¿Dónde están la llaves?

¿Dónde están la llaves?

Una historia sobre castidad forzada.

Chapter 1 by malakaison malakaison

Siempre he tenido mucho líbido y eso puede ser un problema. No es que yo sea un moralista que considera el sexo o la masturbación como negativos o sucios. Se trata más bien de que el sexo o la masturbación, aunque divertido, me hace perder mucho tiempo. En la época en la que todo esto pasó yo estaba muy ocupado, tenía un trabajo como camarero mal pagado en un bar por las tardes, en otro noches de fin de semana y aspiraba a un puesto de funcionario en la administración. Así que mi (escaso) tiempo libre se dividía entre hacer ejercicio y estudiar duro para el examen de oposición que se acercaba. En fin, el caso es que del rato que dedicaba a estudiar mucho lo perdía con ese juguete permanentemente accesible que los hombres tenemos entre las piernas o con alguna mujer que me dejaba su teléfono en el bar. Definitivamente esto no podía seguir así.

Un buen día consultando mi problema por internet llegué a la genial idea (al menos en aquel momento) de que si empleaba una jaula de castidad tendría menos capacidad para distraerme. La idea era sencilla: iría al trabajo con ella puesta y al llegar a casa me pondría a estudiar como un loco con la llave guardada en mi mesilla. Si lograba cumplir mis objetivos del día, a la noche me daría un regalito a mi mismo. Si no, debería seguir trabajando sin distracciones "a mano".

Y durante los dos primeros meses fue estupendamente bien hasta el día en que todo cambió.


La noche anterior había podido darme un homenaje y me dormí sin la jaula. A la mañana siguiente me quedé remoloneando en la cama hasta que casi se me hizo tarde hasta el trabajo, de modo que me puse a vestirme a toda prisa sin acordarme de la dichosa jaula, casi hasta salir de casa. Entonces me fijé en la mesilla, me bajé la bragueta y me coloqué el aparato en la polla, como cualquier día, pero con las prisas me lo metí en la chaqueta en lugar de en la mesilla.

El trabajo fue bastante normal, una mañana aburrida sin mucho trabajo hasta la hora de comer. Con permiso de mi jefa, Lota, una cuarentona morena que aprovechaba cualquier excusa para tontear conmigo y los clientes pese a estar casada, salí a echarme un pitillo. Recogí mi cazadora de la percha y fue al meterme la mano en el bolsillo. La llave no estaba.

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