¿Qué hará ahora con esa información?

primero veamos que hace Athena

Chapter 4 by Locoloco Locoloco

El templo de Atenea en la Acrópolis nunca había estado tan silencioso. El eco de sus propios jadeos resonaba entre las columnas de mármol, mezclándose con el aroma a incienso y el tenue resplandor de las lámparas de aceite. La diosa de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa yacía sobre su lecho de pieles, con la túnica deshecha y los muslos brillantes de humedad.

Sus dedos, esos mismos que habían guiado héroes y tejido tapices de guerra, se movían frenéticos sobre su clítoris. No podía dejar de pensar en él. En Hefesto. En sus manos callosas. En su mirada torva pero intensa cuando ella se probaba las nuevas armaduras.

—Por todos los dioses… —susurró Atenea, arqueando la espalda—. ¿Qué me estás haciendo, Hefesto?

Sus pechos, firmes y perfectos, se elevaban y caían al ritmo de su respiración entrecortada. Se mordió el labio inferior mientras un recuerdo se incrustaba en su mente como una lanza: el día del nacimiento de Erictonio. Hacía eones, cuando Hefesto la había perseguido, cuando su simiente había caído sobre la tierra y de ella había brotado el niño. Pero aquel día… aquel día ella había huido. Se había negado, aunque casi había cedido.

Ahora, mientras sus dedos se hundían en su propia carne húmeda, maldecía su juramento de virginidad.

—Debí haberte dejado hacerlo… —gimió, empujando sus caderas contra su propia mano— Debí haberme arrodillado y haberte suplicado que me tomaras contra el suelo de tu fragua.

Imaginó sus manos ásperas sujetándola por las caderas. Su miembro, caliente y duro como el metal que forjaba, abriéndola lentamente. Sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral mientras su mente pintaba la escena con detalles vívidos: él gruñendo su nombre, ella gimiendo el suyo, ambos envueltos en sudor y deseo.

—Oh, sí… —jadeó, acelerando el ritmo—. Quiero que me folles, Hefesto. Quiero sentir tu peso sobre mí. Quiero que me llenes…

Sus pensamientos se volvieron más salvajes. Lo imaginó arrodillado entre sus piernas, lamiendo su coño con esa lengua que pidió una esposa al dios Zeus. Sus dedos, manchados de hollín, penetrándola mientras ella se retorcía. Luego él, montándola por detrás, sujetándola por el cabello mientras ella apoyaba las manos en su mesa de estrategia, desparramando mapas y planes de batalla.

—Sí, sí, sí… —gimió más fuerte, sintiendo la presión acumularse en su vientre.

Sus dedos se movían como una lanza en la batalla: rápidos, precisos, implacables. El pulgar presionaba su clítoris mientras dos dedos entraban y salían de su vagina, empapados en su propio deseo. Imaginó la voz ronca de Hefesto susurrándole al oído: "Eres mía, diosa de la sabiduría. Siempre lo has sido."

—¡Hefesto! —gritó, y su grito se perdió entre las columnas.

El orgasmo la golpeó como una ola del mar de Poseidón. Su cuerpo se tensó, arqueándose en un arco perfecto mientras un torrente de placer la recorría de la cabeza a los pies. Su sexo se contrajo alrededor de sus propios dedos, expulsando un líquido caliente que empapó las pieles bajo ella.

Jadeó, temblando, mientras las últimas sacudidas del clímax se desvanecían lentamente. Pero en lugar de paz, sintió un vacío. Un anhelo insatisfecho.

—Maldito seas, Hefesto —susurró, sonriendo con lujuria— ¿Por que no me pediste como esposa a mi?

Se incorporó lentamente, con los muslos aún brillantes, y se ajustó la túnica. Pero en el fondo de sus ojos grises, como la niebla de la guerra, ardía una determinación nueva.

Esa noche, cuando el herrero cojeara hasta su fragua, ella lo esperaría. Y esta vez, no habría huida, que se joda su juramento, que se joda la puta de Afrodita que no pasa tiempo con su esposo, que se joda todo.

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¿Athena va a tener sexo con Hefesto?

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