Chapter 5
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K45
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Capitulo 5
Al día siguiente, el timbre de la gran residencia resonó puntualmente. Al abrirse la puerta, Katsuki no venía solo; venía acompañado de su madre, Mitsuki Bakugo. Ella había decidido acompañarlo no solo para revivir los viejos tiempos y ver a los muchachos entrenar en el gimnasio como cuando eran niños, sino también para ponerse al día y platicar a solas con Rumi, su mejor amiga, con quien no había tenido la oportunidad de hablar tranquilamente en un buen tiempo.
El grupo se trasladó de inmediato al gimnasio privado de la casa. Las apariencias se mantuvieron a la perfección tal como Izuku lo había ordenado: Momo permanecía a un lado con una postura educada y formal, mientras Mika y Kyoka se limitaban a servir agua con la discreción de unas sirvientas ordinarias. Rumi, vistiendo su ropa de gimnasio, adoptó de inmediato su papel de la heroína Mirko, estricta, ruda y ruidosa frente a sus invitados.
—¡Muy bien, par de mocosos! —exclamó Rumi, cruzándose de brazos con fingida dureza—. Menos charla y más acción. ¡Al cuadrilátero de una vez!
Katsuki no esperó dos veces. Saltó al centro del área de combate, haciendo estallar pequeñas explosiones en sus palmas con una sonrisa retadora. Izuku se posicionó frente a él, manteniendo una calma imponente. El combate amistoso comenzó con rapidez; Katsuki se lanzó al ataque usando su Don con agilidad, lanzando ráfagas de calor y propulsándose para conectar golpes, pero se dio cuenta de algo: Izuku esquivaba y bloqueaba usando únicamente su fuerza física pura, sin activar su energía habitual.
—¡Oye, maldito Deku! —le gritó Katsuki, lanzando un derechazo cargado de chispas—. ¡¿Qué demonios te pasa?! ¡Usa tu maldito Don, no me subestimes!
Izuku retrocedió un paso, evaluando la situación. En su mente, cruzó la idea de activar el **Modo Control** para someter la situación, pero un frío análisis en su cabeza le advirtió que el desgaste de energía en este momento exacto con tanta gente presente podría llevarlo al punto del desmayo. Descartando esa opción por seguridad, Izuku decidió activar el **Modo Aleatorio** de su quirk para reescribir las variables del entorno en ese mismo instante.
Una imperceptible distorsión mental ocurrió en un pestañeo.
Izuku bajó los puños, deteniendo el combate por un segundo mientras la realidad se acomodaba a su alrededor. De inmediato, miró hacia donde estaban las mujeres de su casa: Momo, Rumi, Mika y Kyoka permanecían exactamente igual, manteniendo la sumisión absoluta del Modo Control intacta en sus mentes y cuerpos. Sin embargo, al girar la vista hacia el área de descanso, los cambios del Modo Aleatorio se hicieron evidentes en la conversación de las visitas.
Mitsuki estaba sentada junto a Rumi, pero su semblante ya no era el de siempre. Con una mezcla de indignación y despecho, le contaba a su mejor amiga el motivo real de su visita.
—No te lo vas a creer, Rumi... pero Masaru me fue infiel. ¡Y con un hombre! —soltó Mitsuki, apretando los puños—. En cuanto lo descubrí, le pedí el maldito divorcio. No quiero saber nada más de él.
Rumi la escuchaba con atención, asintiendo con su acostumbrada actitud protectora. De pronto, la conversación entre ambas bajó a un tono de susurros que Izuku, gracias a sus agudizados sentidos, logró captar vagamente. Mitsuki desvió la mirada por un instante hacia el centro del gimnasio, fijando sus ojos directamente en la entrepierna del peliverde, que se remarcaba bajo el pantalón deportivo.
—Vaya... tu hijo ya está grande, Rumi... muy grande —susurró Mitsuki para sí misma, sintiendo un súbito calor entre sus piernas que humedeció su ropa interior ante la imponente estampa de Izuku.
Izuku apartó la mirada de los murmullos de las adultas y se concentró en la persona con la que estaba peleando antes... pero su cerebro experimentó un breve cortocircuito. Frente a él ya no estaba Katsuki. Quien sostenía la postura de combate, jadeando y con una sonrisa desafiante, era **Mina**.
El Modo Aleatorio había reemplazado por completo la existencia de Katsuki por la de una chica. Izuku la observó con detenimiento: su piel completamente rosada y sus facciones eran un rasgo único y llamativo. El peliverde no pudo evitar pensar en lo sumamente diferente que Mina era de su madre, Mitsuki. *Bueno... madre e hija no se parecen físicamente en nada, pero aun así son familia de sangre en esta línea*, razonó Izuku en sus adentros, aceptando la nueva configuración de la realidad.
Para romper la tensión del gimnasio, Rumi habló en voz alta hacia donde estaba su amiga, retomando un tono más normal.
—¡Ja! ¡Eso me recuerda a los viejos tiempos cuando estas dos entrenaban juntas de niñas en este mismo suelo! —comentó Rumi con una carcajada, señalando a Izuku y a Mina.
