Laura

Nuestra historia

Chapter 1 by cornudoG cornudoG

Laura no era solo mi novia. Era la mujer que yo no lograba entender cómo había caído a mi lado, me encantaba mirarla y saber que éramos el uno para el otro, la miraba dormir, y pensaba que no merecía ni el aire que respiraba a su lado. Su cuerpo me parecía una ofrenda digna de Dioses, y yo, me sabía un simple mortal... Esas tetas pesadas, blancas, con los pezones rosados que se endurecían con el frío o con un simple roce. Ese culo ancho, suave, que se movía con una gracia que me dejaba tonto… Esa boca, esa sonrisa… Y esa panocha, esa panocha rosada, siempre húmeda, siempre caliente, que yo besaba como si fuera un altar. Yo tenía una verga pequeña. Siempre lo supe. Ella también. Pude haberlo compensado con resistencia, pero tampoco la tenía. Al principio fingimos que no pasaba nada, después, con más confianza, lo tomábamos con risa nerviosa… Luego, en algún momento, yo empecé a pedirle perdón cada vez que terminaba rápido o cuando era totalmente obvio que no había logrado llenarla. Ella, amorosa, me acariciaba el cabello y me decía que no importaba. Yo sabía que sí importaba.

Comenzaron a llegar las primeras señales, lentas, pero reconocibles.... Mensajes a deshoras que ella leía girando el teléfono fuera de mi vista… salía del baño con el teléfono bien sujeto y una sonrisa que yo no le había puesto…. Después comenzó a llegar oliendo a colonia de hombre, una fragancia pesada que no era mía. Su panocha ya siempre estaba depilada, llegaba con ella resbalosa, y con un olor que me parecía reconocer... Una noche, mientras yo me esforzaba por entrar y salir de ella con mi verga ridícula, ella cansada comenzaba a quedarse dormida, yo me disponía a abandonar la tarea pero ella casi entre sueños me pidió no parar, cuando por fin comenzaba a entrar en ella, con los ojos cerrados, gimiendo soltó un nombre: Javier.

No fue rabia lo que sentí. Sentí un calor extraño, vergonzoso, que se me subió desde el estómago hasta la garganta. La seguí penetrando durante unos segundos, y me corrí al cabo de ellos pensando en la forma en que gimió ese nombre. Empecé a imaginar a un hombre más alto, más fuerte, con una verga gruesa que la llenaba de verdad. Y en lugar de odiarla, la amé más, agradecido de que volviera cada noche... Empecé a consentirla especialmente cuando llegaba tarde. A besar esa panocha que otro acababa de usar. A preguntarle donde había estado, qué había hecho mientras le lamía los labios y sentía un sabor que no era púramente de ella cuando mi lengua exploraba sus interiores, ella mentía, contaba cualquier cosa, cada vez con menos cuidado, cada vez mentiras más obvias… Ella se dio cuenta de que entre más ridícula era la mentira, más me excitaba. Comencé a terminar antes de siquiera penetrarla, mientras me comía el resto de los fluídos que Javier había dejado para mi. Ella se volvió más descarada. Comenzó a utilizar tangas diminutas que llegaban empapadas y con olor a sexo, a veces incluso llegaba sin bragas, con los muslos brillantes, y se recostaba para dejarme lamer. Yo lamía como un devoto; jamás pregunté por qué llegaba sin bragas. Era feliz con ese secreto que los dos sabíamos, y nadie iba a decir…

Sofía, en ese momento mi mejor amiga, me llamó una noche con la voz rota. Los había visto en el parque. Javier y ella besándose en una banca, en público, sin verguenza. La mano de él bajo la falda, claramente acariciando su flor. La verga marcada, enorme, que ella rozaba de forma discreta en cada beso. Sofía me lo contó con cautela, creyendo que yo iba a destrozarme. Yo me masturbé esa misma noche tantas veces que al final ya no salía nada... Cuando mi amiga se enteró de que no hice nada, se enfureció. Fue a confrontarla. Laura no le negó nada. No le explicó que Javier la cogía mejor; que él sí tenía una verga de hombre...

