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Chapter 14 by DC-Women-Fan DC-Women-Fan

What's next?

Waking up unpleasant... or pleasant?

La choza estaba bañada en la luz cálida y cruel del atardecer siguiente, un resplandor anaranjado y viscoso que se filtraba por las rendijas de las paredes de madera y por la puerta de cuero entreabierta, derramándose sobre el interior como miel caliente derritiéndose lentamente sobre una herida abierta. El aire era denso, pesado, cargado de un olor abrumador que se pegaba a la piel y a los pulmones como una segunda capa de sudor: el almizcle intenso y animal del sexo prolongado, el aroma salado y metálico del semen seco y fresco, el perfume dulzón de la resina quemada en el brasero ahora apagado, y por encima de todo, el olor corporal de tres seres que habían pasado horas fundidos en un acto de posesión brutal. Las pieles sobre las que yacía Susan estaban calientes por el uso, impregnadas de fluidos que brillaban húmedos bajo la luz oblicua, el suelo de tierra compacta salpicado de gotas secas que formaban patrones obscenos como mapas de una batalla ganada. El silencio era relativo, roto por el zumbido lejano de insectos y los ecos distantes de la tribu —risas graves, tambores suaves—, pero dentro de la choza reinaba una quietud íntima y opresiva, como si el espacio mismo contuviera la respiración después de un orgasmo colectivo.

Susan despertó sola.

Sus párpados se abrieron con lentitud, pesados como si estuvieran pegados con la misma sustancia viscosa que sentía en todo el cuerpo. Lo primero que notó fue la posición: boca arriba sobre las pieles, las piernas abiertas de forma natural, los muslos separados en un ángulo que ya no era pudoroso sino habitual, como si su cuerpo hubiera aprendido en ausencia de su mente que esa era ahora su postura de reposo, expuesta y lista. El sol del atardecer entraba en rayos dorados y crueles, bañándola por completo, resaltando cada marca, cada fluido, cada moretón con una claridad implacable que no dejaba lugar a la negación.

El cuerpo entero era una sinfonía de pesadez y dolor sordo. Los músculos temblaban con un agotamiento profundo, como si hubiera corrido maratones o luchado batallas invisibles durante días. El vientre se sentía ligeramente hinchado, una presión interna cálida y extraña, como si algo la llenara desde dentro con una densidad líquida y abundante. Intentó mover un brazo y sintió el tirón en los hombros, en las muñecas donde huellas verdes de dedos se marcaban como brazaletes de posesión.

Lo primero que invadió su conciencia fue el sabor.

Un regusto espeso, almizclado y amargo que cubría su lengua, la garganta, el paladar, como si hubiera estado chupando pollas durante horas y tragado semen sin parar. Intentó tragar saliva por reflejo y solo empeoró: la viscosidad se movió, recordándole el sabor fuerte y salado de la saliva Gorak, el fluido preseminal, el semen caliente que le habían vertido en la garganta una y otra vez. El estómago se le revolvió, pero no vomitó; solo un escalofrío de asco y algo más, algo que no quería nombrar.

Luego vino el goteo.

Una sensación cálida y lenta entre las piernas, un hilo constante y pegajoso que resbalaba desde su interior hacia afuera, acumulándose debajo de sus nalgas en las pieles. Al principio lo atribuyó al sudor, al calor del día. Pero cuando movió ligeramente las caderas —un gesto instintivo para aliviar la presión en la espalda—, sintió cómo algo más denso se derramó de golpe: un chorro cálido y viscoso que salió de su coño y de su ano al mismo tiempo, acompañado de un sonido húmedo y obsceno, como un tapón quitado de una botella llena. El semen. Blanco-verdoso, espeso, abundante. Salió en una oleada lenta, resbalando por los labios mayores hinchados, por el perineo, entre las nalgas, formando un charco creciente debajo de ella que empapaba las pieles con un brillo lechoso bajo la luz del sol.

Susan se congeló.

El horror la golpeó como una ola fría en medio del calor sofocante. Sus manos bajaron lentamente, temblando, hasta tocarse entre las piernas. Los dedos rozaron primero los labios mayores, hinchados y sensibles, cubiertos de una capa pegajosa que se estiraba entre ellos como hilos de miel sucia. Luego se hundieron un poco más, sintiendo cómo el semen seguía saliendo, cálido y vivo, como si su cuerpo lo expulsara pero no pudiera vaciarse del todo. Tocó el ano con cautela —el anillo rojo e hinchado, dilatado, sensible al mínimo roce— y sintió otro hilo espeso resbalar desde allí, mezclándose con el del coño en el charco debajo de ella.