Mitsuki soltó una risa picante, dejando de lado su amargura por el divorcio para mirar con burla a su hija.
—¡Es verdad! ¿Te acuerdas, Rumi? Cada vez que Mina regresaba a la casa después de terminar las rutinas contigo, llegaba con la cara completamente roja y toda tímida por haber estado viendo el gran cuerpo de Izuku durante horas —reveló Mitsuki sin ningún tipo de filtro.
Al escuchar las palabras de su madre frente a todos, la piel rosada de Mina pareció encenderse en un tono carmesí brillante de la pura vergüenza. Bajó los puños por completo y cubrió su rostro con las manos, totalmente apenada.
—¡¡Mamá!! ¡¿Por qué demonios tienes que decir esas cosas enfrente de él?! ¡Cállate de una vez! —chilló Mina, completamente avergonzada mientras Momo y las sirvientas observaban la escena desde un costado, con una fría y posesiva calma.
Mina seguía con las manos cubriendo sus mejillas rosadas, tratando inútilmente de ocultar el intenso rubor que delataba su total timidez ante el comentario de su madre. La atmósfera en el gimnasio se había transformado por completo; el ímpetu agresivo del combate se había evaporado, dejando paso a una tensión mucho más sugerente y cargada de una nueva dinámica que Izuku leyó al instante con su habitual frialdad.
—¡Ay, por favor, Mina! No seas tan exagerada —continuó Mitsuki, cruzándose de brazos y dejando escapar una risita burlona que no lograba ocultar la fijeza con la que ella misma seguía recorriendo el cuerpo del peliverde—. Solo estoy diciendo la verdad. Además, ya están grandes y ambos entraron a la UA. No tiene nada de malo admitir que tu amigo de la infancia se puso muy bien.
Rumi soltó una carcajada ruda, golpeando amistosamente la espalda de su amiga mientras sus largas orejas de conejo se mecían.
—¡Esa es la actitud, Mitsuki! Mi cachorro tiene la mejor genética y el entrenamiento más estricto de Japón. Es completamente natural que las niñas se queden embobadas mirándolo —presumió la heroína número cinco con orgullo.
Aunque su tono sonaba como el de una madre competitiva ante las visitas, debajo de la superficie, la mente de Rumi seguía completamente sumisa al Modo Control; el brillo de adoración absoluta en sus ojos rojos permanecía intacto cada vez que buscaba la aprobación de Izuku en secreto.
Momo observaba la escena desde un costado del gimnasio con la espalda recta y una elegancia imperturbable. Su rostro no mostraba molestia, sino una sutil y posesiva suficiencia. Detrás de ella, Mika y Kyoka se mantenían como estatuas perfectas, sosteniendo las toallas y el agua, pero con las miradas fijas en su amo, listas para cualquier orden que rompiera la fachada.
Mina finalmente bajó las manos, inflando los cachetes con indignación mientras miraba de reojo a Izuku. Su piel rosada aún conservaba ese tono carmesí, y al notar la mirada penetrante, madura y dominante con la que el peliverde la observaba, sintió un vuelco en el estómago que le hizo perder el habla por un segundo. Ese no era el Deku tímido con el que corría de niña; el aura de autoridad que emanaba de él la hacía sentir extrañamente indefensa.
—Como sea... —refunfuñó Mina, acomodándose un mechón de su cabello rebelde y tratando de recuperar su postura de combate—. Mamá solo arruina el ritmo. ¿Vas a seguir peleando conmigo, Izuku, o te vas a quedar ahí parado escuchando las locuras de mi jefa?
Izuku sonrió de medio lado, una expresión cargada de una confianza absoluta que hizo que los ojos de Mitsuki se dilataran sutilmente desde el área de descanso. El Modo Aleatorio había acomodado las piezas de una forma sumamente interesante.
—Claro que vamos a seguir, Mina —respondió Izuku con una voz profunda que resonó con firmeza en todo el gimnasio—. Pero esta vez, no me voy a contener. Demuéstrame qué tanto has aprendido de los entrenamientos de mi madre.
Mina tragó saliva al escuchar la profundidad en la voz de Izuku. Esa seguridad aplastante la descolocó por un instante, pero su orgullo de competidora y la adrenalina del entrenamiento la obligaron a ponerse en guardia de nuevo. Dio un pequeño salto, flexionando sus piernas y dejando ver esa agilidad natural que tanto la caracterizaba.
—¡Eso es lo que quería escuchar, Deku! —exclamó Mina, tratando de disimular el latido acelerado de su corazón tras una sonrisa desafiante—. ¡No te quejes si termino derritiendo tus costosos zapatos de entrenamiento!
De inmediato, Mina se impulsó hacia adelante. Utilizando su Don, comenzó a secretar un fluido ácido de las palmas de sus manos y de las suelas de sus pies, deslizándose por el suelo liso del gimnasio con una velocidad y fluidez impresionantes, trazando curvas para intentar flanquear al peliverde. Lanzó una ráfaga controlada de ácido hacia los pies de Izuku para limitar su movilidad, buscando abrir una brecha en su defensa.
