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Chapter 6 by K45 K45

What's next?

Capitulo 6

Izuku permaneció inmóvil en el centro del cuadrilátero, sintiendo cómo el sudor le resbalaba por el torso esculpido. Momo seguía recostada sobre la lona, jadeando con debilidad mientras Mika y Kyoka comenzaban a lamer con devoción las gotas de semen y fluidos que escurrían por sus muslos, limpiando el cuerpo de la joven aristócrata como si se tratara de un ritual sagrado. Sin embargo, la atención del peliverde estaba completamente fija en la puerta.

El sutil olor a la excitación de Mina y el roce de su ropa deportiva contra la pared del pasillo eran señales inconfundibles para sus sentidos mejorados.

Con paso lento y completamente desnudo, exhibiendo su imponente masculinidad que aún goteaba sutilmente el rastro de Momo, Izuku caminó hacia la salida del gimnasio. El piso acolchado amortiguaba sus pisadas, convirtiéndolo en un depredador silencioso.

Mina, que seguía sentada en el suelo del pasillo tratando de recuperar el aliento con los dedos aún metidos en su pantalón empapado, escuchó el cese de los gemidos. Un repentino escalofrío de terror y anticipación le recorrió la columna. Cuando levantó la mirada, la silueta alta y dominante de Izuku recortó la luz de la puerta, proyectando una sombra enorme sobre ella.

La chica rosada se quedó sin aire. Verlo así, tan crudo, tan peligrosamente hombre y con esa mirada verde que parecía leer cada uno de sus pensamientos más sucios, la hizo temblar por completo. Intentó sacar la mano de su ropa con torpeza, pero la voz profunda de Izuku la congeló en el acto.

—¿Te gusta lo que ves, Mina? —preguntó Izuku, mirándola desde arriba con una calma aplastante, sin el menor rastro de vergüenza por su desnudez.

—De-Deku... yo... yo solo volvía para... —tartamudeó Mina, con las mejillas encendidas en un carmesí neón, mientras el rastro de su propio orgasmo secreto la delataba por completo ante el peliverde.

Izuku se inclinó lentamente hacia ella, tomándola de la barbilla con un agarre firme que la obligó a sostenerle la mirada.

—No me mientas. Huelo tu humedad desde aquí —sentenció Izuku con una sonrisa ladina—. Viniste buscando respuestas de por qué Momo me pertenece, y terminaste tocándote sola en mi pasillo. Si tantas ganas tenías de ver cómo controlo este lugar, solo tenías que pedirlo.

Mina soltó un quejido agudo y sumiso. La autoridad que emanaba de Izuku, combinada con el persistente eco del Modo Aleatorio que reconfiguraba su mente, terminó por romper la última barrera de su orgullo. Sus ojos amarillos se llenaron de lágrimas de pura excitación y timidez, completamente lista para ser reclamada por el dueño de la casa.

Izuku no esperó a que Mina articulara otra palabra. Con un movimiento fluido y desprovisto de cualquier delicadeza, la tomó del brazo y la puso en pie de un solo tirón, arrastrándola hacia el interior del gimnasio. Mina no opuso resistencia; sus piernas, aún débiles por el orgasmo que se había provocado a escondidas, apenas lograban seguir el ritmo de las zancadas del peliverde.

Al cruzar el umbral, la escena que se abrió ante sus ojos la terminó de someter. Momo seguía de rodillas, recuperando el aliento con el pecho subiendo y bajando, mientras Mika y Kyoka se mantenían en posturas dóciles sobre la lona, con los cuerpos brillando por el sudor y el fluido compartido. Al ver entrar a Izuku con la chica rosada, las tres mujeres alzaron la vista, mostrando expresiones que oscilaban entre la fría suficiencia y una absoluta devoción hacia su amo.

—Miren lo que encontramos escondido en el pasillo —anunció Izuku, su voz profunda resonando en las paredes del recinto—. Parece que a nuestra invitada le gusta observar... y participar a su manera.

Momo dejó escapar una risita suave, una combinación de burla y posesividad. Se incorporó lentamente, permitiendo que su maduro cuerpo se luciera ante la recién llegada, y caminó hacia el borde del cuadrilátero.

—Te lo dije, Mina... —susurró Momo, inclinándose un poco para quedar a la altura de la chica—. El orden de Izuku es inevitable. Tarde o temprano, todas terminan entendiendo cuál es su verdadero lugar aquí.

Mina sentía que la piel le quemaba. La vergüenza de haber sido descubierta masturbándose detrás de la pared se mezclaba con el denso magnetismo que Izuku ejercía sobre ella. El Modo Aleatorio seguía haciendo estragos en su mente, limando cualquier rastro de rebeldía y transformando sus celos iniciales en una necesidad desesperada de atención.

