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Chapter 3
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K45
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Capitulo 3
Izuku dio un paso hacia el centro del gimnasio, completamente ajeno a la tormenta de pensamientos que consumía a Rumi.
—Cumplí con todo el circuito, mamá, e incluso bajé mi tiempo récord —dijo él, exhibiendo esa seguridad y firmeza que su cuerpo ahora poseía.
Al acortar la distancia, el olor a sudor, adrenalina y la intensa fragancia natural de Rumi llenaron los sentidos de Izuku. Ella lo miraba fijamente, con las orejas de conejo completamente rígidas y los ojos clavados en su pecho descubierto. La respiración de la heroína era tan profunda que el top deportivo amenazaba con ceder ante la tensión de sus pechos.
—¿Ah, sí? —soltó Rumi, dando un paso más, quedando a escasos centímetros de él. La diferencia de altura y la cercanía física hicieron que el calor entre ambos se elevara al instante—. Pues en este gimnasio los tiempos no significan nada si no puedes demostrarlo en combate real, cachorro.
Rumi extendió las manos y, en lugar de adoptar una postura de guardia para un golpe, sujetó los hombros firmes de Izuku. Sus palmas, calientes y húmedas por el esfuerzo, se aferraron con una fuerza implacable a su piel. El contacto directo fue como una descarga eléctrica para ambos. Rumi soltó un jadeo ahogado que no pudo reprimir; sentir la solidez de los músculos de su hijo la hizo temblar, y una nueva y abundante oleada de humedad empapó sus shorts, haciéndola gemir internamente por la necesidad de ser sometida.
*Al diablo todo... al diablo la moral... lo quiero*, pensó Rumi, la última línea de defensa de su cordura materna desvaneciéndose ante el irresistible instinto que la empujaba hacia él.
Izuku, sintiendo la extraña intensidad del agarre de su madre y la firmeza con la que sus pechos rígidos rozaban los suyos, la miró a los ojos con sorpresa.
—Mamá... estás muy caliente, y no parece ser solo por el ejercicio —comentó con voz baja, mientras su propio miembro, respondiendo al estímulo del ambiente y a la innegable sensualidad de la heroína, comenzaba a despertar y a marcarse notablemente bajo su ropa deportiva.
Desde la entrada del gimnasio, Momo observaba la escena con una sonrisa de absoluta victoria, cruzada de brazos. A sus lados, Mika y Kyoka permanecían inmóviles, pero con las respiraciones agitadas, esperando el momento en que su amo decidiera reclamar también a la mujer que lo había traído al mundo en esa retorcida y perfecta línea temporal.
Rumi sintió que la última pizca de resistencia se evaporaba de su sistema al notar la protuberancia que comenzaba a marcarse con fuerza en la entrepierna de Izuku. Ver que su propio hijo reaccionaba de esa manera ante su cercanía física encendió una chispa de sumisión y deseo tan salvaje que sus piernas flaquearon por completo.
—Izuku... cachorro... —gimió Rumi, con una voz ronca y totalmente quebrada, perdiendo cualquier rastro de la postura autoritaria de madre—. Ya no me importa nada... No puedo seguir ignorando lo que me haces sentir.
Olvidándose por completo del parentesco y de las reglas del mundo exterior, Rumi unió sus labios con los de Izuku en un beso desesperado, hambriento y cargado de una lujuria que había retenido durante horas. Su lengua se abrió paso con brusquedad, saboreando la boca de su hijo mientras envolvía sus poderosas piernas de conejo alrededor de la cintura de él, pegando su intimidad completamente empapada contra su miembro rígido a través de la ropa.
Izuku, tomado por sorpresa pero completamente dominado por la densa energía que aún corría por sus venas y por el salvaje atractivo de la heroína, la sostuvo por los muslos con fuerza, profundizando el beso y双 cargándola sin el menor esfuerzo. La fuerza de su cuerpo reescrito respondía perfectamente a la exigencia de la situación.
Desde la puerta, Momo soltó una risa suave, saboreando el triunfo de ver a la imponente Mirko totalmente rendida.
—Vaya, parece que la jefa de la casa finalmente aceptó su lugar —dijo Momo en voz alta, entrando al gimnasio con paso lento y elegante, seguida de cerca por Mika y Kyoka, quienes ya comenzaban a desvestirse con rapidez mecánica—. No te contengas, Izuku amor. Tu madre ha estado deseando esto desde anoche.
