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Chapter 2 by K45 K45

What's next?

Capitulo 2

Momo continuó desabrochando los botones restantes de su blusa con una lentitud calculada, dejando caer la prenda al suelo. Poco después, deslizó la falda de su uniforme por sus caderas, quedando ante Izuku únicamente en un conjunto de ropa interior de encaje negro, sumamente revelador y ceñido a sus curvas.

—Esto me lo pongo nada más por ti, mi amor... —susurró con la voz cargada de un deseo que ya no podía contener.

Con movimientos pausados y sensuales, Momo se despojó del brasier y luego de la tanga. Con una sonrisa coqueta, le aventó la pequeña prenda íntima directamente al rostro de Izuku. Él se la quitó rápidamente de la cara, y al fijar la vista al frente, se quedó completamente impresionado por la visión del cuerpo totalmente desnudo de su novia.

Su mirada se detuvo inevitablemente en sus grandes y firmes pechos, cuyos pezones estaban completamente rígidos. Al notar la fascinación en los ojos del peliverde, Momo soltó un leve jadeo de satisfacción.

—Hice todo lo posible para tenerlos así de grandes para ti... —explicó ella, acariciando sus propios senos—. Gracias a la genética, a masajes, ejercicios y una dieta estricta, logré moldear mi cuerpo para que fuera el regalo perfecto para mi único amor.

Bajando la mirada, Izuku observó la delicada silueta de su cintura y la suave curva de sus caderas, deteniéndose en su intimidad, la cual se encontraba visiblemente húmeda y brillante, reflejando el intenso estado de excitación en el que se encontraba. Momo se sentó en el borde de la cama y abrió ligeramente las piernas, exhibiéndose sin ninguna inhibición.

—Esto siempre ha sido y siempre será tuyo, Izuku —declaró, con los ojos encendidos.

Sin perder un segundo, Momo se arrastró hacia él sobre la cama. Con dedos hábiles y urgentes, desabrochó el pantalón de Izuku y lo deslizó hacia abajo junto con sus bóxers, dejando al aire su miembro completamente erecto. Al ver el tamaño y la firmeza de lo que tanto había anhelado durante todo el día, Momo dejó escapar un jadeo ronco, sintiendo una nueva oleada de calor entre sus piernas.

A los pies de la cama, Mika y Kyoka observaban la escena sin moverse, pero al ver el miembro de su amo al descubierto, ambas soltaron un jadeo ahogado de fascinación. Sus cuerpos, condicionados para la sumisión y el placer de su dueño, reaccionaron instantáneamente, deseando secretamente ser llamadas a participar.

Momo, sin embargo, reclamó su prioridad. Se inclinó hacia adelante, dejando que sus grandes pechos rozaran los muslos de Izuku, y envolvió el miembro del peliverde con sus labios, comenzando a darle una felación cálida y profunda para hacerlo disfrutar desde el primer instante.

Izuku soltó un suspiro ahogado, apretando las sábanas con ambas manos mientras la intensa y cálida estimulación de Momo lo hacía estremecer. La energía que había recuperado gracias a la sopa parecía concentrarse ahora en cada fibra de su ser, elevando sus sensaciones a un nivel completamente nuevo. Momo se movía con una devoción total, usando su boca y sus manos con una destreza impecable, mirándolo de reojo con esos ojos oscuros cargados de posesividad y lujuria.

El sonido de los jadeos en la habitación era espeso. Momo se separó por un instante, dejando un hilo de saliva plateado, y miró hacia atrás, donde Mika y Kyoka continuaban arrodilladas en el suelo, con las respiraciones agitadas y las miradas fijas en el miembro erecto de su dueño.

—Ustedes dos, muévanse —ordenó Momo con voz ronca, sin perder su tono dominante—. Vengan aquí y ayúdenme a prepararlo. El amo está listo, pero quiero que esté completamente desbordado antes de que entre en mí.

