¿que esta haciendo Astrea mientras tanto?

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Chapter 12 by Locoloco Locoloco

En el Jardín de las Estrellas, la mansión que una vez fue el baluarte de la pureza y la justicia en Orario, la atmósfera se había vuelto densa, cargada de un erotismo oscuro y un aroma a pecado. El sol de la tarde se filtraba por las ventanas, pero dentro de la habitación privada de la diosa, la luz era tenue, rota solo por el resplandor púrpura y carmesí que emanaba de los cuerpos transformados.

Astrea y Rosse, ambas despojadas de sus máscaras humanas, se entregaban al deseo en un encuentro frenético y voraz. Ya no eran la diosa y la recepcionista; eran dos súcubos unidas por la misma sumisión hacia Asmodeus, compartiendo la misma hambre insaciable.

El encuentro era una danza de piel roja y bronceada, de garras negras y rojas que dejaban surcos de placer sobre la carne. Astrea, con sus alas de murciélago envolviendo a Rosse en un abrazo asfixiante, se movía con una urgencia maníaca. Sus labios se encontraban en besos que sabían a corrupción y lujuria, mientras sus lenguas se entrelazaban en una lucha por el dominio que ninguna de las dos quería ganar.

Rosse ronroneaba, la naturaleza salvaje de la mujer lobo potenciada por la corrupción. Sus garras se clavaban en los muslos de la diosa, mientras Astrea utilizaba su cola para envolver la cintura de Rosse, tirándola hacia sí con una fuerza bruta. El sexo lésbico entre ellas no era un acto de amor, sino una celebración de su nueva naturaleza monstruosa; era la fricción de dos seres que habían abandonado la moralidad para abrazar el placer más puro y depravado.

Astrea gemía, su voz ahora un ronroneo vibrante que llenaba la habitación. Sus manos recorrían el cuerpo de Rosse, explorando cada rincón de su piel bronceada, mientras sus pechos se aplastaban el uno contra el otro en un ritmo frenético. El placer era una marea que las ahogaba, un incendio que consumía cualquier rastro de la antigua justicia. Cada roce, cada gemido, era una ofrenda al amo que las había creado.

En medio de ese clímax ascendente, mientras Rosse arqueaba la espalda y soltaba un grito de éxtasis, Astrea sintió un chispazo. Un escalofrío eléctrico recorrió su columna vertebral.

Como diosa, Astrea tenía una conexión mística con sus seguidoras a través del Falna. Sin embargo, al convertirse en una Diosa demonio, esa conexión se había vuelto borrosa, como si una cortina de oscuridad se hubiera interpuesto entre ella y sus hijas. Pero en ese instante, mientras el placer la sacudía, la cortina se rasgó un poco.

Sintió algo. Diez hilos de energía, que antes eran brillantes y molestamente borrosos, ahora vibraban con una frecuencia diferente. Eran tintes de oscuridad, chispas de malicia.

—Ah... ¡Sí! —gritó Astrea, apretando a Rosse contra ella con una fuerza sobrenatural, sus ojos púrpuras brillando con una alegría maliciosa— Siento... siento que el cambio ha comenzado. Mis niñas... mis dulces hijas están despertando a la verdad.

Rosse, jadeando y con la piel empapada de sudor, se separó ligeramente para mirar a la diosa. Sus ojos brillaban con curiosidad —¿Qué sucede, mi señora? ¿Sientes algo?

Astrea sonrió, una sonrisa cruel que mostraba sus colmillos. Se deslizó sobre Rosse, lamiendo la clavícula de la mujer lobo con una lentitud tortuosa. —Siento la corrupción, Rosse. El barro de Asmodeus ha empezado a actuar. Puedo sentir cómo sus almas se manchan, cómo la justicia que tanto defendían se está empequeñeciendo en sus pechos. Ya no son las guerreras santurronas que creían ser. Están empezando a convertirse en monstruos... cuando vuelvan podrían ser súcubos como nosotras.

Rosse soltó una risa ronca, la satisfacción reflejada en su rostro. La idea de que en secreto la Familia Astrea dejara de ser el "estándar moral" de Orario para convertirse en la herramienta de placer y muerte de Asmodeus era la fantasía más exquisita que podía imaginar.

—Pronto el Jardín de las Estrellas dejará de ser un refugio de paz para convertirse en un nido de súcubos —susurró Rosse, volviendo a atraer a Astrea hacia un beso profundo y húmedo.

Mientras sus cuerpos se fundían nuevamente en un frenesí de caricias y gemidos, la mente de Rosse voló hacia el Gremio. Pensó en Misha, con su cabello rosa y su inocencia exasperante, y en Eina, con su rigidez y sus reglas. La idea de ver a esas dos mujeres romperse, de ver cómo el barro negro transformaba sus ojos y sus cuerpos, la hacía estremecer de deseo.

—Me encantaría... —gimió Rosse entre besos— Me encantaría convertir a Eina y a Misha en súcubos. Hacer que se arrodillen ante Asmodeus, que aprendan a servirlo como nosotras. Que el Gremio sea la fachada perfecta para los planes de nuestro amo.

Astrea, mientras alcanzaba un nuevo clímax junto a Rosse, soltó una carcajada oscura. —Tus deseos son fuertes, querida, pero recuerda... —Astrea mordió suavemente el labio de Rosse, recordándole su posición— Solo hay un soberano en este juego. Solo Asmodeus puede decidir quién es digno de recibir su semilla y quién debe ser transformado. Nosotros solo somos sus instrumentos.

Rosse asintió, sumisa y excitada. Aceptó que su deseo era secundario a la voluntad del monstruo. Mientras el sexo lésbico continuaba, la diosa y la asesora del Gremio se entregaron la una a la otra en un torbellino de placer, sabiendo que la red de corrupción se estaba cerrando.

En la superficie, la mansión parecía tranquila, pero en la penumbra de la habitación, la Diosa demonio y una loba celebraban el fin de la era de la justicia. La Familia Astrea ya no pertenecería al mundo de los hombres ni de los dioses; ahora pertenecería a la Mazmorra, y la expectación por el regreso de las chicas, transformadas y rotas, era el afrodisíaco más potente de todos.

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¿volvemos a la mazmorra?

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