Ese mismo día me terminó; pensó que yo había enviado a Sofía a recriminarle; y por más que le juré que yo no había sido, no me creyó, se sintió traicionada por haberle contado a alguien.. Jamás negó nada. Llorando se fue, asegurándome que me amaba, pero que ya no podría confiar en mí… La ironía.

Las semanas siguientes fueron extrañas, como si los dos tuviéramos miedo de romper algo que recién volvía a latir. Hablábamos. Nos veíamos. Fuimos reconstruyendo la relación con una paciencia cuidadosa. Platicábamos durante horas, salíamos a caminar, nos tomábamos de la mano, nos acariciábamos el cabello y la espalda como si volviéramos a ser novios de una forma bastante inocente, de esos que aún no se atreven a cruzar cierta línea. No había intimidad, en absoluto, ni siquiera fajes o besos apasionados. No nos tocábamos por debajo de la ropa. Y nunca, ni una sola vez, pronunciamos el nombre de Javier. Al no tener ya acceso a su vagina, yo no sabía con certeza si ellos seguían viéndose.. Solo podía imaginarlo. Y esa incertidumbre, lejos de apagar lo que sentía, lo encendía más.

Yo comencé a buscar señales, y, como es bien sabido que quien busca encuentra, éstas volvieron a aparecer, ahora más sutiles y por eso más desesperante para mí.... Un labial corrido cuando claramente yo no le había besado. El cuello ligeramente marcado como si la succión hubiera sido apenas lo suficientemente fuerte para que ella no reclamara, pero lo justo para que se notara de cerca... En una ocasión la esperé afuera de su trabajo y los vi a lo lejos: él la despedía con un beso que no era de amigos, la mano grande recorriéndole la cintura hasta el inicio del culo, ella dejándose, sonriendo contra su boca. Otra tarde, al recogerla, tardó bastante en salir, sus compañeros dejaban el lugar mirándome de reojo, secretéandose, soltando risitas… ella salía caminando cansada, no como alguien que trabajó 8 horas, si no como quien acababa de ser usada. Volví a percibir aquel perfume masculono cuando se acercaba a darme un beso casto en la mejilla. Yo me masturbaba como loco, me bastaba con imaginar cómo esa verga que yo nunca podría igualar seguía entrando en ella mientras yo le compraba flores y le decía que la amaba. Cada vez que veía otra señal, me excitaba hasta el temblor. Y cada vez la amaba más.

Solo un par de meses después, una noche la vi llegar distinta, no sé exactamente que era, pero se veía radiante, no sé si alguna vez la había visto más hermosa. Se sentó frente a mí, me tomó de las manos suavemente, y mirándome a los ojos, con una sonrisa alegre, me lo dijo, estaba embarazada. No hizo falta que dijera de quién, entre nosotros no había habido intimidad durante meses. Mi cabeza no entendió de inmediato por qué me daba la noticia de esa forma, pero mi pequeño pene si, estaba tan erecto como mi limitada longitud permitía, brincando de alegría, y entonces lo entendí, ella me iba a permitir hacerme cargo.

Nos besamos entonces como no nos habíamos besado en mucho tiempo. Un beso largo, húmedo, desesperado, lleno de todo lo que no habíamos podido decir. Esa misma noche volvimos a tener intimidad. No como antes. Casi todo fue mi boca sobre ella. Yo me arrodillaba entre sus piernas y besaba su panocha con una devoción nueva, más profunda, sabiendo lo que crecía dentro. Las pocas veces durante los días siguientes que hubo penetración, a petición de ella usamos condón. Yo entraba con cuidado, consciente de lo pequeño que era, y me retiraba pronto para continuarla adorando sin llegar a eyacular. Después me recostaba a su lado y le besaba el vientre una y otra vez, despacio, con los labios temblando, atesorando al bebé que venía. Le susurraba que lo iba a cuidar. Que los iba a cuidar a los dos. Que no había nada en el mundo que yo quisiera más que ser de ella así.