Mika y Kyoka obedecieron al instante. Con movimientos sumisos y rápidos, se acercaron a los costados de la cama. Mika, con la madurez y sensualidad de su cuerpo, comenzó a besar y acariciar el torso de Izuku, subiendo las manos por sus pectorales y dándole pequeños mordiscos en el cuello que lo hacían jadear. Al mismo tiempo, Kyoka, completamente encendida por la situación, se inclinó sobre los muslos de Izuku para unirse a Momo, lamiendo y estimulando la base del miembro con una timidez que rápidamente se transformó en pura necesidad.

Izuku sentía que la realidad misma daba vueltas. Estaba rodeado por los cuerpos ardientes de las tres mujeres, cada una entregada por completo a hacerlo gozar bajo las leyes absolutas que su propio quirk había dictado en el mundo. El aroma a sexo, la humedad de los besos y el roce constante de la piel lo estaban llevando rápidamente al límite.

Momo, al ver que Izuku ya no podía contener la intensidad del placer, se posicionó sobre él. Se abrió de piernas por completo, alineando su intimidad empapada con la punta de su miembro.

—Mírame, Izuku... —susurró Momo, tomándolo del rostro mientras sus pezones rígidos rozaban el pecho del peliverde—. Mira cómo tu novia se entrega por completo a ti. Hazme tuya ahora mismo.

Con un movimiento lento y firme, Momo comenzó a bajarse, guiando el grueso miembro de Izuku directamente hacia el interior de su estrecha y ardiente vagina, soltando un gemido desgarrador de puro placer que resonó en las cuatro paredes de la habitación.

Momo descendió por completo, uniendo sus cuerpos en una embestida que hizo que ambos soltaran un jadeo unísono. La estrechez y el calor de su interior envolvieron a Izuku de inmediato, mientras ella comenzaba a moverse arriba y abajo con un ritmo frenético y posesivo, balanceando sus grandes pechos sobre el torso del peliverde. Cada impacto en la cama resonaba húmedo y pesado, llenando el aire con una intensa fragancia a deseo.

—¡Ah... Izuku... eres mío... siempre lo has sido! —gemía Momo, apretando los hombros de su novio con fuerza mientras sus caderas se movían sin detenerse.

A los lados, Mika y Kyoka no se quedaron atrás. Al ver a su amo entregado al placer, continuaron estimulándolo. Mika se inclinó para besar los labios de Izuku cada vez que Momo se elevaba, compartiendo el aliento caliente, mientras que Kyoka usaba sus manos y su boca para acariciar sus testículos y la base de su miembro, acelerando las sensaciones del peliverde hasta el límite absoluto.

Después de unos minutos de un ritmo salvaje que llevó a Momo al borde de un segundo orgasmo, ella se apartó jadeando, exhausta pero insatisfecha, dándole espacio a las sirvientas.

—Ahora ustedes... —ordenó Momo, con la voz rota—. Sirvan a su amo.

Mika se posicionó de inmediato sobre Izuku. Su cuerpo maduro y experimentado se deslizó sobre el miembro erecto con una facilidad asombrosa, soltando un gemido ronco mientras subía y bajaba con fuerza, buscando complacer cada instinto de su dueño. Izuku la tomó de las caderas, guiando el compás mientras la sumisión de la mujer se transformaba en puros espasmos de placer. Al terminar su turno, Mika se hizo a un lado y Kyoka tomó su lugar, visiblemente nerviosa pero ansiosa. Cuando el miembro de Izuku la penetró, la joven esclava soltó un grito agudo de satisfacción, moviéndose con torpeza pero con una devoción total que hizo que Izuku sintiera la intensidad de su control sobre ellas.

Mientras tanto, en el pasillo, el silencio de la noche se vio interrumpido.

**Rumi** había terminado su intensa sesión de entrenamiento en el piso inferior. Limpiándose el sudor de la frente con una toalla, caminaba tranquilamente hacia su habitación con la intención de tomar una ducha fría. Sin embargo, al pasar frente a la puerta del cuarto de Izuku, los sonidos la detuvieron en seco.