Izuku se colocó detrás de ella. Con sus manos firmes, sujetó las caderas de Mina y la empujó suavemente hacia adelante, obligándola a apoyar las manos sobre el borde de la lona, quedando en una postura completamente ****. Sin rodeos, la mano libre del peliverde bajó por el pantalón deportivo de Mina, que ya se encontraba empapado, terminando de deslizar la prenda hacia abajo junto con su ropa interior para exponer su rosada intimidad ante la mirada del harén.

—Ya que estás tan limpia y lista, Mina... demuéstrame qué tan dócil puedes ser —ordenó Izuku al oído de la chica, sintiendo cómo el cuerpo de ella se estremecía por completo ante el contacto de sus dedos, entregándose finalmente al control absoluto que dominaba la casa.

Mina soltó un gemido ahogado al sentir el aire frío del gimnasio golpear su piel desnuda, seguido de inmediato por el calor abrasador de las manos de Izuku sobre sus caderas. Estar en esa posición, expuesta ante Momo, Mika y Kyoka, destruyó el último ápice de la resistencia que le quedaba. Sus ojos amarillos se fijaron en la lona, completamente nublados por la sumisión que el aura del peliverde le imponía.

—Deku... yo... —intentó decir Mina, pero su voz se quebró cuando los dedos de Izuku acariciaron con firmeza su entrada, comprobando la abundante humedad que ella misma había provocado minutos antes.

—No hables, Mina. Solo obedece —sentenció Izuku con una voz ronca que no admitía réplicas.

Momo se acercó por el frente, arrodillándose ante ella con una mirada de absoluta superioridad. Con sus dedos refinados, tomó la barbilla de Mina y la obligó a levantar la cabeza, sellando sus labios en un beso profundo y dominante. Mina abrió la boca por puro instinto, aceptando la lengua de la vicepresidenta mientras saboreaba la sumisión que compartían por el mismo hombre.

Aprovechando la total distracción de la chica rosada, Izuku se posicionó firmemente detrás de ella. Sosteniendo sus caderas con un agarre de hierro que dejó en claro quién dictaba las reglas, se alineó con su húmeda intimidad y, con un empuje seco y decidido, se hundió por completo en su interior.

—¡¡¡Ahhhhh, Izuku!!! —gritó Mina, arqueando la espalda de forma violenta mientras sus manos se aferraban desesperadamente a la lona.

La sensación de ser reclamada de manera tan brutal y directa la hizo temblar de pies a cabeza. Sus paredes internas, increíblemente estrechas y calientes, se contrajeron con fuerza alrededor del miembro del peliverde, aprisionándolo en un espasmo de puro éxtasis.

Izuku comenzó un vaivén implacable, golpeando con fuerza y ritmo. Cada estocada hacía que los pechos de Mina se sacudieran y que pequeños chillidos dóciles escaparan de su garganta. Kyoka y Mika se acercaron de inmediato a los costados; Kyoka comenzó a acariciar los muslos rosados de Mina para relajarla, mientras Mika subía a la lona para besar la espalda de su amo, manteniendo el flujo de energía al máximo en el gimnasio.

Mina estaba completamente perdida, devorada por el placer y la dominación que tanto había envidiado desde el pasillo. El Modo Aleatorio había reescrito su realidad, transformando a la enérgica competidora en una pieza más del indiscutible y absoluto harén de Izuku.

El ritmo en el gimnasio se volvió ensordecedor. El sonido de los impactos firmes y seguidos contra las caderas de Mina se mezclaba con sus gemidos, que ya no tenían rastro de queja, sino de una absoluta y entregada sumisión. La chica de piel rosa se aferraba a los brazos de Momo, buscando un punto de apoyo mientras Izuku la dominaba con cada embestida, llevándola rápidamente al límite de sus fuerzas.

—¡¡Ah, Dios... Deku... eres... eres demasiado...!! —gritaba Mina, con los ojos vueltos hacia el techo, completamente desbocada por la intensidad de la penetración.

Momo la sostenía por los hombros, mirándola con una sonrisa llena de suficiencia aristocrática. Con una de sus manos, comenzó a masajear los pechos de Mina, ayudando a que el placer se extendiera por todo su cuerpo, mientras Kyoka y Mika continuaban su labor a los costados, lamiendo el sudor de la piel rosada y manteniendo el ambiente saturado de lujuria.

Izuku incrementó la velocidad, sintiendo cómo las paredes internas de Mina lo estrujaban con una fuerza increíble, señal de que el clímax de la chica era inminente. Sosteniéndola con un agarre que la inmovilizó por completo, dio tres estocadas profundas y demoledoras que hicieron que Mina se sacudiera en un orgasmo violento, gritando el nombre del peliverde con las últimas fuerzas que le quedaban en los pulmones.