El niño nació y la casa se llenó de esa rutina suave y agotadora que yo acepté como un privilegio. Mientras ella salía, yo me quedaba. Le cambiaba los pañales, le daba el biberón, lo arrullaba contra el pecho hasta que se dormía con la boquita abierta. La veía irse con ese cuerpo que el embarazo había vuelto todavía más generoso, las tetas más pesadas, el culo más ancho, y yo sentía que el pecho se me partía de amor cada vez que la puerta se cerraba detrás de ella. Besaba su vientre ya vacío con la misma reverencia con la que antes había besado su panocha. Pero las señales no se detuvieron. Al contrario. Empezaron a acumularse con una claridad que ya no podía fingir. Mensajes que ella leía sonriendo y guardaba rápido cuando yo entraba a la recámara. Salidas que duraban más de lo necesario, siempre con una excusa ligera. Llegaba con el cabello ligeramente revuelto, con el cuello otra vez marcado, con las tangas olvidadas en el fondo de la bolsa o directamente sin ellas. Cuando yo volvía a tener permiso de arrodillarme entre sus piernas, su panocha a veces llegaba hinchada, los labios más oscuros, resbalosa, con ese olor espeso y salado que yo ya reconocía demasiado bien. A veces incluso encontraba restos blancos secándose en la tela interior de su ropa interior, o una humedad que no coincidía con las horas que habíamos estado juntos. Yo la lamía igual. Siempre igual. Como si cada rastro fuera una prueba de que ella seguía siendo esa ofrenda que yo no merecía y que, aun así, me dejaba adorar.

Al principio él se iba de la casa antes de que yo llegara del trabajo. Yo lo supe porque empecé a salir más temprano, a inventar pretextos en la oficina, a llegar a hurtadillas por la puerta de atrás o por el patio. Me quedaba detrás de la puerta entreabierta de la recámara y los veía. Veía cómo esa verga gruesa, venosa, de un grosor que la mía nunca tendría, se hundía hasta el fondo de su panocha rosada. Veía cómo él le abría las piernas con las manos grandes, cómo le sostenía las tetas pesadas mientras la embestía, cómo ella gemía con la boca abierta y los ojos cerrados. Yo me masturbaba en silencio, temblando, hasta que él se venía adentro. Entonces esperaba. Esperaba a oír la puerta principal, el motor del auto alejándose. Recién entonces fingía llegar. Abría la puerta de adelante con las llaves sonando, dejaba la mochila, caminaba directo a la recámara y me arrodillaba entre sus piernas todavía abiertas. Besaba su panocha tibia, hinchada, llena. El sabor era inconfundible. Semen espeso mezclado con ella. Yo lo bebía con devoción, la lengua lenta, profunda, mientras ella me acariciaba el cabello como siempre había hecho.

Poco a poco él empezó a quedarse más tiempo, como si el riesgo de que yo apareciera ya no le importara. Primero fueron unos minutos después de mi hora habitual. Yo llegaba, oía todavía los gemidos, me escondía otra vez y esperaba. Después fueron veinte minutos. Media hora. Algunos días tuve que simular mi llegada hasta hora y media más tarde, escondido en mi propia casa, dándome tiempo, escuchando cada embestida que ella estaba recibiendo mientras yo daba vueltas en la otra habitación. Pronto dejé de simularla. Unos minutos después de que él se iba yo simplemente entraba a la habitación, me quitaba los zapatos y me recostaba entre sus muslos para besar esa vagina rebozante, para cenar lo que él había dejado. Él comenzó a quedarse más y más, ya sin vergüenza. Se iba de madrugada. A veces incluso cuando ya había amanecido. Yo no aguantaba tanto sin eyacular mientras los veía. Una vez que yo terminaba, me iba al cuarto del bebé, me recostaba en el piso junto a la cuna y los escuchaba. La oía gemir toda la noche. A veces pude ver, desde el umbral, cómo ella miraba de reojo hacia la puerta donde yo estaba escondido. Juraría que entonces se encargaba de gemir más fuerte, de pedirle más profundo, de decirle cosas que yo apenas alcanzaba a oír. A veces el bebé despertaba. Yo lo tomaba en brazos, lo arrullaba contra el pecho, le cantaba muy bajito para que ellos pudieran seguir. Para que esa verga siguiera entrando y saliendo de la mujer que yo más amaba.