Momo se acercó por detrás de Izuku y, con dedos hábiles, le bajó los pantalones deportivos y los bóxers, dejando libre su miembro completamente erecto y palpitante. Al mismo tiempo, Mika se arrodilló rápidamente para arrancar los shorts deportivos de Rumi, dejando expuesta su madura, musculosa y completamente empapada vagina.
Rumi soltó un grito ahogado de puro placer anticipado al sentir el aire frío del gimnasio en su intimidad. Miró a Izuku a los ojos, con la mirada completamente nublada por la sumisión.
—Por favor, Izuku... hazme tuya... tómame como a las demás —suplicó la heroína, arqueando la pelvis hacia adelante.
Sin esperar un segundo más, Izuku alineó su grueso miembro con la entrada de Rumi y se hundió por completo en ella de una sola estocada profunda. Rumi soltó un gemido desgarrador que retumbó en las paredes de concreto del gimnasio, aferrándose con sus garras a la espalda de su hijo mientras él comenzaba a embestirla con una fuerza brutal, inaugurando un nuevo orden absoluto dentro de las paredes de su hogar.
El gimnasio se transformó en un escenario de puro desenfreno. Izuku sostenía el cuerpo atlético y tonificado de Rumi contra una de las columnas de concreto, hundiéndose en ella con embestidas firmes y potentes que hacían que las orejas de la heroína se sacudieran con cada impacto. Rumi ya no pensaba en el parentesco, ni en la moral, ni en su estatus como la heroína número cinco; su mente se había reducido a puro instinto, rindiéndose por completo a la abrumadora virilidad de su hijo.
—¡Ah... Izuku! ¡Sí, de esa manera... búscame más adentro! —gemía Rumi sin ningún pudor, clavando sus uñas en los hombros marcados del peliverde mientras arqueaba la espalda, completamente entregada al placer.
Momo se posicionó justo al lado de ellos, observando la escena con una mirada ardiente. Con una mano comenzó a masajear uno de los grandes pechos de Rumi, mientras que con la otra guiaba la cabeza de Kyoka hacia la entrepierna de Izuku. La joven sirvienta, entendiendo la orden, comenzó a lamer la base del miembro del peliverde y los testículos cada vez que él se retiraba parcialmente para volver a embestir a su madre.
—Mírate, Mirko... tan ruda afuera y ahora eres solo la hembra de Izuku —susurró Momo al oído de Rumi, depositando un beso húmedo en su cuello, lo que hizo que la heroína soltara un espasmo de excitación.
Mika, por su parte, se colocó detrás de Izuku, pegando su maduro cuerpo desnudó contra la espalda del peliverde y acariciando su torso sudoroso, ayudándole a mantener el ritmo salvaje. La combinación del aroma a sudor, adrenalina y los fluidos que goteaban al suelo de concreto creaba una atmósfera densa y asfixiante.
Después de una serie de estocadas brutales que llevaron a Rumi al borde de un orgasmo devastador, Izuku la bajó con cuidado, pero sin sacarla de su miembro. La recostó sobre una de las colchonetas de entrenamiento del suelo, posicionándose sobre ella en cuatro puntos.
Momo no perdió el tiempo; se arrodilló justo arriba de la cabeza de Izuku, ofreciéndole sus grandes pechos directamente en la boca. Izuku comenzó a morder y succionar los pezones rígidos de su novia mientras continuaba bombeando con fuerza dentro de Rumi. El gimnasio se llenó con el eco rítmico de los cuerpos chocando y los gritos ahogados de las cuatro mujeres, atrapadas en una espiral de lujuria absoluta donde la autoridad de Izuku era la única ley.
El ritmo en el gimnasio se volvió completamente despiadado. Izuku, espoleado por la sumisión absoluta de las mujeres y la inagotable energía que poseía, aceleró las estocadas sobre la colchoneta. Rumi levantaba las piernas, envolviendo con sus muslos atléticos la cintura de su hijo, perdiendo por completo la noción de la realidad exterior mientras sus paredes vaginales se contraían salvajemente alrededor del grueso miembro del peliverde.
—¡Me voy a venir... Izuku, me voy a venir ya! —gritó Rumi, con la voz totalmente rota y los ojos en blanco, entregada al clímax más intenso de su vida.
Momo, sintiendo la vibración del cuerpo de Rumi debajo de ellos, incrementó el vaivén de sus pechos contra la boca de Izuku, dejando escapar sus propios gemidos. A los lados, Mika y Kyoka continuaban acariciando el cuerpo de su amo, completamente excitadas por la brutal exhibición de poder y resistencia de su dueño.
