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Chapter 70 by bla12

¿Qué pasa en el Set 1?

Un cierre para Magi

El Set 1 no era el laberinto de espejos que duplicaba su angustia, ni el rincón de sombras donde solía encogerse. Esta vez, era un cubo blanco e infinito, un espacio de luz tan cruda que absorbía hasta el último suspiro.

Magi entró caminando con una cadencia mecánica. El microbikini negro destacaba como una mancha de tinta en un desierto de nieve. El Coleccionista ya estaba allí, de pie junto a su trípode, pero su Leica colgaba inactiva. La observó acercarse, y en sus ojos no había la chispa del cazador ante una presa que forcejea, sino la evaluación terminante del científico que ha completado un experimento y se dispone a anotar las conclusiones finales.

—Empecemos —dijo él, sin preámbulos.

No hubo órdenes complejas ni juegos psicológicos. Eran poses básicas, el alfabeto de la exposición que ella ahora dominaba con fluidez nativa.

—De pie. De perfil. Recostada.

Magi ejecutó cada movimiento. No hubo la rigidez del terror, ni la lucha interna que tanto valor comercial tenía para él. Lo hizo con la precisión fría y exhausta de una experta. Su cuerpo se movía como un instrumento bien afinado y desprovisto de alma. Arqueó la espalda exactamente lo necesario para crear la sombra deseada en su vientre, sin un solo temblor en los músculos. Giró la cadera para que la luz cenital acariciara la línea del bikini, sin que su mirada buscara escapar del objetivo. No había miedo en sus ojos; solo una concentración vacía.

El obturador sonó unas pocas veces. Click. Click. Los sonidos se espaciaron, cada uno más insignificante que el anterior. Finalmente, él bajó la cámara. Se acercó a ella, que permanecía inmóvil en el centro del blanco.

—Abra la boca —ordenó.

Ella obedeció. No fue un gesto de sumisión erótica, sino un movimiento puramente mecánico. Él miró dentro, como un granjero revisando la dentadura de una res antes de una subasta. Luego, con un dedo enguantado, le tocó el párpado inferior, tirando hacia abajo.

—Mire hacia arriba.

Él estudió su retina, buscando quizás un último destello de la tormenta interior que antes era tan fácil de provocar. Solo encontró la superficie plana de un estanque muerto.

—Basta —dijo él, alejándose con un gesto de asco clínico.

Fue hacia una mesa donde descansaba una caja de archivo de cartón gris, sobria y pesada. La tomó y se volvió hacia ella.

—El proyecto ha concluido —declaró su voz plana—. Sujeto M. Ha alcanzado la fase de aceptación operativa. La curva de resistencia ha llegado a su punto muerto. Ya no hay tensión entre el estímulo y la respuesta. El pudor se ha vuelto... profesional. Predecible. Y por tanto, inútil para mis fines.

Magi no parpadeó. Lo escuchó como quien oye un informe meteorológico. Él extendió la caja hacia ella.

—Es tuya —dijo él—. Todas las sesiones. Las fotos crudas, los videos, el análisis de cada espasmo muscular catalogado. El archivo completo. —Hizo una pausa, y por primera vez, Magi creyó ver un atisbo de respeto hacia la integridad de su propio trabajo—. Es tu biografía. La única que es verdad.

Magi tomó la caja. El peso era el del plomo fundido de cada lágrima y cada instante de vergüenza visceral que ahora estaba muerto y archivado.

—¿Por qué? —preguntó ella, y su voz sonó tan desprovista de cadencia humana como la de él.

—Porque ya no te pertenece —explicó él con lógica implacable—. Un archivo sobre un sujeto en evolución es material vivo. Un archivo sobre un proceso terminado es un fósil. Yo colecciono procesos, no reliquias. Tú te has convertido en una reliquia de ti misma. —Se encogió de hombros—. Guárdala. O quémala. Ya no es de mi interés.

Recogió su equipo con la eficiencia de un cirujano que abandona el quirófano tras una operación exitosa y salió del set sin mirar atrás.

Magi se quedó sola en el centro del vacío blanco, vestida apenas con esos hilos de licra negra que ya no sentía, sosteniendo en sus manos el ataúd de cartón de la mujer que había sido. No abrió la caja. No necesitaba ver las imágenes; cada una estaba grabada a fuego en su carne.

El Coleccionista se había ido porque ella había dejado de ser un misterio. Se había convertido en un producto terminado, empaquetado y etiquetado. En el silencio absoluto del set, comprendió que ese regalo no era una liberación. Era la confirmación de que Magi, la mujer que sufría, había muerto. Solo quedaba el Sujeto M., una herramienta perfecta, pulida y vacía. La caja no era un regalo. Era su lápida, y ella era la sepulturera condenada a cargar con ella.

¿Qué pasa al volver a casa?

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