Ella empezó a acompañarlo hasta la puerta de la entrada. Lo hacía en lencería, o en una bata tan ligera que se transparentaba con la luz del pasillo, o solo con una de mis camisas abierta y nada debajo. Lo despedía medio afuera, de pie en el umbral, con un beso que no era discreto, con la mano de él todavía en su culo. Como quien despide a su esposo que se va a trabajar. Seguramente la vieron los vecinos. Ya era tan obvio que ya no importaba. Cuando la puerta se cerraba ella no iba a la recámara. Iba al cuarto del bebé. Me encontraba ahí, todavía con el niño en brazos o recién habiéndolo vuelto a dormir, y me tomaba de la mano. Me llevaba de regreso a nuestra cama. Se recostaba, abría las piernas y me esperaba. Yo me tendía entre ellas y chupaba su vagina rebozante en semen, lenta, profundamente, hasta que ella volvía a temblar. Hasta que yo también me venía contra las sábanas, sin que ella ni siquiera me tocara.

Se volvió una costumbre que yo no pedí y que tampoco detuve. Yo los escuchaba. A veces los veía un instante antes de apartarme hacia el cuarto del bebé. Él siempre se corría dentro. Una noche, mientras la embestía profundo, con las manos apretándole las caderas y el sonido húmedo llenando la habitación, lo oí decirle que quería hacerle un hermanito al pendejo de su novio. Que total, yo me iba a hacer cargo. Laura se rio, suave, esa risa que yo conocía desde el primer día, pero su panocha se le apretó alrededor de él con una fuerza que yo sentí hasta desde la puerta. Le pidió que la llenara. Que no se saliera. Que se viniera bien adentro. Él se vino gritando. Yo también, escondido, con la frente apoyada en el marco, la verga pequeña palpitando en mi mano.

Después fue ella quien empezó a pedirlo. Ya no esperaba a que él lo mencionara. Lo decía ella, con esa voz ronca que le salía cuando estaba a punto de correrse, montándolo, las tetas pesadas rebotando con cada bajada, el semen de la corrida anterior todavía resbalándole por los muslos internos y brillando bajo la luz. Quería otro bebé de él. Lo decía claro. Y lo decía insultándome, porque había descubierto que cada vez que me llamaba pendejo, cada vez que le recordaba que el pendejo de su novio criaría al niño, la verga de Javier se le ponía todavía más dura y la cogía con una intensidad brutal, más profundo, más rápido, agarrándola del cabello o abriéndole las nalgas para entrar hasta el fondo. “El pendejo de mi novio lo va a criar”, le susurraba contra la boca, y él gruñía y la embestía más fuerte. “Tú solo cógeme y déjame llena”, le pedía, y él lo hacía. Yo los veía desde el umbral, con la verga en la mano, casi llorando de excitación y de un amor tan grande que ya no cabía en el pecho. La veía correrse una vez, y otra, y otra, con esa verga que la partía, y yo me venía también, en silencio, adorando cada insulto que ella usaba para que él la follara mejor.

El descaro creció de a poco, sin anunciarse. Bragas usadas, todavía tibias, olvidadas a propósito en la lavadora o tiradas al pie de la cama. Marcas más oscuras en las tetas, chupetones que ya no se escondían bajo la blusa. Ella dejaba la puerta de la recámara más abierta. Gemía más alto. Lo despedía cada vez con menos ropa. Una tarde, después de que él se hubiera ido al amanecer y ella hubiera venido a buscarme al cuarto del bebé, me recostó entre sus piernas como siempre. Yo empecé a lamer. La panocha estaba caliente, hinchada, llena. El semen le salía en hilos espesos cuando yo separaba los labios con la lengua. Mientras yo bebía, ella me acariciaba el cabello con esa misma ternura de siempre y empezó a hablarme, bajito, como si estuviéramos en la cama de los primeros meses.