Con un último impulso salvaje, Izuku se hundió hasta el fondo de Rumi. La heroína conejo soltó un alarido de puro placer, arqueando la espalda de forma violenta mientras su intimidad sufría una serie de espasmos masivos que succionaron el miembro de Izuku. Casi al mismo tiempo, incapaz de contenerse más ante la presión y el calor del interior de su madre, Izuku rugió, descargando una potente y abundante ráfaga de semen directamente en lo más profundo de Rumi.
El chorro caliente inundó las entrañas de la heroína, quien temblaba de pies a cabeza mientras sentía la semilla de su hijo llenándola por completo. Izuku se dejó caer sobre ella, jadeando pesadamente, con el pecho pegado al de Rumi, mientras el líquido blanquecino comenzaba a desbordarse y a gotear sobre la colchoneta de entrenamiento.
Momo se recostó a un lado de ellos, exhausta pero con una sonrisa de absoluta victoria en el rostro, acariciando el cabello sudoroso de Izuku. Mika y Kyoka se apresuraron a arrodillarse junto a la cama improvisada, listas para limpiar a sus amos o cumplir cualquier nuevo deseo. El gimnasio quedó sumido en un silencio espeso, solo interrumpido por las respiraciones agitadas de las cuatro mujeres, finalmente unidas bajo el dominio absoluto del peliverde en esa casa donde los antiguos lazos se habían roto para siempre.
Izuku se quedó unos momentos recostado sobre el cuerpo tembloroso de Rumi, sintiendo cómo los latidos de ambos se sincronizaban lentamente mientras recuperaban el aliento. El gimnasio, antes un lugar de estricto entrenamiento físico, se había transformado por completo en el epicentro de su dominio absoluto.
Rumi, con los ojos aún entreabiertos y la mirada perdida en el techo, dejó escapar un suspiro largo y trémulo. Sus orejas de conejo cayeron laxas a los lados de su cabeza. La intensa culpa que la había atormentado durante horas simplemente se evaporó, reemplazada por una profunda y primitiva satisfacción. Al sentir el peso de Izuku y la calidez de su simiente desbordándose entre sus muslos, estiró una de sus manos musculosas y acarició con timidez el cabello verde de su hijo.
—Eres... increíble, cachorro... —susurró con una voz apenas audible, reconociendo finalmente su completa sumisión.
Momo se incorporó lentamente, apoyando su peso en un codo mientras su mirada recorría la escena con un brillo de orgullo posesivo. Se inclinó sobre Izuku, plantando un tierno pero húmedo beso en su mejilla sudorosa.
—Te lo dije, mi amor —habló Momo, con un tono suave que denotaba su estatus como la mujer principal de la casa—. Nadie puede resistirse a ti. Ahora este hogar está perfectamente equilibrado.
A una seña silenciosa de Momo, Mika y Kyoka se movieron de inmediato. Las dos sirvientas, completamente desnudas y con los cuerpos aún brillando por la excitación del ambiente, se acercaron de rodillas trayendo toallas húmedas y agua fresca. Con movimientos meticulosos y sumisos, Mika comenzó a limpiar con delicadeza el torso y los muslos de Izuku, mientras Kyoka, con las manos temblorosas pero eficientes, se encargaba de limpiar las piernas de Rumi, mostrando el máximo respeto ante la nueva posición de la heroína dentro de la jerarquía de la casa.
Izuku finalmente se incorporó, sentándose en la colchoneta. La energía en su cuerpo seguía vibrando de manera uniforme, una clara señal de que el Modo Control se había adaptado por completo a esta nueva estructura familiar. Miró a las cuatro mujeres que lo rodeaban, todas pendientes de su menor movimiento, listas para acatar cualquier orden o deseo en esa realidad que ahora le pertenecía por entero.
Izuku se puso en pie lentamente, sintiendo la firmeza en cada uno de sus músculos. La calidez que había comenzado con aquella sopa la noche anterior ahora se sentía como un núcleo de poder absoluto en su interior. Miró hacia abajo, donde Rumi yacía boca arriba en la colchoneta, con las piernas aún entreabiertas y el abdomen subiendo y bajando al ritmo de una respiración profunda y complacida. La imponente heroína Mirko lo miraba fijamente, con una devoción en los ojos que borraba cualquier rastro del lazo maternal convencional; ahora era completamente suya.
Momo se levantó también, acomodando su cabello con elegancia natural mientras se posicionaba justo al lado de Izuku, entrelazando su mano con la de él.
—El examen de la UA ya quedó atrás, mi amor —dijo Momo, recorriendo con la mirada el cuerpo sudoroso de Izuku antes de posarla en Mika y Kyoka, quienes seguían arrodilladas esperando órdenes—. Pero ahora que la casa está bajo tu completo control, debemos asegurarnos de que mantengas este nivel todos los días.