Izuku, sin embargo, no se movió con pánico. Sus reflejos, agudizados por el poder que ahora corría por sus venas, le permitieron predecir el trayecto del ataque. Con un movimiento lateral limpio y seco, esquivó el fluido corrosivo. Antes de que Mina pudiera reajustar su trayectoria, Izuku dio un paso firme hacia el frente, recortando la distancia entre ambos en un parpadeo y quedando a escasos centímetros de su rostro.
Mina abrió los ojos de par en par, completamente sorprendida por la velocidad física pura de su amigo. Intentó lanzar un golpe con el revés de su mano izquierda, pero Izuku atrapó su muñeca con un agarre de hierro, bloqueando el ataque sin el menor esfuerzo. La fuerza del peliverde la inmovilizó por completo, obligándola a arquear ligeramente la espalda hacia atrás.
—Tu velocidad es buena, Mina —susurró Izuku, mirándola fijamente a los ojos con una intensidad dominante que hizo que las piernas de la chica rosada temblaran sutilmente—. Pero dejas demasiadas aperturas cuando te deslizas.
Desde la zona de descanso, Mitsuki Bakugo observaba la escena con la respiración contenida. Al ver la forma tan imponente y ruda en la que Izuku había sometido a su hija con un solo movimiento, sintió que un escalofrío de pura excitación le recorría la columna vertebral. Su mirada se desvió inconscientemente hacia los hombros anchos de Izuku, apretando las piernas bajo su asiento mientras el deseo de ser ella quien estuviera bajo ese control comenzaba a nublar sus pensamientos de mujer divorciada.
Rumi, notando de reojo la reacción de su mejor amiga, dejó escapar una sonrisa zoruna y cruzó los brazos, disfrutando en silencio del poder de su hijo. Sabiendo que el Modo Control la ligaba por completo a la voluntad de Izuku, Rumi sentía un orgullo inmenso al ver cómo el peliverde empezaba a cautivar a las mujeres del clan Bakugo sin siquiera esforzarse.
Mina, atrapada por la mano de Izuku y con el rostro a escasos centímetros del suyo, sintió que el rubor carmesí volvía a invadir su piel rosada. Su respiración se volvió errática y, por un segundo, olvidó por completo el combate, completamente subyugada por el aura de autoridad que emanaba de su amigo de la infancia.
Mina se quedó completamente congelada, sintiendo el calor de la mano de Izuku rodeando su muñeca. La fuerza de su agarre no era dolorosa, pero sí lo suficientemente firme como para dejarle claro que no tenía ninguna escapatoria. Intentó sostenerle la mirada, pero esos ojos verdes, cargados de una autoridad madura y fría, terminaron por desarmarla. Su habitual energía hiperactiva se evaporó, dejando en su lugar a una chica completamente **** y sumisa ante la presencia del peliverde.
—Yo... b-bueno... —tartamudeó Mina, con la voz un hilo más aguda de lo normal mientras un hilo de sudor recorría su frente—. Supongo que... me confié demasiado.
Izuku la soltó con lentitud, permitiendo que diera un paso atrás para recuperar el equilibrio. Mina se frotó la muñeca de forma inconsciente, con el rostro encendido en un rosa tan intenso que parecía que iba a emanar vapor en cualquier momento.
Desde la banca, Mitsuki soltó un suspiro pesado, cruzando las piernas de manera sugerente mientras se acomodaba el cuello de la blusa. El calor en su interior seguía aumentando al ver la masculinidad tan desbordante de Izuku.
—¡Vaya, Mina! Te venció en un parpadeo y ni siquiera tuvo que usar su Don —comentó Mitsuki en voz alta, con un tono ligeramente ronco que delataba sus propios pensamientos—. Rumi, de verdad que criaste a un monstruo. Esa forma de dominar el espacio... es idéntica a la tuya cuando estás en el campo de batalla.
—Te lo dije, Mitsuki —respondió Rumi, inflando el pecho con orgullo y lanzándole a Izuku una mirada fugaz cargada de devoción secreta—. Mi cachorro no juega limpio cuando se trata de ganar. En la UA va a dejar a todos por debajo de él.
Momo se acercó al borde del cuadrilátero con elegancia, sosteniendo una botella de agua que Kyoka le había entregado un segundo antes. Con una sonrisa serena pero implacable, miró a Mina y luego fijó sus ojos en Izuku.
—Un despliegue excelente, mi amor —dijo Momo con voz suave, manteniendo la fachada de la novia perfecta pero dejando en claro su territorio—. Mina es muy ágil, pero tu control sobre el ritmo del combate es absoluto. ¿Quieres descansar un momento o prefieres otra ronda?
Mina miró a Momo y luego a Izuku, sintiendo una extraña punzada de timidez combinada con una creciente admiración. Estaba acostumbrada a ver a Izuku como su compañero de juegos, pero este nuevo orden, la forma en que su madre lo devoraba con la mirada en secreto y cómo la refinada Yaoyorozu se derretía por él, la hacía sentir que estaba entrando en un terreno completamente desconocido y fascinante.