Los gemidos agudos de Kyoka, las órdenes roncas de Momo y el eco constante de los cuerpos chocando contra el colchón traspasaban la madera de la puerta.

Rumi se quedó congelada. Su respiración comenzó a acelerarse y un calor repentino y ajeno a su entrenamiento físico comenzó a concentrarse en su vientre. Sus orejas de conejo se movieron involuntariamente, captando cada detalle del orgasmo que se vivía al otro lado. Sin poder evitarlo, deslizó una de sus manos musculosas por debajo de su short deportivo, encontrando su intimidad completamente empapada.

—Dios... ¿qué me pasa...? —susurró para sí misma, apoyando la espalda contra la pared del pasillo mientras sus dedos comenzaban a frotarse con urgencia y ritmo.

La imagen de Izuku, su "cachorro", dominando a las tres mujeres en la habitación inundó su mente, desatando una oleada de lujuria salvaje que nunca antes había experimentado. Sus pezones se endurecieron dolorosamente bajo la ropa. Sin embargo, en medio de la intensa fricción y de los gemidos mudos que intentaba morder para no ser descubierta, un violento conflicto mental la golpeó.

*Es mi hijo...* pensó, con la mente nublada por el placer pero rota por la culpa. *Yo lo crié, yo lo alimenté... ¿Cómo puedo estar aquí afuera, masturbándome con el sonido de su voz? ¿Cómo puedo desear que sea él quien esté dentro de mí?*

A pesar del profundo dilema moral y del asco que sentía hacia sus propios pensamientos prohibidos, su cuerpo, alterado inconscientemente por las réplicas del quirk de Izuku, se negaba a detenerse. Rumi continuó frotándose contra la pared, atrapada entre el rol de la madre protectora que siempre había sido y el oscuro deseo carnal que la empujaba a querer cruzar una línea sin retorno.

Dentro de la habitación, el ritmo no hacía más que intensificarse. Izuku, completamente imbuido por la energía de la cena, arremetía ahora contra Kyoka con una fuerza que hacía crujir las maderas de la cama. La joven sirvienta se aferraba a las sábanas con los ojos en blanco, gimiendo el nombre de su amo en cada embestida, mientras Mika le acariciaba la espalda para calmar sus espasmos y Momo, sentada a un lado, se masturbaba observando la escena, con una sonrisa de absoluta posesión.

—¡Sí, Izuku... dales lo que quieren, muéstrales quién manda aquí! —incitaba Momo con voz ronca, sintiendo cómo su propio clítoris palpitaba con fuerza.

Afuera, en la penumbra del pasillo, el conflicto de Rumi alcanzaba un punto crítico. Apoyada firmemente contra la pared, sus dedos se movían con una velocidad salvaje, casi violenta, espoleados por los gritos húmedos que no dejaban de filtrarse por las rendijas de la puerta. Su respiración era un silbido entrecortado, un jadeo constante que intentaba ahogar presionando su propio brazo contra su boca.

*No puedo... esto está mal... soy su madre...*, se repetía a sí misma en un bucle mental tortuoso.

Pero cada vez que intentaba detenerse, el eco de un gemido de Izuku rebotaba en sus oídos, provocando una descarga eléctrica que le recorría la espina dorsal directo a su intimidad. Su cuerpo atlético y fuerte, diseñado para el combate, se sentía completamente **** ante la química que la consumía. La costura de la realidad flaqueaba en su cabeza: por un lado, sentía el peso biológico y el instinto protector de haberlo criado; por el otro, una atracción animal, una devoción carnal que la empujaba a querer tirar la puerta abajo y reclamar su lugar como la hembra dominante de esa casa.

Un espasmo violento recorrió las piernas de Rumi. Sintió que el orgasmo estaba a solo unas pocas fricciones de distancia. Con los ojos apretados y las lágrimas de la frustración moral mezclándose con el sudor de su piel, hundió dos dedos con fuerza, imaginando por un segundo que los bordes de la madera de la puerta desaparecían y que era Izuku quien la sujetaba contra la pared con esa misma fuerza que ahora escuchaba.