Mika, al notar la mirada de Momo, inclinó la cabeza hacia el suelo de concreto.
—Amo Izuku... si lo desea, podemos preparar un baño caliente para usted y las amas. El desayuno también estará listo en cuanto terminen —ofreció Mika con voz suave, demostrando la perfecta educación de esclava que la realidad alterada había grabado en ella.
Kyoka asintió tímidamente a su lado, manteniendo la vista fija en la entrepierna de Izuku, que aún goteaba sutilmente sobre el suelo del gimnasio.
Izuku exhaló un suspiro, sintiendo el peso de su propia autoridad. La UA lo esperaba en unas semanas, y el mundo exterior exigiría al héroe que se suponía que debía ser; pero dentro de esas cuatro paredes, las reglas las dictaba él.
—Preparen el baño —ordenó Izuku con una voz firme que hizo que un escalofrío de placer recorriera la espalda de las cuatro mujeres—. Mamá, Momo, vengan conmigo. Aún tenemos que terminar de planificar nuestra rutina antes de que comiencen las clases.
Rumi, escuchando la palabra "mamá" pronunciada con ese tono de amo absoluto, dejó escapar un jadeo ronco y se incorporó con las piernas todavía un poco temblorosas, lista para seguir a su hijo a dondequiera que él decidiera guiarla.
El grupo se dirigió al gran cuarto de baño de la casa, un espacio amplio con una tina de hidromasaje que Mika y Kyoka ya habían comenzado a llenar con agua caliente, inundando el ambiente con un denso vapor aromático.
Izuku entró primero, sumergiéndose en el agua que relajó de inmediato sus músculos tonificados. A los pocos segundos, Momo se deslizó a su lado con una gracia impecable, acomodando su cuerpo contra el del peliverde y dejando que sus grandes pechos flotaran ligeramente en la superficie, rozando el brazo de su novio.
—Esto es exactamente lo que necesitabas para mantener tu cuerpo en un estado perfecto, mi amor —susurró Momo, delineando el pecho de Izuku con la yema de sus dedos.
Rumi entró al baño poco después. Al ver a Izuku en el agua, sintió que sus orejas de conejo se agitaban. La timidez o la duda ya no tenían cabida en su mente; se metió al agua frente a él, abriendo las piernas para quedar en una posición que invitaba al contacto directo. El agua caliente acentuaba el brillo de su piel morena y musculosa.
—Cachorro... no dejes que el ritmo baje —dijo Rumi con una sonrisa ruda pero cargada de una sumisión absoluta—. Si vas a entrar a la UA, tienes que ser el más fuerte, y para eso necesitas que tu cuerpo esté acostumbrado a la máxima exigencia física... en todos los sentidos.
Mika y Kyoka se arrodillaron al borde de la tina. Con esponjas y jabones perfumados, comenzaron a tallar con movimientos suaves y devotos los hombros y la espalda de Izuku. Kyoka, con las mejillas encendidas por el vapor y la cercanía, no apartaba la vista de la silueta de su amo bajo el agua, mientras Mika se aseguraba de que cada detalle del servicio fuera impecable.
Izuku estiró las manos bajo el agua, sujetando con firmeza la cintura de Momo y uno de los muslos atléticos de Rumi. La energía en su interior volvió a encenderse, respondiendo a la devoción de las cuatro mujeres que ahora formaban el núcleo de su nueva y alterada realidad.
El calor del agua y el vapor perfumado crearon una atmósfera casi hipnótica dentro del baño. Al sentir las manos de Izuku bajo el agua, tanto Momo como Rumi dejaron escapar un jadeo suave, acomodándose aún más contra él. La complicidad entre la novia y la madre era total; el orden jerárquico de la casa se había sellado en el gimnasio y ahora solo quedaba disfrutar de la sumisión absoluta ante el peliverde.
—Mika, Kyoka... no se queden ahí solo mirando —ordenó Momo, con la voz entornada por el confort del agua—. Entren también. El amo Izuku tiene suficiente espacio para todas esta mañana.
Las dos sirvientas no dudaron ni un segundo. Dejando caer las esponjas, se deslizaron con timidez pero con total devoción dentro de la espaciosa tina. Kyoka se posicionó cerca de las piernas de Izuku, sumergiéndose por completo para comenzar a acariciar sus pantorrillas y muslos bajo el agua, mientras Mika se acomodó a su lado izquierdo, ofreciendo su maduro cuerpo para que el peliverde la abrazara si así lo deseaba.
