¿Athena va a tener sexo con Hefesto?
claro que lo hara
La fragua de Hefesto ardía con un calor que no conocía el descanso. El fuego eterno rugía en el centro del taller, lanzando sombras danzantes sobre las paredes cubiertas de herramientas, moldes y armaduras a medio terminar. El aire olía a metal fundido, a carbón y a sudor. Hefesto estaba de espaldas a la entrada, inclinado sobre un yunque, martillando una pieza de bronce con golpes rítmicos que resonaban como un corazón gigante.
No la oyó entrar. O tal vez sí, pero no quiso darse la vuelta. Porque sabía que si la veía, si la miraba a los ojos, todo su autocontrol se haría añicos.
—Hefesto.
La voz de Atenea era un susurro de seda, pero atravesó el rugido del fuego como una flecha. El martillo se detuvo a mitad de golpe. El dios herrero cerró los ojos por un instante, sintiendo el calor de su propia forja mezclarse con otro calor, más peligroso, que se despertaba en su vientre.
—No deberías estar aquí, Atenea —dijo, sin volverse. Su voz era grave, ronca, como si hubiera estado tragando cenizas—. Es tarde. El templo es tu lugar.
—Mi lugar esta noche es aquí —respondió ella, y el sonido de sus sandalias sobre la piedra se acercaba, lento, deliberado—. He estado pensando en ti, herrero. Todo el día. No puedo dejar de hacerlo.
Hefesto giró por fin. El martillo cayó de su mano con un golpe sordo. Allí estaba ella, la diosa de la sabiduría, envuelta en una túnica de lino blanco que dejaba poco a la imaginación. La luz del fuego se filtraba a través de la tela, delineando la curva de sus caderas, la firmeza de sus pechos, el triángulo oscuro entre sus muslos. Su cabello, normalmente recogido en un moño severo, caía suelto sobre sus hombros como una cascada de noche.
—¿Qué es esto? —preguntó Hefesto, tragando saliva. Sus manos, manchadas de hollín, temblaban ligeramente—. ¿Una broma? ¿Otro de tus juegos de estrategia?
—No es un juego —dijo Atenea, y dio otro paso hacia él. El fuego crepitaba a sus espaldas, proyectando su sombra alargada sobre el suelo—. Es una rendición.
Hefesto rió, pero era una risa amarga.
—¿Tú? ¿Rendirte? Nunca. Ni siquiera ante los Titanes. Ni siquiera ante Zeus. Eres la diosa de la guerra, Atenea. No te rindes jamás.
—He librado muchas batallas —dijo ella, ahora a solo unos pasos de él. Podía sentir el calor de su cuerpo, el olor a sudor y a metal—. Pero hay una que nunca he librado. Una que he querido librar desde hace eones. Desde aquel día, Hefesto. Desde Erictonio.
El nombre del niño cayó entre ellos como una piedra en un estanque. Hefesto desvió la mirada, sus dedos retorciendo un trozo de cuero.
—Eso fue… un error. Un impulso. No debí haberte perseguido.
—No fue un error —dijo Atenea, y su voz se volvió más baja, más íntima—. Fue un deseo. Y yo, necia, lo reprimí. Lo enterré bajo capas de estrategia y lógica. Pero hoy, cuando me probaba esas armaduras frente a ti… cuando veía tus ojos recorriendo mi cuerpo… sentí que el deseo despertaba. Y no puedo ignorarlo más.
Hefesto la miró. Sus ojos, normalmente serenos, ardían con una intensidad que Atenea nunca había visto. Era el fuego de su propia forja, pero más profundo, más salvaje.
—Atenea… —su voz era apenas un gruñido—. Si das un paso más, no podré contenerme. Y no quiero que esto sea algo de lo que te arrepientas mañana.