Los recuerdos llegaron entonces, fragmentados y brutales como flashes de luz en la oscuridad.

Una lengua larga y gruesa hundiéndose en su garganta mientras otra devoraba su coño. Pollas alternándose en sus agujeros, llenándola una tras otra, luego las dos al mismo tiempo. Sus propios gemidos —alto, rotos, vergonzosos— mientras su cuerpo se corría una y otra vez contra su voluntad. Orgasmos forzados que la habían hecho arquearse, gritar, llorar de placer incluso mientras su mente gritaba no.

La vergüenza fue absoluta, un fuego que le quemó las mejillas y el pecho, haciendo que las lágrimas brotaran calientes y silenciosas. Se enfureció de inmediato: esos dos hijos de puta la habían usado como quisieron, durante horas, días quizás, violándola mientras estaba inconsciente, marcándola con sus fluidos, con sus mordidas, con su semen dentro de cada agujero. La ira la hizo apretar los puños, los músculos temblando con el deseo de golpear, de invisibilizarse y escapar, de borrar todo esto.

Pero debajo de la ira, debajo del asco y la vergüenza, había algo peor.

Se sentía… bien.

Su cuerpo aún palpitaba con un eco de placer, los músculos internos contrayéndose levemente al recordar la plenitud, el estiramiento, la fricción constante. El vientre hinchado por el semen la hacía sentir llena de una manera primitiva y satisfecha, como si hubiera sido alimentada desde dentro. Los pezones, al rozar el aire cálido, se endurecían de nuevo enviando pinchazos de placer-dolor que bajaban directo al clítoris aún hinchado. El charco pegajoso debajo de ella era asqueroso… pero también una prueba tangible de cuánto la habían usado, de cuánto la habían llenado, y esa idea provocaba un calor nuevo y vergonzoso entre sus piernas.

No. No. No.

Intentó negarlo, intentó aferrarse a la ira, al asco, a la imagen de Reed. Pero el cuerpo recordaba. Recordaba los orgasmos devastadores, el placer oscuro de ser tomada por detrás mientras era llenada por delante, la sensación de ser completamente poseída. Y una parte pequeña, aterradora, se preguntaba cómo se sentiría despierta del todo, consciente, resistiendo… y perdiendo.

Las lágrimas cayeron más rápido ahora, mezclándose con el sudor y el semen seco en su rostro. El sol del atardecer la bañaba cruelmente, resaltando cada marca, cada fluido, cada moretón como trofeos de una batalla que había perdido antes de despertar.

Y en el silencio de la choza vacía, Susan Storm lloró sola, dividida entre el horror de lo que le habían hecho y el horror aún mayor de lo bien que, en el fondo, se sentía.

Pero no tuvo tiempo de procesarlo.

La puerta de cuero de la choza se abrió con un crujido lento y deliberado, dejando entrar una ráfaga de aire cálido del atardecer que agitó las pieles empapadas y levantó un olor aún más intenso: el de la tribu lejana, humo de hogueras, carne asada, y por encima de todo, el almizcle victorioso de machos que regresaban de presumir su trofeo.

Kragor entró primero, el cuerpo veterano brillando de sudor fresco bajo la luz rojiza, los músculos marcados por cicatrices reluciendo como si hubiera estado luchando o bailando, un cuenco de madera en una mano lleno de agua y en la otra un trozo de fruta madura y jugosa. Tharn lo siguió, más ligero de paso, la sonrisa joven y depredadora asomando entre colmillos, llevando una jarra de agua y un trapo de cuero suave empapado.

Los dos se detuvieron al verla despierta.

Susan yacía aún sobre las pieles manchadas, las piernas abiertas y dobladas mientras permanecía arrodillada, el cuerpo pálido bañado en la luz cruel que resaltaba cada marca, cada fluido seco, cada moretón como trofeos de guerra. El semen seguía goteando lentamente de su coño y ano, formando un charco pegajoso debajo de sus nalgas que brillaba húmedo bajo el sol poniente. Los pechos subían y bajaban con respiraciones agitadas, los pezones hinchados y morados por chupetones, el vientre ligeramente abultado por la cantidad absurda de semilla acumulada. El cabello rubio platino enmarañado y pegado con mechones secos de semen, los labios hinchados, la barbilla con rastros blancos. Era una visión de derrota absoluta y belleza rota.