—Ah... d-diablos... Izuku... —consiguió susurrar en un hilo de voz, mordiéndose el labio hasta casi sacarse sangre mientras su cuerpo se arqueaba, atrapada por completo en la red de deseos oscuros que el quirk de su hijo había sembrado en el hogar.

El clímax en el pasillo la golpeó con la fuerza de un camión. Rumi arqueó la espalda contra la pared, con los músculos de sus muslos y abdomen tensándose al máximo mientras una intensa descarga de placer la hacía temblar de pies a cabeza. Tuvo que morderse la muñeca con fuerza para que el gemido no resonara por todo el pasillo y delatara su posición. Su intimidad espasmaba alrededor de sus dedos, empapándolos por completo con su propia esencia.

Cuando la oleada de placer comenzó a disiparse, dejándola con la respiración rota y el corazón latiéndole en la garganta, la cruda realidad de lo que acababa de hacer cayó sobre ella como un balde de agua fría.

Miró sus dedos húmedos y luego la puerta de la habitación de Izuku, de donde todavía se escuchaban los jadeos exhaustos y los roces de las sábanas de las tres mujeres con su hijo. Un sentimiento de profunda culpa y confusión la invadió. Se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo del pasillo, escondiendo el rostro entre las rodillas.

*¿Qué demonios me pasa?*, se preguntó en un grito mental lleno de frustración. *Soy su madre. Yo lo cuidé, yo lo entrené... No puedo estar pensando en mi propio cachorro de esta manera. Esto es una locura.*

Pero mientras intentaba obligar a su mente a regresar a la normalidad, los instintos de su cuerpo reescrito seguían vibrando. El "Modo Aleatorio" del pasado la había convertido en su madre ante los ojos del mundo, pero la atracción carnal y la devoción que el aura de Izuku generaba en las mujeres a su alrededor eran una fuerza biológica casi imposible de frenar, abriendo una grieta insostenible entre su moral y sus deseos más oscuros.

Dentro del cuarto, la tormenta de pasión comenzaba a amainar. Izuku se dejó caer hacia atrás en la cama, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, completamente vaciado de energía tras haber tomado a las tres mujeres.

Momo se recostó de inmediato a su lado, abrazándolo posesivamente y escondiendo su rostro en el pecho del peliverde, mientras Mika y Kyoka, con los cuerpos sudorosos y las miradas perdidas de pura satisfacción, se acurrucaban a los pies de la cama, manteniendo su lugar como las esclavas devotas que siempre habían sido.

Afuera, Rumi se puso en pie con las piernas todavía temblorosas. Limpiándose con rapidez, caminó a paso rápido y silencioso hacia su propia habitación, cerrando la puerta tras de sí. Se metió directamente a la ducha, dejando que el agua fría golpeara su cuerpo en un intento desesperado por borrar el calor de su piel y la culpa de su mente, sabiendo que a partir de mañana, mirar a Izuku a los ojos a la hora del entrenamiento ya nunca volvería a ser lo mismo.

Al día siguiente, los primeros rayos del sol se colaron por la ventana de la habitación de Izuku. El aire aún se sentía cargado con el olor dulce y denso de la noche anterior. El peliverde abrió los ojos, sintiendo el peso reconfortante de los cuerpos a su alrededor.

**Momo** dormía plácidamente abrazada a su torso, con una expresión de absoluta paz y una mano puesta sobre su pecho, como asegurándose de que no se fuera a ningún lado. A los pies de la cama, **Mika** y **Kyoka** descansaban acurrucadas la una con la otra, con las sábanas cubriendo apenas sus figuras desnudas. Sus rostros, incluso en el sueño, reflejaban la calma de haber cumplido con su propósito de esclavas.