Rumi, completamente desinhibida, avanzó un poco más a través del agua hasta quedar sentada directamente sobre el regazo de Izuku. El contacto directo de su intimidad contra el miembro del peliverde, que volvía a ganar firmeza rápidamente bajo el agua caliente, hizo que la heroína arqueara las orejas y cerrara los ojos con una expresión de puro deleite.
—Ah... de verdad eres insaciable, cachorro —susurró Rumi, rodeando el cuello de Izuku con sus brazos musculosos y apoyando su frente contra la de él—. Me encanta que seas así de dominante... haz lo que quieras con nosotras.
Izuku, sintiendo el cuerpo de su madre sobre él, el abrazo posesivo de Momo a su derecha, y la atención sumisa de Mika y Kyoka a su alrededor, sonrió con total seguridad. Su mano libre bajó por la espalda de Rumi hasta sus firmes glúteos, apretándola contra sí mientras iniciaba un suave pero constante movimiento de vaivén bajo el agua, reanudando el juego de placer en un ciclo que parecía no tener fin dentro de los muros de su hogar.
El movimiento bajo el agua caliente se volvió más rítmico y demandante. Rumi se aferró con fuerza a los hombros de Izuku, dejando que sus poderosas piernas de conejo flotaran a los lados del torso del peliverde mientras él la elevaba y la dejaba caer suavemente, permitiendo que su miembro se deslizara con facilidad gracias a la combinación del agua y la intensa lubricación de la heroína.
—¡Ah... Izuku... m-más fuerte...! —gimió Rumi, echando la cabeza hacia atrás, dejando que las puntas de su cabello albino se empaparan en la tina—. Al diablo si eres mi hijo... eres el único que puede dominarme así...
Momo, al ver la entrega de Rumi, se inclinó hacia adelante y atrapó los labios de la heroína en un beso profundo y húmedo, uniendo a la madre y a la novia en el mismo torrente de lujuria que Izuku controlaba. Al mismo tiempo, las manos de Momo bajaron para acariciar el abdomen de Izuku, guiando sus caderas para que las estocadas bajo el agua fueran aún más profundas.
Debajo de la superficie, Kyoka continuaba usando sus manos y su boca para estimular la base del miembro de Izuku en cada ascenso, asegurando que el peliverde mantuviera una erección de piedra. Mika, por su parte, se encargaba de masajear la espalda y los hombros de su amo, aliviando cualquier tensión superficial y permitiéndole concentrarse por completo en el placer de someter a las mujeres de la casa.
Izuku, completamente imbuido por su rol de macho dominante, sujetó a Rumi por los muslos con un agarre de hierro y aceleró el ritmo. Los chapoteos del agua contra los bordes de la tina de hidromasaje se mezclaron con los gemidos ecoicos en el baño privado. Cada embestida hacía que el cuerpo de la heroína número cinco se sacudiera por completo, perdiendo cualquier rastro de su habitual orgullo.
—¡Me vengo... otra vez, cachorro... me vengo contigo! —gritó Rumi, apretando sus paredes internas con una fuerza brutal justo cuando el clímax la alcanzaba.
Izuku no contuvo el empuje. Con un fuerte gruñido, se hundió por completo en ella y liberó una densa carga de semen que se mezcló con el agua caliente del jacuzzi. Rumi colapsó sobre su pecho, temblando violentamente, mientras Momo y las sirvientas se acurrucaban alrededor del peliverde, rindiéndole pleitesía al dueño absoluto de sus cuerpos y de su voluntad.
El calor del agua comenzó a disipar la turbulencia del momento, dejando solo un rastro de vapor espeso y el sonido pesado de las respiraciones entrecortadas. Rumi mantenía su rostro escondido en el cuello de Izuku, sintiendo cómo los latidos del peliverde golpeaban su pecho con una fuerza constante y calmada. La antigua heroína imbatible ahora se aferraba a él como si fuera su único ancla en el mundo, completamente desarmada y vacía de cualquier duda moral.
Momo rompió el beso con Rumi, separándose con una sonrisa perezosa pero llena de suficiencia. Sus ojos negros brillaban al ver el estado en el que había quedado la madre de su novio.
—Mírate, Rumi... Quién diría que la mujer más ruda de Japón terminaría tan dócil en los brazos de su propio hijo —susurró Momo, pasando una mano mojada por la espalda de la heroína, delineando sus músculos relajados.
Rumi no respondió con su usual agresividad; en su lugar, soltó un suspiro ronco y apretó más el agarre sobre los hombros de Izuku.