Kragor soltó una risa baja y grave, los ojos dorados recorriéndola de arriba abajo con una satisfacción posesiva.

—Espero que hayas disfrutado tanto como nosotros, puta —dijo, la voz ronca por el esfuerzo reciente y la excitación renovada—. Porque los dioses saben que nosotros no hemos parado de pensar en ese coño apretado y ese culo estrecho que se abrió tan bonito para nosotros.

Tharn se unió a la risa, dejando la jarra en el suelo y acercándose con el trapo empapado, los ojos brillando con malicia joven.

—Despertaste justo a tiempo —añadió, agachándose junto a la cama—. Queríamos que vieras cómo te dejamos. Toda llena y marcada. ¡Nuestra!

La furia estalló en Susan como una explosión contenida.

El shock, la vergüenza, el asco se fundieron en una ira pura y abrasadora que le quemó las venas. Se incorporó a medias, el cuerpo dolorido protestando con cada movimiento, el semen derramándose más al cambiar de posición, resbalando por sus muslos internos en hilos calientes y pegajosos. Sus manos se alzaron instintivamente, los dedos extendidos, invocando el poder que había sido su escudo toda la vida: campos de fuerza, escudos invisibles capaces de detener balas, explosiones, titanes.

¡Iba a aplastarlos!

La energía brotó en su mente, el familiar cosquilleo en las palmas… pero nada salió.

Sus manos temblaron en el aire vacío. Ningún destello, ningún campo translúcido, ningún impacto.

Trató de nuevo, los ojos azules ardiendo de furia, los dientes apretados, el pecho subiendo y bajando con agitación.

Nada.

Otra vez, concentrándose más, visualizando el escudo como un martillo invisible que los arrojaría contra las paredes.

Nada.

El silencio que siguió fue roto por las risas de los dos Gorak, graves y crueles, resonando en la choza como tambores de victoria.

Kragor se acercó con calma, dejando el cuenco de agua a un lado, los ojos dorados fijos en el rostro enrojecido de ella.

—Buen intento, puta —dijo, la voz baja y divertida, cargada de superioridad—. Pero no creas que somos tan idiotas como para no tener en cuenta lo peligrosa que eres con esos extraños poderes tuyos.

Los ojos azules de Susan se abrieron como platos, el horror reemplazando la furia en un instante frío y paralizante.

Kragor señaló con un dedo grueso el cuello de ella.

—That's why we put this on you.

Susan looked down—and felt.

Around his neck, warm from the contact with his sweaty skin, was a thick collar of black leather reinforced with metal and polished stones of a dark green that glowed with a subtle inner light. He hadn't noticed it before, lost among the bite marks and sensory chaos. His hands flew toward it, fingers trembling as he tried to find a clasp, a buckle, anything. He tugged hard, his nails scraping the leather, the cold metal against his sweaty palms.

He wouldn't give in.

He pulled harder, panic growing, the collar tightening slightly around his throat with each futile effort, making his breathing quicken.

The two Goraks laughed again, Kragor with a deep, patient laugh, Tharn with a sharper, more excited one.

Tharn moved closer, the soaked rag in his hand, his eyes scanning her marked body with renewed desire.

"Well, it was good while it lasted, you bitch," he said, his voice vibrating with mockery. "But now it's time to clean up and get ready for the lottery."

Susan stopped tugging at the collar, her hands falling to her sides, her chest rising and falling with agitation. She stared at them, her blue eyes filled with fury, fear, and a question she didn't want to ask.

She didn't quite understand what they were talking about—a lottery, a ritual, words that Roberta had mentioned but that now sounded real and close—but a cold certainty settled in her stomach like liquid lead.

He wasn't going to like this.

Or is it?

The treacherous question appeared unbidden, a hot whisper amidst the horror, born from the echo of **** pleasure that still throbbed in her semen-filled body, from the marks that hurt but also served as reminders. Susan gritted her teeth, tears threatening again, her body trembling between anger and a lingering excitement that terrified her more than any collar.

What will they do with her?

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