Izuku se deslizó con cuidado para no despertarlas. Al ponerse de pie, notó con sorpresa que su cuerpo no sentía ni un rastro de fatiga; la extraña sopa de la noche anterior y el desahogo físico lo habían dejado en un estado óptimo, desbordante de energía.

Se vistió con su ropa deportiva y salió de la habitación en absoluto silencio. Sabía que Rumi no perdonaba el entrenamiento matutino, y después de los eventos del examen, el ingreso a la UA era inminente.

Al bajar las escaleras, el ambiente en la casa se sentía inusualmente callado. Izuku caminó hacia la cocina y encontró a **Rumi** de espaldas, apoyada contra la barra mientras esperaba que hirviera el agua para el té. Llevaba su habitual ropa de gimnasio, pero su postura no era la erguida y desafiante de siempre; sus hombros estaban caídos y mantenía la mirada fija en un punto inexistente.

—¿Mamá? —llamó Izuku suavemente, entrando al lugar.

Al escuchar su voz, Rumi dio un sutil respingo. Se giró rápidamente, y por una fracción de segundo, Izuku pudo ver un destello de pura estupefacción y nerviosismo en sus ojos de conejo, algo completamente ajeno a la indomable heroína. Un leve pero visible rubor cruzó sus mejillas antes de que lograra forzar su típica sonrisa ruda.

—¡V-Vaya, cachorro! Te levantaste temprano —dijo Rumi, pero su voz sonó un poco más aguda de lo normal. Cruzó los brazos sobre su imponente pecho, intentando recuperar el control—. Pensé que te quedarías atrapado en la cama con tu... con tu club de fans de allá arriba.

Izuku arqueó una ceja, notando la extraña tensión en el aire.

—Me siento genial, de verdad. La cena de ayer me sentó muy bien. ¿Estás lista para el entrenamiento?

La palabra "cena" y la mención de la noche anterior hicieron que la mente de Rumi viajara directamente al pasillo, reviviendo el sonido de los jadeos de su hijo, la fricción de su propia mano y el orgasmo culposo que la había dejado despierta la mitad de la noche. Sus pezones se tensaron instintivamente bajo la tela de su top, y sintió una punzada de calor que la hizo apretar los dientes.

*Maldición, mírale la cara... es mi hijo, dejen de pensar en eso*, se regañó a sí misma internamente, sintiendo que el asco por su propia debilidad moral la carcomía. Sin embargo, al mirar el cuerpo de Izuku, ahora más firme y seguro tras las reescrituras de la realidad, una parte animal en su cerebro reescrito seguía gritando que él era el macho dominante al que debía someterse.

—S-Sí, claro... el entrenamiento —titubeó Rumi, aclarándose la garganta y apartando la mirada hacia la ventana—. De hecho... hoy vamos a cambiar la rutina. No haremos combate cuerpo a cuerpo. Solo... solo sal a correr. Unos veinte kilómetros para empezar. Yo te alcanzo luego, tengo cosas que limpiar aquí.

Izuku la observó con curiosidad. Rumi nunca evitaba el combate cuerpo a cuerpo; de hecho, adoraba usarlo como excusa para derribarlo y poner a prueba su resistencia.

—¿Segura que estás bien, mamá? Te noto un poco... distante —preguntó Izuku, dando un paso hacia ella con genuina preocupación.

Al verlo acercarse, el corazón de Rumi comenzó a latir con fuerza en sus oídos. La culpa y el deseo prohibido se mezclaron en su pecho, creando una barrera invisible que la hacía querer huir por primera vez en su vida.

—¡Que estoy bien, te digo! —exclamó Rumi, dando un paso hacia atrás de forma casi instintiva. Al darse cuenta de que había reaccionado de manera exagerada, soltó un bufido, pasándose una mano por el cabello albino—. Es solo... el cansancio acumulado, cachorro. No duor... no dormí bien por el ruido que hacían allá arriba. Es todo.