Justo en ese instante de máxima tensión, Izuku soltó un gruñido grave y se vino profundamente dentro de ella, llenando su estrechez con una densa y caliente descarga que obligó a Mina a colapsar hacia adelante, quedando tendida sobre la lona, jadeando débilmente mientras el semen comenzaba a escurrir por sus muslos.

El silencio regresó gradualmente al gimnasio, roto solo por las respiraciones agitadas del grupo. Izuku se retiró lentamente, contemplando la escena con la frialdad de un monarca. En ese momento, las puertas del gimnasio se abrieron de golpe, interrumpiendo la calma posterior al clímax.

Mitsuki y Rumi regresaron de la cocina, pero al cruzar el umbral, sus expresiones cambiaron por completo al ver el escenario. Mina estaba desnuda y sometida en la lona, Momo, Mika y Kyoka mostraban el rastro del sexo reciente, e Izuku permanecía de pie, imponente y cubierto de fluidos.

Al ver la imponente figura del peliverde y el estado de sumisión absoluta de las mujeres, Mitsuki Bakugo sintió que sus piernas flaqueaban. El calor que había sentido antes en su intimidad regresó con una fuerza abrumadora. Rumi, por su parte, dio un paso al frente con los ojos rojos brillando en devoción y una sonrisa dócil.

—Cachorro... parece que terminaste de entrenar con la invitada —dijo Rumi con voz ronca, arrodillándose de inmediato frente a su hijo en señal de sumisión, mientras Mitsuki, completamente impactada y excitada por el giro de los acontecimientos, cerraba la puerta detrás de ella, quedando atrapada en el territorio dominado por la voluntad de Izuku.

Mitsuki se quedó inmóvil, de espaldas contra la puerta que acababa de cerrar, como si el peso de la madera fuera lo único que la mantenía en pie. Sus ojos, fijos en la imponente figura de Izuku, se dilataron por completo. Ver a su propia hija, Mina, tendida en la lona con los muslos manchados y la mirada perdida en el éxtasis de la sumisión, provocó un cortocircuito en su mente. La indignación que una madre normal habría sentido fue aplastada de inmediato por la arrolladora distorsión del ambiente. Su reciente divorcio, la soledad y ese calor húmedo que la había estado atormentando desde que vio la entrepierna del peliverde se combinaron en una bomba de tiempo que estalló en su vientre.

—Rumi... ¿qué significa esto? —logró articular Mitsuki con una voz trémula, aunque sus ojos delataban que no buscaba una explicación, sino una invitación.

Rumi, que permanecía de rodillas a los pies de su hijo, lamiendo con total docilidad una gota de sudor que resbalaba por la rodilla de Izuku, alzó la vista hacia su mejor amiga. Sus orejas de conejo se agitaron levemente.

—Significa que mi cachorro es el único que manda aquí, Mitsuki —respondió Rumi con una sonrisa zoruna y la voz cargada de una devoción que heló la sangre de la visitante—. Te lo dije en la cocina... él tiene el control absoluto. Mina ya lo entendió. ¿Vas a seguir negando lo que tu cuerpo pide desde que entraste por esa puerta?

Momo se incorporó perezosamente, acomodando su melena alborotada. Miró a Mitsuki con esa fría y aristocrática superioridad que ahora compartía con Mina, quien apenas comenzaba a reaccionar, sentándose en la lona mientras miraba a su madre con una timidez absoluta, asintiendo levemente como si le diera la bienvenida al mismo destino.

Izuku dio un paso al frente, haciendo que el suelo acolchado crujiera sutilmente. Su miembro, aún rígido y cubierto por los fluidos de las jóvenes, se presentaba ante la madura mujer como el centro de gravedad de toda la habitación.

—Tu esposo te traicionó, Mitsuki —sentenció Izuku, su voz profunda y carente de piedad resonando en el pecho de la mujer—. Viniste aquí buscando un refugio, pero lo que encontraste fue un dueño. Acércate.

El mandato fue la estocada final para la voluntad de Mitsuki. Soltando un suspiro ronco y ahogado, sus piernas cedieron. Se dejó caer de rodillas sobre el suelo del gimnasio y, con las manos temblorosas, comenzó a gatear lentamente hacia el cuadrilátero, desabrochando los botones de su blusa en el camino para entregar la madurez de su cuerpo al indiscutible dominio del peliverde.

El avance de Mitsuki por el suelo del gimnasio era el reflejo de una capitulación absoluta. Con cada centímetro que acortaba hacia el cuadrilátero, la blusa que se desabrochaba dejaba al descubierto un escote maduro y generoso, contenido apenas por un encaje oscuro que se tensaba con su respiración acelerada.