Izuku tomó la botella de agua que Momo le ofrecía, rozando sus dedos a propósito para mantener el flujo de sumisión de su novia, y miró a las visitas. El Modo Aleatorio había creado un escenario perfecto; ahora tenía a la hija Bakugo completamente cohibida ante él, y a la madre divorciada buscando desesperadamente una excusa para acercarse.
Mina observó el sutil roce de dedos entre Izuku y Momo, y una punzada aguda e intensa de celos le atravesó el pecho. La forma en que la refinada Yaoyorozu miraba al peliverde, con esa mezcla de orgullo y absoluta sumisión, la hacía sentir excluida de un círculo al que sentía que pertenecía por derecho de antigüedad. Después de todo, ella había estado ahí primero; ella había corrido y entrenado con él desde que eran unos niños bajo la tutela de la tía Mirko.
Además, las palabras que su madre había soltado a la ligera seguían resonando en su cabeza. Era verdad: Mina siempre regresaba a casa con el corazón en la boca y las mejillas encendidas tras ver el cuerpo de Izuku. Pero los celos se volvieron insoportables al recordar la conversación que ella misma había tenido con Izuku apenas el día anterior a través de mensajes, cuando todavía la realidad no se distorsionaba y él le había confesado, con una seguridad abrumadora, que ya se había acostado con Momo y que ella era completamente suya en la intimidad.
Saber que otra mujer ya disfrutaba de esa imponente masculinidad que a ella tanto la intimidaba y atraía, hacía que su piel rosada se sintiera extrañamente caliente.
—Tch... no necesito descansar —refunfuñó Mina, cruzándose de brazos y desviando la mirada con un puchero que delataba toda su frustración—. Solo fue un mal movimiento. La próxima vez no te será tan fácil acorralarme, Deku.
Momo, con la agudeza que la caracterizaba, notó el cambio de actitud en la chica de piel rosa. Una sonrisa ladina y cargada de una fría superioridad se dibujó en los labios de la vicepresidenta de la UA. Sabía perfectamente lo que Mina estaba sintiendo, pero lejos de molestarse, le causaba gracia; ella ya era la dueña del territorio principal en la cama de Izuku.
Mitsuki, ajena al torbellino de hormonas y celos de su hija, se puso en pie desde la banca, estirando su maduro cuerpo con una pereza sumamente sensual. Caminó con paso firme hacia el borde del cuadrilátero, deteniéndose justo al lado de Rumi. Sus ojos rojos no se despegaron del torso sudoroso de Izuku.
—Bueno, si la niña ya se cansó de morder el polvo, tal vez deberías dejar que los adultos hablemos de cosas más importantes, Mina —intervino Mitsuki, con una voz arrastrada que hizo que Rumi aguzara las orejas de conejo—. Rumi, querida... creo que tu hijo ya entrenó suficiente por hoy. ¿Por qué no dejamos que los jóvenes tengan su espacio y nosotras vamos a la cocina por algo de tomar? Necesito que me des un consejo... de mujer a mujer.
Rumi miró a Izuku de reojo, buscando la aprobación silenciosa de su amo antes de responder. Al ver el leve asentimiento del peliverde, la heroína conejo sonrió hacia su mejor amiga.
—Me parece una excelente idea, Mitsuki. Dejemos que estos tres resuelvan sus asuntos. Sígueme, Mika y Kyoka prepararon unas bebidas excelentes antes de que llegaran.
Ambas madres se retiraron del gimnasio, dejando a Izuku en el centro del lugar, flanqueado por una Momo Yaoyorozu que irradiaba una posesividad silenciosa y una Mina Bakugo que hervía de celos, con la respiración agitada y la mirada fija en el pecho del chico que dominaba por completo sus pensamientos.
El eco de las puertas del gimnasio cerrándose tras Mitsuki y Rumi dejó el ambiente cargado de una tensión espesa. Sin las madres presentes, la fachada de entrenamiento ordinario se desmoronó por completo.
Momo dio un paso al frente, acortando la distancia con Izuku. Con total naturalidad y una parsimonia que derramaba superioridad, estiró su mano y comenzó a delinear con la yema de sus dedos el pecho sudoroso del peliverde, subiendo hasta acomodarle el cuello de la playera.
—Estuviste magnífico, mi amor —susurró Momo, alzando la voz lo suficiente para que Mina escuchara cada palabra—. Aunque admito que me dio un poco de celos ver cómo acorralabas a Mina con tanta facilidad... A veces olvidas lo fuerte que eres con nosotras.
Mina apretó los puños a los costados, sintiendo que la sangre le hervía bajo su piel rosada. Ver la confianza y el derecho con el que Momo tocaba el cuerpo de Izuku —el mismo cuerpo que ella había visto desarrollarse año tras año en ese mismo gimnasio— la carcomía por dentro. Recordar que Izuku ya le había confirmado que Momo se entregaba por completo a él en la cama solo aumentaba su frustración.