Me dijo que le gustaba verme así. Que le gustaba saber que yo llegaba directo a eso. Que cada vez que Javier se venía adentro ella pensaba en mi boca esperándola. Que ya no sentía vergüenza de que yo lo supiera todo. Que al contrario, se excitaba más. Me preguntó si me gustaba el sabor. Si me gustaba sentir lo caliente que él la dejaba. Yo asentí contra ella, sin dejar de lamer, y le dije que sí. Que la amaba. Que la adoraba. Que no había nada que yo quisiera más que seguir siendo el que limpiaba lo que él dejaba. Ella se rio suave, se apretó contra mi cara y me pidió que no parara. Que siguiera comiéndoselo todo. Que eso también era parte de cómo yo la quería.

Un día, mientras lamía, con la cara empapada, con su sabor y el de él mezclados en mi lengua, le pedí casi en un susurro roto que por favor dejara que él le hiciera el hermanito. Que yo quería verla otra vez feliz, panzona. Que quería besar ese vientre otra vez, más grande, más pesado. Que quería criar a todos los hijos que él le pusiera. Que yo me encargaría de todo. De los pañales, de las noches, de las mentiras a la familia, de abrir la puerta cuando él se fuera. Que solo me dejara seguir amándola de esa forma. Ella se corrió en mi cara nada más de oírme. Se le tensaron los muslos contra mis orejas, me empujó más contra su panocha y se vino con un gemido largo, tembloroso, mientras yo tragaba todo lo que le salía.

No fue suficiente. Una noche, después de que Javier la hubiera usado durante horas en nuestra cama, cuando él todavía estaba ahí, recostado, la verga semidura y brillante de ella, Laura se levantó. Me tomó de la mano en el umbral, donde yo había estado escuchando. Me llevó hasta la cama. Él la miró con una ceja levantada, como si no le creyera del todo lo que ella le había contado en voz baja otras noches. Como si le costara aceptar que yo también lo quería. Entonces ella me guió de rodillas al borde del colchón, frente a él, y me pidió que se lo dijera. Que se lo dijera yo. Para que él lo escuchara de mi boca.

Tragué saliva. No lo miré a los ojos. La voz me salió temblorosa, pero clara. Le pedí que le hiciera otro bebé. Que yo lo criaría. Que los criaría a todos. Que él solo siguiera cogiéndosela, llenándola, preñándola las veces que quisiera. Que yo mentiría a su familia. Que diría que eran míos. Que limpiaría la casa, cuidaría a los niños y escondería lo que hiciera falta. Que solo me dejaran seguir viéndola feliz. Que no había nada que yo deseara más.

Hubo un silencio breve. Ella se recostó de nuevo a su lado, le pasó una pierna por encima y lo miró a él, después a mí. Entonces, con esa calma que siempre me había desarmado, me pidió que me quedara ahí. Que no me fuera al cuarto del bebé. Que me quedara de rodillas, cerca, y mirara. Que mirara cómo él la volvía a coger. Cómo esa verga que yo nunca podría igualar se hundía otra vez en ella. Cómo la abría. Cómo la llenaba. Cómo la dejaba embarazada otra vez. Para mí.

Y yo me quedé. De rodillas al lado de la cama. Con la verga pequeña en la mano, palpitando, goteando. Vi cómo él se colocó entre sus piernas, cómo le separó los muslos con esas manos grandes, cómo la punta gruesa empujó los labios ya hinchados de su panocha y desapareció dentro, centímetro a centímetro, hasta que ella arqueó la espalda y soltó un gemido profundo. Vi cómo empezó a moverse. Lento primero, después más fuerte. Vi sus tetas pesadas sacudirse con cada embestida. Vi cómo ella le rodeaba la cintura con las piernas y le pedía más. Más hondo. Que no se saliera. Que se viniera adentro. Que le diera el hermanito. Vi cómo se corría ella, una vez y otra, apretándolo, temblando. Y cuando él por fin se tensó, cuando gruñó y se hundió hasta el fondo y se vino, yo también me vine. En silencio. Susurrando su nombre.

Laura. Mi Laura. La mujer que me destrozó y me reconstruyó a su imagen. La que yo seguiría lamiendo, perdonando, criando hijos que no son míos, escondiendo verdades, abriendo la puerta al amanecer y recostándome después entre sus piernas, solo por el privilegio de seguir perteneciéndole.

Nunca había amado tanto. Nunca había estado tan perdido. Y nunca, nunca, había sido tan feliz.

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