la corriente a modo de broma y simulando sarcasmo, o cambiaba deliberadamente el tema, lo que resultaba más confirmación del hecho que una confirmación misma. Luego, en algún momento de la noche, la amiga que siempre escucha más que hablar, la que no suele participar mucho pero cuando lo hace suelta una bomba, confesó frente a todas que aquella vez que mi esposa se fue temprano la vio encontrarse ya afuera con un hombre que ya la esperaba para subirse a un auto, y como si eso no fuera suficiente, ya entrada en copas, mencionó que él sí tenía más complexión de hombre, no de adolescente, haciendo, sin necesidad de decirlo, atribución a mí. Desde ese punto, los cuestionamientos, las bromas y la curiosidad subieron de intensidad, al grado que mi esposa ya solo podía pensar en su hombre… Sin parar la charla, le escribió que lo quería dentro, que se alistara para visitarla, y sin preguntarme, le dijo que yo pasaría por él, para pasar por ella.

Así manejé para recogerlo, más humillado que nunca, con mi pequeño miembro en castidad bajo instrucciones de mi esposa, hasta su casa, con tal de que le diera verga a mi mujer. Cuando llegué por él, nos dijimos buenas noches, pero no cruzamos más palabra el resto del camino. Aún así, sí lo estuve viendo por el retrovisor sacarse la verga y tomarle foto, seguramente para, y por petición de mi esposa, que ya se estaba mojando de imaginarlo dentro. Así pues, llegamos por ella, y se despidió de sus amigas con una sonrisa pícara, y la misma excusa de aquella vez que también se fue para tener sexo con su amante. Yo, al volante, camino a casa mientras mi esposa cabalgaba la verga de su hombre en el asiento trasero prácticamente desde que subieron al auto, sentía que el “casi” de las amigas había sido más adentro que el del vecino: no un beso en un umbral, sino un hombre esperándola en un auto, una complexión que no era la mía, y sin que ella haya dado cualquier excusa; y ahora, yo mismo había participado en contribuir al riesgo de que fuésemos descubiertos…

Si tuviera que hablar en analogías, diría que con las dos situaciones anteriores, la tenía casi adentro, en esta tercera si me entró poco más que la puntita… Ocurrió con mi cuñada.

Ella llegó de sorpresa a la casa, como siempre; mi esposa estaba cogiendo con su amante en la habitación matrimonial, como casi siempre, cuando mi cuñada tocó a la puerta, ellano paró de gemir, al contrario, como pensó que era yo quien había llegado, (pues hace tiempo que le dió mi llave al nuevo hombre de la casa) comenzó a gemir aún más fuerte, le excita bastante tenerme esperando en la puerta como castigo por no tener con qué satisfacerla, y para hacerme escuchar cómo él si puede. Las veces que ella me ha hecho esto, me quedo como un perro obediente tras la puerta, más me acerco disimuladamente lo más posible para poder escuchar a través de la misma esos gemidos que me encantan, y me toco suave y sigilosamente con la mano en el bolsillo mientras me imagino la escena, y casi casi siento el golpe de olor a sexo que recibiré en cuanto entre a casa. Nunca toco de nuevo; me espero hasta que ellos terminan ese round, feliz de saber que cuando mi esposa me abre, justo lo hace con su vagina llena de un shot fresco del semen de su amante... Mi cuñada, en cambio, sí volvió a tocar, señal que mi esposa de inmediato interpretó para saber que no era yo quien esperaba afuera. Se vistió muy a prisa con un short diminuto que usa de pijama, y una blusa sin brassier que claro que no alcanza a cubrir todos los chupetones que le hace su amante. No recogió nada de las evidencias, no sabía que quien tocaba era alguien que iba a entrar a casa, pensó que sería el agua o algún otro servicio. La única reacción que alcanzó a realizar fue abrir demasiado los ojos una vez que vio que era su hermana, quien entró y de inmediato escaneó todo mientras el inconfundible olor a sexo le hizo sonreír de forma burlona. Le preguntó sin disimular que si ya estaba teniendo intimidad de nuevo conmigo, a lo que mi esposa, que bien pudo mentir en mi favor, negó de inmediato. Mi cuñada, como respuesta involuntaria, miró los chupetones, el boxer que estaba olvidado en el sillón, y el parche anticonceptivo recién arrancado tirado al pie, y cambió muy ligeramente el tema con la cara más de incredulidad posible; no pude haber sido más inoportuno para cubrir nuestro secreto pues justo llegué, y como no tengo llave, toqué la puerta. Mi cuñada hizo la cara de susto más intensa que le he visto, como si fuera ella la que estaba siendo descubierta a plena infidelidad, al ver que era yo quien legaba, como en automático, y disimulando perfectamente, se paró para saludarme a la vez que con su pie estirado intentó arrastrar el parche anticonceptivo hacia debajo del sillón para esconderlo, y trataba de cubrir el boxer de mi mirada; mientras me saludaba llena de nervios, yo vi cómo mi esposa metía el boxer y el parche entre los cojines, y vi también cómo mi cuñada sentía un alivio mientras la miraba con el puro rabillo del ojo, con esa habilidad que solo tienen las mujeres. Como buen anfitrión, me fui a la cocina a poner café, y mientras se preparaba regresaba para sentarme en el sillón, cuando mi esposa me hizo un espacio, justo en donde estaba escondido el boxer y el parche, la mirada incrédula de mi cuñada parecía gritarle “cínica!”, pero no dijo nada. Platicábamos los tres, de cualquier cosa, cuando mi esposa me envió un WhatsApp donde me decía sobre el parche, los boxers manchados de su humedad, y el hecho de que su amante estaba desnudo en nuestra habitación, y aunque esto último no era para mí ya ninguna sorpresa, tener la confirmación, y a mi cuñada ahí mismo, me prendió de tal manera que le pedí, casi suplicando, que se fuera un rato a la habitación con su hombre, que ordenara su leche mientras que yo me quedaba con su hermana. La sonrisa pícara de mi amada me dejó muy claro que aceptaba, cosa que puso a mi pequeño miembro duro como roca, mientras ella sin dilación ya se paraba sin decir nada más que “ya regreso” y se iba para la habitación.