Al llegar al borde de la lona, se topó directamente con la mirada de su hija. Mina, sentada con las piernas cruzadas y aún recuperando el aliento, la observó con una mezcla de timidez y complicidad. Ya no había espacio para el pudor familiar; el Modo Aleatorio había unificado los deseos de la casa bajo un mismo eje.

—Mírate, mamá... —susurró Mina con la voz rota, estirando una mano rosada para acariciar el hombro de Mitsuki—. Tú también querías esto desde que entramos.

Izuku se colocó justo frente a la recién divorciada, obligándola a levantar la vista. La imponente estampa del peliverde, cubierto por los rastros del sexo reciente con las demás jóvenes, ejercía una gravedad de la que Mitsuki no tenía intenciones de escapar.

—Demuéstrame que eres más útil que tu exesposo, Mitsuki —ordenó Izuku, su tono gélido denotando el control total del escenario.

Sin esperar una segunda orden, la mujer madura se alzó sobre sus rodillas. Sus manos, expertas pero trémulas por la intensa excitación, se posaron sobre los muslos de Izuku para afianzarse. Se inclinó hacia adelante y abrió los labios, atrapando el miembro del peliverde con una avidez desesperada, gimiendo profundamente al sentir la textura y el calor de su dueño.

Rumi soltó una carcajada ronca, complacida por ver a su mejor amiga unirse formalmente al harén de su hijo. La heroína conejo se acomodó detrás de Mitsuki, ayudándole a despojarla por completo de la blusa y la falda, exponiendo las curvas firmes y cuidadas de una mujer madura ante la mirada de todos.

Momo y Kyoka se acercaron de inmediato para integrarla al grupo. Momo comenzó a besar el cuello de Mitsuki mientras esta continuaba con su labor devota, creando un entrelazado de cuerpos desnudos en la lona. El gimnasio se había convertido en un hervidero de sumisión total, donde las Bakugo, madre e hija, ahora compartían el mismo destino y el mismo dueño en una tarde de absoluto desenfreno.

El ritmo de la succión de Mitsuki se volvió frenético, impulsado por años de frustración acumulada que finalmente encontraban una vía de escape bajo el mandato del peliverde. Izuku la sostenía firmemente del cabello rubio y cenizo, guiando sus movimientos con una autoridad implacable mientras disfrutaba de la experiencia de la mujer madura.

Mina observaba a su madre entregarse de esa manera tan lasciva, y lejos de escandalizarse, sintió que una nueva oleada de calor la invadía. Se arrastró por la lona hasta colocarse al lado de Mitsuki, uniendo sus labios con los de Momo en un beso cargada de fluidos, mientras Kyoka y Mika usaban sus manos para acariciar simultáneamente los cuerpos de las Bakugo.

—Suficiente, Mitsuki —ordenó Izuku con voz ronca, deteniendo el movimiento de la mujer.

Mitsuki se separó con un gemido de queja, dejando los labios húmedos y la mirada completamente perdida en la sumisión. Izuku la tomó por las caderas, que eran notablemente más anchas y firmes que las de las demás chicas, y la acomodó de espaldas sobre la lona del cuadrilátero, elevando sus piernas de manera imponente.

—Demuestra tu devoción —sentenció el peliverde.

Sin un segundo de titubeo, Izuku se alineó y se hundió por completo en la madurez de Mitsuki.

—¡¡¡Ahhhhhh, Dios... Izuku!!! —exclamó la mujer en un grito ahogado que resonó con eco en todo el gimnasio. Sus uñas se clavaron en los hombros de Rumi, quien se había colocado a su lado para besarla y contener el impacto de la brutal penetración.

La estrechez de Mitsuki, intensamente lubricada por la espera, aprisionó al peliverde en un espasmo violento. Izuku comenzó un vaivén pesado, profundo y despiadado, haciendo que todo el cuerpo de la mujer madura se sacudiera contra la lona. Mina, viendo a su madre ser tomada de esa forma, se acercó para besar el rostro de Mitsuki, compartiendo los jadeos y el éxtasis del momento.

El harén estaba en su punto máximo de ebullición. El Modo Aleatorio había consolidado el control total de Izuku sobre cada mujer en la habitación, rompiendo cualquier tabú y unificándolas en un solo propósito: ser reclamadas y gobernadas por el dueño absoluto de la casa.77

El gimnasio se convirtió en un santuario de pura lujuria y sumisión desbordante. El eco rítmico y húmedo de los impactos de Izuku contra las caderas de Mitsuki marcaba el compás de la habitación, un sonido pesado y cavernal que mantenía a todas las mujeres en un estado de trance hipnótico.