Izuku se detuvo, asimilando sus palabras. El recuerdo de los gemidos salvajes de la noche anterior cruzó por su mente y, por primera vez en toda la mañana, un ligero rubor pintó sus propias mejillas.

—Ah... lo siento por eso, mamá. No creí que se escuchara tanto —admitió él, rascándose la nuca con timidez, volviendo a actuar como el chico reservado de siempre.

Para Rumi, ver esa faceta inocente en el mismo chico que horas antes había tomado a tres mujeres con una autoridad absoluta fue un golpe directo a su psique. Su intimidad, todavía sensible por la intensa sesión culposa en el pasillo, palpitó levemente bajo sus shorts. El conflicto en su cabeza era una tortura: la madre protectora quería castigarlo por desvelarse antes de entrar a la UA, pero la mujer reescrita en su interior solo podía imaginar lo que se sentiría ser sometida por esa misma energía.

—S-Solo... muévete y vete a correr —ordenó Rumi, dándole la espalda para ocultar cómo se le aceleraba la respiración mientras tomaba la tetera con dedos temblorosos—. No quiero verte aquí hasta que hayas completado el circuito. ¡Largo!

—Está bien, nos vemos en un rato —respondió Izuku, girándose para salir por la puerta trasera hacia el patio y empezar su ruta.

Rumi esperó a escuchar el sonido de la puerta cerrarse. En cuanto se quedó completamente sola en la cocina, soltó la tetera, apoyó ambas manos en la barra y dejó caer la cabeza, soltando un gemido de pura frustración. Sus piernas temblaban ligeramente.

—¿Qué carajos me está pasando...? Esto es una maldita locura, es mi hijo... —susurró para sí misma, con los ojos apretados.

Mientras tanto, en la planta alta, las sábanas de la habitación principal comenzaron a moverse. **Momo** abrió los ojos, estirándose con la gracia de un felino satisfecho. Al notar el lado de la cama vacío, sonrió con suficiencia, sabiendo que su novio ya estaba en pie. Miró de reojo a **Mika** y **Kyoka**, quienes ya se estaban levantando de la alfombra con la mirada baja, listas para comenzar su jornada de servicio.

—Buenos días, ama Momo —dijo Mika con una reverencia, mostrando su silueta madura sin pudor alguno.

—Preparen la ropa del amo y bajen a ayudar con el desayuno —ordenó Momo, levantándose de la cama por completo desnuda, con los pezones aún sensibles por la fricción de la noche—. Quiero ver qué cara tiene mi futura suegra esta mañana. Presiento que no pasó una buena noche.

Mika y Kyoka asintieron al unísono, vistiéndose a toda prisa con sus uniformes de sirvientas antes de comenzar a tender la cama y ordenar la habitación con una eficiencia impecable. Momo, por su parte, se dio una ducha rápida y se vistió con ropa cómoda para andar por casa. Una sonrisa calculadora se dibujaba en sus labios mientras recordaba la intensidad de la noche anterior y el plan que había ejecutado a la perfección en la cocina.

Al bajar las escaleras, Momo se topó con una atmósfera densa en la planta baja. Rumi estaba sentada en la mesa del comedor, con una taza de té humeante entre las manos, pero su mirada estaba completamente perdida en la pared. No se había movido de su sitio desde que Izuku se había marchado a correr.

—Buenos días, señora Rumi —saludó Momo con una cortesía impecable, adoptando de inmediato su fachada de nuera perfecta.

Rumi dio un sutil respingo y apretó la taza con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Se obligó a mirar a Momo, intentando mantener su habitual postura de heroína imbatible, pero el recuerdo de los sonidos que había escuchado desde el pasillo la hizo flaquear. Sus orejas de conejo se agitaron levemente y un calor involuntario volvió a encenderse en su vientre.

—Buenos días, Momo... —respondió Rumi con la voz un poco ronca, aclarándose la garganta de inmediato—. Veo que ya estás despierta. Tu... el cachorro ya salió a entrenar. Le ordené correr veinte kilómetros para que despejara la cabeza.