Tardó en volver bastante más de 15 minutos, durante los cuales yo me dividía entre tratar de ocultar mi excitación y tratar de disminuir los nervios e incomodidad que mi cuñada estaba sintiendo al imaginar no sé que cosas… Cuando mi esposa regresó, claramente traía más chupetones de los que se contaban al irse, y por supuesto, también la vagina llena de leche, cosa que me confesó muy claramente con esas señales que solo nosotros entendemos. Yo ya no podía poner atención a la plática, solo podía pensar que la única protección ante un embarazo yacía bajo mis cojines mientras los espermas de su hombre seguramente estaban nadando cada vez más profundo en mi mujer. Cuando mi cuñada se fue, me dijo con una mirada que yo noté como de lástima, que cuidara a mi esposa; y aunque no era el modo al que se refería, yo me hinqué en cuanto ella se fué para cuidar, para besar, lamer y chupar la vagina aún llena de leche de mi mujer, como si eso fuera a servir de algo, pues seguramente no era la primera ni la última carga de leche del día que él le dejaba dentro, ni de la semana, ni de todo el tiempo que tenían cogiendo.

Cuando su vagina perdió finalmente todo el sabor intenso a semen de su amante, que tan bien conozco, y comenzó a saber sólamente a ella, ella me guió al sillón de la sala, apenas me senté, y ella a mi lado, cuando vi que su amante ya estaba llegando a sentarse al de ella, totalmente desnudo, su enorme miembro erecto, y él con la confianza de ser el hombre de la casa, se comenzaron a besar con más pasión que otras veces, si acaso esto fuera posible, mientras yo los veía a través del espejo de la televisión, aún con el sabor de sus sexos en mi boca, sin atreverme a voltear la cabeza para mirar de frente… Ví como él comenzaba a acariciar su vagina ya por completo empapada, mientras ella se deshacía de su short; una vez que quedó solamente en blusa, abrió sus piernas para montarse en su hombre y comenzar a rozar su humedad contra aquel tronco cuyo tamaño yo jamás podría pensar en igualar.

Y así, mientras ella acariciaba con sus labios abiertos la verga de su hombre, con las piernas bien abiertas y besándolo con la intensidad de siempre, comenzó a contarle (o contarnos a los dos) los detalles de lo que había pasado con las amigas en el bar, y con su hermana en la sala…

Ella colocó la cabeza de su enorme verga justo en la entrada de su delicioso tesoro, lo miró con una mirada que yo no podía descifrar. Yo ya los miraba a los dos… El vecino había visto un beso en el umbral y se había marchado sin preguntar. Las amigas habían visto el desvelo, la huida temprana, un hombre esperándola en un auto, una complexión que no era la mía, y quizá hasta a mí mismo llevándolo a recogerla. Mi cuñada había olido el sexo adúltero, había visto los chupetones, el boxer, el parche, y se había ido advirtiéndome que la cuidara mientras yo contaba los segundos para hincarme a lamerle la leche de su amante. Tres veces. Cada una más adentro. Cada una más cerca de pronunciar la palabra que yo llevo años eyaculando en silencio. El susto, la preocupación ya no me bajaba la erección, me la ponía a punto de estallar. A ellos también. Lo había notado en el cómo se movía sobre él, con más lujuria, como saboreando no solamente la fricción, sino el hecho de que el mundo se les estaba encimando, sin importar mi opinión.