Mitsuki tenía la mirada completamente perdida en el techo, con los ojos en blanco mientras su cuerpo maduro recibía cada una de las embestidas profundas del peliverde. Sus piernas, firmes y torneadas, flanqueaban el torso sudoroso de Izuku, temblando violentamente cada vez que él tocaba el fondo de su anatomía.

—¡¡Sí... justo ahí... destroza todo lo que dejó ese inútil... hazme tuya, amo!! —deliraba Mitsuki en voz alta, perdiendo los estribos y entregándose al brutal placer que su cuerpo había estado exigiendo a gritos.

Rumi, la heroína conejo, observaba la escena con una sonrisa lasciva y salvaje. Al ver a su mejor amiga tan corrompida y dócil bajo el poder de su hijo, no pudo contenerse más. Se posicionó justo al lado de la cabeza de Mitsuki, ofreciéndole sus pechos firmes para que los mordiera y ahogara sus gritos de éxtasis. Al mismo tiempo, Rumi usaba sus manos para masajear el vientre tenso de la rubia ceniza, coordinando el placer en una sinfonía perfecta.

Mina, completamente contagiada por el orgasmo inminente de su madre, se arrodilló entre las piernas de Mitsuki. Sin pizca de vergüenza, comenzó a lamer la zona donde los cuerpos de su madre e Izuku se conectaban, saboreando la mezcla de fluidos que escurría por la lona. Momo y Kyoka la flanqueaban, acariciando la espalda de la chica rosada y besándola para mantenerla sumisa en la base del cuadrilátero.

Izuku, sintiendo la presión asfixiante de las paredes internas de Mitsuki, supo que el final de la madura mujer estaba cerca. Apretó el agarre en sus caderas con una fuerza soberana, levantándola ligeramente de la lona para maximizar el alcance de sus golpes. Aceleró el ritmo a una velocidad demoledora.

—¡¡Izuku... me voy a... me voy a romper... ahhhhh!! —chilló Mitsuki en un espasmo final.

Con tres estocadas brutales que resonaron como latigazos en el recinto, Mitsuki se arqueó por completo, sufriendo un orgasmo uterino tan violento que sus muslos se tensaron como cuerdas de piano. Izuku, soltando un rugido grave y puramente masculino, se hundió hasta el tope por última vez y liberó una inmensa y caliente descarga de semen en lo más profundo de su vientre.

La mujer colapsó por completo sobre la lona, sollozando de puro placer mientras su pecho subía y bajando de forma errática. Izuku se retiró lentamente, dejando que el denso flujo de su simiente comenzara a desbordarse de la madura anatomía de Mitsuki, tiñendo el cuadrilátero con la marca inconfundible de su conquista.

El peliverde se plantó en medio del gimnasio, completamente erguido, respirando con fuerza pero sin mostrar un ápice de fatiga. A su alrededor, su harén completo —Momo, Rumi, Mina, Mitsuki, Kyoka y Mika— permanecía postrado en la lona, una colección de cuerpos desnudos, exhaustos y brillantes por el sudor, que lo miraban con ojos llenos de una devoción absoluta y eterna. La dinastía de Izuku bajo el Modo Control se había sellado esa tarde de forma definitiva.

El silencio posterior al clímax era denso, casi palpable, roto únicamente por el concierto de respiraciones agitadas y los suaves quejidos de satisfacción que resonaban en las paredes del gimnasio. El olor a sexo, sudor y sumisión flotaba en el aire, sellando el ambiente como el territorio privado e indiscutible de Izuku.

El peliverde caminó con parsimonia hacia el borde del cuadrilátero, contemplando desde las alturas el despliegue de cuerpos desnudos que yacían a sus pies. Mitsuki seguía con las piernas entreabiertas, temblando levemente mientras el rastro de la simiente de Izuku escurría por sus muslos maduros; a su lado, Mina descansaba con la mejilla apoyada en la lona, mirando a su madre con una sonrisa lánguida, unidas finalmente en el mismo destino.

—Rumi —llamó Izuku, su voz profunda y serena cortando el murmullo de los jadeos.

—Sí, mi cachorro... amo —respondió la heroína conejo de inmediato, incorporándose a gatas con una agilidad felina y arrastrándose hasta sus pies. Levantó el rostro, mostrando una mirada cargada de una devoción ardiente, lista para limpiar cualquier rastro de fatiga de su dueño.

—Trae las toallas y ayuda a Mitsuki y a Mina a levantarse. A partir de hoy, ellas se encargarán de asistir a Mika y a Kyoka con los deberes de la casa cuando estén aquí —ordenó Izuku, dictando el nuevo estatus familiar sin un solo rastro de duda.