Momo se sentó elegantemente en la silla frente a ella, apoyando los codos en la mesa y entrelazando sus dedos, sosteniendo la mirada de Rumi con una fijeza que rozaba la audacia.

—Me parece excelente. Izuku es un chico muy fuerte y dedicado, pero a veces gasta demasiada energía... en muchas cosas —comentó Momo, dejando caer la frase con una doble intención que hizo que el pulso de Rumi se acelerara—. Debería agradecerle de nuevo por la cena de ayer. Realmente surtió efecto. Nos dejó a todas... completamente exhaustas.

Las palabras de Momo cayeron como un mazo en la cabeza de Rumi. La imagen mental de su propio clímax culposo contra la pared del pasillo regresó con una violencia brutal. Sentía la ropa interior pegándose a su piel debido a la repentina humedad que volvía a surgir entre sus piernas, provocada por la mera mención de lo ocurrido. Sus pezones se marcaron con rigidez bajo su top deportivo.

*Esta maldita mocosa lo sabe... o lo sospecha*, pensó Rumi, sintiendo una mezcla de pánico y una extraña excitación que la horrorizaba. *Soy su madre, maldita sea. No debería estar compitiendo ni sintiéndome intimidada por la novia de mi hijo*.

—Sí... bueno, el ejercicio le hará bien para procesar todo —logró decir Rumi, desviando la mirada hacia la ventana para evitar que Momo notara el intenso rubor que le cubría el rostro.

Mika y Kyoka entraron al comedor en ese momento, cargando bandejas con fruta fresca y tazas limpias. Se movían en absoluto silencio, pero al pasar cerca de Rumi, el agudo instinto y el olfato mejorado de la heroína conejo captaron un sutil rastro del aroma de la noche anterior en la piel de las sirvientas, mezclado con el olor de su propio hijo.

Rumi cruzó las piernas con fuerza debajo de la mesa, apretando los muslos en un intento desesperado por contener el latido constante de su propia intimidad, atrapada en un laberinto de culpa, deseo y una realidad alterada que se negaba a darle tregua.

Momo no se perdió el más mínimo detalle de la reacción de Rumi. Notó el sutil movimiento en el que cruzó las piernas, la tensión en sus hombros y la rigidez de sus pezones bajo la tela del top deportivo. Una chispa de triunfo malicioso brilló en los ojos de la joven; sus sospechas se confirmaban por completo. La imponente heroína Mirko, la madre de Izuku en esta realidad, estaba cayendo bajo el mismo efecto del magnetismo de su hijo.

—Mika, Kyoka, sírvanle más té a la señora Rumi —ordenó Momo con un tono suave, pero cargado de autoridad—. Necesita estar bien hidratada. El calor de la casa parece estar afectándola esta mañana.

—Sí, ama Momo —respondió Mika, acercándose a la heroína con la tetera.

Al inclinarse, el rastro del aroma de Izuku volvió a golpear los agudos sentidos de Rumi. La heroína sintió que el corazón le daba un vuelco. Ver la sumisión de estas mujeres y recordar que compartían el cuerpo de su hijo la hacía desear, en un rincón oscuro de su mente, tomar el lugar de ellas. La culpa la carcomía, pero la tensión acumulada entre sus piernas era insoportable.

—No... déjenlo así —interrumpió Rumi, levantándose de golpe de la mesa. La silla chilló contra el suelo—. Tengo que... ir a revisar unas cosas en el gimnasio personal. Desayunen ustedes.

Sin esperar respuesta, Rumi caminó a paso rápido hacia el pasillo que conducía al área de entrenamiento del fondo. Cada paso que daba acentuaba la fricción en su intimidad, recordándole el orgasmo de la noche anterior. En cuanto cruzó la puerta del gimnasio y la cerró con pestillo, se apoyó contra la madera, respirando de manera entrecortada.

—Maldita sea... —gruñó, golpeando levemente la pared con el puño—. Soy su madre... se supone que debo protegerlo, no desearlo de esta manera.