Ella abrió solo un poco más las piernas, dejando que el enorme miembro de su amante se fuera deslizando poco a poco dentro de ella bajo la inexistente resistencia que su abundante lubricación había logrado; una vez que su pelvis estaba piel con piel con su amante, cuando ya tenía dentro por completo esa enorme bestia, comenzó un rítmico y suave movimiento de vaivén mientras miraba a los ojos a su amante a una distancia en que sus alientos se cruzaban nadamás salir de sus calientes cuerpos, y le dijo, con una voz que parecía una mezcla de súplica y confesión: Ya no quiero decir que tengo sueño. Ya no quiero taparme el cuello. Ya no quiero negarte cuando mi hermana o quien sea pregunte por tí. Quiero que sepan que soy tuya y que tu verga me hace feliz…

Él contestó sujetándola fuertemente de las caderas para contribuir al movimiento haciéndole sentir dentro la totalidad de su hombría mientras ella gemía tanto como podía sin despegar sus labios de los de su hombre; así continuaron algunos minutos durante los cuales, entre gemidos, ella le confirmaba y repetía aquel deseo que estoy seguro tenía no poco tiempo queriendo estallar dentro de ella; luego, poco a poco, ella fue tomando el control total del movimiento, cada vez más amplio, intenso, agresivo, y sin dejar de aumentar la intensidad, rompió una regla que nadie había puesto, pero que antes no se había quebrantado; la de ignorar mi presencia como persona mientras ellos disfrutaban uno del otro, como si yo no fuera más que algún objeto inanimado, que en ocasiones, muy discretamente, acariciaba su vergonzoso miembro mientras un hombre de verdad le arrebataba el sexo con su esposa; se dirigió a mi, y me dijo con un tono de voz que todavía me enchina la piel, con una combinación entre una afirmación y una orden: “Tu también quieres que sepan”.... No era una pregunta, por lo que yo no debía respuesta, no había duda en su frase, por lo que no necesitaba una confirmación, y aún así, mientras ella se penetraba con aquel miembro inmenso con una intensidad nunca decreciente, mirándonos a los ojos durante unos instantes, le asentí.

Ella tenía los ojos brillosos y la vagina empapada cuando obtuvo el visto bueno del cornudo para que el secreto dejara de ser secreto, se mantuvo mirándome mientras recibía las embestidas de su amante, y con voz chiquiona me siguió hablando mientras yo no dejaba de asentir, las frases tenían tono de pregunta, pero no lo eran…

- Quieres que el vecino ya no se haga como que no vio? Te gusta que mis amigas me tiren carrilla y sepan por qué me voy temprano? Te encanta que mi hermana sepa que tu ya no me tocas? Quieres que sepan que tú sabes…

Ella volvió a ignorarme, continuó ese vaivén que me hubiera hecho terminar en segundos mientras le confirmaba mil y una veces a su amante, que aquel secreto, ya no más lo sería. Miré sin disimular más, me acariciaba el miembro con un par de dedos, apenas rozandome, mientras miraba ese tronco imponente, completamente brilloso y lubricado, aparecer y desaparecer una y otra vez dentro del sexo de la que en papel, aún era mi mujer; no sé cuantas veces llegó al orgasmo, pero estoy seguro que el vecino las escuchó todas; y también escuchó como ella le pedía llegar también a él, como le exigía la leche, y cómo gimió cuando por fin se la dió.

Ella se quedó unos momentos montada en él, sentada hasta el fondo mientras el miembro de él hacía de tapón para no dejar salir ni una gota de su semen; ellos se besaban, como cada vez que terminan un round, luego, sin dejar de besarse, ella se colocó como a 4 patas sobre el sillón, pero con sus brazos aún rodeando a su hombre por el cuello, su culo a la altura de mi pecho y su vagina abierta, escurriendo en lubricación y semen de su hombre; sellamos entonces aquel trato con un beso; un beso doble que consistía en él besando los labios mentirosos de mi esposa; y yo besando los que no pueden mentir, con aquel sabor intenso a semen y excitación de ambos que era mi premio por ser un buen cornudo; y por estar de acuerdo, en que todo mundo lo supiera…

Salir del closet, para un cornudo, no es una frase. Es una sucesión de puertas; una tras otra… Y esa noche entendí que las siguientes ya no se iban a quedar entreabiertas.

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