—No me arrepentiré —dijo ella, y dio el paso final. Su cuerpo quedó a centímetros del suyo. Podía sentir el calor que irradiaba de su piel, el latido acelerado de su corazón bajo la túnica de cuero—. He tomado mi decisión, herrero. Esta noche, quiero que me tomes. Quiero que me hagas tuya. Quiero sentirte dentro de mí hasta que no pueda recordar mi propio nombre.
Hefesto la miró fijamente. Por un largo momento, el único sonido era el crepitar del fuego y la respiración entrecortada de ambos. Luego, como si un dique se hubiera roto, él se movió.
Sus manos, ásperas y callosas, se aferraron a la túnica de Atenea y la rasgaron sin ceremonia. El lino se desgarró desde el hombro hasta el dobladillo, dejando al descubierto su piel pálida, sus pechos firmes coronados por pezones rosados que ya estaban endurecidos por el deseo. Atenea jadeó, pero no se apartó. Al contrario, se arqueó hacia él, ofreciéndose.
—Eres tan hermosa —gruñó Hefesto, sus ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo desnudo—. Más hermosa que cualquier armadura que haya forjado. Más hermosa que cualquier diosa.
—Entonces tómame —susurró Atenea, y sus manos se alzaron para desatar el cinturón de cuero que sostenía el delantal de herrero de Hefesto. El cuero cayó al suelo con un ruido sordo. Debajo, su túnica estaba manchada de hollín, pero el bulto que presionaba contra la tela era inconfundible.
Hefesto la tomó por la cintura y la levantó como si no pesara nada. Atenea dejó escapar un grito ahogado, sus piernas envolviendo automáticamente las caderas del dios. Podía sentir su miembro, duro y grueso, presionando contra su entrada húmeda. El simple roce la hizo temblar.
—¿Estás segura? —preguntó él, su voz ronca, sus ojos clavados en los de ella.
—Más segura que de cualquier estrategia que haya concebido —respondió Atenea, y se inclinó para besar sus labios.
El beso fue brutal, hambriento. Hefesto la devoró, su lengua invadiendo su boca mientras sus manos la sostenían con una fuerza que era a la vez aterradora y excitante. Atenea se aferró a sus hombros, sintiendo los músculos tensos bajo su piel, el poder latente en cada fibra.
—Te quiero dentro —jadeó ella contra sus labios—. Ahora. No puedo esperar más.
Hefesto la llevó hasta una mesa de trabajo cubierta de herramientas. Con un barrido de su brazo, las despejó, y el metal chocó contra el suelo con un estrépito que no hicieron caso. La depositó sobre la superficie de madera, que se quejó bajo su peso, y se colocó entre sus piernas.
Atenea lo miró desde abajo, jadeante, su pecho subiendo y bajando. Su sexo estaba empapado, brillante a la luz del fuego. Hefesto se tomó un momento para admirarla, para grabar esa imagen en su memoria: la diosa de la sabiduría, desnuda y abierta, ofreciéndose a él.
—Nunca olvidaré esta noche —dijo él, y tomó su miembro con una mano, guiándolo hacia su entrada.
—Ni yo —susurró Atenea.
La punta de su miembro rozó su clítoris, y ella gimió, arqueándose. Luego, lentamente, comenzó a presionar. La resistencia fue inmediata. Atenea jadeó, sus dedos aferrándose al borde de la mesa mientras sentía cómo el grosor de Hefesto la abría centímetro a centímetro.
—Duele… —jadeó, pero no era un lamento. Era una afirmación. Sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y placer.
—Lo sé —gruñó Hefesto, deteniéndose—. ¿Quieres que pare?
—No —dijo ella, y empujó sus caderas hacia él—. Sigue. Quiero sentirte todo.
Hefesto obedeció. Con un movimiento firme pero controlado, se hundió por completo en ella. Atenea gritó, un sonido que era mitad dolor mitad éxtasis, mientras sentía su interior estirarse para acomodarlo. Era más grande de lo que había imaginado. Más caliente. Más… todo.
—Por los dioses… —jadeó ella, sus ojos nublados por el placer—. Eres enorme.