—Cállate, mocosa... Él tiene la culpa por ser tan jodidamente fuerte —alcanzó a decir en un hilo de voz, aunque el tono de sumisión en sus palabras era innegable.
Debajo del agua, Kyoka emergió a la superficie tomando una gran bocanada de aire, con las mejillas encendidas por el esfuerzo y el calor del jacuzzi. Mika la ayudó a incorporarse, y ambas sirvientas se acomodaron a los costados de la tina, manteniendo la mirada baja en señal de absoluto respeto hacia el peliverde. Sus cuerpos maduros y jóvenes, respectivamente, flotaban en el agua perfumada, listos para atender cualquier nuevo capricho de su amo.
Izuku relajó los brazos, permitiendo que Rumi se deslizara suavemente de su regazo para sentarse a su lado, aunque ella no tardó en reclinar su cabeza albina sobre el hombro de él. El peliverde miró a las cuatro mujeres que compartían el espacio con él. La UA y el examen de ingreso se sentían como recuerdos lejanos frente a la monarquía absoluta que había establecido dentro de los muros de su propio hogar.
—Mika, Kyoka —habló Izuku, con una voz calmada pero que arrastraba una autoridad natural—. Salgan y preparen las toallas. Ya es hora de salir del agua.
—Sí, amo Izuku —respondieron ambas al unísono, saliendo de la tina de inmediato con movimientos ágiles, dejando que el agua escurriera por sus siluetas desnudas mientras se apresuraban a cumplir la orden.
Momo se apegó al otro costado de Izuku, entrelazando sus dedos con los de él bajo el agua. La mañana apenas comenzaba, y aunque el mundo exterior seguía su curso, dentro de esa casa las reglas del juego habían cambiado para siempre bajo el mandato del peliverde.
Mika y Kyoka se movieron con rapidez por el suelo de azulejos, extendiendo las grandes y esponjosas toallas para recibir a sus amos. El vapor del baño comenzó a dispersarse lentamente hacia el extractor, dejando ver con total claridad las siluetas de las tres mujeres que compartían la tina con el peliverde.
Izuku se levantó primero, rompiendo la superficie del agua. Su cuerpo, cubierto por una fina capa de sudor y gotas de agua, lucía imponente bajo la luz del baño. Mika se acercó de inmediato con una toalla, arrodillándose brevemente antes de comenzar a secar sus piernas y torso con movimientos suaves y rítmicos, manteniendo la vista baja en señal de devoción.
Momo salió justo detrás de él, estirando sus brazos con la elegancia de quien sabe que posee el control absoluto de la situación. Kyoka se apresuró a atenderla, envolviendo su cuerpo maduro y curvilíneo mientras Momo miraba de reojo a Rumi, quien aún permanecía sentada en el agua, asimilando el peso de la mañana.
—Vamos, Rumi. El amo ya dio una orden —comentó Momo con una sonrisa ligera, usando un tono que mezclaba la complicidad con la sutil autoridad que ahora manejaba en la casa—. No querrás hacer esperar el desayuno de tu hijo.
Al escuchar la palabra "hijo" combinada con el contexto de lo que acababa de ocurrir, un sutil escalofrío recorrió la espalda de la heroína conejo. Sin embargo, la culpa ya no tenía fuerza para emerger; el magnetismo y la dominación biológica de Izuku habían reescrito sus prioridades. Rumi se puso en pie, dejando que el agua escurriera por sus poderosos muslos y glúteos tatuados por el esfuerzo del entrenamiento.
Kyoka, tras terminar con Momo, corrió a ofrecerle una toalla a Rumi. La heroína la tomó y se secó con brusquedad, intentando recuperar un poco de su habitual energía ruda, aunque sus ojos seguían fijos en la espalda de Izuku mientras Mika le colocaba una bata limpia.
—El circuito de mañana va a ser el doble de largo, cachorro... —dijo Rumi con una voz que intentaba sonar amenazante, pero que arrastraba un tono ronco y sumiso que la delataba por completo—. Tienes que mantener esa resistencia si vas a gobernar esta casa de la misma forma en la UA.
Izuku se giró, acomodándose la bata que Mika le había amarrado a la cintura. Miró a su madre, luego a Momo, y finalmente a las dos sirvientas que permanecían de pie con la mirada baja, desnudas y dispuestas.
—El desayuno estará listo en diez minutos —anunció Mika con una reverencia—. Prepararemos la mesa principal para el amo y las amas.
Con el orden firmemente establecido en el baño, el grupo comenzó a salir hacia los vestidores. La rutina diaria de la casa apenas comenzaba, pero bajo una estructura completamente nueva, donde las jerarquías familiares convencionales se habían disuelto para dar paso al mandato absoluto del peliverde.