—¡Oye! ¡¿Podrían dejar de actuar como si estuvieran solos?! —soltó Mina, dando un paso agresivo hacia el frente, aunque su voz flaqueó un poco por la timidez—. Deku... tú no eras así antes. ¿Desde cuándo dejas que te mimen de esa forma frente a los demás? Ayer mismo me presumías lo tuyo en los mensajes, pero verlo en vivo es... es ridículo.
Izuku atrapó la mano de Momo, entrelazando sus dedos con firmeza para mantenerla sumisa a su lado, y giró sus ojos verdes hacia Mina. Su mirada era fría, pesada y carente de cualquier timidez del pasado.
—Las cosas cambiaron, Mina —respondió Izuku con un tono pausado que denotaba un control absoluto—. En esta casa el ritmo lo pongo yo. Momo lo entiende perfectamente, por eso está donde está. No hay nada de malo en que mi novia cuide de mí después de un combate.
Momo soltó una risita suave, mirando a la chica de piel rosa de reojo, disfrutando de los celos evidentes que la estaban consumiendo. Mientras tanto, en la esquina del gimnasio, Mika y Kyoka permanecían de rodillas, observando fijamente a Izuku con miradas devotas, listas para intervenir si su amo se los ordenaba.
Mina tragó saliva, sintiéndose acorralada no por la fuerza física, sino por el aura de dominación que llenaba la habitación. Quería gritar, quería reclamar su lugar como la amiga de la infancia que siempre estuvo ahí, pero la imponente estampa de Izuku y la fría seguridad de Momo la hacían sentir completamente indefensa, deseando secretamente entender qué clase de poder ejercía el peliverde para tener a una chica de la alta sociedad tan rendida a sus pies.
Mina retrocedió un paso, pero sus ojos amarillos se clavaron en la mano entrelazada de Izuku y Momo. La mezcla de rabia, impotencia y una creciente e inexplicable sumisión la hacía morderse el labio inferior con fuerza.
—¿El ritmo lo pones tú? —repitió Mina en un murmullo, intentando sonar burlona pero fallando de forma estrepitosa debido al temblor de su voz—. Suenas como un maldito dictador, Deku. No puedo creer que la perfecta Yaoyorozu de verdad acepte que le hables así.
Momo dio un paso lateral, saliendo sutilmente del agarre de Izuku solo para posicionarse a su lado, cruzándose de brazos con una elegancia implacable. Miró a Mina desde arriba, con una sonrisa cargada de una fría y madura superioridad aristocrática.
—No es aceptación, Mina. Es devoción —corrigió Momo con voz gélida pero sumamente sensual—. Tú lo ves desde afuera como un juego de orgullo, pero la realidad es que estar bajo el control de Izuku es el único lugar donde una mujer como yo puede ser verdaderamente libre. Pero claro... dudo que una niña caprichosa que solo sabe patinar sobre ácido pueda entender lo que es entregarse por completo a un hombre de verdad.
Las palabras de Momo cayeron como una losa de concreto sobre el orgullo de la chica rosada. Mina abrió la boca para replicar, pero al mirar nuevamente a Izuku, se dio cuenta de que él no estaba contradiciendo a su novia. Al contrario, el peliverde la observaba con una calma soberana, como un rey que observa a un súbdito rebelde pero completamente inofensivo.
—Momo tiene razón, Mina —sentenció Izuku, dando un paso al frente que obligó a Mina a levantar la mirada—. Ayer te lo dije por mensaje y hoy lo estás viendo con tus propios ojos. El orden en mi vida ya está establecido. Si vas a seguir entrenando conmigo y vas a estar en mi misma clase en la UA, vas a tener que aprender a respetar ese orden.
Mina sintió que el aire se volvía denso en sus pulmones. Los celos que le carcomían el pecho por no ser ella quien recibía las atenciones de Izuku se mezclaron con un súbito y abrumador calor en su vientre. El aura de dominación que emanaba del peliverde la golpeó con tanta fuerza que sus piernas flaquearon por un instante. Estaba furiosa con Momo, estaba celosa a morir de su puesto en la cama de Izuku, pero al mismo tiempo... una parte muy profunda de su instinto comenzaba a desear desesperadamente ser sometida de la misma manera.
En la esquina, Mika y Kyoka se miraron de reojo con sonrisas cómplices. Las sirvientas reconocían perfectamente los síntomas en el rostro de Mina; era el mismo colapso mental y sumiso que ellas habían experimentado antes de caer rendidas a los pies del amo Izuku.
Mina, incapaz de soportar más la abrumadora presión del ambiente y los celos que le devoraban el pecho, soltó un bufido de frustración y se dio la vuelta bruscamente, marchándose a toda prisa del gimnasio para buscar a su madre.
En cuanto las puertas pesadas se cerraron tras ella, Izuku no perdió el tiempo. Con un movimiento firme y posesivo, sujetó a Momo por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo. Sin mediar palabra, deslizó sus manos bajo la prenda que cubría el torso de la joven aristócrata, desnudando sus generosos y firmes pechos para que quedaran expuestos directamente frente a él.