Mientras tanto, en el comedor, Momo soltó una risita contenida, sumamente complacida con el poder que ejercía en esa casa. Miró a Kyoka y a Mika, quienes permanecían de pie esperando nuevas instrucciones.

—Parece que la señora Rumi tiene un serio conflicto interno —comentó Momo, tomando un trozo de fruta con elegancia—. Pero la realidad es la que es. Tarde o temprano, todos en esta casa terminarán rindiéndose ante Izuku. Vayan preparando todo para cuando regrese de correr. Quiero que lo reciban como se debe.

Afuera, ajeno a la creciente tensión psicológica que se desarrollaba entre su novia y su madre, Izuku continuaba devorando los kilómetros de su ruta. El aire fresco golpeaba su rostro y la energía en su cuerpo seguía al máximo, listo para regresar al hogar donde las reglas del mundo convencional se habían desvanecido por completo.

El sudor corría por la frente de Izuku mientras devoraba los últimos kilómetros del circuito. Su cuerpo, potenciado por la misteriosa esencia de la cena y el descanso, se movía con una rapidez y agilidad pasmadas. Sentía cada músculo de sus piernas responder con una potencia salvaje, la misma que en esa realidad compartía biológicamente con su madre conejo. Al divisar la entrada de la casa, aceleró el paso, deteniendo el cronómetro justo en la puerta trasera. Había pulverizado el tiempo récord que Rumi le había impuesto.

—Uff... veinte kilómetros y casi ni estoy cansado —jadeó Izuku, limpiándose el sudor del cuello con la playera, dejando al descubierto su abdomen marcado.

Al entrar a la casa, el silencio aparente fue roto de inmediato por el sonido rítmico y pesado proveniente del gimnasio del fondo. Rumi estaba golpeando el saco de boxeo con una violencia descomunal. Cada impacto resonaba como una pequeña explosión en las paredes.

Izuku, intrigado por la intensidad del entrenamiento de su madre, caminó hacia el gimnasio y abrió la puerta.

La escena lo detuvo en seco. Rumi estaba empapada en sudor, con el cabello albino alborotado y las orejas de conejo caídas hacia atrás. Lanzaba ganchos y patadas directas al saco con una furia ciega, pero sus movimientos delataban algo más: su respiración era un jadeo constante, sus ojos estaban inyectados en una mezcla de rabia y lujuria, y el short deportivo se le pegaba de forma comprometedora a su intimidad, que no había dejado de humedecerse desde su encuentro con Momo en el comedor.

—¿Mamá? —preguntó Izuku, dando un paso al frente—. Ya regresé. Terminé los veinte kilómetros.

Al escuchar su voz, Rumi falló la patada y el saco regresó con fuerza, golpeándola en el hombro y haciéndola tambalear. Se giró jadeando, con el pecho subiendo y bajando de forma violenta. Al ver a Izuku parado en la entrada, sudoroso, con la playera entreabierta y emanando esa vitalidad desbordante, el muro moral de Rumi terminó de agrietarse.

Sus ojos bajaron instintivamente a la entrepierna del peliverde, recordando con lujo de detalle el tamaño y la firmeza de lo que había escuchado la noche anterior. Sus pezones se marcaron como piedras contra el top húmedo. El conflicto entre ser la madre que lo crio y la hembra que deseaba ser poseída por el macho más fuerte de la casa alcanzó su punto de no retorno.

—T-Te tomó... bastante tiempo, cachorro —consiguió decir Rumi, con una voz ronca que no parecía la suya. Dio un paso hacia él, olvidándose por completo de los guantes de boxeo—. Ven aquí... déjame ver si de verdad entrenaste duro o solo estuviste flojeando.

Momo, que observaba desde la penumbra del pasillo junto a Mika y Kyoka, sonrió con malicia al ver que la imponente heroína finalmente estaba a punto de quebrarse ante la presencia de su hijo.

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