El desayuno en el gran comedor de la casa se sirvió bajo una atmósfera de absoluta quietud, rota únicamente por el tintineo de los cubiertos de porcelana.
Izuku presidía la mesa, sentado en el extremo principal. A su derecha, Momo se acomodaba con la espalda erguida, vistiendo una bata de seda negra que contrastaba con su piel pálida. A la izquierda del peliverde, Rumi permanecía inusualmente callada, vestida con ropa limpia pero con el cabello albino aún húmedo. Sus orejas de conejo daban leves espasmos cada vez que Izuku movía un brazo o cambiaba de postura, delatando que su cuerpo seguía completamente alerta a la presencia de su hijo.
Mika y Kyoka se movían alrededor de la mesa con pasos felinos y silenciosos, vistiendo de nuevo sus uniformes de sirvientas perfectamente planchados. Servían porciones de arroz, pescado asado y sopa de miso directamente en los platos de sus amos.
—El té de esta mañana tiene un toque de jengibre y ginseng, amo Izuku —explicó Mika, inclinándose profundamente al dejar la taza humeante a su lado—. Es ideal para reponer las energías del entrenamiento... y de las actividades posteriores.
Momo tomó su taza con elegancia, dejando escapar una sonrisa de superioridad mientras miraba de reojo a la heroína profesional.
—Excelente trabajo, Mika. A nuestra querida heroína Mirko parece hacerle mucha falta esta mañana —comentó Momo, dando un sorbo lento—. Ha estado muy callada desde que salimos del gimnasio. ¿O es que todavía estás procesando la rutina de tu cachorro, Rumi?
Rumi apretó los palillos con fuerza, sintiendo cómo un súbito calor le recorría el cuello hasta las mejillas. Miró a Momo con fastidio, pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Izuku, la réplica que tenía pensada se desvaneció en su garganta. El fluido que aún sentía en su interior le recordaba con total claridad quién mandaba ahora en ese hogar.
—Solo... estoy concentrada en el menú, mocosa —gruñó Rumi en un tono bajo, desviando la vista hacia su plato—. Además, el entrenamiento de verdad empieza mañana. Izuku tiene que estar listo para la UA, y no voy a dejar que se debilite por culpa de tus distracciones.
Izuku dejó su taza sobre la mesa, provocando que tanto Rumi como las sirvientas se tensaran instintivamente, esperando sus palabras.
—No me voy a debilitar, mamá —respondió Izuku con una voz firme y madura que no admitía discusiones—. De hecho, me siento más fuerte que nunca. El orden en esta casa está claro, y todos vamos a cumplir con nuestra parte para mantenerlo así.
Kyoka, que en ese momento retiraba una de las bandejas vacías, sintió un escalofrío de excitación al escuchar la autoridad en la voz de su dueño y apretó los muslos bajo la falda de su uniforme.
Momo asintió, plenamente satisfecha con la respuesta de su novio, mientras Rumi soltaba un suspiro rendido, aceptando que la antigua estructura familiar de la casa se había quebrado definitivamente en favor del nuevo amo absoluto.
Terminado el desayuno, el ambiente en el comedor se volvió más relajado, aunque la tensión sumisa seguía flotando en el aire. Mika y Kyoka se apresuraron a retirar los platos con una sincronización perfecta, asegurándose de no hacer el menor ruido para no interrumpir el silencio del peliverde.
Momo se puso en pie con elegancia, acomodando la caída de su bata de seda, y caminó con paso lento hasta posicionarse detrás de la silla de Izuku. Deslizó sus manos por los hombros firmes de su novio, dándole un suave masaje antes de inclinarse para susurrarle al oído, aunque con el volumen suficiente para que Rumi la escuchara perfectamente.
—Ahora que tienes el control absoluto de esta casa, mi amor, deberíamos revisar los horarios de entrenamiento que Rumi planeó para ti. Queremos asegurarnos de que no te agote innecesariamente... al menos no fuera de la cama.
Rumi, al escuchar la sutil provocación, levantó la mirada de golpe. Sus orejas de conejo se crisparon y sus ojos rojos destilaron una mezcla de indignación profesional y una profunda e involuntaria sumisión que la hacía morderse el labio inferior.
—Escucha, mocosa... —comenzó Rumi, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus prominentes pechos se realzaran bajo su ropa limpia—. Mi entrenamiento está diseñado para crear al héroe número uno. Sé perfectamente cómo llevar el cuerpo del cachorro al límite sin romperlo.