—Se hará exactamente como ordenes —asintió Rumi, inclinando la cabeza antes de ponerse en pie para cumplir el mandato.

Momo se deslizó con elegancia hacia el muslo de Izuku, abrazando su pierna con una posesividad silenciosa. Había observado cómo el peliverde domaba a las Bakugo, y lejos de disminuir su fervor, ver la capacidad de su hombre para someter a cualquiera que cruzara esa puerta solo la hacía sentirse más orgullosa de ser su mujer principal.

—Estuviste increíble, mi amor —susurró Momo, entornando los ojos mientras acariciaba la piel de Izuku—. Ahora la UA no será el único lugar donde gobernemos. Esta casa es completamente tuya.

Izuku pasó los dedos por el cabello de Momo, manteniendo el flujo de control absoluto. Al fondo, Mitsuki comenzó a incorporarse con la ayuda de Rumi, tapándose sutilmente el rostro por el remanente de timidez, pero sus ojos rojos seguían fijos en el miembro de Izuku, que comenzaba a reaccionar lentamente ante la visión de su harén reunido y completamente dispuesto para lo que el resto de la tarde dictara.

Izuku se mantuvo firme en el centro del cuadrilátero, disfrutando de la sumisión total que llenaba cada rincón del gimnasio. El Modo Control operaba con una perfección matemática en las mentes de todas las mujeres presentes, eliminando cualquier rastro de duda, moralidad o inhibición del pasado.

Mitsuki, apoyada en el hombro de Rumi, logró ponerse en pie con las piernas aún temblorosas. Miró su ropa tirada en el suelo y luego fijó sus ojos rojos en Izuku. La timidez que le quedaba se disipó al ver cómo su hija, Mina, ya aceptaba de manera natural estar de rodillas al lado de Kyoka, esperando la siguiente instrucción.

—Entendido, Izuku... —murmuró Mitsuki, con una voz que ya no cargaba la autoridad de una madre, sino la docilidad de una servidora—. Si ese es mi lugar ahora, no tengo objeciones. De todos modos... nunca me había sentido tan viva.

Rumi le entregó una toalla húmeda a Mitsuki y otra a Mina para que comenzaran a limpiarse, mientras Mika y Kyoka se acercaban a Izuku para abrazar su torso y besar sus hombros, manteniéndolo en el centro de sus atenciones. El peliverde acarició el cabello de ambas sirvientas, sin apartar la mirada de las Bakugo.

—Me alegra que lo entiendas rápido, Mitsuki —respondió Izuku con un tono gélido y dominante—. En esta casa no hay espacio para el orgullo. Mina, ven aquí.

La chica de piel rosa, al escuchar su nombre, se desplazó a gatas de inmediato por la lona hasta quedar justo frente a él. La superioridad que Momo había mostrado antes ya no le resultaba molesta; ahora entendía el placer de compartir el mismo dueño. Levantó el rostro con los ojos brillantes, completamente entregada.

—Dime, amo... ¿qué quieres que haga? —preguntó Mina en un susurro sumiso.

Izuku tomó la barbilla de Mina, obligándola a abrir la boca mientras Momo se posicionaba a su lado, entrelazando sus dedos con los del peliverde. La tarde apenas comenzaba, y con el harén finalmente consolidado y las Bakugo completamente integradas bajo su disciplina, Izuku sabía que el control sobre su entorno era absoluto e inquebrantable.

—Abre bien la boca, Mina —ordenó Izuku con voz baja y ronca, una vibración que pareció asentarse directo en el vientre de la chica rosada.

Mina obedeció al instante, separando los labios con una docilidad absoluta y dejando escapar un pequeño jadeo de anticipación. Izuku guió su masculinidad, aún tibia y brillante, directo hacia el rostro de la joven, permitiendo que saboreara el rastro de la sumisión de su propia madre antes de que comenzara a deslizarse con un ritmo lento y posesivo entre sus labios.

Momo observaba la escena desde el costado de Izuku, deslizando una mano por el torso del peliverde con una sonrisa de absoluta suficiencia. Ver a su antigua compañera de clases reducida a ese estado de devoción ciega alimentaba el orgullo de la vicepresidenta.

—Lo haces muy bien, Mina... —susurró Momo, inclinándose para depositar un beso húmedo en la mejilla de la chica de piel rosa—. Aprende rápido, porque el amo Izuku no tolera errores.

Al borde del cuadrilátero, Mitsuki observaba la escena mientras terminaba de limpiarse con la toalla húmeda que Rumi le había entregado. El ver a su hija en esa posición, totalmente entregada al mismo hombre que la había poseído a ella minutos antes, provocó un último chispazo de calor en su interior. Ya no había vuelta atrás; el Modo Control había reconfigurado sus prioridades, y el deseo de complacer a Izuku superaba cualquier lazo del pasado.