Izuku se inclinó de inmediato, atrapando uno de los pezones erectos de Momo entre sus labios para comenzar a chuparlo con fuerza, mientras que con su mano libre apretaba y moldeaba el otro pecho con un agarre dominante. Momo dejó escapar un gemido agudo de pura sumisión, echando la cabeza hacia atrás y enredando sus dedos en el cabello verde de su novio. Mientras la estimulaba arriba, la otra mano de Izuku bajó con decisión, adentrándose por debajo de su prenda inferior hasta alcanzar su intimidad, comenzando a masajear su clítoris con dedos expertos, humedeciéndose de inmediato con el ardiente flujo de la joven.
Al ver que la fachada con las visitas había terminado, Mika y Kyoka se acercaron al cuadrilátero a toda prisa, despojándose de sus uniformes de sirvientas en el camino. Tal como Momo les había ordenado rigurosamente esa mañana para mantener al amo complacido, ambas llevaban debajo una lencería sumamente provocativa que resaltaba sus figuras.
Kyoka, completamente desnuda tras quitarse la última prenda, se arrodilló al lado de Izuku. Con las mejillas encendidas por la excitación, alzó la mano para acercarle la pequeña tanga que acababa de retirarse, ofreciéndosela a su dueño como un trofeo de su obediencia, mientras Mika se posicionaba detrás de Momo, comenzando a besar su espalda para unirse al denso y privado ambiente de lujuria que volvía a apoderarse del lugar.
Izuku tomó la pequeña prenda que Kyoka le ofrecía, llevándosela brevemente al rostro para aspirar el aroma de la sumisión de su sirvienta antes de arrojarla a un lado del cuadrilátero. Sin detener el ritmo de sus dedos entre las piernas de Momo, continuó succionando el pecho de la joven aristócrata, provocando que los gemidos de ella resonaran en las paredes del gimnasio privado.
Momo estaba completamente entregada; sus piernas temblaban debido a la intensa estimulación que Izuku le propiciaba abajo, mientras sentía el cuerpo cálido de Mika presionándose contra su espalda. La sirvienta pelinegra subió sus manos hacia los hombros de Momo, dándole un suave masaje que ayudaba a relajar sus músculos para que pudiera recibir el placer con mayor intensidad.
—Ahhh... sí, amo... justo ahí —gimió Momo, apretando los dientes mientras los dedos de Izuku se movían con una cadencia implacable, hundiéndose levemente en su estrechez empapada.
Kyoka, manteniéndose de rodillas sobre la lona, comenzó a lamer el abdomen de Izuku, subiendo lentamente hacia su pecho para besar la piel sudorosa del peliverde. El ambiente del gimnasio se volvió denso en cuestión de segundos, saturado con el característico aroma del deseo y la sumisión que el Modo Control dictaba en las mentes de las tres mujeres.
Izuku retiró la boca del pecho de Momo, dejando el pezón de la joven brillante por la saliva y completamente erecto. La miró fijamente a los ojos, notando cómo la mirada de la vicepresidenta de la UA estaba totalmente nublada por la lujuria.
—Mika, Kyoka... pónganse a gatas enfrente de nosotros —ordenó Izuku con voz profunda y firme.
—Sí, amo Izuku —respondieron ambas sirvientas de inmediato, interrumpiendo lo que hacían para acomodarse sincronizadamente sobre la lona en cuatro puntos, ofreciendo sus figuras desnudas y dispuestas hacia su dueño.
Izuku soltó por un momento la intimidad de Momo y comenzó a desabrochar su pantalón deportivo, liberando su grueso miembro que ya se encontraba completamente rígido y apuntando hacia arriba. Momo, al verlo, no dudó un segundo; bajó de inmediato a sus rodillas para comenzar a lamer la base, preparándolo para lo que vendría a continuación, mientras Mika y Kyoka giraban un poco la cabeza para observar con devoción cómo el dueño de la casa se disponía a tomarlas de nuevo bajo su dominio absoluto.
El ritmo en el cuadrilátero del gimnasio se volvió puramente instintivo. Con la partida de las visitas, el espacio se había transformado nuevamente en el santuario privado de Izuku, donde su voluntad era la única ley que regía los cuerpos de las tres mujeres presentes.
Momo continuó con su labor devota, usando sus labios y su lengua con una destreza que hacía que Izuku soltara gruñidos graves de satisfacción. Sus manos aristocráticas acariciaban firmemente los muslos del peliverde, sosteniéndose para no perder el equilibrio ante la intensidad del momento. El contraste entre la elegancia natural de Momo y su total entrega en el suelo del gimnasio era el testimonio más claro del poder del Modo Control.
Izuku, sintiendo el calor acumulado y la tensión de la tarde, colocó una mano sobre la nuca de Momo para guiar sus últimos movimientos antes de indicarle que se incorporara. La joven se puso de pie con dificultad, con las piernas temblorosas y la mirada fija en su novio, esperando la siguiente orden.
—Kyoka, acércate —mandó Izuku con voz ronca y firme.