—Oh, no lo dudo —replicó Momo con una sonrisa cargada de malicia, sin soltar los hombros de Izuku—. Ya vimos en el gimnasio lo bien que manejas los límites... y lo rápido que te adaptas a los deseos del amo.
El rostro de la heroína número cinco se encendió en un vivo rubor carmesí. Miró a Izuku, buscando de manera inconsciente que su hijo —y ahora dueño absoluto de su voluntad— pusiera las reglas del juego. Sentir el sutil goteo de la simiente del peliverde entre sus muslos era un recordatorio constante de que ya no tenía el estatus para mandar por encima de él.
Izuku, disfrutando del poder que ejercía sobre ambas mujeres, colocó una mano sobre la de Momo y miró fijamente a Rumi.
—El entrenamiento de mañana se hará exactamente como mi madre lo planeó —sentenció Izuku con una voz profunda que hizo que Rumi soltara un suspiro ahogado de alivio y devoción—. Pero por hoy, el resto del día me pertenece. Kyoka, Mika, terminen de limpiar la cocina y vayan a mi habitación. Necesito que preparen todo para la tarde.
—Sí, amo Izuku —respondieron ambas sirvientas al unísono, haciendo una profunda reverencia antes de retirarse a toda prisa, con el corazón latiéndoles con fuerza por la anticipación.
Momo sonrió, complacida con la firmeza de su novio, mientras Rumi se reclinaba en su silla, completamente entregada a la nueva rutina de un hogar donde el orden convencional había dejado de existir.
Izuku se puso en pie, deteniendo por un momento la marcha de las sirvientas con un simple gesto de la mano. Sacó su teléfono del bolsillo de la bata y revisó la pantalla, donde parpadeaba un mensaje que acababa de llegar.
—Antes de subir a la habitación, hay algo que debo atender —dijo Izuku, guardando el celular mientras miraba a Momo y a Rumi—. Katsuki me acaba de mandar un mensaje. Quiere saber los resultados oficiales de la UA y si ya tengo mi carta de ingreso.
Rumi, al escuchar el nombre, suavizó un poco su expresión rígida y asintió, con las orejas de conejo relajándose por completo. En esta realidad reescrita, la relación con los Bakugo siempre había sido estrecha. Como Rumi era la heroína Mirko y la mejor amiga de Mitsuki desde la juventud, ambos chicos habían crecido prácticamente juntos. Rumi no solo había entrenado a su "cachorro", sino que a menudo incluía al explosivo Katsuki en esas salvajes rutinas de ejercicio en el gimnasio desde que eran niños, logrando que ambos desarrollaran un respeto mutuo y una sana rivalidad como mejores amigos.
—Ese mocoso gritón... —comentó Rumi con una sonrisa de medio lado, rememorando los viejos tiempos—. Apuesto a que está impaciente por saber si vas a estar en su misma clase. Dale un saludo a Mitsuki de mi parte si la ves, dile que hace falta que vayamos por unos tragos pronto.
—Se lo diré, mamá —respondió Izuku con tono firme.
Momo, aunque un poco decepcionada por la interrupción de sus planes para la tarde, se acercó a Izuku y le acomodó el cuello de la ropa con delicadeza, dejando un casto beso en sus labios.
—No tardes demasiado, mi amor. Estaremos esperándote aquí para continuar con lo que ordenaste —susurró Momo con una mirada cargada de promesa.
—No tardaré. Mika, Kyoka, dejen todo listo en mi habitación para cuando regrese —instruyó el peliverde.
—Sí, amo Izuku —respondieron las dos sirvientas con una reverencia, mientras Izuku caminaba hacia el vestíbulo para cambiarse de ropa.
Pocos minutos después, Izuku salió a las calles de la ciudad. El aire de la tarde era fresco, y mientras caminaba hacia el punto de encuentro acordado con Bakugo (un parque cercano donde solían entrenar de niños), no pudo evitar reflexionar sobre cómo el Modo Control había entrelazado tan perfectamente el pasado y el presente. Katsuki no era el abusivo del mundo anterior; era su compañero de armas, forjado bajo el mismo régimen estricto de la heroína conejo.
Al llegar al parque, divisó la silueta de Katsuki apoyada contra una barandilla de metal, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y el ceño fruncido por la impaciencia, balanceando un pie mientras esperaba a su mejor amigo.
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Izuku con quirk bla bla bla Realidad bla bla bla / Izuku with quirk blah blah blah Reality blah blah blah
Updated on Jun 9, 2026
Created on Jun 9, 2026
by K45
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