—Déjame ayudarte con eso, Mitsuki —le susurró Rumi al oído, abrazándola por la espalda y apretando sus firmes pechos contra ella—. Míralos... mi cachorro nació para gobernar. Y nosotras nacimos para ser suyas.

Mitsuki asintió con la cabeza, soltando un suspiro tembloroso mientras dejaba caer la toalla a la lona. Avanzó a gatas de nuevo hacia el centro del cuadrilátero, colocándose justo al lado de Mina. Con la mirada fija en los ojos verdes e imponentes de Izuku, la mujer madura comenzó a lamer la base del miembro del peliverde, coordinándose a la perfección con su hija en una coreografía de pura sumisión familiar.

Izuku echó la cabeza hacia atrás por un instante, saboreando el control absoluto que ejercía sobre la habitación. Kyoka y Mika se unieron al grupo, acariciando la espalda de las Bakugo y de Momo, creando una masa compacta de cuerpos desnudos, sudorosos y completamente entregados a la voluntad de un solo dueño. El gimnasio de la UA se había transformado de manera definitiva en el trono privado de su dinastía.

El vaivén coordinado de madre e hija en la base de su hombría llevó la tensión en el gimnasio a un punto de no retorno. Izuku, con la respiración pesada y los ojos fijos en la sumisión compartida de las Bakugo, colocó sus manos sobre las nucas de ambas, dictando un ritmo firme y posesivo que les impedía apartarse.

Momo, posicionada justo al lado del peliverde, se inclinó sobre la espalda de Mina, mordisqueando suavemente su cuello rosado para mantenerla en un estado de estimulación constante, mientras Rumi hacía lo mismo con Mitsuki desde atrás, apretando sus caderas maduras y celebrando con risas roncas la total sumisión de su mejor amiga.

—Son unas buenas perras... —gruñó Izuku, su voz resonando con una vibración tan profunda que hizo que tanto Mitsuki como Mina soltaran gemidos ahogados contra su piel—. Es hora de que dejen de compartir.

Izuku se retiró de la boca de Mina, dejando a la chica jadeando con los labios brillantes, y sujetó a Mitsuki por los hombros. Con un movimiento brusco y dominante, la acomodó en cuatro puntos justo en el centro de la lona, alineando su maduro cuerpo de espaldas a él.

—Mina, ponte frente a tu madre. Consuélala mientras la tomo —ordenó Izuku de manera implacable.

Mina obedeció sin dudar un segundo, arrastrándose por la lona hasta quedar cara a cara con Mitsuki. La chica rosada tomó el rostro de su madre entre sus manos y unió sus labios en un beso húmedo y profundo, un beso que sellaba la aceptación de su destino compartido.

Aprovechando la total entrega de la mujer madura, Izuku se sostuvo firmemente de las caderas de Mitsuki y, con una estocada brutal y directa, se hundió por completo en su estrechez caliente.

—¡¡¡Ahhhhh, Izuku... sí, más fuerte!!! —gritó Mitsuki dentro de la boca de su hija, arqueando la espalda de forma violenta mientras sus paredes internas se contraían salvajemente alrededor del miembro del peliverde, recibiendo el castigo con un deleite que la hacía perder el sentido.

El vaivén se volvió despiadado. El sonido de los cuerpos chocando con fuerza inundó el gimnasio, un ritmo salvaje que Kyoka y Mika acompañaban acariciando los muslos de las Bakugo, mientras Momo observaba desde arriba con los ojos nublados por el éxtasis del control absoluto. Izuku no mostraba piedad, reclamando el cuerpo de la madura mujer con la firme intención de dejar su marca grabada en ella para siempre.

El gimnasio de la UA se había transformado en un hervidero de pura pasión y sumisión. El sonido rítmico e implacable de los cuerpos chocando llenaba el aire, acompañado por los ecos de los jadeos entrelazados de Mitsuki y Mina. Izuku mantenía un ritmo demoledor, sosteniendo las caderas de la rubia ceniza con un agarre que no daba margen a la huida, hundiéndose en ella una y otra vez con una virilidad que parecía inagotable.

Mitsuki recibía cada estocada con la cabeza echada hacia atrás, con los ojos nublados por el clímax que amenazaba con desbordarla de nuevo. Mina, completamente entregada a la dinámica, devoraba los labios de su madre, saboreando los gemidos ahogados que Mitsuki soltaba en mitad del beso, compartiendo el flujo de calor que las unía bajo el yugo del peliverde.

—¡¡Ahhh... Izuku... más... no pares...!! —deliraba Mitsuki entre los labios de su hija, moviendo sus caderas al compás del castigo que el dueño de la casa le propiciaba.