La pelimorada, que permanecía a gatas sobre la lona, avanzó de inmediato sin levantarse, arrastrando su cuerpo con una sumisión que encendía el ambiente. Se posicionó justo frente a Izuku, arqueando la espalda de manera pronunciada para ofrecer su figura por completo. Izuku la sujetó firmemente por las caderas, sintiendo la suavidad de su piel, y se alineó con su estrecha intimidad, que ya se encontraba completamente empapada por la excitación del momento.
Con un empuje seco y decidido, Izuku se hundió por completo en ella.
—¡¡Ahhh... amo Izuku!! —exclamó Kyoka en un gemido ahogado, aferrándose con los dedos a la lona del cuadrilátero mientras sus paredes internas se contraían salvajemente alrededor del grueso miembro del peliverde, recibiendo el impacto inicial con un deleite absoluto.
El vaivén comenzó de inmediato, rítmico y pesado. El sonido de los cuerpos chocando resonaba en el amplio gimnasio. Momo no se quedó atrás; se arrodilló al lado de Kyoka, uniendo sus labios con los de la sirvienta en un beso profundo para compartir el éxtasis del momento, mientras utilizaba una de sus manos para masajear los pechos de su compañera.
Mika, por su parte, se acomodó justo detrás de Izuku, envolviendo la cintura del peliverde con sus brazos y pegando su cuerpo desnudo a su espalda, dejando escapar pequeños jadeos mientras besaba sus hombros y su cuello para mantener la estimulación al máximo. El harén funcionaba como una máquina perfecta, completamente coordinada bajo la mirada soberana de Izuku, quien dictaba el destino de la tarde con cada una de sus estocadas.
El eco de las estocadas firmes y los gemidos ahogados de Kyoka llenaban cada rincón del gimnasio, creando una atmósfera tan densa que era imposible ignorar el salvajismo de la escena. Izuku continuaba con su ritmo implacable, sosteniendo a la pelimorada por las caderas mientras Momo y Mika se fundían en el juego de sumisión a su alrededor.
Lo que ninguno de ellos sabía era que, en el pasillo exterior, los pasos apresurados de Mina se habían detenido en seco justo antes de cruzar el umbral. Ella había regresado sola, con la intención de reclamarle a Izuku por su actitud pesada o quizás para decirle algo que se le había quedado grabado en el pecho tras su discusión. Sin embargo, la puerta entornada del gimnasio le ofreció una vista completa y directa del cuadrilátero.
Mina se quedó petrificada. Sus ojos amarillos se abrieron de par en par, asimilando la impactante escena: el sumiso e imponente Deku, completamente desnudo y dominante, tomando de esa manera tan brutal a Kyoka, mientras la refinada Momo Yaoyorozu participaba con una devoción lasciva que jamás habría imaginado en una chica de la alta sociedad.
El impacto visual y el sonido explícito de los cuerpos chocando golpearon el sistema de Mina como una descarga eléctrica. Sentía rabia, sentía unos celos enfermizos, pero sobre todo, sintió cómo una oleada de calor primitivo e insoportable bajaba directo a su vientre. En cuestión de segundos, su intimidad comenzó a secretar una humedad abundante, empapando por completo su ropa deportiva.
Buscando refugio de inmediato para no ser descubierta en ese estado, Mina se pegó de espaldas contra la pared del pasillo, oculta por la sombra del muro divisorio. Su respiración se volvió errática, corta y pesada. El corazón le latía tan fuerte en los oídos que temía que la escucharan desde el cuadrilátero.
Incapaz de contener el impulso que la quemaba por dentro, Mina deslizó una de sus manos rosadas por debajo de su pantalón de gimnasio, gimiendo en silencio al sentir lo sumamente empapada y caliente que se encontraba. Con los ojos entornados y la mente atrapada por la imagen del miembro de Izuku hundiéndose en Kyoka, Mina comenzó a masturbarse allí mismo, frotando su clítoris con dedos desesperados, completamente subyugada y excitada por el prohibido espectáculo que seguía escuchando al otro lado de la pared.
El sonido de los jadeos de Kyoka se volvió más agudo a medida que Izuku aumentaba la intensidad de las estocadas. Cada golpe firme de sus caderas retumbaba en el gimnasio, resonando con fuerza en el pasillo donde Mina permanecía oculta.
—¡Ah, amo... más... búscalo más adentro! —gemía Kyoka, con los ojos en blanco y los dedos crispados sobre la lona, completamente perdida en el placer que el peliverde le otorgaba.
Al otro lado de la pared, Mina se frotaba con un ritmo frenético, completamente fuera de sí. El roce de sus propios dedos rosados contra su clítoris hinchado y empapado la hacía temblar. Cerraba los ojos con fuerza, pero lo único que proyectaba su mente era la imagen de Izuku sosteniéndola a ella con ese mismo agarre de hierro, dominándola y reclamándola con la misma fuerza bruta con la que estaba sometiendo a la sirvienta pelimorada. Un gemido trémulo escapó de sus labios, obligándola a morderse la manga de su playera para no delatar su posición. Estaba completamente excitada, devorada por los celos y por un deseo insano de estar en el lugar de Kyoka.