Hefesto sonrió, una sonrisa feroz que rara vez mostraba.
—¿Y qué hay de tu estrategia ahora, diosa? ¿Qué planes tienes para esta batalla?
—Este es un campo de batalla que no quiero ganar —respondió Atenea, y sus piernas se tensaron alrededor de sus caderas—. Quiero que me domines. Quiero que me tomes hasta que me olvide de mi propio nombre.
Eso fue todo lo que Hefesto necesitó oír. Comenzó a moverse, lento al principio, cada embestida hundiéndose profundamente en ella. Atenea gimió, su cabeza echándose hacia atrás, sus pechos rebotando con cada movimiento. El dolor inicial se estaba desvaneciendo, reemplazado por una oleada de placer que crecía con cada embestida.
—Más rápido —jadeó ella—. Por favor. Más rápido.
Hefesto aceleró el ritmo. Sus caderas golpeaban contra las suyas con un sonido húmedo que se mezclaba con el crepitar del fuego. Sus manos se aferraron a sus caderas, dejando marcas de dedos en su piel pálida. Atenea gimió, sus uñas clavándose en los brazos del dios herrero.
—Eres mía —gruñó Hefesto, su voz ronca por el esfuerzo—. Esta noche, eres mía.
—Sí —jadeó Atenea—. Tuya. Siempre tuya.
Él la levantó de la mesa, girándola para que quedara de espaldas a él. Atenea jadeó, apoyando las manos en la superficie de madera mientras sentía su miembro deslizarse fuera de ella y luego volver a entrar, esta vez desde un ángulo más profundo.
—¡Oh, sí! —gritó ella, arqueando la espalda—. Así. Justo así.
Hefesto la tomó por las caderas, sus dedos hundiéndose en su carne mientras la embestía con fuerza. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la fragua, mezclándose con sus gemidos y gruñidos. Atenea sentía que se deshacía, que cada embestida la acercaba más y más al borde del abismo.
—Voy a acabar —jadeó ella—. Hefesto, voy a…
—Acaba —gruñó él, su voz apenas un susurro ronco—. Acaba para mí, diosa. Quiero sentirlo.
Atenea gritó su nombre mientras el orgasmo la envolvía. Su cuerpo se tensó, sus paredes internas apretándose alrededor del miembro de Hefesto con una fuerza casi violenta. El placer la cegó, la sumergió, la deshizo. Por un momento, no hubo estrategia, no hubo sabiduría, solo éxtasis puro y ardiente.
Hefesto no se detuvo. Siguió embistiéndola a través de su orgasmo, alargándolo, llevándola a nuevas alturas. Y cuando Atenea comenzó a recuperar el aliento, sintió que él también se acercaba al límite.
—Atenea —gruñó, su voz quebrada—. Voy a…
—Dentro —jadeó ella, empujando sus caderas hacia atrás—. Quiero sentirte dentro. Quiero que me llenes.
Esa fue su perdición. Con un rugido que resonó en toda la fragua, Hefesto se derramó dentro de ella, su cuerpo temblando mientras su simiente caliente la inundaba. Atenea gimió, sintiendo cada espasmo, cada pulsación, maravillada por la intimidad de ese momento.
Se quedaron allí, jadeando, sus cuerpos unidos, el sudor brillando sobre sus pieles. Lentamente, Hefesto se retiró, y Atenea sintió el vacío inmediato. Se giró para mirarlo, sus ojos brillantes, su cuerpo aún temblando.
—Eso fue… —comenzó ella.
—Increíble —la interrumpió él, con una sonrisa cansada pero satisfecha—. Y quiero más.
Atenea sonrió, una sonrisa lenta y llena de promesas.
—¿Y quién dice que no habrá más? —dijo, y se inclinó para besar sus labios una vez más.
El fuego de la fragua crepitaba, testigo silencioso de un amor que había nacido entre chispas y martillos, entre sabiduría y fuego, entre dos dioses que finalmente habían dejado de luchar contra sus propios deseos.
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