Rumi se colocó a horcajadas sobre la espalda de Mitsuki, inclinándose para morder suavemente la nuca de su amiga, mientras sus manos bajaban para acariciar los pechos de Mina, manteniendo a ambas Bakugo al borde del colapso sensorial. Momo y Kyoka observaban la escena pegadas al cuerpo de Izuku, rozando sus propias intimidades contra los muslos y la espalda del peliverde, completamente hipnotizadas por la demostración de poder absoluto.

Sintiendo que las paredes de Mitsuki se volvían asfixiantes por el orgasmo inminente, Izuku incrementó la velocidad a un paso salvaje. Dio tres embestidas profundas que hicieron que la mujer madura se estremeciera por completo, soltando un grito agudo que Mina atrapó de inmediato con su boca.

Con un gruñido cavernoso, Izuku se hundió al máximo en el vientre de Mitsuki, liberando una nueva y ardiente descarga de semen que la hizo colapsar hacia adelante, arrastrando a Mina a la lona con ella. Ambas quedaron tendidas, jadeando exhaustas, unidas en un mar de sudor y fluidos compartidos mientras el peliverde se erguía sobre ellas, consolidando de una vez por todas su imperio absoluto en el lugar.

El silencio regresó de forma gradual al gimnasio, roto únicamente por el eco de seis respiraciones agitadas. Izuku se retiró lentamente del cuerpo de Mitsuki, dejando que el rastro de su dominio escurriera por la lona. Se tomó un momento para contemplar el escenario: su harén completo yacía postrado ante él, una colección de mujeres exhaustas, brillantes por el sudor y con las miradas completamente vacías de rebeldía, llenas únicamente de una devoción eterna.

—Es suficiente por hoy —declaró Izuku, su voz profunda y calmada recuperando el tono de autoridad cotidiana—. Mañana hay clases en la UA, y todos debemos estar listos. Vayan a las duchas.

Al escuchar la orden del amo, los cuerpos comenzaron a moverse con una docilidad mecánica. Rumi ayudó a levantar a una Mitsuki completamente adormecida por el placer, cuyos muslos aún temblaban de forma involuntaria. Mina, apoyada por Momo y Kyoka, se puso en pie con las mejillas encendidas en un rosa neón, mirando de reojo al peliverde con una mezcla de timidez y agradecimiento por haber sido incluida en su círculo íntimo.

El grupo se dirigió a los amplios baños del gimnasio privado. Bajo las múltiples regaderas de agua caliente, la sesión de limpieza se convirtió en una extensión del orden establecido en la casa. Mika y Kyoka se encargaron de tallar la espalda de Izuku con total esmero, mientras Momo ayudaba a Mina y a Mitsuki a remover los restos de los fluidos compartidos, uniendo de manera definitiva a la familia Bakugo en la rutina del harén. Ya no había espacio para la vergüenza; el agua se llevaba el sudor y el cansancio, pero la marca invisible del control de Izuku permanecía grabada en la mente de cada una de ellas.

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Al día siguiente, los rayos del sol de la mañana iluminaron la entrada principal de la residencia. El ambiente era completamente diferente, pero la estructura de poder seguía intacta. Mitsuki y Rumi, vistiendo ropas cómodas de casa, se despidieron de Izuku en la puerta con reverencias sutiles y miradas cargadas de sumisión promiscua, prometiendo tener todo en orden para cuando el dueño regresara.

Izuku caminó hacia la Academia UA flanqueado por sus tres mujeres estudiantes. A su derecha iba Momo Yaoyorozu, caminando con su elegancia aristocrática habitual, pero manteniendo una distancia tan cercana a él que sus hombros se rozaban a cada paso. A su izquierda, Kyoka Jiro caminaba de manera tranquila, con sus auriculares colgando pero con la mirada fija en el sendero que su amo dictaba.

Un par de pasos más atrás iba Mina Bakugou. El uniforme de la UA le sentaba igual que siempre, pero su actitud enérgica y ruidosa del pasado había sido reemplazada por una timidez dócil y una postura contenida. Cada vez que Izuku volteaba ligeramente la cabeza, Mina bajaba la mirada de inmediato, con las mejillas teñidas de carmín, recordando perfectamente lo que había sucedido detrás de la pared del gimnasio y entre las piernas de su propia madre.

Al cruzar las grandes puertas de la UA, el resto de los estudiantes del curso de héroes los vieron llegar. pero para Momo, Mina y Kyoka, el ingreso a las aulas no cambiaba nada. Ellas sabían perfectamente que, debajo del uniforme de héroe, pertenecían en cuerpo y alma al peliverde que caminaba con paso firme a la vanguardia del grupo.

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