Dentro del gimnasio, Izuku mantenía el control absoluto del ritmo. Sintiendo el clímax de la pelimorada cerca, dio tres embestidas profundas y demoledoras que hicieron que el cuerpo de Kyoka se sacudiera en un orgasmo violento. Con un gruñido sordo, Izuku se retiró de ella, dejando su miembro brillante y erecto, listo para continuar la sesión.
Giró la vista hacia Momo, quien aguardaba de rodillas con los ojos cargados de una sumisión ardiente.
—Momo, ponte en su lugar —ordenó el peliverde con voz ronca.
—Sí, mi amor... hazme tuya ahora —respondió la vicepresidenta de la UA, acomodándose de inmediato en cuatro puntos sobre la lona, arqueando la espalda con una invitación explícita y lasciva.
Mina, escuchando el cambio de nombres y el siseo de los cuerpos acomodándose, se asomó sutilmente por el borde de la pared solo para ver cómo Izuku sujetaba las caderas de Momo y se hundía en ella sin contemplaciones. El crujido de la lona y el grito de puro éxtasis que soltó la chica rica al recibirlo fueron el detonante final para la cordura de la chica rosada.
El calor en el vientre de Mina estalló. Sus dedos se movieron con una velocidad desesperada sobre su intimidad desbordante de fluidos, frotando con fuerza hasta que todo su cuerpo se tensó por completo. Las piernas le temblaron y, con un espasmo violento, Mina alcanzó un orgasmo asfixiado detrás del muro, derramando su propio deseo en secreto mientras observaba, con los ojos nublados y la respiración rota, cómo Izuku continuaba gobernando su harén con una virilidad implacable.
Mina quedó completamente colapsada contra la pared del pasillo, con la espalda resbalando lentamente hasta que sus glúteos tocaron el frío suelo. Su respiración era un concierto de jadeos erráticos y silenciosos; tenía los ojos entornados y la mente en blanco, mientras los últimos espasmos de su orgasmo hacían temblar sus muslos rosados. La mano con la que se había masturbado seguía oculta dentro de su pantalón, empapada por completo en sus propios fluidos calientes.
Nunca en su vida se había sentido tan expuesta, tan sucia y, al mismo tiempo, tan extrañamente plena. El orgullo que tanto había defendido frente a Momo se había derretido por completo con el roce de sus propios dedos, subyugado por los sonidos primitivos que seguían llegando desde el cuadrilátero.
Al otro lado del muro, el ritmo entre Izuku y Momo se volvía cada vez más salvaje. El peliverde no mostraba el más mínimo rastro de cansancio; sus estocadas eran firmes, profundas y cargadas de una autoridad que hacía que la vicepresidenta de la UA soltara gemidos desbocados, perdiendo cualquier rastro de su refinada educación aristocrática.
—¡¡Izuku... Dios, sí... tómame toda!! —clamaba Momo, aferrándose a los bordes de la lona con los nudillos blancos, entregada por completo al vaivén brutal de su novio.
Mika se posicionó al frente de Momo, ofreciéndole sus propios pechos para que la joven rica los mordiera y apretara, canalizando el exceso de placer, mientras Kyoka, aún recuperando el aliento y con la intimidad chorreando el semen de su amo, se estiraba para besar el abdomen de Izuku, manteniéndolo estimulado en cada movimiento.
Mina, escuchando el clímax inminente de la pareja, apretó las piernas con fuerza, sintiendo que el calor regresaba a su vientre con una rapidez alarmante. Deseaba salir corriendo de la casa, regresar con su madre y pretender que nada de esto había pasado; pero sus pies no le respondían. Estaba atrapada, magnetizada por el aura del nuevo Izuku.
Dentro del gimnasio, Izuku aceleró el paso, sujetando a Momo con un agarre que dejaría marcas rojas en sus caderas. Distinguiendo el punto de no retorno, dio tres empujes demoledores que hicieron que Momo se arqueara por completo con un grito ahogado. Con un rugido grave, Izuku se vino profundamente dentro de ella, llenándola con una densa y caliente descarga de su simiente.
Momo colapsó hacia adelante, jadeando sobre el pecho de Mika, mientras Izuku se retiraba lentamente, dejando que los fluidos compartidos escurrieran por los muslos de su novia. El peliverde se quedó de pie en el centro del cuadrilátero, regulando su respiración. Fue en ese instante de silencio posterior cuando sus agudizados sentidos captaron algo inusual: un sutil, errático y húmedo jadeo proveniente del pasillo exterior.
Izuku giró la cabeza lentamente hacia la puerta entornada, con esos ojos verdes e imponentes brillando en la penumbra del gimnasio, intuyendo de inmediato que el Modo Aleatorio ya había atraído a su siguiente objetivo hacia las sombras de su dominio.
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Izuku con quirk bla bla bla Realidad bla bla bla / Izuku with quirk blah blah blah Reality blah blah blah
Updated on Jun 9, 2026
Created on Jun 9, 2026
by K45
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